Tormenta de verano1 (“Temporale d’estate”) 

 

 

Cesare Pavese se quitó la vida en un hotel de Turín el 27 de agosto de 1950 tomándose 10 cápsulas de somníferos. Sólo le faltaban unos pocos días para cumplir los 42 años y ya brillaba con luz propia en el panorama literario italiano del dopoguerra, tras haber conseguido unos meses antes el prestigioso premio Strega por su libro La bella estate (El bonito verano). Pavese fue hasta su muerte un hombre apesadumbrado, lúcido y solitario que, a falta de una salida a sus carencias vitales, se entregó al trabajo con toda su alma y dejó escritas un reguero de obras que hablan de la soledad, de la culpa, de la ausencia, del exilio, de la libertad, del amor y de la enfermedad —el vicio absurdo— de existir. Cesare Pavese pasa por ser uno de los escritores más complejos del siglo XX y cuya obra refleja las latencias más profundas del tiempo presente. Su adscripción al neorrealismo italiano, que sedimentó su fama durante los años sesenta y setenta del pasado siglo, tal vez haya acabado por pasarle factura en las últimas décadas, pero su obra tiene mucho más que ver con el existencialismo que con el neorrealismo propiamente dicho, que es la escuela donde se lo suele encuadrar. Tormenta de verano es acaso uno de sus más inolvidables, desconocido y más intensos de sus relatos. 

 

En este relato encontramos a un Pavese en estado puro, en la turbiedad de la naturaleza, en la turbiedad del alma humana. Intensidad emocional y belleza.

TORMENTA DE VERANO 

 

A la caseta del “Embarque”, al pie de las colinas, aún no llegaba el sol. Grandes árboles la sombreaban. En la otra orilla, que destellaba inmóvil, aclarado por el alba, se extendían casas luminosas, los suburbios aislados, y en ellos parecía ya media mañana. La barquera, una vieja terrosa, desgreñada, estaba uniendo con un gancho una tras otra las barcas amarradas al muelle, acercando las más sueltas e inclinándose, con la mano izquierda en la cadera, para recoger las amarras. A cada sacudida de una barca al colocarse violentamente entre las otras, los cascos se iban entrechocando uno a uno, chapoteando en la corriente. Por detrás del saco que cerraba el chamizo cubierto llegaban ruidos sordos, crujidos, palabras. Alguien estaba desnudándose. —¿Son vuestras la camisa y las medias de seda? —gritó una voz impetuosa. La vieja alzó la frente, interrumpiendo con aspereza su trabajo. De ciertas nubes rojas más allá de los árboles llegaba un reflejo que encendía el río y le enrojecía el rostro. —Fina también la falda. Son dos, son... —siguió la voz. Apartó el saco y salió un muchachote abotonándose el bañador sobre el hombro. Era bajo y poco musculoso, de cabello rizado, pero muy moreno. —Esta vez creíamos ser los primeros. Pero aquí hace frío —dijo, restregándose los muslos helados y dando saltitos—. Hay que estar loco para sacar de la cama a las muchachas a estas horas y llevarlas en barca. —Están solas —dijo la vieja, volviendo a su trabajo—. Solas y deportistas. Y para que nadie las vea de deportistas les da lo mismo ir molestando a la gente antes de que sea de día. No me han dado tiempo ni a peinarme. Mujeres. —¡Solas! —gritó el muchacho, dando un salto—. ¿Has oído, tú? Tenemos por delante dos chicas solas. Sal de ahí, Moro —se giró—. ¿Y cómo son, cómo son? —¿No han visto las blusas? —dijo la vieja, riendo—. De la camisa a la piel de una mujer, hay poco. —Nada. ¿Quiénes son? —No son clientas. Una, flaca, del color de la paja. La otra hablaba poco, pero ya estaba negra del sol, rechoncha, una deportista que por poco me desfonda la barca al saltar. Y soberbias y desconfiadas. —¿Hace mucho que se fueron? —Una hora. —¿Eran guapas? ¿Qué bañador? —Pregúntale si se han llevado el bolso, Aurelio —exclamó bruscamente otra voz detrás del telón. La vieja guiñó un ojo. —El amigo entiende —dijo burlona. Alzó la voz—: Pueden andar tranquilos. Son mujeres que se pagan ellas mismas la barca. Pero tienen pinta de costar mucho más que una barca. —Según con quién se encuentren —y del chamizo salió el otro, un muchachote