LA GRAN RODOREDA


Mercè Rodoreda: escritura y exilio 

 

Leer a Mercé Rodoreda es una de las grandes satisfacciones que me ha deparado el gratísimo oficio de lector. Debo decir que durante años me ha costado encontrar novelas que me satisfacieran, que me tuvieran en vilo durante horas. Hace años que leí por vez primera La plaza del diamante (1962) y ya quedé completamente enamorado de su estilo y de su sensibilidad, pero solo cuando hará cosa de dos años logré releerla en catalán, tuve plena conciencia de su escritura. El personaje de la Colometa -uno de los mejores si no el mejor personaje de la literatura española del siglo XX- es simplemente una pasada. Qué difícil encontrar un personaje más vivo y verdadero, qué difícil construir un personaje de la excepcional entidad de la Colometa. La Colometa es una mujer simple que atraviesa los años duros del siglo XX español, como una apaleada, pero en su apaleamiento ella no se revuelve, acepta su destino con bondad, porque ella es ante todo un ser bondadoso y que trata de ponerse en el lugar de los demás. La vida le irá dando una guantada tras otra pero ella las acepta, las sufre, trata en su bondad y en su simpleza de justificarlas, pero no por eso se detiene. No, ella es una pequeña luchadora, una luchadora insomne, anónima, como lo fueron muchas de nuestras anónimas madres a las que le cayeron chuzos de punta y aún así se alzaban de con las primeras luces para tricotar los jerséis a los niños y enfrentar el día. Así e sla Colometa: una sobreviviente de la Barcelona que ha perdido la guerra, aun cuando la Rodoreda -tan sutil siempre- no se distraiga demasiado con ningún elemento histórico por muy importante que sea (incluso para ella). Todo, todo queda enmarcado en el mundo pequeñito del personaje. Lo que parece decir la Rodoreda con este personaje, es que el destino de los pobres y las mujeres es la lucha continua contra los imponderables y, más le vale a Colometa y a las colometas del mundo ir aceptando esa lucha, esa continua pérdida, y vestir ese coraje de todos los días, nada heróico, nada grandioso, que de tan común no parece siquiera coraje pero que es el mayor, el más mayúsculo de los corajes. Sólo con eso ya La plaça del diamant sería una de las más grandes narraciones de nuestra literatura. 

Ahora acabo de leer Mirall trencat (Espejo roto), (1974), que es una novela distinta, pero soberbia, de una escritura prodigiosa y de una complejidad argumental desacostumbrada. Todo cuanto en La plaça era sencillez argumental, en Mirall se vuelve tortuoso, complejo, lleno de recovecos y secretos -y cajones- que todo lo enturbian y todo lo silencian. En todo caso es una novela de fácil lectura, muy bien escrita, muy bien estructurada. Mirall nos sitúa ante una familia de alto copete barcelonino encerrada en una especie de torre a la que el crecimiento de la ciudad va devorando. Pero aquí, como ocurría en La plaza, lo que interesa es el mundo interior, lo que ocurre en esa casa con jardín. Barcelona es apenas la cortina de fondo. Cierto que la novela podría leerse como una radiografía a la burguesía catalana del primer tercio del siglo XX, pero la novela se cicunscribe al plano familiar, a la torre donde convive la familia. En ella los personajes sucumben ante un destino -llamémoslo así- despiadado que no les concede tregua. Se trata de una novela-saga, una de esas novelas cuajada de grandes personajes -no a la altura de la Colometa, eso no-, pero que parecen hablarnos de la fragilidad de la vida, y de la belleza como único refugio ante las embestidas. Subrayaría aquí el papel del secreto: todos o casi todos los personajes soportan a sus espaldas un mundo oculto, inconfesable, una cicatriz que supura una y otra vez y que los hace no sé si infelices, pero en todo caso tristes. La sutileza de la Rodoreda hace que el secreto no se convierta en el centro mismo de la novela, pero el secreto pesa a veces tanto que a algunos personajes les hace tomar decisiones drásticas. El secreto los ahoga y los define, pero la apariencia de la vida, como ya ocurriera con la Colometa, hace que los personajes parezcan francamente distraidos con las apreturas y los recovecos del presente. Diría que Mirall es todavía una novela mucho más compleja y sutil que La plaça del diamant, pero supongo que eso será cuestión de gustos. Ambas, sí, son una fiesta, una gran fiesta, La plaza una fiesta de barrio, una verbena -así comienza- y Mirall un decadente baile de salón. 

El carrer de las camelias (1966) es su tercera novela tras Aloma (1933) y La plaça. Anticipa de algún modo Mirall y Jardin vora el mar pero en ella toma elementos muy sustanciales de La plaça, como es el tratamiento del personaje femenino. La fragilidad y una cierta generosidad son comunes a los dos personajes. Tenemos también el mundo vegetal y el detallismo en las descripciones de los vestidos etc... tan propios de la escritura de la catalana. La novela narra la historia de Cecilia, una especie de Margarita Gautier barcelonesa, aunque me recuerda mucho más al personaje de Adriana de La romana (1947), obra maestra junto a La ciociara del enorme narrador neorrealista Alberto Moravia (1947) injustamente ovlvidado hoy en día. Cecilia, como Adriana, es un chica de padres desconocidos que un día aparece envuelta en unas ropillas en el barcelonés Carrer de las Camelias y que es encontrada por un sereno. La vida de Cecilia va a ser la de una mujer a quien su belleza va a ofrecer al mismo tiempo una vida tormentosa y llena de complicaciones amorosas y vitales que la harán rozar el vacío. Cecilia se nos muestra como un ser sencillo, una especie de Colometa de vida disoluta, dependiente siempre de un varón que la toma como su objeto de placer. Ella suficiente tiene con ir sobreviendo a sus distintos dueños, cada uno con características distintas y a cada cual más extraño y exigente. En ellos busca ella el amor, aunque a veces ha de conformarse con la supervivencia. Hay algo de novela galante y de picaresca en estas páginas que nos atrapan con el recuento de una vida que parece ir sucesivamente a la deriva, pero que siempre logra zafarse. A pesar de todo, la buena de Cecilia no cae en el cinismo, no se ve seducida por la venganza, no especula con la teatralización de su vida. Ella es simple, consciente de sí misma, cariñosa, enamoradiza, miedosa, frágil, sobre todo frágil, y toda la novela será la historia de esa fragilidad en un entorno viciado que saca de ella todo cuanto puede darle. Pero no acaba de ser, pese a todo, una novela redonda. Hay pasajes (en especial los vinculados a dos de los amantes, Marcos y Eladio) que emborronan y desvirtúan un tanto la luminosidad del personaje y el texto, pero a los conspicuos lectores de La plaça esta novela no les desfraudará. En ella se nos hace evidente el corpus floral y femenino de Mercé Rodoreda y todo el simbilismo (áangeles, jardines...) que hacen inconfundible su estilo.

