Leer a Mercé Rodoreda es una de las grandes satisfacciones que me ha deparado el gratísimo oficio de lector. Debo decir que durante años me ha costado encontrar novelas que me satisfacieran, que me tuvieran en vilo durante horas. Hace años que leí por vez primera La plaza del diamante (1962) y ya quedé completamente enamorado de su estilo y de su sensibilidad, pero solo cuando hará cosa de dos años logré releerla en catalán, tuve plena conciencia de su escritura. El personaje de la Colometa -uno de los mejores si no el mejor personaje de la literatura española del siglo XX- es simplemente una pasada. Qué difícil encontrar un personaje más vivo y verdadero, qué difícil construir un personaje de la excepcional entidad de la Colometa. La Colometa es una mujer simple que atraviesa los años duros del siglo XX español, como una apaleada, pero en su apaleamiento ella no se revuelve, acepta su destino con bondad, porque ella es ante todo un ser bondadoso y que trata de ponerse en el lugar de los demás. La vida le irá dando una guantada tras otra pero ella las acepta, las sufre, trata en su bondad y en su simpleza de justificarlas, pero no por eso se detiene. No, ella es una pequeña luchadora, una luchadora insomne, anónima, como lo fueron muchas de nuestras anónimas madres a las que le cayeron chuzos de punta y aún así se alzaban de con las primeras luces para tricotar los jerséis a los niños y enfrentar el día. Así e sla Colometa: una sobreviviente de la Barcelona que ha perdido la guerra, aun cuando la Rodoreda -tan sutil siempre- no se distraiga demasiado con ningún elemento histórico por muy importante que sea (incluso para ella). Todo, todo queda enmarcado en el mundo pequeñito del personaje. Lo que parece decir la Rodoreda con este personaje, es que el destino de los pobres y las mujeres es la lucha continua contra los imponderables y, más le vale a Colometa y a las colometas del mundo ir aceptando esa lucha, esa continua pérdida, y vestir ese coraje de todos los días, nada heróico, nada grandioso, que de tan común no parece siquiera coraje pero que es el mayor, el más mayúsculo de los corajes. Sólo con eso ya La plaça del diamant sería una de las más grandes narraciones de nuestra literatura.
Ahora acabo de leer Mirall trencat (Espejo roto), (1974), que es una novela distinta, pero soberbia, de una escritura prodigiosa y de una complejidad argumental desacostumbrada. Todo cuanto en La plaça era sencillez argumental, en Mirall se vuelve tortuoso, complejo, lleno de recovecos y secretos -y cajones- que todo lo enturbian y todo lo silencian. En todo caso es una novela de fácil lectura, muy bien escrita, muy bien estructurada. Mirall nos sitúa ante una familia de alto copete barcelonino encerrada en una especie de torre a la que el crecimiento de la ciudad va devorando. Pero aquí, como ocurría en La plaza, lo que interesa es el mundo interior, lo que ocurre en esa casa con jardín. Barcelona es apenas la cortina de fondo. Cierto que la novela podría leerse como una radiografía a la burguesía catalana del primer tercio del siglo XX, pero la novela se cicunscribe al plano familiar, a la torre donde convive la familia. En ella los personajes sucumben ante un destino -llamémoslo así- despiadado que no les concede tregua. Se trata de una novela-saga, una de esas novelas cuajada de grandes personajes -no a la altura de la Colometa, eso no-, pero que parecen hablarnos de la fragilidad de la vida, y de la belleza como único refugio ante las embestidas. Subrayaría aquí el papel del secreto: todos o casi todos los personajes soportan a sus espaldas un mundo oculto, inconfesable, una cicatriz que supura una y otra vez y que los hace no sé si infelices, pero en todo caso tristes. La sutileza de la Rodoreda hace que el secreto no se convierta en el centro mismo de la novela, pero el secreto pesa a veces tanto que a algunos personajes les hace tomar decisiones drásticas. El secreto los ahoga y los define, pero la apariencia de la vida, como ya ocurriera con la Colometa, hace que los personajes parezcan francamente distraidos con las apreturas y los recovecos del presente. Diría que Mirall es todavía una novela mucho más compleja y sutil que La plaça del diamant, pero supongo que eso será cuestión de gustos. Ambas, sí, son una fiesta, una gran fiesta, La plaza una fiesta de barrio, una verbena -así comienza- y Mirall un decadente baile de salón.
