CARLOS MUÑIZ ROMERO



En esta especie de recordatorio, acaso un poco vintage, por los que han pasado Arcensio, Requena, Grosso, Bergamín, Delgado, Vargas y otros, hoy damos el nombre de Carlos Muñiz Romero, uno de los más finos prosistas andaluces de la generación de los narraluces (y más allá). Muñiz Romero, nacido en Rosal de la Fra. en 1928, donde da nombre a una plaza, se crió en Jabugo y Galaroza, de donde procedía su familia. Fue allí donde aguzó el oído y lo puso a recordar. Sus hábitos jesuitas le han llevado por gran parte de la geografía española y americana. Como prosista se lo suele adscribir a los narraluces, movimiento al que precisamente le da nombre en los efervescentes '70 del pasado siglo. Es autor de dos novelas, Los caballeros del hacha, premio Ángel Ganivet, ambientada en Perú y El llanto de los buitres, ambientada en La Palmas, dos novelas redondas, imbricadas -sobre todo la última -en las corrientes narrativas de los 70. Había una mítica tercera novela, El Gurumelo, que acaso quedará para esa curiosa y no menos interesante historia de novelas inacabadas. Su obra se completa con media docena de libros de relatos, género en el que debe ser considerado uno de los grandes cultivadores. De él escribí cierta vez: “Conocedor exhaustivo de Andalucía, ha conseguido transmitir en sus cuentos y en sus novelas el pálpito, la atmósfera vital de esta tierra. Cultivador de un estilo rico y de muy singular viveza, minucioso y siempre lleno de tensión narrativa, que combina rara habilidad el humor con la tragedia, la obra de este singularísimo escritor de cuño y retranca cervantina, entronca, como le he escuchado alguna vez, con el ingente caudal de la literatura oral, un caudal que él conoce y cultiva como nadie”. Es un escritor pegado a la tierra, con un sentido del humor muy sutil que entronca, junto a cierto sentido de la dignidad humana, con los mundos cervantinos y chejovianos, por donde tan bien transita el alma humana. En fin, uno de mis maestros, uno de esos autores a los que siempre he leído con interés y al que regreso con frecuencia.
Os dejo con un relato que publicó con Huebra, La contrabandista de Jabugo, donde yo creo que se dan muchos o casi todos los elementos que hacen de Muñiz ese gran cuentista que es. El cuento le dio título al libro que abría nuestra colección, junto al libro de Vargas, La plenitud fugaz de la mariposa.

Obra:

  • “El llanto de los buitres” (Barcelona : Edic. 29, 1971)
  • “Los caballeros del hacha” (Granada : Universidad, 1971). Editado en 2ª ed. en Sevilla por María Dolores Domínguez Blázquez.
  • “Relatos vandaluces” (Sevilla : Secretariado de Publicaciones de la Universidad, 1973)
  • “Cachorro muerto” (Sevilla : Aldebarán, 1974)
  • “Abderramán aupado a un dromedario y otros relatos cordobeses” (Córdoba : El Almendro, 1982)
  • “El sacamuelas en el dolmen y otros relatos por Huelva” (Córdoba : El Almendro, 1985)
  • "Delirio póstumo de un Papa y otros relatos de clerecía" (Bilbao : Desclée de Brouwer, 1998)
  • “La contrabandista de Jabugo y otros relatos de La Sarra” (Huelva : Asociación Literaria Huebra, 2000)










La contrabandista de Jabugo


Filosofaban banalmente sobre lo viejo que es esto de morirse y lo nuevo que seguirá siendo dentro de mil años; dialogaban a rachas, por un instinto de defensa contra el tormentón lejano, que se oía de cuando en cuando, agazapado en los baldíos. Gaudiosa la del Filomeno recogió sosegadamente la mochila de café; la angarilló sobre sus hombros, para aguantarla con el cuello. Se escurrió entre los jarales. Quiso creer que recordaba aquel arroyo de la Vega Amena desde los juegos de su infancia. Sobre la peña, dulce por el limo, justo donde anoche, aunque más humanamente, calmara la sed un lobo, se había tendido siglos atrás Viriato para beber y enjuagarse una herida. Podría dudarse de la historia; pero allí estaban las manchas de sangre, mágicamente conservadas, como dijeron los pastores, y lo achacaban al frío. Puedo aportar, aunque no pruebe, lo que mi tío el cazador me contó sobre el hallazgo de una lápida de mármol en una mina abandonada del tiempo de los romanos, cuya inscripción testificaba en romance que allí yacía Viriato. Quise cerciorarme, mas el relato se le fue a lo de las varias minas que decía haber descubierto en sus innumerables cacerías, y cómo las había denunciado, aunque sin suerte, y que había un monte en Alájar que tenía tanto hierro que atraía siempre los rayos. Tal vez, alguno lo compruebe, aunque, en el fondo, da lo mismo. Toda leyenda triste es verdadera; y más, si ya está muerto quien te la contó. De todos modos, bajes a la profundidad que bajes, siempre que buscas mineral, te encuentras con que ya habían pasado los romanos por las vetas, como en todo lo andaluz. Y uno se pregunta qué instinto o técnica los hacía atinar con lo soterrado.
