PESSOA, EL TRILERO

PESSOA, EL TRILERO
Pessoa tenía una tendencia natural para la dispersión, para la escisión, para la polifonía interior. Muchos de sus cuentos funcionan como un diálogo entre dos o más personas que sustentan puntos de vista distintos (véase la botica de Evaristo, por ejemplo) , en una visión caleidoscópica que nos recuerda las voces de sus heterónimos. Igual podríamos decir de sus novelas policiales. Otro elemento que lo define como ensayista es su deformación personal a despiezar los argumentos en distintos aspectos (generalmente en 3, véase bien), en esas cansinas enumeraciones. Pessoa siempre o casi siempre pone tres bolitas sobre el tablero. Luego mueve las manos ( los argumentos) de forma que al final pone la bolita donde quería y casi -casi- te ha llevado al huerto:. Un ejemplo de la traducción de hoy:

FRANCISCO  —  La esencia de la tiranía es la fuerza que nos obliga, y la fuerza que nos obliga, o nos obliga absolutamente o relativamente  —  es decir, condicionadamente. Quiero decir, o nos obliga absolutamente a hacer o dejar de hacer algo, sin que podamos tomar otro partido, o nos obliga a hacer o dejar de hacer algo, castigándonos o sujetándonos a prejuicios y males varios en caso de tomar otro partido. El asesino, que, al dar conmigo, me pega un tiro en pleno corazón, me obliga a morir; el individuo que, al apuntarme con una pistola, me obligue a firmar un documento que no quisiera firmar, no es que me obligue a firmarlo de todas todas, pero me condiciona, pues lo natural es que yo prefiera firmarlo a recibir el “castigo” de la muerte. Está bien ver con claridad estos detalles simples e intuitivos: al verlos y hacérnoslos ver, no perderemos pie en el asunto. Ahora bien, tiranía absoluta sólo hay una: la de la Naturaleza. El individuo que me obliga a morir al pegarme un tiro en el corazón, no me obliga a morir por el hecho de darme un tiro, sino porque según la disposición de la Naturaleza, un tiro en el corazón es mortal. Si el tiro es en el corazón, no puedo escoger si morir o no: pero esta imposibilidad de elección no es responsabilidad del individuo, sino de la Naturaleza, que así dispone las cosas. En la tiranía humana, de quien difícilmente se podrá elegir más duro ejemplo, que el que ya he apuntado, siempre existe un elemento condicional. He de elegir entre firmar el documento o morir. Puedo elegir. Pero (y es aquí donde el elemento tiránico se revela), cualquiera de las cosas que escoja es mala para mí. En esa forzada elección entre un mal y otro consiste la tiranía. (La única tiranía absoluta es la del Destino. La Naturaleza, salvo para un pesimista, no es tiránica; y si lo es para el pesimista, la tiranía verdadera está en el Destino, que ha dado a ese hombre el temperamento de pesimista. La Naturaleza, repito, no es tiránica. Pongamos por ejemplo a un individuo con tendencias alcohólicas, que ama excesivamente el alcohol. Si cede al placer de beber, lo pagará con enfermedades y dolencias. Pero su mal viene precedido de un placer. De abstenerse, no sufrirá esas dolencias; de modo que, al sacrificar un placer, se ha hecho bien a sí mismo. No hay aquí tiranía, porque hay compensación. Sólo el Destino, al obligar absolutamente, podría ser tenido por tiránico; porque a ese individuo, que puse de ejemplo, o el Destino ya lo marcó para borracho o para no borracho, y sea cual sea el caso, lo que elija ya habrá sido elegido.) Si la esencia de la tiranía es la fuerza, la primera condición para ser un tirano es tener la fuerza. Ahora bien, sólo hay tres maneras de ejercer la fuerza: la fuerza física, el número y la astucia o la habilidad. En una pelea callejera, por ejemplo, donde se supone que los contendientes son de parecida valentía y afán, uno es vencido por ser más fuerte el otro, o por venir otros en la ayuda del otro, o por ser menos hábil o astuto en la forma de pelear. Pero hay algo evidente: ni la astucia ni la habilidad son la fuerza sino una forma de suplir la desventaja o aumentar la fuerza. Y es evidente también que, en el caso a tratar  — la tiranía social — , nada importa la fuerza física directa. Por eso queda como única fuerza capaz de tiranizar, la del número. Es decir la fuerza de una tiranía es el estar sustentada en una mayoría. En otras palabras, la tiranía es democrática. 
(de Diálogos de la tiranía)


DANZANTES DE HINOJALES






Bueno, ayer vivimos una noche espléndida en el castillo de Cortegana. Veníamos, es cierto, de otra velada emocionante en Fuenteheridos. Todos los veranos tienen un par de noches así y en este se han unido. Ayer tocó Cortegana. Después de la presentación del libro, en un castillo abarrotado pudimos contemplar los circunloquios de LOS DANZANTES DE HINOJALES. Una extraña maravilla. Única. Una danza seguramente de origen  medieval (se barajan otras hipótesis) bailada sólo por hombres que van describiendo figuras dentro de una música pastoril e iterativa, que poco a poco te va sumiendo en una especie de éxtasis interior, de tránsito espiritual, de vibración interna que te pone en conexión con lo sagrado... cercano a lo que podrían ser las danzas anatolias de derviches, si bien esta de Hinojales es una danza colectiva, donde el espíritu comunal es defititivo, frente al derviche que, aún danzando con otros, tiende al éxtasis personal, a la comunicación personal con lo divino.

