SER NUBE

Hace frío. Yo al menos tengo un frío de cojones. Por ahí afuera una nube descoyuntada parece pedir perdón por ser nube. Yo también pido perdón por ser tan nube. Al menos hoy. Ayer. Voy rielando por un cielo enormemente frío. Por eso y porque no tengo demasiado que deciros hoy, os dejo con la continuación de La mano. Con ello se completa la primera parte. Le siguen dos más, pero creo que lo vamos a ir dejando ya.


LA MANO EN EL FUEGO (continuación.4)



A veces he pensado que lanzaba aquellas locuciones afrentosas para así revolverme la sangre y ponerme a cien, pero lo cierto es que Sophie era una amante discreta y desalmada, demasiado obstruida por la pasión de su Saladino y por su resentimiento de clase. En los momentos de conmoción, al cerrar los ojos, yo la sentía volar, volar hacia los lejanos campamentos donde su hombre, a falta de otra cosa, se las arreglaba a solas con una tranca que, de creerla, debiera estar expuesta en el Museo Naval del Ejército Británico, junto al gorrito de Nelson y la pitillera de la Reina Victoria. La mía, mucho más prosaica, tenía, sí, la virtud de transportarla por medio mundo hasta que luego de innumerables vueltas y revueltas a través de los siete u ocho cielos, la postrase ante los mismiiisimos pies de su granadero. Hay que admitirlo, yo no era para ella sino un sistema de transporte, una suerte de aparato transoceánico que ella utilizaba a su capricho, como haría un miembro adventicio de la familia real o un mutilado de guerra. Nuestros furtivos encuentros tenían lugar en la trastienda, a la hora del té, que era, paradojas del negocio, la hora precisa a la que nadie venía a interesarse por el té. Mientras media ciudad sorbía nuestras riquísimas mezclas cingalesas, Sophie y yo nos enfrascábamos en turbulentas y lacónicas sesiones sobre los sacos de yute.

-¿Un té? -preguntaba yo, guiñándole el ojo.

-Pero cortito -replicaba invariablemente ella-. Hoy no tengo el cuerpo para tés.

-¿Te ha vuelto a escribir ese cabrón?

-Ese cabrón es mi novio, no lo olvides, burgués de mierda.

Después de besarnos y mordisquearnos como dos náufragos que se vieran en un islote después de un par de años andando a la deriva, ella se reclinaba sobre los sacos mullidos y buscaba el bulto de mi pantalón como si de él dependieran las cosechas de té y la llegada de los monzones. Date prisa, decía, y separaba sus piernas indicándome el camino más recto hacia sus entrañas. A mí, tanta turbulencia me mareaba y necesitaba tomarme un poco más de tiempo, pero Sophie era taxativa: ahora o nunca, soldado. Me sacaba entonces la polla y desde el aturdimiento y desde esa sensación ambigua del peligro que se cernía sobre nosotros, la barrenaba mientras ella, cerrando los ojos, afilando el mentón, contrayendo los músculos de la pelvis, se afanaba en proferir gritos sordos y telúricos que me hacían temer que los ojos se me salieran disparados de las cuencas, pero justo un segundo antes de que sintiera en el espinazo la evidencia atómica del placer, ella, en un movimiento telepático y cruel, se separaba de mí de un violento empujón, y yo quedaba en mitad de la trastienda, ridículo, flamígero aún, perfectamente aturdido ante tanta vaciedad hasta que toda la materia viva que quedaba en mi interior iba a proyectarse, sin sentido, desconsoladamente contra los sacos.

-¡Qué asco, tú! -concluía-. Limpia eso con una bayeta.

Pero yo estaba demasiado abrumado e incompleto como para ponerme a cavilar sobre asuntos prácticos e higiénicos. Después, como si nada hubiera sucedido, nos acicalábamos y volvíamos a nuestras ocupaciones hasta que el reloj marcaba las siete. Entonces ella, con una estudiada parsimonia, se ponía el abrigo -siempre el mismo- y andaba con un paso sostenido, como de parada militar, hasta la estación de tren. Tenía una cabeza hermosa y unos ojos intensos que, a veces, en los sueños, me perseguían como enormes escarabajos egipcios. Al principio de nuestra relación, la acompañaba con el nada secreto propósito de arrancarle un beso o un fraseo amoroso, pero también en esto se mostraba taxativa.

-A ver si lo dejamos claro. Contigo no paso de follar.

-Pero...

-Mi peque
ño Gerard, no acabas de enterarte. Si quieres una novia, vete a buscarla. Hay millones de tías por ahí dispuestas a zamparse a un Osborn.