 Lean, lean a Rodoreda, por Dios, me lo agradecerán y se lo agradecerán a ustedes mismos. Dicho queda.

ARCENSIO, EL RICK BLAINE DE HUELVA

  

RICK

a Daniel Salguero


Dani y yo bebemos un par de cervezas en la terraza del Tenis’s club mientras dos aficionados pelotean en la pista. Hablamos de la vida. De los padres, de las novias, de la crisis. De una fallida serie de televisión que habla de Huelva como uno de los principales centros del espionaje alemán y británico durante la Segunda Guerra Mundial.

(Jesus Arcensio y Fdo Arrabal en el hotel Tartesos, (Huelva), Foto Juan Andivia.

 El guion, coincidimos ambos, no puede ser más plano e insustancial. Una serie con semejante guion no puede acabar sino en un completo desastre. Bastaría que el guionista se hubiera dado una vuelta por Huelva y hubiera leído algo de lo que en verdad sucedió en la ciudad en esos tiempos, mientras seguía siendo emporio económico y político de los ingleses. Bastaría con haber escuchado dos palabras de Jesús Arcensio. ¿Jesús Arcensio?, ¿quién era ese tal Jesús Arcensio? Digamos para empezar que Jesús Arcensio es un desconocido poeta que tuvo la enorme mala fortuna de que la guerra civil lo partiera por la mitad. Se da el caso de que, mucho más tarde, una vez acabada la dictadura, él seguía datando muchos de sus poemas y cartas con fechas anteriores al fatídico 18 de julio de 1936. Tras esa fecha, él, que era maestro y un anarquista de libro que publicaba en Luz y Libertad, hubo de afiliarse a la Falange y presentarse como voluntario a fin de no acabar fusilado en su mismo pueblo por los nacionales. En la guerra trabajó en el servicio de propaganda falangista porque su voz era la cristalina voz de un locutor de radio. Se cuenta que los propios nacionales le buscaron una celada mortal, unos dicen que por haberse camelado a la mujer del Gobernador Civil de Huelva y otros por haber publicado un artículo donde ponía el acento en la vidorra que se pegaban los señoritos de retaguardia en la capital, mientras los pobres no tenían otro remedio que malvivir en los frentes de Aragón o Guadalajara, donde se jugaban el pellejo. Sea como fuere escapó de la muerte por un inesperado golpe de fortuna. De vuelta de la guerra trabajó como espía para los alemanes y llegó a conocer de primera mano los submarinos del tercer reich que desde las inmediaciones de Mazagón vigilaban el paso de los buques ingleses que cargaban pirita y otros materiales de las minas de Río Tinto. En ellos, cuenta en sus muy desconocidas memorias, probó por vez primera el café soluble. Mientras realizaba un acto de sabotaje contra intereses británicos en los pantalanes cercanos a la capital la bomba que manipulaban estalló en la mano de un compinche y a él le dejó huellas duraderas en la cara. Fue juzgado por esa circunstancia y pasó varios meses en prisión, los bastantes para que se olvidara el asunto. A su salida de prisión, desconcertado, trató de suicidarse echándose al tren pero en el último momento se arrepintió y sólo perdió uno de sus zapatos, que quedó allí cortado en mitad de la vía. Intervino como espía alemán en el llamado caso "Carne picada", que los ingleses celebran como uno de los acontecimientos que cambiaron el rumbo de la Segunda Guerra Mundial a favor de los aliados. No deja de ser irónico que cuando los británicos realizaron la célebre película El hombre que nunca existió, que conmemoraba este hecho, el actor al que confiaron el papel de cónsul británico en Huelva fue el mismo espía que años atrás trabajara para los alemanes. Una vez acabadas ambas guerras probó fortuna en Madrid como agente de seguros y allí conoció a una mujer despampanante, rica y malcasada a la que medio robó y con la que nuevamente recaló en Huelva donde montaron un célebre cabaret al que pusieron el Bahía y por donde acababa toda la marinería que atracaba en el puerto onubense. El Bahía, que prestaba sus buenos servicios al puerto exterior de Huelva, se convirtió con el tiempo en su puerto interior, donde se recogían los chuloputas, los contrabandistas, los boniatos, los garrulos y los mariquitas, no en vano la célebre copla Tatuaje de Xandro Valerio (Él vino en un barco / de nombre extranjero...) se escribió allí y hace referencia al lugar. Diríase que el dueño del Rick’s de Casablanca, tuviera como modelo a nuestro elegante y mujeriego que arrastraba tras de sí un pasado tan complejo como atrabiliario. Algunos años después, cuando ya la calle Gran Capitán y el Bahía languidecían, montó una pensión y dio hospitalidad a una célula independentista argelina que durante meses recaló en la discreta ciudad estuaria. Al final de sus días los amigos publicaron algunos -no los mejores- de sus versos, que fueron celebrados por gente como Fernando Arrabal. Se dio muerte de pistola en el llamado Parque de los Príncipes, en Sevilla, el mismo año de la Expo del 92 en un acto pospuesto durante más de cincuenta años para el que dejó escrito en su chaqueta: "Morir en un jardín / junto a una fuente / ¿qué más puedo pedir? / ¡Es suficiente!”. Años antes de morir se lo solía ver en una esquina de la plaza de las Monjas, con su sempiterno cigarrillo en la boca y sus chaquetas cruzadas de corte impoluto tratando de colocar estampitas de la Falange a los transeúntes, junto a dos o tres pobres diablos que, ellos sí, llevaban las camisas cuajadas de símbolos fascistas. Yo entonces pasé alguna que otra vez ante él, pero no me acercaba, en parte debido a mi timidez, en parte porque rozar los velos de la Falange me producía hurticaria. Una vez muerto y requetemuerto la ciudad le dedicó una calle donde no hay puertas y sólo un par de ventanas cerradas a cal y canto y un transformador de electricidad, justo entre el Hipercor y el palacio de Justicia. A su muerte a mí me tocó leer y dar sentido a toda su obra, que no es extensa y puedo asegurarles que de una rara perfección. A través de esa lectura puedo intuir cuánto sufrió desde aquellos aciagos días del verano de 1936 y de cuántas maneras lo buscó la muerte hasta que al fin dio con él. Ahora Dani y yo, acabadas las cervezas, y hablado largamente de Arcensio, nos sumimos en la vida de la ciudad y al despedirnos en el primer semáforo nos deseamos suerte.