 En la provincia de Huelva, más allá de los "lanzantes", manifestaciones de este tipo se dan en Cerro de Andévalo, Villanueva de los Castillejos, Encinasola, Almonaster o Cumbres Mayores. En el sur de Badajoz, en Fregenal y Fuentes de León. María Jesús Alvarado me habla de las que tienen lugar en El Hierro (Canarias) con una danza que se prolonga 30 kms y que tienen lugar cada cuatro años. Cambian las melodías, los atuendos, los pasos, la simbología, incluso el sexo de los danzantes, pero todas participan de un tronco común. Invito a los interesados a buscar estas manifestaciones en you tube y por supuesto a que intenten verlas en vivo. Se trata de experiencias mágicas, telúricas, cósmicas y sincréticas incluso.



Tras una magnífica y necesaria introducción sobre los orígenes, la interpretación, peculiaridades, etc... de la danza, nos preparamos para el momento mágico.
Y comienzan los movimientos. Poco a poco la música y los pasos se van repitiendo y repitiendo y repitiendo. Es curioso a asistir a una danza que exige del danzante una concentración absoluta, puesto que ha de describir constantemente figuras colectivas bajo un ritmo concreto, bajo unos pasos muy limitados, para, a la vez, ir entrando en una especie de hirviente sensación de éxtasis, concluyendo  en un final paroxístico, de aceleración continua, todo ello armonizado (mejor a-compás-ado) por un tambor y flauta pastoril así como por las castañuelas de los danzantes, que paso a paso van ganando nuestros oídos, llevándonos hacia la vereda de la concentración y el trance. Ayer, en el movimiento metafórico y alegórico de estos danzantes, viví dentro de mí una experiencia única. 
Llegó un momento en que la vibrante melopea de la música, el movimiento de las manos siempre alejadas del cuerpo y con movimientos enérgicos de muñecas (pues han de tocar al tiempo las castañuelas) y los pies (pues el tronco de los danzantes permanece siempre erguido, si bien fluctuante), la vestimenta deliberadamente andrógina y el ir y venir de los danzantes me hicieron entrar en una especie de pequeño trance emocional, y durante un rato no pude dejar de derramar lágrimas. Qué me ocurrió. Qué estaba pasando allí, en aquel pequeño recinto amurallado, alejado del mundo, pero a la vez ombligo del mundo. Me sentí poseído por la tierra, por ese ir y venir simbólico, en el que se exhiben y agotan casi todas las posibles figuras (casi diría alegorías) que se pueden trazar en un baile colectivo (el círculo, la cruz, la hilera, los trenzados, las rupturas...) ejecutadas sobre el simbólico tablero de la existencia, donde los demás danzantes completan y dan sentido a los movimientos de cada uno. Porquwe la danza es a la vez algo esencial y colectivo, que es acaso donde se converja en lo sagrado. Ya digo, una experiencia única. Uno piensa que va a acudir a algo hermoso, de raíz, a un curioso fenómeno etnográfico y se encuentra sumido en el éxtasis, en una sosegante comunicación con lo vital y con lo abstracto. Añadiré algo más: cuando acabó el baile, emocionado aún, me dirigí al danzante más próximo para fecilitarle. Aún me estremece el contacto de sus manos encallecidas, ásperas y rasposas. Y ahí, ahí, justamente ahí reside la última y definitiva perla de la maravilla: esos bailes no son ejecutados por bailarines sino por campesinos. Su verdad es esa: nos conectan directamente con la tierra, nos introducen no tanto en el cielo, como en los elementos todos que fluctúan en sus manos. En ellos no hay virtuosismo, sino verdad. Inconmensurable verdad. Gracias.
Por cierto que bailarán el próximo 10 de agosto en su pueblo, en su terruño, en Hinojales. No me los pienso perder.















Fechas para verlos danzar:

* El día de la Romería de la Tórtola (en primavera, a finales de abril, he olvidado la fecha) 
 
* 1 de mayo. Esta representación es especial porque todos los danzantes históricos se suman al baile dentro de la iglesia y a veces se juntan casi 40 danzantes en lo que parece una experiencia única, catártica.
 
* en la fiesta de agosto (este año cae el día 10, sábado).


  https://www.youtube.com/watch?v=nAghGOnshhM






COLIBRÍ CON HIELO, ENTREVISTA CON RAFAEL MORENO


Manuel Moya estrena libro: ‘Colibrí con hielo’; “No hay paraíso sin infierno”

Rafael Moreno




Cito a Manuel Moya en una cafetería del centro de Huelva, en el que, dicen, será uno de los días más calurosos de los últimos años. Moya no es un escritor que se deje ver mucho.  No le gustan demasiado las entrevistas, ni las presentaciones de libros, ni las firmas en las Ferias del libro, donde el escritor aparece como una especie de tucán enjaulado y vive en soledad, casi en penitencia, la soledad y vulnerabilidad del firmante de libros. Vive en un pequeño pueblo de la serranía y le pilla muy lejos eso que llaman la cultura del espectáculo. Mi invitado llega al cabo de diez minutos con esa antigua apariencia suya de campesino polaco o irlandés escapado de una comuna. Se lo comento y le gusta. Siente, confiesa, devoción por polacos o irlandeses, pueblos tradicionalmente maltratados por sus vecinos y que, además, han destilado, entre otras cosas, buena literatura. Lo de la comuna no lo ha intentado, pero no es tarde para hacerlo. Se disculpa por el retraso, se sienta, pedimos un café vespertino y, mientras vamos rompiendo el hielo y pongo en marcha la grabadora, hablamos del tiempo. De la ola de calor que no acaba de desembarcar.

