FONTANARROSA O EL FUTBOL

 

ROBERTO FONARROSA Y DALE CON EL FÚTBOL

Argentina y el fútbol, el Fútbol y Agentina. Son exagerados los argentinos, tienen mal perder los argentinos, son cancheros, son muy a menudo imposibles. Pareciera que nazcan con una pelotita atada a los pies. Nadie ha escrito y acaso vivido como ellos el universo del fútbol. Sí, parecen cansinos y tal vez lo sean, tal vez sean pasionales y si, lo son hasta la fatiga, pero, amigo, ningún pueblo ha inventado una literatura del fútbol como ellos. Todos somos afiicionados al fútbol, ellos son el fútbol y por eso no admiten una derrota o aceptan una derrota chorra y mal ganada. Argentina es el fútbol, lo demás son cuentos. Y si los argentinos tienen a Di Estéfano, a Kempes, a Maradona, Batistuta, Riquelme o Messi, también tienen a Sacheri o a Fontanarrosa que elevan el fútbol y su pasión a categoría de arte.

Dicen que este es el mejor relato de futbol escrito jamás. Yo no lo voy a poner en duda, pues los argentinos son intensos y quiero conservar la piel y porque, qué carajo, debe serlo. 

 

  

19 DE DICIEMBRE DE 1971




Sí, yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos

con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero

había que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora

habla cualquiera.

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Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué

te digo "esos días"! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando del partido y la ciudad era una

caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que

después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en

pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se

la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo

que era la ciudad en esos días, hermano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se

hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te

aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.

Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final.

Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el

culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban

los lepra! ¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos

vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo

estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían

una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a

llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter

cinco, en el Monumental y para la televisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre!

¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que

tienen desde ese día y no se la pueden sacar!

Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un

equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío.

Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban

bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono Obberti ¡Dios querido, el Mono

Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco;

Santamaría, el Cucurucho Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que

reconocer, y la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires, el día

del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. Si

son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados.

Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a

cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutía.

Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que había que hacer cagar al

presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y

qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por

la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí, hay que recurrir a cualquier cosa. Es como

cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta

de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro

que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servía para

algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho,

de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de

Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla. Por supuesto que todas las brujas del barrio

ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres,

maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenía un

pañuelo atado desde hacía como diez días, de ésos de "Pilato, Pilato, si no gana Central en

River no te desato". Después la vieja decía que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si

hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.

Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas

muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el

Monumental y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana

con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que

empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el

boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a

Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habíamos ido una

vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a

llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no

me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése. El Coqui

iba a ir con el reloj cambiado de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque

en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos

perdiendo y con eso empatamos. O sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles como

para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. Te digo más, estuvimos como media hora

discutiendo cómo mierda estábamos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para

pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra. El boludo de Michi decía que él

había estado detrás del Valija y el Miguelito porfiaba que el que había estado detrás del Valija

era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venía la mano en

esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano,

el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.

Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi

viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá.

Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro

que si perdíamos nosotros agarrábamos el "Ciudad de Rosario" y por acá, por el Paraná, nos

teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de

su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi

viejo. Ya el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un

bufo y se volaba la sabiola y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más porque es

loco el Miguelito, así que había que creerle. O hacerse puto, no sé quién había comentado la

posibilidad de hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de loca

por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie quería ni siquiera sentir

hablar de esa posibilidad. Ni se nombraba la palabra "derrota".

Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen "la papa",

o "tiene otra cosa", "algo malo", pero el cangrejo, mi viejo, no te lo nombra nadie. Y ahí fue

cuando sale a relucir lo del viejo Casale.

El viejo Casale era el viejo del Cabezón Casale, un pibe que siempre venía al boliche y

que durante años vino a la cancha con nosotros pero que ya para ese entonces se había ido a

vivir al norte, a Salta creo, lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos

acordamos de que un día, en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca, pero

nunca, lo había visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos había impresionado

porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio vos te preguntás, "¿Cómo

carajo hizo este tipo para no verlo perder nunca a Central contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este

coso no va nunca a la cancha". Porque, oíme alguna vez lo tuviste que ver perder, a menos que

no vayas a los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así, que se borran bien borrados de los

clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me

acuerdo que le preguntamos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos explicó. Él iba

siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se había dado, qué sé yo, una serie de

casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un

montón de causas que ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones —el viejo era

comisionista—; que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar, que estaba

engripado, que le dolía un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad, hermano, que el viejo la posta

posta era que nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto.

Era un privilegiado el viejo y además, un talismán, querido, porque así como hay tipos mufa

que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto

que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Casale era uno de éstos, de los ojetudos.

Entonces ahí nos dijimos "Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel.

No puede ser de otra forma. Tiene que estar".

Claro, dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos

agarró como la duda ¿viste? porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo, te

digo más, desde que el Cabezón se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos

vuelto a ver ni en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba

bastante veterano porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en

realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco años los tenía por debajo de las patas.

Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito decimos "vamos a la casa del viejo a

asegurarnos que va y si no va lo llevamos atado". Porque también podía ser que el viejo no

fuera porque no tuviera guita, qué sé yo. Nosotros ya habíamos pensado en hacer una rifa a

beneficio, una kermesse, cualquier cosa. El viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al

portador.

La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos sale el viejo?

Que andaba mal del bobo y que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha,

mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que había tenido un infarto en no sé qué partido, en un

partido de mierda después que una pelota pegó en un palo, que había estado muerto como

media hora y lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore,

que no había clavado la guampa de puro pedo y que le había quedado tal cagazo que no había

vuelto a ir a la cancha desde hacía ya, mirá lo que te digo, dos años.

¡Hacía dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era sólo que él no quería ir

sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenían terminantemente prohibido ir,

lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo

prohibían, para que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo

demasiado fuerte y se moría, tan jodido andaba. Vos le hacías ¡Uh! en la cara y el viejo partía.

¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación, porque eso era como un presagio, un

anuncio del infierno, hermano, era un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos

Aires, mi viejo. Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a convencerlo, a

decirle "Pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal

usted del cuore, si se lo ve cero kilómetro! Vamos, don Casale —me acuerdo que lo jodia

Miguelito— ¿cuántos polvos se echa por día? usted está hecho un toro". Pero el viejo, ni

mierda, en la suya. Que no y que no.

Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenía un equipo de mierda y

que ya a los quince minutos íbamos a estar tres a cero arriba, que el partido era una mera

formalidad, que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a

mayor cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para

convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a

rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querían saber

qué carajo queríamos decirle nosotros al viejo en esa reunión, porque medio que ya se

sospechaban que nosotros no íbamos para nada bueno. En resumen que el viejo nos dijo que

no, que ni loco, que ni siquiera sabía si iba apoder resistir la tensión de saber que se jugaba el

partido, aun sin escucharlo. Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era, y sabía cómo

venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial,

antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo más. "Ese día —nos dijo— bien temprano,

antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos

Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego". No quería escuchar ni

los bocinazos el viejo. "Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi hermano le importa

un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar radio ni nada". Porque el viejo decía y

tenía razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a

oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí mismo

seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese hermano que tenía, para

borrarse del asunto.

Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allí hechos bosta porque veíamos que la

cosa venía muy mal. Casi era ya un dato seguro como para decir que éramos boleta. Para

colmo, al Valija, el día anterior le había caído una tía del campo y él se acordaba que, en un

partido que perdimos con San Lorenzo, esa misma tía le había venido el día antes. Era un

presagio funesto el de la tía.

Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos

muy seriamente. El Dani decía que no, que era una barbaridad, que el viejo se nos iba a morir

en el viaje, o en la cancha, y después se iba a armar un quilombo que íbamos a terminar todos

en cana y que, además, eso sería casi un asesinato. Pero al Dani mucha bola no le dimos

porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado, medio cagón el Dani. Pero

nosotros estábamos bien decididos y más que nada por una cosa que dijo el Valija: el viejo

estaba diez puntos. Había tenido un infarto, es cierto. Pero hay miles de tipos que han tenido

un infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo

como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de un ropero, o no ir a la cancha, o

dejar que te rigoree la familia como la esposa y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra

parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros pero unos turros que se ve que lo querían

hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y

además, como decía el Miguelito y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno. Con

casi sesenta años no te digo que parecía un pendejo pero andaba lo más bien. Caminaba,

hablaba, se sentaba, qué sé yo, se movía. ¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó con

Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo pero su medidita se mandó. La

cosa es que el Miguelito elaboró una teoría que te digo, aún hoy, no me parece descabellada.

¡El viejo era un turro, hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla

bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo no ponía el lomo, lo

atendían a cuerpo de rey y la tenía a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él

viviendo como un bacán, el viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no

fasearía escondido; y de no ir a la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como Carolina de

Monaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el Colorado se resolvió todo.

El Colorado nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la sociedad,

de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese

partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que, para

nosotros, y eso era verdad, iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que

habíamos tenido lo nuestro y que, de últimas, teníamos experiencias en malos ratos y fulerías.

Pero los pibes, los pendejitos de Central, ésos, iban a tener de por vida una marca en sus vidas

que los iba a marcar para siempre, como un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir

esos pibes, esas criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho para

siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa, disminuidos ante los

leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano,

porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo.

Yo me acuerdo cuando perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque después de ir

ganando dos a cero, cuando se vendió el Colorado Bertoldi, que todavía se estará gastando la

guita, y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama porque no me atrevía a

ir a la escuela para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de puta para

la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan bichos, que agarran una langosta y le

sacan todas las patas? Son unos hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decía el

Colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno, hermano, eso

era algo así como lo de la deuda externa, que por la cagada de cuatro reverendos hijos de puta

que empeñaron el país, la tenemos que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si

estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido. Además,

como decía el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos ñubelistas, está

también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese

equipo, son así, casquivanos. Son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado

Ñubel y... ¡a la mierda!... de ahí en más todos los pibes se hacían de Ñubel, ponele la firma. Y

no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco

Menotti, ni comprarles la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos

ven que sale River campeón y son de River. Son así. Y en ese momento no era como ahora que,

mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces, cuando van al

chiquero del Parque, por mejor equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan "Yo no puedo

ser hincha de esta villa miseria" y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y vos ves

que ahora los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Ñul y ya se hacen hinchas

de Central por el estadio. Es otra época, los pendejos son más materialistas, yo no sé si es la

televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.

Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al viejo Casale, o si no aguantarse

que quince, veinte años después, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de leprosos

nacidos después de ese partido, y esto hoy ¿sabés lo que sería? Beirut sería un poroto al lado

de esto, hermano, te juro.

El que organizó la "Operación Eichmann", como la llamamos, fue el Colorado. La

llamamos así por ese general alemán, el torturador, que se chorearon de acá una vez los judíos

¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado es un tipo muy cerebral, que le

carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El Colorado ya no estaba para ese entonces en la

O.C.A.L.. La O.C.A.L., no sé si sabés, es una organización de acá, de Rosario, que se llama así

porque son iniciales, O.C.A.L. "Organización Canalla Anti Lepra". Son un grupo de ñatos como

el Ku-KIux-Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con

capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá, yo no sé

si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro, lo que tenés que hacer

es odiar a los lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central.

Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensan maldades contra los lepra,

festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen himnos, son como esos tipos,

los masones esos, que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de

la O.C.A.L. al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo. Pero es un bocho el

Colorado y él fue el que organizó todo el operativo.

Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un día de estos no

aparece en el "Selecciones" y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para Villa Diego, adonde

tenía la quinta el hermano del viejo Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil

cuatrocientos, lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que

pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis-Paraguay o San

Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a

Bulevar Oroño que no sé para qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la duda era si el viejo se iba a

ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos jugábamos a que se

iba a ir en ómnibus porque auto no tenía y seguro que el hermano tampoco tenía porque

debía ser un muerto de hambre como él, seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta,

porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas

o sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el partido.

Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego porque después ¿cómo

llegábamos nosotros a Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y

en un ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a

los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires o sea que

la cosa estaba clavada, era posta posta.

Después hubo que hablar con los otros muchachos, porque convencer al Rulo no nos

costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los entretelones del asunto. Te digo

que el Colorado manejó la cosa como un capo, un maestro. El asunto era así, el Rulo es un fana

amigo de Central que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo. Y en esa época tenía un

par de coches en la línea 305. Fue un ojete así de grande, porque si no teníamos que conseguir

otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero

el Rulo tenía dos 305 y con uno de ésos ya tenía pensado pirarse para el Monumental el día del

partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo sacaba de

servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió, no iba a perderse el partido

ese.

Entonces, el Rulo, con los monos arriba y nosotros, tenía que estar con el ómnibus

preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el Miguelito se ponía de guardia,

tomando un café, justo en un boliche de ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del

viejo Casale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el Miguelito apostado en el

boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros

hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una maravilla.

Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde seguro se llevaba algún

matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el Miguelito cazó una Vespa que tenía en ese

entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de

atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.

Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que

se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban.

Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros,

haciéndonos los dormidos, incluso con la cara tapada con algún pulóver, como si nos jodiera la

luz, o con algún piloto.

Te digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de

Mayo. Además, el quilombo había sido guardar y esconder todas las banderas, las cornetas, las

bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la

gran puta que medía 52 metros ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decía

"Empalme Graneros presente" y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el

viejardo no la vichara.

La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los asientos de

adelante que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo

le cobró boleto y todo. Y nadie se hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus

iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La

cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba

algún auto con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y

movía la cabeza como diciendo "¡Mirá vos!".

Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie quería darle mucha bola para no

pisarse en una de ésas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un

gas adentro de ese ómnibus hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se

queda a apoliyar en el auto con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono,

creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero,

cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo "En la esquina, jefe".

Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo de que ahí no se podía parar, que estaba cerrado el tráfico,

que había que seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó paradito al

lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, "En la esquina". Ahí ya el Rulo nos

miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso!

Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habíamos

hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las

banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, "¡Soy canalla, soy canalla!" por las ventanas.

Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te la puedo

describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con lo quilomberos que son, se

habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo,

pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear

las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.

¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde

parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren

los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y

estaban todos adentro haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe

se transformó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de bocinazos, cornetas, una joda.

¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la

ruta esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te

saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un

cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso. Porque nosotros lo

estábamos mirando porque decíamos: éste es el momento crucial. Ahí el viejo o cagaba la

fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los

monos que saltaban y cantaban y no lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San

Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy ya se había

ofrecido a hacerle respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que

mal, le habíamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco de asco, además con un

viejo.

Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no había arreglo, que no

había posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó, pero se entregó entregó.

Porque, al principio, nosotros nos acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos

irresponsables, unos asesinos, que no teníamos conciencia, que era una vergüenza, qué sé yo

todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto, que

estaba hecho un toro, que si se había bancado la sorpresa del ómnibus quería decir que ese

cuore se podía bancar cualquier cosa, empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que

todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y que

incluso el médico estaba implicado en la cosa.

Mirá hermano, y créeme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener en

mentirte, hoy por hoy? mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo era el más feliz de

los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis hijos. El viejo cantaba, puteaba,

chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una

bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se

bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió y después se

bancó el partido. Estaba verde, eso sí, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas

con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después

del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué, porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando

el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los

abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a

un grandote en musculosa casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si éste no

se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que

alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la

cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, había

gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron

a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo

fulero, lo terrible? ¡Qué si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos

ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a

hacer refusilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos!

¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el flaco Menutti

que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco

enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique

al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y

besarle el culo al flaco ése ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco

minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que

miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero

vivo.

Y ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen

que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de

esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el

referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio

al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un

infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me gustaría que alguien me diga si

alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en

la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a

ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero

lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo

impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco

el pobre viejo, un poco que todos pensamos; "¡Qué importa!" ¡Qué más quería que morir así

ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué?

¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero,

basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando,

feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra

por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo

envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo esa.

Extraído de No sé si he sido claro (1986)

argentina, la realidad paralela

ARGENTINA, LA REALIDAD PARALELA

  manuel Moya

Me he tirado meses y meses tratando de entender la realidad política y social argentina. Yo he sostenido mi adolescencia entre los pechos de Argentina. Me he nutrido desde mi ya lejana adolescencia de los formidables creadores argentinos como Cortázar, Borges, Arlt, Mujica, Moyano, Di Benedetto, Girondo, Sábato o Bioy, pero nunca he vuelto la espalda a sus escritores, en particular a sus cuentistas, y ahora, al margen de relecturas, leo a A.M. Shua, L. Mey, L. Schweblin o C. Aira. Me siento identificado con ellos, no creo haber pertenecido nunca a una distinta familia cultural. Me interesaron y me nutrieron más los narradores del medio siglo argentino que nos españoles. Leí a Sábato, no a Benet, leí a Cortázar, no a Aldecoa, leí a Mujica no a Delibes. No disminuyo ni un ápice la importancia de los hispanos, pero yo leí y leí y leí a los argentinos. Me resultaban como aire nuevo. Eran y son mucho más chispeantes. Algo tuve que captar en todos ellos del espíritu argentino. Fin de la Argentina que conocimos – Radio Gráfica
Por esto mismo, por estar tan cerca culturalmente de Argentina, la deriva que últimamente presenta argentina me preocupa. Este mundial ha sacado a la luz aspectos de esa deriva que hubiera preferido no reconocer, pero que ya observaba con preocupación mucho antes. He seguido con franco estupor la llegada a la Casa Rosada de un tipo que habla con su perro, que apenas llega al poder se desentiende de las inversiones en infraestructura, de la universidad, de los enseñantes, de los jubilados y de los enfermos en general y de los niños enfermos en particular, sube la electricidad, hace prohibitivos los transportes etc, hace caer a la producción nacional, aumenta el paro hasta niveles desconocidos, .. y en general se dedica a putear a la inmensa mayoría del pueblo argentino mientras él, su gabinete y su hermana vidente se dedican a chorear en plan bárbaro, a llevarse el dinero de los mutilados y a engañar a todos. Mi estupor tiene como referente que siendo así, llevando en un año al pueblo argentino al desastre, se presenta a las elecciones de primer año y el loco y chorro se saca mayoría. Es cierto, saca mayoría mientras el país y el paisanaje no es que se vaya al carajo, sino mucho más allá. Así las cosas no hay la menor esperanza. El abismo espera a Argentina y así las inmensas colas en la embajada española para escapar de ese barco a la deriva.
La situación anímica del pueblo argentino es difícil de explicar -yo lo intenté en un pequeño ensayo que publiqué en este muro-, pero creo que la vivencia de este mundial, con la absurda querella de la final, me ha abierto un poco más la mirada. Argentina se ha instalado psiquicamente en una realidad paralela. Si la realidad vuelve la cara al argentino, si no respalda su realidad inventan una nueva realidad, apelan al orgullo patrio, a toda esa basura nacionalista que te hacen no aceptar la realidad, taparte los ojos y buscar respuestas paralelas, cada vez más estrafalarias y risibles. Si no ganamos es por que existe una confabulación internacional contra nosotros, si el árbitro no hizo esto es porque ya estábamos vendidos de antemano. El hecho de que la albiceleste jugara un partido desastroso, de que hicieran un partido de equipo chiquitito, de que sus jugadores se portaran como malos cancheros, de que fueran humillados en el campo y todo el tiempo corrieran detrás de la pelota, todo eso tiene que tener una explicación para un argentino superlativo en su argentinidad y la explicación es que sus jugadores fueron extorsionados, apretados.
El mundo entero vio un partido y ellos,los muy y mucho argentinos, vieron otro, y aquí está el problema, no en la frustración y la desilusión que eso provoca, sino en que los argentinos -por fortuna no todos, pero sí los más ruidosos- están instalados en un mundo paralelo, que han puesto el destino de sus vidas en un tipo delirante que habla con un perro muerto, y el orgullo patrio en la restitución de unos islotes gélidos y distantes que hoy por hoy ocultan esa gran isla de pobreza y de desesperación que viven los barrios porteños y todo el país en general. El futbol, el tango y la dupla Piazzola-Borges, ya se sabe, han sido en la última tradición argentina, los soportes de los australes para resistir las tremendas acometidas que la historia ha lanzado contra ellos y ver cómo uno de esos soportes cae estrepitosa, desalmadamente, casi sin ofrecer resistencia es un espectáculo que no han podido ni podrán asimilar en una buena temporada. Eso es su pataleo.
Ojalá para nuestros hermanos del otro lado del charco esta derrota épica e incontestable suponga algo así como el desastre del ‘98 para nosotros, los gayegos, porque vivir en la más pura irrealidad y negarse a aceptar lo evidente no conduce más que a la ruina y al desastre que en Argentina no es que sea un horizonte posible, sino que es una realidad estadística.


