LUIS PEREZ INFANTE, ESE POETA DESCONOCIDO


Luis Pérez Infante a su llegada a Chile, 1939
En el repaso que estoy haciendo últimamente de poetas a los que en su momento les dediqué un poco de mi tiempo, hoy le toca el turno a un poeta absolutamente desconocido llamado Luis Pérez Infante, nacido en Galaroza, Huelva, en 1912 y fallecido en el exilio uruguayo en 1968. No hace mucho murió su amigo (y muchos años después mío), el gallego Rogelio Martínez y hace mucho que no sé de Rafaela De Buen, la novia del poeta en esos días infaustos del primer exilio. Conocer a Rogelio y a Rafaela es mi particular premio por haber dedicado tantas horas al desconocido e inédito poeta Pérez Infante. A ambos dedico estas palabras que un día fueron el prólogo a la edición del primer libro de Infante y que luego, ya con más datos, seguí trabajando. Sigue siendo una lástima que la hija del poeta no quisiera colaborar con nosotros en sacar a la luz sus diarios y su poesía americana que quizás acaben un mal día, como tantas cosas en el tacho de la basura. Nosotros hicimos (me refiero a Rafael Vargas y a mí), como era nuestro deber, lo que estuvo en nuestras manos. 
Solamente quisiera decir que  después e nuestro trabajo surgieron dos trabajos mas sobre el poeta: un artículo de Eva Diez en el Mundo de Andalucía y un artículo del valverdeño Jesús Copeiro en su libro sobre el exilio onubense. Digamos además que gracias a Rafaela de Buen pudimos entregar en el archivo de la Generación del 27 en Málaga, el Cuaderno de Toulouse, a ella dedicado y donde aparecen 24 poemas, muchos de ellos inéditos y desconocidos.


LUIS PÉREZ INFANTE, PUREZA,
LUCHA, EXILIO Y COMPROMISO


El exilio literario español surgido de la Guerra Civil Española presenta lagunas importantes que el tiempo no acaba de desecar en su totalidad. Con excepción de ciertos poetas, ensayistas, dramaturgos y narradores cuya obra, ya antes de salir de España era valiosa y considerable (Juan Ramón, A. Machado, Alberti, Bergamín, Guillén, Moreno Villa, Rosa Chacel, Salinas, Altolaguirre, Prados, Aurora de Albornoz, Larrea, Cernuda, María Zambrano, León Felipe, Max Aub, y muy muy pocos más), el resto de los intelectuales exilados eran perfectamente desconocidos por el público español cuando se vieron condenados a abandonar la patria. Es cierto que últimamente se advierte un cierto afán recuperador en la sociedad española, que trata de revisar parte de un exilio que no sólo fue silenciado por el franquismo, lo que podía entrañar cierta lógica, sino por una transición que, heredera de esa etapa ciertamente triste de nuestra historia, se resistió a integrar a la España peregrina en la cultura española y salvo las excepciones apuntadas, el fenómeno del transtierro no ha tenido cabida en la España de la transición y así, una parte importante de nuestra cultura, ha sido convenientemente silenciada. Obvio es que se ha estudiado la obra de sus más relevantes autores, pero hay que reconocer que estos estudios parciales han pasado casi siempre de puntillas sobre el fenómeno trágico del exilio republicano. Muchos son, pues, los intelectuales españoles que, tras vivir la tragedia del exilio, han estado en serio peligro de ser arrumbados por el desinterés y el olvido. En esta reducida nómina cabría citar a personalidades tan significativas como Juan Rejano, Rafael Dieste, Pedro Garfias, Rafael Porlán, César Muñoz Arconada, Juan Chabás, Concha Méndez, María Teresa León o Ernestina de Champourcín. Existe, sin embargo, un tercer grupo muy considerable de escritores, descritos por R. Gullón como los de la generación escindida, cuyo rescate se hace cada día más difícil. Esto es lo que ocurre con Mora Guarnido, Manuel García Puertas, Aparicio, Miguel Prieto, Ruanova... o el onubense Luis Pérez Infante, que apenas si contaba con 27 años cuando se vio obligado a abandonar el país y cuya obra anterior al estallido bélico era mínima, hallándose, además, dispersa en revistas de muy escasa difusión y, en la actualidad, de complicado acceso.

Galaroza a principios del XX
En efecto, Luís Pérez Infante (Galaroza, 1912, Montevideo 1968), es un autor absolutamente desconocido entre nosotros, pese a representar un meritorio papel en el cancionero republicano de la guerra civil y pertenecer a la nómina de colaboradores de El Mono Azul y Hora de España, las dos revistas literarias más influyentes y valoradas de la Guerra Civil Española. Cuando en el mes de febrero de 2001, el almeriense José Antonio Sáez se puso en contacto conmigo para facilitarme algunos datos sobre el autor, nadie por estos pagos parecía tener la menor noticia de su existencia. En Galaroza, su pueblo natal, se había perdido todo rastro de su memoria y en ninguna de las antologías o estudios de la poesía onubense aparecía siquiera la más mínima referencia al autor.
Es por eso que desde nuestra humildad editorial, alentados por el paisanaje, hemos creído conveniente ocuparnos de su caso, en la esperanza de que manos más cualificadas que las nuestras puedan seguir ahondando en el conocimiento de un personaje cuya obra se halla todavía en los ámbitos de lo privado. Después de casi dos años de continuados esfuerzos, investigaciones y algunas inexplicables incomprensiones, sólo nos ha sido posible recoger de su puño menos de una veintena de poemas dispersos entre revistas y periódicos tanto españoles como uruguayos, a lo que habría que añadir algunos interesantes textos críticos que hemos tratado de imbricar en este estudio previo. Estamos en contacto con Montevideo para ofrecer en el futuro, una parte más sustancial de su obra a los lectores españoles.

Infancia y juventud. Galaroza / Cádiz

Galaroza en una foro de época
Luis Fernando Pérez Infante vino al mundo, según consta en el acta de nacimiento proporcionado por el Ayuntamiento de Galaroza, en la calle Nueva de dicha localidad, el 8 de Junio de 1912. Su padre, Zacarías Pérez Pérez, natural de Umbrete (Sevilla) en el momento de nacer su hijo ejercía el comercio en la citada localidad onubense. Sobre el detalle de la profesión del padre, hemos de atender con mucha precaución al relato biográfico ofrecido por su compañero en el exilio montevideano, el granadino Manuel García Puertas, quien en el muy interesante artículo Con vuelo invulnerablei escrito con ocasión del primer aniversario de la muerte de nuestro poeta, refiere que “hijo de un maestro de escuela, pasó su infancia en pueblos de la provincia natal y de Sevilla”. Su madre, Isabel Infante Moreno, era natural de Cumbres Mayores. Por una carta escrita a Rafaela de Buen el día 3 de septiembre de 1939 en París, colegimos que tenía hermanos.
Muy pocos datos podemos aportar sobre su infancia, salvo que parte de ella debió transcurrir en Galaroza, donde acaso comenzara sus estudios primariosii, lo que cuadra con el hecho de que meses antes del golpe de estado franquista, mantuviera contactos con el otro poeta cachonero, Jesús Arcensio, del que sólo le separaban unos meses. El testimonio citado de Manuel García Puertas, parece descartar una infancia larga en Galaroza, pues ya en 1921 lo sitúa en Cádiz, tras haber hecho, junto a su familia, el periplo por distintos colegios de Huelva y Sevilla.
Pocas aportaciones existen sobre su adolescencia, salvo que transcurrió en Cádiz, donde acabó el bachillerato y cursó estudios de Peritaje Mercantil, profesión que nunca llegó a ejercer. Más tarde, en 1931, se incorporará a la Universidad Hispalense donde cursó estudios de Filosofía y Letras, coincidiendo con el jerezano Juan Ruiz Peña y Francisco Infante Florido. Uno de sus profesores será Jorge Guillén, cuyas tesis poéticas abanderarán los tres jóvenes, que pocos meses antes de la Guerra Civil, en la Sevilla pre-fascista, fundaron la revista Nueva Poesía, donde publicaran, entre otros, el propio Juan Ramón, Jorge Guillén, Jesús Arcensio, R. Manzano, José Caballero, Unamuno, Aparicio, Buendía...