huesudo, de grandes pies sucios y manos enrojecidas, que se abotonaba sobre el hombro blanco como el vientre de un pez el bañador caído. Se miraron a la cara él y la vieja, que aún chispeaba de malicia. En el ojo del joven blanqueó una luz mortecina. La vieja lo examinó de arriba a abajo, de pasada. —Novatos, ¿eh? Todavía no han ido en barca este año, por lo que veo. Le respondió Aurelio: —Es mejor él con el remo en la mano que todos los maridos que usted ha echado al Po. Con cualquier remo. Hasta un bastón le va. —No lo he visto nunca, ni pasar siquiera. Así, al verlo, parece más bien mi último difunto después de tres meses de ciática. Da gusto tomar un poco de aire, ¿eh? El muchachote torció los labios y escupió al suelo. Dijo al otro, sin moverse, con la boca y una mejilla contraídas como si tuviese un cigarro: —¿Falta algo? Aurelio apartó el saco del chamizo y salió con un minúsculo maletín que dejó en la primera barca. Luego se metió en ella y, abriendo las piernas, golpeó el casco de través, produciendo un chapoteo tumultuoso en todas las embarcaciones. —No hace falta —gritaba la vieja, de vuelta con el remo de hierro y una pala—. Las achiqué después de que me despertaran esas dos. Sólo hay que montar —y tendió con un gesto de fuerza la pesada pértiga. —Esperemos —respondió Aurelio. La vieja se volvió riendo hacia Moro, que estaba inmóvil, y lo miró, curiosa, de abajo arriba. Dijo hablando con Aurelio: —El amigo tiene aún los ojos bajo del agua. Despierte. Si chocan contra un puente, la avería corre por su cuenta. —Tenga cuidado —respondió Moro— de que no choque contra usted. Y bajó trabajosamente al casco, haciendo tambalear a Aurelio—. Deme la pértiga —dijo con tono frío, girándose—, y suéltenos. La vieja obedeció. Aurelio observaba el cielo. Las nubes rojas habían desaparecido. De pie en popa, Aurelio hundió la pértiga verticalmente, haciendo recular la barca tras empujarla con el brazo. La barca salió insegura de entre las otras, dando barquinazos en la primera corriente. La vieja murmuró un saludo al que nadie contestó, y se volvió al chamizo. Aurelio, de pie con su bañador negro, levantaba y bajaba la pértiga, tanteando el fondo, doblándose para empujar con fuerza contra la masa de agua. Miraba fijo hacia delante, frunciendo los ojos, la plana corriente luminosa. Salió al sol. Moro, tumbado en el fondo de la barca, la llenaba toda. Sus piernas peludas se apoyaban abiertas en los bordes. Se tapó los ojos con la mano. —Hey, Moro, qué buen sol. Moro dijo en voz muy baja: —Para verlo desde aquí.. —Es el mismo en todas partes —replicó Aurelio—. Esta mañana anda acatarrado. Ya verás cuando se vayan las nubes. —Lo malo allá dentro es que el sol sólo sirve para calentarte la celda. No es un sol sino un horno. —Entonces en invierno se estará caliente. —En invierno te hielas y no dices nada. Pero lo malo es en verano, que hace un sol así y, no, señor, hay que tomarlo con chaqueta y pantalón. Sólo te quitas la chaqueta cuando te sacan al patio. No se puede. —¿Por qué no se puede? —No se puede. —Como en la mili, entonces. —Peor. Encierran a un hombre para cambiarle la cosa. Aurelio, inclinado para hundir la pértiga, rió sobre la cabeza de Moro. Alzando la mano y torciendo los ojos, le devolvió la carcajada. —Un detenido quiere decir canalla —prosiguió Moro, tapándose la cara—. Nadie más canalla que nosotros para ellos. Nos dicen que hay que cambiar de vida, y nos encierran como conejos. Si hay que cambiar de vida, venga, echadnos a la calle. Pues no: estás allí dos, tres, diez años, según lo que diga tu cartilla; te pones amarillo, verde, gris, así cambias de vida. ¿Quieres creer que en mi celda había uno que llevaba veinte años? Parecía mi abuelo muerto, y sólo tenía cuarenta. Homicidio. Todo porque se había emborrachado. —Pero están también los alcornoques que se dejan coger cuando no debieran —dijo Aurelio, inclinándose. Moro se sentó de un salto, vuelto hacia Aurelio. —Pero es mucho peor la justicia que nosotros —exclamó agitado—. ¿Por qué no matan a uno cuando lo pillan con las manos