LIBRO DEL LEJANO OCCIDENTE

 


Puede ser una imagen de texto 

 

No hacen todavía tres semanas que el conocido prosista Ignacio Vázquez Moliní presentaba en Buenos Aires su traducción de este singular entre los más singulares libros que se han escrito nunca. Me refiero al Libro del Lejano Occidente, obra del celebrado haijin japonés Taika Kensaku, nacido en los albores del siglo XVII en la actual Kanazawa, ubicada en la prefectura de Ishikawa, junto al mar de la China, y no lejos del meollo espiritual japonés que es Kioto, de cuyos maestros aprende. Kensaku llevó una vida sosegada, dedicada a la contemplación y a la escritura de sus delicados versos y falleció a los cincuenta años, pero ya eran muchos los poetas que no sólo celebraban sus versos sino que peregrinaron hasta su morada en su apartado exilio, con el deseo de conocerlo y recoger en su memoria algunos de sus haikus. No deja de ser curioso que no pocas de sus composiciones hoy tan recitadas por los niños japoneses pudieron ser conocidas gracias a la mención de quienes lo visitaron y copiaron sus versos. Se ha escrito que la obra plástica de Hokusay debe mucho al maestro de Kanazawa. Sea como fuere Kensaku es acaso uno de los más refinados poetas nipones del XVII, como bien dice Vázquez Moliní en su prólogo, si bien su obra ha pasado por muy serias calamidades, como fue el incendio de su casa tras su muerte que cercenó gran parte de sus escritos, terremotos, reiterados olvidos e insidias y una serie de catástrofes menores que hacen que los escasos 101 haikus hoy atribuidos a Kensaku no sean sino una pálida representación de cuantos diera a la luz. Siendo su obra tan breve, es suficientemente densa en cuanto a espiritualidad, y presenta muy serias similitudes con la mística española casi contemporánea, y quizás por esa razón ha sido tan bien aceptada en nuestra lengua. No es fácil interpretar a Kensaku, porque en él la contemplación se condensa en una abstracción tan pura que no siempre sus exégetas han tenido fortuna en cuanto al análisis de su obra, de tal forma que con el paso de los años y de los estudios, se han declarado dos escuelas en lo que hace a la lectura e interpretación de sus versos: la quizás más conocida en el ámbito hispánico que es la de la traductora holandesa Brenda Vandierendonks, quien se valió de los trabajos de Miguel Pizarro, pero gracias a esta edición de Moliní, hoy conocemos por fin la del alemán Hans Dieter Strub a quien, es justo decirlo, le dagnifica su no siempre clara relación con el régimen nazionalista que condujo a la destrucción de Europa. La edición de Vázquez Moliní recoge junto a la obra completa que nos queda de Kensaku, los textos exegéticos de Strub, que si no siempre parecen acertar en la interpretación del poeta japonés, añaden a la edición precisos y no siempre evidentes detalles que nos hacen mucho más clara y sabrosa la lectura del considerado como uno de los más oscuros y grandes poetas del archipiélago nipón. Este singular libro no es, pues, para todos los lectores, sino solo para aquellos que han aceptado el haiku como una escritura esencial, como una filosofía de vida, una manera de apresar el instante. Para ellos Kensaku será una lectura deslumbrante. Sin duda un acontecimiento literario de primer orden.

Antes de acabar estas pocas y necesarias líneas quisiéramos recordar hoy al amigo y magnífico haijin, el otaku montillano Lara Cantizani, quien tradujera para Sin embargo, la revista que dirigí en los años 90, el célebre haiku 34, que en palabras del propio Lara supone un avance en la configuración del haiku (Sale igual el sol / en Tokio que en la China / Brillan las olas -trd. de Vázquez Moliní-. El sol de China / igual es al de Tokio / También las olas. -trd de Lara Cantizani)...






HOTEL ROMA, PAVESE

 

Hotel Roma, Pierre Adrián (Editorial Tusquetets, Barcelona, 2025

Cesare Pavese, el escritor que se mató para que los demás aprendiéramos a  vivir 

Pavese es uno de mis autores de cabecera, no en vano he traducido su poesía completa y su célebre diario Oficio de vivir, al margen de un libro de cuentos, Tormenta de verano y otros cuentos. No sé cuándo ni porqué esta vinculación mía con Pavese. Desde hace tiempo leo todo cuanto se publica sobre él. Me pasa como con Pessoa y Baudelaire. Quizás ese sea el trío de escritores que he seguido con más insistencia a lo largo del tiempo y tengo sobre ellos una opinión formada. También Hernández, Cortázar, García Márquez, Claudio Rodríguez, Machado, Kavafis, Rimbaud, Nerval, Poe, Calvino, Moravia, Pratolini, Pasolini... pero acaso en menor medida. En fin, ahí están mis afinidades electivas. Pues bien, ha salido en estos días HOTEL ROMA de Pierre Adrian, un muy joven y talentoso escritor francés que se ha ocupado de Pasolini y ahora lo hace de su "oponente" Pavese, con este libro que se anuncia como una novela y no es una novela, que parece un ensayo biográfico pero tampoco es un ensayo biográfico, que tampoco es ni quiere ser un ensayo literario, pero que se lee bien, que no cuenta nada nuevo, que no incide en nada original pero que nos presenta a una personaje, Pavese, como lo que era, un pobre hombre, automarginado, distante, trabajador, exigente, pesado a veces, con el alma rota, con su corazón dividido entre sus Langhe, los paisajes de mito y de su infancia y Turín, el lugar de sus apariciones y de su vida intelectual y madura. No creo, lo digo con honestidad, que Pierre Adrián haya profundizado mucho en Pavese. Cuenta lo que ya sabíamos del genio piamontés, nos hace un retrato atractivo, sí, pero ya conocido, no añadiendo ninguna arista nueva. Se dice en la portada que PA retrata el último verano de Pavese, pero esto ni siquiera es cierto porque se ocupa muy de pasada por los últimos meses. Cierto es que Pavese no es demasiado expansivo en su diario en lo que respecta a su vida social, emocional o literaria, que los biógrafos como Lajolo fueron acaso demasiado creativos a la hora de afrontar una biografía y que los actuales como Vaccaneo, no acaban de dar el salto y colocarse ante una biografía si no definitiva, aproximadamente definitiva, pero nada de esto es óbice para entender que el libro de Adrian es un disparo al aire, un trabajo de cierto maquillaje que no se atreve a ser una novela (hay una especie de subtrama del descubrimiento pavesiano por parte del joven novelista recorriendo San Stefano Belbo, Turín, Brancaleone...), pero que dista mucho de ser una biografía que nos aporte una visión global o siquiera personal del escritor piamontés. Poco o nada nos dice sobre el mito, que en Pavese es esencial para entender su visión del mundo y de su última escritura, en concreto de quizás su mejor novela, La luna e i falò, de su labor de traductor y dinamizador de la literatura norteamericana en Italia, poco o nada sobre su meritoria labor en Einaudi, que bajo su batura se convirtió en una editorial de referencia en el ámbito italiano y europeo del momento. Todo parece girar sobre el por él mismo llamado vicio absurdo, el suicidio, un punto tan transcendental en su biografía como la idea del mito. La constante del suicidio es central en Pavese pues todos los ríos pavesianos se dirigen a él, ya desde su tierna juventud. El libro incide sobre otro de los puntos álgidos de Pavese: su conflictiva relación con la mujer... Y, sí, todo eso está muy bien, no lo discutimos, pero ése es ya un campo abonado donde es difícil sacar alguna nueva visión y para escribir viejas visiones, para no revisar nada, el esfuerzo de lectura quizás no valga la pena. El libro se lee bien, no ofrece dificultades, no se mete en ningún jardín (ni siquiera toca el tema del Cuaderno negro) y salva los escollos con naturalidad, pero yo esperaba más, mucho, mucho más del libro. Lo que sí me gusta es que las nuevas generaciones no se hayan olvidado del genio transalpino.

