DINO CAMPANA, EL VIAJERO IMPERTINENTE

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Dino Campana, es sin duda alguna uno de los más originales, apreciados y estudiados poetas italianos del novecientos italiano y europeo. Su obra, radicalmente original, apegada a los desasosiegos de su tiempo constituye uno de los pilares de la lírica italiana del pasado siglo. Su vida constituye una complicada maraña de desencuentros e incertidumbres vitales que lo conducen a un continuo y febril vagabundaje y finalmente a la locura. Su obra prácticamente se circunscribe al libro Cantos órficos, al que hay que añadir un ramillete de poemas posteriores que no añaden gran cosa a la genialidad de esta obra. En todo caso, su período creativo comienza en 1912 y se apaga en 1917. Durante esos seis años Dino Campana vivirá una especie de calvario personal, apenas atenuado por los amores con Sibilla Aleramo, en el verano-otoño de 1916 que tal vez aceleren su descomposición. Todo lo demás serán fugas, prisiones, ninguneos y sinsabores, lo que nutrirá una obra que ha resistido como pocas el embate de los años, y que sigue siendo objeto de estudios y lecturas, habiendo pasado con creces las fronteras de la poesía italiana para lograr afianzarse como uno de los mayores poetas de todo el siglo XX.


Dino Campana. El poeta maldito italiano - Mito | Revista Cultural 

 

 

Dino Campana nació en el pueblo florentino de Marradi, en los Apeninos tosco-romañolos, el 20 de agosto de 1885, bajo la influencia de una naturaleza explosiva que una y otra vez lo llamarán a lo largo de su ajetreada vida. La comprensión íntima de esa naturaleza dará carta de identidad a la poesía de Campana. Su padre (Giovanni) era maestro local, muy apegado a las convenciones sociales, y su madre (Fanny) una mujer movida por una religiosidad enfermiza y convencional. Había en ambos una visión demasiado pueblerina y bienestante de la vida, contra la que reaccionará constantemente nuestro poeta, al punto de crear un cataclismo en la familia. La primera infancia de Dino parece feliz, pero el nacimiento de su hermano Manlio, sobre el que a partir de entonces recaerán todos los mimos y cuidados maternos, trastoca su vida de niño mimado, pasando a una casi inexistencia familiar, lo que soporta como una afrenta y se convertirá en el germen de sus posteriores rebeliones y desvaríos. Esta desafección, ese exilio vital, lo acompañará ya de por vida y será uno de los orígenes de su insistente deambular y un nutriente esencial en su arte. Se refugia entonces en los libros y lee con auténtica fruición, lejos del mundo.

Con la llegada de la adolescencia su carácter se resiente y comienza a mantener discusiones familiares y a hacer pequeñas y frecuentes escapadas hacia los bosques del alto Mugello, en los alrededores de Marradi, siempre con un libro en la mochila. Le gusta particularmente tenderse en la hierba, mirar al cielo estrellado y refugiarse en las miserables casas campesinas y pastoras. Estas desapariciones se convertirán en una de sus constantes, y es que Dino Campana será el poeta del vagabundaje y del desasosiego. En el pueblo lo toman por loco y, como le ocurriera a Leopardi, es tratado con desprecio cuando no con sorna y agresividad por los vecinos, que lanzan piedras a su paso, de forma que su relación con el pueblo natal será siempre de odio, aunque la atracción por el terruño y por su naturaleza será en él referencia constante. Es así como poco a poco se convierte en un neurasténico, que se aísla en las escapadas y en los paisajes cercanos, que lo formarán espiritual y filosóficamente. Será esta comunión con el paisaje local y la íntima comprensión de los fenómenos naturales uno de los aspectos esenciales de su cosmovisión del mundo y por ende de su poesía, como atestigua su único libro.

Estudia el bachillerato en un colegio salesiano de la cercana ciudad de Faenza, donde se agravan todos sus males y comienzan a tratarlo con bromuro. En 1903 aprueba en el liceo Massimo D’Azeglio de Turín -el mismo que años más tarde frecuentará Pavese- e ingresa en el instituto Breglio, de la localidad piamontesa de Carmagnola. Poco más tarde parece ser que Campana viaja a Odessa, Ucrania, siguiendo a unos cíngaros ambulantes. Eso al menos es lo que cuenta casi al final de sus días a Carlo Pariani, el primero de sus biógrafos, que lo entrevistó en innumerables ocasiones en el manicomio de Castel Pulci. En 1904 lo tenemos en Bolonia como estudiante de química (¿?), pero Campana no siente ninguna atracción por esa carrera, por lo que se dedica a deambular por la ciudad estudiantil, donde encuentra un ambiente propicio para la farra, la lectura y la bohemia. Aún así concluye los dos primeros cursos, pero en marzo de 1906 la policía lo detiene en Génova y por vez primera lo manda de vuelta a Marradi. En junio de ese mismo año recorre Suiza y Francia, de donde de nuevo es reexpedido a su pueblo natal.

