Ayer acabé con la traducción de la prosa de Sá-Carneiro. Queda por delante una ardua corrección porque Sá-Carneiro es un narrador difícil, atrapado en el lenguaje volátil de las vanguardias. Un tipo extraño, este lisboeta nacido en 1890 y muerto sólo 26 años después. Sin él es posible que el genio de Pessoa hubiera eclosionado de otra forma, en otros personajes, en otras conclusiones. Uno siente que Álvaro de Campos, ese bizarro personaje del monóculo, el bon vivant que cantaba la vida moderna, no habría nacido sin el concurso de este infeliz y cándido muchacho que no fue capaz de salir del personaje que había creado para sí mismo, hasta el punto que se hizo morir con él, cuando apenas le quedaban 10 céntimos en el bolsillo y ni una sola palabra en su magín. Si un futuro biógrafo quisiera contar la vida de Sá-Carneiro, debiera comenzar con el acontecimiento de su muerte y construir su vida en torno a ese momento. Toda su obra es un postularse ante la muerte, un caminar hacia ella, una peregrinación sin posible escapatoria. su madre murió a los dos años y dejó 'en su vida un reguero de soledad, extrañeza y desafecto. Con 15 años, siendo estudiante en Lisboa, vio cómo su mejor amigo, aquél con quien había co-escrito una obra teatral, se suicidaba ante él y eso y su orfandad lo marcaron para siempre. Atrapado en la sombra de sí mismo, en su incompetencia para la vida, este flaneur sin patria, sintió con tan sólo 26 años que era mucho mejor morir que ensuciar sus trajes con el polvo indecoroso de la vida. Por eso, un triste día de abril de 1926 compró cinco botes de estricnina y convidó a un amigo a su muerte. Se vistió con su mejor traje, se fue tomando uno a uno cinco frascos de estricnina, y a continuación se tendió en la cama, como quien se sienta en la butaca, momentos antes de que se alce el telón. Cuando llegó el amigo, su obra estaba a punto de terminar y aunque llegaron los gendarmes, nada se pudo hacer. Sá-Carneiro, huérfano hasta la médula, personaje distante y tímido, amó el gran París como acaso nadie la haya amado, creyéndola el imperial escenario de una obra trágica, sí, pero de mucha lentejuela. A ella entregó su cuerpo, su memoria, su ideal y todas sus energías. París lo fue todo o casi todo para él y en su esplendor cosmopolita se perdió en sus calles bulliciosas como un amante sin fortuna hasta encontrar su propia huesa en ella. París fue el escenario dorado de sus fantasías y sus fantasmas, pero también su jaula, el dogal que poco a poco fue apretando su cuello. Convivió con la vanguardia, pero no conoció personalmente ni a Picasso, ni a Matisse ni a Modigliani... Su ostentosa vida nada tenía que ver con la de aquellos díscolos vecinos, y su profunda timidez le impidió familiarizarse con ellos. Iba elegantemente vestido a sus exposiciones, pero regresaba a su hotel solitario, soliviantado por un mundo nuevo que sentía correr como agua de regato por sus venas. Escribía con una estilográfica de oro y su obra se deja llevar por los melismas de esa estilográfica. No sé con certeza si fue esa estilográfica la que inventó el paulismo, que es un ismo teatral, órfico, sobrecargado, donde lo real, lo soñado y lo imaginario se entrecruzan en ampulosas y vibrátiles descripciones, muy en la línea de nuestro Darío, pero fue esa estilográfica quien lo cultivó con mayor enjundia -superando en ello a la más menesterosa de su confidente, Pessoa-, confundiéndolo con su propia tinta. Mário de Sá-Carneiro creyó en el arte, en esa cosa que mientras ocurre, nos hace olvidar la vida, re-creándola. Y quizás, quizás se tratara de eso. Le gustaba pasear, sentarse en los cafés burgueses, donde pedía recado de escribir y, durante largas horas, emborronaba papeles y dejaba correr a partes iguales su mirada y su imaginación ampulosa. Como se ha mencionado, se hizo morir teatralmente a las ocho en punto de una tarde abrileña, justo a la hora en que abrían los teatros de Montmartre, mientras a poco más de dos horas de distancia, decenas de miles de hombres hundían sus sucias cucharas en las escudillas, absortos en los cabios y en el barro de las trincheras. Dejó una obra relativamente breve que nos seduce por su estremecedora ingenuidad y por lo que en ella vibra lejana y confusamente. Tal vez sin la figura de Pessoa, su gran amigo de madurez y su albacea, y por quien tanto hizo, su nombre apenas tendría cabida en los centones del vanguardismo local, pero enseguida hay que añadir que la suya es una obra que deja en el lector un poso de ternura y de abatimiento. Porque su obra, como queda dicho, se orienta desde muy temprano por el sombrío corredor del suicidio como espectáculo wertheriano y fluye hacia él como si no hubiera otra posibilidad.

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