ROBERTO FONARROSA Y DALE CON EL FÚTBOL
Argentina y el fútbol, el Fútbol y Agentina. Son exagerados los argentinos, tienen mal perder los argentinos, son cancheros, son muy a menudo imposibles. Pareciera que nazcan con una pelotita atada a los pies. Nadie ha escrito y acaso vivido como ellos el universo del fútbol. Sí, parecen cansinos y tal vez lo sean, tal vez sean pasionales y si, lo son hasta la fatiga, pero, amigo, ningún pueblo ha inventado una literatura del fútbol como ellos. Todos somos afiicionados al fútbol, ellos son el fútbol y por eso no admiten una derrota o aceptan una derrota chorra y mal ganada. Argentina es el fútbol, lo demás son cuentos. Y si los argentinos tienen a Di Estéfano, a Kempes, a Maradona, Batistuta, Riquelme o Messi, también tienen a Sacheri o a Fontanarrosa que elevan el fútbol y su pasión a categoría de arte.
Dicen que este es el mejor relato de futbol escrito jamás. Yo no lo voy a poner en duda, pues los argentinos son intensos y quiero conservar la piel y porque, qué carajo, debe serlo.
19 DE DICIEMBRE DE 1971
Sí, yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos
con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero
había que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora
habla cualquiera.
Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué
te digo "esos días"! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando del partido y la ciudad era una
caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que
después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en
pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se
la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo
que era la ciudad en esos días, hermano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se
hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te
aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.
Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final.
Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el
culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban
los lepra! ¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos
vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo
estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían
una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a
llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter
cinco, en el Monumental y para la televisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre!
¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que
tienen desde ese día y no se la pueden sacar!
Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un
equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío.
Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban
bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono Obberti ¡Dios querido, el Mono
Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco;
Santamaría, el Cucurucho Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que
reconocer, y la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires, el día
del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. Si
son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados.
Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a
cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutía.
Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que había que hacer cagar al
presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y
qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por
la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí, hay que recurrir a cualquier cosa. Es como
cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta
de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro
que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servía para
algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho,
de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de
Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla. Por supuesto que todas las brujas del barrio
ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres,
maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenía un
pañuelo atado desde hacía como diez días, de ésos de "Pilato, Pilato, si no gana Central en
River no te desato". Después la vieja decía que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si
hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.
Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas
muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el
Monumental y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana
con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que
empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el
boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a
Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habíamos ido una
vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a
llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no
me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése. El Coqui
iba a ir con el reloj cambiado de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque
en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos
perdiendo y con eso empatamos. O sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles como
para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. Te digo más, estuvimos como media hora
discutiendo cómo mierda estábamos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para
pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra. El boludo de Michi decía que él
había estado detrás del Valija y el Miguelito porfiaba que el que había estado detrás del Valija
era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venía la mano en
esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano,
el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.
Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi
viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá.
Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro
que si perdíamos nosotros agarrábamos el "Ciudad de Rosario" y por acá, por el Paraná, nos
teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de
su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi
viejo. Ya el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un
bufo y se volaba la sabiola y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más porque es
loco el Miguelito, así que había que creerle. O hacerse puto, no sé quién había comentado la
posibilidad de hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de loca
por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie quería ni siquiera sentir
hablar de esa posibilidad. Ni se nombraba la palabra "derrota".
Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen "la papa",
o "tiene otra cosa", "algo malo", pero el cangrejo, mi viejo, no te lo nombra nadie. Y ahí fue
cuando sale a relucir lo del viejo Casale.
El viejo Casale era el viejo del Cabezón Casale, un pibe que siempre venía al boliche y
que durante años vino a la cancha con nosotros pero que ya para ese entonces se había ido a
vivir al norte, a Salta creo, lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos
acordamos de que un día, en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca, pero
nunca, lo había visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos había impresionado
porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio vos te preguntás, "¿Cómo
carajo hizo este tipo para no verlo perder nunca a Central contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este
coso no va nunca a la cancha". Porque, oíme alguna vez lo tuviste que ver perder, a menos que
no vayas a los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así, que se borran bien borrados de los
clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me
acuerdo que le preguntamos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos explicó. Él iba
siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se había dado, qué sé yo, una serie de
casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un
montón de causas que ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones —el viejo era
comisionista—; que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar, que estaba
engripado, que le dolía un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad, hermano, que el viejo la posta
posta era que nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto.