– Esto me recuerda un microrrelato suyo recogido en Caza mayor, donde se trata de expresar la noción de fascismo a través de una curiosa parábola.
-Me pillas con las manos fuera del tiesto. No recuerdo ahora el título del microrrelato. En todo caso no puedo decir honradamente que sea mío. Se lo escuché a un obrero de un pueblo toscano, mientras fumaba un cigarro en la puerta de un bar. Eran tiempos del rodillo Berlusconi, en los que ese señor, presidente del Gobierno, era dueño de casi todos los medios de comunicación del país. El obrero contaba la historia de un individuo que se asomaba a la ventana de su casa y veía un día terrible, con rayos y truenos por todas partes, con arriadas y árboles arrastrados por la corriente, de forma que el tal individuo pone la tele para ver qué está pasando y resulta que las imágenes que aparecen de la ciudad donde vive, son las de una ciudad radiante, de un sol primaveral, con los pajarillos cantando y la gente sonriente y haciendo footing. El tipo vuelve a la ventana y lo que allí ve es horrible, las marquesinas enterradas en el agua y los coches flotando, pero en la tele la gente sigue tomando el sol en los parques y un niño toma un helado. La cuestión es que el individuo acaba por no saber si lo verdadero es lo que ve con sus propios ojos o lo que le cuentan las imágenes que vuelve a ver por la televisión, y llega un momento en el que duda si salir a darse una vuelta o no. Para ese obrero toscano el fascismo era eso. Dos realidades distintas, la que uno experimenta, en la que uno vive, y la que te cuentan, la que una y otra vez te hacen ver. Al final, claro, el individuo duda entre lo que percibe por sí mismo y lo que le cuentan. Al menos este individuo duda, pero hay quienes se lanzan a disfrutar del día y al final son arrastrados por la corriente. Me pareció una muy buena visión de estos tiempos de manipulación informativa, donde los medios cuentan, no lo que ocurre, sino lo que interesa a ciertas corporaciones económicas. Se demoniza a ciertos partidos o a ciertos países en virtud no de la realidad, sino de los intereses en juego por parte de quienes invierten en el medio. Algo terrible.

