RICARDO BADA

Me acabo de enterar. Ricardo Bada murió el pasado 8 de febrero. Que la tierra le sea leve. Al parecer hace tiempo que la vida le pesaba. Descanse la voz, la voz que tanta luz dio a la literatura. Un gran cronopio. Adiós, amigo.
Mi relación con Ricardo ha sido por decirlo así, epidérmica, extraña. Cuando pasaba por Huelva, cada vez menos como es lógico, solía llamarme y su voz de barítono envolvía la sala donde yo lo escuchaba como si en vez de una voz humana fuera
la voz de la memoria o la voz enjaulada de la catedral de Colonia, que él hubiera interiorizado. Me hablaba entonces de Cortázar, de Grass, a quien tradujo, de Cela, de García Márquez, de Donoso, de Rulfo, de Llosa, de Ribeyro. Fue, desde esa Köln que él hizo suya, un embajador de la literatura en español a ambos lados del charco. Un eterno cronopio que desde su micrófono suscitaba otras voces camineras como la suya. Nunca nos conocimos personalmente y por eso hoy subrayo lo de su voz de casa grande. Su padres tenían una zapatería en Huelva y de joven ya mostró un agudo interés por los libros que un tío de Pilar, mi esposa, de nombre Tomás, fomentaba con lecturas cada vez más alejadas e inverosímiles. Siempre agradeció aquel primer impulso y sé que ya viejo Tomás, hablaron alguna que otra vez. Un día, no hace tanto, le pedí un dato del exilio americano que él conocía tan bien, y aun siendo difícil -rayando lo imposible- el encargo, no habían pasado tres horas cuando aquello que yo coniseraba un imposible, lo tenía frente a mí. Era infalible en eso. Conocía gente en todas partes, sus tentáculos llegaban hasta los mismos infiernos. Lo comprobé esa vez.
Como escritor lo conocí con un cuento que creo se titulaba el perro del Fhurer, y que narraba la historia posiblemente autobiográfica de un ciclista que recorre la ciudad y todos los días encuentra a un hombre elegante y gentil que pasea amorosamente un perro. No cuento el final pero en su título hay ya abundantes pistas... En fin, ese cuento me sobrecogió. Leí mucho de su diario que enviaba los domingos y leí esa anotación en la que su casa ardía y tenía que internar a su mujer en una institución alemana, donde él también se acabó internando. Era sobrecogedor el relato de aquella tragedia. Hacía mucho que nada sabia de él pero esta tarde -esta misma tarde- me acordé de él mientras escuchaba en un documental de historia a unos soldados alemanes contada sin doblaje. Me pregunté entonces que qué sería de Ricardo y, puedo jurarlo, me pregunté si habría muerto sin que yo me enterase. No fue un recuerdo más, fue algo extraño y lo digo yo que no suelo referir estas cosas o no suelo darles importancia. Fue abrir el móvil y, zas, enterarme de su muerte. Es como si me estuviera esperando. Falleció hace cuatro días en su Colonia. Ya no volveremos a escuchar la voz de Ricardo. Muere un valioso enlace de la cultura española, un hombre cabal.
AMOS
Y PERROS
RICARDO
BADA
De
mi casa al trabajo son unos ocho kilómetros, que recorro a diario,
ida y vuelta, con mi bicicleta. Salgo de casa, doblo a la derecha y
enseguida me adentro en el bosque, y al final del bosque una breve
curva a la derecha y ya estoy a la orilla izquierda del Rhin, por
donde sigo hasta el duro banco de la galera turquesa donde gano con
el sudor de mi frente el pan nuestro de cada día.
Adquirí la costumbre de
ir al trabajo en bicicleta no importa en qué condiciones
climatológicas (excepto el hielo, que es traicionero de suyo), desde
que nos mudamos a este pueblito de pescadores... de cuando se pescaba
en el Rhin, claro está. Un pueblito donde acaba Colonia, por el sur,
y luego siguen las refinerías de Wesseling. Y el trayecto diario,
sobre todo el matutino, me ha servido para entablar notables
amistades que en la mayoría de los casos se reducen al “buenos
días” intercambiado con otros ciclistas que vienen en dirección
opuesta o me adelantan, o con jinetes que pululan por aquí gracias a
la difundida creencia de que cabalgar es una buena terapia para los
achaques de la columna vertebral, o con señoras y señores, más
señoras que señores, que sacan a sus perros a pasear y a que abonen
con sus aguas menores y mayores los campos labrantíos que siguen
existiendo en las lindes del bosque.