en la masa? O cuando tira de un bolso, ¿por qué no le dan una paliza allí mismo, como hombres? Entonces se vería quién vale y quien no. ¿No es cosa de curas tener a uno encerrado durante años? —Te salió sólo un año y medio. —Un año no es nada. Son los días los que se hacen largos. —Moro, antes eras más listo. No has digerido el pan del gobierno. Y la gastritis deja una cara que acojona. Moro rebuscó en el maletín y sacó un cigarrillo. La llama pálida a pleno sol le demacró la estirada piel de los cachetes. Tiró de golpe la cerilla. Aurelio dijo: —Piensa en espabilar y mira bien cuando trabajes otra vez —dijo Aurelio—. ¿A quién se le ocurre utilizar la porra de día? No estás hecho para las tiendas. —Estoy hecho para la barca —exclamó Moro, levantándose de un salto, tanto que Aurelio se tambaleó—. Dame esa pértiga. Aurelio se deslizó con cuidado junto a Moro y le pasó el palo. Luego se sentó y trató de fumar. Moro, con el cigarro temblando entre los labios, tanteó el fondo del río y dio el primer impulso enderezándose despacio. Bianca alzó la pértiga goteante y la barca avanzó bajo los árboles sobre el agua quieta. —Ya no hace sol —dijo Clara. Bianca, con los dientes apretados, se relajó sobre el banco y miró en torno. —El agua está oscura por aquella nube, pero cuando vuelva el sol se pondrá plateada. —¿Lloverá? —dijo Clara. —No creo. En todo caso, estamos aquí para bañarnos. —La mujer del río —murmuró Clara. Bianca miró hacia otro lado para no odiar la indolencia burlona de aquellos ojos. —¿Cómo no te has fijado de que allá en el Po las golondrinas vuelan bajas? —dijo entonces Clara. Bianca se volvió de golpe hacia el río, que discurría tumultuoso en una lengua de sol, delante de la pequeña abertura donde habían entrado. A media corriente se balanceaba, encrespando las aguas, la draga flotante atada a un cable oblicuo, solitaria. —Podríamos meternos allí, si llueve. Nunca he subido a una draga. —No hay un alma por aquí —dijo Clara—. Una vez pasados aquellos pobres areneros, (aunque, ya que se pasan la vida en el agua, podían lavarse), el río es un desierto. Aquí se puede morir uno, o nacer, sin que nadie lo sepa. Pero no por ello —continuó inclinándose sobre el borde de la barca— las cajas de sardinas y los tiestos rotos dejan de hablar de civilizaciones pasadas. De verdad que tu río no es nada serio. El cuerpo sutil de Clara, inclinado sobre el agua verdusca, con su ceñido bañador color limón, arrojaba un reflejo pálido. Bianca la miró con ojos distantes, sin decir nada. Pero luego sonrió: Clara miraba su rostro en el agua, y con el dedo se rascaba la comisura del ojo. —Basta un espejo para poner fin a las rubias malignidades de doña Clara —la voz le temblaba absurdamente. —Entre uno y otro espejo, prefiero el mío. Con él al menos no te sale un banco de pescaditos de la boca. Y no pareces borracha. Y no tienes por aureola una palangana desfondada. Sin darse cuenta, Bianca apretó los puños. Pero se rehízo y estiró los brazos y los dedos entumecidos. Giró la cabeza con voluptuosidad, recorriendo con los ojos el cielo y los árboles de la orilla, detrás de cuyos troncos brillaba una zona serena, abierta bajo los nubarrones. —No te prometí el río de las Amazonas —dijo suave—, pero si llueve lo tendremos. ¿Por qué refugiarse? ¿Hay algo más hermoso que una tormenta por la mañana? —Oye, querida, si quieres bañarte, date prisa. Va a diluviar en un rato y mi bañador teme a la humedad. —Quiero verte beber. —Bianca, ¿por eso me has traído? ¿Para meterme en el agua negra y ensuciarme con el feo lodo y que me muerdan los cocodrilos? Tengo que conservar la piel bonita. Menos mal que tu sol ha sido decente y respeta a una pobre rubia que no tiene más vestidos. —Tonta —dijo Bianca, encogiéndose de hombros—. Esta vida te haría bien, te haría más fuerte y segura de ti misma. —Pero si ya lo soy, por desgracia soy fuerte y segura de mí misma. Necesitaría lo contrario. Me ha costado lo mío, esta fuerza. Bianca se inclinó para desatarse las zapatillas de lona, y escuchando, miraba a Clara de reojo. —Nunca des