 ¿Cómo definiría su nueva novela, Colibrí con hielo?
Colibrí con hielo (Maclein y Parker, 2019)  es una novela amable en lo formal, adobada con un cierto lirismo e ironía, aunque su tesis, por así decir, sea dura. No hay paraíso sin infierno, viene a decir. Para disfrutar del paraíso hay que zafarse cada día en los sótanos del infierno. Para que nosotros podamos vivir una cierta sensación del paraíso, otros o nosotros mismos tenemos que bajar a las oscuras galerías del infierno. El paraíso, cualquier paraíso es una burbuja, rodeada de oscuridad. En todo caso, la novela me ha ido acompañando durante mucho tiempo, más de una década. Cada vez que me sentía con el ánimo alicaído recurría a ella, me dejaba transportar por su fluido y siempre salía mejor de su lectura. Me oxigenaba. Me despertaba. Me daba vidilla. Espero que algo así ocurra con sus lectores.
Suena bien. Lo del paraíso, digo. Y por saber algo, cuál es su argumento?
Se trata de la historia de un escritor de segunda fila que escribe para otro viejo escritor de fama. El tipo en cuestión ha salido bastante mal de una relación sentimental, pero al cabo del tiempo encuentra a una chica caribeña de la que se enamora. Ella ha ido a París con la pretensión de ser actriz y él, pasados los primeros brillos de la pasión, cree que también va a perderla, pues ella siente nostalgia de su tierra. Entonces él, con tal de retenerla, trata de fundar una isla en medio de París,  de buscar un territorio emocional propicio para ella, donde ella pueda sentirse a salvo de la nostalgia. Pero montar una isla no es sencillo y es muy caro, claro, de forma que ha de recurrir a negocios no del todo lícitos que acaso lo conduzcan más allá de donde pensaba… El desenlace, claro, lo vamos a dejar un poco en el aire, si no le importa. Así dicho, parece un argumento bastante extraño, extravagante incluso, pero no, tiene su lógica y su peculiar arquitectura.
La novela está ambientada en París. ¿Por qué?
Sí. La novela es, entre otras muchas cosas, un homenaje a París, al París existencialista, pero también al París de entre-guerras donde todo era posible. Una ciudad libre, donde el arte en cualquiera de sus formas y la libertad, como una manera de vivir sin ataduras religiosas o morales, eran algo consustancial a la propia ciudad. Es un homenaje a las lecturas de juventud y a los anhelos de libertad. El París que narro es como el baúl que encontramos en el desván, y que contiene nuestra juventud. Mis lecturas de Cortázar, Baudelaire, Nerval, Henry Miller, Hemingway, Rimbaud, Verlaine, Vian, Aragon, Zola, Balzac…, la visión de las vanguardias, la sensación de que otra forma de entender la vida es posible, que es, al cabo, el sueño o la idea que yo guardo de París, están, es obvio, presente en la novela, aunque sea de forma irónica, descreída. Diríamos que París es un personaje más de la novela. Acaso el principal.
Vemos en la novela una visión cuando menos curiosa de las ciudades contemporáneas, de la vida contemporánea.
A pesar de todo el confort y de toda la tecnología que nos rodea, vivir en una ciudad contemporánea no es fácil. Hay demasiada presión social y económica sobre el individuo. Si en el siglo XIX y XX la ciudad atraía a los ciudadanos que en ella buscaban más oportunidades, hoy las ciudades tienden a expulsar a su individuos, a llevarlos a sus arrabales, donde la vida es más fácil. Es un hecho que los llamados centros históricos se están vaciando. Demasiada soledad, demasiada incertidumbre. Una presión y una soledad que cada cual, es obvio, intenta negociar como puede. Uno tiene la necesidad de salir de la ciudad, de quitarse de en medio la ciudad y todo cuanto representa, sin salir de ella. Uno ha de buscar salidas sin abandonar su barrio o su zona de confort. Las ciudades contemporáneas están llenas de corpúsculos casi invisibles pero que van creando un tejido cada vez más tupido y que funcionan como respiraderos sociales. Sin ellos vivir en la ciudad sería un infierno. Funcionan como elementos oxigenantes, al igual que los parques o los eventos culturales.
Mucho de todo, un archipiélago, sin mar,  pareciera.
Por ejemplo, hay clubes de remeros, de lectores, de aficionados al cómic, de futboleros, de músicos, de costaleros, de micólogos, de gastrónomos, de papirofléxicos, de bibliófilos, de vinilópteros, de filatélicos, de amigos del caballo, de la chinchilla o del macramé, criadores de canarios, amigos de la foto, del gusano de seda, del manga, de la samba, de la astrología, del zapateado, del idioma coreano, de la gastronomía turca, de las distintas modalidades del sexo y de la comida rápida, del club ciclista, de oenegés, de movimientos reivindicativos… Cada cual escapa de la opresión de la ciudad a través de esos corpúsculos que están repartidos por todas partes y es raro que un habitante no pertenezca a uno o más corpúsculos, que los martes no asista a la reunión de los amigos de la música y el sábado o salga a hacer unos kilómetros con un club ciclista, tejiendo así una red curiosísima y apasionante. En definitiva uno busca sus propias islas, sus propias maneras de huir de la opresión que nos rodea en un entramado social que tiende a aislarnos. Es un fenómeno curioso y me temo que necesario.
En principio, no tiene nada que ver esta novela, Colibrí, con la anterior, Mojama.
No. No me gusta escribir siempre la misma novela. Mojama hablaba de un problema social importante como era el ascenso de determinadas ideologías de riesgo y cómo la sociedad mira para otra parte cuando comienza a ver signos preocupantes. Me estoy refiriendo al ascenso del fascismo, una manera de ver el mundo y las relaciones de poder, que ha traído problemas muy graves a la sociedad del siglo XX y, que a mi juicio debiéramos vigilar muy de cerca, porque nadie asegura que no pueda volver a surgir, con nuevas caras, nuevas coartadas y nuevas estrategias. No hay nada más penoso que escuchar a jóvenes reivindicar un pasado que no han conocido y cuyas funestas consecuencias desconocen. La noción de fuerza y de lucha por conquistar un territorio es algo connatural en el joven, que no sabe cómo abrirse paso en la sociedad. Pero los chicos son fácilmente manipulables. Si escuchan mil veces que los inmigrantes les quitan las oportunidades, que viven del cuento, que reciben ayudas, y todos esos bulos y mentiras, ellos lo creen, de modo que si alguien los seduce con la idea de que hay que eliminar a una parte de la sociedad, por las razones que sea, muchos de esos jóvenes aceptarán el reto y se irán a las calles a buscar a homosexuales, emigrantes, mendigos, hippies o cualquiera que no piense como ellos o no sirva a sus ideas de limpieza.
Viejos dogmas de la intolerancia.
La creencia de que una sociedad corrompida y sucia ha de ser limpiada, reordenada, como si fuera el cuarto de un estudiante, es una idea que puede resultar atractiva así, de primera mano. Claro que limpiar una sociedad no es limpiar un cuarto. No podemos eliminar a quienes no nos interesen, como hicieron el nazismo, Stalin, Franco, los jemeres rojos y tantos otros.
Todos llegan al mismo sitio, el infierno, la devastación, la depuración del discrepante.
La historia está llena de ejemplos de limpiezas étnicas, religiosas o ideológicas. No es algo que acabara con Hitler. Tenemos ejemplos muy actuales. Yugoslavia, Ruanda, Sierra Leona… Y en eso, en un tiempo de crisis de valores, reaparece el fascismo y el nazismo en toda Europa, que algunos tratan de pintar tan atractivos, aprovechando los tiempos de crisis sociales, culturales e ideológicas, en la que los chavales lo tienen francamente difícil. De todo eso trata Mojama. De cómo el fascismo se nos va colando en la vida cotidiana y no actuamos, sino que lo dejamos ir, creyendo que son casas de jovencitos exaltados, de pijos desnortados, hasta que un mal día anos levantamos con la resaca que los andaluces nos levantamos el 3 de diciembre, con el fascismo en el parlamento.
Leo, veo un intento de liberación en ese pájaro, digo en ese título, en ese contenido profundo: Colibrí con hielo.
Colibrí habla de otras contradicciones de la sociedad contemporánea, desde un ángulo acaso menos evidente, pero necesario, pues habla del anclaje del individuo en una sociedad que cada día lo aísla y ahoga más. En fin, me gusta que mis novelas arañen un poco la piel y no se queden en meros artilugios literarios más o menos interesantes o virgueros. Escribir una novela debiera convertirse en una larga y, a poder ser, una productiva reflexión, donde ha de ser el lector, obviamente, el que, tras reflexionar, tenga la última palabra.
Después de esta charla tengo la sensación de que algo ha cambiado, no es por el título, o la portada, por cierto muy buena. Pareciera que hemos cambiado los papeles.
Aguantar mi charla, estoicamente, pacientemente, suele producir esos efectos colaterales. Pero es pasajero, váyase tranquilo.