En septiembre de 1906, agravadas las desavenencias familiares, pisa por primera vez un manicomio, el de Ímola, del que sale un mes más tarde bajo la responsabilidad paterna. En 1907 se inscribe en el cuarto año de química, de nuevo en Bolonia. Aún así, regresa a las andadas y de nuevo acaba en el manicomio de Ímola, de donde saldrá bajo la promesa de buscarse la vida en América y dejar en paz a la familia, en especial a su madre, con quien se llevaba fatal. Es posible que en los meses finales de 1907, tras abandonar el manicomio, parta desde Génova hasta Buenos Aires. Sobre este viaje existen numerosas controversias, pero parece probado que existió, no ya por las referencias que de él aparecen en su único poemario publicado (Cantos órficos), sino por alguna documentación encontrada por sus estudiosos.

En Argentina se emplea primeramente como peón ferroviario, recorriendo así la vasta extensión de La Pampa y asistiendo a las eternas noches australes que marcarán su imaginario poético con una vívida sensación de infinitud, pero según su propio testimonio, trabajó también de pianista en un prostíbulo, de policía municipal, de bombero, y de tocador de triángulo. Siempre en movimiento, Campana se embarca a principios de 1909 rumbo a Europa en un carguero holandés, trabajando como fogonero, para comenzar una peregrinación que concluye en una prisión belga, en la que es recluido durante dos largos meses por andar sin documentación, y desde donde es reenviado de nuevo a Marradi para desesperación de su madre, que apenas lo ve llegar lo interna en un psiquiátrico de Florencia. En su libro queda abundante material acerca de estas experiencias que marcarán a fuego su vida.

En febrero de 1910, de nuevo en Bélgica, es internado en otro manicomio, de donde vuelve a ser expatriado. Tras esta enésima aventura pasa por un período relativamente tranquilo, escribe, lee frenéticamente y toca el piano familiar, pero en verano del año siguiente de nuevo se lo ve en movimiento, esta vez se dirige a Suiza y Alemania donde trabaja en lo que cae. El viaje concluye en Génova de donde es devuelto una vez más a su hogar. Es posible que sea en Génova donde contraiga la sífilis, enfermedad que agravaría con mucho sus problemas mentales.

En 1912 regresa a Bolonia donde consigue publicar algunos de sus poemas más conocidos, como es el caso de "La quimera", recogido más tarde en Cantos órficos. Comienza a publicar en la capital romañola en revistas efímeras y estudiantiles. En 1913 es arrestado nuevamente en la licenciosa Génova, ciudad que parece atraerlo como un imán y a la que dedica algunos de sus más celebrados poemas. El ambiente portuario de la capital ligur, donde la sordidez de sus callejones con olor a sexo y a salitre se mezcla con el reluctante barroco y todo esto en delirantes perspectivas cubistas atrae al joven toscano que también ve la ciudad como lugar de tránsito y no como un destino. Durante los meses de 1913 va escribiendo poemas que irá macerando en el libro manuscrito Il più lungo giorno y frecuenta los ambientes literarios de Florencia con su aspecto de rudo y extravagante campesino peripatético que pernocta en sórdidas pensiones o bajo los puentes y come -o no- de la caridad. Son años donde en Florencia impera el futurismo, con Soffici, Carra y Boccioni a la cabeza y donde un incontestable Papini reina sin discusión posible. Inicia entonces una larga, controvertida e infructuosa correspondencia con Papini, Soffici, Cecchi, Carra etc... En septiembre de 1913 entrega en persona su único manuscrito, Il più lungo giorno, a Papini, que se lo pasa a Soffici, quien a la postre lo extravía (permanecerá así hasta 1971). Desesperado, subestimado, Campana exige una y otra vez la devolución de su manuscrito, al que considera su carta de identidad, la prueba de su existencia, hasta que en la primavera de 1914, en un acto de rebelión, reemprende la reescritura, utilizando los textos ya publicados en revistas y tratando de recomponer otros poemas de memoria. Su trabajo es titánico y le arrancará no pocas de sus fuerzas mentales, pero él necesita probar su existencia social, necesita probar su identidad frente a un mundo que hasta ahora no ha hecho más que darle patadas en el trasero, que lo ha recluido en sórdidos manicomios y prisiones, que lo ha negado, que lo ha silenciado, que le ha arrebatado su propio yo, anulando aquello que en él se ha sustanciado en forma de memoria y de mito, para crear un cuerpo nuevo, una actitud nueva frente a la vida y el arte. Va surgiendo así, fatigosamente, su libro magistral y único, Canti órfici (Cantos órficos), una de las ineludibles cimas de la literatura italiana del novecientos. En septiembre de 1914 el libro sale a la luz en su localidad natal, en las imprentas de Bruno Ravagli, bajo suscripción pública, pero su éxito es escaso y se ve obligado a venderlo de mano en mano por los cafés de Florencia y Bolonia. Aun así, algunos críticos como Cecchi, Binazzi y Boine se hacen eco de su novedad.