LA GRAN RODOREDA


Mercè Rodoreda: escritura y exilio 

 

Leer a Mercé Rodoreda es una de las grandes satisfacciones que me ha deparado el gratísimo oficio de lector. Debo decir que durante años me ha costado encontrar novelas que me satisfacieran, que me tuvieran en vilo durante horas. Hace años que leí por vez primera La plaza del diamante (1962) y ya quedé completamente enamorado de su estilo y de su sensibilidad, pero solo cuando hará cosa de dos años logré releerla en catalán, tuve plena conciencia de su escritura. El personaje de la Colometa -uno de los mejores si no el mejor personaje de la literatura española del siglo XX- es simplemente una pasada. Qué difícil encontrar un personaje más vivo y verdadero, qué difícil construir un personaje de la excepcional entidad de la Colometa. La Colometa es una mujer simple que atraviesa los años duros del siglo XX español, como una apaleada, pero en su apaleamiento ella no se revuelve, acepta su destino con bondad, porque ella es ante todo un ser bondadoso y que trata de ponerse en el lugar de los demás. La vida le irá dando una guantada tras otra pero ella las acepta, las sufre, trata en su bondad y en su simpleza de justificarlas, pero no por eso se detiene. No, ella es una pequeña luchadora, una luchadora insomne, anónima, como lo fueron muchas de nuestras anónimas madres a las que le cayeron chuzos de punta y aún así se alzaban de con las primeras luces para tricotar los jerséis a los niños y enfrentar el día. Así e sla Colometa: una sobreviviente de la Barcelona que ha perdido la guerra, aun cuando la Rodoreda -tan sutil siempre- no se distraiga demasiado con ningún elemento histórico por muy importante que sea (incluso para ella). Todo, todo queda enmarcado en el mundo pequeñito del personaje. Lo que parece decir la Rodoreda con este personaje, es que el destino de los pobres y las mujeres es la lucha continua contra los imponderables y, más le vale a Colometa y a las colometas del mundo ir aceptando esa lucha, esa continua pérdida, y vestir ese coraje de todos los días, nada heróico, nada grandioso, que de tan común no parece siquiera coraje pero que es el mayor, el más mayúsculo de los corajes. Sólo con eso ya La plaça del diamant sería una de las más grandes narraciones de nuestra literatura. 

Ahora acabo de leer Mirall trencat (Espejo roto), (1974), que es una novela distinta, pero soberbia, de una escritura prodigiosa y de una complejidad argumental desacostumbrada. Todo cuanto en La plaça era sencillez argumental, en Mirall se vuelve tortuoso, complejo, lleno de recovecos y secretos -y cajones- que todo lo enturbian y todo lo silencian. En todo caso es una novela de fácil lectura, muy bien escrita, muy bien estructurada. Mirall nos sitúa ante una familia de alto copete barcelonino encerrada en una especie de torre a la que el crecimiento de la ciudad va devorando. Pero aquí, como ocurría en La plaza, lo que interesa es el mundo interior, lo que ocurre en esa casa con jardín. Barcelona es apenas la cortina de fondo. Cierto que la novela podría leerse como una radiografía a la burguesía catalana del primer tercio del siglo XX, pero la novela se cicunscribe al plano familiar, a la torre donde convive la familia. En ella los personajes sucumben ante un destino -llamémoslo así- despiadado que no les concede tregua. Se trata de una novela-saga, una de esas novelas cuajada de grandes personajes -no a la altura de la Colometa, eso no-, pero que parecen hablarnos de la fragilidad de la vida, y de la belleza como único refugio ante las embestidas. Subrayaría aquí el papel del secreto: todos o casi todos los personajes soportan a sus espaldas un mundo oculto, inconfesable, una cicatriz que supura una y otra vez y que los hace no sé si infelices, pero en todo caso tristes. La sutileza de la Rodoreda hace que el secreto no se convierta en el centro mismo de la novela, pero el secreto pesa a veces tanto que a algunos personajes les hace tomar decisiones drásticas. El secreto los ahoga y los define, pero la apariencia de la vida, como ya ocurriera con la Colometa, hace que los personajes parezcan francamente distraidos con las apreturas y los recovecos del presente. Diría que Mirall es todavía una novela mucho más compleja y sutil que La plaça del diamant, pero supongo que eso será cuestión de gustos. Ambas, sí, son una fiesta, una gran fiesta, La plaza una fiesta de barrio, una verbena -así comienza- y Mirall un decadente baile de salón. 

El carrer de les camelies (La calle de las camelias), (1966) es la tercera novela de Mercé Rodoreda, tras Aloma (1933) y La plaça. Anticipa de algún modo Mirall y Jardí vora el mar pero en ella toma elementos muy sustanciales de La plaça, como es el tratamiento del personaje femenino. La fragilidad y una cierta generosidad son comunes a los dos personajes. Tenemos también el mundo vegetal y el detallismo en las descripciones de los vestidos etc... tan propios de la escritura de la catalana. La novela narra la historia de Cecilia, una especie de Margarita Gautier barcelonesa, aunque me recuerda mucho más al personaje de Adriana de La romana (1947), obra maestra junto a La ciociara del enorme narrador neorrealista Alberto Moravia (1947) injustamente olvidado hoy en día. Cecilia, como Adriana, es una chica de padres desconocidos que un día aparece envuelta en unas ropillas en el barcelonés Carrer de les Camelies y que es encontrada por un sereno. La vida de Cecilia va a ser la de una mujer a quien su belleza va a ofrecer al mismo tiempo una vida tormentosa y llena de complicaciones amorosas y vitales que la harán rozar el vacío. Cecilia se nos muestra como un ser sencillo, una especie de Colometa de vida disoluta, dependiente siempre de un varón que la toma como su objeto de placer. Ella suficiente tiene con ir sobreviendo a sus distintos dueños, cada uno con características distintas y a cada cual más extraño y exigente. En ellos busca ella el amor, aunque a veces ha de conformarse con la supervivencia. Hay algo de novela galante y de picaresca en estas páginas que nos atrapan con el recuento de una vida que parece ir sucesivamente a la deriva, pero que siempre logra zafarse. A pesar de todo, la buena de Cecilia no cae en el cinismo, no se ve seducida por la venganza, no especula con la teatralización de su vida. En todo momento sabe quién es. No se hace ilusiones. Un rasgo este que van a tener todos los narradores de la Rodoreda. Ella es simple, consciente de sí misma, cariñosa, enamoradiza, miedosa, frágil, sobre todo frágil, y toda la novela será la historia de esa fragilidad en un entorno viciado que saca de ella todo cuanto puede darle. Pero no acaba de ser, pese a todo, una novela redonda. Hay pasajes (en especial los vinculados a dos de los amantes, Marcos y Eladio) que emborronan y desvirtúan un tanto la luminosidad del personaje central y el texto, pero a los conspicuos lectores de La plaça esta novela no les desfraudará. En ella se nos hace evidente el corpus floral y femenino de Mercé Rodoreda y todo el simbolismo (ángeles, jardines...) que hacen inconfundible su estilo.