Colibrí con hielo (Ed. Maclein y Parker, Sevilla, 2019)
Mojama (Ed. Niebla, Huelva, 2018)
Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960). Poeta, narrador y traductor, ha editado cuatro libros de cuentos, La sombra del caimán (2006, finalista del Premio Setenil), Cielo municipal (2009), Caza mayor (2014, Premio de la Crítica de Andalucía y finalista del Setenil) y Zorros plateados, Premio Tiflos (Edhasa, 2017), así como las novelas La mano en el fuego (2006), La tierra negra (2008), Majarón (2009), Las cenizas de Abril, Premio Quiñones de novela (Alianza, 2011), traducida al portugués e italiano, y Mojama (Niebla, 2018). Es especialista en Fernando Pessoa, de quien ha versionado Libro del desasosiego y Ficciones del interludio (ambas para Alianza, 2016), las ediciones de Campos, Reis (Visor, 2015-2016) y Caeiro (Baile del sol, 2016), Mensaje (Visor, 2017) o sus Cuentos (Páginas de Espuma, 2016). Su obra está incluida en numerosas muestras colectivas de relato y poesía, tanto en España como en el extranjero.
 Sobre la editorial:
Maclein y Parker lleva en activo desde el año 2014 y cuenta con cuatro colecciones: Taiga, de narrativa, en la que tiene veintitrés títulos publicados hasta la fecha entre novela y colecciones de relatos; Mirto, la dedicada a poesía, con catorce títulos publicados; Clemátide, dedicada a textos ilustrados, en la que tienen cabida obras que destacan por la sintonía entre la palabra y la imagen, aportando al libro un valor como objeto; y Alerce, dedicada a ensayos sobre arte y literatura.
Entre las firmas que han publicado con Maclein y Parker encontramos autores de todo el territorio nacional además de Argentina y Uruguay. La editorial destaca por su cuidado al detalle tanto en las ediciones como en el trabajo con los autores, lo que se ha convertido en una de sus señas de identidad.

EL CAPITAN DE LAS DUNAS

PACO PEREZ, IN MEMORIAM





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Apenas me levanto, me entero de la muerte de un grande insólito y oculto: Paco Pérez, Capitán de las Dunas. Autor de una mínima obra -un Rulfo de la vida-, su presencia y su nombre no han dejado de habitar en la memoria y en la admiración de una decena escasa de lectores. Yo, modesta y afortunadamente, me encuentro en esa nómina de privilegio. Lo conocí poco, es cierto, pero lo poco que lo conocí lo pude disfrutar a tope. La penúltima vez que nos vimos fue en el 97 y él residía por entonces en Riotinto, en el barrio inglés, porque a él le gustaba lo extemporáneo, lo insólito y el barrio inglés de Bellavista goza de ambos calificativos. Entonces, allí, me dedicó Huelva, guía para visionarios, un libro sublime editado -estoy convencido- por un enemigo suyo, pues una obra así, delicada y extraordinaria no puede haberse editado de peor manera, con ilustraciones que parecen fotocopias. Parece ser que ha habido una segunda edición pero tampoco se ha mejorado mucho la cosa. Ese libro de ficción es simplemente uno de esos milagros de la literatura. Olviden que en el título aparece la palabra Huelva y céntrense en en el subtítulo, guía para visionarios, y tengan la absoluta certeza de que no los va a defraudar. No importa repetirlo: un libro sublime. Hace sólo unos meses recomendaba a los amigos de El libro feroz, una editorial realmente heroica, que hace unos libros preciosos, la reedición de este libro que no conocían. Ellos fueron los que me dieron noticia de que el libro había sido reeditado.
Paco Pérez era nieto de Pedro Gómez, el gran paisajista de Huelva y de él aprendió la sutileza del dibujo y del color. José María Franco, otro gran paisajista y discípulo de Gómez, afirmaba que Paco Pérez era tan o mejor dibujante que escritor y que le había visto unos cuadernos realmente admirables. En una ocasión tuve acceso a uno de sus cuadernos y guardo de sus dibujos e improntas el mismo calificativo. Mientras los ojeaba, Paco me contó una historia que hoy ya podemos airear, porque fue una historia sonada por los pagos donde vivo. Corrían los primeros años de la democracia, tal vez el 78 o cuando más el 80 del pasado siglo. Según me contaba Paco, unos amigos y él decidieron pasar unos días en la Sierra. Querían experimentar con el LSD y necesitaban un lugar tranquilo. Castaño del Robledo, un pueblo a trasmano de todo, con unos doscientos habitantes y la sensación de que el tiempo se había congelado, era, al parecer, el lugar idóneo. No contaron con el Monumento, un edificio fascinante en mitad de la Sierra. El Monumento era entonces una iglesia neoclásica inacabada, sin techos, de unas proporciones asustadoras y de unas trazas admirables. Nadie sabe qué pasó con el Monumento, quién y a propósito de qué se levantó, por qué se dejó inacabado, y por qué seguía allí, anclado en mitad del pueblo, como un rutilante rubí en mitad de un lujurioso paisaje. El caso es que Paco y sus secuaces, vestidos para la ocasión de ropas también extemporáneas, se dieron al LSD y acabaron en el Monumento, en cuyo interior se hallaban no pocos nichos pertenecientes a los deudos del Castaño, quienes al levantarse al día siguiente vieron cómo los nichos habían sido profanados. Preguntar cómo aquellos seres extravagantes llegaron a profanar las modestas tumbas es algo que no tiene más explicación que la de los alucinógenos. El caso es que, como cabía esperar, en Castaño se armó la de Dios es Cristo y Paco y sus amigos hubieron de abandonar el pueblo como buenamente pudieron. El vandálico hecho fue reflejado en la prensa con tan buena acogida, que el Monumento, antes desconocido, comenzó a convertirse en lugar de peregrinación y al poco comenzaron las obras de restauración que mayormente consistieron en habilitar el techo y cuidar los alrededores, convirtiéndose desde entonces en un lugar único y visitable.
Por entonces, en el diario La noticia, comenzó a publicarse un suplemento literario llamado el Fantasma de la glorieta, dirigido por Félix Morales y donde uno veló sus primeras armas. Guardo todos sus números. Pues bien, en ese prodigioso suplemento, Paco Pérez, El Capitán de las Dunas, fue publicando una especie de diario de bitácora titulado Desde El Castaño a Kenitra o algo muy cercano, que yo seguía fascinado semana tras semana, número a número. Ahí tuve noticia primera de aquel aventurero fascinante -a la verdad no le importa repetir el epíteto- y de las aventuras de un intrépido capitán que hoy, justamente hoy, ha entregado el timón. Seguirá viajando, no me cabe la menor duda, en nuestra memoria y haríamos bien en recuperar su obra escrita y gráfica, pues viajeros como Paco Pérez no abundan.