Claro que las incertidumbres nunca vienen solas. A mis incertidumbres con Sophie, ven
ían a sumarse mis incertidumbres literarias. Todavía yo, esclavo de lecturas inconexas, derviche en un mundo aplastado y quieto que actuaba sobre mí como un sumidero, vaciándome, limando día sí día también mis resistencias, convirtiéndome en un eficiente vendedor de té, tanteaba en varios géneros narrativos sin acabar de decidirme por ninguno: de una parte, el prestigio social y la herencia de los Osborn me inclinaba hacia un camino serio y, a ser posible, trascendente; por otro, sentía que mi deriva natural me desviaba hacia la creación de atmósferas y, así, el del suspense se presentaba a priori como el territorio menos arisco a mis expansiones verbales. Estaba hecho un verdadero lío, para qué vamos a andarnos con rodeos. Lo que tenía claro era que por cualquiera de los caminos descritos, gran parte de mis aspiraciones consistían en desenterrar a aquellas reinas negras de la noche, persiguiéndolas en la oscuridad, acechándolas ante el espejo, hundiendo sobre ellas el puñal envenenado de la desesperación y de la desdicha y, en definitiva, convertirme en un autor maldito como dios manda o, en todo caso, visionario, bajo las advocaciones de Nerval, Poe o Baudelaire, a quienes trataba de imitar en el ayuno, en la ingesta de hachís, en las noches infernales y en ciertas poses autodestructivas que si bien arruinaban mi organismo, desnudaban y extraían tesoros ocultos de mi alma. Ignoraba que para la conversión de un pacífico vendedor de té verde en un escritor maldito, en un desventrado, en un detritus humano, en un quintaesenciado, lo primero y esencial es contar con una mala suerte a prueba de todo o, en su defecto, tener los santos cojones de envenenar a tu padre con arsénico apenas la primera pelusa se hiciera fuerte en tu bigote; espiar rojo de ira o de celos a tu madre mientras se besa con un repugnante desconocido que, además, se comporta como un asqueroso agente de bolsa o un militar con graduación, puede ser también un camino, no por muy trillado menos interesante; claro, que si uno tiene la suerte de escupir su tisis, su incipiente locura o su acné torrencial sobre un padrastro que te cruza la cara, te mete en un reformatorio o en un navío, arrancándote así del útero de tu madre, uno no tiene más que ponerse a emborronar cuartillas, que eso -eso- siempre acaba saliendo como un obús a la superficie, encabronando a fondo las teclas de la olivetti y poniendo letra a la canción indigerible de la vida. Eso, o encontrarse de golpe en un berenjenal de cuidado, con jeringuillas y cadáveres pudriéndose en el congelador. Pegarse en chirona un par de años -menos es una frivolidad- por un asunto sangriento o una conspiración política es también una buena escuela, pero ya las cárceles han perdido mucho de su viejo prestigio dickensiano y hay quien desde allí ha concluido en un bufete de abogados, recurriendo multas o asesorando divorcios, buscando el acta de nacimiento de un poeta comarcal y ripioso, o, lo que es peor, defendiendo a un ayuntamiento hampón y corrupto. Pero tener tan mala suerte no es algo que uno pueda elegir, como no se elige la estatura o el color de un coche de segunda mano. Así pues, después de acompañar a Sophie a la cercana parada de autobuses, me metía en cualquier pub con la intención de beberme tres pintas de cerveza y un par de whiskys de una sentada y ponerme a eructar como un búfalo. Con el alcohol engolfado ya de mi cuerpo, salía a la oscuridad de Coventry, resabiado como un zorro al que hubieran dado de palos en todos los gallineros del condado. En el fondo no hacía otra cosa que fluctuar, haraganear, debatirme y curtirme en las ciénagas de la duda y la desdicha que no acababa de sucederme, de modo que cada día que pasaba, más grima me daba atravesar a pelo, sin escafandra, los quicios virulentos de un malditismo que tanto había anhelado y que tanto me rehuía. A última hora, mi desabrida Sophie iba a tener razón: yo no era más que un jodido y malcriado hijo de puta burgués carcomido por el complejo de clase, un explotador sin más, un tipo al que la vida había concedido una alfombra para caminar sobre ella, aunque a veces me metiera los dedos en la boca para producirme vómitos. Estaba realmente sorprendido por la forma como me trataba la vida. Desde el mostrador veía cómo todo, desde mis aspiraciones a mis deseos se marchaban por el sumidero de la fortuna y de la disipada vida de un vendedor de té al que, como decía Sophie, sólo haría falta que le pusieran la alfombra roja o le hicieran la ola; mi talento, mis dieciocho años, la oportunidad de ser algo por mí mismo, hacía tiempo que habían emprendido el vuelo... pero aún no había entrado en mí la maldita bacteria de la resignación, aún los lobos de la renuncia no me habían mordido las rodillas. Y así, en esta incertidumbre, en esta vomitera sorda contra mí mismo y contra el mundo, iban pasando las semanas y los meses, y sin que pudiera evitarlo, la marea me seguía empujando contra las costas monzónicas y benévolas de Sophie, donde, por más que lo intentara, los fantasmas personales tenían poca, muy poca tela que cortar:

-Gerardo, cariño, ¿a que no sabes qué?

-¿Qué?

-Que me traen a mi hombre vivito y coleando.