Apretaba la tormenta, desperezándose duramente como un retortijón. Reventó la granizada. Gaudiosa la del Filomeno miró hacia atrás, por ver si localizaba a los hombres de su cuadrilla contrabandista; pero, con el granizo, no logró divisarlos. Rebotaban furiosamente los blancos duros; se desconcertaban como un átomo o una galaxia de polos repentinamente cambiados. Hacía un bochorno extraño, y la capitana de los contrabandistas se echó hacia atrás el cuello de la camisa hombruna para sentir la humedad de la lluvia sobre el pescuezo sudoroso.
Metió la mano hacia las mollas del hombro, e intentó adormilarse. Luego, sacó un librito de papel de fumar, la petaca; lió el cigarro muy por lo fino v lo engomó. Comprobó cómo la mochila de café se había reventado junto a un pezón, desgarrada por algún espino o los rebordes de un risco. Echó algunos granos de café sobre una piedra, y se entretuvo con la esperanza de que algún granizo alcanzara a alguno de los granos y lo aventara en carambola rusa. Pensó remotamente en su marido, muerto hacía quince años.
Lo del rayo es misterioso, y borra toda su historia. Nacida, cincuenta años atrás, en una casilla de peones camineros, pasó de niña fea a hermosa adolescente. A los dieciocho años, su fama de belleza se había extendido por la Sierra. Casi todos los coches, aunque escasos entonces, se paraban a preguntar algo, por ver si la veían. Sospechosamente, a los autobuses de línea se les calentaban casi siempre los motores de tal modo que el conductor se detenía para pedir un cubo de agua a la muchacha. Poco después, se casó con un contrabandista de Jabugo, que tenía la manía de que a él lo perseguía un rayo. Tuvieron una hija, que para el padre fue póstuma. Dos meses antes de nacer la niña, estalló la tormenta, y el atemorizado contrabandista se refugió en la mina de los romanos. Allí lo encontró el rayo.
Una viudez tan joven y tan llamativa, despertó la caridad de muchos hombres, que se acercaron a la casa, uno a uno, disimulando el viaje, apenas acabó el entierro. Ella los fue recibiendo, y esperó a que todos estuvieran hablando del fútbol y de la montanera. Trajo un poco de café y se lo fue sirviendo en cada taza en vilo, porque eran unos doce y la camilla muy pequeña, con lo que se arrimaron a la candela de la chimenea. Cuando pasó el azúcar, también de contrabando, dio un golpe seco sobre la camilla con una ristra de ajos, y peroró dulcemente:
-Una está ya al cabo de la calle, porque han sido muchos coches y mucho hervor en los motores de los autobuses, desde que una tenía quince años. Así que, de pésame, nada. Ustedes vienen a ofrecerse para ayudarme, y vienen en comisión, como los de “La Alcancía” de Galaroza. Yo no lo necesito para vivir, porque algo tengo con el contrabando; y lo que me falte, me lo prestarían en el «pósito». Así que ustedes vienen a otra cosa, y quede claro que el que quiera hacerme rica tiene que aflojar ochocientos mil reales. Por lo de los bienes gananciales, se lo dicen ustedes a sus mujeres; que, si no, voy a ser yo quien se lo diga, por ver si están de acuerdo.