muchas pruebas de fuerza y dominio propio. Te la pegarían sin escrúpulos. —¿Por qué no dejas esa vida incoherente? —preguntó Bianca, sonriendo. —Es la menos cargante. —Te comprendo —murmuró Bianca, bajito, y metió la mano en la bolsa para buscar el gorro de plástico. Cuando estuvo preparada, se giró hacia Clara que, abandonada en el fondo contra el duro banco, la miraba con una mohín. —¿No vienes, entonces? —Retorna victoriosa. Te aplaudiré… —Nada por aquí alrededor, yo te sostengo. —Tesoro, eres ridícula: estas cosas se hacen con los hombres. Date prisa y no te rompas la mollera. Bianca, tiritando, se metió en el agua, y con pasos inciertos se dirigió a la abertura. Se hundió abandonándose, apretando los dientes. El agua no estaba fría. En el centro del río la draga reía al sol. Se puso en pie chorreante, con el agua a la cintura, y sintió en la espalda el escalofrío de la brisa. Había llegado al ribazo y a los remolinos de la abertura. Ante ella, tumultuosa, pasaba la corriente. El pie se le hundía. Girando la cabeza sobre el hombro en una ojeada que abarcó, a ras de agua, las orillas bajas, la barca —una mancha imprecisa—, las plantas, todo, se liberó de un salto, alzando los brazos y clavando las piernas. Pronto estuvo a gusto en la tumultuosa corriente. Plegó el cuerpo hacia aguas arriba de la draga, en dirección a la colina velada por el sol y las nubes, y hundió el rostro en el agua vivaz. El agua le huía de la boca en los impulsos para respirar entre las brazadas y los suaves manoteos. En el oblicuo camino el equilibrio inestable amenazaba con quebrar la cadencia, y al respirar Bianca sólo veía el centelleante brillo de las gotas. De golpe, hundiendo por última vez la boca fatigada, descubrió las vagas transparencias subacuáticas del sol. Levantó la cabeza. La draga quedaba a pocos metros. Bianca luchaba contra la plataforma flotante para encontrar un apoyo, cuando sobre el agua se deslizó una sombra. Se marchaba el último sol. La brisa fría se hizo más fuerte. Bianca logró subir a la plataforma despellejándose una rodilla. La estructura metálica de poleas y rejillas sucias de arena dejaba una breve franja alrededor. Caminando insegura, Bianca le dio la vuelta y encontró una techumbre de tablas que cubría la maquinaria. Había una gavia de tierra y, en un rincón, sacos doblados. En medio, los tablones se abrían sobre un hueco de agua oscura, borbollante —era el río—, con una cadena de cubos oxidados que colgaba de un agujero luminoso. Bianca salió a observar la corriente que aparecía debajo de la plataforma. Contempló la corriente —de piedras y de palos clavados— del dique que remontaron a fuerza de remos una hora antes, y se acordó de Clara. Fue saltando por el costado de la draga y buscó la desembocadura. Al principio sólo vio una orilla baja y verde lejana y quieta, bajo los árboles susurrantes, luego, detrás de una lengua de tierra distinguió el bañador claro de Clara, que, de pie, agitaba la pértiga. La vocecita chillona gritaba algo en el viento repentino, señalando al cielo. —¡Eh, eh! Aquí hay un refugio —gritó Bianca—. Un refugio. Creyó que Clara la oía, porque sacudió la mano y desapareció detrás de la lengua de tierra. Sordamente lejano, retumbó el primer trueno. Bianca, nerviosa, se quitó el gorro de plástico. Del cielo, donde las nubes asustadas brujuleaban contra los altos vapores, serpenteó un relámpago, como un latido. Bianca apretó las manos contra las costillas, mirando el agua que se agitaba debajo. El estallido se hizo esperar. —Clara —gritó—, hay… Comenzó un retumbo vago que fue tomando fuerza, de eco en eco, cada vez más grande, como un derrumbe. Descargó lejos, con un trueno sordo. Bianca se sonrojó, tranquilizada. En la ciudad llovía, estaba segura. El cielo, aguas abajo, era un horror. —Clara, aquí hay refugio, voy a buscarte —bajo las frías ráfagas que remontaban el río, toda la draga chirriaba sobre su anclaje— ¿Pero dónde se habrá metido esa tonta? —murmuró Bianca, estudiando la orilla baja y los grandes árboles, que se estremecían sobre la silueta calma del