Era un privilegiado el viejo y además, un talismán, querido, porque así como hay tipos mufa
que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto
que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Casale era uno de éstos, de los ojetudos.
Entonces ahí nos dijimos "Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel.
No puede ser de otra forma. Tiene que estar".
Claro, dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos
agarró como la duda ¿viste? porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo, te
digo más, desde que el Cabezón se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos
vuelto a ver ni en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba
bastante veterano porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en
realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco años los tenía por debajo de las patas.
Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito decimos "vamos a la casa del viejo a
asegurarnos que va y si no va lo llevamos atado". Porque también podía ser que el viejo no
fuera porque no tuviera guita, qué sé yo. Nosotros ya habíamos pensado en hacer una rifa a
beneficio, una kermesse, cualquier cosa. El viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al
portador.
La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos sale el viejo?
Que andaba mal del bobo y que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha,
mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que había tenido un infarto en no sé qué partido, en un
partido de mierda después que una pelota pegó en un palo, que había estado muerto como
media hora y lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore,
que no había clavado la guampa de puro pedo y que le había quedado tal cagazo que no había
vuelto a ir a la cancha desde hacía ya, mirá lo que te digo, dos años.
¡Hacía dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era sólo que él no quería ir
sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenían terminantemente prohibido ir,
lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo
prohibían, para que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo
demasiado fuerte y se moría, tan jodido andaba. Vos le hacías ¡Uh! en la cara y el viejo partía.
¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación, porque eso era como un presagio, un
anuncio del infierno, hermano, era un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos
Aires, mi viejo. Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a convencerlo, a
decirle "Pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal
usted del cuore, si se lo ve cero kilómetro! Vamos, don Casale —me acuerdo que lo jodia
Miguelito— ¿cuántos polvos se echa por día? usted está hecho un toro". Pero el viejo, ni
mierda, en la suya. Que no y que no.
Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenía un equipo de mierda y
que ya a los quince minutos íbamos a estar tres a cero arriba, que el partido era una mera
formalidad, que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a
mayor cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para
convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a
rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querían saber
qué carajo queríamos decirle nosotros al viejo en esa reunión, porque medio que ya se
sospechaban que nosotros no íbamos para nada bueno. En resumen que el viejo nos dijo que
no, que ni loco, que ni siquiera sabía si iba apoder resistir la tensión de saber que se jugaba el
partido, aun sin escucharlo. Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era, y sabía cómo
venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial,
antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo más. "Ese día —nos dijo— bien temprano,
antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos
Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego". No quería escuchar ni
los bocinazos el viejo. "Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi hermano le importa
un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar radio ni nada". Porque el viejo decía y
tenía razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a
oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí mismo
seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese hermano que tenía, para
borrarse del asunto.
Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allí hechos bosta porque veíamos que la
cosa venía muy mal. Casi era ya un dato seguro como para decir que éramos boleta. Para
colmo, al Valija, el día anterior le había caído una tía del campo y él se acordaba que, en un
partido que perdimos con San Lorenzo, esa misma tía le había venido el día antes. Era un
presagio funesto el de la tía.
Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos
muy seriamente. El Dani decía que no, que era una barbaridad, que el viejo se nos iba a morir
en el viaje, o en la cancha, y después se iba a armar un quilombo que íbamos a terminar todos
en cana y que, además, eso sería casi un asesinato. Pero al Dani mucha bola no le dimos
porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado, medio cagón el Dani. Pero
nosotros estábamos bien decididos y más que nada por una cosa que dijo el Valija: el viejo
estaba diez puntos. Había tenido un infarto, es cierto. Pero hay miles de tipos que han tenido
un infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo
como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de un ropero, o no ir a la cancha, o
dejar que te rigoree la familia como la esposa y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra
parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros pero unos turros que se ve que lo querían
hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y
además, como decía el Miguelito y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno. Con
casi sesenta años no te digo que parecía un pendejo pero andaba lo más bien. Caminaba,
hablaba, se sentaba, qué sé yo, se movía. ¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó con
Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo pero su medidita se mandó. La
cosa es que el Miguelito elaboró una teoría que te digo, aún hoy, no me parece descabellada.