Jardí vora el mar (Jardín junto al mar), de 1957, pero empezado antes que La plaça del diamant, es acaso la novela que mejor caracteriza o define la escritura de la Rodoreda. En ella tendremos a una escritora plenamente consciente y dominadora de su sensibilidad narrativa. El realismo y el lirismo se entrecruzan de tal manera en esta novela que es imposible disociarlos. En esta ocasión contaremos con un narrador masculino, un jardinero enamorado de su trabajo, que hace de la belleza su enseña y de la honestidad su marca personal. Este jardinero de nombre desconocido, que ha perdido a su mujer de la que estaba muy enamorado, es un hombre tranquilo, sin más pasión que su jardín, y trabaja para una familia de la burguesía barcelonesa que pasa los veranos en su torre con jardín junto al mar. Se trata de una familia amplia y algo alocada a la que se añade el servicio, desde las simples criadas hasta los encargados de las caballerizas, todos con sus idas y venidas, cada cual con su pedrada, con sus secretos (una de las señas de identidad de la autora como se ha dicho) y todo escrito con esa natural fluidez con que transpiran las novelas de la autora catalana. La voz del narrador, que nos recuerda a la de la Colometa de La plaça, o a la de Cecilia, de Carrer de les camelies, es una voz sin estridencias, la voz de alguien que se limita a contar lo que ve o lo que escucha. De todas las novelas comentadas es la que acaso tenga una estructura más novelesca, con pequeñas historias con ciertos recovecos, entradas y salidas. Aquí la Rodoreda es más Rodoreda que nunca, dejando paso a su universo vegetal, a sus flores, a sus árboles, a las pasiones humanas, a los equívocos de la vida, a toda una simbología que poco a poco se va apoderando de la novela y del lector. El jardín se convierte en un universo, como ya ocurriera en Mirall y en cierto sentido en la casa de las palomas de la Colometa. Y sí, naturalmente, nos recuerda en su universo interior a Mirall trancat porque nos habla de una burguesía no sé si calificar de decadente, porque lo sustancial en ella no es su decadencia, sino su vivir apegado a la banalidad y al dolce farniente, su cierta inestabilidad emocional, su atribulada relación con el mundo de las pasiones que como la mala hierba del jardín acaba por aparecer aquí y allá, sin descanso. Pero lo bueno de la Rodoreda es que su escritura no apunta con el dedo, no carga las tintas, no, sino que se carga de sutilezas, de pequeñas derrotas que se van sumando, sin que el lector tenga la sensación de desmoronamiento. Podría decirse que se trata d euna novela alegre, nostálgica. Poque en la Rodoreda siempre hay un hálito de nostalgia, de paraíso ultrajado y perdido. El lector, como un sencillo espectador de todo eso, disfruta. El tratamiento psicológico de los personajes es acaso uno de los rasgos más interesantes de la Rodoreda y en esta novela los personajes son sencillamente inolvidables. Eugenio, Tony, el caballista, Rosamaria, los dos viejecitos que aparecen por el jardín preguntando por su hijo desaparecido, Bellom, el indiano, Miranda, la criada brasileña, Feliú, el pintor..., incluso los ausentes, los recordados, todos, todos forman un ramillete de personajes inolvidables que consiguen que la novela se nos haga muy corta y que nos apeguemos ls pequeñas causas que iluminan a cada uno de los personajes. También en esta novela he creído atisbar las trazas de los neorrealistas italianos, más en concreto al Pavese Il diavolo sulle colline. Una novela, en definitiva, para comenzar a leer a Mercé Rodoreda.

 Lean, lean a Rodoreda, por Dios, me lo agradecerán y se lo agradecerán a ustedes mismos. Dicho queda.

ARCENSIO, EL RICK BLAINE DE HUELVA

  

RICK

a Daniel Salguero


Dani y yo bebemos un par de cervezas en la terraza del Tenis’s club mientras dos aficionados pelotean en la pista. Hablamos de la vida. De los padres, de las novias, de la crisis. De una fallida serie de televisión que habla de Huelva como uno de los principales centros del espionaje alemán y británico durante la Segunda Guerra Mundial.

(Jesus Arcensio y Fdo Arrabal en el hotel Tartesos, (Huelva), Foto Juan Andivia.