horizonte. Allí estaba la barca, que ya salía de la desembocadura. Dentro iba Clara, en el centro, curvada, dando grandes golpes con la pértiga. Pero ya en medio de la corriente, perdió la dirección, empujada por los remolinos y la furia del viento. —Cuidado —gritó Bianca—, o terminarás en el dique —y corría por la plataforma para seguir la evidente bajada. Entonces Clara se puso en pie —Bianca la vio y parecía un canario— y agarró el gran remo de hierro inclinándose al hundirlo para impulsarse. La barca descendía; Clara, sujetaba el remo, lo clavaba perpendicularmente buscando el fondo, pero no lo encontraba y la corriente empujaba más y más la barca sobre el remo, lastimándole las muñecas. —Tonta —gritaba Bianca, fuera de sí—. Mantente oblicua. Deja el remo. La pértiga. Se estaba poniendo el gorro cuando oyó un grito y dejó de ver a Clara, que cayó al agua detrás del remo. Los borbotones desordenados en la cola de la barca indicaban dónde ésta se debatía. En el instante en que se hundió, Bianca se vio casi cegada por un relámpago. En el agua se sintió segura. Nadó frenética, con la cabeza sumergida, sin mirar ni oír. No le llegó la descarga del trueno; no pensó en Clara; se dirigía con todos sus sentidos hacia la barca, a recoger el remo, para así poder rescatar a Clara. Chocó contra el remo con el brazo. Miró a su alrededor entre las salpicaduras y vio a lo lejos algo rubio que espumeaba; vio, por en la otra parte, a ras de la corriente, la barca vacía. “Sin la barca, no la saco”, relampagueó en su mente; y lanzó el remo hacia la barca, pero no la alcanzó, y lo lanzó otra vez. Le pareció desgarrarse la espalda al subirse, desde la corriente, sobre las tablas. Se derrumbó dentro toda dolorida y se agarró a la pértiga. Cuando se giró no vio ya a Clara. Sólo entonces se dio cuenta de que llovía a cántaros. Grandes chicotazos de agua levantaban surcos y salpicaduras en el río. Todo a su alrededor humeaba con el vaporcillo, y le dolía la espalda, caliente aún por la violencia del chaparrón. Clara no aparecía. Había perdido el gorro. Bianca echó hacia atrás la cabeza, liberándose así, de los mechones húmedos que la cegaban, pero tuvo que despegarlos con los dedos, tan empegostados estaban por la lluvia. Se le escapó un grito: —Clara. Toda el agua hervía, desordenada, igual. Enderezó la barca con la pértiga y la clavó contracorriente. Examinó los regueros atormentados y crepitantes, buscando el lugar donde Clara había desaparecido. Las miles de burbujas esparcían una absurda palidez entre el agua y el aire. Entre los goterones de lluvia, Bianca recorrió con la vista las orillas donde todo se desvanecía en un perfil incierto. Estaba sola en el río. Manejó la pértiga con resolución y avanzó a contracorriente, a lo que fuera, con tal de seguir en el agua. Con el cabello metido en los ojos observó que un árbol aislado de la orilla se correspondía con aquel punto. Temblando por la tensión, saltó sobre las ráfagas húmedas, y dejó la pértiga —La mujer del río —murmuró jadeante. Se hundió a lo que fuera, golpeándose el pie. Bajo el agua encontró una gran calma. La masa uniforme y densa, amortiguaba y volvía lejano y enorme cada gesto. Abrió los ojos de par en par en lo oscuro y tanteó, contorsionándose, tanteando con las manos y con los ojos. Sólo veía y sentía el peso del agua. Cuando salió a la superficie, la sorprendieron la luz y la lluvia: las había olvidado. La barca no estaba lejos. Volvió a hundirse y a tantear, con un zumbido en el tímpano, dando débiles brazadas. Volvió a subir y se puso a nadar en dirección a la barca. Subió a ella, desgarrándose el bañador, aupándose con todo el cuerpo. Cuando, con el agua hasta los tobillos, cogió en la mano la pértiga, paseó la mirada desalentada por la otra orilla y le dio un vuelco el corazón. Entre vapores se deslizaba una barca, impulsada por dos figuras en pie, encorvadas, que se dirigía hacia la draga. Bianca se puso a gritar, saltando, agitando la pértiga. La lluvia tibia le chorreaba por la boca. Los otros no se giraban. —Vengan —gritaba Bianca