POSTALES


Reúno aquí una serie de postales turísticas (o no, qui lo sa) de varias ciudades que me ha sido dado visitar a lo largo de los años.

POSTAL DESDE LA HABANA (1)
La Habana es como esa mujer vieja y un poco loca que en su juventud fue hermosa -tal vez demasiado hermosa- que sale a la calle pintarrajeada y destruida y tras extender la mano temblorosa donde sobresale un manojo de billetes fuera de circulación, pide amor, un poco de amor, sólo un poco de amor para seguir viviendo.

POSTAL DESDE LA HABANA (2)
¡Cómo cantaba aquella mujer, dios mío! Su voz atraía el polvo desde el Golfo de México, las flores vencidas de los flamboyanes, el casposo glamour de los viejos hoteles y el salitre que devora los capiteles corintios de Centro Habana. ¡Cómo sonreía! Diríase que su sonrisa se llevara todo el malecón con sus maniseros, sus doncellas tropicales y las dulces e ingenuas canadienses atrapadas como solitarios osos de peluche ante la incandescente visión del Caribe. ¡Dios, cómo gozaba!








POSTAL DESDE LISBOA (1)
Ayer nos pasamos la tarde en el muelle de las Colunnas. Muchos extranjeros se agolpaban junto a nosotros viendo cómo el sol era una vez más tragado por el mar. Pero cuando ya todo acabó, un sol vencido doró por un instante las fachadas que teníamos a nuestras espaldas. ¡Las hubieras visto! Después, sólo un instante después, todo regresó a una especie de tristeza muda y contenida, como si esas mismas fachadas, antes doradas, parecieran ahora súbitamente conscientes de su propio peso.

POSTAL DESDE LISBOA (1)

Ontem passámos a tarde no Cais das Colunas. Muitos estrangeiros aglomeravam-se perto de nós, olhando o sol que seria mais uma vez engolido pelo mar. Mas quando tudo cessou, um sol vencido dourou por um instante as fachadas nas nossas costas. Estavam tão lindas! Depois, só um instante depois, todo voltou a uma espécie de tristeza muda e contida, como se essas mesmas fachadas, antes douradas, fossem ainda assim conscientes do seu próprio peso.


 POSTAL DESDE LISBOA (2)
Lisboa te deslumbra una primera vez y ya nunca deja de deslumbrarte. Es como si el pasado -ese territorio mítico del que me temo no formar parte- se resistiera a marcharse y aquí, por estas calles, tratáramos secretamente no tanto de buscar los rincones de la ciudad, sino esas paredes ya definitivamente descalichadas de nuestra memoria.

LISBOA (3)
Es ir atravesando el puente y entrar en esa corriente sanguínea de intrincadas colinas, tejados encendidos, fachadas blancas. Pareciera que el sol hubiera desfallecido entre sus calles y a sus restos, ya semipodridos, acudieran los gatos, las palomas y los pobres. Las nubes corretean confusas y primerizas casi sin mirar hacia abajo. La sirena de un barco te regresa a una realidad de intrincadas colinas, de encendidos tejados y ahora sí, de fachadas blancas y cuajadas de azulejos y cansancio.








POSTAL DESDE AMSTERDAM
Se llamaba Ishba y creo que era noruega. La conocí en la Rembrandtplein y la invité a unas cervezas y unos arenques con mayonesa. Nos hicimos muchas fotos en los canales y casi nos dormimos en un portal, cercano a unas compuertas. Ya habíamos desfogado nuestra pasión en una placita cuando al pasar un puente nos sorprendió ver a una mujer sentada en la ventana de un tercer piso en disposición de saltar sobre el canal. Parecía borracha y desesperada. Se llamaba Ishba y creo que era noruega.





POSTAL DESDE ESTAMBUL
Hoy hemos recorrido el Bósforo de punta a cabo. Yo estaba muerta, pero Felipe ha vuelto entusiasmado, con no sé qué del Cuerno de Oro o vaya a saber qué de los antiguos otomanos. ¡Sus cosas! No sé, a mí se me cerraban los ojos y no podía pensar más que en lo de ayer con Cemal, pero esperaba más, no sé qué pero más. A mí las mezquititas esas me dejan no sé cómo decirte. Si uno ha visto Solimán o la Azul, como que las demás… A ésas, cómo te diría, que vayan los turcos si tanto les gusta. Yo, la verdad, estaba loca por regresar al Karakoy y ver a Cemal para lanzarme sobre él como una loba pero estaba hecho un lío y no sabía qué excusa buscarme hasta que entonces, tú te figuras, Felipe va y me dice que está tan cansado que mejor que salga yo solo esa noche a cenar y si acaso le traiga unos sanwichitos y le dije que sí, que faltara más, qué le iba a decir, Cemal de mis entrañas.


POSTAL DESDE SEVILLA
Ayer por fin pude contactar con El Peluca, flaca. A pesar de todo me ha parecido como dicen acá, un buen tío. No le vi ni malos modos ni rencor. Decía que bueno, que tú. Cosas. Sonseras. Como no conocía la ciudad, me la ha enseñado. No hizo nada, sintió como una abejita en el costado, se agarró a mí, dobló las rodillas, me miró como sin comprender o como si lo hubiera comprendido todo, y ahí se le fue acabando la bencina al pibe. Pobre. Sentí que es una pura lástima pero ya nunca podré volver (ni siquiera con una mina como vos), porque como dice el manual, nunca se sabe si algún ortiba podría algún día, tú ya me comprendés y además, flaca, uno será un maula, pero tiene su cuore y su cosa. Y, bueno, ahorita me he ganado el que por fin me digas qué te hizo.