 El guion, coincidimos ambos, no puede ser más plano e insustancial. Una serie con semejante guion no puede acabar sino en un completo desastre. Bastaría que el guionista se hubiera dado una vuelta por Huelva y hubiera leído algo de lo que en verdad sucedió en la ciudad en esos tiempos, mientras seguía siendo emporio económico y político de los ingleses. Bastaría con haber escuchado dos palabras de Jesús Arcensio. ¿Jesús Arcensio?, ¿quién era ese tal Jesús Arcensio? Digamos para empezar que Jesús Arcensio es un desconocido poeta que tuvo la enorme mala fortuna de que la guerra civil lo partiera por la mitad. Se da el caso de que, mucho más tarde, una vez acabada la dictadura, él seguía datando muchos de sus poemas y cartas con fechas anteriores al fatídico 18 de julio de 1936. Tras esa fecha, él, que era maestro y un anarquista de libro que publicaba en Luz y Libertad, hubo de afiliarse a la Falange y presentarse como voluntario a fin de no acabar fusilado en su mismo pueblo por los nacionales. En la guerra trabajó en el servicio de propaganda falangista porque su voz era la cristalina voz de un locutor de radio. Se cuenta que los propios nacionales le buscaron una celada mortal, unos dicen que por haberse camelado a la mujer del Gobernador Civil de Huelva y otros por haber publicado un artículo donde ponía el acento en la vidorra que se pegaban los señoritos de retaguardia en la capital, mientras los pobres no tenían otro remedio que malvivir en los frentes de Aragón o Guadalajara, donde se jugaban el pellejo. Sea como fuere escapó de la muerte por un inesperado golpe de fortuna. De vuelta de la guerra trabajó como espía para los alemanes y llegó a conocer de primera mano los submarinos del tercer reich que desde las inmediaciones de Mazagón vigilaban el paso de los buques ingleses que cargaban pirita y otros materiales de las minas de Río Tinto. En ellos, cuenta en sus muy desconocidas memorias, probó por vez primera el café soluble. Mientras realizaba un acto de sabotaje contra intereses británicos en los pantalanes cercanos a la capital la bomba que manipulaban estalló en la mano de un compinche y a él le dejó huellas duraderas en la cara. Fue juzgado por esa circunstancia y pasó varios meses en prisión, los bastantes para que se olvidara el asunto. A su salida de prisión, desconcertado, trató de suicidarse echándose al tren pero en el último momento se arrepintió y sólo perdió uno de sus zapatos, que quedó allí cortado en mitad de la vía. Intervino como espía alemán en el llamado caso "Carne picada", que los ingleses celebran como uno de los acontecimientos que cambiaron el rumbo de la Segunda Guerra Mundial a favor de los aliados. No deja de ser irónico que cuando los británicos realizaron la célebre película El hombre que nunca existió, que conmemoraba este hecho, el actor al que confiaron el papel de cónsul británico en Huelva fue el mismo espía que años atrás trabajara para los alemanes. Una vez acabadas ambas guerras probó fortuna en Madrid como agente de seguros y allí conoció a una mujer despampanante, rica y malcasada a la que medio robó y con la que nuevamente recaló en Huelva donde montaron un célebre cabaret al que pusieron el Bahía y por donde acababa toda la marinería que atracaba en el puerto onubense. El Bahía, que prestaba sus buenos servicios al puerto exterior de Huelva, se convirtió con el tiempo en su puerto interior, donde se recogían los chuloputas, los contrabandistas, los boniatos, los garrulos y los mariquitas, no en vano la célebre copla Tatuaje de Xandro Valerio (Él vino en un barco / de nombre extranjero...) se escribió allí y hace referencia al lugar. Diríase que el dueño del Rick’s de Casablanca, tuviera como modelo a nuestro elegante y mujeriego que arrastraba tras de sí un pasado tan complejo como atrabiliario. Algunos años después, cuando ya la calle Gran Capitán y el Bahía languidecían, montó una pensión y dio hospitalidad a una célula independentista argelina que durante meses recaló en la discreta ciudad estuaria. Al final de sus días los amigos publicaron algunos -no los mejores- de sus versos, que fueron celebrados por gente como Fernando Arrabal. Se dio muerte de pistola en el llamado Parque de los Príncipes, en Sevilla, el mismo año de la Expo del 92 en un acto pospuesto durante más de cincuenta años para el que dejó escrito en su chaqueta: "Morir en un jardín / junto a una fuente / ¿qué más puedo pedir? / ¡Es suficiente!”. Años antes de morir se lo solía ver en una esquina de la plaza de las Monjas, con su sempiterno cigarrillo en la boca y sus chaquetas cruzadas de corte impoluto tratando de colocar estampitas de la Falange a los transeúntes, junto a dos o tres pobres diablos que, ellos sí, llevaban las camisas cuajadas de símbolos fascistas. Yo entonces pasé alguna que otra vez ante él, pero no me acercaba, en parte debido a mi timidez, en parte porque rozar los velos de la Falange me producía hurticaria. Una vez muerto y requetemuerto la ciudad le dedicó una calle donde no hay puertas y sólo un par de ventanas cerradas a cal y canto y un transformador de electricidad, justo entre el Hipercor y el palacio de Justicia. A su muerte a mí me tocó leer y dar sentido a toda su obra, que no es extensa y puedo asegurarles que de una rara perfección. A través de esa lectura puedo intuir cuánto sufrió desde aquellos aciagos días del verano de 1936 y de cuántas maneras lo buscó la muerte hasta que al fin dio con él. Ahora Dani y yo, acabadas las cervezas, y hablado largamente de Arcensio, nos sumimos en la vida de la ciudad y al despedirnos en el primer semáforo nos deseamos suerte.

LIBRO DEL LEJANO OCCIDENTE

 


Puede ser una imagen de texto 

 

No hacen todavía tres semanas que el conocido prosista Ignacio Vázquez Moliní presentaba en Buenos Aires su traducción de este singular entre los más singulares libros que se han escrito nunca. Me refiero al Libro del Lejano Occidente, obra del celebrado haijin japonés Taika Kensaku, nacido en los albores del siglo XVII en la actual Kanazawa, ubicada en la prefectura de Ishikawa, junto al mar de la China, y no lejos del meollo espiritual japonés que es Kioto, de cuyos maestros aprende. Kensaku llevó una vida sosegada, dedicada a la contemplación y a la escritura de sus delicados versos y falleció a los cincuenta años, pero ya eran muchos los poetas que no sólo celebraban sus versos sino que peregrinaron hasta su morada en su apartado exilio, con el deseo de conocerlo y recoger en su memoria algunos de sus haikus. No deja de ser curioso que no pocas de sus composiciones hoy tan recitadas por los niños japoneses pudieron ser conocidas gracias a la mención de quienes lo visitaron y copiaron sus versos. Se ha escrito que la obra plástica de Hokusay debe mucho al maestro de Kanazawa. Sea como fuere Kensaku es acaso uno de los más refinados poetas nipones del XVII, como bien dice Vázquez Moliní en su prólogo, si bien su obra ha pasado por muy serias calamidades, como fue el incendio de su casa tras su muerte que cercenó gran parte de sus escritos, terremotos, reiterados olvidos e insidias y una serie de catástrofes menores que hacen que los escasos 101 haikus hoy atribuidos a Kensaku no sean sino una pálida representación de cuantos diera a la luz. Siendo su obra tan breve, es suficientemente densa en cuanto a espiritualidad, y presenta muy serias similitudes con la mística española casi contemporánea, y quizás por esa razón ha sido tan bien aceptada en nuestra lengua. No es fácil interpretar a Kensaku, porque en él la contemplación se condensa en una abstracción tan pura que no siempre sus exégetas han tenido fortuna en cuanto al análisis de su obra, de tal forma que con el paso de los años y de los estudios, se han declarado dos escuelas en lo que hace a la lectura e interpretación de sus versos: la quizás más conocida en el ámbito hispánico que es la de la traductora holandesa Brenda Vandierendonks, quien se valió de los trabajos de Miguel Pizarro, pero gracias a esta edición de Moliní, hoy conocemos por fin la del alemán Hans Dieter Strub a quien, es justo decirlo, le dagnifica su no siempre clara relación con el régimen nazionalista que condujo a la destrucción de Europa. La edición de Vázquez Moliní recoge junto a la obra completa que nos queda de Kensaku, los textos exegéticos de Strub, que si no siempre parecen acertar en la interpretación del poeta japonés, añaden a la edición precisos y no siempre evidentes detalles que nos hacen mucho más clara y sabrosa la lectura del considerado como uno de los más oscuros y grandes poetas del archipiélago nipón. Este singular libro no es, pues, para todos los lectores, sino solo para aquellos que han aceptado el haiku como una escritura esencial, como una filosofía de vida, una manera de apresar el instante. Para ellos Kensaku será una lectura deslumbrante. Sin duda un acontecimiento literario de primer orden.