La revista Nueva Poesía. Sevilla, 1935-1936

La revista, que sólo pudo editar cuatro números entre octubre de 1935 y mayo de 1936, y de la que se ha ocupado J. A. Sáez en un admirable estudio, refleja las tensiones latentes en la sociedad y las letras españolas del momento. Nueva Poesía tenía su redacción en el número 12 de la sevillana calle Gravina y fue impresa por la imprenta J. Mejías, de la calle Valencia y luego en la imprenta Gaviria (3). Adscrita a la corriente estética del purismo, en el ámbito de Mediodía, la revista se posiciona, junto a Juan Ramón y Jorge Guillén, contra las tesis de “una poesía sin pureza” defendidas por Caballo Verde para la Poesía, revista dirigida simbólicamente por Pablo Neruda (en realidad los directores fueron Altolaguirre y Concha Méndez (4)), que aparece en el mes de octubre de 1935, y de cuyo manifiesto, redactado por Neruda entresacamos lo siguiente:

Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y azucena salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.
Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueño, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos (5).

El manifiesto de Nueva Poesía, redactado por Juan Ruiz Peña, aunque firmado por los editores, se hace eco de la aparición de la revista nerudiana, con cuyos principios estéticos rivaliza:

Ha sido una feliz coincidencia que al salir nosotros esté ya en la calle la revista CABALLO VERDE PARA LA POESÍA, que explica su actitud en un prefacio titulado "Sobre una poesía sin pureza”. Aprovechamos la ocasión para declarar que nuestra orientación poética es muy distinta de la de CABALLO VERDE. Nosotros queremos ir HACIA LO PURO DE LA POESÍA, entendiendo por puro lo limpio, lo acendrado. Y por poetas puros a San Juan de la Cruz, Garcilaso, Fray Luis de León, Bécquer, Juan Ramón Jiménez... (Pudiéramos añadir otros más modernos, recientes). Rechazamos lo impuro, en el sentido de confuso, de caótico. A todo esto oponemos una gran palabra: PRECISIÓN. Nuestra poesía ha de ser -lo pretendemos al menos- poesía de siempre. En una palabra: POESÍA, algo que no se define pero que se intuye.
Creemos que el superrealismo no es sino el Romanticismo de escuela llevado a sus consecuencias últimas, la agonía de ese movimiento. Y CABALLO VERDE, uno de los postreros baluartes de una escuela y un estilo que desaparecen.
Aunque con brevedad hemos fijado nuestra posición. De nosotros dependerá el mantenerla.

Tras el manifiesto, recoge dos significativos poemas de Jorge Guillén (Ahora sí y Las doce en el reloj, luego incluidos en Cántico (6)), ilustrados por Pepe Caballero, para continuar con colaboraciones de Manuel Rojas Marcos, Rguez. Duarte, Romero Murube (provenientes todos de Mediodía), Francisco Infante Florido, Ruiz Peña, Pedro Pérez Clotet (director de la gaditana Isla), A. Aparicio Errere, Seral y Casas (director de Noreste, la importante revista zaragozana), así como textos de Lope de Vega, Gil Vicente o Unamuno. En este primer número aparecen, además, los dos primeros poemas conocidos del poeta onubense: Miramar y Bellver, que si bien delatan a un poeta inclinado a la estética juanramoniana, poseen ya un indudable hálito propio.
El segundo número se abre con una significativa nota autógrafa de Juan Ramón (A “Nueva Poesía”, Sevilla, con mi enhorabuena y mis gracias), así como un poema inédito del moguereño (El ritmo (7)), fechado en 1921. A él sigue un cuento de Muñoz Rojas, así como poemas de Laffón, Manzano, Díaz Crespo, Infantes Florido, José Mª Hernández, Adolfo García, Juan Sierra, Rogelio Buendía o Arcensio. En la sección de críticas, Luis Pérez Infante saluda el envío juanramoniano de Poesía en hojas, para el que no ahorrará encendidos elogios:

POESÍA EN HOJAS.-Juan Ramón Ji­ménez nos ha enviado 19 hojas, plenas de poesía. No hojas de un árbol caídas al aire del otoño. Sí, hojas lanzadas al viento con la generosidad de un árbol fecundísimo, de este gran árbol «lleno de color del mundo» que es Juan Ramón.

«Estoy completo de naturaleza,
en plena tarde de áurea madurez... »

Completo de naturaleza. Áurea madurez. Naturaleza, color del mundo, espíritu. Madurez, madurez, áurea madurez. Juan Ramón nos ha dado esto, primero en libros amarillos; en libros blancos, más tarde; ahora en hojas. El próximo derroche de poesía de Juan Ramón, ¿será desde un aeroplano elevado hasta la altura de su espíritu? ¿Nos donará desde allí sus hojas de poesía?

«Aunque todo lo mío se pierda ¡qué satisfacción haber usado así esta conciencia que la coinci­dencia de mi ser produjo.»

Lo tuyo no se perderá, Juan Ramón. Está ya en muchos espíritus. Estará en el de todos, cuan­do nos envíes desde tu aeroplano tu próximo maná poético.

Estoy viviendo. Mi sangre está quemando belleza.»

Sigue quemando belleza, Juan Ramón, sigue viviendo. Vive, quema belleza. Vive, evapora amor. Vive, funde conciencia. Vive, Juan Ramón, y regálanos de nuevo poemas como es­trellas. Porque,

«El poema debe ser como la estrella, que es un mundo y parece un diamante.”

¡Qué estrellas son tus poemas, Juan Ramón! ¡Qué, diamantes, a la primera lectura! Luz, luz, luz ...

«Chorreo luz: doro el lugar oscuro...”

Luz que ilumina la inteligencia, la sensibilidad; que hace sentir (ver, oír, gustar, palpar, oler) los mundos de tus diamantes.
Juan Ramón: iluminado con la luz de tu Mediodía -de una de las estrellas que nos han llegado con tus hojas -y del nuestro- de este mediodía nuestro, de Sevilla- estoy. Aquí, entre las rosas tristes, otoñales, del Parque, sintiéndo­me dichoso. Porque,

«El hombre debe considerarse dichoso de ha­ber sido contemporáneo de la rosa.»

En la misma sección el escritor de Galaroza fustiga tanto a Rafael Manzano, por su libro Fragua de amor y olvido, como al cordobés Juan Ugart, que en breve editará la revista Ardor, amén de a Josemaría Alvariño, de quien escribe:

También debe ser poco exigente consigo mismo. Con algo de sentido crítico de su propia obra, no hubiese editado Canciones morenas. Se puede ser joven y lanzar un libro, sí, pero con una cierta intensidad poética, a la que se llega generalmente a fuerza de haber roto muchos papeles.

En las páginas finales de la publicación se comentan algunas de las revistas recibidas, entre ellas la segunda entrega de Hoja Literaria, publicada en Barcelona y editada por los animosos Enrique de Juan y José Ferrater Mora. En ella se editará un texto de LPI., que, por el momento, y pese a nuestros esfuerzos, ha sido imposible rescatar.
Especialmente atractiva es la polémica que el propio Pérez Infante (según el testimonio de Juan Ruiz Peña) mantiene en ese mismo número con el oriolano Ramón Sijé, que moriría muy poco después. La polémica, de la que nos ocuparemos extensamente, viene a definir no sólo el carácter ciertamente belicoso del escritor de Galaroza, sino la crudeza de un tiempo en el que las borrascas políticas, sociales y literarias estaban a la orden del día. Dejemos, pues, al lector que saque sus propias conclusiones. El asunto ha sido estudiado tanto por José Antonio Sáez en el citado estudio, cuanto por José Muñoz Garrigos en su artículo El final de una polémica y más recientemente por José Luis Ferris en su citada biografía hernandiana (8). A respuesta de una encuesta del gaditano Pérez Clotet para el número 7-8 de su revista Isla, en torno al interés que despertaba la figura de Gustavo Adolfo Bécquer y el Romanticismo en las nuevas generaciones, el erudito Sijé escribió un texto que desagradó profundamente a los enconados jóvenes de Nueva Poesía, que juzgaban a Bécquer como una de sus referencias ineludibles y a quien dedicarían el 4º y último número de la revista, ya en Mayo de 1936. Pero vayamos al texto sijeano reproducido, en parte, por Nueva Poesía:

Asistimos, en esa manifestación poética del amor, a la destilación platónica de Bécquer; la reducción a la simplicidad, a la simpleza química, el aislamiento, la blanca deshumanización del melancólico Gustavo Adolfo. [...] Huyan los jóvenes auténticos, honrados, dignos, varoniles, sin política, ni secta, ni masonería, [...] huyan de los consagrados y de los inconsagrables. Huyan mirándose a sí mismos: sin contemplarse, sin caer en la mística contemplativa del narcisismo...

