CONTRA LA SOLEMNIDAD


CONTRA LA SOLEMNIDAD

En tiempos confusos y baldíos el arte de la solemnidad se abre paso. Los solemnes merodean por los pasillos de las universidades, por las plateas de los ministerios y por los ciclos de poesía. Uno debe esquivarlos porque son mucho más nocivos que la heroína y el método pilates todo junto. Mil veces prefiero prestar oídos a un mormón que a un jodido solemne, a un taxista ultra que a un yonqui de la solemnidad, a un poeta fonético que a un tifosi de la solemne intertextualidad y la erudición. El reino de este mundo es de los solemnes y de los pedantes, de los idiotas adoradores de esa señora estúpida y pomposa llamada solemnidad. Hágase comprender y estará perdido, hable llano y todos lo confundirán con un productor de melones. Antes se decía que a mal cristo mucha sangre, pero hoy se debiera decir que a mal texto mucha cita. Barbasco, puro y simple barbasco. Hace años, siendo editor, pedí a un solemne de toda solemnidad un libro de lectura ágil y sencilla sobre un tema que no admitía la floritura. Al cabo de unos meses el solemne se despachó con un librito completamente ilegible, de 100 páginas y setecientas notas de vellón. Preguntado por esta curiosa forma de entender la legilibilidad, el solemne me contestó que él no se jugaba su prestigio así como así y que cada una de las afirmaciones que hacía a lo largo del folletito debía ser refrendada por una cita como dios manda. Antes se hubiera dejado rebanar el pescuezo que sucumbir ante aquel peligro nefando de escribir un libro ameno y sencillo, despojado de toda suerte de erudición. Acabé por entenderlo: él no quería que lo entendieran, él quería que lo adorasen. Ayer leía un libro de un poeta querido y, malhaya de mí, se me ocurrió comenzar por el epílogo. Pues bien, no bien llevaba un servidor dos páginas leídas, cuando ya el epiloguista se había metido entre pecho y espalda un repaso exhaustivo de todas las autoridades conocidas y por conocer de la sociología, la poesía y la hermenaútica -lo admito: aquello tenía algo de ejercicio fluvial por un río de tiza-, desde Lacan a Laghbaun, pasando, cómo olvidarlos, por Gadamer, Weber o Widengren o por el inefable Kassner, de modo que nuestro solemne imbécil se daba trazas de empalmar una guirnalda con otra, una cita con otra, un pensamiento con otro con la cantarina satisfacción y probidad de un colibrí que fuera de flor en flor, Duero abajo, desde Soria hasta Porto y no contento se volviera hacia Jerusalem. El caso es que tras leer las primeras quince páginas del epílogo no sólo no me había “coscado” de nada, sino que desconocía la opinión del solemnista, aunque sin casi darme cuenta había recorrido dos alas de la Biblioteca del Congreso Americano a cuenta, creo, del mito y sus cien orillas, aunque, lo admito, si hubiera hablado de la mitomatosis mi mente hubiera seguido igual de turbia y cascabelera. Cuando al fin enfilé las dos últimas líneas supe con alivio que había regresado a casa, luego de un secuestro a manos de un insoportable epiloguista. Me quedaba releer al poeta amigo y éste, como siempre, me volvió a emocionar con su absoluta falta de solemnidad, con esa dicción suya que ilustra el movimiento de un vencejo en el aire. Y me acordé de Lacan y solemnemente le juré vengarlo y por si acaso me cagué en sus muertos.

EL PEREGRINO (cuento pessoano)


EL PEREGRINO (O PEREGRINO)
FERNANDO PESSOA



Yo vivía contento en casa de mis padres, en mi ciudad natal junto al mar. No tenía ocupación que me divirtiera el espíritu de los encantos naturales de la imaginación feliz de los adolescentes; no había visto todavía al amor turbar la limpidez de mi alma con su alegría malcontenta. Vivía más contento que alegre, sin más recuerdos del pasado, amarguras del presente o dudas acerca del futuro. Mi infancia había transcurrido sana y natural. Mi adolescencia pasaba sin estridencias.
El buen pasar de mis padres y mi propio carácter, poco propicio a desaprovechamientos, no aventuraban nubes en torno a mi porvenir.
Mi infancia había pasado libre de enfermedades y castigos. Mi adolescencia acabó sin fiebres ni curiosidades. El buen pasar de mis padres y mi carácter poco enemiga de ese buen pasar, no me hacían recelar de lo que habría de ocurrir cuando la muerte se los llevase. En cuanto al presente, ellos me amaban y me querían cerca. Una convivencia tranquila con amigos de la casa alargaba nuestro descanso. Yo había aprendido a respetar a los viejos, a amar a los críos, a estimar a mis iguales y a tratar como iguales a los inferiores. No tenía ocupación con la que divertir los enredos naturales de la imaginación adolescente; no conocía aún el amor y la tristeza de no tenerlo, estaba lejos de turbar la limpidez de mi vida. Así yo vivía más contento que alegre, sin más recuerdos del pasado, amarguras del presente o dudas con respecto al porvenir.
Tenía por costumbre pasar las tardes leyendo o meditando, en un pequeño pinar que quedaba en un extremo de nuestra finca en los alrededores de la ciudad. Los momentos más felices de mi vida feliz los había pasado allí. El muro alto daba hacia el camino por donde, de aquel lado, la ciudad recibía a quienes habían venido en su busca.
Cuando ni meditaba ni leía, solía pasarme las horas asomado al muro, viendo pasar a los ágiles viandantes, los automóviles que se acercaban haciendo un ruido de campanillas, burros lentos de los labradores de las cercanías, el paso noble de los caballos que venían de casas más ricas, o iban a sus comercios en las provincias, con las mercaderías apretadas con correas a caballos menos vistosos que los seguían con monturas. La curiosidad inocente de los contemplativos hacía que me llevase allí largas horas, enajenado, quedo, viendo pasar la vida sin cavilar en nada, por simple entretenimiento, a la manera de los simples, con el aspecto de las cosas más que con su significación.
No es que mis pensamientos fuesen siempre tan ingenuos, pero no era en aquellas horas que se desviaran de su tranquilidad característica.
Como les ocurre a todos cuantos piensan, lo cierto es que yo no dejaba de meditar sobre el misterio de la existencia. Pero cuando eso me perturbaba era en las veladas, en el silencio de las lamparillas, cuando ya las ancianas dormían, olvidadas del trabajo en el que entretenían la jornada y la sombra de toda vida se propagaba sutilmente en el alma. En ocasiones no era sin una alegría mía que los ancianos despertaran para la cena y las criadas venían a poner la mesa y el sonido de las voces, otra vez, rompía el encanto, medio torpor medio angustia, que envenenaba el alma en ese momento.
Todo eso, pues, aunque no fuese sólo placer, traía un elemento necesario de noble inquietud para sacudir en cierto modo el polvo de la monotonía que, sin eso, iría cubriendo poco a poco mi vida. Y eso no ocurría siempre, ni era mucho. La “siesta” de mi vivir estaba tanto en lo que respecta a la duración, cuando a la casualidad, en las innúmeras tardes que pasaba a solas, viendo pasar el mundo desde el pinar, pasar la vida hacia la ciudad, volver a ella, mientras a lo lejos, por encima del muro de la finca frontera, el cultivo verde de los campos distraía indistintamente.
Una tarde estaba yo, como de costumbre, observando el transcurrir de los carros y de los peatones. Era el final de un día de verano, con grandes nubes ligeras amontonadas en el horizonte y un viento blando, un viento fresco, agitando a mis espaldas, en un susurro somnoliento, los pinos. Un aroma somnoliento, vegetal y tierno, me envolvía, participando de la dulzura que a aquella hora se esparcía sobre la vida.
Como quiera que había minutos en los que no pasaba ningún vehículo, yo me había distraído incluso de mi distraída ocupación. Miraba hacia el camino sin verlo, pensando en cualquier otra cosa que en caso de que me lo preguntaran, podría decir lo que era. De pronto, como en un sobresalto, observé que un hombre completamente vestido de negro había surgido, sin ruido de pasos, desde la curva del camino por el lado de la ciudad. No sé por qué, apenas se posaron mis ojos en él, se pusieron a examinarlo. Sólo puedo señalar que se trataba de un hombre vestido de negro, con un rostro grave y triste, los ojos serenos y raros, que con paso lento y leve iba por el camino.
Cuando llegó a donde yo me encontraba, alzó los ojos hacia mí y me preguntó no sé qué -porque yo permanecía tan atento a su figura que no lo escuchaba-, a lo que respondí con algo de lo que tampoco me acuerdo. Sólo recuerdo que mi respuesta fue negativa, pero no sé lo que negué. Él me lo agradeció y siguió su camino. Al agradecérmelo me miró sin sonreír (eso lo recuerdo muy bien), como si en vez de agradecerme, lo que se suele hacer con una sonrisa sin sentido, me estuviera diciendo algo, que por una extraña razón me importase demasiado y que por eso mismo sólo pudiera ser dicho con tan solemne gravedad.
Cuando él ya se alejaba y se disponía a doblar otro recodo del camino, yo, que no había apartado los ojos de él, sentí que de una manera misteriosa me estaba recordando las largas veladas en las que, con la luz del candil, mientras las ancianas dormitaban sobre las labores interrumpidas, yo solía sentir el misterio de las cosas que llegaban hasta mí desde las sombras, elevándose lentamente como una marea sorda en las espaldas del otro lado del mar.