TERAPIA DE CHOQUE

De cuando en cuando salvo a navegar en busca de pececillos de colores. Hoy he llegado al blog de Mariano Catoni y he encontrado este relato magnífico. Espero lo disfruten. Terapia de choque

Mariano Catoni (Argentina, 1981) es escritor y músico. Ha publicado el libro de relatos El acróbata de plastilina (2005). En el 2004 recibió el 2° premio nacional Eugenio Zagarzazu por su cuento El infante imaginario. Fue finalista del Concurso de Cuento Corto Álvaro Cepeda Samudio (Colombia) con el texto Felipe y el graffiti y obtuvo el 3° premio internacional de la academia de tango de Montevideo por su texto Felipe y los besos. Ha participado en diversas antologías junto a otros autores de Argentina. Ha escrito ensayos sociales y guiones para cortometrajes animados, para teatro y cine. Actualmente intenta dar curso a su primera novela.


 

 

Terapia de choque

Después de una mujer con cara de sufrir todas las depresiones y fobias (fobia social, fobia a las arañas, fobia a las palmeras, al color rojo y a los miércoles soleados durante la primera quincena del mes) entré yo. Me habían hablado bien de aquel psicólogo, el quinto que probaba en lo que iba del año.
Un método novedoso, decían.
Cuando le estreché la mano me apretó fuerte, excesivamente (supuse que eso era parte del método novedoso). Me senté, con la mano dolorida y un simposio de hormigas agónicas en todos los dedos.
Empezó así, sin presentaciones: Hable, tiene cuarenta minutos, no pienso interrumpir, si me pregunta algo no le voy a contestar, ¿alguna duda?
Negué con la cabeza.
La propuesta me incomodó, pero confiaba en las recomendaciones que me habían dado y accedí a las indicaciones.
Fueron cuarenta minutos de caos verbal y de preguntas a mí mismo, de imágenes enfáticas, digresiones, fastidios y transliteraciones.
Finalizada la sesión el terapeuta me puso la mano sobre el hombro y dijo: No se enoje con lo que le voy a decir, al contrario, agradézcamelo; pero lo que a usted le pasa no me interesa, y a los demás tampoco, nos da exactamente lo mismo, tome, un hoja, para que haga un dibujito en su casa y después lo tire por la ventana, me da igual, a todos nos da igual, estoy harto de la gente como usted, vienen con sus problemas, con sus traumas y esperan encontrar soluciones, en esta vida no hay nada que se resuelva, es el precio que hay que pagar por contar con la suerte de que, a veces, las soluciones para problemas que no teníamos se anticipen y aparezcan solas; son las leyes de la compensación, por una buena, una mala, ¿qué es lo que no entiende de eso?, carcajada más melancolía es igual a cero, ¿le quedó claro?, carcajada por ocho es mentira y melancolía al cubo no existe, hay, en medio de la gigante ecuación del sentir humano, mecanismos de ajuste, usted no puede correr veinte kilómetros sin sentir al cabo de un rato un hambre terrible, y si usted no entiende que para inflarse hay que desinflarse, entonces es un necio, eso es lo que es, un necio; no le pida al tiempo ningún bienestar permanente, yo entiendo que mucha gente quiera bajar las estrellas con un palo para iluminarse la casa definitivamente, para arrancar un pedacito y ponerse esa pasta gris, azulada, refulgente y vigorosa —cuando no vertiginosa— de sombrero, pero las estrellas son para otros, ¡déjelas en paz!, ¿cómo puede ser tan osado como para querer abolir el ritmo natural, inherente de todas las cosas simples?, estoy harto, harto de usted y de tanta pretensión equivocada. A los delfines los pescan, ¿sabe eso?, a los delfines los pescan, de repente están así y alguien ejecuta un asesinato deliberado. A nosotros no nos pesca ni nos va a pescar nadie. ¿De qué se queja entonces, sinvergüenza? Abra la boca que le voy a clavar un anzuelo, usted necesita saber lo que sienten los delfines que son pescados, solamente de esa manera se va a dar cuenta de que carcajada más melancolía es igual a cero, y si no, bueno, afine las cuentas, ¿me escuchó bien?, afine las cuentas, abra la boca, venga para acá, no se vaya, cobarde.
Me fui de ahí corriendo.

RIVERANO

RIVERANÓ

Ha pasado ya un mes desde el riveranó riveranó riveranó. Media España durmió esa noche tranquila, plácidamente. La otra apretó los dientes y confió en el diablo. Pero no toda. No toda. Durante la noche se estuvo escuchando aquel eco onírico del riveranó, riveranó, que era todo un himno a los tiempos venideros y a la cosa esta de que por fin la somnolienta izquierda había dicho aquí estoy yo y había cruzado la línea dorada de los espacios electorales. Y es que la izquierda sociológica y obrera venía ya muy castigada por los dos partidos que se habían repartido el cotarro desde la transición y que, ahora se veía con cierta claridad, no habían abordado con audacia la desmantelación del franquismo. Riveranó, riveranó riveranó, con dos cojones, gritabaan los cabales que habían ayudado al cadáver de PS en sus sucesivas resurrecciones. Pero al día siguiente, sin perder un minuto, los madrugadores del IBEX35 ya llamaban al poli-resucitado para decirle que ellos preferirían un riverasí riverasí riverasí y que se lo hiciera ver. Y vino el paréntesis, el interregno, la cosa.