VINCENT Y THÉO VAN GOGH, HERMANOS SIAMESES


La relación de Vincent y Théo Van Gogh acaso no tenga parangón en la historia del arte. Las cartas de Vincent a su hermano han sido siempre una de las lecturas más reparadoras de mi vida. Cuando me he sentido abatido o cercano a la incomprensión siempre he vuelto a ellas. Leerlas es una especie de conciliación con los aspectos más rugosos y difíciles de la relación entre las personas. Si existe el amor, ambos hermanos lo sintieron en dosis suficiente como para matar a una vaca. Se ha escrito mucho sobre ambos hermanos, pero no recuerdo nada acerca de su relación, de su interdependencia, de su comunión.El relato está dedicado al maestro y pintor colombiano, Alberto Vélez, que desde Sabaneta inocula al mundo su fe irrestañable a La Naturaleza. Su obra no deja de ser una comunión con el Amazonas, pulmón del planeta.


LOS HERMANOS SIAMESES
CUENTO, por MANUEL MOYA
a mi amigo, el pintor colombiano Alberto Vélez





Por favor, Modi, no se destruya, hágame caso. No se rebaje así ante esta chusma. Usted vale cien veces más que ellos. Sé que tiene fama de hombre difícil, incluso de, como dicen ustedes los italianos, rompecoglioni, pero, bueno, he visto sus cuadros colgados en lo de Wylda y qué puedo decirle. Tienen alma, Amedeo, tienen alma. Ternura y alma. Sé que alguien que pinta como usted, no puede ser mala persona. Poseo alguna sensibilidad artística, aunque algunos, como el señor Roland, se empeñen en afirmar lo contrario. Estuve casada con un conocido merchand de arte y eso, querido Amedeo, acaba por notarse. Nuestra casa siempre estuvo llena con los cuadros de mi cuñado Vincent. Mi primer marido se llamaba Théo y trabajaba en la casa Goupil, no sé si usted la conoce, arriba, cerca de Montmartre. Fue un hombre admirado mientras con su trabajo de marchante pudo ayudar a los artistas, pero luego acabó denostado por quienes antes le bailaban el agua y a quienes tanto ayudó. Ya sabe, la vida de un marchante de arte. No sé por qué le cuento todo esto, cuando es más que probable que esté al corriente de todas las cosas inexactas que se han dicho sobre mi marido. Después de su muerte, créame, he tenido que luchar contra ciertos molestos personajes de esta ciudad. Si quiere que le sea franca, estoy convencida de que lo que acabó realmente con él fue la muerte de su hermano Vincent, que supongo le sonará. Gauguin, a quien tanto protegió mi pobre Théo, se pasó meses contando chismes a todo el mundo sobre Vincent, tratando de hacerse el gracioso. Que si estaba enamorado de él, que si era un loco de atar, que si era el pintor más mediocre que había conocido, que si tenía millones de pájaros en su cabeza, que si no sabía dibujar, que si era un desastre. No puede usted imaginarse cómo sufrió Théo con quien al fin y al cabo seguía siendo su protegido pero era así como Gauguin le pagaba. Como debe estar al corriente, desde hace años vengo trabajando porque se conozca la obra de mi cuñado, pero me está costando sangre. Excepto los buenos de Aurier, Bernard y los nuevos pintores a quien usted admira tanto, los demás parecen como si no supieran qué decir o pisaran cristales. Ante los cuadros de Vincent se quedan alelados pero no son capaces de dar un paso más allá en su reconocimiento. Lo consideran un salvaje y con eso se conforman. Vincent no era un Renoir, de acuerdo, pero es mucho, mucho más que un salvaje, pero incluso si sólo fuera un salvaje ya sería mucho más que los que no son nada, porque todo su horizonte es hacerse una carrerita y gustar. ¡Gustar! Usted, Amedeo, es distinto. Yo sé lo que me digo. Usted, como Vincent, es un hombre desesperado. No se ofenda. Algún día alguien lo comprenderá. Verá sus cuadros y dirá, aquí hay alma. Este señor sabe hurgar en el alma, sabe dónde está el alma y eso, amigo Modi, no hay demasiados pintores que puedan contarlo. Pintar bien lo hace cualquiera. Al principio Vincent Van Gogh era un pintor que ni siquiera sabía dibujar, pero ya era pintor. Figúrese. No sabía pintar pero encontró su sitio. Hurgó hasta dar con su sitio. Eso lo llevó a la muerte pero al menos fue honesto, no se conformó, no se vendió, no se autoexcluyó del dolor y de la incertidumbre por un maldito bistec. Usted es igual. Por eso le hablo. Por eso Amedeo, yo sé que usted sacará esto adelante. Sólo necesita dejarse querer. Esa chica, por ejemplo, Jeanne. Ella lo quiere. Tiene usted suerte. Déjese querer. Es casi una niña, pero lo daría todo por usted. La he visto mirarlo. No la haga sufrir. Ella será quién se lo eche a la espalda. No la deje. No la ofenda. No la olvide. Pero permita que le hable de su colega Vincent. Le decía que todos se volvieron atrás con respecto al pobre Vincent. Ni siquiera el buenazo de Cézanne ha querido saber nada. El hecho de que yo sea mujer ha jugado en su contra, pero soy tan tozuda como un percherón, ¿sabe?, y poco a poco he logrado que el sueño de mi pobre Théo se vaya haciendo realidad. Fíjese: los cuadros de Vincent, esos mismos que antes nadie quería, se venden ya a más de cincuenta francos y, créame, uno llegó incluso a los