II

Nunca más volví a sentir tranquilidad ni bienestar. Mi vida desde entonces se volvió hueca y pálida. A mí, que todo lo tenía, todo me faltaba. Nada deseaba mientras lo deseaba todo. Si en sueños trataba de imaginar un placer que me satisficiese, una (…) que me aquietase, no conseguía (…). No sabía qué cosa soñar que con sólo soñarla me sintiera satisfecho. De las cosas de mi simple vida, las que antes pasaran desapercibidas comenzaron a incomodarme, y las que me eran gratas comenzaron a pasar por mí desapercibidas o extrañas, como flores sin perfume ni color. No sabría decir si fue una cosa lenta o rápida esta transformación que me convirtió en otro. Sólo sé que todo comenzó al ver cómo se perdía el hombre de negro por el recodo del camino.
Disminuyó, sin que la verdad lo enfriase, mi amor por mi país, mi interés por mis amigos, el (…) que tenía en mi casa y el confort de no tener cuidados ni temores. Comencé a no importarme, ni para sentirme apacible con mi vida, ni para sentir la mía con mi alma.
Lo que más me me inquietaba era no el saber la causa real de mi angustia, sino su propia naturaleza. Ningún sentimiento que hubiera sentido, nada que hubiera leído o hubiera oído hablar se parecía a éste. No era propiamente dolor, ni sólo inquietud, ni angustia sin mezcla. No contenía el ardor del deseo, pero era deseo; no parecía enfermedad o falta de algo, pero era dolor por estar enfermo; no guardaba relación con personas ni con cosas ni, considerándolo bien, conmigo mismo. Y así como no podía medir lo que era, no podía concebir qué podría curármelo.
Y siempre, siempre que el mal venía conmigo (y nunca me abandonaba) venía en él, sin que formase parte de él, como si estuviera fuera, como si estuviese más allá de mí mismo, el hombre de negro y las palabras pronunciadas (¿pero qué palabras?) y sus ojos de un terciopelo sucio y la expresión soberana, casi triste, de su rostro misterioso y tranquilo.
Más tarde, cuando pensé mejor en esta extraña figura, no conseguí determinar nada, ni a su respecto ni al respecto del cambio, ni siquiera al respecto de lo que pensara sobre su figura, cuando en ella reflexionaba. Observé que sus facciones, al tratar de recordarlas, no las tenía fijadas de ninguna manera. Sabía que lo reconocería más tarde, cuando lo volviera ver, pero no podía hacerlo pasar dentro de mi pensamiento, para reconocerlo. Nada me quedó de su manera de andar, de su gesto o del timbre de su voz. Pensándolo bien, no me acordaba de haber escuchado su voz, la voz de quien habló conmigo. Es como si yo hubiera soñado que alguien me hablara y no hubiera soñado más que eso, sólo eso y no su voz, en un sueño en el que todo era visión, sin el menor acompañamiento a los oídos del alma.
Su traje me recordaba a negro, pero no era capaz de encontrar un sólo detalle en él. Cuanto más pensaba en el hombre, menos aparecía ante mi vista.
Sobre sus palabras todavía menos, si tal pudiera ser, me quedaría en el espíritu. Sabía que él me había hablado pero lo que me dijo, ni lo sabía ni lo podía imaginar. Pero tampoco podía imaginar que hubiera sido nada, pues, por mal que me dejara concebirlo, parecía oír de pronto la voz, demasiado lejos para oír sus palabras, aun existentes, insistiéndome en que las creyese.
Lo que pensaba acerca de ese hombre, tampoco lo sabía y esto era lo más extraño de todo. ¿Amaba, odiaba, temía a aquella figura? No me causaba ni amor ni odio ni recelo. Me llenaba de un sentimiento muy fuerte que no era sentimiento. No se trataba, pues, de un sentimiento conocido, ni era una suma de sentimientos, ni siquiera una mezcla irregular de todos ellos. No se parecía a ninguno. Ni siquiera era más vago o más frío, o incluso más extraño, que los demás; estaba no sólo fuera de ellos, sino fuera de toda relación con ellos. Yo lo sentía, lo sentía siempre y parecía, pese a todo, no estar en mi alma, no ser sentido desde dentro de mí.
Por esta descripción que nada describe, pero que es la verdad de lo que yo sentía, se puede sentir lo que pasó a ser mi vida desde que viera al hombre de negro.
No sé cuánto tiempo pasé de está manera, en esta inquietud incesante, en esta fiebre sin calor ni dolor. Sé que fue bastante.
Pasaron a extrañarse de mí, a considerar que exageraba mi amor natural a la soledad. Sentí que se enfriaba a mi alrededor, como inconscientemente, el amor a mi país, la amistad de mis amigos, el cariño usual de las viejas criadas. Creo, no obstante, que todo eso se enfrío en virtud de que también enfrió en mí, reflejo instintivo, ocurriendo físicamente, de mi enajenación de todo.
Porque ahora sólo me apetecía la soledad, que antes apenas si me apetecía como cualquier otra cosa. Se me hizo poco a poco inquietante, angustiosa, y de una angustia insoportable, la presencia de los demás, la coexistencia de la gente conmigo. Sólo por no ser de carácter impaciente, no tengo que contener constantemente mi impaciencia. Tan sutil fue el cambio en mi espíritu, que los demás lograron una adaptación instintiva a él. Parecían querer hacerme el favor, dejándome a solas, no exigiendo nada de mí, hablándome lo menos posible. Por mi parte aceptaba esta conducta con un agradecimiento vago, como un rey que aceptara homenajes tenidos por sinceros.
Ningún acontecimiento vendría a alterar mi estado de espíritu. Salvo lo que produjo este cambio en mi alma, nada exterior me turbaba, como tampoco antes nada había turbado la limpidez natural a mi forma de existencia.
Y todo esto, el no haber un hecho que desviase mi atención, el escrúpulo constante en el que todos me tenían dejando que me entregara a mí mismo y el propio desapego que sentía con respecto a todo y a todos contribuyó a que me entregara más completamente a aquella vida sin forma, a aquel sentimiento sin nombre que se volvía de la misma sustancia de mi ser.