Jardí vora el mar (Jardín junto al mar), de 1957, pero empezado antes que La plaça del diamant, es acaso la novela que mejor caracteriza o define la escritura de la Rodoreda. En ella tendremos a una escritora plenamente consciente y dominadora de su sensibilidad narrativa. El realismo y el lirismo se entrecruzan de tal manera en esta novela que es imposible disociarlos. En esta ocasión contaremos con un narrador masculino, un jardinero enamorado de su trabajo, que hace de la belleza su enseña y de la honestidad su marca personal. Este jardinero de nombre desconocido, que ha perdido a su mujer de la que estaba muy enamorado, es un hombre tranquilo, sin más pasión que su jardín, y trabaja para una familia de la burguesía barcelonesa que pasa los veranos en su torre con jardín junto al mar. Se trata de una familia amplia y algo alocada a la que se añade el servicio, desde las simples criadas hasta los encargados de las caballerizas, todos con sus idas y venidas, cada cual con su pedrada, con sus secretos (una de las señas de identidad de la autora como se ha dicho) y todo escrito con esa natural fluidez con que transpiran las novelas de la autora catalana. La voz del narrador, que nos recuerda a la de la Colometa de La plaça, o a la de Cecilia, de Carrer de les camelies, es una voz sin estridencias, la voz de alguien que se limita a contar lo que ve o lo que escucha. De todas las novelas comentadas es la que acaso tenga una estructura más novelesca, con pequeñas historias con ciertos recovecos, entradas y salidas. Aquí la Rodoreda es más Rodoreda que nunca, dejando paso a su universo vegetal, a sus flores, a sus árboles, a las pasiones humanas, a los equívocos de la vida, a toda una simbología que poco a poco se va apoderando de la novela y del lector. El jardín se convierte en un universo, como ya ocurriera en Mirall y en cierto sentido en la casa de las palomas de la Colometa. Y sí, naturalmente, nos recuerda en su universo interior a Mirall trancat porque nos habla de una burguesía no sé si calificar de decadente, porque lo sustancial en ella no es su decadencia, sino su vivir apegado a la banalidad y al dolce farniente, su cierta inestabilidad emocional, su atribulada relación con el mundo de las pasiones que como la mala hierba del jardín acaba por aparecer aquí y allá, sin descanso. Pero lo bueno de la Rodoreda es que su escritura no apunta con el dedo, no carga las tintas, no, sino que se carga de sutilezas, de pequeñas derrotas que se van sumando, sin que el lector tenga la sensación de desmoronamiento. Podría decirse que se trata d euna novela alegre, nostálgica. Poque en la Rodoreda siempre hay un hálito de nostalgia, de paraíso ultrajado y perdido. El lector, como un sencillo espectador de todo eso, disfruta. El tratamiento psicológico de los personajes es acaso uno de los rasgos más interesantes de la Rodoreda y en esta novela los personajes son sencillamente inolvidables. Eugenio, Tony, el caballista, Rosamaria, los dos viejecitos que aparecen por el jardín preguntando por su hijo desaparecido, Bellom, el indiano, Miranda, la criada brasileña, Feliú, el pintor..., incluso los ausentes, los recordados, todos, todos forman un ramillete de personajes inolvidables que consiguen que la novela se nos haga muy corta y que nos apeguemos ls pequeñas causas que iluminan a cada uno de los personajes. También en esta novela he creído atisbar las trazas de los neorrealistas italianos, más en concreto al Pavese Il diavolo sulle colline. Una novela, en definitiva, para comenzar a leer a Mercé Rodoreda.
Lean, lean a Rodoreda, por Dios, me lo agradecerán y se lo agradecerán a ustedes mismos. Dicho queda.




Cierto
es que mi texto puede parecer caníbal. Quizás lo sea, pero te juro
que en mi mente no estaba el denigrar al maestro. Nada de eso. Era
constatar algo que yo veo muy caro. El tema de Vargas en su
primera etapa es el poder, visto desde distintos ángulos. El poder
estructural en La ciudad, o en Los cachorros, el poder como
corrupción en Conversación, el poder como opresión en La casa, el
poder ideológico en La guerra, el poder testosterónico y como poder
en La fiesta- obra de su segunda parte, por así decir. Cuando ya en
pleno declive escribe La fiesta, su obra resurge. Entonces ya
ideológicamente está donde está, pero su literatura se salva en
esa novela porque trata de algo que ha formado parte de su creo.
Dirás que también ocurre en El sueño del celta, sí, pero ahí Llosa
ya está como ausente, ahí, como En el paraíso Vargas ha dejado de
ser Vargas, ya no existe el sustento ideológico que lo sustentaba.