ochenta. No dejaré de luchar hasta que al menos valgan mil francos. Quien dice mil, dice quinientos. No me crea usted una loca. Quienes antes me trataban con desprecio, ahora me escriben cartas afectuosas y me hablan de lo injusto que es que una obra como la de Vincent no esté ya en los museos. Todo llegará si es que tiene que llegar, me digo. Con intentarlo bastará. No es una cuestión económica, sino de estricta justicia. Los galeristas se empiezan a interesar por sus lienzos. ¡Ay, si Théo y Vincent pudieran despertar! Pero, como le decía, mi ex-marido se quedó sin fuerzas de la noche a la mañana. Para cuando falleció su hermano, Théo ya lo había dado todo, como ocurre con esos ciclistas que tras cruzar la meta después de hacer más de ochenta millas, se derrumban en el arcén. Sí, ya sé, que los médicos franceses y holandeses le diagnosticaron sífilis, que su deterioro físico y mental en los últimos meses fue fruto de esa enfermedad, pero aún hoy, pasados casi veinte años, cuando ya no es necesario dar explicaciones, sigo creyendo que todo fue a consecuencia de la conmoción que le produjo el suicidio de su hermano, de cuyo trágico fin se sentía tan absoluta y profundamente responsable. No hay manera de probar esto, pero nadie como yo puede saber más de aquellos tremendos meses que siguieron al suicidio de Vincent. Imagínese. Hasta aquel día de finales de julio, cuando Vincent se pegó el tiro en el pecho, yo había sido una mujer con suerte, por decirlo así. Había nacido en una familia laboriosa y honrada, conseguí un trabajo estable que me proporcionó independencia, me casé con un buen hombre y nuestro hijo, aún de meses, era una alegría para todos. No podía imaginar que todo aquello tan frágil
 mente construido se iría a derrumbar de un día para otro. En un año, el mundo de la luz se transformó en las mayores y más profundas tinieblas. Todo se nos vino encima, créame. Nunca fui más desdichada que entonces, querido Amedeo. Sólo tenía a nuestro hijo y un cuarto en París lleno de cuadros invendibles y cachivaches. Deseé morir, pero tenía que sacar adelante a mi hijo y preservar la memoria de mi buen Théo. Espantoso, créame. Porque se lo tengo que decir, Théo fue, sobre todo, un buen hombre. El mejor hombre que yo haya conocido. Sólo yo puedo dar testimonio de lo que sufrió durante aquellos meses espantosos. Y eso que el principio de año fue magnífico. Sí, las cosas en la galería pintaban mal, es cierto, y su hermano no acababa de mejorar en el hospital de Saint Paúl, allá en Provena, pero todo lo compensaba nuestro Vincent Wilches, que había nacido sano y rollizo, con una salud de hierro. ¡Una bendición! Conocí a Théo apenas tres años antes, en Amsterdam. Ejercía de maestra en una escuela de Utrech y él era un tipo apuesto, y nada más y nada menos que un marchante de cuadros en París. Cualquier muchacha hubiera caído rendida a sus pies. Según parece, mi hermano Dries le habló de mí. Ambos viajaron a Amsterdam, donde Théo mantenía familiares y clientes. No es que de primeras me llamara la atención. Era un hombre alto y elegante. Llamarlo guapo tal vez sea excesivo, pero había en su mirada, no sé cómo expresarlo, una mezcla de profunda melancolía, de nobleza y de dominio de sí mismo que lo hacía atractivo. No parecía endiabladamente feliz, por decirlo con franqueza, pero se veía a leguas que era un hombre de mundo. Tenía siete años más que yo, y eso me pareció entonces una distancia insalvable. Mi profesión de maestra me daba una cierta libertad, no sé si me explico. No necesitaba atarme a nadie por muy marchante en París que fuera. Me habló de su hermano, cómo no, yo creo que a todos hablaba del hermano que vivía o estaba a punto de marcharse al Sur de Francia, no recuerdo ahora muy bien. Para él su hermano el pintor era como el hijo que hasta entonces no había tenido, aunque fuera tres años mayor que él. ¡Lo veía tan desprotegido y tan impotente para afrontar los asuntos del mundo! Recuerdo que me dijo de su hermano Vincent que era un hombre sin suerte, que había comenzado en el oficio de marchante de arte, como él, que incluso había vivido en Londres y trabajado para un importante galerista, pero que después de aprender el oficio, descubrió que no encajaba en ninguna parte; contó que, después, tras su primer fracaso profesional, Vincent puso todo su empeño en ser predicador, como su padre, y que había llegado a hacerse cargo de una de las parroquias más pobres de Valonia, muy cerca de la frontera francesa, pero que debido a su carácter indómito, cabezota ―así es como solía definirlo― y rigorista, aquello volvió a significar un tremendo fiasco que planteó terribles conflictos familiares; fue una tremenda decepción para la familia porque, además, allí hubo un asunto turbio que aún no he logrado esclarecer y que tenía que ver con una pariente viuda. Empezaba así la tremenda tragedia en que se convertiría la vida de Vincent. Sólo después de aquella debacle, se hizo pintor, un pintor sin suerte y sin oficio, como le he dicho, pero con una voluntad férrea y una lucha interior como acaso no haya habido otra. 