III

Fue algún tiempo más tarde -no sé cuanto- que en una de esas largas veladas de invierno calentado por la casa, en que los viejos se acababan de dormir en torno al brasero, con las mandíbulas enterradas en los sofocos domésticos, cuando se siente pitar desde la cocina la tetera y existe una idea caliente de que no queda nada afuera, ni noche, ni frío, cuando la cena tarda y no importa que tarde, y una vaga somnolencia nos deja despiertos, cuando ya no queda energía en el espíritu para pensar, ni fuerza en el corazón para sentir y parece que están cerradas para siempre las puertas y las ventanas de la voluntad. Fue en una de esas veladas durante las que solía meditar hasta que, como si viniese en vez del sueño, el misterio de la vida entraba como algo que viniese pie sobre pie por el oscuro corredor y su paso no fuera conocido y al final no entrase en el cuarto. Fue en una de esas veladas cuando finalmente, el fuego de mi inquietud constante consiguió que se avivara en mi decisión.
Yo dormía casi, incapaz de escapar a mi angustia o de sustraerme a la magia somnolienta de la hora. Sin querer removía la sensación del misterio de todo lo que, ansiedad de aquellos momentos, ahora y una vez más se me aparecía. Me faltaba la falta la indolencia para apartar de mí esa idea. La dejé aparecer como quien deja seguir a quien te incomodará, pero no te hará daño. Me volví accesible al influjo de ese viejo mal que, al perseguirme, me distraía y tal vez ahora, me distrajese también de mi nuevo dolor.
Pero lo que pasó no era lo esperado. Apenas se había registrado aquel leve cambio en la fisonomía de las cosas que surge cuando en ellas se proclama su misterio y el de todo; apenas se había manifestado en su incomprensibilidad la coloración de los objetos y la presencia del alma ante ellos, cuando me di cuenta que, ajena a mi constante angustia, esa angustia del misterio se consustanciaba con ella, en ella se fundía y se (…). Volvíase una sola cosa. Pero por cierta falta de espanto que, a pesar de lo que su mismo espanto me trajese, vi que la ansiedad del misterio no se unía a mi inquietud de siempre, sino que salía desde dentro de ella. Sentí que eran las mismas cosas que siempre habían sido las mismas cosas. Esta verificación se convirtió en una tercera angustia que se sumó por dentro a las otras dos. Mis tardes de sueño en el pinar, y el modo cómo acabaron tras la llegada del hombre de negro, se fundieron con mis veladas de inquietud en las que él ahora, su misma figura, me parecía milagrosamente preexistido, presente como si se escondiera tras un cortinaje -o fingiendo que pasaba en la oscuridad del pasillo, sin ni siquiera llegar a entrar por la puerta.
Ignoro cuánto tiempo me llevó el pensar o sentir esto, puesto que no sé si era pensamiento la emoción. Sé que en ese auge de angustia que tuve en esto, o a que esto llegó, recordé de pronto, sin reparar en su figura, las palabras dichas por el hombre de negro.
No mires el camino, síguelo.
Y fue en ese preciso instante cuando decidí partir


IV

No mires el camino, síguelo. Pero ¿cómo seguirlo, hasta dónde? ¿Seguirlo como quien viene de la ciudad o va a ella, como los que parten y los que regresan, como los que vienen a comprar y a vender, como los que vienen a ver y a oír, como los que se van, cansados de ver y de oír? ¿Cómo cuáles de todos éstos o como el común de todos estos o de qué manera distinta a la de todos ellos?
Fuera como fuera, yo sólo podía partir. Fuese cual fuese el sentido y la naturaleza de mi inquietud o su paliativo -bien sabía que no su remedio- era partir, marchar por aquel camino hasta donde lo quisiera el Destino. ¿Para qué, por qué, buscando qué? Yo sabía tan poco de eso como del sentido y la naturaleza de mi inquietud.
Largos días de llorar y lamentarse, mis padres trataron de retenerme, mis amigos me pidieron que me quedara, sentí las súplicas mudas en los ojos tristes de las viejas criadas. No sé que les dije ni qué les expliqué. Las razones que tenían que ser falsas, porque no disponía de ningunas, ni me sentía tenerlas. Tampoco sé los argumentos que empleé para convencerlos, si tampoco yo sabía de ninguno. Sé que por fin, sin que las lágrimas o las tristezas acabaran, me dejaron que hiciera lo que quería. Por suerte fue la fuerza muda y convincente de toda decisión intensamente deseada, de todo deseo absorbentemente fuerte, lo que consiguió el triunfo de mi intento.
Con ese triunfo no me alegré ni me quedé más o menos impaciente. No recuerdo el cambio que pudo causarme. Sería que había decidido partir de tal modo, que no pensé en las dificultades; debió ser porque partir era lo que importaba y no sólo prepararme para partir. Lo cierto es que mi inquietud no disminuyó, no creció, ni se alteró.
Finalmente llegó el día de mi viaje. Lloraban todos a mi alrededor; no sé si lloraban porque partía, o porque suponían que me marchaba sin un plan o porque se maliciaban de que nunca regresaría. Yo no atendía tales lamentos, aunque no era indiferente a ellos. Algo me atraía hacia afuera y lejos de mí.
En los últimos momentos que pasé en casa, en esos momentos en los que me encontré a solas, de repente, sin saber cómo, volvió a surgirme en el espíritu la figura del hombre de negro, y sus palabras, tal cual las recordaba, regresaban a mí.
Me fijé entonces en lo vagas e indistintas que eran. Que no me quedase mirando el Camino, sino que lo siguiese. Que no lo mirara, lo comprendía. Pero que lo siguiese, no lo terminaba de comprender. Que lo siguiese con qué motivo, volví a preguntarme, que lo siguiese con qué fin y en qué dirección. Como en el mismo momento de la pregunta, vi la respuesta. Teniendo en cuenta que el camino provenía de la ciudad, de donde yo era, donde estaba mi casa, y donde, siendo una ciudad junto al mar, acababa el camino, yo debía seguir el camino hacia el interior del reino, caminando siempre en esa dirección. Entendiendo que como él dijo, la siguiese y no que la tomase hasta cierto punto, debía seguirla hasta el final, sin detenerme... Y al pensar en esto, de pronto me di cuanta de que en esas palabras meditadas estaba el fin de la frase que el hombre de negro me había dicho y que -ahora lo veía- sólo había recordado incompletamente. Lo que él me dijo fue: No mires el camino, síguelo hasta el final.
¿Pero fue eso lo que me dijo realmente? Fuese como fuese, ese era el sentido de la frase.
¿Pero seguir el camino para qué, hasta encontrar qué? Ah, si él no me había dicho para qué o hacia dónde es que debía seguirlo sólo por seguirlo, sólo para alcanzar su final, sólo por él, sin buscar nada, sin querer nada, sin querer llegar a ninguna parte. Y debía seguir el camino, pensando sólo en seguirlo, amando sólo el nunca abandonarlo.
En esto me doy cuenta (con sorpresa) por primera vez, que nunca pensé en buscar al hombre de negro, que cuanto pensaba en él y en todo lo que me hizo pensar, yo nunca tuve ganas de buscarlo, ni siquiera una voluntad abstracta, sin objetivo.
¿Entonces por qué razón me acordaba, al pensar en seguir el camino del hecho de seguirlo hasta el final, puesto que sólo eso era seguirlo de verdad, buscando al hombre de negro? ¿Por qué una vida estaba contenida en otra vida y no sé de qué manera era la otra?
¿Qué importaba lo demás, si el deseo era fuerte y, el fin, indefinido incluso, era sólo uno?
Fue así que entrando en el camino, partí dejando atrás la casa familiar, mi vida pasada, y mi ciudad a la vera del mar.