Desilusionado marcha a Ginebra y Domodossola, donde obtiene trabajos efímeros. Con la entrada de Italia en la Gran Guerra se presenta voluntario para marchar al frente pero al descubrirse su pasado mental es licenciado de malos modos, lo que supone un duro golpe para él, que ya se sentía rechazado y ninguneado por todos. Por ese tiempo colabora en algunas revistas genovesas y florentinas, con lo que obtiene unas exiguas liras, pero su vida de vagabundaje no se detiene. A principios de mayo de 1916 es arrestado en la ciudad portuaria de Livorno al ser confundido con un alemán (su aspecto era sin duda el de un tedesco).

Unos meses más tarde, en verano de 1916 tiene lugar el encuentro amoroso con Sibilla Aleramo, una conocida escritora, autora de un célebre libro autobiográfico, Una Donna (1906), que ha sido traducido (y se sigue traduciendo) a varias lenguas y que por entonces ha vendido innúmeros ejemplares. Sibilla, uno de los personajes más singulares del feminismo europeo de la época, ha hecho de la libertad su enseña y lleva una vida promiscua y abierta, incardinada en el amor, considerado por ella como el elemento axial de su vida, rompiendo con las convenciones sociales al respecto. Sibilla, que no esconde su vida, cuenta con numerosos amantes desde que iniciara su camino de liberación en 1900: G. Cenna, Papini, Cardarelli, Papini, Montale, Cecchi y tantos otros. El encuentro entre Sibilla y Campana es realmente torrencial y de él ha quedado abundante correspondencia, pero por desgracia al muy poco de su inicio este amor descarriló debido a los celos de Campana, que venían a sumarse a su gradual estado de insania mental producida por la sífilis. Su último encuentro amoroso tiene lugar en la Navidad de 1917.

En septiembre de 1918 Campana es nuevamente arrestado en Novara, cuando iba en busca de una por entonces huidiza Sibilla, quien logra sacarlo de la prisión, de la que es devuelto a casa de sus padres, que ahora viven en Lastra a Signa, a las afueras de Florencia. Sólo unos meses más tarde, a principios de 1918, Dino Campana es arrestado tras un enésimo incidente callejero en esta localidad. De inmediato es internado en un reformatorio mental, para meses más tarde ingresar en el psiquiátrico de Castel Pulci, donde permanecerá hasta su muerte, el 1 de marzo de 1932, debida a una septicemia. Curiosamente estos años pasados entre los muros del manicomio de Castel Pulci son los más aparentemente dichosos de su vida. Y decimos "aparentemente" porque en este siniestro lugar se castra y anula la pasión por el viaje, la escritura, el desasosiego en suma, y todo cuanto antes daba un sentido, si bien abismal, a su vida.

Unos años antes, en 1928, había aparecido la segunda edición de Canti Orfici (Ed. Valecchi, Florencia), con severas y poco felices correcciones, comenzando así su celebridad, primero entre los académicos y escritores italianos y luego entre los lectores en general. Por esas fechas un joven psiquiatra, Carlo Pariani lo frecuenta en Castel Pulci, sometiéndolo a pesados interrogatorios con el fin de dar forma a su biografía, que será la única en vida y con la que, con todas las prevenciones y reservas posibles, se ha nutrido la "leyenda" de este inigualable y asombroso poeta toscano, que vivió unos tiempos convulsos y que de alguna forma viene a representar el espíritu controvertido de ese tiempo.