VARGAS LLOSA, SU SEGUNDA MUERTE

 

Mario Vargas Llosa ha muerto. Hoy es un día triste, muy triste No sólo para el arte y la lengua española, sino para la novelística universal. Quizás en los pocos años que nos restan no vayamos a conocer a nadie con semejante estatura artística. No sé si Cartarescu llegará a emularle. Pero centrémonos en Llosa. No es, desde luego, la primera vez que muere el gran maestro. Literariamente lo hizo hace mucho tiempo. Se autoinmoló, se disparó al corazón en lo que fue una especie de suicidio controlado. Pocas veces en mi vida de lector he visto un talento no sé si decir tan depauperado o tan cortocircuitado. Y, yo, incondicional lector suyo, sentí una pena infinita por asistir a un espectáculo tan deprimente. Muere Mario Vargas Llosa a los 89 años en Lima, el Nobel que enamoró a  Isabel Preysler | Mujerhoy

Nunca he sentido más pena y más rebeldía por un escritor de la que he sentido por Vargas Llosa. Lo digo de verdad, lo digo desde la admiración más absoluta y yo creía que incondicional. Dicho esto, con Mario Vargas Llosa muere el novelista más capaz de la lengua española tras Cervantes. Pocos novelistas de cualquier tradición y cualquier lengua poseen tal cantidad de obras de primera magnitud. La ciudad y los perros, Los cachorros, La casa verde, La guerra del fin del mundo, Conversación en la catedral o La fiesta del Chivo son obras maestras indiscutibles. En todas ellas Vargas, desde un lenguaje deslumbrante, desde una concepción inigualable de la estrategia literaria, desde un conocimiento prodigioso del oficio y, por qué no decirlo, desde una visión humanista del arte, nos ofrece una panoplia extraordinaria y pocas veces superada de obras maestras que lo colocan al lado de Zola, Balçac, sus amados Flaubert y Faulkner, de Dostoyevski, Tolstoi, García Márquez y muy pocos más. Todas -excepto La fiesta- esas obras curiosamente anteceden a sus ínfulas políticas que lo llevaron a jugarse la presidencia del Perú con el olvidable Fujimori y anteceden también a su visión neoliberal que lo aleja de lo que fue su principal criadero, el dolor y la injusticia en América del Sur que aparece obsesivamente como nudo corredizo en las obras mencionadas. Esa, las venas sangrantes de América, como diría Galeano, fueron su fuerza y su cosa. Sin ellas, Vargas quedó reducido a casi nada, a un escritor correcto y conocedor de su oficio. Poco más. Cuando se cambió de acera ideológica persistió el novelista, claro, persistió el artífice, pero la obra dejó de sangrar y era la sangre americana el gran ingrediente secreto de Vargas Llosa, su principal mina a cielo abierto. Pérez Reverte, Trapiello, Cercas y otros olvidables neoliberales nunca han enjaretado una buena novela, de manera que se pongan en el lugar que se pongan y adopten la ideología que adopten, uno no los echa de menos ni se solivianta por su falta de talento: su obra es vocacional y decididamente menor y, por ende, olvidable, autodegradable. No nos importa cómo estén construidas sus obras ni con qué material ideológico estén o no aparejadas: son pura cochambre. Allá ellos con los santos a quienes se encomienden. Con Vargas la cosa siempre fue distinta. Con Vargas sí, con Vargas lamentabas su caída en la inopia, su vacilación en la nada, su pérdida inaudita de palanca literaria. El último Vargas perdió la gracia del mar, dicho con palabras de Mishima. Vargas, sin su sangre india, sin el barro del Amazonas, sin el bolor de las calles limeñas, sin los Leoncio Prados, sin los cerros brasileños, sin los palmerales de Dominica, sin esa profunda visión de la condición y la miserabilidad humana que como un Amazonas se exhibe en toda su primera parte como novelista, no era gran cosa o al menos no el gran narrador que fue. Cinco libros fundamentales para conocer la obra de Vargas Llosa... y un  cuento que dio que hablar - Infobae 

Un novelista correcto, un novelista con un inmenso oficio y una tremenda inteligencia narrativa y poco más. Una novela como Travesuras de la niña mala, define cuanto digo (y Travesuras acaso sea su novela más defendible desde La fiesta del chivo), porque se trata de una novela divertida, correcta, con todo el saber y todas las triquiñuelas del gran narrador que era, pero a la que le faltaba lo más importante: sangre, barro, olor corporal, sumidero. Cuánta diferencia, pongo por caso, con La casa verde, acaso su mejor novela, o con el ritmo trepidante de La guerra o Conversación. Cada página de La casa verde parece escrita para la eternidad. Nunca, ya lo he dicho, he visto tanto talento desperdiciado como el de Vargas en sus obras finales, por eso digo que es el caso más palmario de escritor autoinmolado. Vargas era el costillar de América, era su sangre y se convirtió en un chaqué con patas, en un petulante, en alguien que no sólo no honraba sino que manchaba la memoria del grande, del grandísimo novelista que fue. Si alguien leyera estos comentarios desde una perspectiva ideológica se estaría equivocando. Yo a ningún escritor lo mido por su sesgo ideológico. Gente como Hamsun, Chesterton o Celine me parecen extraordinarios. Viaje al fin de la noche o La muerte a crédito me parecen obras inmensas, pero en Vargas su caída del caballo ideológico vino a coincidir con su batacazo -porque batacazo ha sido- artístico. Dicho esto, la obra de Llosa se cierra dejándonos, ya se ha dicho, una panoplia pocas veces vista de obras maestras.


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La fiesta, que no es ni con mucho su mejor novela, sí lo es de su segunda etapa, la que considero menor, muy menor. Es, cómo decirlo, su cisne negro. En todo caso ahí sigue abordando el tema del poder, el destino vía poder, diría yo, que es, según creo su mayor aportación temática a la novela. La ciudad, Conversación, La guerra, Los cachorros abordan ese tema de una manera o de otra. Su escritura, desde el principio, es una escritura política, y aborda temas como el poder, la tensión y el sufrimiento social... de modo que cuando se aleja de ese espectro, su novelística cae, se disuelve en el oficio, inmenso, eso sí, pero el oficio no se sustenta en nada. El oficio es estructural, sirve para colgar algo en él, para sostener un pensamiento, pero luego, si no hay pensamiento o es manifiestamente mejorable o esta carcomido, como dices, por el ego, pues no vale de casi nada ser un artífice de puta madre, ser un ingeniero magnífico, ser un preciso costurero... Y sí, claro, su dimensión pública, su ego desmedido y todo eso, llevas razón, son en él inhibidores de talento. El caso es que se defenestró hace mucho.