Antes de acabar estas pocas y necesarias líneas quisiéramos recordar hoy al amigo y magnífico haijin, el otaku montillano Lara Cantizani, quien tradujera para Sin embargo, la revista que dirigí en los años 90, el célebre haiku 34, que en palabras del propio Lara supone un avance en la configuración del haiku (Sale igual el sol / en Tokio que en la China / Brillan las olas -trd. de Vázquez Moliní-. El sol de China / igual es al de Tokio / También las olas. -trd de Lara Cantizani)...






HOTEL ROMA, PAVESE

 

Hotel Roma, Pierre Adrián (Editorial Tusquetets, Barcelona, 2025

Cesare Pavese, el escritor que se mató para que los demás aprendiéramos a  vivir 

Pavese es uno de mis autores de cabecera, no en vano he traducido su poesía completa y su célebre diario Oficio de vivir, al margen de un libro de cuentos, Tormenta de verano y otros cuentos. No sé cuándo ni porqué esta vinculación mía con Pavese. Desde hace tiempo leo todo cuanto se publica sobre él. Me pasa como con Pessoa y Baudelaire. Quizás ese sea el trío de escritores que he seguido con más insistencia a lo largo del tiempo y tengo sobre ellos una opinión formada. También Hernández, Cortázar, García Márquez, Claudio Rodríguez, Machado, Kavafis, Rimbaud, Nerval, Poe, Calvino, Moravia, Pratolini, Pasolini... pero acaso en menor medida. En fin, ahí están mis afinidades electivas. Pues bien, ha salido en estos días HOTEL ROMA de Pierre Adrian, un muy joven y talentoso escritor francés que se ha ocupado de Pasolini y ahora lo hace de su "oponente" Pavese, con este libro que se anuncia como una novela y no es una novela, que parece un ensayo biográfico pero tampoco es un ensayo biográfico, que tampoco es ni quiere ser un ensayo literario, pero que se lee bien, que no cuenta nada nuevo, que no incide en nada original pero que nos presenta a una personaje, Pavese, como lo que era, un pobre hombre, automarginado, distante, trabajador, exigente, pesado a veces, con el alma rota, con su corazón dividido entre sus Langhe, los paisajes de mito y de su infancia y Turín, el lugar de sus apariciones y de su vida intelectual y madura. No creo, lo digo con honestidad, que Pierre Adrián haya profundizado mucho en Pavese. Cuenta lo que ya sabíamos del genio piamontés, nos hace un retrato atractivo, sí, pero ya conocido, no añadiendo ninguna arista nueva. Se dice en la portada que PA retrata el último verano de Pavese, pero esto ni siquiera es cierto porque se ocupa muy de pasada por los últimos meses. Cierto es que Pavese no es demasiado expansivo en su diario en lo que respecta a su vida social, emocional o literaria, que los biógrafos como Lajolo fueron acaso demasiado creativos a la hora de afrontar una biografía y que los actuales como Vaccaneo, no acaban de dar el salto y colocarse ante una biografía si no definitiva, aproximadamente definitiva, pero nada de esto es óbice para entender que el libro de Adrian es un disparo al aire, un trabajo de cierto maquillaje que no se atreve a ser una novela (hay una especie de subtrama del descubrimiento pavesiano por parte del joven novelista recorriendo San Stefano Belbo, Turín, Brancaleone...), pero que dista mucho de ser una biografía que nos aporte una visión global o siquiera personal del escritor piamontés. Poco o nada nos dice sobre el mito, que en Pavese es esencial para entender su visión del mundo y de su última escritura, en concreto de quizás su mejor novela, La luna e i falò, de su labor de traductor y dinamizador de la literatura norteamericana en Italia, poco o nada sobre su meritoria labor en Einaudi, que bajo su batura se convirtió en una editorial de referencia en el ámbito italiano y europeo del momento. Todo parece girar sobre el por él mismo llamado vicio absurdo, el suicidio, un punto tan transcendental en su biografía como la idea del mito. La constante del suicidio es central en Pavese pues todos los ríos pavesianos se dirigen a él, ya desde su tierna juventud. El libro incide sobre otro de los puntos álgidos de Pavese: su conflictiva relación con la mujer... Y, sí, todo eso está muy bien, no lo discutimos, pero ése es ya un campo abonado donde es difícil sacar alguna nueva visión y para escribir viejas visiones, para no revisar nada, el esfuerzo de lectura quizás no valga la pena. El libro se lee bien, no ofrece dificultades, no se mete en ningún jardín (ni siquiera toca el tema del Cuaderno negro) y salva los escollos con naturalidad, pero yo esperaba más, mucho, mucho más del libro. Lo que sí me gusta es que las nuevas generaciones no se hayan olvidado del genio transalpino.

VARGAS LLOSA, SU SEGUNDA MUERTE

 

Mario Vargas Llosa ha muerto. Hoy es un día triste, muy triste No sólo para el arte y la lengua española, sino para la novelística universal. Quizás en los pocos años que nos restan no vayamos a conocer a nadie con semejante estatura artística. No sé si Cartarescu llegará a emularle. Pero centrémonos en Llosa. No es, desde luego, la primera vez que muere el gran maestro. Literariamente lo hizo hace mucho tiempo. Se autoinmoló, se disparó al corazón en lo que fue una especie de suicidio controlado. Pocas veces en mi vida de lector he visto un talento no sé si decir tan depauperado o tan cortocircuitado. Y, yo, incondicional lector suyo, sentí una pena infinita por asistir a un espectáculo tan deprimente. Muere Mario Vargas Llosa a los 89 años en Lima, el Nobel que enamoró a  Isabel Preysler | Mujerhoy