Largo tiempo seguí por el camino, internándome cada vez más en el país. De lo que me pasó durante el viaje no he de contar nada, puesto que no me sucedió nada distinto de lo que sucede a todos los viajeros, cuando no tienen otra cosa que contar que la alegría de ciertos momentos del trayecto o el cansancio feliz con que durante la noche duermen, en los establos, contentos con el tramo del día.
Pasé por varios pueblos y aldeas, vi campos de muchas especies, caminé siguiendo los muros de muchos huertos. Pasaron junto a mí quienes iban a mi ciudad natal y los que partieron de ella, unos alegres, otros tristes, unos preocupados, ligeros otros, pero ninguno que yo viese, como yo, porque todos me parecían disponer de un destino y yo no disponía de otro que el camino y todos me parecían buscar lo que ya conocían y sólo yo buscaba a un Hombre de negro de quien no lograba acordarme.
No logro describir bien qué tipo de emociones o pensamientos distinguían más el estado usual de mi espíritu en el transcurso del viaje. Tal vez la distancia a la que todo queda hoy de mí haga que no me acuerde de nada, ni me importe el no acordarme, aunque es cierto que, sabiendo con qué extrañas emociones y pensamientos había abandonado mi casa, no podían ser fáciles de definir aquéllas, ni siquiera mientras las estaba sintiendo, y no sé si las mismas o distintas que acompañaban a mi alma durante el viaje.
Tampoco sé cuántos días caminé o si caminé durante más tiempo del que se suele contar por días. Quién sólo piensa en seguir el camino, no pone números al Tiempo, ni sabe muy bien los pasos que da. Sé que tras inciertos días el campo comenzó a transformarse y el aspecto de las casas, el corte de los árboles, cierta coquetería de fronteras y la propia diferencia con que se mezclaban los habitantes, proclamaba la cercanía de una ciudad muy grande. Yo había llegado, en efecto, a los alrededores de la mayor ciudad del reino, vasto emporio sobre un gran río, donde el comercio, la industria y la concentración de la vida parecían hormiguear y mezclarse con las vidas, las intenciones y los destinos.
Pocos pasos comparados a los muchos que hasta entonces di, me llevaron hasta las puertas de la ciudad. Penetré en su vastísimo recinto. No sabría explicar con qué emoción mezclada con curiosidad y angustia, ni tampoco qué tipo de curiosidad o angustia, hizo que me sintiera parte de aquella multitud que, como un río multicolor, oscilaba perpetuamente por las calles y, desaguando en la amplitud de las plazas, se propagaba al sol galanamente.
Decidí detenerme allí una temporada, un poco por el cansancio y otro poco por la curiosidad, un poco por la necesidad de decidir mejor y otro poco por la consciencia de que aquel estadio debía pertenecer a mi destino de algún modo.

*

En el oro dorado de sus mechones, en el blanco rosáceo de su rostro claro, en su porte nervioso e instintivo, donde dormían condescendencias de fiera amable y transportes de árboles con savia, su ser mostraba resplandecer con plenitud todo el aire natural de la vida. En el aliento de su seno, sereno y fuerte, participaba de la elasticidad de los animales y del hambre natural de las raíces. Toda ella emanaba sobre nosotros un fluido tan intenso que no podía calificarse como sutil, y era tan fuerte que nos unía a ella como si su vitalidad fuese la de aquel árbol del que hablaban los viajeros lejanos, y que apretaba estrechamente en sus ramas a todo incauto que a él se acercara. Puede que todo esto sea exagerar sobre quién era ella, pues no pasaba de un animal humano e instintivo ligado a la vida por todos los sentidos y teniendo la gula de todas las cosas naturales con locuacidad y esplendor.
Me enamoré nada más verla. Perdí mi alma por ella desde que le hablé. Sus ojos, de fuego para turbación mía, cayeron y su incendio se propagó hasta el fondo de lo indespierto de mi ser. El contacto con su mano hizo que me olvidara de todo. Mi propia consciencia, cuando me hallaba junto a ella, era un calor que ardía en mi cuerpo y me hacía sentir las venas con un estremecimiento de placer.
No sé qué horas viví desde que la conocí. Alegre, contenta por lo que en mí despertara, ella me amó también. Lazos invisibles nos estrechaban el uno al otro. Cada uno de nosotros los sentía y quería seguir sintiéndolos para siempre. Deliciosas prisiones aquellas en las que la voluntad se siente en un sueño confortable y la inteligencia niega otro empleo que no sea el de comprender cada día nuevos encantos en el ser amado y nuevas palabras para decirle que distintamente repitan el mismo ardor, el mismo anhelo, el mismo deseo.
Ella era hija (…)