¡El viejo era un turro, hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla
bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo no ponía el lomo, lo
atendían a cuerpo de rey y la tenía a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él
viviendo como un bacán, el viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no
fasearía escondido; y de no ir a la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como Carolina de
Monaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el Colorado se resolvió todo.
El Colorado nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la sociedad,
de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese
partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que, para
nosotros, y eso era verdad, iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que
habíamos tenido lo nuestro y que, de últimas, teníamos experiencias en malos ratos y fulerías.
Pero los pibes, los pendejitos de Central, ésos, iban a tener de por vida una marca en sus vidas
que los iba a marcar para siempre, como un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir
esos pibes, esas criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho para
siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa, disminuidos ante los
leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano,
porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo.
Yo me acuerdo cuando perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque después de ir
ganando dos a cero, cuando se vendió el Colorado Bertoldi, que todavía se estará gastando la
guita, y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama porque no me atrevía a
ir a la escuela para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de puta para
la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan bichos, que agarran una langosta y le
sacan todas las patas? Son unos hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decía el
Colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno, hermano, eso
era algo así como lo de la deuda externa, que por la cagada de cuatro reverendos hijos de puta
que empeñaron el país, la tenemos que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si
estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido. Además,
como decía el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos ñubelistas, está
también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese
equipo, son así, casquivanos. Son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado
Ñubel y... ¡a la mierda!... de ahí en más todos los pibes se hacían de Ñubel, ponele la firma. Y
no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco
Menotti, ni comprarles la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos
ven que sale River campeón y son de River. Son así. Y en ese momento no era como ahora que,
mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces, cuando van al
chiquero del Parque, por mejor equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan "Yo no puedo
ser hincha de esta villa miseria" y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y vos ves
que ahora los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Ñul y ya se hacen hinchas
de Central por el estadio. Es otra época, los pendejos son más materialistas, yo no sé si es la
televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.
Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al viejo Casale, o si no aguantarse
que quince, veinte años después, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de leprosos
nacidos después de ese partido, y esto hoy ¿sabés lo que sería? Beirut sería un poroto al lado
de esto, hermano, te juro.
El que organizó la "Operación Eichmann", como la llamamos, fue el Colorado. La
llamamos así por ese general alemán, el torturador, que se chorearon de acá una vez los judíos
¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado es un tipo muy cerebral, que le
carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El Colorado ya no estaba para ese entonces en la
O.C.A.L.. La O.C.A.L., no sé si sabés, es una organización de acá, de Rosario, que se llama así
porque son iniciales, O.C.A.L. "Organización Canalla Anti Lepra". Son un grupo de ñatos como
el Ku-KIux-Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con
capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá, yo no sé
si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro, lo que tenés que hacer
es odiar a los lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central.
Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensan maldades contra los lepra,
festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen himnos, son como esos tipos,
los masones esos, que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de
la O.C.A.L. al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo. Pero es un bocho el
Colorado y él fue el que organizó todo el operativo.
Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un día de estos no
aparece en el "Selecciones" y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para Villa Diego, adonde
tenía la quinta el hermano del viejo Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil
cuatrocientos, lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que
pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis-Paraguay o San
Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a
Bulevar Oroño que no sé para qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la duda era si el viejo se iba a
ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos jugábamos a que se
iba a ir en ómnibus porque auto no tenía y seguro que el hermano tampoco tenía porque
debía ser un muerto de hambre como él, seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta,
porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas
o sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el partido.
Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego porque después ¿cómo
llegábamos nosotros a Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y
en un ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a
los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires o sea que
la cosa estaba clavada, era posta posta.