No sé si Vincent ha sido un gran pintor pero cuando comparo sus cuadros con los que veo por esas galerías pienso que en ellos al menos late la vida, en ellos una toca el barro y el sol al mismo tiempo y eso, créame, no se puede decir de casi nadie. De usted sí, Amedeo, y no es un cumplido. Por esa razón me he permitido sentarme con usted. En fin, puede creerme, mi marido le tenía un cariño inmenso a su hermano desvalido. Hoy le gustaría estar aquí, viendo cómo todas sus porfías y esfuerzos en favor del hermano no fueron del todo baldíos. Cuando por fin acabe de transcribir las cartas que ambos se cruzaron, verá que no le exagero. A veces siento unas ganas inmensas de llorar mientras trabajo en ellas. No sé si alguna vez alguien se interesara por publicar las cartas, pero le puedo asegurar que muy pocas veces me he sentido más reconciliada con el arte y con la vida que al irlas transcribiendo. Ese desconocido que para mí era el hermano de mi marido, se ha ido clarificando de tal manera. Son cartas, querido Modigliani, que todo artista debiera conocer. Se lo digo desde la neutralidad. Tanta fe en uno mismo, tanta ternura, tanta complicidad, y tanta fragilidad no es fácil encontrarlas. Lo de la fragilidad, querido Modi, yo lo encuentro en sus lienzos. Son conmovedores, créame. Es imposible mirarlos sin saber que el alma palpita, que ahí está ocurriendo algo que a la vez es duro y a la vez de una ternura mística. Y no crea que utilizo la palabra misticismo a humo de pajas. Yo bien conozco y reconozco el misticismo, se lo puedo asegurar. Otra cosa no, pero el misticismo… Raramente dos hermanos se han querido y necesitado tanto el uno al otro. Théo se quejaba constantemente de no poder hacer nada por una obra que los galeristas y compradores rechazaban por violenta, tosca y poco realista. ¡Figúrese! Al parecer nadie entendía aquellos lienzos en los que pintaba campesinos, trigales, campos, exclusas, marineros o cipreses azotados por el viento. Demasiado atrevidos, demasiado feos, decían, para colgarlos en un salón. Pero Théo creía ciegamente en su hermano. Al menos en el esfuerzo hercúleo que su hermano desarrollaba y que no acababa de dar sus frutos. Cada uno de su cuadros es como una oración. A Théo le sobrecogía la honestidad de su hermano. Su trabajo, su empeño. Mi marido destinaba parte de su sueldo a su desdichado hermano. Sabía que estaba obligado a hacerlo. Yo creo que en el fondo se sentía culpable por no encontrarle compradores. Pero no era culpa suya. En arte la gente corriente reconoce las cosas de ayer, pero no las de mañana. Un burgués no quiere saber nada de mañana y menos aún de pasado mañana y el verdadero arte es el de pasado mañana, querido amigo. Recuerdo el día en el que logró vender su primer cuadro. Unas vides rojas, diez francos. Eso fue tan sólo unos meses antes de morir su hermano. Théo estaba exultante. Como si hubiera vendido un carísimo cuadro de Monet. Pero le hablaba de Théo y de mí. Debí impresionarle porque a su llegada a París me escribió una carta efusiva, en la que, ¡valiente locura!, me pedía matrimonio. ¡Matrimonio! Théo nunca fue un tipo arrojado en estos asuntos. Todo lo contrario. Yo le respondí de inmediato diciéndole que no podía fiarme de alguien tan impulsivo y arbitrario que pedía matrimonio a la primera chica que se cruzaba en su camino. Insistió, pero deduje que detrás de su aspecto delicado y recto, debía estar muy solo. Ahora creo que necesitaba descansar del inmenso peso que cargaba sobre sus espaldas. Dejar en el hombro de otra persona parte de su propio peso y el de sus sufrimientos. Su hermano entonces andaba por el Sur. Todavía no había tenido lugar el triste y bochornoso espectáculo de su riña con Gauguin y la excentricidad de cortarse la oreja. Entonces todo sonó a una vulgar locura, pero no, Vincent, que había trabajado como un condenado a galeras, que durante años luchó contra todo y contra todos, que apostó toda su esperanza en la llegada de Gauguin, un pintor a quien consideraba un maestro, que había asumido el hecho de ser el mayor fracasado del mundo, que seguía viviendo, a sus treinta y tantos años, de la pensión de ciento cincuenta francos que su buen hermano le enviaba todos los meses, que había pasado por todas las penurias, fracasos y calamidades