*

Cada vez que más vívidamente pretendía fijar mis pensamientos en el camino, la figura de mi amada se me aparecía en medio de él, dificultándome con dejar de verla, el camino que yo soñé. Mil veces quise pensar sólo en el camino y hacia dónde me llevaría, y tantas veces como mi pensamiento viera aparecer a aquella peregrina figura, el camino se detenía.
Mil argumentos aparecían por mi espíritu tratan de desviarme de un objetivo que yo apenas si conseguía soñar descansando. Me preguntaba entonces si el camino no valdría justamente para conducirme hasta ella. Si no habría sido para encontrar a quien ya tanto amaba, que el camino me recordó que debía seguirlo. ¿Cómo podría yo haberla encontrado y amado, de no haberlo seguido?, o si, al seguirlo, había encontrado lo que antes no podía haber encontrado, ¿no sería ese el fin del camino o el fin de haberlo seguido? Había partido en busca de lo desconocido y esta mujer, antes de conocerla, se convirtió en lo desconocido para mí. El amor, antes de encontrarla, era lo que yo había encontrado. ¿Por qué me detenía allí, sin querer detenerme? ¿Por qué no quería lo que deseaba? ¿Qué más podría desear, si no quería nada más, pues todo cuanto quería era aquélla a quien ya amaba?
Éstos y mil otros pensamientos tan naturales y simples preocupaban a mi espíritu, y me preocupaban pues ni me satisfacían ni yo podía responderlos. No los podía responder porque los encadenaba de tal modo, que sabía de antemano que no tenían respuesta. No me satisfacían porque aun no pudiéndoles responder, no los podía aceptar. No me satisfacían puesto que no me satisfacían. Se contentaban con su razón respecto a mi razón, pero no era mi razón lo que yo sentía por satisfacer, y de no ser mi razón, ¿a qué emplear argumentos que sólo sirven a la razón y sólo a la razón convencen, puesto que sólo hablan el lenguaje de la razón?
Cuando meditaba en esto, tratando de ver con qué parte de mí no me quedaba satisfecho, me preguntaba naturalmente si no siendo el juicio, era el corazón, y éste me respondía que todo tenía que ver con la imagen de la mujer amada. ¿Qué lucha había dentro de mí para que, estando el juicio y el corazón de la misma parte, y teniendo ganas del premio por el que combatía, aún me sobraba en la sombra una facultad desconocida que las armas juntas del pensamiento y del corazón no lograban vencer ni corromper? ¿Acaso arrancaría ella la fuerza de su misterio, como el enemigo cuyo número encubre la noche y antes parece mucho, porque se le une el misterio y al misterio el terror que genera y al terror la imaginación que propicia?
¡Vanas consideraciones, como las razones que se exponen a un necio, que ni comprende las razones ni la razón! Pero el que imprudentemente hace prédicas a un necio, cansándose de predicar, sabe por qué predica en vano. Pero yo no sabía lo que predicaba, ni por qué no me entendía. Era como si durante la noche alguien me abrazase por la espalda, tan de cerca que no pudiera girarme para verlo, al volver la cabeza, y ver sólo detrás de él.
No fueron horas sino días, pero cada hora parecía un día, que yo andaba en estas razones conmigo, sin alcanzar ninguna conclusión, y cuanto más me agitaba, más seguro estaba de no haberme mecido, como un crío en un columpio, que por muy alto que vaya, no supera al árbol al que está atado y lo poco que finge ir hacia un lado, pronto lo pierde yendo hacia el otro. Pero esto, con lo que un niño se deleita y pasa con su cuerpo, nunca deleita a quien ya no es un niño y más cuando está pasando con su ama.
Un efecto cierto y definido, tuvo todas estas dudas en mi vida. Todo el placer, sin dejar de ser placer, se me hizo doloroso. Cuando veía a la mujer que amaba, mantenía la misma alegría de siempre, pero sentía que mi alegría tenía una sombra o que vestía de negro. Mi angustia sólo era íntima, puesto que los demás no la advertían, sobre todo aquélla que, siendo la causa de la alegría, era la de la angustia, y siendo quien yo buscaba, yo no sabía si la buscaba o no. Al sentir que la quería, me preguntaba a mí mismo si en verdad la quería. Si quería otra cosa, me preguntaba a mí mismo qué podía ser tal cosa, si sólo la quería a ella.
Intenté persuadirme de que esta tortura era de esperanza, al sentir demasiado que ser esperanza es no haberla conseguido todavía. Traté de persuadirme de que una vez mía de verdad, esa mujer me traería la felicidad que me faltaba en la felicidad; que mi felicidad, al ser incompleta producía dolor, porque donde era incompleta no estaba y donde no estaba, advirtiendo que yo no estaba, me decía que era infeliz. Creí entonces que los días que rápidamente me llevaban al día de mi boda, me llevarían también al de mi felicidad, que era justamente ese.
Pero la mayor tortura de toda esta tortura -no tardé mucho en verla- era la de sentir que, fuera cuál fuera la causa que me hacía dudar, el fin para el que yo dudaba era el de tomar una decisión. Y si me había de casar con la mujer a quien tanto deseaba, ¿qué decisión debía tomar para tener que ser escogida entre esa y otra, y qué otra podría ser la otra decisión sino la decisión de no casarme? ¿Y si no me casara, qué podría hacer sino huir, seguir camino adelante, ir siempre en pos del camino?
Todo en mí quería que me casara; el amor, la felicidad, la gratitud hacia quien me amaba, la propia vergüenza de no osar lo que quería, de no acabar lo comenzado, de no vencer lo acometido. Si todo me indicaba ese camino ¿porqué no lo seguía de una vez?
Pocos días faltaban ya para la consumación de mi felicidad, cuando a solas en la alta noche, viniendo casi de los brazos de la adorada, yo mismo y de propósito provoqué un aumento en mi tormento, bien para vencerlo o bien para que me superase, y lo que hasta entonces era incierto, acabara pro definirse. Nuevamente hice pasar ante los ojos de la razón todas las piezas de mi lógica y tanto perfectamente lo hice, que la imagen de mi amada casi se me grababa en el cuerpo y estaba presente en todos los sentidos. De nuevo, al fuego de mi pasión, me calenté, me fundí, atemperé mis argumentos. De nuevo los llevé a la misma conclusión. Si así y todo me indicaba un camino ¿cómo es que no lo seguía?
Pero aquí, de pronto, el hilo de mis razones se volvió contra mí y me contuve. Porque si lo que quería podía indicarlo, para bien decir que lo quería, como un sendero, cuánto más un Camino que yo seguí, ¿no era un camino de verdad? ¿Si para convencerme de que debía detenerme tuviera que buscar la imagen a lo que indica que no se detiene, cuánto más él mismo no era la verdad? Si su imagen me servía para conferir verdad a mi argumento, ¿por qué no era aquello la verdad, de donde había sacado yo la imagen?
Sin comprenderme, sin intentar interpretarme, me detuve dentro de mi espíritu. Fue como si las ideas me abandonaran. Quedé en un desierto dentro de mí mismo.
Y de repente, se me volvieron los ojos hacia atrás, al inicio del viaje, al sentimiento inquieto que me trajo, al destino oscuro que me puso en el alma. En un instante de muchos pensamientos, recordé.
Me conduje otra vez desde el pasado perdido hasta la hora del muro en la huerta, cuando apareció el hombre de negro. De nuevo repetí, para mí mismo, sus palabras en su voz:
-No mires el camino, síguelo hasta el final.
Y por primera vez, pero como si no hubiera olvidado, oí primero el tono y después los términos de mi respuesta negativa:
-Todavía no, sólo partiré cuando sienta el mal de estar quieto.
¡Y yo me había detenido! ¿Cuántos días había estado detenido? Ay de mí y con cuánta alegría. Me había detenido porque amaba, porque deseaba, porque quería. ¿Pero qué era amar, qué desear, qué era querer, sino detenerme al menos en el deseo del camino? ¿Me había detenido por amor?, ¿pero cómo me podría detenerme de no tener una razón para hacerlo? La figura que me encantaba, ¿me prendía? ¿Y qué era prender sino no dejarme seguir? ¿Y qué era encantar más que detenerme?
Un instante aún me escuché sufrir y me pareció que sólo tenía una facultad en mi espíritu: la angustia. Durante un instante dudé aún. Después, como si fuese un dios que se condenara a la misma muerte que él mismo creó, decidí ponerme en camino. No sé decir, nadie lo sabría decir por mí, cuánto me costó la partida. Pero decidí partir, marcharme, proseguir de inmediato mi camino. Puse en mi hombro mi hatillo de viajero, que me pareció leve porque lo verdaderamente pesado era la angustia, que era lo que yo sentía. A llorar alto dentro de mi sangre y de mi vida, partí. Partí corriendo, en la honda noche, huyendo con una furia de loco, como si quisiera ir por delante de mí mismo o dejar atrás mi propia sombra. Corrí, corrí sin que el tiempo acompañase mi sensación de correr. Tenía la impresión de que no me movía de mi sitio, de que estaba quieto, agarrado a los hierros de la celda estrecha de mi sufrimiento.
Pero partí. Llevaba el alma seca, dura, acabada.
Y centrada en el fondo de ella, como una fina gota de rocío, dormía no sé qué vaga alegría de una gran liberación.
Salí, llorando por la puerta extrema de la ciudad.
Delante de mí, río helado sobre el reflejo de la luna fría, el Camino se extendía indefinidamente1.