Y se lo dijo a algunas de ellas, y la cosa corrió por el pueblo; de modo que, el domingo, faltaron muchos tíos a misa, temiéndole al cura que sustituía al párroco enfermo, y que era uno de esos famosos «curas de retemblío », que apisonaba con sus sermones. Pero el presbítero debió olerse algo, porque alguien le informaría de la guasa que se traía Gaudiosa, y que esa mujer era decente y todo había sido una broma. No dijo nada en la homilía. La historia se fue olvidando, y más cuando Gaudiosa se fue a vivir al campo. Poco a poco, se inició en el negocio del contrabando, al recordar el modo cómo su suegro había sacado un capital, aunque luego el picarón lo tirara con las mujeres y con el juego, que hasta se murió de un infarto ante el tapete verde. Semejante tipo había dejado el contrabando personal, en jaca, hasta Portugal, y había organizado una cuadrilla de segundones, que le traían la mercancía desde La Línea de la Concepción o desde Ficalho y Lisboa, mientras él se estaba en su casa tan tranquilo o se dedicaba a las juergas.
Gaudiosa fue más prudente, desde luego. Acompañaba en las incursiones a Portugal a sus contrabandistas. Se fue haciendo hombruna, ante el desconcierto de quienes la admiraron tiempo atrás. Llegaban a pensar si no sería puro teatro, ya que ante algunos carabineros seguía funcionando femeninamente, y así se ahorró la cárcel y salvó bastante mercancía. Pero todos se equivocaban. Extrañamente, aquella mujer se había hartado un día de tener responsabilidad sobre sí misma. En tres o cuatro largos días de aislamiento por la nieve, sin que vinieran los contrabandistas, y con su hija en el colegio de Aracena, examinó su propia historia. Desde niña, había respondido instintivamente a la caricia y a la ofensa. Se preguntó que porqué esa servidumbre. Había personas más exquisitas que ella, más simpáticas, más enfermas; gentes que se merecían su atención, esa atención que malgastaba en sí misma. Decidió desinteresarse de sí, llevarse simplemente a sí misma como una «roulotte» o la jardinera de un tranvía. En febrero de ese mismo año, le avisaron que había muerto en Fregenal su tío Alipio. Ella no se preocupó de recoger la parte de su herencia, por mucho que le insistieron en que la perdería. Ni siquiera les dio una explicación sobre lo que ya tenía decidido de no menearse más en la defensa de los derechos que le correspondieran a esa eterna Gaudiosa a la que autosoportaba. Y ese desdén hacia sí misma se transformó en desdén hacia todos esos individuos de este género humano, tan preocupado de sí mismo. Los perdonaba siempre con un perdón frío, de clase por correspondencia. Como si, más que perdón, fuera ignorancia, sentimiento de no pertenencia a lo de ellos, cierto odio ecuánime. Simplemente, los olvidos. Se cortó el pelo como un hombre, y se dio a fantasear sobre los grandes logradores, como el inventor del tren o el moro Almanzor, de quien se sentía secretamente enamorada. Obviamente, aunque en sueños, se figuraba al caudillo musulmán ataviado con una sábana brillante y con el pelo retrepado en muchas ondas pequeñísimas, la cabeza romana y hacia atrás con suficiencia, el tronco grande y fajado, y todos los complejos de españolito en el andar de piernas cortas. Para ser Almanzor o Diego Corrientes, valía la pena haber nacido y aun preocuparse de sí mismo; lo mismo que ocurría con el que inventó la luz eléctrica. Ese Almanzor sí que estaría seguro de ser Almanzor y de que valía la pena serlo; no necesitaba soportarse, cada latido era un hallazgo de sí mismo. Estaba Gaudiosa tan convencida de ello que, a veces, por la noche, presentía en el brazo esos latidos; pero, irresponsable de sí misma, acabó por no enterarse. Incluso, a rachas, rezaba por su difunto Fulgencio, muerto de un rayo, o por su hija. Nunca hizo oración por sí misma, pues le sonaba a idolatría, aunque no supiera esa palabra; ella decía «superstición», pero en el fondo era lo mismo. De ahí quizás le vino aquella famosa valentía con que desafiaba, por los montes, los tiros de los carabineros. Realmente, Gaudiosa no se importaba.