hasta quedarse sin voz. Estuvo a punto de gritar “socorro”, pero se contuvo. Sacó de la bolsa empapada, casi flotando, una toalla y saltó sobre la plataforma agitándola, en medio de la lluvia, sin dejar de gritar. Ellos estaban a la altura de la draga, soltaron las pértigas, se sentaron con los remos y ganaron la draga. Bianca vio cómo uno de ellos saltaba sobre la plataforma y el otro, encorvado bajo la lluvia, le tendía la amarra. Bianca miró de pronto la corriente espumosa que iba llenándose de tierra sucia; luego se sacudió el agua y giró la barca hacia la draga remando con toda su fuerza. Emergió entre la lluvia al ras de la plataforma aquella cabeza de ahogado. —¡Oh! —dijo Aurelio, tumbado sobre los sacos—, mira cómo nos hemos puesto —Moro, que desde el fondo del techado, desnudo, retorcía el bañador, no se giró. —¡Pero si es una mujer! —exclamó Aurelio. La mujer lanzó las manos sobre la plataforma. La barca se le escurría por debajo. —¡Hay una ahogada! —gritó—. Venid a ayudarme. Aurelio corrió a ofrecerle una mano. —Si no sube, usted también se ahogará; Moro, ponte el calzón. La mujer, con su mano en la de él, negaba agitando la cabeza. Humeaba de lluvia como un caballo y tenía la piel bronceada y desfallecida, con brazos y piernas, cubiertos de rasguños. —Se ha ahogado una amiga mía, hay que encontrarla. Hace mucho que la llamo. —Se ahogarían hasta los peces hoy —dijo Moro en la penumbra de la techumbre, cubriéndose con el bañador el peludo vientre. —Suba, suba —repitió Aurelio—. Y tú, tápate. Si fue hace mucho, ya estará muerta. ¿Dónde ha sido? —Allá abajo —dijo la muchacha, medio llorando, señalando la corriente. Quiso soltar la mano—. Allá abajo. —¿Se ha hundido? —No querrás que se ahogue en el aire —dijo Moro desde el fondo. —Suba —dijo Aurelio—. Demasiada agua es mala. Aquí hay una techumbre. La barca está hasta arriba de agua. Moro se adelantó con el bañador pegado al vientre. —¿Dónde dice que ha sido? —Allá abajo, pasado el Sangone —movía los ojos entre los cabellos empegostados, lloriqueando. —Venga al refugio —atacó de nuevo Aurelio, ofreciéndole el brazo—. Si se ha hundido allí, la corriente no la llevará más allá del dique. Sabemos dónde encontrarla. ¿Tenía su edad? —¿Sabía nadar? —agregó Moro. —Y vosotros, ¿sabéis nadar? —preguntó bruscamente la muchacha. Moro se dejó caer en el borde de la techumbre, metiéndose el bañador entre los muslos. Dio un palmetazo en la cadera de Aurelio, que seguía echando el cuerpo afuera para sostener a la chica. —¿Sabes, Aurelio? —dijo con la comisura de los labios—. Son las del embarcadero. Mi querida bañista, sabemos nadar mejor que vosotras, que venís aquí a hacer el idiota en días de trabajo, pero nadamos bajo del agua, no bajo la lluvia. Si le parece, luego echaremos un vistazo. De momento, dejemos que llueva. Deja que ella vaya a buscarla. Aurelio aflojó los dedos indeciso y se enderezó bajo la techumbre, chorreando. Lentamente la barca empezó a retroceder. La muchacha se quedó un instante de pie en plena lluvia, alzando un hombro para rascarse la mejilla. Luego se inclinó, echó mano de la pértiga y se acercó a la draga. Sin hablar se subió a la plataforma, con la cadena de la barca entre los dientes. Cuando estuvo arriba, les dio la espalda y se acuclilló para tratar de enganchar la cadena en una anilla de la plataforma. Con aquellos movimientos descubrió en el costado izquierdo, amoratado, una larga rasgadura del bañador negro y un desgarrón en el muslo, junto al dobladillo. No era la carne bronceada y brillante de las piernas y los hombros, sino algo blancuzco. Tras asegurar la cadena, se inclinó para coger una bolsa de la barca. Aurelio seguía el juego del desgarrón sobre la piel lívida. Sin mirarlo, la muchacha se enderezó balanceándose sobre los pies —era baja y morena como él— y colocó la bolsa chorreante bajo el techado. Luego se sentó a cubierto, a distancia de ambos. Replegando las rodillas sobre el pecho, se apoyó sobre los codos y se cogió las mejillas entre las manos. Permaneció inmóvil, contemplando la lluvia. Toda la