*



En la segunda ciudad, más en el interior, donde llega después de algún tiempo vive, se enamora de otra joven (la Gloria). Su belleza es material pero espiritualizada. Todos la miran cuando pasa, lo deseen o no. Su anillo es del metal (…). Pero un día se levanta fuertemente atraído por su viaje y a pesar de lo que le cuesta, consigue separarse de ella y continuar. Su partida es ya menos una fuga y no puede dejar de mirar muchas veces hacia atrás. Tampoco se despide de ella y al dejarla el alivio que siente es menor que el de la primera vez, pero su alegría por el triunfo es aún mayor.
En la tercera ciudad, que queda en lo alto de una enorme montaña y está cercada por antiguas murallas severas y tristes, se enamora de una tercera joven, castellana antiquísima de aquellos lugares, señora absoluta de la ciudad donde vive. Ésta representa el Poder. Su anillo es de hierro. Pasa lo mismo que en las otras ocasiones, con las diferencias inevitables. Su amor por ésta, no es como lo fuera con la primera, un amor loco y absorbente, ni como con la segunda, un deseo intenso y más inquieto que perturbador. Ésta lo ama con una pasión serena y ardiente. Su belleza es mayestática y altiva; en las propias arrugas de su manto tiene la majestad de su grandeza. Pasa lo mismo. Acordándose de su destino, parte, no osando tampoco despedirse de ella, aunque la visite no diciéndole que la ve por última vez. “Desde lejos del camino, ya en la llanura, miré largamente las altas torres sobre la montaña, todas de oro bruñido al sol del anochecer”.
Entra ahora en el interior del país, lejos ya de la espera de las ciudades. Y llega a un pueblo tranquilo, en una ladera del monte donde todo es sereno y adorable. El río que pasa por el valle está lleno de puentes. Las casas están arracimadas y alegres. Allí se enamora de la hija del pastor de almas del lugar, chica acaso no guapa, pero de una suavidad de trato y tanta dulzura que toda ella se transfigura y se anima. Él la ama con un amor pleno de ternura, casi sin pasión. El anillo de ella es de (…). Pero al fin ocurre lo mismo que ocurriera con las anteriores. Aquí se demora bastante tiempo, pero al fin parte. Al despedirse, ella llora. Al salir del pueblo lamenta que todo cuanto es suave y puro parece haber salido de su vida. Se interna aún más por el país y cada vez el campo es más campo y la atmósfera más rara y pura.
Llega hasta una pequeña aldea, casi perdida e invisible, donde se detiene mucho tiempo. Ama con un amor tranquilo y casi sin deseo ni ternura, hecho sólo de devoción y respeto, a una chica que vive sola en contemplación, sin casi hablar con los otros, silenciosa y pura. Es la Sabiduría. Su anillo es de (…). Al final también parte. Prosigue su camino despidiéndose de ella. Cada despedida cuesta más y a cada nuevo lugar que llega piensa que de allí no podrá marcharse. Como la que representa el Amor, también ella pretende retenerlo, hablándole de lo feliz que es la vida contemplativa si sólo se busca la comprensión las cosas. Pero él parte, cada vez más triste.
Avanzando por el país, se interna cada vez más en regiones aisladas. Llega esta vez a una casa solitaria, rodeada de cipreses, al pie de los cuales hay siempre un constante rumor de aguas que invita a la contemplación y al reposo absoluto. Vive en esa casa una chica de grave y extraña hermosura. También se enamora de ella. Su porte es sereno y supremo; al amarla parece obtener el consuelo de haberlo abandonado todo. Su presencia hacía detener todas las angustias y el gesto con el que nos hablaba nos limpiaba las lágrimas aún no derramadas. Es la Muerte. En su mano larga y lánguida llevaba un anillo de plata. Finalmente también partió. Ella quiso detenerlo, hablándole no tanto de sí misma cuanto del sosiego de su casa apartada, del sonido fresco y grave del agua cayendo sin descanso, del murmullo acariciador de las hojas en su pequeña agitación. Pero él se acordaba de haber salido de su casa ya casi olvidada a causa del Hombre de Negro al que un día le había preguntado no sabía exactamente qué.
De nuevo partió y tras mucho caminar, llegó a una especie de ruda cabaña construida, casi como un mero porche, contra la ladera de un monte. Allí se le apareció una chica por la que enseguida sintió un amor como jamás había sentido, aun habiendo sentido tantos. De ésta él no podría decir si era guapa, si era graciosa, o cómo era propiamente. Sólo sabía que en ella habían tomado forma todos aquellos deseos suyos que ni para él tenían forma ni silueta. Esta era su propia Personalidad. Tenía en el dedo, simple y puro, un anillo de Oro. A ésta la amó con un amor sin deseo, ni propiamente afecto, sino con un amor desnudo de todos los anhelos y también de todas las renuncias, el amor de quien encuentra lo que busca desde hace mucho y se siente más que feliz. Pero esto, ay, le recordó que no era a ella a quien él venía a buscar. Y por eso, lleno de una pesada tristeza, decidió partir de nuevo. Ella trató de detenerlo. Le contó que él hizo bien en llegar hasta allí, donde nada llegaba del mundo, ni sus renuncias que aún le pertenecen. Porque más adelante, pasada la frontera del país, no se sabía si habitaba alguien. Todo era incierto y oscuro. Que no la dejara. Mucho había viajado, mucho había sacrificado. Tal vez fuera ella la razón de tal sacrificio. ¿No sería para encontrarla que él buscaba al Hombre de Negro en una dirección que acababa justamente allí? Ésta resultó su mayor tentación; casi no pudo resistirla. Pero se acordó de la extraña señal que el Hombre de Negro no le hizo realmente y con el alma muerta ya, todo él sin nada en sí, marchó, marchó resolutivamente entrando brevemente en un territorio inhóspito e inhabitado, sin caminos, sin campos labrados, casi sin campos, donde sólo había cielo y tierra y los raros riachuelos existían unos frente a otros.
Anduvo días y días y por fin en un valle sin belleza y sin confort para la vida, encontró sentado junto a una caverna que miraba hacia el Este a un viejo eremita de blancas barbas, solitario asceta contemplativo. Una ruda piel lo cubría, lo alimentaban raíces, y el agua de un arroyo que apenas se oía era lo que tenía para beber. Pero su serenidad era mayor a todas las que hasta entonces había visto; su cara era el espejo del Descanso, tal vez no de contento, sino de Tranquilidad. “Allí pasé maravillosos días, libre por fin de todo el amor de cualquier clase. Conocí allí la felicidad de no albergar más deseos por nada. Aquella vida me atraía sin tirar de mí”. Pero se acordó de que seguía en la búsqueda y hubo de partir. “Para qué”, le dijo el eremita tristemente. ¿Es que vale la pena lograr más que esta tranquilidad absoluta...? (aquí el símbolo es el Sol, la esfera caliente de todos los días. Allí no había tempestades ni nubes) El eremita es la Tranquilidad.
Marchó. Caminó más y más, internándose en esta nueva región que a cada paso parecía más árida y desprovista de vida. Por fin en una región donde sólo había piedras sobre una montaña pesada y muerta advirtió en la noche una luz de una enorme claridad. Se fue acercando admirado del lugar de donde la luz salía. Y vio que era de una gran caverna, donde un herrero trabajaba sobre un yunque con un fuego tan prodigioso que parecía el propio sol al que se le hubiera quitado su forma, reduciéndolo a su esencia de puro fuego informe (este herrero representa el Esfuerzo, la aspiración continua). Aquí se detuvo una temporada, pero tuvo que partir, sin saber a qué lugar llegaría. El Herrero trató de detenerlo sin éxito.
Anduvo un poco más, hasta alcanzar una región rodeada de una inmensa muralla empinada, a plomo, donde no había paisajes y de lado a lado se extendía una frontera entre ese territorio y un otro inimaginable. Era como llegar al fin del mundo. Descubrió que al empujar una piedra de la inmensa muralla, ésta parecía ceder. Lo intentó. Se abrió de pronto un abismo, hasta el que se descendía por escalones innúmeros a la vista, que apenas si podía medirlos. Fue descendiendo hasta perder la cuenta del tiempo y del espacio a medida que descendía. Cansado pero convencido, continuó descendiendo hasta que franqueó una especie de espacio circular desde donde partían (como su vista ya acostumbraba podía ver) varios pasillos. Uno de ellos bajaba a través de más escalones. Descendió por el que tenía un recodo a cierta distancia. Al girar el recodo tuvo cierta sensación de luz, que fue aumentando a medida que avanzaba por el corredor. Por fin se volvió asombrosamente intensa, pero sin ser concentrada como la luz del sol, ni caliente como la luz del fuego. Alcanzó por fin una inmensa sala atestada de esta luz y que no tenía más salida que aquella por la que entró. Esta sala estaba llena de luz, que no nacía de ningún punto, pero rea extensa como el aire, que la ocupaba de manera que se podía ver de dónde procedía. No era caliente ni tenía el fuego inmanente de la luz. Era un fuego absolutamente sin fuego, era luz líquida, desnuda de todo recuerdo de la luz material. Supo entonces por qué la sala -si sala pudiera llamarse- no tenía forma ni dimensión. Es que ocupaba todo el espacio del mundo -cielo y tierra- invisible de lado a lado, estando dentro de todo ese espacio que ocupaba. Y así ocurrió que todas las cosas eran iluminadas por ella desde dentro y al ver esto, se advertía también que que todas eran transparentes y huecas, que todas eran de la sustancia real de esta luz que, al ser iluminadas, les daba al mismo tiempo su ilusión y su existencia y que en la luz intensa de todas, unas estaban unidas con otras mediante lazos e hilos invisibles que yacían del lado donde eran diferentes.
En el cuarto, sentado a una mesa, estaba por fin el Hombre de Negro.
Y me dio una piedra, una rosa y una cruz. Y vi con admiración que la piedra era, con perfección absoluta, la clase de piedra engastada y tallada que yo había visto en el anillo de la señora del castillo de la ciudad en lo alto de la montaña y que la rosa era, pero ahora completamente perfecta, de la clase de rosas que florecían en el rosal de la última chica que amara. Sólo la cruz, siendo tal cual era, no la había visto más que allí.
Señor tres veces grande”, respondí.
De todo cuanto pasé y vi nada puedo enseñarte o decirte sino sólo decirte lo que vi y que lo que pasé. Y de lo que me dijeron, cuanto puedo enseñarte es lo poco que puedo decirte, que fue lo que me dijeron:
No mires el Camino: síguelo hasta el final.



