ARCENSIO, EL RICK BLAINE DE HUELVA

  

RICK

a Daniel Salguero


Dani y yo bebemos un par de cervezas en la terraza del Tenis’s club mientras dos aficionados pelotean en la pista. Hablamos de la vida. De los padres, de las novias, de la crisis. De una fallida serie de televisión que habla de Huelva como uno de los principales centros del espionaje alemán y británico durante la Segunda Guerra Mundial.

(Jesus Arcensio y Fdo Arrabal en el hotel Tartesos, (Huelva), Foto Juan Andivia.

 El guion, coincidimos ambos, no puede ser más plano e insustancial. Una serie con semejante guion no puede acabar sino en un completo desastre. Bastaría que el guionista se hubiera dado una vuelta por Huelva y hubiera leído algo de lo que en verdad sucedió en la ciudad en esos tiempos, mientras seguía siendo emporio económico y político de los ingleses. Bastaría con haber escuchado dos palabras de Jesús Arcensio. ¿Jesús Arcensio?, ¿quién era ese tal Jesús Arcensio? Digamos para empezar que Jesús Arcensio es un desconocido poeta que tuvo la enorme mala fortuna de que la guerra civil lo partiera por la mitad. Se da el caso de que, mucho más tarde, una vez acabada la dictadura, él seguía datando muchos de sus poemas y cartas con fechas anteriores al fatídico 18 de julio de 1936. Tras esa fecha, él, que era maestro y un anarquista de libro que publicaba en Luz y Libertad, hubo de afiliarse a la Falange y presentarse como voluntario a fin de no acabar fusilado en su mismo pueblo por los nacionales. En la guerra trabajó en el servicio de propaganda falangista porque su voz era la cristalina voz de un locutor de radio. Se cuenta que los propios nacionales le buscaron una celada mortal, unos dicen que por haberse camelado a la mujer del Gobernador Civil de Huelva y otros por haber publicado un artículo donde ponía el acento en la vidorra que se pegaban los señoritos de retaguardia en la capital, mientras los pobres no tenían otro remedio que malvivir en los frentes de Aragón o Guadalajara, donde se jugaban el pellejo. Sea como fuere escapó de la muerte por un inesperado golpe de fortuna. De vuelta de la guerra trabajó como espía para los alemanes y llegó a conocer de primera mano los submarinos del tercer reich que desde las inmediaciones de Mazagón vigilaban el paso de los buques ingleses que cargaban pirita y otros materiales de las minas de Río Tinto. En ellos, cuenta en sus muy desconocidas memorias, probó por vez primera el café soluble. Mientras realizaba un acto de sabotaje contra intereses británicos en los pantalanes cercanos a la capital la bomba que manipulaban estalló en la mano de un compinche y a él le dejó huellas duraderas en la cara. Fue juzgado por esa circunstancia y pasó varios meses en prisión, los bastantes para que se olvidara el asunto. A su salida de prisión, desconcertado, trató de suicidarse echándose al tren pero en el último momento se arrepintió y sólo perdió uno de sus zapatos, que quedó allí cortado en mitad de la vía. Intervino como espía alemán en el llamado caso "Carne picada", que los ingleses celebran como uno de los acontecimientos que cambiaron el rumbo de la Segunda Guerra Mundial a favor de los aliados. No deja de ser irónico que cuando los británicos realizaron la célebre película El hombre que nunca existió, que conmemoraba este hecho, el actor al que confiaron el papel de cónsul británico en Huelva fue el mismo espía que años atrás trabajara para los alemanes. Una vez acabadas ambas guerras probó fortuna en Madrid como agente de seguros y allí conoció a una mujer despampanante, rica y malcasada a la que medio robó y con la que nuevamente recaló en Huelva donde montaron un célebre cabaret al que pusieron el Bahía y por donde acababa toda la marinería que atracaba en el puerto onubense. El Bahía, que prestaba sus buenos servicios al puerto exterior de Huelva, se convirtió con el tiempo en su puerto interior, donde se recogían los chuloputas, los contrabandistas, los boniatos, los garrulos y los mariquitas, no en vano la célebre copla Tatuaje de Xandro Valerio (Él vino en un barco / de nombre extranjero...) se escribió allí y hace referencia al lugar. Diríase que el dueño del Rick’s de Casablanca, tuviera como modelo a nuestro elegante y mujeriego que arrastraba tras de sí un pasado tan complejo como atrabiliario. Algunos años después, cuando ya la calle Gran Capitán y el Bahía languidecían, montó una pensión y dio hospitalidad a una célula independentista argelina que durante meses recaló en la discreta ciudad estuaria. Al final de sus días los amigos publicaron algunos -no los mejores- de sus versos, que fueron celebrados por gente como Fernando Arrabal. Se dio muerte de pistola en el llamado Parque de los Príncipes, en Sevilla, el mismo año de la Expo del 92 en un acto pospuesto durante más de cincuenta años para el que dejó escrito en su chaqueta: "Morir en un jardín / junto a una fuente / ¿qué más puedo pedir? / ¡Es suficiente!”. Años antes de morir se lo solía ver en una esquina de la plaza de las Monjas, con su sempiterno cigarrillo en la boca y sus chaquetas cruzadas de corte impoluto tratando de colocar estampitas de la Falange a los transeúntes, junto a dos o tres pobres diablos que, ellos sí, llevaban las camisas cuajadas de símbolos fascistas. Yo entonces pasé alguna que otra vez ante él, pero no me acercaba, en parte debido a mi timidez, en parte porque rozar los velos de la Falange me producía hurticaria. Una vez muerto y requetemuerto la ciudad le dedicó una calle donde no hay puertas y sólo un par de ventanas cerradas a cal y canto y un transformador de electricidad, justo entre el Hipercor y el palacio de Justicia. A su muerte a mí me tocó leer y dar sentido a toda su obra, que no es extensa y puedo asegurarles que de una rara perfección. A través de esa lectura puedo intuir cuánto sufrió desde aquellos aciagos días del verano de 1936 y de cuántas maneras lo buscó la muerte hasta que al fin dio con él. Ahora Dani y yo, acabadas las cervezas, y hablado largamente de Arcensio, nos sumimos en la vida de la ciudad y al despedirnos en el primer semáforo nos deseamos suerte.

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