Se refer
ía, claro, a su Saladino, un personaje a quien no tuve la dicha de conocer, a pesar de que sus referencias no podían ser más escandalosas. Un soldado que regresa a casa después de habérselas con el diablo cingalés, siempre es una mina, unas veces para bien (ya se sabe de los beneficios de la abstinencia) y otras para mal, pues con frecuencia en su petate trae a un enemigo mucho más mortífero que el napalm o el ántrax. Fuese como fuese, lo realmente sustantivo era que la vuelta del soldado iba a representar el fin, nuestro fin t, en efecto, tras la llegada de su mercenario, Sophie dejó de frecuentar la trastienda y yo dejé de frecuentar en mi cabeza a Sophie, y la consecuencia evidente de todo ello fue que aquella ameba de escritor que era, aspirante al tenebrismo pompié, no se convirtió en una víctima del bacilo colonial, lo que venía a ratificar la idea de Sophie, de que en el fondo yo no era más que un jodido niño de papá, que se tira a la empleada y que en cuanto barrunta al novio, se esconde detrás de la cortina o llama a los bobys. Cada cual, me decía a mí mismo, acaba por representar su propio papel en la comedia de la vida. Es cuestión de tener la honradez de aceptar el papel que le tiene a uno reservado sin enredar con muchas pataletas. A mí me había tocado el que más odiaba de todos y no sabía cómo hacer para arrancarme aquella máscara cosida con grapas oxidadas a la cara. Como Sophie se preocupó de recordarme cada tarde desde que compartiéramos los sacos de té, yo era la antítesis de su Saladino, aquel muchachote valiente que no temía más que a la declaración fiscal y, en según qué días, al cabo de Buena Esperanza. Mientras él encaraba todos los peligros, confiado en su peine de balas y en un machete de abatir tigres de Bengala, yo no pasaba de ser el típico pequeño burgués rijoso y rompecoglioni que se follaba a una sombra tras unos sacos de té a las cinco en punto de la tarde, en una especie de huida hacia ninguna parte. Eso, un maldito burgués que mandaba a los soldaditos a guerrear por medio orbe para que el negocio del té y el de las galletas de jengibre siguiera siendo rentable y pudiera seguir la hermosa costumbre de pasarnos la tarde haciendo tintinear una cucharilla de plata contra una tacita de porcelana mientras platicamos inocentemente del asqueroso y miserable mundo, una costumbre muy, muy respetable y conmovedora, como se sabe.



Seamos claros, un hombre que le muestra su polla a otro hombre, deja de ser de inmediato un desconocido. En la polla de un hombre se esconde siempre el as del p
óker, la clave de un arco, el enigma de la pirámide. Cuando un hombre enseña su polla, es que está perdido, desesperado o es que espera darle utilidad de inmediato. Entre las mujeres, en cambio, se utiliza el cuerpo como arma arrojadiza, como una manera de marcar territorio, de urdir autoridad. Porque la mujer tiene tantas y tan espontáneas rivales, que de continuo necesita delimitar su propia sombra y dejar bien claro quién es quién en la baraja de la vida y en la tómbola de la reproducción. Si es verdad que el cuerpo habla, sólo la mujer sabe y puede escucharlo. Al hombre, un ser de invernadero, únicamente se le ocurre manifestar su superioridad frente a otro hombre talando árboles, lanzando jabalinas, desfondándose en diez mil cien metros, subiéndose a la copa más alta de un roble, escribiendo una oda de diez mil hexámetros, compitiendo por ver quién mea o esputa más lejos, escribiendo manuales eróticos, rescatando del lodo una copa ridícula con absurdas inscripciones o zampándose quince docenas de huevos en medio de una plaza, ante quince mil tipos abotargados, que en el fondo quieren verlo reventar como un cerdo al que metieran por el culo quince barrenos del quince. La mujer, en cambio, tiene siempre los pies fijados al suelo y tiende a observar tales prodigios de la imbecilidad varonil con una especie de maternal resignación (¡estos romanos!). A una mujer le basta decir aquí está mi cuerpo y todas (todos) se cuadran ante lo que tal expresión pretende significar. Ellas saben quiénes son los verdaderos guardianes de las llaves del templo y si alguna vez hacen como si se dejaran seducir, es sólo para darnos a entender que también nosotros tenemos nuestra frasecita en la representación de la cadena humana. Por eso muestran sus cuerpos y lo restriegan entre sí con un impudor, con una malignidad, con una sutileza, que el varón no comprende, no podría comprender aunque viviese trescientos años. La mujer puede sentirse como una pulga frente a la incontinencia física del universo, pero cuando las cosas se ponen como se ponen, sacan pecho, se plantan sobre sus pies y dicen: miradme, cacho de cabrones, hasta que sepáis cómo va la cosa, sabed quién es la que lleva aquí el timón y el que no esté de acuerdo, ahí tiene todo el mar para él. Tratar de exponer tales teorías a Carlota, hubiera sido tan entretenido y estéril como explicar las normas del criquet al gallo de un botijo portugués. Ella, militante de un feminismo de poco voltaje, pero suficientemente consciente del escarnio, si bien poco dada a discursos filosóficos de tentempié, prefería con mucho las atmósferas de mis incipientes thrillers, y así, atado a su cintura, descendí a los abismos del terror y a las páginas fijas en la revista de mi prima Mary Helen, para quien ella hacía traducciones de serie B francesa.