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LA SIRENITA (cuento)



LA SIRENITA
manuel moya



LA SIRENITA
manuel moya

No hace ni una semana que vi la sirena en el acuario de mi prima. Movía su cola, sus pechitos y su larguísima cabellera de sirena como sé que hacen las sirenas de verdad. Yo me hubiera ido con mi prima al jardín, pero la sirenita me guiñó un ojo, agitó sus pechos, me tiró un beso volado y me mostró su cola de una manera que no sé no sé si es como mues­tran sus colas las sirenas. El caso es que me quedé allí quieto, sin acabar de irme al jardín, inventando cualquier excusa para estarme con la sirena y demás. Mi primera sirena y la verdad es que era más guapa de lo que pensaba. Mientras me hacía el loco, me la quedé mirando entre los demás peces, que nadaban junto a ella tan ricamente, como ignorándola. Incluso uno se acercó para decirme con esa boquita como de gelatina que tienen los peces y que les impide gritar: esta está majarona perdida, anda y vete con tu prima antes de que te complique la vida. Pero ella me hacía guiños, movía su cola y su melena y me decía, ven, ven que ya verás... y a mí, de no ser por mi prima, nadie me esperaba, aunque yo le daba a entender que mi prima... pero la sirena seguía dale que dale y que me metiera, venga, que te metas conmigo en el acuario, que verás, verás... Pero cualquiera se metía en el acuario sin saber nadar y, además, conociendo a mis tíos.
En un gesto de cobardía me fui al jardín con mi prima y lo primero que hice fue preguntarle que desde cuándo tenía una sirenita en la pecera.
¿Una qué?
Una sirenita. Sí, la sirenita que tenéis dentro del acuario.
Oye –me respondió mi prima, mirándome con desprecio–, a ti te ha dado un viento, tú sigues majarón perdido.
Por lo que se ve, uno no escarmienta. Cada vez que cuento algo de monstruos, acabo en casa de un señor que le dice a mamá que no se preocupe, que me voy a poner bueno y que se tira todo el rato preguntando y preguntando, como si lo que yo veo o no veo le importara una pizca así. Por eso le pasó lo que le pasó, porque lo uniquito que le importaba era el dinero de mamá. Antes se tiró un rato que si la sirena esto, que si la sirena lo otro. Que si era verdad que hacía así con la cola y con los pechos, que si me había dicho..., que si además de ella vi a otros seres, cómo te diría, en la pecera. ¿Seres? ¿Como qué seres -pregunté alarmado-, qué son seres, qué quiere decir con seres? Mons­truos, no sé, cosas peligrosas, dragones, dinosaurios, rinocerontes, mamuts, esas cosas. Está majarón, pensé, este tío está majarón perdido. Cómo iba a haber. Es una pecera, le solté. Pero... Los mamuts, los saurios viven... Es una pecera como todas, sólo que con una sirena así y asá, contesté de mala gana. Entonces, una sirenita, eh, una sirena cómo, ¿de ésas que son mitad mujer mitad pez, con los ojos azules y una diadema de oro en el pelo? ¿Estaba tonto o creía que me estaba tomando el pelo?, me preguntaba. Y le dije cómo son las sirenas y él golpeaba con su bolígrafo de oro en la mesa, toc, toc, toc. ¿Entonces? Entonces ¿qué?, pregunté. No entendía nada, de verdad, yo no sé cómo puede haber gente así en la vida, y encima que cobre por hacer esas preguntas. Pues eso, chavalote, que has tenido la fortuna de ver una sirena, ¿no es verdad? Sí señor, una sirena así y asado, a ver dónde está el problema ¿Usted no ha visto a ninguna? Me miró sorprendido y dejó de hacer toc-toc con el bolígrafo. Nunca he visto una sirena y mira que soy viejo, pero... ¿Cómo son las sirenas, chavalote?, preguntó. De verdad que de haberse entrenado, no sería más imbécil. Escamas, pechos, pelo rubio hasta la cintura, ojos pintadísimos, bocas de fresa, una larga y brillante cola... ¿Así era, dime, así era la sirena que viste? Hay preguntas estúpidas. Si uno ha dicho una cosa a qué viene preguntarle otra vez si es así o asado... y, además, una sirena es una sirena, no hace falta haberse sacado el bachiller, ni tener una pluma de oro: más fea o más bonita, con los ojos azules o verdes, una sirena es una sirena, así que no tengo que explicarle a nadie qué es una sirena, como no tengo que explicarle a nadie qué es un bonubús, un helado de pistacho, el viento de levante o el grito de Tarzán.
No sé qué es lo que quería sacarme, pero como veía que no me iba a pillar, me preguntó muy serio que mirase alrededor y le contara todo lo que veía en el despacho. Un sillón, le dije, extrañado por la pregunta. Un sillón, muy bien, qué más. Unas paredes, contesté, todavía más extrañado. Ah, claro, unas paredes, unas paredes recién pintadas, qué más. Un almanaque, añadí, siguiéndole el juego. Muy bien, chavalote, un almanaque, un buen almanaque italiano, qué más. Un bolígrafo de oro, dije, importándome un bledo que el almanaque fuera italiano o no. Un bolígrafo de oro, repitió como diciéndome, oro bueno, chavalote, oro bueno, bueno. Qué más. Un aparato de teléfono. Qué más. Una lamparita. Qué más. Una ventana, dije volviéndome hacia el ruido que desde hacía un rato se había ido agrandando en mi cabeza. Claro, una ventana, que da a la ciudad, que forma parte del mundo, ¿ves?, ya estamos reconociendo el mundo. Qué más. Una cosa negra y blanca que está entrando por la ventana y no sé cómo se llama. Qué cosa negra y blanca, preguntó alarmado. Esa, solté, señalando a ese como cóndor que ya iba derechito perdido hacia él, para zampárselo delante de mí, allí mismo.


LA NIÑA MUERTA (CUENTO)



LA NIÑA MUERTA
 
Manuel Moya
del libro:
Zorros plateados (Edhasa, Barcelona, 2017 )