No es fácil enfrentarse por vez primera a la poesía palpitante, mística y aparentemente contorsionada de Dino Campana. Su relación con el lenguaje nos resultará peculiar y su entonación chirriante, aparatosa, llena de artificiosa naturalidad, pero a medida que penetramos en ella, a medida que nos vamos sumergiendo en sus leyes, como si de un lago placentario se tratara, a medida que vamos identificando y asentando sus peculiaridades, su lectura tendrá más de experiencia vivida que leída, y no es porque Dino Campana no construya su decir desde una memoria que hiende sus raíces en el mito, que también, sino porque en su discurrir, en su entonar, en su balbucear, en su instornellare, encontramos el rumor amortiguado y rutinario de la naturaleza como quizás nunca lo hayamos oído en la palabra escrita. De ahí el pasmo que suscitaba en sus contemporáneos, incluso en los futuristas, que lo consideraban un offsider, un verso suelto.

"Dino Campana era achaparrado, rubiote, de mediana estatura, se habría dicho un negociante a juzgar por su apariencia, un excéntrico comerciante con mucho trajín. Las camareras del bar, los camareros y los extraños lo miraban con circunspecta hilaridad. Llevaba una larga pelliza anaranjada, tupida y estrecha, que enmarcaba una cara saludable, un bigote que se pegaba a las comisuras de los labios y una barbita corta que no se alejaba mucho del mentón", de esta manera define el boloñés Federico Ravagli a quien fuera compañero de bohemia en la capital romañola, pero Dino Campana es más, mucho más que el tipo excéntrico y algo palurdo que se paseaba con una gruesa pelliza por los cafés boloñeses, llamando la atención de las camareras y acabando la noche, si la magra economía se lo permitía, en brazos de viejas matronas que aparecen como visiones grotescas a la vez que hechiceras en sus cantos. Campana es un místico que no ha perdido su relación con lo elemental, un griego antes de que la razón contaminara el manantial del que se nutría su percepción del mundo. Campana es un baudelariano que se ha sumergido en la viscosidad y en la sordidez del vivir contemporáneo, un Dante que recorre su propio laberinto interior, un Goethe que se mide consigo mismo, un nietzschiano que se ha desprendido del Dios de los cristianos, pero que no reniega de su iconografía, un cubista ilusorio que ausculta el perfil de las medallas, un espíritu que ha comprendido la religiosidad primordial y elemental de Giotto y el perspectivismo de Ghirlandaio, que como Rimbaud ha inhalado (y se ha embriagado) el lenguaje abisal de la noche, y que ha previsto los paisajes metafísicos, visionarios y humanos de De Chirico con esos cielos hondos, esos mares al acecho, esos edificios que asoman desafiantes y entresoñados, como muñones ensalitrados de silencio y armonía. Campana es un simbolista que ha dejado atrás el lastre del simbolismo y que retuerce su expresión, que distorsiona el lenguaje para reconvertirlo en símbolo, en llama viva. Campana es un poeta que distorsiona el lenguaje, que lo descarga, que escribe un libro donde se combina el verso con la prosa y la prosa con la memoria, y la memoria con el canto, con la poesía. Campana es un salvaje, alguien que habiendo sido arrancado de los caminos que imponen la razón instrumental, se ha liberado, ha regresado a lo primigenio, y así su voz se convierte en un continuo y sostenido temblor, en un aliento, en una provocación, en una ruptura que no sólo no contradice la más honda tradición, sino que la acompaña, la vivifica, la hace latir. Campana se entiende con la memoria y con la noche, dialoga con la trémula y a veces atroz naturaleza, se enfrenta a la sordidez humana, con los callejones portuarios, con el destino del hombre, pero lo hace desde una palpitación inequívoca, arrancando del lenguaje su parte convencional, desnudándolo, exprimiéndolo, creando en él una relación nueva que a la vez es primordial, esencial, personalísima. Campana es el franciscano que lee a Whitman y frecuenta el manicomio donde se entrega a la oración sencilla de la sangre. Campana se entiende mítica y místicamente con la naturaleza, escucha su latir, traduce su entonación, reproduce su canto, se desnuda ante ella, e interpela a ese canto haciéndose él mismo canto, integrándose en ese canto que es latido de lo universal, gorjeo de los mirlos, gañir de los halcones y acaba siendo despojamiento. El anti-D’Annunzio de los arabescos florales y de los discursos huecos. Campana es el crepitar de la llama, el correr de los arroyos impetuosos, el chirrido de la grúa, el grito ronco que rompe el silencio en la noche de los puertos, el sonido del martillo en el taller de orfebrería, el Cezanne de la Falterona. Campana es la alquimia verbal, el nómada exiliado en su propio crisol. Campana es distorsión y es sinrazón, sollozo y fresca brisa que saluda al nuevo y turbulento amanecer. Campana es el soldado al que se le niega el alma, el extranjero, el extraviado, el rompecoglioni de la lengua italiana, Campana el insolente, el extranjero de su casa y de su tierra, el apátrida, el apedreado, el prisionero, el hombre encerrado en su ser tumultuoso que hace de la libertad su oficio de vivir y hace de la tierra una extensión de su ser cristalino. Campana el compañero de la prostituta y del pastor. Campana es el poeta que ha rescatado a Eurídice y que la ha devuelto a la tierra, pero también el que la ha perdido y ahora deambula en la noche del ser abriéndose paso en la luz, el adelantado que hunde sus botas raídas en el horizonte primero. El poeta que ha encontrado el camino de regreso y que regresa vencido, transido por la música cegadora de su canto.