Porque, pásmense, Carlota, mi anémona Carlota, mi femoral Carlota Melville, resultó que a un año y tres meses de entrar como una enfermedad ósea (deliciosamente ósea) en mi vida, ya escribía impecable poesía en francés (lo del francés, tratándose de una competente traductora de cartas comerciales y de novelas de muchos muertos, no me sorprendía), enamorada hasta los tuétanos de los escritores franchutes del XIX que yo me había tomado la molestia de presentarle. Cuando la conocí, me juró y me perjuró que las letras le importaban un comino y que si yo insistía en embreñarme en los predios de la literatura, muy bien, allá yo, pero que no contara con sus servicios ni como musa, de modo que cuando una mañana, buscando no sé qué factura extraviada, abrí uno de esos cuadernos donde ella anotaba los ingresos y gastos, las citas con el ginecólogo y con el astrólogo, me quedé tan estupefacto como si, de pronto, al salir de la niebla, me hubiera hallado ante una sima del Himalaya, rodeado de hielo y de yetis con ganas de guerra por todos lados. Sentí en mí una sensación extraña, indefinible, que se parecía a los celos sin ser expresamente celos. Como entonces mi dominio del idioma de Montaigne era simplemente nulo, me fue imposible determinar si lo que allí vi escrito era un ensayo sobre las aburridas tardes de domingo, un comentario sobre las percepciones sensoriales del hachís o un simple cuaderno de sueños, aunque el hecho de que su picuda caligrafía, una vez llegada al centro de la página, acaso abrumada por el vértigo, volviera grupas y decidiera recomenzar en otra línea, me inclinó a pensar que lo que realmente ocupaba los desvelos de Carlota, era poesía en francés, el colmo de los colmos, una bomba de relojería depositada furtivamente en mis entrañas.

-Lo sé todo, Carlota.

-Todo qué...- respondió sin sorpresa.

-Que escribes poesía y, además, en francés.

-Bueno, tampoco me he afiliado al IRA, ni pertenezco al servicio de espionaje corso.



Tampoco mi pervers
ísima Nancy pertenecía -que yo supiera- a ningún grupo terrorista de Córcega, Irlanda del Norte o algo que se le pareciera, pero a poco de haberse introducido en mi vida, ya era una pesadilla y una alucinación en toda regla. Todo nos había ido bien mientras me dediqué a buscarle episodios, cada vez más recargados, atléticos e inverosímiles, es cierto, y salvando los legítimos recelos de Carlota, todo en nuestra relación seguía, como se dice, los cauces reglamentarios. Ni yo me inmiscuía en su tórrida vida privada, ni ella me imponía caprichos o situaciones excepcionales. Sus plomeros, anacoretas, gánsters, pintores de interior y hasta asesinos en serie, hacían lo imposible por satisfacer un cuerpo decididamente insaciable. Nancy, como siglos antes el gran Atila, iba dejando sin hierba las praderas a medida que plantaba en él sus tacones de infarto, dejando a sus pobres amantes con la sensación de haber sobrevivido a la devastación de un tornado de Alabama o a un discurso de Castro. Mi prima Mary Helen, que no conocía la verdad del asunto, la creía el hallazgo de su vida y no dejaba de hacerme recomendaciones para que marchara de inmediato a París para hacerle una entrevista de cuatro o cinco páginas. Era, decía, la oportunidad de tu vida. Un escritor como tú tiene que vivir experiencias fuertes, y esta mujer es un polvorín excavado bajo una gasolinera. Yo me mantenía en silencio. Preferiría no hacerlo, decía. Mi prima, contrariada, replicaba con un allá tú, que puedes conformarte con la sopa fría del sexo convencional, tan propio de esos escritorzuelos de cuarta fila, con los que mi prima se entendía. Yo me limitaba a escribir todas las semanas mi historieta reglamentaria y esperaba tranquilamente la invariable llamada de mi prima:

-No te lo vas a creer -gritaba por teléfono.

-Qué pasa esta vez -preguntaba yo, haciéndome el loco.

-Me acaba de llegar otra aventura de la golfa esa.

-¿De la parisina? Y esta vez se lo ha montado con un orangut
án del zoo, ¿no es eso?

-Parece como si te fastidiara.

-Sabes lo que te digo -le dec
ía en un exceso de cinismo-, que yo creo que aquí hay carne con tomate.

-No sé qué quieres decir.

-Que me parece a mí que esa tal Nancy o como se llame...

-Eres tan mal pensado como todos los jodidos Osborn. No sé qué tenéis en la mollera. Estáis podridos. El té os ha secado la sangre.

-No sólo la sangre -añadía lacónico.

-Desde luego, desde luego... A ver cuándo carajo os hacéis transfusiones -y colgaba malhumorada.

El caso era que Nancy se plegaba a sus amantes como yo me plegaba a los cheques que mensualmente giraba mi prima a su nombre. La cosa entre nosotros estaba perfectamente reglada: yo me agenciaba una pasta con sus delirios y sus cosas y ella se procuraba unos buenos maromos a mi costa. Ninguno de los dos tenía, pues, de qué quejarse. Pero todo tiende a su final: muy pocos son los que se conforman con lo que ya poseen y hasta la cabeza mejor amueblada es capaz de saltar de bruces al vacío con tal de atrapar un simple pájaro volandero, que no añade mucho más a su colección de pájaros volanderos. Lo llaman ambición, pero tal vez no sea más que estupidez. Un día te levantas con un rum-rum insoportable en la cabeza y decides dar un paso más allá, y luego otro y otro y otro, hasta que al despertar del mal sueño, estás a un par de metros del abismo y ya no sabes cómo parar... O sí, pero ya no importa.