En ese mismo número el propio Luis Pérez Infante escribe un artículo programático en el que da fe de su inquebrantable adhesión a la tradición romántica que ve en Bécquer a uno de sus más claros referentes1:

Se acostumbra a ver en lo romántico un producto del tiempo. A mí se me antoja más bien una predisposición natural. Pero, pensando más ampliamente, considero que igual que yo tienen razón los que defienden la hipótesis primera. Y llego a la consecuencia de que se es romántico por temperamento y por educación. En los primeros hay el germen de la Naturaleza; en los segundos, el influjo del ambiente. Romántico por temperamento es Garcilaso. (En estas brevísimas notas no hay espacio para consignar los puntos de vista en que me fundo para esta apreciación). Hubo unos días en los cuales lo romántico producto natural se unió a lo romántico exigido por la época. Y surgió el “Romanticismo”, se formó la escuela que sentía a la manera de los románticos, pero con un método, con una forma dictada “a priori”. Esos días –aparentemente tan libres; en el fondo tan rigurosos- coincidieron con el esplendor de lo romántico. Vino presurosa la decadencia. El empuje natural se fue perdiendo, sustituido poco a poco por la rigidez de la fórmula. A los románticos del Romanticismo –y no es redundancia- siguieron los románticos de educación, y la que un día fue brillante escuela constituyó muy pronto algo así como una enfermedad. Consecuencia lógica –muy exagerada por cierto- es la posición del día; hoy el que es romántico defiende a toda costa el no serlo, siente vergüenza de declararse tal y ahoga la libertad de un sentimiento aun a pesar del libertinaje que impera. Es que los escarmentados del romanticismo que degeneró en enfermedad no comprenden que ese proceso se debe a la imitación de los estúpidos; ni tampoco que se puede ser fuerte, sano de espíritu y de cuerpo, y emocionarse ante una puesta del Sol.

Veamos ahora la respuesta que “anónimamente” (pero sabemos gracias al testimonio de Ruiz Peña que su redacción correspondió por entero a Luis Pérez Infante (9)) reprodujo “Nueva poesía”:

Aparte que destilación platónica es algo así como bombillas educadas, sería discutible -¡y tanto!- el platonismo de Bécquer. Lo que ya no puede discutirse, por ser inadmisible de todo punto, es la deshumanización, incolora que advierte Sijé en el poeta de las Rimas. Hace falta no haber leído un solo verso de Bécquer o ser absolutamente irresponsable para juzgar de ese modo. No podemos admitir que Sijé hable de Gustavo Adolfo sin haberle leído. Creemos que se trata de una opinión lanzada con toda la ligereza que caracteriza el juego ingenioso de las encuestas.

Sin embargo, según la citada carta de Juan Ruiz Peña, reproducida en su integridad en el artículo de Sáez, el litigio parece tener un origen diferente:

Lo que motivó la polémica fue una crítica acerba de Luis Pérez Infante a una crítica de Sijé al libro de Pedro Salinas La voz a ti debida, en la que Sijé hablaba de amor quintaesenciado e incluso de platonismo; todas estas afirmaciones hoy comprobamos que eran falsas, y que la amada de Salinas era real y correspondía a un amor entero de cuerpo y alma. Es curioso, pero el poeta comunista tenía razón frente al católico. Todas estas cosas, pasados tantos años, nos hacen reír, al tiempo que denotan el clima de pasión en que se vivía. Creo que Sijé gritó como un energúmeno en El Sol y que Luis atacó de una manera muy dura e incluso insultó a Miguel Hernández con una alusión garcilasesca: Quién te hizo filósofo elocuente / siendo pastor de ovejas y de cabras.

Sea como fuere, Ramón Sijé contestó en el diario madrileño El Sol en su artículo del 10 de noviembre de 1935, Saber leer, saber comprender, saber falsificar:

Uno práctica constantemente la humildad retórica... Uno quiere evitar que le calumnien [...] Por no saber leer, los sevillanos me llaman irresponsable, ligero, desconocedor de Bécquer. Aprendan a leer, aprendan a comprender -ustedes que quieren ser poetas- el valor cristalino de los símbolos poéticos [...] No saben leer; pero cuando leen inmediatamente falsifican... ocultándose en el anonimato, desprestigiando la honradez inmaculada del pensamiento, falsificando, además. ¿Es acaso de Sevilla el bobo de Coria? Yo les perdono [...] y digo: “¡Una limosna por los pobres cieguitos de Sevilla!”.

a lo que el propio Luis Pérez Infante replica con inusitada dureza en el número 2-3 de Nueva Poesía, de noviembre-diciembre de 1935 en un artículo titulado Saber leer, saber escribir, saber pensar, que reproducimos en su totalidad para mejor entender la fuerte personalidad del onubense:

Con la ayuda de todos los diccionarios, de todas las bibliotecas de Sevilla, concienzudamente, hemos leído el artículo «Saber leer, saber comprender, saber falsificar», que nos dirige Ramón Sijé desde El Sol. Con todos los diccionarios a la vista. Sin ellos, sería imposible descifrar algunas frases del erudito, humanista y filósofo de Orihuela, de este magnífico gallo en crisis plumífera, que no vacila en atribuirse un pensar “puro”, “clarísimo”, “cristalino”. Y que protesta, patalea, gime, insulta y calumnia, para terminar perdonándonos, sin advertir que no perdona el que quiere, sino el que puede. Más le hubiera valido callar, reconociendo humildemente su yerro. Nada más fácil para quien “practica constantemente la humildad metódica”. ¡Pero ya que se empeña...!
Por mucho que nos hable el Sr. Sijé -nosotros no llegaremos nunca al chabacanismo que supone el decir “este Fulano” de “una maduración eterna, manchando de sangre el pensamiento, dejándose dolorosamente en las soledades de las meditaciones y de las cuartillas” y trate de ahuecar la voz para “mantener su prestigio de escritor público”, y, quiera apabullarnos con sus humanidades, todos sabemos que se trata de un mozalbete imberbe, pueblerino (1), pedantesco, por indigestión de letras; por colmo, malhablado. En cuanto a su profesión, no sabemos si será un Salicio (2) o un aprendiz de jesuita escapado de alguna novela de Pérez de Ayala.
Con todo esto, más unas gotas de bilis, cree el Sr. Sijé que no sabemos leer “los graciosos de Sevilla”. Meditemos un poco. Calma. ¿Es que nosotros no sabemos leer o es que él no sabe escribir? Unamuno dijo una vez algo parecido a esto: (3) “Cuando, a la primera lectura, no entiendo un escrito, pienso que yo tengo la culpa; leído por segunda vez, dudo-¿será del autor?-; a la tercera, creo que la culpa es del que escribe”.
Bien podía el Sr. Sijé -que tanto recomienda el diccionario- usarlo menos cuando escribe y pensar con más limpieza. Porque seguimos creyendo -después de varias lecturas con diccionario- que decir “destilación platónica” es tan sucio como decir “bombillas educadas”. Más claro: que D. Ramón Sijé -tan amigo de los diccionarios- jugaba un día con el de la Academia Española. Y, jugando, lo abrió al azar. Hirió su vista Una palabra brillante: “destilación” -¡qué linda!-. Cerró el erudito el grueso tomo, después de manchar con el vocablo la albura de una cuartilla. Y volvió a jugar al “buscapalabras”.
¿Cómo resistirse? ¿No iría muy majo el término “destilación”-ya anotado- del brazo de este otro “platónica”? ¡Ya está!: “Destilación platónica”. Resulta sucio y no diamantino como D. Ramón cree. Tan sucio como “bombillas educadas”. En cambio, sí es limpio decir en un poema “sonrisa azulada”. -Remitimos al Sr. Sijé al segundo poema publicado en Nueva Poesía por Francisco Infantes Florido.­
En cuanto a que D. Ramón pensara en “el caso poético amoroso de Pedro Salinas” cuando escribía aquello de “la blanca deshumanización”, decimos que resulta tan disparatado como si hubiese estado pensando en Bécquer -como creímos nosotros-, no por incapacidad nuestra para la lectura, sino por la falta de nitidez de la prosa “ramonsijeana”. Si pensaba en Bécquer, malo; si pensaba con Pedro Salinas, más malo; si ahora el gallo nos saliera agarrándose al Alberti de Sobre los Angeles, peor. (Cuente, D. Ramón entre sus lecturas indigeridas La deshumanización del Arte, de Ortega y Gasset).
No le negamos al Sr. Sijé sus latines. Sí, su pretendido diamantino pensar. Su pensamiento es tan caótico, tan confuso, como la poesía superrealista, de la que ¡Oh, paradoja!, abomina.
Aprenda a leer, a pensar el gallo en crisis de Orihuela. Vuelva sobre nuestra Página Infantil. Si supiera llegar no a la letra, sino al espíritu de lo que es esa página, no diría que en ella “un Fulano se codea con Gil Vicente, con Lope, con Miguel de Unamuno”.
El Sr. Sijé piensa esto y no se ríe. Tanto peor para sus secreciones internas. Nosotros, en cambio, nos desternillamos.
Para terminar: El comentario a la encuesta de Isla no se hizo “ocultándose en el anónimo”, como dice D. Ramón. De igual manera que el artículo de fondo de un periódico, aunque sin firma, no es anónimo, la crítica, el comentario que aparece en un “papel” -vulgo, revista- tampoco lo son; responden a la opinión de quien -o quienes- lo dirigen. Y nuestra portada habla bien claro: “Juan Ruiz Peña, Luis F. Pérez Infante y Francisco Infantes Florido editan Nueva Poesía”.
Un comentario final: “¡A mí, que me roban y me calumnian!” -iba a cantar el gallo desaforadamente-. Pero convirtió su voz en quejido: “¡Una limosna para los pobres cieguecitos de Sevilla!” (Entre paréntesis, le advertimos que no necesitamos que pida limosna para nosotros, “pobres cieguecitos, bobos de Coria en Sevilla”. Pídala. Y compre con lo que recoja un diccionario más). Y, en confianza, pianísimo, que nadie se entere -nosotros le guardaremos el secreto-: cuando Vd., don Ramón, “atenuó la fuerza vital de la cólera, -fíjese que ha dicho Vd. “cólera”-, ¿fue por caridad, por estos “pobres cieguecitos”, o porque pensó Vd. -por una vez limpiamente- que no tenía qué le robasen?