No hablo de política, no hablo de ideología, sino más bien de
visión del mundo. Hablo de sustratos, hablo de estructuras mentales,
hablo de verdad interior, frente a verdad exterior. Lo que le pasa a
Vargas es que pierde la gracia, pierde, no su oficio, no su
inteligencia ni su capacidad fabuladora, pero le falta tema, le falta
creérselo, le falta gracia. Y el tipo simpático que era, se vuelve
antipático, se reboza en poder -eso que él había denostado, eso
que había sido el armazón de su novela anterior. Quizás como dice
David Torres en El diario.es, tal vez se tratase de ego, de estatus,
no lo sé. El caso es que su novela cae estrepitosamente. Mirad, ayer
Cercas en el telediario hizo un panegírico de VL, pues bien, sólo
mencionó obras de su primera parte, antes de su cambio ideológico y
eso que Cercas, como he dicho, tira al monte, pero lo claro es que
hay dos Vargas, uno el de sus comienzos y otro el de su final. Hay
tanta distancia entre ellos que es lo que llama la atención.
Yo soy de los que, siendo habitual comprador y lector de libros de
Anagrama, voy a boicotear a la editorial y, por supuesto al autor. He
tenido relación con él cuando dirigía Ñ, donde me publicaron
alguna cosa y creo que intercambié con él algún e-mail. Lo que quiero advertir es que no hay en mí la menor
animadversión contra este autor y contra esta editorial. Todo lo
contrario. He escuchado pacientemente ciertas reflexiones sobre el asunto precisamente
porque necesitaba tener el contrapunto a mi inicial punto de vista
sobre este caso. Se habla de A sangre fría. Yo he leído e incluso releído con mucho interés A
sangre fría. Lo hice hace cuarenta años y para mí no hubo la
menor diferencia entre ese texto y, pongo por caso, Desayuno en
Tiffanys´. Ambos eran pura literatura y ambos me gustaron. Hasta el punto que los he releído en más de dos o tres
ocasiones. La última vez hace un año porque escribí en este mismo blog una reseña
sobre Capote que puedes consultar. Eso para decirte que a mí el
actual caso me parece distinto. Y por qué es distinto, te
preguntarás como lector: porque conocemos el caso, porque es un caso vivo, es un
caso sangrante, es un caso concreto. El asesinato de los Clutter no
deja de ser para mí un asunto abstracto y lejano. Yo como lector no he podido
ponerme en el caso de ningún asesinado del rancho de Kansas, pues no los
conocía. ¿Debería rechazar un libro porque en él se viole a una
chavala, se mate a un individuo o se torture a un pobre muchacho
argentino o madrileño de los ´60? ¿Debiera rechazar la lectura de
Crimen y Castigo,
¿Por qué no te preguntas por qué el autor ha
tomado este caso y no el de un crimen similar en Croacia o Bolivia,
porque estoy seguro de que en Croacia y en Bolivia también hay
crímenes de este tipo y de querer entrar en las tripas del mal lo
mismo valdría un caso que otro con la enorme ventaja de que la mujer
Croata nunca sabría que alguien toca el piano con su dolor? En
España hay dos mil novelistas como éste, pero ninguno ha querido
hurgar en esa herida. ¿Te has preguntado el por qué? Son preguntas, más que respuestas las que aquí nos hacen caminar. La
libertad de expresión y la libertad de creación no tienen otros
límites que los que, nosotros, como creadores, queramos darles.
Nosostros, cada uno de nosotros, delimitamos el terreno de juego de nuestra indagación literaria. El
autor es libre de escribir sobre lo que le parezca, pero en esta
libertad, como en todas, hay límites de juego. Imagina por un
momento, que estuvieras escribiendo una novela sobre el
sufrimiento animal. Imagina que en uno de sus capítulos se diera la escena de despanzurrar un gato como
hace Murakami en Kafka en la orilla, ¿te ves despanzurrando a tu propio
gato para saber cómo se vive esa experiencia. ¿Dónde te pondrías
tú el límite o te dejarías convence por la libertad de expresión
y despanzurrarías a tu gato delante de tu mujer o de tus hijos para
que tu párrafo tuviera verdad empírica? Tú mismo
debes responder una y otra vez dónde quedan tus límites, en virtud
de los conflictos que te plantee el texto. Yo no haría según que
cosas y no haría una novela donde despanzurraría a una mujer que ya
tiene suficiente con lo que tiene, una mujer que ya ha recibido mucho
más dolor del que puede soportar y que merece descanso y olvido, y,
por dios, merece que nadie venga a hurgar en su herida. Y esta es toda o parte de mi mi reflexión.
Me acabo de enterar. Ricardo Bada murió el pasado 8 de febrero. Que la tierra le sea leve. Al parecer hace tiempo que la vida le pesaba. Descanse la voz, la voz que tanta luz dio a la literatura. Un gran cronopio. Adiós, amigo.