Después hubo que hablar con los otros muchachos, porque convencer al Rulo no nos
costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los entretelones del asunto. Te digo
que el Colorado manejó la cosa como un capo, un maestro. El asunto era así, el Rulo es un fana
amigo de Central que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo. Y en esa época tenía un
par de coches en la línea 305. Fue un ojete así de grande, porque si no teníamos que conseguir
otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero
el Rulo tenía dos 305 y con uno de ésos ya tenía pensado pirarse para el Monumental el día del
partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo sacaba de
servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió, no iba a perderse el partido
ese.
Entonces, el Rulo, con los monos arriba y nosotros, tenía que estar con el ómnibus
preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el Miguelito se ponía de guardia,
tomando un café, justo en un boliche de ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del
viejo Casale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el Miguelito apostado en el
boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros
hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una maravilla.
Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde seguro se llevaba algún
matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el Miguelito cazó una Vespa que tenía en ese
entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de
atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.
Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que
se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban.
Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros,
haciéndonos los dormidos, incluso con la cara tapada con algún pulóver, como si nos jodiera la
luz, o con algún piloto.
Te digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de
Mayo. Además, el quilombo había sido guardar y esconder todas las banderas, las cornetas, las
bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la
gran puta que medía 52 metros ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decía
"Empalme Graneros presente" y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el
viejardo no la vichara.
La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los asientos de
adelante que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo
le cobró boleto y todo. Y nadie se hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus
iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La
cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba
algún auto con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y
movía la cabeza como diciendo "¡Mirá vos!".
Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie quería darle mucha bola para no
pisarse en una de ésas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un
gas adentro de ese ómnibus hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se
queda a apoliyar en el auto con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono,
creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero,
cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo "En la esquina, jefe".
Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo de que ahí no se podía parar, que estaba cerrado el tráfico,
que había que seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó paradito al
lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, "En la esquina". Ahí ya el Rulo nos
miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso!
Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habíamos
hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las
banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, "¡Soy canalla, soy canalla!" por las ventanas.
Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te la puedo
describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con lo quilomberos que son, se
habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo,
pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear
las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.
¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde
parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren
los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y
estaban todos adentro haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe
se transformó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de bocinazos, cornetas, una joda.
¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la
ruta esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te
saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un
cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso. Porque nosotros lo
estábamos mirando porque decíamos: éste es el momento crucial. Ahí el viejo o cagaba la
fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los
monos que saltaban y cantaban y no lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San
Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy ya se había
ofrecido a hacerle respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que
mal, le habíamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco de asco, además con un
viejo.
Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no había arreglo, que no
había posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó, pero se entregó entregó.
Porque, al principio, nosotros nos acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos
irresponsables, unos asesinos, que no teníamos conciencia, que era una vergüenza, qué sé yo
todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto, que
estaba hecho un toro, que si se había bancado la sorpresa del ómnibus quería decir que ese
cuore se podía bancar cualquier cosa, empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que
todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y que
incluso el médico estaba implicado en la cosa.
Mirá hermano, y créeme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener en
mentirte, hoy por hoy? mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo era el más feliz de
los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis hijos. El viejo cantaba, puteaba,
chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una
bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se
bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió y después se
bancó el partido. Estaba verde, eso sí, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas
con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después
del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué, porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando
el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los
abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a
un grandote en musculosa casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si éste no
se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que
alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la
cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, había
gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron
a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo
fulero, lo terrible? ¡Qué si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos
ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a
hacer refusilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos!
¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el flaco Menutti
que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco
enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique
al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y
besarle el culo al flaco ése ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco
minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que
miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero
vivo.
Y ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen
que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de
esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el
referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio
al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un
infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me gustaría que alguien me diga si
alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en
la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a
ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero
lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo
impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco
el pobre viejo, un poco que todos pensamos; "¡Qué importa!" ¡Qué más quería que morir así
ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué?
¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero,
basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando,
feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra
por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo
envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo esa.