(1) Sijé habita en Orihuela, la “Oleza” de Gabriel Miró.
(2) “¿Quién te hizo filósofo elocuente / siendo pastor de ovejas y de cabras?” (Garcilaso, Egloga II)
(3) Que se nos perdone la falta de precisión, citamos de memoria.

Tras la publicación de este durísimo texto, en el que se hace una mención envenenada sobre Miguel Hernández, innecesaria a todas luces, porque para esas fechas la relación entre Sijé y Hernández estaba muy muy deteriorada tras el abandono del poeta de las tesis ultraconservadoras de Sijé. Éste replicó en carta privada el 12 de diciembre, recogida íntegramente por José Muñoz Garrigós en su artículo comentado:

Orihuela, 12 de diciembre de 1935.

A Juan Ruiz Peña, Luis F. Pérez Infante y Francisco Infantes Florido.
Editores de Nueva Poesía. SEVILLA.

Muy distinguidos enemigos míos.

Pretendí aclarar públicamente una confusión de ustedes con una nota polémica. Nota de tipo abstracto e impersonal, con algunas inevitables y humanas aristas agresivas. Hoy viene a clavarse en mi pecho de mozalbete lugareño y de cristiano vie­jo la sevillana flecha envenenada. Ustedes atacan terriblemente mi persona y mi honor, dando paso a la espada y a la querella. Mas, yo no juego con fuego. Quiero terminar, calladamente, con esta carta una polémica personal y cruel. Si fui agresivo una vez -dignidad humana en la agresión-, era la congestión del momento. Si ustedes, ahora, sangrientamente me ofenden lo hacen impulsados por la prisa cruel del ataque. La cuestión capital era demasiado sencilla; de tan sencilla oscura. Ustedes habían equivocado el sujeto real de un juicio crítico mío. Si yo hubiese aclarado, simplemente: No me refiero a Bécquer; ustedes hubieran tenido que reconocer su error de lectura y apreciación, sin poder recurrir a clásicas distinciones y sub­distinciones de jesuita. No ha sido así por desgracia. Ustedes ensucian mi persona, mi alma y mi pueblo; sin referirse pura y serenamente a la cuestión originadora de la polémica. Yo he tenido, también, alguna parte de culpa. Reconozcan imparcial y serenamente que yo no me refería a la poesía humana y romántica de Gustavo Adolfo.
Nada más. Sí; una cosa más. La muralla de crueldad que nos hemos creado sólo puede destruirse con un conocimiento real, por ustedes, de mi propia persona. Si algún día nos conoce­mos el equívoco creado se traducirá en una pura trasparencia de amor y amistad. Yo quisiera ser verdaderamente pastor, como lo fue un humano y altísimo poeta de mi tierra llamado Miguel. Lo quisiera ser como Miguel. Pastor; tres veces pastor. “Erudito” metido a pastor, “humanista” metido a pastor y “filósofo de Orihuela” metido a pastor. Con un diccionario de hojas de otoño, con un otoño de pastor nacido en las entra­ñas. Como un pastor “que protesta, patalea, gime, insulta y calumnia” en defensa de una cándida oveja suya. Solamente pastor. Pastor de alturas eternas, de nieves, pájaros y azules. Pastor que oiría con agrado los versos de Garcilaso, que uste­des me lanzan como una flecha envenenada:

¿Quién te hizo filósofo elocuente
Siendo pastor de ovejas y de cabras?

Aquí me quedo con mi voluntad de pastor.
R. S. (10)

La polémica cesó en este punto, porque sólo doce días más tarde (el 24 de diciembre de 1935) la muerte sorprendió al erudito oriolano; hay que pensar, pues, que es este uno de los últimos documentos de Ramón Sijé. Esta dura polémica, para el que no encontramos otro calificativo que el de absurda -escribe José Luis Ferris- tuvo efectos demoledores sobre el cuerpo y el espíritu de Ramón Sijé. Es evidente que la incomprensión que sentía el erudito oriolano en torno a sí y a su revista El gallo crisis, el alejamiento ideológico de su compañero Miguel Hernández y su escasa salud, hicieron el resto en su sorpresiva muerte. Con posterioridad, según recogen tanto José Antonio Sáez como Vicente Ramos (11), los poetas sevillanos escriben una carta en la que presentan las condolencias al padre de Sijé, al tiempo que ponderan la valía intelectual del escritor levantino. Sin embargo la herida abierta entre el círculo oriolano y el hispalense no quedará cerrada del todo, como se desprende de la carta que me envió el propio Sáez, fechada el 16 de enero de 2001, de la que reproduzco el párrafo que aquí nos atañe:

Otro dato que puedo darte acerca de él [se refiere, claro, a Luis Pérez Infante] me lo proporcionó Jesús Poveda, amigo de Miguel Hernández (fue su padrino de boda), casado con Josefina Fenoll, quien fuera novia de Ramón Sijé, en una carta personal dirigida a mí en la que me lo describía con palabras muy duras. Decía haberlo conocido en el exilio del sur de Francia tras la Guerra civil: “Era un poetastro recomido y tuberculoso que no me podía oír hablar de Orihuela ni de Miguel Hernández”.

Desconocemos más datos sobre la relación entre el poeta onubense y el autor de la gran Elegía a Ramón Sijé, pero queda rotundamente claro que hubo de ser tormentosa, por más que ambos coincidieran en sus ideales y adscripciones políticas y en el número 5 de El Mono Azul sus poemas se estampasen en la misma página: Pérez Infante con el romance La venganza del castillo y Hernández con Viento del pueblo, poema que daría título a uno de sus más importantes libros (12).
El último número de Nueva Poesía (el nº 4) aparece en mayo de 1936 y está dedicado a Gustavo Adolfo Bécquer. Ya en la portada Juan Ruiz Peña reproduce una elegía dedicada al poeta sevillano, al que siguen poemas de Infantes Florido, Díez Crespo, M. Rojas Marcos, la rima LXXV de Bécquer (¿Será verdad que cuando toca el sueño...), y otros poemas de Fentanes Merino, Raquejo y el propio Pérez Infante, que incluye aquí el hermoso poema Primavera adscrito, como era de esperar, al más rabioso purismo, al que sigue un artículo encomiástico de Ruiz Peña a la segunda edición del guilleniano Cántico. En su última página se recogen tres mínimas reseñas probablemente firmadas por el siempre ácido LPI. En la última de ellas se comenta el primer y único número de la revista cordobesa Ardor, en la que se recoge el bello poema Otoño, de nuestro poeta, dedicado significativamente a Jorge Guillén. Con el nº 4 se cierra, pues, el ciclo sevillano de Luis Pérez Infante, quedando definitivamente desconectado de sus compañeros, a quienes ya sólo se dirigirá por carta desde el exilio americano.