Y así, Cantos órficos es su libro, su flor abierta, su enseña, su rastro, su huella diamantina sobre el cristal, su pasaporte, su baba, su orina, su semen, su balbuceo, su sífilis, su quintaesenciado sudor, su memoria. Canto es un libro único, irrepetible, el libro aparentemente deslavazado de un hombre deslavazado, el camino hacia atrás de alguien que camina hacia adelante, la huella apresurada de quien se aleja a tientas, trazando su huida en el cristal de la memoria, utilizando el lenguaje como herida y surtidor. Un libro que está pavimentado y macerado sobre recursos plásticos, literarios e incluso cinematográficos en un continuo fluir hacia atrás y hacia adelante, en un diálogo constante con la tradición y con la iconografía, tan imbricado en la tradición del arte italiano de todos los tiempos, donde lo viejo se hace novedad, en la línea de contemporáneos suyos como Giacometti, Modigliani o De Chirico. Un libro al que a sus contemporáneos les es lícito no entender, porque en la convulsión de sus páginas se ve reflejado el mundo convulso sobre el que ha sido escrito, porque en su distorsión y en su ruptura proyecta un mundo roto, finiquitado, que yace moribundo de su propia soberbia, despojado de su propio lenguaje, y de su propio armazón, como esas torres ardidas, tan nervalianas, de las que habla en los primeros trechos del libro, y del que sólo es posible salir mediante un nuevo candor, mediante el retorno a la comunión y al diálogo reverencial con la naturaleza.