Enajenarse de sí misma, no le ahorró preocupaciones. Cuando la hija se le hizo moza, se perturbó con la misma manía del rayo que había tenido su padre. La muchacha estaba convencida de que los rayos estaban contados y eran siempre los mismos, y a ella la buscaba el mismo rayo que electrocutó a Fulgencio. Dio en decir tonterías a su madre, como el que convenía que los astronautas blanquearan la luna, y no para ahorrar energía con el aumento de la luz, sino sólo por el gusto que sentirían al pintarla. Y, además, que todos mirarían hacia la luna y se olvidarían de sus miedos; y hasta los rayos apuntarían para otra parte. Su lenguaje era rudimentario, a pesar de los estudios; o sea, certero. Pero una noche, de luna fina y turbia como una página de Bécquer, se encapotó rotundamente el cielo, y estalló un tormentón. La muchacha se fue a la mina romana para esperar el rayo familiar; pero no acudió el rayo a la cita. La recogió Gaudiosa aquella madrugada, empapadas ambas por el temporal. Desde entonces, y cada vez que Gaudiosa sentía la tormenta, echaba a correr hacia su casa, para evitar el desavío. En eso estaba esa noche, junto a la piedra de la Vega Amena, donde Viriato se había lavado las heridas.
Al reagruparse la cuadrilla, dudaron en si buscar, trocha abajo, las aguas del Odiel o las del Guadiana, porque estaban en la cima misma de la divisoria. Escampó en el descampado, y aquel silencio frío bajo las estrellas los desamparó definitivamente. Tiraron hacia El Quejigo por el alcornocal, pero no entraron en la aldea. Iban hacia la querencia de sus casas, como una bestia recién parida, velozmente y sin dudar ni una pisada. Entraron en Jabugo por el barrio viejo, con luces de penumbra, ralas bombillas que no llegaban ni a candiles, como si toda la energía la consumieran los focos con que se iluminaba el trabajo de los estibadores en el enorme pozo nuevo que construía el ayuntamiento. Escondieron las mochilas de café en uno de esos pasadizos subterráneos que abundan en todo pueblo de contrabandistas, y que, en su mayoría, habían sido construidos por el suegro de Gaudiosa. Tres de los hombres se volvieron hacia el pozo y les rogaron a los trabajadores que les dejaran incorporarse al destajo, sin cobrar peseta alguna; sólo como coartada, porque la guardia civil estaría alerta. Allí se enteraron de la estafa que había cometido un antiguo miembro de su banda: le había cobrado a una viuda mil pesetas, para traerle una mochila de café desde Portugal, y se había quedado en su casa escondido, saliendo a los tres días con el cuento de que los carabineros le habían incautado la mercancía, abandonada precipitadamente cuando huía de ellos.
A la mañana siguiente, decidieron vengar la ofensa, que dejaba en mal lugar la proverbial honradez de los contrabandistas. Subieron la calle Cabezuela, con Gaudiosa al frente, montada en una jaca. Bajaba calle abajo el monaguillo tocando la matraca, que había recogido en casa de Lance el carpintero, pues eran vísperas de la Semana Santa. Con el extraño ruido, se espantó la bestia, que tiró al suelo a Gaudiosa; y salió corriendo calle abajo, hasta arrollar al hermanal de Sisardo, uno de los contrabandistas, y allí quedó el niño muerto.