posibles, explotó. Tenía que explotar, señor Amedeo, estaba escrito que debía explotar y lo hizo cortándose parte de una oreja. ¿Es tan malo eso? Si hubiera sido otro tal vez le hubiera cortado la oreja a Gauguin y ahora tendría razón en ir contando chismes y boutades sobre Vincent, pero prefirió cortarse la suya. A veces he llegado a pensar que la vida de Vincent ha sido una automutilación continua. Al abandonar su trabajo de marchante mutiló de golpe la posibilidad de hacerse un burgués; fracasando como fracasó de pastor de almas, automutiló su desmedida ternura hacia los demás, haciéndose pintor que no lograría vender un cuadro se excluyó del mundo. Y Théo, mi marido, fue su única sujeción. Todo dependía de su hermano. Pero cortarse la oreja no fue sino un peldaño más en su autoexclusión. Acaso el más pintoresco, pero uno más. Cierto que ya la presión, la soledad y el agotamiento le podían. Durante el año que había pasado en el Sur había pintado cientos de cuadros. En las cartas a su hermano le habla de cada uno de ellos, pero hablaba de su vida, interior y frenética, casi desesperada. Cuánto amor, cuánta fe, cuánta ternura. Era imposible no salir de todo eso descuartizado, amigo mío. Pero el calor del sur, el sol, y esos campos cuajados de flores y de árboles solitarios dejados al sol, lo atraían como un imán. Estaba imbuido por una visión interior, señor Amedeo. Ya digo, cada cuadro suyo es una oración. Sus cuadros se convirtieron con el contacto de la luz del sur en oraciones paganas, salmos al sol y a las estaciones. Pero aquel episodio de la oreja fue un momento terrible para todos y en especial para Théo, como puede entender, que justo por esos días me pidió en matrimonio y yo, perdóneme, siempre he sospechado que una cosa trajo la otra. Se ha hablado poco de esto, pero yo lo he meditado largamente y creo que la idea de que Théo lo fuera a abandonar acabó por ser el fatal desencadenante de aquella primera tragedia. Creyó que si su hermano emprendía una nueva vida, con nuevas obligaciones y nuevos afectos, él se quedaría fuera y no sabía qué hacer. Había fracasado en todo, Amedeo. Era incapaz de ganarse unos francos por su cuenta. ¿Quién lo protegería a partir de entonces? ¿Quién se haría cargo de él y de su pintura? Sí, la noticia de nuestro enlace, debió robarle las pocas fuerzas que le quedaban. No se puede luchar siempre. Y no se puede luchar como luchó Vincent, sin que tarde o temprano te aceche la locura. No señor. Poco después la gente de Arlés escribió una carta al ayuntamiento quejándose del extravagante comportamiento de aquel infeliz pintor que tomaba la carretera de Tarascón muy de madrugada y a veces regresaba por la noche para captar las primeras o últimas luces del día. Y lo internaron y lo volvieron a internar y un día, completamente desesperado, se tomó los pigmentos y el aguarrás y, bueno, Théo, al que todo aquel descomunal lío de su hermano lo había desarbolado, descuidó sus negocios y sus cosas y la casa Goupil comenzó a hacer aguas y de pronto, señor Amedeo, yo fui esa salvación, comprende, la única salvación para Théo, aunque mi llegada supusiera, tuviera que suponer a la fuerza el hundimiento definitivo de Vincent en el sanatorio de ese tal Doctor Gachet, en Auvers-sur-Oise, no sé si lo conoce. Ese peso, créame, lo llevaré mientras viva, pero ese peso es también mi mayor fuente de energía. Yo sé que todo mi trabajo y mis empeños en hacer que la visión y la aventura casi heroica de Vincent y Théo al fin se vean reconocidos, tiene mucho de compensación por ser yo y nuestro hijo Vincent Wilhem quienes, sin quererlo, nos convertimos en el detonante de sus muertes. Porque fue eso lo que fuimos, mi querido Amedeo. No me cabe la menor duda: el nacimiento de nuestro hijo y la cada vez más declinante marcha de los negocios de Théo, acabaron por precipitar a Vincent al suicidio. Porque yo no albergo dudas sobre su suicidio. Él mismo le contó a su hermano cómo había sido y Théo me lo contó a mí. Entre ellos jamás se mintieron. Hubo momentos difíciles entre los dos hermanos pero jamás se mintieron. Supongo que no sería fácil mantener una amistad duradera con Vincent, pero Théo siempre comprendió a su hermano y, en el fondo, Vincent fue, antes de aparecer yo, la sujeción de Théo. 