Y mientras mi odalisca se entretenía inclinada sobre el tendedero, comprobando la humedad de sus braguitas calibraba de reojo, estaba seguro, la importancia cúbica de mi desesperado, atónito amor. Así, con la fría audacia de la actriz que se esconde detrás de la cortina para espiar el diálogo brumoso de dos regicidas, Cindy apareció aquella tarde, y siguió haciéndolo todas las tardes, no bien me había tumbado sobre la cama, sin esperar siquiera a que la máquina estuviera preparada y la bala en el cargador. Literalmente, moría por ella. Jamás había sentido nada parecido. Si Christie me había transportado hacia los predios del placer y me había abierto el camino de la luz interior, Cindy, la cruel Cindy, me hacía embarrancar una y otra vez en los torrentes de la pasión y de la desesperanza. Aún hoy no puedo entender cómo se las arreglaba para llegar cada tarde justo en el momento en que yo, sin poder contenerme más, estaba a punto de reventar por dentro, como una calabaza rellena con quince quilos de trilita. Sea como fuere, suspendía su pecho de la ventana y se ponía a trajinar alegre, confiadamente, entre las prendas, mostrando buena parte del sujetador que la víspera permaneciera colgado de la cuerda, lo que, pueden figurárselo, me ponía a morir. Y no deja de ser curioso que nunca, ni aún la primera vez, la bribona no tratara de fingir un gesto de vergüenza o de pudor. Porque, claro, ella era perfectamente conocedora de qué era lo que se cocía en el interior de aquel vecino infeliz y ojeroso, infectado con el bacilo del deseo y al que ella, para desesperación de pobre adolescente, fingía no ver. Porque para ella, yo era una mera abstracción, unos ojos, acaso una polla y nada, nada más. Miraba hacia mí como quien mira hacia un descampado por el que ramonea un perro, un caballo amaneado, una apisonadora amarilla abandonada a su suerte, pero al mismo tiempo no podía no saber con la precisión de un relojero, que estaba rodeado por cien mil caníbales, metido hasta el cuello en la Gran Olla, cocinándome a fuego lento, sin la menor posibilidad de redención. Cuando lo pienso, al cabo de los años, creo que todo aquel ceremonial no era para Cindy más que un juego, una aventura cruel, un viaje perverso a través de la seducción y de la licantropía. Sí, desde entonces no tengo dudas sobre la existencia de la mujer lobo, capaz de desayunarse diez docenas de rinocerontes y untarse no sé cuántos mandriles con mermelada de arándanos. El caso era que cada día, cada hora, me iba infiltrando un poco más el veneno de la zozobra, el virus de la perplejidad y el señuelo de la melancolía. Infeliz de mí, cada día esperaba que ella diese un paso más y se fuese desprendiendo de su aura vampírica y etérea para manifestarse poco a poco, como las agujas de una catedral ante la niebla. Eso o la desesperación, el vacío absoluto, la lenta demolición de mi adolescencia, que quedaba, como todo, en sus manos. Cindy, mi maestra en el arte de la virtualidad, una vez acabadas sus funciones, emitía una breve e insidiosa sonrisa y se perdía definitivamente en la atmósfera de su cubil, pero yo, exhausto, desangelado, seguía allí, sin poder apartar los ojos y, entonces sí, me quitaba el calzón y me entregaba a su nuevo y descomunal vacío, que se me imponía como una escala más en un aprendizaje que me exigía ciega obediencia y donde la improvisación no tenía la menor razón de ser. Ya había pasado por el calvario del solapamiento entre Christie y Cindy, pero ahora, en plena fase presencial, temía el doble compromiso entre la Cindy Ausente, manifestada a través de su lencería, y la Cindy Presente, materializada, de momento, en aquellos pechos moteados que semejaban la piel de un leopardo o de una corza, lácteos y difusos como los de cualquier presencia que aún no lo es del todo.