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Muere Mario Vargas Llosa a los 89 años: cinco novelas que hay que volver a  leer (o descubrir)Cierto es que mi texto puede parecer caníbal. Quizás lo sea, pero te juro que en mi mente no estaba el denigrar al maestro. Nada de eso. Era constatar algo que yo veo muy caro. El tema de Vargas en su primera etapa es el poder, visto desde distintos ángulos. El poder estructural en La ciudad, o en Los cachorros, el poder como corrupción en Conversación, el poder como opresión en La casa, el poder ideológico en La guerra, el poder testosterónico y como poder en La fiesta- obra de su segunda parte, por así decir. Cuando ya en pleno declive escribe La fiesta, su obra resurge. Entonces ya ideológicamente está donde está, pero su literatura se salva en esa novela porque trata de algo que ha formado parte de su creo. Dirás que también ocurre en El sueño del celta, sí, pero ahí Llosa ya está como ausente, ahí, como En el paraíso Vargas ha dejado de ser Vargas, ya no existe el sustento ideológico que lo sustentaba. No hablo de política, no hablo de ideología, sino más bien de visión del mundo. Hablo de sustratos, hablo de estructuras mentales, hablo de verdad interior, frente a verdad exterior. Lo que le pasa a Vargas es que pierde la gracia, pierde, no su oficio, no su inteligencia ni su capacidad fabuladora, pero le falta tema, le falta creérselo, le falta gracia. Y el tipo simpático que era, se vuelve antipático, se reboza en poder -eso que él había denostado, eso que había sido el armazón de su novela anterior. Quizás como dice David Torres en El diario.es, tal vez se tratase de ego, de estatus, no lo sé. El caso es que su novela cae estrepitosamente. Mirad, ayer Cercas en el telediario hizo un panegírico de VL, pues bien, sólo mencionó obras de su primera parte, antes de su cambio ideológico y eso que Cercas, como he dicho, tira al monte, pero lo claro es que hay dos Vargas, uno el de sus comienzos y otro el de su final. Hay tanta distancia entre ellos que es lo que llama la atención.


EL CASO DE LUISGE, EL ASESINO Y ANAGRAMA

EL CASO DE LUISGE, EL ASESINO Y ANAGRAMA


De cómo se instaló la gata dentro de la chozaYo soy de los que, siendo habitual comprador y lector de libros de Anagrama, voy a boicotear a la editorial y, por supuesto al autor. He tenido relación con él cuando dirigía Ñ, donde me publicaron alguna cosa y creo que intercambié con él algún e-mail. Lo que quiero advertir es que no hay en mí la menor animadversión contra este autor y contra esta editorial. Todo lo contrario. He escuchado pacientemente ciertas reflexiones sobre el asunto precisamente porque necesitaba tener el contrapunto a mi inicial punto de vista sobre este caso. Se habla de A sangre fría. Yo he leído e incluso releído con mucho interés A sangre fría. Lo hice hace cuarenta años y para mí no hubo la menor diferencia entre ese texto y, pongo por caso, Desayuno en Tiffanys´. Ambos eran pura literatura y ambos me gustaron. Hasta el punto que los he releído en más de dos o tres ocasiones. La última vez hace un año porque escribí en este mismo blog una reseña sobre Capote que puedes consultar. Eso para decirte que a mí el actual caso me parece distinto. Y por qué es distinto, te preguntarás como lector: porque conocemos el caso, porque es un caso vivo, es un caso sangrante, es un caso concreto. El asesinato de los Clutter no deja de ser para mí un asunto abstracto y lejano. Yo como lector no he podido ponerme en el caso de ningún asesinado del rancho de Kansas, pues no los conocía. ¿Debería rechazar un libro porque en él se viole a una chavala, se mate a un individuo o se torture a un pobre muchacho argentino o madrileño de los ´60? ¿Debiera rechazar la lectura de Crimen y Castigo, debiera dejar de leer al Boris Vian de Escupiré, al DHammett de Cosecha roja o incluso al Homero de La Ilíada porque en sus páginas se comentan crímenes nefandos? No, claro que no. ¿Entonces dónde está la diferencia? Desde qué punto debemos partir, dónde queda la divisoria. ¿Por qué el libro de Hammett no nos produce controversia y éste sí? Querría que, como he tratado de hacer yo, te lo preguntaras tú mismo, porque este tema no se dilucida, como tantos en literatura, con respuestas, sino con preguntas. ¿Por qué salgo a comentar esto en este libro concreto y no salgo a hacerlo en el caso de un libro, no sé, de Zúñiga o de Bolaño, que dedica algunas páginas a los crímenes de Tijuana? ¿Son menos tremendos los asesinatos de Tijuana que los de Córdoba? La respuesta es no, como no son menos tremendas las muertes en el tsunami tailandés, que en la dana valenciana, ni es menos tremendo el atentado de las Torres Gemelas de NY que los atentados a los trenes de Madrid. ¿Por qué unos nos conmueven más que otros si en todos mueren personas? Porque es una evidencia empírica que los muertos de Valencia y de Madrid nos conmueven más que los otros citados. Por el mismo conducto psicológico que nos conmueven más los muertos de ayer, los de la Dana de Paiporta que los de hace casi setenta años del Tera, en Zamora. Y hemos llegado a la palabra clave, conmoción. Este libro concreto apela más a la conmoción que, como dice el autor y la editorial, al conocimiento del mal. Este libro es un producto editorial, como se lee en el entrelineado del comunicado de la editorial. ¿Se puede hacer una novela igual de potente o lo que sea, sin apelar al caso concreto y fehaciente, sin poner el foco en la herida punzante, sin apelar al morbo, por decirlo con claridad? Sí pero no. Se puede hacer, sí, pero vende menos. Claro que la literatura ha de llegar a describir los límites de lo humano, claro que ha de tratar de la crueldad, de la psicopatía, etc. pero ¿es que no lo ha hecho y lo ha venido haciendo sin que los lectores avezados como yo enseñen las uñas como es el caso? Me sorprende que en el suelto de la editorial -no he leído la novela- no haya la menor referencia a Ruth, la madre que sigue teniendo nombre y uñas, y a los niños que este monstruo cuyo nombre no pronuncio siquiera asesinó. Y de eso se trata, de que en este caso (no en el de Capote y oros que se nombran) no se ha tenido en cuenta el dolor de Ruth, la madre de esos hijos. Lo prueba el comunicado editorial. ¿Te has parado a pensar en la carga inneceria y adicional de sufrimiento que la editorial y el autor han infringido sobre las espaldas de esta mujer? ¿Era evitable esto, me pregunto (otra pregunta)? Si el autor quería entrar en la "zona oscura", como apela, por qué en vez de ir al asesino, por qué en vez de empatizar con el asesino, no lo ha hecho con la víctima. ¿Y si después de ir a la zona oscura ya ha cubierto su "curiosidad intelectual y humana" por qué no ha dejado la novela en el cajón y por qué no ha tenido la deferencia humana, por qué no ha tenido elegancia y la empatía suficiente como para ponese en contacto con Ruth? ¿Qué temía de esta mujer dolorosa que también tiene derechos y también, como él, sentimientos y límites? ¿Es que no le ha servido nada al autor el sufrimiento que le infringieron cuando niño por su diferencialidad sexual? Porque ahí en el sufrimiento y en la visión de Ruth hay sin ninguna duda una novela. Una novela como la otra. No me cabe la menor duda. Pero no, el autor o la editorial no revelan la menor empatía por Ruth. Su preocupación y sus límites son la derrota judicial. Si el juez dice palante, la novela irá palante y empzará a dar dividendos. Tan crudo como eso. El comunicado apela a la libertad de expresión y todo eso, pero no apela al nombre de Ruth. Para ellos Ruth no existe, para ellos el dolor de Ruth es, ¿cómo decían?, un dolor colateral y prescindible. Y ahí, amigo, está el limite. Puedes escribir sobre lo que quieras pero no causar un dolor innecesario y terrible sobre alguien que ya ha experimentado el mayor dolor que se puede experimentar en vida: la muerte de un hijo (en este caso de dos) de manera violenta y por quien ha sido su padre. Quisiera que por un instante, lector, te pusieras en el alma de esta mujer, hoy, ayer. Yo perdí a un hermano con 11 años y casi puedo imaginar lo que es el hondísimo dolor de una madre. Puedo asegurártelo. Yo vi a mi madre cómo se moría en vida. ¿Le evitarías ese dolor innecesario a una madre rota que sólo te beneficia a ti, a tu ego, a tu cuenta corriente? Kafka Op Het Strand¿Por qué no te preguntas por qué el autor ha tomado este caso y no el de un crimen similar en Croacia o Bolivia, porque estoy seguro de que en Croacia y en Bolivia también hay crímenes de este tipo y de querer entrar en las tripas del mal lo mismo valdría un caso que otro con la enorme ventaja de que la mujer Croata nunca sabría que alguien toca el piano con su dolor? En España hay dos mil novelistas como éste, pero ninguno ha querido hurgar en esa herida. ¿Te has preguntado el por qué? Son preguntas, más que respuestas las que aquí nos hacen caminar. La libertad de expresión y la libertad de creación no tienen otros límites que los que, nosotros, como creadores, queramos darles. Nosostros, cada uno de nosotros, delimitamos el terreno de juego de nuestra indagación literaria. El autor es libre de escribir sobre lo que le parezca, pero en esta libertad, como en todas, hay límites de juego. Imagina por un momento, que estuvieras escribiendo una novela sobre el sufrimiento animal. Imagina que en uno de sus capítulos se diera la escena de despanzurrar un gato como hace Murakami en Kafka en la orilla, ¿te ves despanzurrando a tu propio gato para saber cómo se vive esa experiencia. ¿Dónde te pondrías tú el límite o te dejarías convence por la libertad de expresión y despanzurrarías a tu gato delante de tu mujer o de tus hijos para que tu párrafo tuviera verdad empírica? Tú mismo debes responder una y otra vez dónde quedan tus límites, en virtud de los conflictos que te plantee el texto. Yo no haría según que cosas y no haría una novela donde despanzurraría a una mujer que ya tiene suficiente con lo que tiene, una mujer que ya ha recibido mucho más dolor del que puede soportar y que merece descanso y olvido, y, por dios, merece que nadie venga a hurgar en su herida. Y esta es toda o parte de mi mi reflexión. Y como dice Magüi, tampoco le daría bola ni publicidad al asesino. Esto ya lo estudió Pessoa en Erostenes, el pirómano de la biblioteca de Éfeso.