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Otras elecciones donde las cosas, a derecha e izquierda, se compactaron y los partidos "nuevos" se vieron desfavorecidos por el voto utilitario y algunos de los más codiciados bastiones de la izquierda -menos movilizada ahora que veía el peligro facha más lejos- cayeron. Y entonces el PSOE, empujado por el centón mediático y por los voceros del IBEX, tan persuasivos siempre, interpretó que el riveranó riveranó riveranó era cosa del pasado, un himno caduco y empezó a girar el gaznate hacia el riverasí o al menos al riveranoperosí. El PSOE ha visto sangre a su izquierda y se ha lanzado como una hiena a esa cosa cainita de la izquierda que consiste en acabar con su adversario -enemigo lo llamaba un lumbreras del PSOE próximo a la Díaz hace años-, que nunca compañero de pupitre. Pero mucho se equivocaría una vez más el PSOE si le diera por sacar su puñal y acabar con su izquierda. Sus bases no quieren eso. Ni sus votantes, sobre todo los que vienen de su izquierda y de la abstención, que son los que a la izquierda dan y quitan el poder, a nadie se le olvide. El PSOE necesita, como se ha visto, de un tutor que le señale el camino que le ha marcado con claridad su electorado y sus bases. Por ejemplo: mucho se equivocaría el resucitado si no tocara drásticamente la reforma laboral o la ley mordaza, se equivocaría si dejara campar como a perico por su casa a los grandes oligopolios como lo hacen ahora, lastrando nuestra economía y nuestro porvenir como nación, si no pusiera una cierta lógica democrática en la judicatura, donde la extrema derecha, como se ve una y otra vez, ha sentado sus reales y su doctrina, si no hiciera lo propio con el ejército y las fuerzas de seguridad donde la extrema derecha ha puesto sus huevos -nunca mejor dicho- sin que nadie se haya coscado en estos últimos casi cincuenta años. Se equivocaría si no pusiera freno -y fin si pudiera ser- a la educación concertada y a la salud privada -esos dos pilares del estado de bienestar-, si se aviniera a zanjar de una vez por todas el futuro de las pensiones (ese derecho, que no gracia, que con sus aportaciones económicas se han ganado los jubilados). Pactar o no con Podemos no es sólo pactar con un partido político, es no dejarse llevar por la deriva tradicional del PSOE, con sus baronías y sus encubiertos, que hasta la fecha lo han hecho acostarse de izquierdas y levantarse de derechas, desmotivando a su base social.

EL HAMPARTE

 EL HAMPARTE


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Ayer veía en you tube -como hago cada semana- el último de los interesantes videos de Antonio García Villarán, una especie de mosca cojonera que lucha a brazo partido -y a veces partiéndose literalmente la polla- contra lo que ha denominado el hamparte artístico, y que no es más que el fraude en el bisnes del arte. Durante años lleva luchando este singular Supermart por desenmascarar a todos estos jetas que pululan por el arte-bisnes con la impunidad de los intocables. Antonio López, Botero, Yoko Ono, Pollock, Dalí, Tapies, Koons y, cómo no, los performancistas y los videoartistas de chichinabo... desde su tribuna -sus videos los ven más de 500 mil personas, que ya flipas- Antonio viene denunciando todo cuanto le parece que suena a hampartismo. Yo lo llamaría fraudeart, pero sólo es cuestión de palabras. Lo último la representación española en Venezia: una videoartista cuyo mérito es mearse en lugares públicos -estoy a la espera de que lo haga en la inauguración de su exposición, ante la reyna de turno o en la rueda de prensa- y un señor que llena un espacio con cosas hinchables, grandes, pequeñas.. el aire, el vacío (y Moore criando malvas). Lo que mayormente viene a ser representativo del arte español contemporí. Y todo eso edulcorado con un discurso justificativo que haría enfermar a Groucho Marx y volvería completamente turulato desde Zubiri a Esteso. Lo que viene a ocurrir con el arte comtemporí es muy curioso: todos o casi todos sabemos que, salvo excepciones, es un fraude colosal, pero ahí sigue, incólume, royendo de nuestros presupuestos -y no nos salen precisamente baratos, no- haciéndonos creer que somos tontos del carajo y, lo peor de todo, colocando sobre nuestras cabezas el peso descomunal de su estupidez y la responsabilidad de desenmascarar al rey desnudo que se esconde en el 90% de los artistas contemporáneos de caché. Ni se te ocurra denunciar que el arte contemporáneo -eso que llaman contemporáneo- es una auténtica caca malaca -como la de Piero Manzoni-, porque entonces quedas como el más garrulo entre los garrulos o el más rancio entre los rancios o el más ingenuo entre los ingenuos el más lepidóptero entre los lepidópteros. Acabo de leer la magistral biografía Miguel Ángel, el escultor de sueños, de Monserrat Rico Góngora, y, claro, viendo cómo se las gastaba el florentino, es como si te metieras en vena dos kilos de prozac contra la estupidez y contra el aquí vale todo por el hecho de que yo diga -Mercelito Duchamp dixit- que aquí vale todo, porque he decidido que el arte soy yo y no ya más discusión, que si te vale vale y si no ya sabes dónde está la puerta. Pues no. No vale todo. Ni en arte ni en nada. La estupidez, el fraude, la mera ocurrencia, el yo pasaba por aquí, y la genialidad pret à porter no son arte. Cuando meo en una tapia no estoy haciendo arte. Ni cuando tiro un papelito al suelo, ni cuando me lío la polla con esparadrapo y de ella ato a un perro. No es arte colocar treinta flotadores en la Bienal de Venezia porque sea la bienal de Venezia. Chicos, en arte no vale todo. La cara dura no es en sí mismo un objeto artístico aunque sea -desgraciadamente- objeto de análisis artístico. Todo eso es otra cosa. Hamparte, caradura, falta de sentido del ridi, fraude, oportunité, no sé, otra cosa, pero que un tipo no posea ni un gramo del sentido de ridículo no puede valerle para hacerme creer que lo que él hace es arte o contabilidad, agricultura zen o vinos malvasía. No, amigo, arte es otra cosa. Dicho esto, quién se anima a hablar de poesía, del hamparte poético, quiero decir.

