| Manuel Sánchez y Paco Toronjo. |
Yo la llegué a conocer en vida y a este solo e inolvidable encuentro quiero someter las próximas palabras. Era el 21 de diciembre de 1999. Se iba el milenio y en el ambiente quedaba el temblor, la esotérica inquietud del paso de un milenio a otro.
Nos despedimos frente al altar. Dio unos pasos y se sentó en su silla. Fue cosa instantánea. En cuanto se templó la guitarra y los focos dibujaron un redondel en el escenario, La Niña de Huelva tomó posesión del templo. ¡Y se la veía tan remotamente pequeña en aquel inmenso decorado de ladrillo! ¡Dios, y era tan grande! Fue abrir la boca y el templo cayó a sus pies. Nos devoró a todos con esa voz poderosa y eterna, que nacía de las grietas, que rebotaba en la preciosa cúpula, que se hacía fuerte en los sólidos muros. Lorca en estado redivivo, lo juro. Y sí, Manuela no cantaba a Lorca, era ella misma la reencarnación femenina de Lorca. Su raíz y sus hojas: un árbol que creía y crecía ahogando el templo. Lorca en estado aéreo, fuego y tierra al mismo tiempo. Raíz. Mirándola estremecido, sólo lamentaba que allí, en el recinto donde cabrían cómodamente mil personas, no llegásemos a la cincuentena. Me pareció estar asistiendo a un momento irrepetible, único. La luz tenue y lejana apenas si lograba dar con aquella figura tan escueta que en ese momento se jugaba literalmente la vida para que la escucharan apenas medio centenar de personas. Los muros absorbían sus quejíos. A su lado, José María parecía un Sanjosé navideño agarrado niñamente al mástil de su guitarra. El frío sin duda entorpecía su rasgueo pero no hacía falta guitarra: la voz de Manuela lo cumplía todo, lo anulaba todo. No recurriré a tópicos lorquianos o manueltorrianos, pero esa noche por la boca chica de Manuela despertaba el Ganges con todos sus muertos flotantes, el Nilo con toda su arena purificadora llegada del corazón de África y el Guadalquivir con todos sus dioses de luna y sus reverberos de jondura. No pareciera sino que estuviésemos siquiera por unos instantes en el centro mismo del mundo y todo girase ante aquella mujer menuda como un grano de ajonjolí. Así fue como yo lo viví al menos. Sobre todo cuando en mitad de una de sus coplas, vi a Manuela, minúscula como un joyel, y detrás descubrí los puntos oscuros de las balas de los fusilamientos de la Guerra Civil, pues el llamado Monumento fue el lugar elegido en El Castaño para fusilar a los izquierdosos en los días siniestros la Guerra Civil. La insólita imagen de aquella mujer rompiéndose las venas ante las impactos de las balas, aún tiembla en mí cada vez que la recuerdo. Era algo palpitante, majestuoso, religioso. Lorca redivivo. Aquel era un acto de justicia más que de cante, un acto de verdad antes que un espectáculo o un acto de cultura. Un momento fulgurante, único. Allí estaba Gerard Illi para corroborar cuanto digo. Desde ese instante el Monumento quedó irremediablemente liberado de su terrible culpa. Manuela, la Niña de Huelva, lo liberó. Después, sólo dos años después a Manuela se le rompió el corazón cantando en Sevilla. Y sí, Manuela Sánchez no será una de esas cantaoras que entren en el canon de las sobresalientes. Es más, casi nadie la recuerda a apenas 10 años de su impetuosa muerte. No importa. Lo que ella dejó aquella insólita noche del 21 de diciembre de 1999 es mucho más de lo que un artista puede aspirar: la detención del tiempo. Ella lo consiguió y puede descansar.
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