Sin su hermano, Théo se hubiera derrumbado mucho antes. París se lo hubiera llevado, como se ha llevado a tantos otros. Vincent lo sostuvo, dándole un sentido a su vida. No podía dejar tirado a su hermano, tenía que ocuparse de él y por eso tiraba con todas sus fuerzas de sí mismo. La presión a la que vivió sometido, sobre todo en los últimos años, fue tremenda. El mundo artístico era y es difícil y el de los negocios, qué puedo decirle. Él estaba en medio y eso complica siempre las cosas. Théo era honesto y entendía a los artistas. La cercanía con su propio hermano hacía que comprendiera bien el mundo interior de los artistas y no quisiera frivolizar. En el poco tiempo que la vida nos dejó vivir juntos me enseñó, si no a entender el arte, sí a respetarlo, a respetar a cada artista, por eso he tenido el atrevimiento de sentarme con usted, Amedeo, porque a pesar de su fama de hombre violento y solitario, usted también es un hombre frágil, tocado por el desasosiego. El arte verdadero no se conforma con migajas: siempre exige llegar al tuétano, aunque ese llegar hasta el tuétano duela y mate, y con frecuencia conduzca a la desesperación y a la locura. Théo, mi querido amigo, estaba con los artistas, los entendía, sabía cuáles eran sus perspectivas, sus preocupaciones, todo eso. De haber querido ganar dinero… Pero, bueno, deje que le siga contando: muy pocos días antes de su suicidio, a principios de julio, Vincent vino a vernos a nuestro pisito de la Rue Lepic. Théo, que también comenzaba a ventear los síntomas mentales de la sífilis, y su hermano discutieron. Yo trataba de dormir al niño en el cuarto de al lado. La discusión, pensé, era una simple cuestión de hermanos. Théo trataba de poner a Vincent al corriente de las nuevas dificultades. Aunque no lo quisiera, las cosas debían cambiar. No es que dejara de ayudarlo, eso no, pero debía dejarle respirar, máxime cuando Théo estaba pasando por momentos de dificultad donde trabajaba y la llegada de Vincent Wilhem era un asunto que cambiaba el panorama. Entonces, yo no acababa de entender lo que Vincent quería de su hermano. Todo era en cierto modo inconexo, egoísta, desesperado, pero también de una extraña y a la vez brutal inocencia. Había reproches, dudas, incertidumbres. Ambos pisaban sobre fuego y no se daban cuenta. En el fondo ambos trataban de afrontar el futuro y el futuro se presentaba oscuro para todos. Con lo que últimamente le pagaban en Goupil, Théo no podía seguir ofreciendo toda la ayuda material que Vincent necesitaba. Tan mal estaban las cosas, que Théo meditaba instalarse por su cuenta y montar su propia galería, pero para eso necesitaba algo de tiempo y de dinero. Y no había ni una cosa ni otra. Fue una conversación tensa, llena de reproches y malos entendidos. Vincent era un hombre humilde, pero, como todos los solitarios, tenía cierta tendencia a la brusquedad. Acabó marchándose malhumorado, vencido, como si la única persona que hasta entonces lo hubiera comprendido lo expulsara de su vida. Y no era sí, pero era así como él lo veía, amigo Modi y eso debe ser terrible. Terrible para ambos, quiero decir. Yo imagino cuánto dolor hubo de sentir Théo aquel domingo, pero puedo asegurarle que por la noche no logró conciliar el sueño. No podía con más presión y eso es lo que había querido decirle a su hermano, pero Vincent, desesperado, no lo entendía. Para él, su hermano desataba ya las últimas cuerdas que los sujetaban. Sin la sujeción económica de Théo, Vincent sabía que no podía valerse. ¿Qué sería de él y de su vida a partir de entonces? ¿Cómo podría afrontar el futuro sin la ayuda de su hermano menor? No, definitivamente, Vincent se vio ante sí mismo sin ningún futuro. Estaba, pobrecillo, frente al precipicio. Él, que necesitaba sosiego, se encontraba ahí, en un lugar terrible. Su hermano, al borde del colapso, no podía seguir ayudándolo. Habían surgido dificultades. Estaba yo y estaba nuestro hijo, estaba toda la maldita ruina de Guopil… Théo se mantenía de pie a duras penas. Y sufría lo indecible. Por la mañana lo encontré sentado en un sillón, adormilado. Me dijo que se sentía mal del estómago, pero yo sabía que lo que lo tenía sin dormir era el desencuentro con su hermano. El difícil futuro que se nos avecinaba lo ennegrecía todo. La solución hubiera sido que Vincent se hubiera venido a vivir con nosotros, pero Vincent era problemático. Théo, que ya había vivido una larga temporada con él en París, sabía que eso no podía ser, que la convivencia se haría insoportable y que sus nervios no lo resistirían. Pero no tenía una solución fácil. Buscaba entre sus conocidos algún joven pintor en dificultades que por una módica cantidad se prestara a compartir con su hermano algún estudio, pero no era fácil. La fama de Vincent, propagada por Gauguin, no ayudaba. ¿Quién querría convivir con un loco de atar, capaz de cortarse la oreja en un arrebato? Unos días más tarde, mientras trataba de arreglar las cosas, Théo le puso cincuenta francos en el correo postal. No podía contener un día más el peso de su angustia y aún así siguió su penar durante días y semanas. Vincent le contestó, comprensivo. Pero fue un mes espantoso para mi pobre Théo. Después, de la noche a la mañana, todo acabó por desatarse. Aún recuerdo el viaje a Auvers. Théo acudió de inmediato, en cuanto lo avisaron en la galería de que Vincent se había pegado un tiro en el pecho pero que estaba en cama y que seguía fumando en su pipa. ¿Un tiro? Todo era confusión. El pueblo de Auvers era muy tranquilo y aquel incidente tenía a todos alborotados. Vincent, que estaba alojado en la posada, lo recibió en la cama. Viéndolo así, me dijo Théo, no parecía que estuviese para morirse. Vincent sonreía y fumaba pero al parecer prefería no hablar de lo que había sucedido. ¡Estaba tan contento con la compañía de su hermano! Aquella era la reconciliación. ¿Fue aquello una manera de atraer a Théo y abrazarlo y volver a lo anterior? Es una pregunta, señor Amedeo, que me he hecho más de una vez y no sé qué responderme, se lo juro. ¿Se quiso matar de verdad o como cuando lo de la oreja, era más una manera de atraer la atención y la cercanía del hermano? ¿Era una manera de reconocer su deuda con Théo, que tanto lo había ayudado? Quizás. Hoy el asunto carece de importancia, pero para mí es importante llegar a una conclusión. A veces me pregunto si mi cabezonería y mi apuesta por dar a valer la obra de Vincent, no es mi manera de resarcirlo, de seguir ayudándolo, ahora que Théo no puede hacerlo. Sí, señor Amedeo, en el fondo me siento culpable, aunque a veces me digo que todo esto lo hago por Théo, porque yo sé que para él no habría cosa que más pudiera agradecerme. Es