Ninguno de los poetas ingleses con los que a partir de entonces compart
íamos tertulias y lecturas entendía del todo una tan evidente disfunción lingüística, máxime si tenemos en cuenta que Carlota, más allá de sus ejercicios laborales, jamás había puesto un pie en Francia, ni la idea de hacerlo le atraía por el momento. Ella era entonces una mujer de pastos corroídos por la llovizna, de tierras permanentemente húmedas, de galletas de jengibre y sirope de arándanos. Los tertulianos creían a pie juntillas que lo del francés se debía más bien a un snobismo entre caduco y gamberro, a una personalidad fluctuante y anarcoide, decadente y mitómana, a una adolescencia tardía que no había encontrado su sitio en las mascaradas y loterías del mundo o en todo caso, a un ejercicio de independencia familiar, una manera de matar al tatarabuelo Melville. Pero Carlota, segura de sí misma a través de una lengua extraña, con la intransigencia de un poeta primerizo, se despachaba semana tras semana con cuatro o cinco poemas recién escritos en francés que a mí, que no los comprendía, me dejaban absorto y desmadejado como si me inyectasen pedruscos de hachís. Al principio creí que la admiración que comenzaba a sentir por la poeta francófona, nacía de un rebrote de mi aventura con Christie. Pensé que lo que en verdad me atraía de aquella veta francófila, más allá de mi locura por su intérprete, era la voz frutal y gaseosa (en cierto sentido, tan parecida a la de Christie), que huía de las pesadas nubes coventrinas que gangrenaban de tedio y oscuridad los poemas de nuestros más bien insulsos compatriotas, ininteligibles también, pero inequívoca, letalmente malos. Claro, que la voz de Carlota, para qué vamos a engañarnos, carecía del misterio de la de mi vieja amiga Christie, pero a cambio, aquellos conceptos incomprensibles, aquellas palabras del todo desconocidas, producían en mí esa extraña sensación que debe experimentar una colilla ante una aspiradora a todo gas. Si me rendí ante aquella poeta primeriza no fue, puede estar seguro, porque me entusiasmase la idea de haber descubierto a una fantástica poeta -habría de sobrevivir luego a varias experiencias olvidables-, sino porque me sentía indefenso hasta la médula ante una voz como la suya y quería por todos los medios entendérmelas con su voz, merendar galletas de arándanos con su voz, hacer batidos de grosellas con su voz, asarme vivo dentro de su voz, ser desflorado y amamantado y decapitado por su voz. Pero tal capricho lingüístico estaba condenado a convertirse en una cattiva sperienza que acabó por desarmarme como un juego de arquitectura en las manos de un babuino, hasta el punto que me hizo perder la fe en mí mismo, incapacitándome en lo sucesivo para ser escritor trascendente o maldito, que eran las dos opciones que hasta ese momento barajaba. Ahora pienso que el empujoncito de mi Carlota hacia el género de terror se produjo ante la interrupción súbita de ambas vías, justo cuando descubrí que Carlota, que escribía endiabladamente en francés, que declamaba en francés y que desde hacía dos me succionaba el cerebro en francés verleniano, follaba en un inglés impecable (incluso en un inglés mucho mejor que el mío, el de un heredero de Lady Godiva y la tradición británica del té) y eso, créame, me dejaba paralizado, como si por la gracia de un infernal bebedizo, me hubiera transformado en un triste muñeco hinchable en manos de una poetisa continental con ganas de morir en el calvario. Todo escritor cachorro que pasa por una experiencia como ésta, siente que la trascendencia lo abandona de un portazo, a la vez que se siente incapacitado de por vida para el malditismo (dónde iba a contar algo así sin mentir ni ruborizarme). Pero fue gracias a la pista francesa de Carlota que me juramenté para abandonar la tienda, la patria y los amigos y cruzar el maldito Canal de la Mancha cuanto antes, pero para eso, querido lector, debía llover y aún tronar bastante sobre Carlota y sobre mí.



Todo, absolutamente todo est
á bien si responde a los números. No sé quién dijo aquello de que cuando el dinero no entra por la puerta, el amor acaba saltando por la ventana, pero acertó. Un día, cuando hacía ya algún tiempo que nuestra relación iba a la deriva, Carlota me preguntó a bocajarro que quién era esa tal Nancy que había descubierto en mis papeles. Después de algún circunloquio, después de una teoría sobre la teoría de la novela, acabé explicándole que Nancy era un personaje inventado y Carlota, ofuscada, se retiró a la ventana para mirar, para mirarse en el paisaje urbano de Coventry. Calló durante un buen rato, pero cualquier amante tiene que saber cuándo hay mar de fondo, cuándo pican los alisios, cuándo calma chicha, cuándo bajamar y cuándo sopla el levante o los mistrales. Y yo sabía que el velero de Carlota, el velero que surcaba los sofisticados mares de Carlota, se balanceaba de manera peligrosa sobre el cielo despejado -¡!- de Coventry.

-¡Pero lo que escribes son estupideces, inmundicias!

-No todo el mundo se despacha de la noche a la ma
ñana con facultades poeeeticas- contesté picado hasta la médula.

-Con que ésas tenemos -concluyó-. No sabía que la cosa te molestase hasta taaal punto.

-Por mí -traté de defenderme.

-Al menos no escribo inmundicias.

-Esas inmundicias, como t
ú las llamas -le contesté- son la mantequilla que cada día untamos en el pan de apio, las entradas para el concierto de Robert Plant o tus tejanos.

Dicho esto, Carlota, mi despechada Carlota Melville, se dirigió a la silla, se quitó los tejanos y me miró con el descaro y con el desafío de quien está dispuesta a coger por las pelotas al monstruo del lago Ness.

-Toma tus jodidos tejanos, ahí tienes.

-Oye, yo no he dicho... No me has entendido... Mira...

-Te he entendido perfectiiiiissssimamente.

-Todo eso lo escribo para comer. ¿Qu
é crees, que me gusta escribir estas cosas?

-Yo no tengo que escribir inmundicias para pagar la mantequilla.

-T
ú tienes tu francés, yo las inmundicias, como las llamas.

-Esto es distinto. Me veo en esa Nancy. Me siento intimidada.

-Pero...

-Pero... ¿Por qu
é entonces no escribes una novela y te olvidas de esa Nancy?

-...

Olvidarme de Nancy. ¿Olvidarme de Nancy? Los mares de Carlota ten
ían esas ocurrencias. Más allá de su improbable parentesco con Herman, su francés angélico o sus pechos de algodón de verbena, Carlota poseía la vitalidad sorda del mar y como cualquier mar, se movía entre lo imprevisible y lo trágico. Dentro, como el hueso en una ciruela o el vino en el cáliz, oscilaba Carlota. Mi Carlota, paciente y generosa, la que me había mostrado los escarpes y las barreduelas del amor, la que me había incapacitado para la voluntad, mi devoradora de instantes, mi poetisa francesa... Carlota. Carlota Melville. Estaría escribiendo ese nombre tres días seguidos y cada vez que escribiera ese nombre volvería a asaltarme el escalofrío, las bengalas redivivas del desasosiego.