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Como hemos dicho, Cantos órficos, editado por B. Ravagli en su imprenta de Marradi en junio de 1914, en una edición pobre y descuidada, encontró en su primera salida de las imprentas una recepción fría, que estaba más ligada a los prejuicios que pesaban sobre su autor y a las novedades que traía, que a la verdadera calidad de sus composiciones. De hecho, ya Ardengo Soffici y Giovanni Papini habían desestimado su primera redacción en 1913, extraviando negligentemente el original, entonces titulado Il più lungo giorno. Los primeros poemas publicados del libro fueron "La Quimera"-con el título de "La Montagna"-, "Nostalgia del viaggio", "Dualismo" y "Lettera aperta a Manuelita Etchegarray", que aparecieron en la revista romañola Il papiro, en diciembre de 1912. Más tarde, en febrero de 1913 se editó "Torre rossa-Scorcio" en I goliardi, también en Bolonia. Tras la salida del libro, en el verano de 1914, se publicaron otros poemas, algunos incluso en la revista Lacerba dirigida por Papini y Soffici. Cabe el honor al amigo boloñés de Campana, Bino Binazzi, de publicar la primera reseña crítica del libro, el 25 de diciembre de 1914 en el diario boloñés Giornale del mattino, al que siguió De Robertis días más tarde, el 30 de diciembre, en La Voce (Florencia). Emilio Cecchi lo reseñó en febrero de 1915 en La tribuna de Florencia y Giovanni Boine en agosto de ese mismo año en la revista literaria genovesa Riviera ligure, dirigida por Novaro, que resultaría el punto inflexivo en la recepción crítica del libro: "he aquí, de hecho, una poesía alucinada que no sabes de qué está hecha, que se te mete dentro en una atmósfera de anhelo, saltarina y fascinante... quién sabe si por desesperación de realidad [...] espiritual categoría de perdición y desarraigo". A partir de ese momento el nombre de Campana comienza a sonar y es invitado a colaborar en algunas revistas, como se ha visto, pero su reclusión a principios de 1918 y su consecuente abandono de la escritura lo sumen en un cierto silencio, roto en en 1928, cuando el libro vuelva a editarse, esta vez en la prestigiosa editorial Vallecchi, de Florencia, con prólogo de Binazzi y con algunos cambios que no agradaron a Campana, por entonces cómodamente instalado en el psiquiátrico de Castel Pulci. Esta reedición vuelve a poner a Campana en el horizonte literario italiano, aunque no será hasta su muerte cuando la celebridad del poeta toscano -y no sólo su caso mental- interesen al público italiano. En la década del 40 será cuando su nombre se convierta en imprescindible y aquéllos que no lo valoraron en su tiempo, como Soffici, se den cuenta de su error. Desde entonces los estudios sobre su obra no han dejado de evidenciar que es Campana uno de los nombres insoslayables de la lírica italiana del novecientos, una fuente de inspiración para los poetas que le han seguido en el tiempo.

 os dejo con varios fragmentos iniciales del Poema en prosa La notte, que abre el libro Canti orfici



LA NOCHE

(de Canti orfici)

Dino Campana – Revista Poesía Más Poesía


Recuerdo una vieja ciudad, roja de murallas y torreada, quemada sobre la ancha llanura del tórrido agosto, con el lejano alivio de las verdes y blandas colinas al fondo. Arcos enormemente vacíos del puente sobre el río estancado en breves y grises pozas: siluetas negras de gitanos inquietos y silenciosos sobre la orilla: entre el deslumbramiento lejano de un cañaveral lejanas formas desnudas de adolescentes y el perfil y la barba judaica de un viejo: y de pronto en mitad del agua quieta las gitanas y un canto, por las pozas se escucha una cantilena primordial monótona e irritante: y del tiempo quedó suspendida la corriente.


*

Inconscientemente alcé los ojos hacia la torre antigua que dominaba la larguísima avenida de los plataneros. Sobre el silencio intenso ella revivía el mito lejano y salvaje: mientras por visiones lejanas, por sensaciones oscuras y violentas otro mito, también él místico y salvaje recorría a grandes rasgos mi mente. Allá abajo habían traído los largos vestidos sueltos hacia el esplendor vago de la puerta las paseantes, las antiguas: el campo entonces se amodorraba en la red de canales: chicas con peinados sueltos, de perfiles de medalla, desaparecían a trechos sobre las carretas detrás de sus verdes recodos. Un toque de campana argénteo y dulce de lejanía: la Tarde: en la iglesita solitaria, a la sombra de las modestas naves, yo La estrechaba, a la de carne sonrosada y a de encendidos ojos fugitivos: años y años y años se fundían en la dulzura triunfal del recuerdo.


*

Inconscientemente el que yo había sido iba de camino hacia la torre antigua, la mítica defensora de los sueños adolescentes. Subía al silencio de las antiquísimas callejuelas a lo largo de los muros de las iglesias y conventos: no se escuchaba el rumor de sus pasos. Una plazuela desierta, casuchas apachurradas, mudas ventanas. Al lado en un enorme relampagueo la torre octogonal roja impenetrable árida. Una fuente del setecientos callaba agotada, la lápida rota en mitad de su leyenda latina. Se extendía un camino empedrado y desierto en dirección a la ciudad.


*

Quedó turbado por una puerta que se abrió de par en par. Unos viejos de formas oblicuas huesudas y mudas, se agolpaban empujándose con codazos agudos, terribles bajo la gran luz. Ante el rostro barbado de un fraile que asomaba desde el vano de una puerta se detenían en una reverencia trepidante servil, se arrastraban lejos murmurando, volviéndose a alzar poco a poco, arrastrando uno a uno sus sombras a lo largo de los muros rojizos y descalichados, iguales todos en la sombra. Una mujer de paso bamboleante y de inconsciente risa se unía y cerraba el cortejo.