también, por qué no decirlo, un acto de estricta justicia. Pero volvamos a aquellos días difíciles, cuando Vincent se pegó el tiro en el trigal. Durante los últimos días, Théo y él hablaron de pintura, de la infancia, de las cosas que ellos sabían les unía aún más que la sangre. Vincent, al fin reconciliado con su hermano, albergaba futuros, infantiles proyectos. Creo que lo hacía para animar a su desconcertado hermano. Había pintado unos cuadros sobrecogedores durante aquel último mes. Permanecían aún frescos y apilados en su cuarto, pero nadie salvo Théo perdió tiempo en mirarlos. Théo estaba realmente impresionado. Sabía que aquella obra no era vendible, que ningún burgués la compraría para exponerla en su salón, pero allí, en aquellos cuadros violentos, poéticos hasta la extenuación, apenas abocetados, había más pintura verdadera que en todas las galerías de París juntas. Él lo sabía pero cómo hacer que el mundo lo supiera. Ahí radicaba, amigo Amedeo, su amargura, su impotencia, su tremenda frustración. Siguieron hablando de cuando juntos vivieron en París, del viejo Tanguy, de un tal Monticelli, un pintor italiano, según creo, que interesaba mucho a Vincent. Esa fue la manera natural y honda que los dos hermanos tuvieron para reconciliarse. Enseguida, casi sin darse cuenta, estuvieron más juntos de lo que acaso lo hubieran estado nunca. Ahora ambos estaban igual de desesperados. La vida los había arrastrado hasta aquella habitación y ambos sabían que era el final del camino. Vincent se sentía aliviado porque sabía que su hermano podría caminar más libre sin él y porque comprendía que su hermano lo había dado todo y hubiera seguido haciéndolo y eso lo reconfortaba. Théo comprendía ahora el inmenso y baldío sacrificio de Vincent. Ahora comprendía cuánta verdad había en su vida y en sus lienzos. El sol que había pintado no era un sol sino su oración al sol, y los almendros no eran almendros sino la vida en su inmensa pujanza, en su belleza, en su necesidad de regeneración y de comunión a un tiempo. Sé que le aburro con mis consideraciones artísticas, señor Modigliani, pero yo sé que usted eso lo puede comprender muy bien, porque usted también, a su manera, claro, entiende el arte como una oración. En el caso de Vincent, no se podía estar más cerca al mismo tiempo del estómago y de la mística. Pero quién, quién podría comprender eso, quién en medio de un tiempo de frivolidades, podría detenerse a contemplar eso. Yo llegué un día más tarde, cuando Vincent aún vivía. Fue allí, en Auvers, donde me percaté de la profunda relación que existía entre aquellos dos hombres indefensos. De cuánto se necesitaban. Uno no era sino la sombra del otro. Su reflejo. Su calco. Habían llegado a un punto en el que ambos habitaban un solo cuerpo. Estaba pasmada. Yo había tratado poco a Vincent y no sentía por él lo que se dice un sincero afecto. Más bien al contrario. En el fondo le reprochaba todo el dolor que Théo sentía por él, toda la atención que le reclamaba. Me parecía un egoísta y un desequilibrado, porque en el fondo de mí misma yo necesitaba proteger a Théo y aún más, yo necesitaba proteger a nuestro hijo, y mi odio a Vincent no era más que una reacción ante aquel extraño ser que nos reclamaba ayuda cuando no podíamos seguir ayudándolo. Era, perdóneme, así de dura y de cruel. La vida nos hace lobos. Ahora puedo entenderlo. Entonces sólo pedía lo que me parecía justo. . . Mire, aunque entonces no lo reconociera, mi hijo y yo éramos sus rivales. Así lo veía él y así lo vivía yo. Comprenderá que no estuviera en disposición de admirar sus cuadros. Me parecían toscos. Raros. Demasiado exaltados. Pueriles casi. No eran los cuadros de un pintor, desde luego. No entendía cómo alguien podía pintar las cosas de esa manera y, cómo no, me ponía en el lugar de quienes no querrían por nada del mundo tener un cuadro de aquéllos en su salón. Si por mí fuera los hubiera quemado todos. Hoy, claro, mi perspectiva es tan distinta que casi me sonroja haber visto las cosas como las veía entonces, aunque es precisamente eso lo que me hace ser tozuda. Si yo, una simple maestra holandesa, pude ver eso, por qué razón no podrían ver lo mismo o parecido las demás personas sensibles. No era una simple cuestión de sensibilidad o perspectiva, sino de revelación. Los cuadros de Vincent Van Gogh tenían que revelarse y la revelación sólo sería posible exponiéndolos, pero nadie quería exponerlos. Por eso saqué fuerzas de flaqueza, por eso me aventuré en algo cuyo fin o sentido desconocía. Pero estaba segura, créame, que si yo había visto, cualquiera podría ver. Y eso me ayudó y eso me ayuda, mi querido Modi. Por eso hablo con usted. Todo comenzó a cambiar a partir de ese día, cuando percibí que ambos eran la misma persona, que estaban ligados por un lazo secreto pero visible. Sólo había que abrir los ojos para verlo. Y ese invisible lazo que unía a ambos hermanos me sobrecogió. Creo que entendí más allá de toda duda, la lucha de ambos, el amor de ambos, el profundo respeto que existía entre los dos hermanos. Fue el gran momento de la revelación. Todos los resquemores que pudiera tener con Vincent se disiparon en ese instante. Supe que ambos eran un mismo organismo, una misma alma sólo que separadas por la carne. Cuando Vincent expiró, Théo se quedó inmóvil, como si a él también le faltara el aire. A pesar de sus diferencias físicas parecían o eran hermanos siameses. Théo le sostenía la mano y de pronto la mano dejó de latir. Ese momento está pintado en mi mente como otro más de los inmensos cuadros de Rembrant que había visto con Théo en Amsterdam. Me apena que cuando yo muera ese cuadro desaparecerá para siempre. Ah, si yo supiera pintar, sacar ese cuadro de mi cabeza y fijarlo en un lienzo. En fin, no le canso más, a Vincent lo enterramos al lado de una tapia del cementerio de Auvers y antes de volvernos a París, Théo regaló algunos de sus últimos lienzos a quien quiso aceptarlos, pero sólo el buen Doctor Gachet y su hijo se quedaron con unos cuantos. Después se precipitó el final de Théo, mi marido, que se pasó sus últimos meses de lucidez catalogando los cuadros del hermano, con el fin ya agónico de realizar una exposición de su obra, pero la tarea le sobrepasaba. Estaba irritable, perdido. Ya estaba muerto. Murió con el tiro que Vincent se pegó en el pecho seis meses antes, a las afueras de Auvers, de cara a los trigales, por eso me permito decirle, querido Amedeo, que no se amedrante, que usted, como Théo, como Vincent, tiene alma y que sólo debe salir ahí, en medio de todo ese infierno, lejos de la absenta, a encontrar por fin a esa chica, a su Jeanne, pero por favor, cuídese de una vez por todas esa tos.