-¿Y no te parece que esa Nancy es demasiado impulsiva, demasiado golfa?

-Tiene que serlo.

-Hazle entrar en uno de tus relatos de terror y que sepa as
í lo que vale un peine.

-Lo haré en cuanto consigamos un poco más de pasta -contesté.

-Más te vale.

-¿Qué quieres decir con eso?

-...

La sonrisa g
élida de Carlota me traspasó como el sable de un faquir y durante un segundo me quedé a la deriva, a la espera de nuevos acontecimientos, de nuevos embates. Hubiera querido decirle que a veces los personajes te pillan por los huevos y no hay quien te libere de ellos, pero eso hubiera sido tanto como afirmar que no poseía el control sobre Nancy y que, además de un amante indolente y un escritor fracasado, incapaz siquiera de poner orden en los personajes, pasaba por ser un cachazas que me dejaba dominar por la primera pelandusca literaria que me saliera al paso. Y eso sí que no...

-Te prometo que...

-... le vas a dar pan con tomate.

-¡No jodas!

-Pues yo creo que ah
í, ya ves tú, tienes una buena historia.

Con Cindy todo ocurrió de manera gradual y ordenada. Tanto, que de concebir la masturbación como un desahogo de la edad o una expulsión de espermatozoides -qué quieren, entonces hablábamos así- al Obsceno Reino de la Nada, di en pensar que también ésa era una forma de quedar sujeto a la mecánica celeste, mientras el destino, ese rufián, te organizaba la vida con su impecable metrónomo de jugarretas y esclavitudes. Y así, hubo de ocurrir que una tarde me pudo el desconcierto al abrir la ventana y encontrarme con los tendederos vacíos -¡vacíos! ¡vacíos!- mientras me entregaba a una tensión interior tan formidable que temí no lo soportaran los remaches y las costuras reforzadas del vaquero. Pero, calma, calma, con Cindy todo estaba controlado y bien controlado. Después de cinco semanas pegado con loctite a la ventana, sabía de sobra que Cindy movía los hilos de mi realidad con la destreza de una de estas mujeres alpujarreñas que trajina con las varetas de olivo o de gayomba, al tiempo que mira al cielo profundamente azul, suspirando y pensando quién sabe en qué. Un adolescente que descubre que los hilos que él cree tejer, son tejidos por fuerzas ajenas y elementos extraños a su voluntad, no está muy lejos del destino de Werther, pero todo adolescente debe pasar por ese punto. Fue, qué se le va a hacer, un descubrimiento decepcionante y terrible: no era yo, sino mi desconcertante vecina la que, con precisión milimétrica, verificaba cada uno de los pasos. No se movía una hoja en mi interior sin que ella diese su visto bueno. Las tormentas, las angustias, los enredos de la conciencia, los desarreglos con la realidad, eran cosa de aquella mujer que había llegado a mi vida a través de un vacío inconcebible, para, muy poco a poco, sustanciarse en unos hombros, en un cabello, en la turgencia abrasiva de unos pechos bajo cuya advocación luchaba contra ese mar de los sargazos en el que se debate todo adolescente.

Pero no bien estaba rumiando el desconsolador segundo ¡vacío!, cuando mi reina Cindy atravesó el espacio de la ventana con el solo amparo de la ropa interior que ya me era tan familiar como la bandera inglesa. El corazón me dio un vuelco, pero cuando ya estaba a punto de echarlo por la boca, la figura de Cindy volvió a aparecer, colocándose justo enfrente de mí, de espadas, con la cinta roja del sujetador cruzándole de parte a parte, mientras miraba o hacía como que miraba en el listín telefónico. Durante los siguientes minutos, Cindy adoptó melifluas, anodinas, zafias y caricaturescas poses de anuncio. Yo la seguía inmóvil, con el corazón en un puño, de la misma concentrada absorción con la que un gato hambriento sigue las ensoñaciones de un gorriato en un alero. Después, en un acto que lo decía todo, se acercó a la ventana y en vez de inclinarse sobre el alféizar, como tantas veces la había visto hacer, pareció tentar el vacío, suspiró, inició un movimiento como si algo le hubiera molestado en el hombro y tras rozar la cinta del sujetador, ésta se deslizó indolentemente hombro abajo, y yo, que llevaba ya diez minutos conteniendo la respiración, paralizado, sujeto con pinzas a la escena, me desfondé como si me hubiera tirado tres meses con las manos atadas a la espalda. Ante mi súbita turbación, sonrió, y, sin retirarse todavía de la ventana, aguardó a que me atreviera a iniciar el gesto del discípulo de mago que acaba de romper la bola de las predicciones. Luego, como si nada hubiera sucedido, se separó de la ventana, me dio nuevamente la espalda, tomó un cigarrillo de la mesa cercana, se giró hurtándome el tormentoso perfil de sus pechos y cerró la cortina, dando un final digno al espectáculo. No sé cuánto tiempo permanecí mirando hacia el espectro de un hueco vacío, con el pensamiento flotando en el vacío y la voluntad desaparecida, instalada en el vacío. Quizás pudieron pasar más de dos horas hasta ver que en el tendedero se había posado un petirrojo, con el porte que siempre usan los petirrojos, como de no haber roto nunca un plato.