De entre todas esas
amistades, la más asidua, además de haber sido la primera, es con
el señor Todt, Herr Todt, por quien se escribe este cuento.
Mi amistad con el señor
Todt se inició un lluvioso día de primavera de hace ya algunos
años. El señor Todt estaba sentado en un banco del sendero, y del
amparo de su amplio paraguas casi sólo sobresalían sus para mí
inconfundibles piernas, embutidas en pantalones de pana hasta debajo
de las rodillas y gruesas medias de lana a rombos de colores entre
las perneras y las recias botas de suelas aún más recias, de la
consistencia de las blasfemias bávaras. Como me sentí obligado a
tocar el timbre de la bicicleta, porque su pachón andaba
zigzagueando por el camino sin un rumbo que me permitiera intuir si
lo iba a chocar por el hocico o por el trasero, el señor Todt alzó
su paraguas, focalizó la situación, le gritó algo al pachón, y yo
hubiese seguido adelante tras un “¡Danke!”, y a buen seguro un
“¡Morgen!”, a no ser porque el señor Todt se irguió en toda su
estatura protegida por el paraguas, y me preguntó:
–¿… a pesar de la
lluvia?
Esto último fue lo
único que entendí, pues no contaba con su intento de comunicación
y seguí pedaleando. Me detuve, frenando con el pie en el pedal
derecho y afianzándome luego en el suelo mientras me daba vuelta:
–Perdone, no entendí
lo que dijo.
–¿Cómo? –me espetó
el señor Todt, en un tono de voz inusualmente alto, y por él me di
cuenta de que mi interlocutor era bastante sordo.
–¡Le dije que no
entendí lo que me dijo!
–Ah –y bajó la voz
como hacen todos los sordos cuando notan por el rostro de quienes les
hablan que éstos les están gritando–. Le pregunté que si siempre
va a su trabajo en bicicleta aunque esté lloviendo.
Así de sencillo fue el
comienzo de nuestra amistad, allá por 1980, cuando ya hacía casi
cinco años que nos habíamos encontrado poco más o menos que a
diario por el camino del bosque. A partir de aquella lejana mañana
primaveral, no hubo vez que nos divisáramos de lejos y en que no se
preparase el señor Todt para destocarse cortésmente al pasar yo a
su lado, mientras que yo, por mi parte, dejaba de pedalear para poder
cruzar entre él y su pachón llevado por la inercia del impulso
adquirido. Lo normal era que sólo intercambiáramos un saludo
matutino y algún otro, siempre breve, comentario meteorológico.
No sé si por su
sordera, o a lo mejor por una discreción propia de sus orígenes (a
mí se me hacía que el señor Todt no era coloniense, ni siquiera
renano; yo me lo figuraba, no sé por qué, refugiado del este, de
Masuria o la Prusia oriental...), pero lo cierto es que nunca hizo
alusión a mi inconfundible acento extranjero. Hasta que un día en
que nos tomamos tiempo para platicar comentando el fastuoso
espectáculo de un faisán, me preguntó a boca de jarro:
–Sí no es
indiscreción, ¿de dónde es usted?
–Soy español... –y
puse especial énfasis en pronunciar eschpañol y no spañol, como
suelen hacer mis compatriotas incluso después de toda una vida en
Alemania.
Resultó que el señor
Todt conocía España. Y me habló de la impresión que le produjo la
tierra tan roja, vista desde el avión. Lo mismo que había
impresionado a mi mujer neerlandesa la primera vez que voló conmigo
a Madrid.
–Sí –le dije al
señor Todt–, pero también tan verde, no sé qué lugar conoce de
mi país, pero Galicia, Asturias, el País Vasco, por ejemplo, son
muy verdes.
Sus ojos se achicaron
con un movimiento similar (e inverso) al de la lente de un
microscopio que busca el máximo de nitidez, en este caso dentro de
sus recuerdos.
–Es verdad –asintió
al cabo de unos instantes–, el País Vasco es muy verde, muy verde.
En aquel período de mi
vida, durante varios meses, intenté llevar un diario, y gracias a él
recupero ahora un momento de estupefacción del señor Todt tal como
lo transcribí entonces: “Abril 27 (1987). Encuentro en el bosque
con el señor del pachón. Me pregunta que si vi anoche el programa
de la 1ª cadena de TV.