RICARDO BADA, IN MEMORIAM

 


RICARDO BADA
 
Muere en Alemania el periodista y escritor onubense Ricardo BadaMe acabo de enterar. Ricardo Bada murió el pasado 8 de febrero. Que la tierra le sea leve. Al parecer hace tiempo que la vida le pesaba. Descanse la voz, la voz que tanta luz dio a la literatura. Un gran cronopio. Adiós, amigo.
Mi relación con Ricardo ha sido por decirlo así, epidérmica, extraña. Cuando pasaba por Huelva, cada vez menos como es lógico, solía llamarme y su voz de barítono envolvía la sala donde yo lo escuchaba como si en vez de una voz humana fuera la voz de la memoria o la voz enjaulada de la catedral de Colonia, que él hubiera interiorizado. Me hablaba entonces de Cortázar, de Grass, a quien tradujo, de Cela, de García Márquez, de Donoso, de Rulfo, de Llosa, de Ribeyro. Fue, desde esa Köln que él hizo suya, un embajador de la literatura en español a ambos lados del charco. Un eterno cronopio que desde su micrófono suscitaba otras voces camineras como la suya. Nunca nos conocimos personalmente y por eso hoy subrayo lo de su voz de casa grande. Su padres tenían una zapatería en Huelva y de joven ya mostró un agudo interés por los libros que un tío de Pilar, mi esposa, de nombre Tomás, fomentaba con lecturas cada vez más alejadas e inverosímiles. Siempre agradeció aquel primer impulso y sé que ya viejo Tomás, hablaron alguna que otra vez. Un día, no hace tanto, le pedí un dato del exilio americano que él conocía tan bien, y aun siendo difícil -rayando lo imposible- el encargo, no habían pasado tres horas cuando aquello que yo coniseraba un imposible, lo tenía frente a mí. Era infalible en eso. Conocía gente en todas partes, sus tentáculos llegaban hasta los mismos infiernos. Lo comprobé esa vez.
Como escritor lo conocí con un cuento que creo se titulaba el perro del Fhurer, y que narraba la historia posiblemente autobiográfica de un ciclista que recorre la ciudad y todos los días encuentra a un hombre elegante y gentil que pasea amorosamente un perro. No cuento el final pero en su título hay ya abundantes pistas... En fin, ese cuento me sobrecogió. Leí mucho de su diario que enviaba los domingos y leí esa anotación en la que su casa ardía y tenía que internar a su mujer en una institución alemana, donde él también se acabó internando. Era sobrecogedor el relato de aquella tragedia. Hacía mucho que nada sabia de él pero esta tarde -esta misma tarde- me acordé de él mientras escuchaba en un documental de historia a unos soldados alemanes contada sin doblaje. Me pregunté entonces que qué sería de Ricardo y, puedo jurarlo, me pregunté si habría muerto sin que yo me enterase. No fue un recuerdo más, fue algo extraño y lo digo yo que no suelo referir estas cosas o no suelo darles importancia. Fue abrir el móvil y, zas, enterarme de su muerte. Es como si me estuviera esperando. Falleció hace cuatro días en su Colonia. Ya no volveremos a escuchar la voz de Ricardo. Muere un valioso enlace de la cultura española, un hombre cabal.
 