Después de la inconmensurable Nancy, a la que en un movimiento desesperado dejé flotando en la salsa soporífera de su pez gordo, un tipo verdaderamente viscoso y repugnante, vinieron otras vampiresas temporeras, verdaderas follatrices imprevistas, amas de casa que no querían marcharse al otro barrio sin probar la maza de un persianista llegado de la isla de Trinidad o el atolondramiento de un imberbe vendedor de pizzas dos años menor que su hijo. Pero es cierto ese adagio holandés que dice que el amor es un malabarista ciego, porque acabo de descubrir al cabo de las mujeres y los años, que Carlota, antes de marcharse con su adventista naïf o lo que fuera, me indujo a deshacerme de Nancy (a ella le hice creer que la maté), que fue Carlota Melville, la mujer que en dos ocasiones me devastó el corazón, quien me indujo a asesinarla, con lo que hay que reconocer que el amor no es sólo el malabarista ciego del adagio, sino también una domadora de elefantes con un frasco de cloroformo en una mano y un pistolón mexicano en la otra. ¡Lo que uno está obligado a hacer por amor! Tan enamorado estaba yo de la nieta de Melville, tan ciego permanecía a la prosapia del mundo, que no me di cuenta de que alguien llamaba a la puerta. Se trataba de un tipo fornido y rubianco, con pinta de carnero degollado. Vivía tres números más abajo y poco a poco se fue haciendo un hueco en nuestras meriendas. Cuando lo conocimos estaba, decía, haciendo un cursillo de regresión síquica. El muy capullo quería atrapar la infancia volviéndose a ella. La función no duraba más de un cuarto de hora, pero se veía que el tipejo aprovechaba bien los viajes. Echaba pestes de su padre, un pobre revisor de trenes que se pasaba la semana viajando desde Glasgow hasta Londres y desde Londres hasta Glasgow como cualquier Sísifo moderno. Esta manifiesta animadversión hacia un padre como aquél, me lo hacía especialmente antipático. Todo hombre que se precie ha odiado alguna vez a su padre: no hay, pues, la menor novedad en el asunto. Pero ese momento pasa y uno, tal vez apiadándose de sí mismo, acaba por apiadarse de ese fantoche al que ha cosido a puñaladas, de manera que un buen día acaba de encontrar en él a la figura amable e insustituible del padre. Estos episodios tan trillados quedan en el territorio de la intimidad de cada quisque, de manera que no puedo entender a qué viene joderles a los demás las meriendas y los riñones con este tipo de mercancía personal e intransferible. Es mucho más barato leer a Kafka y a Baudelaire, con la ventaja de que luego te va quedando una biblioteca. Además, qué carajo, un tipo sano de treinta años, ya ha tenido tiempo de dejar atrás esos episodios juveniles. La vida continúa y no hay más remedio que ir aligerando equipaje, si es que queremos llegar a alguna parte. Pero el tipo de las regresiones era, en realidad, un mentecato cuyo único interés consistía en levantarme a Carlota. Si para conseguirlo, había que regresar a alguna parte, se regresaba y punto. Yo me percataba del tema pero era incapaz de imaginar que un tipejo así pudiera presentar el menor interés para una mujer como ella. Si al menos se hubiese tratado de alguien como Danny Sals, que andaba flotando en una buena salsa de libras desde que se hizo soldador en las plataformas de Bahrein... Si hubiera sido un bombero de Cardiff o un dentista forrado en plata, no sé, me hubiera preocupado, pero de aquel alma en pena atrapado en un laberinto interior de chichinabo, ¡por favor! quién podía preocuparse... Aquel tipo no era más que un imbécil con ínfulas metafísicas y parasicológicas, que vio en Carlota la figura de la madre que acaso no había tenido o no se había preocupado de tener. Y yo, claro, le dejé hacer, estúpidamente convencido de que una mujer de la valía de Carlota le tenía que ser completamente inmune. Pero, está claro, uno no acaba de conocer jamás a las mujeres, y menos aún a la mujer de la que se está enamorado hasta las trancas. Es más fácil ganar las oposiciones a cátedra de chino mandarín que comprender a la mujer que uno lleva incrustada como un diamante en el corazón. Para comprender algo tan tan simple, es curioso, he tenido que regresar a Carlota, a los tiempos en que Carlota quedaba a salvo de la parasicología y de la parametafísica.

Cualquiera sabe lo que una frase así quiere insinuar, pero si una frase como ésa se le suelta de sopetón a un escritor de tercera o cuarta fila, lo más probable es que se vuelva majareta y durante días o semanas, según, no reinará en otra cosa más que en cavilarle una encerrona de un par de narices a su Nancy. Pero escribir o pensar semejante historia es una manera de sacar a Nancy de mi vida, la mujer que me había colmado de caprichos gimnásticos durante años y pagado tanto mi independencia como la mantequilla de mis tostadas. Nancy, muy poco a poco, había logrado granjearse una especie de mundo particular, ajeno a mí, pero al que no quería renunciar del todo. Estaba claro que mi verdadero amor, mi amor de carne y hueso, era Carlota, y por ella me hubiera hecho aserrar los dedos de los pies, pero no estaba completamente seguro de que Nancy se hubiera dejado matar así por las buenas, ni que yo estuviera dispuesto a hacerlo, y no porque con el negocio del té no fuese a ningún sitio, o Dios, mal rayo lo parta, no acabara de estornudar sobre Coventry, como se verá en su momento.