draga crepitaba y oscilaba chapoteando en la corriente. Por el agujero de las poleas al fondo del techado se sumergían ráfagas frías que cortaban la espalda. Aurelio, acurrucado sobre los sacos, veía el dorso ancho y desnudo de Moro y los hombros encogidos de la muchacha, luminosos sobre el fondo resplandeciente de la lluvia. —Moro —dijo de pronto, en el silencio—, tápate el trasero, que vas a coger aire. Moro mostró un perfil sonriente. —No está bien ponerse el calzón ante una señorita. —¿Tan guapo te crees? Las señoritas no miran. —Son demasiado educadas para decirte “adefesio”. Aurelio metió una mano en el maletín tirado sobre los sacos. —Moro, ¿quieres un cigarro? —Si no se han ahogado también. Aurelio se levantó y fue a tenderle la cajetilla a Moro, tomando al mismo tiempo un cigarro con los labios. Luego se volvió hacia la chica y se los ofreció. —Fume para olvidar —le dijo. La chica no pestañeó y siguió mirando la lluvia. —Gracias pero no fumo —murmuró Aurelio y se volvió hacia los sacos, raspando la cerilla. —Has visto cómo son las mujeres —decía Moro, raspando a su vez inútilmente—. Todo el mundo a su servicio. Se hacen las valientes y se meten en los peligros cuando no saben qué es el Po y a uno que les razona le miran con desprecio y encima preguntan a uno si sabe nadar. Quien sabe nadar de verdad no deja que otro se ahogue. ¿Qué te apuestas, Aurelio, a que la otra también sabía nadar? Aurelio, airado con la cerilla, la tiró junto al cigarro. Dio unas vueltas bajo la techumbre, inquieto; fue a tantear la cadena de los cubos; se pasó la mano por debajo el bañador para masajearse el pecho aterido, y se sentó por fin a la entrada del tajadillo, junto a la muchacha, a quien Moro miraba de reojo. Dobló también él las rodillas hasta el mentón y luego apoyó en ellas la mejilla. —Las chicas guapas no lloran —dijo entornando los ojos. Bianca se puso en pie de un salto, sonrojándose, e hizo como que se metía bajo la techumbre. Aurelio le tenía cogido un brazo y trató de tirar de ella. Forcejearon. —Tranquila, tranquila, nos conocemos —dijo Aurelio—. Incluso sé que tu amiga era rubia. La muchacha lo miró un instante con ojos ardientes. —Lo he dicho yo —murmuró. Luego, liberándose, corrió adentro. En la penumbra, se volvió: —¿Cómo lo sabe? —Dígame cómo se llama usted y se lo diré —sonrió Aurelio, enderezándose. La muchacha dijo rápida: —Piccone, ¿qué pasa? Estalló una carcajada de Moro, que se palmeó en los muslos. Y Aurelio, sonriendo: —Su nombre, le digo, ¿qué me importa su apellido? La muchacha se quedó cortada un instante, luego todo su rostro se ruborizó y se retorció, como ante un bofetón en plena boca. En ese momento restalló una palabrota de Moro. Se había alzado de golpe y el bañador se le había caído al agua. Lanzándose hacia delante, de rodillas, metió inútilmente el brazo. Entonces saltó, desnudo, a la barca de la chica, con una gran salpicadura, y lo cogió chorreante. Volvió a subir a la plataforma sin taparse. —Capullo, ya estaba seco —exclamó golpeándolo contra una esquina, y avanzó resuelto bajo la techumbre. La muchacha lo vio venir, sin quitarle ojo. Sin apartar la mirada, Moro dijo con la comisura de los labios: —Las barcas están llenas, vete a achicarlas, Aurelio. La muchacha retrocedió. —¿Que dónde hemos visto a la rubia, Piccona? —le soltó Moro en la cara—. Los muertos flotan, estúpida: saben nadar mejor que tú y que yo. ¿Sabes dónde está ahora la rubia? —Moro bajó la voz; la chica le vio los dientes—. Está detrás de ti, en el pozo, tiene los ojos abiertos y las uñas rotas, y te llama, levanta la mano, te coge... —La muchacha se volvió tropezando en los sacos. Moro se rió a su espalda: —. Estúpida —luego le echó mano a las caderas. Aurelio lo agarró de un hombro. —Las cosas no se hacen así, palurdo. Así sólo la asustas. ¿Crees que estás todavía en la cárcel? Yo estaba antes y me toca a mí. La chica se debatía de rodillas. Moro la inmovilizaba, con el puño en la nuca, clavándole una espinilla en los riñones. Volvió de golpe el rostro enjuto y tenso, y se rió mirando a