Cuando se recuperaron del susto, siguieron su camino hasta la casa del estafador. Gaudiosa, en el zaguán, prohibió que nadie se atreviera a sacar la navaja. «Te ha salvado un niño», le comunicó al traidor. Todos entendieron que no se refería al niño atropellado por la jaca, sino al monaguillo. En modo alguno se podía cargar con otra muerte, el mismo día, la memoria del inocente que, con la matraca, había provocado la tragedia. Obligaron, sin embargo, al estafador a devolver las mil pesetas o a traer otra mochila en el espacio de dos semanas. Después, se fueron a sus casas; por la noche, al velatorio del niño muerto.
Tras el entierro, Gaudiosa se volvió al campo. Su hija estaría ya nerviosa por la tardanza de su madre. Sería mejor que ignorara la tragedia del chiquillo, pues era muy impresionable. De ahí las prisas de Gaudiosa, aumentadas por el convencimiento de que las nubes romperían en tormenta. Efectivamente, apenas pasó El Almirón, sintió cómo lejanamente se desmoronaba el primer trueno. Supo, sin embargo, que la tormenta se acurrucaba en otro valle, puede que hacia La Nava o iba camino de Cortegana. Encontró a su hija sentada ante el bastidor y haciendo encaje de bolillos, tranquila al parecer. La muchacha se sacó de la boca uno de los alfileres, lo incrustó en uno de los agujeritos del cartón que envolvía el bombo con el dibujo del encaje, y le dio un beso a su madre, cuando sintió su cara cerca. Preguntó si había muerto un niño, por el repique de campana chica.
-Quizás. No hemos entrado en pueblo.
Olía a puntas de costilla asadas. Comieron en silencio. Se echó a descansar Gaudiosa, pues su hija se ofreció para el fregado. Del sueño, la despertó el reflejo de una luna pálida y sola, como pintada por el Duccio. Una bandada de pájaros se evaporó de un alcornoque, hizo la ronda en espirales blandas, volvió del contraluz enmadejando su copo de espejuelos, que se esponjó en el ramaje. Aquellos árboles estremecían los menudeos de su perfil de estaño, hasta cuajarse a solas; hasta, de nuevo, los ángeles del Buonisegna. Pasó, pura, la noche. Y, con el alba, la luna, llena y alta, se escondió tras la tormenta.
Gaudiosa buscó a su hija, pues le faltaba de la cama. Corrió por el campo, bajo los truenos, llamándola desesperadamente. La muchacha se había refugiado en la cueva de La Mora, donde un sabio encontrara tiempo atrás cachivaches del Neolítico o quizás del Bronce: escudillas, cuchillos de sílex gris, un hacha de pizarra, algunos huesos y cráneos trepanados; ahora era zahurda de cochinos, llena de pulgas hasta el techo. La muchacha se había asomado a la salida de la cueva, desafiando al rayo. Es tonto, provocar. Un rayo viejo sabe más que la luna. No tuvo más que quebrarse a plomo sobre el valle, zarrapatrás, y se encontró con la muchacha. Luego, el forense salió diciendo que tenía que ser cosa de la química, y cómo hay familias que atraen los rayos, como otras las avispas, porque hay distintas sangres. No convenció a ninguno. Hay tribus que prefieren la leyenda; quizás, también por sangre.
Y leyenda se hicieron los funerales, con Gaudiosa enlutada y con tacones, más bella otra vez que nunca, con aquel pelo suelto de nogal claro, el velo breve, la piel inesperadamente de color de manzana, la dejadez de las manos y los ojos, como si su misma pena no importara mucho. Se levantó del comulgatorio, niña y con tiempo, como un siglo. Pero, al llegar a su silla, se desplomó con el infarto.
Agonizó, poco a poco, en el hospital de Huelva, durante dos semanas. Finalmente, tras ser oleada por el capellán, pidió que la bajaran de la cama y la depositasen en el suelo. Boca arriba sobre las losetas, alargó los brazos y desparramó las piernas, mientras decía suavemente con voz distinta:
- ¡Hermana madre tierra, abrázame!
Lo habría aprendido en el recuerdo de algún himno seráfico o en cualquier hojilla de almanaque; pero daba lo mismo. Hay páginas pálidas y lejanas, que sólo amanecen con el crepúsculo, como algunas lunas llenas, de preñez sangrienta.