Nunca he sentido más pena y más rebeldía por un escritor de la que he sentido por Vargas Llosa. Lo digo de verdad, lo digo desde la admiración más absoluta y yo creía que incondicional. Dicho esto, con Mario Vargas Llosa muere el novelista más capaz de la lengua española tras Cervantes. Pocos novelistas de cualquier tradición y cualquier lengua poseen tal cantidad de obras de primera magnitud. La ciudad y los perros, Los cachorros, La casa verde, La guerra del fin del mundo, Conversación en la catedral o La fiesta del Chivo son obras maestras indiscutibles. En todas ellas Vargas, desde un lenguaje deslumbrante, desde una concepción inigualable de la estrategia literaria, desde un conocimiento prodigioso del oficio y, por qué no decirlo, desde una visión humanista del arte, nos ofrece una panoplia extraordinaria y pocas veces superada de obras maestras que lo colocan al lado de Zola, Balçac, sus amados Flaubert y Faulkner, de Dostoyevski, Tolstoi, García Márquez y muy pocos más. Todas -excepto La fiesta- esas obras curiosamente anteceden a sus ínfulas políticas que lo llevaron a jugarse la presidencia del Perú con el olvidable Fujimori y anteceden también a su visión neoliberal que lo aleja de lo que fue su principal criadero, el dolor y la injusticia en América del Sur que aparece obsesivamente como nudo corredizo en las obras mencionadas. Esa, las venas sangrantes de América, como diría Galeano, fueron su fuerza y su cosa. Sin ellas, Vargas quedó reducido a casi nada, a un escritor correcto y conocedor de su oficio. Poco más. Cuando se cambió de acera ideológica persistió el novelista, claro, persistió el artífice, pero la obra dejó de sangrar y era la sangre americana el gran ingrediente secreto de Vargas Llosa, su principal mina a cielo abierto. Pérez Reverte, Trapiello, Cercas y otros olvidables neoliberales nunca han enjaretado una buena novela, de manera que se pongan en el lugar que se pongan y adopten la ideología que adopten, uno no los echa de menos ni se solivianta por su falta de talento: su obra es vocacional y decididamente menor y, por ende, olvidable, autodegradable. No nos importa cómo estén construidas sus obras ni con qué material ideológico estén o no aparejadas: son pura cochambre. Allá ellos con los santos a quienes se encomienden. Con Vargas la cosa siempre fue distinta. Con Vargas sí, con Vargas lamentabas su caída en la inopia, su vacilación en la nada, su pérdida inaudita de palanca literaria. El último Vargas perdió la gracia del mar, dicho con palabras de Mishima. Vargas, sin su sangre india, sin el barro del Amazonas, sin el bolor de las calles limeñas, sin los Leoncio Prados, sin los cerros brasileños, sin los palmerales de Dominica, sin esa profunda visión de la condición y la miserabilidad humana que como un Amazonas se exhibe en toda su primera parte como novelista, no era gran cosa o al menos no el gran narrador que fue. Cinco libros fundamentales para conocer la obra de Vargas Llosa... y un  cuento que dio que hablar - Infobae 

Un novelista correcto, un novelista con un inmenso oficio y una tremenda inteligencia narrativa y poco más. Una novela como Travesuras de la niña mala, define cuanto digo (y Travesuras acaso sea su novela más defendible desde La fiesta del chivo), porque se trata de una novela divertida, correcta, con todo el saber y todas las triquiñuelas del gran narrador que era, pero a la que le faltaba lo más importante: sangre, barro, olor corporal, sumidero. Cuánta diferencia, pongo por caso, con La casa verde, acaso su mejor novela, o con el ritmo trepidante de La guerra o Conversación. Cada página de La casa verde parece escrita para la eternidad. Nunca, ya lo he dicho, he visto tanto talento desperdiciado como el de Vargas en sus obras finales, por eso digo que es el caso más palmario de escritor autoinmolado. Vargas era el costillar de América, era su sangre y se convirtió en un chaqué con patas, en un petulante, en alguien que no sólo no honraba sino que manchaba la memoria del grande, del grandísimo novelista que fue. Si alguien leyera estos comentarios desde una perspectiva ideológica se estaría equivocando. Yo a ningún escritor lo mido por su sesgo ideológico. Gente como Hamsun, Chesterton o Celine me parecen extraordinarios. Viaje al fin de la noche o La muerte a crédito me parecen obras inmensas, pero en Vargas su caída del caballo ideológico vino a coincidir con su batacazo -porque batacazo ha sido- artístico. Dicho esto, la obra de Llosa se cierra dejándonos, ya se ha dicho, una panoplia pocas veces vista de obras maestras.


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La fiesta, que no es ni con mucho su mejor novela, sí lo es de su segunda etapa, la que considero menor, muy menor. Es, cómo decirlo, su cisne negro. En todo caso ahí sigue abordando el tema del poder, el destino vía poder, diría yo, que es, según creo su mayor aportación temática a la novela. La ciudad, Conversación, La guerra, Los cachorros abordan ese tema de una manera o de otra. Su escritura, desde el principio, es una escritura política, y aborda temas como el poder, la tensión y el sufrimiento social... de modo que cuando se aleja de ese espectro, su novelística cae, se disuelve en el oficio, inmenso, eso sí, pero el oficio no se sustenta en nada. El oficio es estructural, sirve para colgar algo en él, para sostener un pensamiento, pero luego, si no hay pensamiento o es manifiestamente mejorable o esta carcomido, como dices, por el ego, pues no vale de casi nada ser un artífice de puta madre, ser un ingeniero magnífico, ser un preciso costurero... Y sí, claro, su dimensión pública, su ego desmedido y todo eso, llevas razón, son en él inhibidores de talento. El caso es que se defenestró hace mucho.


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Muere Mario Vargas Llosa a los 89 años: cinco novelas que hay que volver a  leer (o descubrir)Cierto es que mi texto puede parecer caníbal. Quizás lo sea, pero te juro que en mi mente no estaba el denigrar al maestro. Nada de eso. Era constatar algo que yo veo muy caro. El tema de Vargas en su primera etapa es el poder, visto desde distintos ángulos. El poder estructural en La ciudad, o en Los cachorros, el poder como corrupción en Conversación, el poder como opresión en La casa, el poder ideológico en La guerra, el poder testosterónico y como poder en La fiesta- obra de su segunda parte, por así decir. Cuando ya en pleno declive escribe La fiesta, su obra resurge. Entonces ya ideológicamente está donde está, pero su literatura se salva en esa novela porque trata de algo que ha formado parte de su creo. Dirás que también ocurre en El sueño del celta, sí, pero ahí Llosa ya está como ausente, ahí, como En el paraíso Vargas ha dejado de ser Vargas, ya no existe el sustento ideológico que lo sustentaba. No hablo de política, no hablo de ideología, sino más bien de visión del mundo. Hablo de sustratos, hablo de estructuras mentales, hablo de verdad interior, frente a verdad exterior. Lo que le pasa a Vargas es que pierde la gracia, pierde, no su oficio, no su inteligencia ni su capacidad fabuladora, pero le falta tema, le falta creérselo, le falta gracia. Y el tipo simpático que era, se vuelve antipático, se reboza en poder -eso que él había denostado, eso que había sido el armazón de su novela anterior. Quizás como dice David Torres en El diario.es, tal vez se tratase de ego, de estatus, no lo sé. El caso es que su novela cae estrepitosamente. Mirad, ayer Cercas en el telediario hizo un panegírico de VL, pues bien, sólo mencionó obras de su primera parte, antes de su cambio ideológico y eso que Cercas, como he dicho, tira al monte, pero lo claro es que hay dos Vargas, uno el de sus comienzos y otro el de su final. Hay tanta distancia entre ellos que es lo que llama la atención.