 

AMOS Y PERROS

RICARDO BADA



De mi casa al trabajo son unos ocho kilómetros, que recorro a diario, ida y vuelta, con mi bicicleta. Salgo de casa, doblo a la derecha y enseguida me adentro en el bosque, y al final del bosque una breve curva a la derecha y ya estoy a la orilla izquierda del Rhin, por donde sigo hasta el duro banco de la galera turquesa donde gano con el sudor de mi frente el pan nuestro de cada día.

Ricardo Bada: Memorias de un niño de la guerra civil – América 2.1Adquirí la costumbre de ir al trabajo en bicicleta no importa en qué condiciones climatológicas (excepto el hielo, que es traicionero de suyo), desde que nos mudamos a este pueblito de pescadores... de cuando se pescaba en el Rhin, claro está. Un pueblito donde acaba Colonia, por el sur, y luego siguen las refinerías de Wesseling. Y el trayecto diario, sobre todo el matutino, me ha servido para entablar notables amistades que en la mayoría de los casos se reducen al “buenos días” intercambiado con otros ciclistas que vienen en dirección opuesta o me adelantan, o con jinetes que pululan por aquí gracias a la difundida creencia de que cabalgar es una buena terapia para los achaques de la columna vertebral, o con señoras y señores, más señoras que señores, que sacan a sus perros a pasear y a que abonen con sus aguas menores y mayores los campos labrantíos que siguen existiendo en las lindes del bosque.

De entre todas esas amistades, la más asidua, además de haber sido la primera, es con el señor Todt, Herr Todt, por quien se escribe este cuento.

Mi amistad con el señor Todt se inició un lluvioso día de primavera de hace ya algunos años. El señor Todt estaba sentado en un banco del sendero, y del amparo de su amplio paraguas casi sólo sobresalían sus para mí inconfundibles piernas, embutidas en pantalones de pana hasta debajo de las rodillas y gruesas medias de lana a rombos de colores entre las perneras y las recias botas de suelas aún más recias, de la consistencia de las blasfemias bávaras. Como me sentí obligado a tocar el timbre de la bicicleta, porque su pachón andaba zigzagueando por el camino sin un rumbo que me permitiera intuir si lo iba a chocar por el hocico o por el trasero, el señor Todt alzó su paraguas, focalizó la situación, le gritó algo al pachón, y yo hubiese seguido adelante tras un “¡Danke!”, y a buen seguro un “¡Morgen!”, a no ser porque el señor Todt se irguió en toda su estatura protegida por el paraguas, y me preguntó:

¿… a pesar de la lluvia?

Esto último fue lo único que entendí, pues no contaba con su intento de comunicación y seguí pedaleando. Me detuve, frenando con el pie en el pedal derecho y afianzándome luego en el suelo mientras me daba vuelta:

Perdone, no entendí lo que dijo.

¿Cómo? –me espetó el señor Todt, en un tono de voz inusualmente alto, y por él me di cuenta de que mi interlocutor era bastante sordo.

¡Le dije que no entendí lo que me dijo!

Ah –y bajó la voz como hacen todos los sordos cuando notan por el rostro de quienes les hablan que éstos les están gritando–. Le pregunté que si siempre va a su trabajo en bicicleta aunque esté lloviendo.

Así de sencillo fue el comienzo de nuestra amistad, allá por 1980, cuando ya hacía casi cinco años que nos habíamos encontrado poco más o menos que a diario por el camino del bosque. A partir de aquella lejana mañana primaveral, no hubo vez que nos divisáramos de lejos y en que no se preparase el señor Todt para destocarse cortésmente al pasar yo a su lado, mientras que yo, por mi parte, dejaba de pedalear para poder cruzar entre él y su pachón llevado por la inercia del impulso adquirido. Lo normal era que sólo intercambiáramos un saludo matutino y algún otro, siempre breve, comentario meteorológico.

No sé si por su sordera, o a lo mejor por una discreción propia de sus orígenes (a mí se me hacía que el señor Todt no era coloniense, ni siquiera renano; yo me lo figuraba, no sé por qué, refugiado del este, de Masuria o la Prusia oriental...), pero lo cierto es que nunca hizo alusión a mi inconfundible acento extranjero. Hasta que un día en que nos tomamos tiempo para platicar comentando el fastuoso espectáculo de un faisán, me preguntó a boca de jarro:

Sí no es indiscreción, ¿de dónde es usted?

Soy español... –y puse especial énfasis en pronunciar eschpañol y no spañol, como suelen hacer mis compatriotas incluso después de toda una vida en Alemania.

Resultó que el señor Todt conocía España. Y me habló de la impresión que le produjo la tierra tan roja, vista desde el avión. Lo mismo que había impresionado a mi mujer neerlandesa la primera vez que voló conmigo a Madrid.

Sí –le dije al señor Todt–, pero también tan verde, no sé qué lugar conoce de mi país, pero Galicia, Asturias, el País Vasco, por ejemplo, son muy verdes.

Sus ojos se achicaron con un movimiento similar (e inverso) al de la lente de un microscopio que busca el máximo de nitidez, en este caso dentro de sus recuerdos.

Es verdad –asintió al cabo de unos instantes–, el País Vasco es muy verde, muy verde.

En aquel período de mi vida, durante varios meses, intenté llevar un diario, y gracias a él recupero ahora un momento de estupefacción del señor Todt tal como lo transcribí entonces: “Abril 27 (1987). Encuentro en el bosque con el señor del pachón. Me pregunta que si vi anoche el programa de la 1ª cadena de TV. Le digo que no tenemos televisor. Su asombro infinito casi me da pena. Le explico nuestro rechazo de ese medio de masificación comunicada. Menea sin mucha convicción su sólida cabeza. Tengo prisa y me despido sin preguntarle qué programa me perdí.”

No hay que decir, pues no se vive en Colonia sin caer en ciertos tópicos, que uno de los temas recurrentes en nuestras conversaciones o más bien en los monólogos del señor Todt conmigo, era el Padre Rhin. Sobre todo en época de grandes lluvias o de deshielos. Cuando el Padre Rhin decide salirse de madre y hacernos la puñeta a todos sus hijos más próximos.

Fue con ocasión de una de sus riadas más grandes que me vine a enterar de dónde vivía el señor Todt. Yo ya sabía, por el periódico y por el informativo de la radio, que las aguas habían rebasado, esa madrugada, las praderas ribereñas y empezaban a anegar los sótanos y los entresuelos de las calles costaneras. Ese día me encontré al señor Todt, puntual como un filósofo prusiano, en la esquina de las canchas de tenis con el Fuchskaulenweg.

¿Ha salido de casa en barca o lo hizo todavía a pie enjuto? –me preguntó, y la referencia bíblica parecía confirmar que venía de una comarca pietista, ¿por qué no la Prusia oriental?