*

Arrastraban sus sombras a lo largo de los muros rojizos y descalichados: él los seguía, absorto. Dirigió a la mujer una palabra que cayó en el silencio del mediodía: un viejo se volvió a mirarlo con una mirada absurda brillante y vacía. Y la mujer sonreía con una sonrisa blanda en la aridez meridiana, obtusa y sola en la luz catastrófica.


*

No supe cómo, rodeando somnolientos canales, volví a ver mi sombra al fondo que se mofaba de mí. Me acompañó por caminos pestilentes donde las muchachas cantaban en el sofoco. En los límites del campo una puerta atestada de marcas, observada por una muchacha con un vestido rosa, pálida y gorda, lo atrajo: entré. Una antigua y opulenta matrona, de perfil de carnero, con negros rizados cabellos recogidos ágilmente sobre la cabeza escultural bestialmente adornada por el ojo líquido como una negra gema tallada en extrañas aristas se sentaba, agitada por las gracias infantiles que renacían con la esperanza extrayendo de una baraja de cartas largas y grasientas extrañas sucesiones de reinas extenuados reyes sotas espadas y caballos. Saludé y una voz conventual, profunda y melodramática me respond junto a una graciosa sonrisa crispada. Distinguí en la sombra a la doncella que dormía con la boca semiabierta, con sacudidas por un sueño pesado, semidesnudo el bello cuerpo ágil y ambarino. Me senté despacio.


*

El largo cortejo de sus amores desfilaba monótono a través de mis oídos. Antiguos retratos de familia aparecían diseminados sobre la mesa grasienta. La rápida forma de la mujer de la piel ambarina tumbada sobre el lecho escuchaba con curiosidad, apoyándose sobre los codos como una Esfinge: afuera los huertos verdísimos entre muros bermejos: nosotros tres los únicos vivos en el silencio meridiano.


*

Mientras ya había caído la tarde y envolvía en su oro el lugar conmovido de recuerdos y parecía consagrarlo. La voz de Ruffiana se había hecho cada vez más dulce y su cabeza de sacerdotisa oriental se complacía en su languidescente postura. La magia de la tarde, débil amiga del crimen, era presa de nuestras almas oscuras y sus cumbres parecían prometer un reino misterioso. Y la sacerdotisa de los placeres estériles, la ingenua y ávida doncella y el poeta se miraban, almas estériles en busca inconscientemente del problema de sus vidas. Pero ya la tarde dejaba caer mensajes de oro desde los frescos estertores de la noche.


*

Vino la noche y fue cumplida la conquista de la doncella. Su cuerpo ambarino su boca voraz sus negros cabellos a ratos erizados la revelación de sus ojos acobardados de lascivia revolvieron una fantástica experiencia. Mientras con mayor dulzura, a punto de apagarse ya reinaba aún en la lejanía el recuerdo de Ella, la matrona persuasiva, la reina aún en su clásica postura entre sus grandes hermanas del recuerdo: después que Miguel Ángel hubiera replegado sobre sus rodillas cansadas del camino a aquélla que se encoge, se encoge sin descanso, reina bárbara bajo el peso de todo el sueño humano, y el aleteo de viejas y violentas posturas de bárbaras irresistibles reinas antiguas Dante había escuchado apagarse en el grito de Francesca allá sobre las orillas de los ríos que cansados de guerras alcanzan la desembocadura, mientras sobre sus orillas se recrea la pena eterna del amor. Y la doncella, la ingenua Magdalena de cabellos erizados y ojos brillantes preguntaba temblorosa desde su cuerpo estéril y dorado, áspero y salvaje, dulcemente recluido en la humedad de su misterio. La larga noche llena de los engaños de las distintas imágenes.


*

Se asomaban las viejas imágenes a los canceles de plata de las primeras aventuras, atenuadas por una vida de amor, a protegerme aún con su sonrisa de una misteriosa encantadora ternura. Se abrían las cerradas aulas donde la luz se ahonda por igual en el interior de los espejos al infinito, apareciendo las atrevidas imágenes de las cortesanas en la luz de los pálidos espejos en su actitud de esfinges: y aun todo aquello que era árido y dulce, desfloradas las rosas de la juventud, volvía a revivir sobre el panorama esquelético del mundo.



 

 

 

 

 

 




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