CONTRA LA SOLEMNIDAD


CONTRA LA SOLEMNIDAD

En tiempos confusos y baldíos el arte de la solemnidad se abre paso. Los solemnes merodean por los pasillos de las universidades, por las plateas de los ministerios y por los ciclos de poesía. Uno debe esquivarlos porque son mucho más nocivos que la heroína y el método pilates todo junto. Mil veces prefiero prestar oídos a un mormón que a un jodido solemne, a un taxista ultra que a un yonqui de la solemnidad, a un poeta fonético que a un tifosi de la solemne intertextualidad y la erudición. El reino de este mundo es de los solemnes y de los pedantes, de los idiotas adoradores de esa señora estúpida y pomposa llamada solemnidad. Hágase comprender y estará perdido, hable llano y todos lo confundirán con un productor de melones. Antes se decía que a mal cristo mucha sangre, pero hoy se debiera decir que a mal texto mucha cita. Barbasco, puro y simple barbasco. Hace años, siendo editor, pedí a un solemne de toda solemnidad un libro de lectura ágil y sencilla sobre un tema que no admitía la floritura. Al cabo de unos meses el solemne se despachó con un librito completamente ilegible, de 100 páginas y setecientas notas de vellón. Preguntado por esta curiosa forma de entender la legilibilidad, el solemne me contestó que él no se jugaba su prestigio así como así y que cada una de las afirmaciones que hacía a lo largo del folletito debía ser refrendada por una cita como dios manda. Antes se hubiera dejado rebanar el pescuezo que sucumbir ante aquel peligro nefando de escribir un libro ameno y sencillo, despojado de toda suerte de erudición. Acabé por entenderlo: él no quería que lo entendieran, él quería que lo adorasen. Ayer leía un libro de un poeta querido y, malhaya de mí, se me ocurrió comenzar por el epílogo. Pues bien, no bien llevaba un servidor dos páginas leídas, cuando ya el epiloguista se había metido entre pecho y espalda un repaso exhaustivo de todas las autoridades conocidas y por conocer de la sociología, la poesía y la hermenaútica -lo admito: aquello tenía algo de ejercicio fluvial por un río de tiza-, desde Lacan a Laghbaun, pasando, cómo olvidarlos, por Gadamer, Weber o Widengren o por el inefable Kassner, de modo que nuestro solemne imbécil se daba trazas de empalmar una guirnalda con otra, una cita con otra, un pensamiento con otro con la cantarina satisfacción y probidad de un colibrí que fuera de flor en flor, Duero abajo, desde Soria hasta Porto y no contento se volviera hacia Jerusalem. El caso es que tras leer las primeras quince páginas del epílogo no sólo no me había “coscado” de nada, sino que desconocía la opinión del solemnista, aunque sin casi darme cuenta había recorrido dos alas de la Biblioteca del Congreso Americano a cuenta, creo, del mito y sus cien orillas, aunque, lo admito, si hubiera hablado de la mitomatosis mi mente hubiera seguido igual de turbia y cascabelera. Cuando al fin enfilé las dos últimas líneas supe con alivio que había regresado a casa, luego de un secuestro a manos de un insoportable epiloguista. Me quedaba releer al poeta amigo y éste, como siempre, me volvió a emocionar con su absoluta falta de solemnidad, con esa dicción suya que ilustra el movimiento de un vencejo en el aire. Y me acordé de Lacan y solemnemente le juré vengarlo y por si acaso me cagué en sus muertos.