Le digo que no tenemos televisor. Su asombro infinito casi me da
pena. Le explico nuestro rechazo de ese medio de masificación
comunicada. Menea sin mucha convicción su sólida cabeza. Tengo
prisa y me despido sin preguntarle qué programa me perdí.”
No hay que decir, pues
no se vive en Colonia sin caer en ciertos tópicos, que uno de los
temas recurrentes en nuestras conversaciones o más bien en los
monólogos del señor Todt conmigo, era el Padre Rhin. Sobre todo en
época de grandes lluvias o de deshielos. Cuando el Padre Rhin decide
salirse de madre y hacernos la puñeta a todos sus hijos más
próximos.
Fue con ocasión de una
de sus riadas más grandes que me vine a enterar de dónde vivía el
señor Todt. Yo ya sabía, por el periódico y por el informativo de
la radio, que las aguas habían rebasado, esa madrugada, las praderas
ribereñas y empezaban a anegar los sótanos y los entresuelos de las
calles costaneras. Ese día me encontré al señor Todt, puntual como
un filósofo prusiano, en la esquina de las canchas de tenis con el
Fuchskaulenweg.
– ¿Ha salido de casa
en barca o lo hizo todavía a pie enjuto? –me preguntó, y la
referencia bíblica parecía confirmar que venía de una comarca
pietista, ¿por qué no la Prusia oriental?
– A pie enjuto –le
contesté–, ¿y usted?
–También, yo vivo acá
a la vuelta, en la Mühsamstrasse.
Poco faltó para que me
echase a reír. ¡Nada menos que en la calle Mühsam! Por supuesto
que no tuve valor para decirle que lo que menos me hubiese imaginado,
por muchos días de vida que me quedaran, es que viviese en una calle
rotulada con el nombre de mi bienamado anarquista, el político
alemán moderno que más quiero, junto a Carl von Ossietzky y Rosa
Luxemburgo.
Algunos años después,
y una vez más en época de riadas, una riada que en esta oportunidad
amenazaba con ser “la del siglo” (lenguaje de la prensa), también
supe la edad del señor Todt. Desde que lo vi detenerse al divisarme
en el camino, y por su actitud exultante, imaginé que me tenía
preparada una de sus clásicas bromas acerca del Arca de Noé, la
ballena de Jonás o el Nautilus del capitán Nemo. Pero no. Esta vez
me equivoqué de medio a medio. Apenas llegué a su altura y,
prácticamente sin solución de continuidad con su “¡Guten
Morgen!”, me espetó su efeméride:
–¿Sabe una cosa?
Mañana cumplo ochenta y cinco años.
Mañana sería el 21 de
diciembre. Yo conocía bien la fecha, el aniversario de un alemán
contemporáneo que nos dejó huérfanos ocho años atrás. Así que
se lo dije:
– Pues no sé si lo
sabe, pero entonces tiene usted cumpleaños el mismo día que lo
tenía Heinrich Böll.
Una expresión que me
pareció de perplejidad restó bonhomía por un instante a los rasgos
de aquel rostro distendido por la sonrisa. En su vida ha oído el
nombre de Böll, fue lo que pensé. Pero luego, mientras continuaba
mi camino al trabajo, después de haber felicitado al señor Todt,
pensé que tal vez no fuese perplejidad sino rechazo lo que había
aflorado a su cara. A fin de cuentas ¿qué razones de peso, qué
razones objetivas tenía yo para pensar que era prusiano y pietista?
De repente me di cuenta de que el señor Todt podía ser
perfectamente coloniense o al menos renano, ¡y católico!, de
aquellos católicos para quienes el nombre de don Enrique era
sinónimo de herejía, blasfemia y qué sé yo cuántas cosas más.
Al poco tiempo mi vida
laboral experimentó un cambio notable que me obligaba a levantarme
bastante más temprano y llegar al trabajo con una puntualidad de
reglamento, de tal manera que dejé de ver por muchos meses al señor
Todt y a su pachón.
Fue ya entrado el otoño,
y en un día sábado, que salía de casa a la misma hora de meses
atrás, para retirar en la oficina de correos una carta certificada,
para lo cual tenía que atravesar el bosque y acudir al pueblo
inmediato. Y ahí vi venir hacia mí, a la altura de las canchas de
tenis, al perro pachón del señor Todt. Sólo que atraillado a una
correa cuyo extremo asía con mano firme una robusta anciana vestida
de oscuro y a quien yo no conocía de nada.