A pie enjuto –le contesté–, ¿y usted?

También, yo vivo acá a la vuelta, en la Mühsamstrasse.

Poco faltó para que me echase a reír. ¡Nada menos que en la calle Mühsam! Por supuesto que no tuve valor para decirle que lo que menos me hubiese imaginado, por muchos días de vida que me quedaran, es que viviese en una calle rotulada con el nombre de mi bienamado anarquista, el político alemán moderno que más quiero, junto a Carl von Ossietzky y Rosa Luxemburgo.

Algunos años después, y una vez más en época de riadas, una riada que en esta oportunidad amenazaba con ser “la del siglo” (lenguaje de la prensa), también supe la edad del señor Todt. Desde que lo vi detenerse al divisarme en el camino, y por su actitud exultante, imaginé que me tenía preparada una de sus clásicas bromas acerca del Arca de Noé, la ballena de Jonás o el Nautilus del capitán Nemo. Pero no. Esta vez me equivoqué de medio a medio. Apenas llegué a su altura y, prácticamente sin solución de continuidad con su “¡Guten Morgen!”, me espetó su efeméride:

¿Sabe una cosa? Mañana cumplo ochenta y cinco años.

Mañana sería el 21 de diciembre. Yo conocía bien la fecha, el aniversario de un alemán contemporáneo que nos dejó huérfanos ocho años atrás. Así que se lo dije:

Pues no sé si lo sabe, pero entonces tiene usted cumpleaños el mismo día que lo tenía Heinrich Böll.

Una expresión que me pareció de perplejidad restó bonhomía por un instante a los rasgos de aquel rostro distendido por la sonrisa. En su vida ha oído el nombre de Böll, fue lo que pensé. Pero luego, mientras continuaba mi camino al trabajo, después de haber felicitado al señor Todt, pensé que tal vez no fuese perplejidad sino rechazo lo que había aflorado a su cara. A fin de cuentas ¿qué razones de peso, qué razones objetivas tenía yo para pensar que era prusiano y pietista? De repente me di cuenta de que el señor Todt podía ser perfectamente coloniense o al menos renano, ¡y católico!, de aquellos católicos para quienes el nombre de don Enrique era sinónimo de herejía, blasfemia y qué sé yo cuántas cosas más.

Al poco tiempo mi vida laboral experimentó un cambio notable que me obligaba a levantarme bastante más temprano y llegar al trabajo con una puntualidad de reglamento, de tal manera que dejé de ver por muchos meses al señor Todt y a su pachón.

Fue ya entrado el otoño, y en un día sábado, que salía de casa a la misma hora de meses atrás, para retirar en la oficina de correos una carta certificada, para lo cual tenía que atravesar el bosque y acudir al pueblo inmediato. Y ahí vi venir hacia mí, a la altura de las canchas de tenis, al perro pachón del señor Todt. Sólo que atraillado a una correa cuyo extremo asía con mano firme una robusta anciana vestida de oscuro y a quien yo no conocía de nada.

El pachón se detuvo al verme llegar, y estoy tentado a decir que el movimiento de su rabo fue un saludo que se correspondió con mi automático “¡Guten Tag!” y el no menos automático “¡Guten Tag!” de la anciana. Continué mi camino, llegué al otro pueblo, retiré la carta certificada, regresé a casa y en ningún momento me abandonó la sospecha de que un eslabón de la cadena de mis queridas costumbres se había roto, y de que yo acababa de enterarme de ello de la misma manera que los vecinos de Königsberg se habrían enterado de la muerte de Kant. Por la inesperada ausencia de su reloj de carne y hueso, de levita y galera.

Luego de almorzar, despejé mi mesa de trabajo y amontoné a mi derecha los fajos de periódicos de los últimos seis meses. Los había ido guardando para una colaboración prometida al suplemento cultural de un diario madrileño: un ensayo sobre la cita literaria en las esquelas necrológicas de los periódicos alemanes. Sistemáticamente comencé a retroceder, ejemplar por ejemplar, deteniéndome nada más que en las páginas de las esquelas, tijera en mano, seleccionando y recortando sólo aquellas encabezadas por una cita.

El montón de diarios a mi derecha fue disminuyendo poco a poco dejando a mis pies otro montón y a mi izquierda una colección de recortes. Alguien menos tozudo que yo habría abandonado la tarea secundaria hacía algunas horas, pues la primaria y original ya estaba cumplida con creces. Pero el corazón me seguía diciendo que la esquela que yo buscaba, ésa, sí, iba a aparecer. Y apareció, sí. Hasta con una cita.

La cita, que me dejó estupefacto, era de las auténticas últimas palabras de Goethe: “Ven, hijita, dame la patita”, que no suenan en alemán lo ridículas que resultan en castellano. En cuanto al texto no me dejó lugar a ninguna duda. Hermann Todt, nacido el 21/XII/1908 en Jena/Turingia, había fallecido en Colonia el 26/IV/1994. Su desconsolada viuda, hijos (dos), nietos (cinco), nueras y demás parientes, comunicaban la triste noticia y daban como domicilio mortuorio el n° 14 de la Mühsamstrasse. El entierro tendría lugar el sábado 29/IV, en el cementerio del bosque de Rodenkirchen.

Allí me dirigí, donquijote sobre mi rocinante holandés de acero y neumáticos, después del desayuno del domingo. Quería despedirme de mi amigo el señor Todt, cuyo nombre (ahora debo revelarlo) sólo había sabido al leer su esquela mortuoria. Familiarizado como estoy desde hace mucho tiempo con las costumbres de los enterramientos gracias a mi casi maniática pasión por los cementerios, y conocedor además a carta cabal de éste de Rodenkirchen, no me fue difícil dar con la tumba del señor Todt. Lucía cuidada y era muy sencilla. Sin cruz. Nada más que una lápida con el nombre y las fechas liminares. Un farolito con una débil llama sobre la derretida cera roja era el único adorno al pie de un minúsculo cantero de nomeolvides embutido en la lápida. Alguien, quizás la viuda, organizó el piadoso gesto de insertar en ese cantero, como si fuese una condecoración, la franja de una de las coronas que debieron amontonarse sobre la tumba el día del entierro. En esa ancha tira tricolor, amarillo-rojo-negro, centelleaba la purpurina de unas palabras en un español casi impecable: Nunca te olvidaremos: Tus Kamaradas de la Legión Cóndor.

Nota epilogal: Este es un cuento sobre los asesinos que siguen viviendo entre nosotros.

Baste recordar que la Legión Cóndor, enviada por Hitler para apoyar al inferiocre general Franco en su rebelión contra la República, fue la autora del criminal bombardeo de Guernica el 26 de abril de 1937. Con razón Herr Todt recordaba aún que el País Vasco, visto desde arriba, es muy verde, y con razón no se perdió el programa de la televisión alemana en el cincuentenario del bombardeo. Él mismo moriría en el 57° aniversario de ese día luctuoso.