Extraído de No sé si he sido claro (1986)



Ahora acabo de leer Mirall trencat (Espejo roto), (1974), que es una novela distinta, pero soberbia, de una escritura prodigiosa y de una complejidad argumental desacostumbrada. Todo cuanto en La plaça era sencillez argumental, en Mirall se vuelve tortuoso, complejo, lleno de recovecos y secretos -y cajones- que todo lo enturbian y todo lo silencian. En todo caso es una novela de fácil lectura, muy bien escrita, muy bien estructurada. Mirall nos sitúa ante una familia de alto copete barcelonino encerrada en una especie de torre a la que el crecimiento de la ciudad va devorando. Pero aquí, como ocurría en La plaza, lo que interesa es el mundo interior, lo que ocurre en esa casa con jardín. Barcelona es apenas la cortina de fondo. Cierto que la novela podría leerse como una radiografía a la burguesía catalana del primer tercio del siglo XX, pero la novela se cicunscribe al plano familiar, a la torre donde convive la familia. En ella los personajes sucumben ante un destino -llamémoslo así- despiadado que no les concede tregua. Se trata de una novela-saga, una de esas novelas cuajada de grandes personajes -no a la altura de la Colometa, eso no-, pero que parecen hablarnos de la fragilidad de la vida, y de la belleza como único refugio ante las embestidas. Subrayaría aquí el papel del secreto: todos o casi todos los personajes soportan a sus espaldas un mundo oculto, inconfesable, una cicatriz que supura una y otra vez y que los hace no sé si infelices, pero en todo caso tristes. La sutileza de la Rodoreda hace que el secreto no se convierta en el centro mismo de la novela, pero el secreto pesa a veces tanto que a algunos personajes les hace tomar decisiones drásticas. El secreto los ahoga y los define, pero la apariencia de la vida, como ya ocurriera con la Colometa, hace que los personajes parezcan francamente distraidos con las apreturas y los recovecos del presente. Diría que Mirall es todavía una novela mucho más compleja y sutil que La plaça del diamant, pero supongo que eso será cuestión de gustos. Ambas, sí, son una fiesta, una gran fiesta, La plaza una fiesta de barrio, una verbena -así comienza- y Mirall un decadente baile de salón. 


Cierto
es que mi texto puede parecer caníbal. Quizás lo sea, pero te juro
que en mi mente no estaba el denigrar al maestro. Nada de eso. Era
constatar algo que yo veo muy caro. El tema de Vargas en su
primera etapa es el poder, visto desde distintos ángulos. El poder
estructural en La ciudad, o en Los cachorros, el poder como
corrupción en Conversación, el poder como opresión en La casa, el
poder ideológico en La guerra, el poder testosterónico y como poder
en La fiesta- obra de su segunda parte, por así decir. Cuando ya en
pleno declive escribe La fiesta, su obra resurge. Entonces ya
ideológicamente está donde está, pero su literatura se salva en
esa novela porque trata de algo que ha formado parte de su creo.
Dirás que también ocurre en El sueño del celta, sí, pero ahí Llosa
ya está como ausente, ahí, como En el paraíso Vargas ha dejado de
ser Vargas, ya no existe el sustento ideológico que lo sustentaba.
No hablo de política, no hablo de ideología, sino más bien de
visión del mundo. Hablo de sustratos, hablo de estructuras mentales,
hablo de verdad interior, frente a verdad exterior. Lo que le pasa a
Vargas es que pierde la gracia, pierde, no su oficio, no su
inteligencia ni su capacidad fabuladora, pero le falta tema, le falta
creérselo, le falta gracia. Y el tipo simpático que era, se vuelve
antipático, se reboza en poder -eso que él había denostado, eso
que había sido el armazón de su novela anterior. Quizás como dice
David Torres en El diario.es, tal vez se tratase de ego, de estatus,
no lo sé. El caso es que su novela cae estrepitosamente. Mirad, ayer
Cercas en el telediario hizo un panegírico de VL, pues bien, sólo
mencionó obras de su primera parte, antes de su cambio ideológico y
eso que Cercas, como he dicho, tira al monte, pero lo claro es que
hay dos Vargas, uno el de sus comienzos y otro el de su final. Hay
tanta distancia entre ellos que es lo que llama la atención.