El pachón se detuvo al
verme llegar, y estoy tentado a decir que el movimiento de su rabo
fue un saludo que se correspondió con mi automático “¡Guten
Tag!” y el no menos automático “¡Guten Tag!” de la anciana.
Continué mi camino, llegué al otro pueblo, retiré la carta
certificada, regresé a casa y en ningún momento me abandonó la
sospecha de que un eslabón de la cadena de mis queridas costumbres
se había roto, y de que yo acababa de enterarme de ello de la misma
manera que los vecinos de Königsberg se habrían enterado de la
muerte de Kant. Por la inesperada ausencia de su reloj de carne y
hueso, de levita y galera.
Luego de almorzar,
despejé mi mesa de trabajo y amontoné a mi derecha los fajos de
periódicos de los últimos seis meses. Los había ido guardando para
una colaboración prometida al suplemento cultural de un diario
madrileño: un ensayo sobre la cita literaria en las esquelas
necrológicas de los periódicos alemanes. Sistemáticamente comencé
a retroceder, ejemplar por ejemplar, deteniéndome nada más que en
las páginas de las esquelas, tijera en mano, seleccionando y
recortando sólo aquellas encabezadas por una cita.
El montón de diarios a
mi derecha fue disminuyendo poco a poco dejando a mis pies otro
montón y a mi izquierda una colección de recortes. Alguien menos
tozudo que yo habría abandonado la tarea secundaria hacía algunas
horas, pues la primaria y original ya estaba cumplida con creces.
Pero el corazón me seguía diciendo que la esquela que yo buscaba,
ésa, sí, iba a aparecer. Y apareció, sí. Hasta con una cita.
La cita, que me dejó
estupefacto, era de las auténticas últimas palabras de Goethe:
“Ven, hijita, dame la patita”, que no suenan en alemán lo
ridículas que resultan en castellano. En cuanto al texto no me dejó
lugar a ninguna duda. Hermann Todt, nacido el 21/XII/1908
en Jena/Turingia, había fallecido en Colonia el 26/IV/1994.
Su desconsolada viuda, hijos (dos), nietos (cinco), nueras y demás
parientes, comunicaban la triste noticia y daban como domicilio
mortuorio el n° 14 de la Mühsamstrasse. El entierro tendría lugar
el sábado 29/IV, en el
cementerio del bosque de Rodenkirchen.
Allí me dirigí,
donquijote sobre mi rocinante holandés de acero y neumáticos,
después del desayuno del domingo. Quería despedirme de mi amigo el
señor Todt, cuyo nombre (ahora debo revelarlo) sólo había sabido
al leer su esquela mortuoria. Familiarizado como estoy desde hace
mucho tiempo con las costumbres de los enterramientos gracias a mi
casi maniática pasión por los cementerios, y conocedor además a
carta cabal de éste de Rodenkirchen, no me fue difícil dar con la
tumba del señor Todt. Lucía cuidada y era muy sencilla. Sin cruz.
Nada más que una lápida con el nombre y las fechas liminares. Un
farolito con una débil llama sobre la derretida cera roja era el
único adorno al pie de un minúsculo cantero de nomeolvides embutido
en la lápida. Alguien, quizás la viuda, organizó el piadoso gesto
de insertar en ese cantero, como si fuese una condecoración, la
franja de una de las coronas que debieron amontonarse sobre la tumba
el día del entierro. En esa ancha tira tricolor,
amarillo-rojo-negro, centelleaba la purpurina de unas palabras en un
español casi impecable: Nunca te olvidaremos: Tus Kamaradas de la
Legión Cóndor.
Nota
epilogal: Este
es un cuento sobre los asesinos que siguen viviendo entre nosotros.
Baste
recordar que la Legión Cóndor, enviada por Hitler para apoyar al
inferiocre general Franco en su rebelión contra la República, fue
la autora del criminal bombardeo de Guernica el 26 de abril de 1937.
Con razón Herr Todt recordaba aún que el País Vasco, visto desde
arriba, es muy verde, y con razón no se perdió el programa de la
televisión alemana en el cincuentenario del bombardeo. Él mismo
moriría en el 57° aniversario de ese día luctuoso.