ii
 

HAMPARTE II
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mandala. Pilar Albaracín.
Trataré de responder a quienes en HAMPARTE I tuvieron a bien discutir razonablemente el muro de ayer. Vamos por partes: hay muchos tipos de arte contemporáneo y muchos artistas dentro de ese mundo. Yo hago arte contemporáneo. Escribo poesía contemporánea, y si por algo se caracteriza mi obra es precisamente por la búsqueda o por la asunción de nuevos lenguajes creativos. Mis "heterónimos" no dejan de responder a esa necesidad. En las islas busqué la abstracción y en El corazón de la serpiente, el balbuceo... Sí, el balbuceo expresivo... Continuamente experimento. No me gusta ser funcionario de mí mismo. No me gustan los poetas que escriben siempre igual, los que cogen un molde y siempre vierten lo mismo. ¡No! Muchos me dicen, joder, tronco, por qué no sigues con Violeta. Violeta ya fue, contesto, ya no me aporta nada como creador. Siempre he tenido algo meridianamente claro: buscar nuevos lenguajes, romper con las líneas y espacios de confort es una posición artística, lo cual, dicho sea de paso, intranquiliza mucho a mis lectores, mucho más pacatos que yo en esto. En poesía también existe mucho fraude y conste que no me estoy refiriendo a los marwanes de turno, no. En esto que llamamos poesía seria -por llamarla de alguna manera- hay mucho bacalao con tomate, mucho artista que lo es por su posición privilegiada con el poder, por elementos que nada tienen que ver con "sus" méritos poéticos, sino por su relación con el poder (editorial, mediático, político, etc... ) o por coyunturas momentáneas. Se trata de una poseía de consumo rápido y deglución también rápida. 
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visión del Gernica, Pilar Albarracín
Me interesa, pues, el arte contemporáneo. Conozco y trato a plásticos maravillosos y realmente comprometidos. Y creo entender de arte contemporáneo, pero sobre todo entiendo -porque ya es una vieja pasión- de arte. Lo que no entiendo es de "postureo", del "aquí vale todo", de ocurrencia, y lo que menos de la "necesaria" explicación de una obra para ser entendida. La explicación de una obra está en la obra misma. Si algo no se entiende es que está mal hecho, si la obra no logra en su espectador una noción clara y distinta de la obra, si no lo lleva a una idea poderosa, si no le arranca una emoción, si no apela a su inteligencia o a su sensibilidad o a su compromiso, si no lo cuestiona -importante esto- es que no está bien construida y eso vale lo mismo para una instalación como para un poema. Cuando se hace una crítica como la mía del arte contemporáneo, la respuesta tipo es "es que no entiendes", es "que te has quedado en el siglo XIX" o cosas por el estilo. Por qué uno entiende a Bacon, Freud o a Schiele y no entiende al vecino que cuelga de su balcón un bistec de vaca y te lo vende como arte? Quizás porque Bacon, Freud o Schiele organizan su obra de tal modo que tú percibes su mensaje sin tener que acudir a ellos, quizás porque cuestionan tu propia naturaleza o tu propio existir. Rompen el espacio entre la obra y el espectador. El espectador se siente involucrado, expedido, transitado por la obra. Si yo fuera pegándome pedos por un espacio o por una galería de arte podría argüir que lo que hago es una crítica al arte y al mundo de las galerías de arte. ¿Quién podría argüir lo contrario? Pero tendría mucho más sentido que en vez de pedos, tirase bombas fétidas o que me rodeara de ellas en un museo célebre, sin cámaras y sin nada. El concepto simplemente estaría mucho más elaborado, rompería más barreras entre el "soportador" y la obra. Aun así habría que trabajar muchísimo más la obra para lograr una precisión en la denuncia y en el decir. Vestir la ocurrencia, darle un sentido inequívoco a la ocurrencia. Lo que pasa es que encontramos supuestas genialidades, no "elaboración", no "precisión" y todo se queda en la simple boutade que, además hay que explicar, hay que razonar para que se entienda. Que una chica mee en una calle, frente a un colegio, en un puente o en el corredor del palacio de invierno, sobre un coche o en sofá del cortinglé no es en sí mismo ni por sí mismo un acto feminista. No puede serlo. Explicar por qué eso es un acto feminista no añade nada a la obra sino que la disminuye porque implícitametne el propio artista acepta que necesita un soporte conceptual que la obra en sí misma no posee: es decir la obra no está acabada. Necesita de su explicación porque la explicación no está en la obra. Y si la explicación no está inserta en la obra, la obra de arte no se sostiene como tal. Las pinturas rupestres de Valosandero o mucha de la obra de Barceló no necesitan ninguna explicación: son incontestables. No, el arte no necesita intermediarios entre la obra y el espectador. Claro que hay muy buen arte contemporáneo, pero admitámoslo, el arte contemporáneo -incluyo la literatura- está lleno de malentendidos, de obras vacuas, de artistas cuya principal baza es la "oportunidad", "la boutade" o, me temo, "la relación privilegiada con el poder /o los poderes". No puede ser lo mismo Pilar Albarracín, Antonio Gómez o Pedro G. Romero con obras meditadas y sólidas que estos videoartistas o performancistas cuyas obras parecen surgidas de una simple ocurrencia, sin reelaborar, sin un mínimo de trabajo artístico. Los mandalas de Albarracín, sus performances están curradas, tienen detrás un pensamiento y ese pensamiento penetra al espectador, que no puede mantenerse indiferente. Es de esto delo que hablo. Jode escuchar que el 99,99% del llamado arte contemporí es bacalao con tomate, pero no culpen al bacalao con tomate, ni al mensajero que dice honestamente lo que piensa también el 99,99% de quienes se interesan seriamente por el arte. Tiempos de frivolidad, de postureo, de turbias relaciones entre poder y arte. Y poco más.