La Guerra Civil. El Mono Azul y Hora de España

El estallido de la Guerra Civil marca inexorablemente la vida y la obra del onubense. Sabemos con toda certeza que el 18 de julio de 1936, Luis Pérez Infante se hallaba en Madrid, donde opositaba para cátedra de Filosofía y Letras y donde muy posiblemente visitara a Juan Ramón y Antonio Machado, con quienes, sabemos, guarda una estrecha relación. Aprobados los dos primeros exámenes y cuando ya se aprestaba al tercero y definitivo, estalla la sublevación fascista, incorporándose decididamente a la lucha y formando parte de la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura. Por el texto de la mencionada carta de Ruiz Peña a Sáez, debemos creer que Pérez Infante es, con anterioridad a la guerra, un hombre de ideas comunistas, pero en su obra sevillana no encontramos una sola pista ideológica que lo ratifique. Su poesía sevillana se caracteriza por la pureza formal y por una visión optimista del mundo, en la linea guilleniana, que en nada nos permite vislumbrar una posición ideológica cercana a las tesis comunistas. Lo que sí queda muy muy claro es la radical transformación que va a operar en su credo literario la irrupción de la guerra. Basta comparar la textura purista de un poema como Primavera (ver pág 35), editado en mayo de 1936, pero al parecer compuesto en abril de 1936, con el tono realmente atronador del Romance del Arzobispo de Burgos (ver pág. 42) publicado el 10 de septiembre del mismo año.
En el Madrid asediado se relaciona con los más importantes escritores del momento, como Alberti, Neruda, Hernández o Bergamín, al tiempo que ingresa en Socorro Rojo Internacional y en la mencionada Alianza. La Alianza, presidida desde el primer momento por Ricardo Baeza, es una nutrida agrupación de intelectuales unidos bajo la beligerancia común contra el fascismo. Creada en febrero de 1936 (aunque ya existía en otros países de Europa), contó con la especial relevancia del bloque comunista-estalinista, aunque en ella se dan cita otras opciones ideológicas. Su sede estuvo ubicada en la madrileña calle de Marqués del Duero, nº 7, en un palacete abandonado por los marqueses de Heredia Spínola. A finales de julio de ese mismo año Bergamín, que ya era presidente de la Alianza, publica su manifiesto redaccional. Las actividades y la repercusión internacional de la Alianza son considerables. Baste citar la organización del II Congreso de Escritores Antifascistas que se comienza a celebrar en el ayuntamiento de Valencia el día 14 de julio de 1937, con la asistencia de 120 ponentes, entre ellos Malraux, Machado, Neruda, Nicolás Guillén, Gil-Albert, Carpentier, Tzara, Paz, Huidobro, León Felipe, Alberti, C. Vallejo, Corpus Barga... y en la que participa nuestro poeta. Otras de sus actividades fueron la creación de las revistas El Mono Azul -título inspirado por Bergamín- que sale por vez primera el 27 de agosto de 1936 y Hora de España; la publicación del Romancero General de la Guerra de España, el traslado de los cuadros del Prado a Valencia y la creación de Nueva Escena, que llevará el teatro civil hasta el frente como un artefacto de indudable peso ideológico y patriótico, serán otros de sus activos.
Por el trabajo que desplegó durante y después de la guerra podemos asegurar que Luis Pérez Infante fue un activista irreductible y convencido de la causa republicana. Rogelio Martínez nos dice que formó parte de la redacción del semanario El Mono Azul y García Puertas (artículo citado) que simultáneamente intervino en multitud de mítines en el frente y en la retaguardia, con Bergamín, Alberti, Mª Teresa León, Miguel Prieto, Rodríguez Luna, X. Abril, León Felipe, Cotapos, Aleixandre, García Maroto, José Delgado, Serrano Plaja, Lorenzo Varela, Petere, Altolaguirre, Concha Méndez, Chabás... Según este mismo testimonio, en 1937 marcha a Valencia donde sigue trabajando para la Alianza y firma el Manifiesto de la Alianza (13), junto a Ramón J. Sender, Bergamín, Cernuda, Ramón Gómez de la Serna... Bajo la dirección del pintor Miguel Prieto refunda el Teatro de Títeres La Tarumba, de las Misiones Pedagógicas, donde coincide con Felipe C. Ruanova y Rafael Dieste (14) con quienes recorre los frentes, plazas y hospitales, así como los principales teatros de Madrid, Valencia y Barcelona, hasta la finalización de la guerra. Representaron obras de Alberti (Los salvadores de España), Lorca (El retablillo de Don Cristóbal). Ese mismo año, recién llegado a Valencia, interviene en el mencionado II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. A finales de 1937 ingresa en el Comisariado del XVIII Cuerpo del Ejército en la Zona Centro, declinando las plazas de profesor de literatura de Guadix e Igualada. Con posterioridad ocupó el cargo de comisario en la 45ª División, integrada por Brigadas Internacionales, luchando en Aragón, Cataluña y Extremadura, entre cuyos trabajos estuvo el dirigir el periódico Bayonetas internacionales.
Con respecto a su actividad literaria durante la guerra, ya adelantamos que publica versos tanto en la revista Hora de España como en El Mono Azul, donde aparecerá uno de los romances más celebrados de la contienda: el que narra la muerte de Durruti, que es recogido con profusión en los cancioneros de la época y reproducido todavía hoy como uno de los ejemplos literarios más solventes y sobrecogedores de la lucha. No será este el único texto de LPI en El Mono Azul, pues del 10 de septiembre de 1936 al 24 de junio de 1937, aparecerán todavía cuatro piezas más en el semanario: los romances Romance del arzobispo de Burgos, La venganza del castillo, A Madrid y el poema polimétrico La voz de los vivos. El Romance del arzobispo de Burgos, el primero de todos, apareció el 10 de septiembre de 1936 en el número 3 de la revista, ilustrado por Ramón Gaya. Se trata de un romance anticlerical que establece la connivencia de la iglesia (aquí representada por el aguerrido arzobispo burgalés y su corte de frailes) con los fascistas. En él todavía se percibe un tono optimista y pendenciero. La venganza del castillo, publicado el 24 de septiembre de 1936 se inscribe dentro de la misma órbita psicológica e ideológica. Narra la conquista del castillo de Las Navas por las tropas fascistas y la heroicidad de un campesino llamado El Pollero. Lo más interesante del poema es, sin duda, la estrecha relación que el poeta establece entre los héroes de los viejos romances castellanos de frontera y la gesta de los campesinos. El tercer romance se titula A Madrid y se publicó el 29 de octubre de 1936, en el nº 10 de la revista; en él se habla de la heroica defensa de Madrid en relación a un tema que entonces era noticia, como era el tratado de no-beligerancia firmado por las potencias europeas y americanas y al que Pérez Infante se referirá en 1946, ya en Montevideo. El cuarto romance, La muerte de Durruti, se publica el jueves 11 de febrero de 1937. Se trata, sin duda del más conocido entre sus poemas, recogido en diferentes antologías y revistas del frente, donde debió hacerse muy popular (15). El poema entronca con la mejor tradición del romancero español y revela el preciso conocimiento que de él tenía el poeta onubense. Dividido en cuatro partes, es de resaltar el tono heroico que impone a estos versos y que sitúan al libertario Buenaventura Durruti (León, 1896-1937 Madrid) en el plano de los grandes héroes de los cantares de gesta. No importa que los hechos cantados desplacen a la verdad histórica, pues lo que interesa al autor es la exaltación patriótica e ideológica del héroe republicano, que desde el frente de Aragón, corre en auxilio del debilitado frente madrileño, en cuya Ciudad Universitaria halla la muerte el 19 de noviembre de 1936. El cuarto y último texto que el onubense diera a El Mono Azul (Nº 21, Madrid, 24 de junio de 1937) es La voz de los vivos, que se reproduce también en el nº VXII de Hora de España (Valencia, mayo de 1938), junto a otros tres poemas; el texto se publica apenas 4 días antes de la derrota de Brunete; escrito, a diferencia de los anteriores, en verso libre, es un canto a la lucha, o más bien a la muerte heroica. Si los poemas precedentes fueron escritos según las hormas tradicionales del romance y en ellos se advierte el calor del presente, este poema relaja su tono y prefiere situarse en una reflexión no exenta de pesadumbre, que será luego la tónica de los Cuatro poemas de Madrid, publicados en 1938. Cuando Infante escribe este texto ya ha perdido parte de su fe en la victoria (sólo de enero a junio de 1937 el ejército nacional ha tomado ciudades como Málaga o Bilbao y se bate ya en la madrileña Ciudad Universitaria), y se suceden los bombardeos por los barrios populares de la capital española. El poema, pues, responde a un cambio psicológico del autor que comienza a percibir una clara desmoralización ante el futuro de la guerra, si bien sirve de revulsivo para tratar de atajar esa desmoralización interna. En sus versos se habla más de desgarro que de exaltación. En todo caso, el poeta cree en su causa, incluso después de la previsible y puntual derrota. El futuro es, sin ninguna duda, del hombre que ha sabido mantenerse en pie frente a la barbarie, que ha decidido luchar (y perder, lo que sublima aún más su posición de héroe que combate a muerte contra el destino) por los ideales, por la justicia, por la dignidad del hombre. En mayo de 1938, como queda indicado, aparecen otros 4 poemas suyos recogidos bajo el título de Cuatro poemas de Madrid, en el número XVII de Hora de España, revista que se edita en Valencia. Los poemas, fechados en Madrid de 1936 a 1937, son: Estos escombros, La voz de los muertos, La voz de los vivos y A Gerda Taro. El primer poema de este cuarteto es el titulado Estos escombros; construido en endecasílabos, no da la impresión de ser un escrito de circunstancias, sino una visión razonada sobre la barbarie y la resistencia de una ciudad que se niega a doblegar sus rodillas ante el enemigo, por más que ya se intuya que todo o casi todo está perdido. Habla de una ciudad bombardeada y sometida a escombros. En realidad este poema es ya un poema del exilio. El objeto de la lúcida mirada del poeta onubense son los escombros a los que queda reducida la ciudad, pero unos escombros que, a pesar de todo, devuelven dignidad al paisaje y llegan a oscurecer en su verdad necesaria a las nubes y los montes. Se diría que es el coraje y la dignidad los que quedan, desdentados aun, envolviendo, lustrando, gritando casi desde esas paredes rotas, desde esos cascotes que alguna vez fueron vida y que no van a volver a ser habitados. Tras el hondo pesimismo del tema, no deja de manifestarse una manifiesta esperanza. Diríase entonces que la ciudad convertida en escombros, perdida ya para la causa, es un símbolo inmarcesible de la libertad y los ideales más nobles. Los quebrantados edificios, pues, aparecen como cicatrices que, por serlo, se han ganado su sitio en el paisaje y, aún más decisivo, en la conciencia. Nada tiene que ver, como vemos, esta sublimación de las ruinas con el sentimiento barroco de un Castiglione o Caro, que ven en ellas la decrepitud del tiempo y lo azaroso y engañoso de la obra del hombre. No hay aquí nostalgia, ni recreación de un tiempo acaso más favorable, sino una leve esperanza de que por más que la ciudad esté sometida a la barbarie, lo que hay bajo ella, la ilusión del pueblo por un futuro más digno y justo, perdurará más allá de la inminente derrota. La voz de los muertos, el segundo texto de la tetralogía sigue las pautas del anterior. El primer verso nos pone sin sombra de dudas en situación: -comienza afirmando-, porque estamos más vivos que nunca / con la vida gigante del que sabe / morir en pie cuando la Vida ordena. Estamos vivos, viene a decir, porque estamos allá donde la vida nos ha exigido estar. El poema, como el resto de la serie, es un canto a la resistencia heroica y a los anónimos hombres que dejan su piel en pos del ideal. Existe, sí, un tono pesaroso, una intuición de derrota, pero es precisamente en esta derrota donde el hombre, afianza la fe en su victoria. Pues hay una victoria militar ya entrevista, que el tiempo se encargará de convertir en cascotes y una victoria moral que se alía sin duda con los resistentes. Los muertos de hoy, viene a decir, darán vida mañana y, por tanto, no son inútiles ni su sangre ni su entrega:

El momento está aquí. Y allí la prueba:
la muerte y el mirarla pecho a pecho.
...Y lograréis la libertad del mundo
y la impagable vida de los hombres.

La voz de los vivos, poema ya comentado, es el tercero de la serie y, más que un contrapunto al anterior poema, parece su continuación. En realidad la estructura de ambos poemas es la misma, como la misma es la cantidad de sus versos (26), el arranque y la conclusión. No sería arriesgado afirmar, pues, que son dos variaciones perfectamente complementarias de un mismo tema. El último de la serie, pero también el último de los textos españoles que hemos logrado rescatar, es el titulado A Gerda Taro, muerta en el frente de Brunete. Escrito desde la sincera emoción, el poema rinde homenaje a la reportera Gerda Taro (Bucarest, 1910-1937 Brunete), compañera del también fotógrafo Robert Capa. Como en el caso de Durruti, la muerte de la rubia y animosa búlgara, conmocionó a todos los que seguían la guerra, tanto en España como en el extranjero, y su muerte llegó a convertirse en un símbolo de la resistencia. Rafael Alberti en su segunda parte de La arboleda perdida (16), da cuenta detallada de la conmoción que supuso la desaparición accidental de la fotógrafa búlgara, corresponsal de Ce soir, en el frente de Brunete y su traslado en un ataúd improvisado, primero hasta Madrid y luego a París, lugares donde sería recibida como una heroína del anti-fascismo. Evidentemente, Infante elude consignar la causa de su trágico fin, pues, según es sabido, la fotógrafa murió de una forma accidental, al ser aplastada por un tanque republicano. El interés del poema se sitúa en la honda emoción que la muerte de la joven ha producido en el poeta. Todos estos poemas de la guerra forman un corpus épico-lírico de gran intensidad, titulado por el propio Infante como Tiempo de epopeya, según nos revela su compañero García Puertas en el mencionado artículo Con vuelo invulnerable.
Según se desprende del poema dedicado al 90º aniversario del nacimiento de Antonio Machado, publicado ya a final de su vida, creemos que los últimos días de la guerra los pasó en la Barcelona acribillada, donde solía visitar al poeta sevillano:

Cuántas veces, maestro,
siempre que alguno más traza un surco, una estela,
cuántas veces, Antonio, tú que fuiste el primero
en abrir con tus pasos de gigante vencido
el camino difícil
de España peregrina,
recuerdo aquellas tardes,
en aquel caserón con pátina y verdines
-cerca el jardín umbrío-
de la muy leal y acribillada Barcelona.