Aurelio. —Te he dicho ya que te vayas a achicar las barcas. La Piccona me ha visto y le gusto. Me quiere a mí. —No debías desnudarte: no es igual. —Seguro que no —dijo Moro, retrocediendo a los esfuerzos de la chica—. Ya podía esperar tu cháchara. Vete a achicar las barcas, que se están hundiendo. La muchacha se abandonó de golpe sobre los sacos, de forma que Moro casi se le cae encima. El cuerpo dócil con el negro bañador desgarrado yació indolente y blanquecino. —La has matado —gritó Aurelio. —Son como los gatos; mueren con solo meterlas bajo el agua. Cuando Aurelio estuvo bajo la lluvia, en vez de mirar a las barcas se puso a mirar la corriente. Amarilla de barro hervía bajo el agua del cielo. Alrededor de la draga se formaban y se disolvían remolinos y más remolinos, bullentes con millones de cascabeles. Alguna rama retorcida pasaba relampagueando, y se hundía de golpe. La draga oscilaba, sacudida por profundos estremecimientos. Aguas abajo todo era gris e incierto, las masas de árboles de la orilla desierta parecían de otro mundo. Se adivinaba al fondo de la corriente el bufido de la espuma que subía sobre la corriente del dique. Las dos barcas estaban hasta arriba de agua; la de las muchachas, medio hundida. Aurelio miró la entrada lateral de la techumbre, chorreante, se lanzó hacia delante y recogió la cuchara de madera que flotaba sobre la barca. Cegado por la lluvia, asomándose desde la plataforma, dio unas paladas rápidas y desganadas. Se retiró, al llegarle de la techumbre un resoplido y un seco sollozo de tela rasgada. Se volvió rápidamente y entrevió en la sombra una confusión blanca. Se sentó entonces en el borde de la plataforma, estirando las piernas oscuras en la lluvia, observando la barca que oscilaba despacio. Allí dentro, el agua era limpia comparada con la del río y se transparentaban las tablas pintadas de la madera clara. No había más que el palo de hierro, la pértiga ya se la había arrastrado la corriente. Oyó maldecir a Moro. No quiso girarse. Luego ruido de lucha y un largo gemido. Después la lluvia otra vez. Aurelio se desabrochó el bañador de los hombros y lo dejó correr hasta la cintura. Luego se tocó el pecho, hinchándolo. El aire frío olía a fango y a hojas. Probó a morderse los labios ateridos y silbó sin lograr modular su silbido. —Aurelio, venga —estalló la voz ronca de Moro—. Joder, con la muerta. Aurelio se levantó de golpe. Moro, al fondo de la techumbre, sentado, apretaba las rodillas contra el pecho. Pero Aurelio no tuvo tiempo de ver a la muchacha tumbada, pues de un salto se levantó y, blanquísima a pesar de los sanguinolentos cardenales, a pesar de los harapos del bañador, atravesó la sombra y, chocándose con Aurelio, cayó al agua. Golpeándose la rodilla contra las tablas, Aurelio rebotó y se giró; en sus oídos resonaba la carcajada de Moro. —Te la ha jugado; ya ves cómo son las mujeres. La muchacha se alejaba. Nadaba atropelladamente, haciendo gran estrépito, casi fuera del agua. Aurelio saltó sobre la barca, que casi se desbordó. Tenía que desatarla. —No te vale así —dijo Moro, arrimándose—, te dije que la achicaras. No hay tiempo. Has dejado que se escape. Aurelio, rabioso, quería tirarse al agua. Moro lo detuvo. —No llegará lejos. Yo canso a las mujeres. Mira. La muchacha estaba siendo deslizada por la corriente. Sin dirección, había acabado en medio del río y sus brazos ya no podían más, levantando pequeñas salpicaduras. Se deslizaba velozmente hacia el dique. —No sabrá nadar, pero lo suyo ya lo ha hecho —dijo Moro. —Pero se está ahogando y yo… —Vuelve aquí —le ordenó Moro, tirándole del brazo—. ¿Te has vuelto majara? No podía salirnos mejor. Ha sido ella misma la que se ha quitado de en medio. Tipas como esa cantan. Aurelio había perdido de vista el punto negro y aguzaba los ojos, asustado. —Ahora sí que da gusto fumar —dijo Moro, entrando. Cuando, pasados unos minutos, Aurelio lo alcanzó y se echó sobre los sacos, brusco, Moro continuó: —Fúmate un cigarro. A la próxima tú serás el primero.

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