SHELLEY: ODA AL VIENTO DEL OESTE



La vida de Percival Bisshe Shelley está llena de sobresaltos y tormentas, pero también de compromiso consigo mismo y con su tiempo. Vivió sólo 32 años, los que van de 1792 hasta 1822, cuando fuera encontrado muerto en las playas de Viareggio, tras un sonado naufragio, pero su corta vida está repleta de acontecimientos. Nació en el condado de Sussex en una familia acomodada, estudió tanto en Eton como en Oxford, pero su indómito genio pronto se rebeló contra la rígida educación británica, enrocándose en el ateísmo y en las teorías antiburguesas que por entonces surgían como setas venenosas en el mullido suelo de la alta sociedad british. Con 18 años se fugó a Escocia con la hija de un posadero londinense aún menor que él, Harriet, con la que tuvo dos hijas, y poco más tarde se unió a los independentistas irlandeses y a los incipientes anarquistas, entre ellos al librero y librepensador William Godwin, de una de cuyas hijas acabaría prendado, Mary. Huyó con ella y con su hermana Claire, abandonando a Harriet y a sus dos hijas. El trío atravesó Francia para finalmente recalar en tierras helvéticas, para retornar al poco tiempo a Londres donde los esperaba el viejo Godwin en una actitud poco amistosa y librepensadora, por así decir. Dos años más tarde el trío regresó a Suiza, para unirse en el extraño verano de 1816 a Lord Byron en la famosa Villa Deodati, en una de cuyas sonadas veladas se concibiera la famosa novela de Mary Shelley, Frankenstein. El rijoso lord aventuró a Shelley hacia nuevos derroteros líricos y así nació su primer poema importante, Himno a la belleza intelectual, al que habrían de seguir casi de inmediato sus grandes odas. Sin embargo, al finalizar el verano el trío regresa a Inglaterra donde les aguardan los sucesivos suicidios de una hermana de Mary y de Harriet, la primera esposa de Shelley. Es en esta época aciaga donde el desventurado Shelley y el finísimo John Keats traban amistad, pero apenas sienta su trasero sobre los paños de Manchester, el poeta de Sussex reincide en sus ideas antiburguesas y escribe varios panfletos bajo seudónimo de El ermitaño de Marlow -ciudad donde residía- y un poema que incendia la puritana Albion, Laon y Cythna. Inglaterra se le hace irrespirable de modo que en 1920 el trío shelley regresa a Italia con el propósito de llevar a Allegra -la hija de Claire y Byron- a su padre, pero en este viaje el drama vuelve a cernirse sobre los Shelley, viendo morir a dos de sus tres hijos. De esta época datan acaso sus mejores poemas, como Prometeo encadenado, Prometeo liberado, Adonais (acaso su poema más reconocido, dedicado a la temprana muerte de Keats), Oda al viento del Oeste, No despertéis a la serpiente, etc... un corpus difícilmente igualable. Murió, como se dijo, en el mar Tirreno, cuando iba a bordo de su barco Ariel, en el verano de 1922. No importa repetirlo: tenía 32 años y toda la eternidad por delante.


Hemos elegido Oda al viento del Oeste porque en este importante poema Shelley hace coincidir sus ideas políticas y estéticas con su mayor esplendor lírico. Un Shelley en toda su fortaleza creativa. Un poema realmente excepcional










P.B. Shelley



ODA AL VIENTO DEL OESTE
 
versión de Manuel Moya
I
Oh, salvaje Viento del Oeste, hálito del Otoño,
tú, de cuya invisible presencia se alejan

las hojas muertas, como espectros huideros de un mago,

en pútridas multitudes, gualdas, negras,
pálidas y de rojos desvaídos; oh, tú,
que a las aladas semillas empujas hacia su oscuro lecho invernal

donde frías y abatidas restarán,
como cadáveres en su tumba,
hasta que tu azul hermana, la Primavera,



haga soplar su clarín sobre la soñadora tierra y llene
(portando leves tallos cual rebaños que triscaran en el aire)
con vivos colores y fragancias el llano y la montaña;

oh indómito Espíritu, que por doquier te agitas,
si ahora destructor, protector más tarde,

¡escucha, oh, escucha!


II


Tú, por cuyo ímpetu sobre la alta vibración del cielo,
nubes solitarias cual marchitas hojas caen a tierra,
sacudidas por el espeso follaje del Cielo y del Mar,

heraldos de la lluvia y del relámpago; dispersas van
por el espacio azul de tu oleaje,
como alborotado y brillante cabello sobre la cabeza

de una ménade, desde el extremo púrpura
del horizonte hasta lo más alto del cielo,
como el pelo rizado de la tormenta que viene; tú, canto fúnebre

del año que agoniza, para quien esta noche que declina
vendrá a ser la cúpula del gran sepulcro,
cerrado bajo tu congregada fuerza de vapores,



de cuya densa atmósfera estallarán
denso aguaje, fuego y granizo, ¡escucha,escucha!

III


Tú, que has despertado de sueños estivales
al Mediterráneo añil, donde yacía,
mecido por el vaivén de sus limpias corrientes,

en una isla volcánica sobre la bahía de Baia,
y que en sueños has visto vetustos palacios y torres
temblorosas bajo la dura claridad del oleaje,

cubiertos de azulado musgo y de tan puras flores
que al describirlas hasta los sentidos parecen declinar;
tú, a cuyo paso los limpios poderes del Atlántico

se hunden en el abismo, mientras en el fondo marino,
las flores y las algas que hacen posible
los marchitos bosques del océano



reconocen tu voz y de golpe se alzan pavorosos
temblando y desnudándose, ¡escucha,escucha!

IV


Si fuera yo una hoja marchita que tú arrastraras,
si fuera agitada nube que a ti te arrastrara,
una ola que latiera bajo tu poder y contigo



compartiera tu fuerza, si bien con menos libertad
que tú, ¡oh, incontrolable!; o si al menos fuera yo
como fui en mi juventud y pudiese ser

compañero tuyo en tu deambular por los cielos,
como antaño, cuando dejar atrás tu rapidez
era sólo una ilusión, nunca te hubiera rezado

en mi dolorosa miseria.

¡Oh, álzame como si fuera ola, hoja o nube

hasta caer sobre las espinas de la vida! ¡Sangro!

Un pesado número de horas ha encadenado y arrodillado
a quien tanto se te parecía: veloz y orgulloso, indómito.

V


Hazme tu lira, como lo es aún el bosque:
¡mis hojas caen tan muertas como las suyas!
El clamor de tus potentes armonías tomará

de ambos un profundo tono otoñal,
melodioso pese a su tristeza. ¡Haz de ti, Espíritu Indómito,
mi propio espíritu! ¡Unámonos en la tempestad!

¡Esparce mis marchitos pensamientos por el universo
como si fueran hojas caídas para así dar paso a una vida nueva!
¡Y siembra por el espacio, desde el vértigo de estos versos,

cenizas y pavesas, como las de un fuego aún no apagado,
mi palabra para los pueblos y los hombres!
¡Sé, por mis labios, para la adormecida tierra,

la trompeta de una profecía! ¡Oh, Viento!,
si el Invierno ya está aquí, ¿es que puede demorarse ya la Primavera?

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