El exilio. Francia. Chile. Uruguay

En los campos de refugiados del Sur de Francia.
Tras la derrota republicana, se inicia el éxodo más dramático y cuantioso de la historia española. Ni siquiera las expulsiones de los moriscos o los judíos en el siglo XVI, pueden compararse en número o dramatismo con el de la diáspora republicana. Más de medio millón de exilados cruzan la frontera francesa en condiciones más que precarias. Sólo entre el 28 de enero y el 5 de febrero de 1939 se contabilizan más de 250.000. Luis Pérez Infante cruza la frontera el 9 de marzo. Las limitaciones extremas del viaje -el frío, el hambre, la enfermedad, los bombardeos, el dolor, las heridas..., hacen que muchos (recordemos una vez más a Machado) perezcan en el camino o apenas traspasada la línea fronteriza.
El gobierno francés de Léon Blum, insensible o acaso presionado por las fuerzas reaccionarias, fue amontonando a los exilados en campos de refugiados del Sur de Francia y en sus colonias norteafricanas, siempre en condiciones lamentables. Infante, que contrajo la tuberculosis en el campamento tristemente célebre de Saint Cyprien Sur Plage, donde permaneció hasta finales de aquel gélido marzo. Pero sigamos a Manuel García Puertas en su artículo citado: “Pasaron a Perpignan y luego a Toulouse, donde estuvieron a la espera de algún barco de los que Pablo Neruda, por orden de su gobierno, fletaba para asilar en tierras de América a los refugiados españoles. Por fin, ya iniciada la Segunda Guerra Mundial pudo tomar plaza en uno de los últimos de esos barcos”. Antes, Luis Pérez Infante, enfermo, marcha hacia Toulouse y de allí a París, donde se ve con Rafael Alberti y Pablo Neruda antes de embarcarse en Le Havre rumbo a América. En Francia, ya enfermo, entrevé la posibilidad de publicar sus poemas. De hecho, con motivo del 18 cumpleaños de Rafaela de Buen le confía un cuaderno donde aparecen más de viente poemas, alguno de ellos inéditos. En la dedicatoria Infante escribe: “Ahí van algunas de mis poesías -casi todas- que podrían entrar en una selección que yo hiciera, para publicarla, en el momento presente. Con el tiempo estas poesías formarán parte de varios libros, todos en preparación, casi ninguno terminado, y casi todos, todavía, sólo vistos imaginativamente, es decir, que falta lo principal, escribirlos”. Los poemas que forman este cuaderno son:
* Primavera y Flor del camino, de Primeras poesías;
* Poema sin título [“Este lento pasar”] de Tristeza sonreída;
* Sólo tú permaneces, de Secreto Ardor;
* Me falta voz, Estos escombros, Los evacuados, La voz de los muertos, La voz de los vivos, Batallón Alpino, A las juventudes, Voluntarios de la libertad, El idioma no importa, de Me falta la voz;
*La verdad en la calle, de La verdad en la calle;
*¡A la sierra!, Andújar-Guadalquivir, Alta roja estrella, de Canciones;
* Entre la muerte y tu amor, de Entre la muerte y tu amor;
* Antonio Coll, La venganza del castillo y La muerte de Durruti, de Romancero de la Guerra.
Rafaela conserva, además otros cuatro poemas que no se hallan recogidos en el cuaderno: “En Soller”, “Raquel”, “Las afinidades electivas” y “La voz de la nieve”.
Rafaela de Buen, 1939
En París se reúne con su novia Rafaela de Buen, a quien había conocido en Toulouse en abril de aquel mismo año. Es ella la que nos relata que Luis utilizó sus últimos francos en el regalo de un barco en miniatura para Neruda, en agradecimiento a sus favores. Ambos, Rafaela y Luis, se enfrentarán a su exilio definitivo ligeros de equipaje.
Ante la situación extrema de los refugiados, que se agravaba con la situación de preguerra que se vivía en Europa, el gobierno español en el exilio, con Negrín al frente, acordó con los gobiernos de México y Chile fletar algunos barcos de refugiados hacia ambos países; entre los más conocidos están el Sinaia, que se dirige a México y el Winnipeg y el Formosa, que tendrán como destino Chile. Según nos cuenta Neruda, tanto en Confieso que he vivido, como en el articulario Para nacer he nacido, la partida de los exilados españoles hacia Chile fue bastante accidentada. El gobierno chileno, con el Frente Popular recientemente instalado en el poder y Pedro Aguirre de la Cerda como presidente, convino con el español de Negrín acoger a 2000 de los refugiados. Pablo Neruda, cónsul en París, fue el encargado de coordinar los embarques, sufragados por la república española y -¡.!- los cuáqueros norteamericanos. Días antes de la prevista partida del primero de los barcos (el Winnipeg, un viejo carguero que en sus mejores tiempos trasportó cacao) se produjo un cambio de parecer en el gobierno chileno y a punto estuvo de no zarpar, pero a última hora, ante la presión de Neruda, que amenazaba con poner la situación en manos de la opinión pública de sus país, la cuestión se resolvió y el Winnipeg, que esperaba en Trompeluop, muy cerca de Burdeos, se fue cargando con 2078 españoles, entre hombres mujeres y niños, que iban llegando al muelle en trenes atestados, como nos describe el poeta chileno en el citado Para nacer he nacido:

Los trenes llegaban de continuo hasta el embarcadero. Las mujeres reconocían a sus maridos por las ventanillas de los vagones. Habían estado separados desde el fin de la guerra. Y allí se veían por primera vez frente al barco que los esperaba. Nunca me tocó presenciar abrazos, sollozos, besos, apretones, carcajadas de dramatismo tan delirante.

Luis Pérez Infante, seriamente enfermo, se embarcó en el Formosa, según sabemos por el artículo citado de Manuel García Puertas, y luego corroborado Por Rafaela de Buen, su compañera de viaje, junto a otros 49 exilados, entre los que se encuentran José y Joaquín Machado, hermanos de Antonio. Según nos refiere Rafaela: Desde Le Havre [13 de septiembre], el primer puerto al que llegamos, después de diez días, fue Casablanca, pero nadie pudo bajar del barco. Después hicimos escala en Dakar, donde sí pudimos bajar. Y fue interesante, la primera vez que pisé suelo africano (no sé si Luis ya lo había hecho, creo que no) por la tarde, cuando desde los alminares llamaron a la oración, pudimos contemplar cientos de personas, en las calles, en la plaza, cumpliendo su ritual, acostados en el suelo. También el barco se detuvo en Río de Janeiro, pero sólo pudieron bajar algunas personas que tenían pasaportes "de verdad". Los que teníamos sólo un documento provisorio no pudimos. Y después ya Montevideo y Buenos Aires (e-mail, del 8/2/2010).
De este viaje tenemos un documento excepcional, que es el relato que de él hizo la propia Rafaela de Buen, titulado “Jueves 14 de diciembre de 1939", de su libro Teselas para un mosaico, publicado en Santiago de Chile en 2004, por RIL Editores. La travesía del Formosa tiene caracteres novelescos, pues al avistar Punta del Este (Uruguay) el 13 de diciembre de ese mismo año, el barco fue utilizado como cebo para retener al Graff Von Spee, un acorazado alemán, que sería autodestruido en las mismas costas uruguayas ante el acoso de tres buques ingleses. Pero sigamos íntegramente el relato de Rafaela:

Jueves, 14 de diciembre de 1939

Esta mañana, al entrar al puerto de Montevideo, pasamos a pocos metros de distancia del acorazado alemán Graf Spee. Hacia su proa veíase claramente la estructura perforada, un gran hoyo que ahora dejaba pasar la luz, por el camino abierto ayer por un proyectil. Grandes rasgaduras en la superficie de su blindaje, varios impactos en la línea de flotación, destruido el puente de mando y uno de sus aviones, desprendida la cola, dañado su fuselaje. La cubierta llena de marinos (dicen que son más de mil) de blanco impecable; al pasar nuestro barco, el Formosa, agitaban manos y gorras, saludándonos. Con alegría, no parecían enemigos. Alguien dijo que ayer, treinta y seis murieron y que los heridos eran más de sesenta. Hace apenas unas horas debían estar al lado de los cañones, en medio de las voces de mando, mientras a su lado caía el compañero, el amigo. Deben haber visto nuestro barco durante el combate con los tres cruceros británicos: el Exeter, el Achilles y el Ajax, que era nuestra escolta. Ellos estaban en guerra. Nosotros no. La nuestra ya había terminado.
Ayer por la tarde, estábamos jugando en la cubierta superior cuando la alarma rompió la paz con su sonido estridente. Creo que nadie se asustó. ¿Cómo asustarse con ese cielo tan azul, con ese silencio del mar, con esa costa tan cercana, con ese mundo nuevo que ya se tocaba con las manos? La guerra la habíamos dejado atrás, atrás también esos primeros días de la travesía, desde Le Havre hasta Casablanca, en un convoy – barcos chicos y grandes – acompañados por unos buques de guerra que nos pasaban, que nos esperaban, que nos volvían a pasar, incapaces de ponerse al ritmo, a la velocidad de los barcos más pequeños. En Casablanca ya nos dejaron solos. Se dijo que no tan solas, que el Atlántico aun era peligroso, podía haber submarinos acechándonos y nuestro barco era francés y Francia estaba en guerra.
Los dos cañones de nuestro barco parecían un poco ridículos, quizás eran de la guerra pasada. ¡Ha habido tantas guerras pasadas! Mientras atravesamos el Atlántico, por aquello de los submarinos, permanecieron siempre a la vista, igual que las barcas de salvamento que colgaban de sus soportes, hacia fuera de la cubierta, listas para ser lanzadas al agua al menor peligro.
Al acercarnos ya a las costas de Brasil, a su verdor inesperado, parece que nos sentimos seguros: los cañones se taparon con lonas, las barcas volvieron a su lugar de reposo y las cuerdas con las que las amarraban se iban llenando de nudos.
Me gusta el mar. También le tengo miedo. Soñaré muchas veces que muero en el mar. Llevo puesta la pulsera de nácar que me compré en le Havre con los francos que me dio en París mi abuelo, creyendo que en Chile podría necesitarlos. Pero cuando entre con Lucas [Luís Pérez Infante] a esa tiendecita y compramos el barco que él quiso regalarle a Neruda, yo vi la pulsera y me enamoré. El nácar viene del mar, el mar está en la infancia junto al abuelo y la pulsera será mía: él me la regaló sin saberlo. La compré, y entre el barco y la pulsera, lo gastamos todo. ¿Para qué, el dinero? ¡Éramos jóvenes!
La alarma no paraba. Se añadieron voces. Había que buscar los salvavidas, reunirnos en nuestros puestos, frente a la barca que se nos asignó en los ejercicios de salvamento. Tomábamos conciencia. Además del cielo sin nubes, además del sol, se escuchaban los cañonazos; muy cerca de nosotros y de la costa uruguaya, de la que aún no conocíamos sus nombres. Punta del Este, Punta Ballena, Piriápolis. No pudimos saber que, desde la costa, otras personas, sorprendidas como nosotros, también presenciaban el desarrollo del combate, también miraban el humo de los fogonazos, oían hablar a los cañones, dejaban de ver por momentos los buques ocultos bajo espesas cortinas de humo.
Poco a poco la información. Que el barco ese que veíamos bastante cerca era un acorazado alemán, el Graf Spee, que por varios meses navegaba, como corsario, por estos mares y que había apresado a varios mercantes aliados. Que los otros tres eran cruceros británicos tratando de darle caza y que debían acercarse peligrosamente a él, ya que sus cañones eran de menor alcance. Nosotros estábamos más cerca, pero ¿ qué protección esperar de nuestros débiles cañones?
Apresuradamente se sacaban las lonas que los cubrían, apresuradamente marineros cortaban con navajas los nudos que ellos mismos hicieron para amarrar las barcas... Nuevas órdenes. Todos debíamos ir a la parte del barco sin ver al enemigo, creo que a estribor, era el mandato. Algunos obedecieron: por los niños, por sensatez, por miedo. Otros seguimos mirando. La curiosidad, la inconciencia tal vez, la incertidumbre de estar ante algo que no nos estaba destinado contemplar.
El sol desapareció, la oscuridad se encendía con las explosiones, con las llamaradas, con gritos que no se escuchaban. Después silencio. Tan sólo unos reflectores iluminando la costa, queriendo encontrar al enemigo que se escapaba, ya cerca de la entrada al Río de la Plata, puerto seguro ofrecido a su desamparo.
No se parecía a los bombardeos de Barcelona. En realidad, no daba miedo. Sólo sorpresa, estupor, lejanía. Faltaba el ruido de los aviones y la duda, mientras el ruido se acerca de si vendrán directo a nosotros. No escuchábamos el silbido de la bomba que viene cayendo y que mientras silba puedes saber que no ha caído todavía y que quizás, quizás, todavía puede ser para ti. Y que cuando cae sabes que esta vez no fue pero que puede haber sido para alguien que conoces y que aún habrá otra más, y otra más.
No sé qué hora es. Esta noche de inesperados resplandores Alejandro no estará de humor para hablarnos de las estrellas. Será la penúltima noche. El Viernes llegaremos a Buenos Aires y de ahí, el tren a Santiago. ¿Dónde quedarán los cielos profundos, las constelaciones. Tauro, las Pléyades, Aldebarán, Orión, y Géminis. El brillo de Sirio, la emoción contenida al ver, por primera vez, la Cruz del Sur….
Presencia de estrellas que ya no existen… extraños conceptos, años, luz, infinito, la nada, ¿acaso seremos nosotros sólo un reflejo? ¿cuánto tiempo durará nuestra luz ?
No sé la hora porque hace días tiré mi reloj al fondo del mar. Después de marcar muchas veces decidió pararse. No puedo saber que aún me quedan muchos relojes que comprar. Me gustó verlo hundirse y saber que se quedaba en ese mar, ya vacío del tiempo, en el camino que me conducía a mi nuevo mundo, a una nueva vida. O que me alejaba de mi nuevo mundo, de una vida que pudo haber sido mía, y que ya no lo sería.

El Formosa atracó no en Chile, como estaba previsto, sino en Buenos Aires el 15 de diciembre, aunque la expedición de exilados seguiría camino hacia Santiago. En un e-mail (7 /02/ 2010), Rafaela resume así el periplo argentino: “Los argentinos no nos trataron muy bien; subieron a bordo policías que nos ficharon a todos, fotografías de frente y de perfil, formularios con muchas preguntas y la prohibición absoluta de descender a tierra. Incluso recibí la visita de Jimenez de Asúa, amigo de mi familia, y a quien mi abuelo había escrito anunciándole mi paso por Buenos Aires y tampoco pude bajar con él. // Desde Mendoza, si mal no recuerdo, hasta Punta de Vacas o Las Cuevas, nos trasladamos en varios taxis, que por cierto manejaban por la izquierda, a la usanza británica. Camino de cordillera, con innumerables curvas. Y después, de nuevo tren, Estación Mapocho, Santiago”.
La llegada de Luis Pérez Infante a Chile se produjo, pues, en los primeros días de 1940. Sin pérdida de tiempo es hospitalizado de su enfermedad pulmonar en el centro El Peral, a las afueras de Santiago, donde pasará sus próximos 18 meses, para incorporarse con posterioridad al Movimiento Chileno de Apoyo al Pueblo Español y más tarde como secretario de redacción al periódico La verdad de España.
De Chile pasa a Argentina, país que lo verá deambular durante un breve período, hasta que a finales de 1946 se instala en Montevideo, reclamado por el PCE, para hacerse cargo del semanario España Democrática, del que fue director hasta 1956, año en el que las enfermedades vuelven a minar su salud. En la ciudad oriental, que ya no abandonará, salvo para pronunciar conferencias sobre el drama del exilio español, desplegará una indesmallable actividad política y cultural, vinculado tanto al partido, cuanto a La Casa de España, dirigiendo el CCCL Aniversario de El Quijote. En el semanario España Democrática, coincide con Rogelio Martínez y Manuel García Puertas, memorias vivas de nuestro exilio uruguayo y a quienes debemos muchos de los datos de su transtierro. En Uruguay da clases particulares y consigue volver a montar la compañía teatral La Tarumba, con la que ponen en marcha, entre otras, la obra La niña Guerrillera, de Bergamín, exilado en Uruguay por esas fechas. En los últimos años de su vida trabajó como vendedor de libros para la editorial Aguilar. Como señala el republicano granadino Manuel García Puertas en la interesantísima nota que antecede al poema Antonio Machado en el 90º aniversario de su nacimiento, colaboró en la Revista de los Viernes de El Popular, donde llegó a publicar 5 poemas, cercana ya su muerte; por esta nota sabemos que tras un largo silencio, en sus últimos años reemprendió su vocación poética, escribiendo un libro que pensaba titular Las raíces y romances de alba cierta, que permaneció inédito y del que adelantamos algunas de sus composiciones. Perfila, además, dos largos poemas: Me mires como me mires y las soleares Saludos a Bergamín en el exilio. Además escribe un poema dedicado al Che, leído el 23 de febrero en La Casa de España de Montevideo, junto a Daniel Viglietti. Ésta es, según Puertas, la última de sus intervenciones públicas. En todo caso, hay que advertir el significativo silencio que se opera en el poeta andaluz en los primeros años del exilio. Tal silencio hay que achacarlo, primeramente a la enfermedad pulmonar que padeció en los últimos momentos de la guerra, agravada por el éxodo y las condiciones lamentables que le esperaron en Francia, pero una vez establecido en América, Luis Pérez Infante consideró mucho más importante trabajar para la causa republicana, en la esperanza de que la dictadura de Franco pudiera caer en cualquier momento, de un día para otro. Sólo cuando, tras innumerables decepciones, acepta que el retorno de la legalidad institucional en España es imposible, Luis vuelve a sus escritos. Sus textos uruguayos denotan su recio compromiso ético y su fidelidad a los principios que le hicieron salir de España. Sencillez, hermosísimo texto, nos coloca curiosamente en la corriente estética del purismo juanramoniano.
Su vida, según el testimonio de Rogelio Martínez, estuvo dedicada a la lucha por la libertad y la democracia, a la poesía, a la familia y a sus amigos uruguayos y españoles. Casado con la activista y actriz Luisa Cataldo, tuvo una hija, Tania, quien guarda memoria de su padre, fallecido el 29 de abril de 1968, cuando ya el régimen franquista, tocado de esclerosis, se disponía a su disolución monárquica.
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La nueva literatura ante el centenario del romanticismo. Publicado en la revista Isla, hojas de arte y letras, núm. 7-8, Cádiz, 1935, dirigida por Pérez Clotet. Edición facsímil de José María Barrera, pp.167-168).
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