a Pilar, que me acompañó 
por esta hermosa travesía de París


No le negaré esa copa, aunque le adelanto que puedo aclararle muy poco a lo que ya sabrá. De quien me pregunta, sí, he leído algunas cosas. Porque, claro, uno acaba interesándose. Al fin y al cabo, ya me entiende, vienen, te preguntan, te dicen que si esto que si lo otro, te hacen fotos, te pagan unos vinos, te tratan como a un buen tipo y te sacan en el periódico o en un libro. Al final, aunque uno trate de olvidar, acaba por interesarse. Usted es parte de la historia de Modigliani, nada más y nada menos. Y de esa chiquilla: Jeanne. Y les cuentas y te dicen y uno a veces duda de que las cosas sucedieran tal como luego se han escrito. ¿Eso dije yo?, me pregunto a veces. ¿Así fue? Estaría borracho, digo. Era una broma. Hay mucho fantasioso por ahí suelto. Le voy a confesar una cosa: daría sus cien francos porque aquello nunca me hubiera pasado a mí. Pero la vida, amigo mío, te coloca justo ahí en el momento justo. O en el injusto, porque cuánto mejor hubiera sido encontrarme un maldito billete de lotería premiado, pero me encontré lo que me encontré y sólo hice lo que tenía que hacer. Lo que hubiera hecho cualquiera. Mi hijo mayor, que es medio bohemio también, sabe mucho más de esa familia desdichada. Él trató al hermano de ella, la muertecita, digo. Usted quizás sepa que ella tenía un hermano que se llamaba André y mi hijo lo ha tratado en sus cosas. No quiere hablar. Nunca quiere hablar del asunto. Mire que es artista, pues ni por ésas. Entienda que en su familia no eran más que unos pobres desdichados que tuvieron que tomar cicuta en rama porque eso es lo que les tocó. No quisiera haber estado en su pellejo. La niña se veía que era una niña. Quiero decir. Como si aún no hubiera salido del cascarón. Yo la sostuve en mis brazos y sé lo que le digo. El italiano era un borrachín. Aquí, en el barrio, todos lo conocían. Él era más de la parte de Montparnasse, de la estación y todo eso, pero a los borrachos todo el mundo acaba conociéndolos. Porque según creo las montaba buenas el italianini de los cojones. Un prenda. Y quién, qué padre quiere un prenda y un degenerado en su familia. Seamos francos: ni usted ni yo. Nadie. Ahora comprendo a esos padres. No en lo que hicieron, eso no, pero sí en lo que sufrieron. Con este calor y toda esta cháchara, mejor pedir otros dos vinos, ¿no le parece? El vino alimenta el alma. Le da esplendor, usted ya sabe. Para mí otro minervois, por favor. Le decía que seguramente estará muy bien escribir sobre él. Y sentarse frente a un cuadro suyo, y decirse, coño, este tío era un genio, joder si sabía lo que quería, pero la vida, amigo, es otra cosa. A quienes nos ha tocado bregar desde lo más hondo, nadie nos ha regalado nada. Hemos luchado. Nos hemos tenido que comer toda la mierda de este París que otros dicen que es tan extraordinario y tan no sé qué. Mientras unos se divierten, unos tipos como yo tienen que encender las luces de gas, palear carbón para los grandes restaurantes y las casas más pobres, conducir los tranvías y llevarse la basura. Un brindis, por favor. Qué sería de la vida sin una buena copita de vino de cuando en cuando. No sé por dónde andaba. Sí, bueno, lleva razón. Del esplendor. ¿De qué esplendor estamos hablando? Ambiente extraordinario. ¿Extraordinario para quién? Capital del mundo. Vamos, no me haga reír. Para los burgueses de la rue Lafayette o del boulevard Saint Michelle claro que todo es extraordinario. Faltaría más. Y para los extranjeros que llegan forrados de billetes. Para nosotros no. Nosotros tuvimos que ver cómo por dos veces se nos metían en la cama los alemanes y nos humillaban. Yo mismo fui movilizado en el 15. Tuve suerte y conservé el pescuezo. Puedo asegurarle que a veces sigo soñando con alambradas y trincheras. Creí que no saldría de aquello. Era como no vivir. Después de ver lo que vi, sentía un profundo asco incluso por mí mismo. Podría decirse que después de aquello el asunto de la niña, cómo decirle, me parece una broma. Sólo hacía dos años que había dejado de chapotear en el barro de Normandía. Después, veinte años después, me tocó ver cómo esos cabezas cuadradas se meaban en nuestros geranios y se follaban, con perdón, a nuestras hijas. Yo los vi. No tengo que ir a preguntar a ninguna parte. Se llevaron a un vecino de mi edad. Nunca más volvimos a verlo. Y se fueron de rositas, porque claro, si les apretábamos el pescuezo como se hizo después de la gran guerra, no tardarían en revolverse de nuevo. Encima les pusimos el culo. Eso nos ha pasado a nosotros, no a los chinos ni a los canadienses. A nosotros. Después de que se fueran hemos tenido que levantar el país piedra a piedra, mientras los extranjeros bebían en La Rotonde y tomaban fotos y todo les parecía extraordinario y chic. Chic, una mierda. Sé lo que digo. Pero no se preocupe, le hablaré de la niña. Porque para mí es la niña. Usted ha venido a eso y yo le contaré todo. Todo. Mire, digamos que tuve la mala suerte de encontrármela aquella mañana de enero. El 25 de enero de 1920, creo. No sé. Han pasado ya más de treinta años, pero todavía siento el escalofrío. Sí, ha escuchado bien. Le contaré cómo fue: yo iba como todas las mañanas para mi trabajo. Entonces trabajaba para una tienda y fábrica de barnices cerca de la Rue Bonaparte, por la parte de Saint-Sulpice ¿sabe? A veces iba en bicicleta, pero aquel día tenía tiempo y estaban de obras por la parte del Panteón. Arrastrar una bicicleta por el barro y pasar por resbalosos y estrechos tablones no es cosa fácil. Claro que podía haber tomado por otra parte, pero preferí ir andando. Total, eran quince, veinte minutos sin apretar el paso. Hacía un frío que hasta se podía cortar el aire, así que me puse un abrigo y me eché a andar. Un cuarto de hora, todo lo más. Sólo tenía que atravesar la Contrascarpe, callejear hacia el Panteón y bajar bordeando el Jardín del Luxemburgo. Durante casi treinta años ese fue mi trayecto diario. El trabajo no era duro, pero ahora tengo los pulmones hechos cisco de tanto andar con productos químicos y laberintos. Me jubilé hace años y ahora hago mis chapuzas, ya sabe. Persianas, grifos, lo que sale. Tengo que ganarme unos francos extras para no quedar a la deriva, ya me entiende. El día se hace largo sin esas chapucillas y así entretengo la tos. Algunos como usted han venido a que les contara. Al principio ni les cobraba. Me trataban como si fuera un héroe y con eso y unos vinos me conformaba. Eso al principio, claro. No hay mucho nuevo que contar, créame, de manera que se puede ahorrar su dinero. Yo no conocía a esa chiquilla. Porque le juro que parecía una chiquilla. Menudita, rubia... con aquella barrigota. Parecía cosa del diablo, créame. Ya digo, camino del trabajo. Medio adormilado. Nunca he sido de beber pero la noche anterior tomé unas copitas en la Contraescarpe. Allí, a cien metros de la plaza la encontré. De lunes a sábado tomaba por aquella callejuela desierta. Aquel día era un día cualquiera. Hacía frío. Mucho frío. Enero es jodido si vive usted en París. Nunca me he sentado en La Rotonde, mire usted. Allí un buen minervois debe costar un pico y no estoy yo para gastarme media paga en un vino. Por eso comprendo a ese padre y a esa madre. 




Sí. Imagine que su hija se va con un cantamañanas como ése. Bueno, sí, que luego resultó ser un genio, de acuerdo, pero uno cómo sabe eso. A un padre cómo le dices tú que tu hija se va con un borracho que en realidad es un genio. A mí no, desde luego. Por eso los comprendo. Por eso me he pasado media vida tratando de buscar una explicación. No es que comprenda del todo, pero sí, se lo digo con franqueza, me pongo en su lugar. Ahora todo el mundo raja que si esto que si lo otro, pero mientras ese tío vivió, fue un borracho y un pendenciero. Eso es lo que cuentan todos. Mire, hasta sus amigos más íntimos le volvieron la cara. Lo he leído en un libro. Por algo sería. Yo no juzgo sus cuadros, pero si todos lo abandonaron no sería porque era el ángel de la guarda. Sé que esto que digo les choca a todos ustedes, que vienen a mí para que les hable del gran genio o de la heroica muchachita enamorada del genio, que se lanzó desde un quinto piso porque el amor de su vida, el pintor más canalla de París, acababa de diñarla y el mundo, usted ya me entiende. Lástima que mi hijo no esté por aquí. Debiera conocerlo. ¿Dice que trabaja para un periódico italiano? Yo nunca he estado en Italia. Me han dicho que se come bien. Y que las italianas, en fin, usted comprende. ¿Otro vinito? Yo todo lo más que he salido ha sido para ir a Lyon por cosa de una boda. No me gustó Lyon. Donde esté París, que se quite el resto del mundo. Cuando la gente viene aquí y dice lo que dice por algo será. Hasta los pobres de aquí respiramos otra cosa. Otro par de éstos, si no te importa. Bueno, uno, si el señor no va a tomar. El vino alegra el espíritu. Es como traerse el sol del sur en una copita. Uno puede prescindir de muchas cosas pero no del vino. Pero le hablaba de mi hijo. Quizás no tarde. Cada día vengo a encontrarme con él y echar el rato. Un alma de dios, un iluso, que las pasa canutas con el arte. Por la mañana temprano se va a la plaza del Tertre y, voilá, coge su caballete y a pintar se ha dicho. Unos días cuela un cuadro a un turista pasado de rosca y otros no hay manera. Qué le voy a contar. Por eso estoy aquí. Mi hijo es buen chico y hace unos cuadros muy raros, pero qué se le va a hacer, es lo que le sale del cuerpo y lo que ahora se lleva, dice. Tiene que verlos. A mí no es que me digan mucho, pero los entendidos les hacen fotos y a veces los cuelgan en sus casas. Pero no quiero que usted pierda el tiempo con un charlatán de taberna como yo. Mire, qué le decía del vino. El minervais es único. Mi abuelo era de esa parte. Lo conocía como la palma de la mano. Y no crea que hay muchas tabernas en París donde lo encuentres, pero le diré algo que nunca he dicho. Usted es un hombre que sabe escuchar. Yo, que hablo por siete, sé apreciar eso. Mire, entre usted y yo, una vez me encontré frente a frente con el padre de la chica. Era un hombre extraño. Triste, roto, diría yo. La procesión siempre va por dentro. Se terció la cosa de conversar. En realidad yo pasaba por la calle y lo vi. Iba a hacer algún chapú pero me dije que no podía dejar escapar la ocasión. Él se tomaba un café en la brasería Lipp, no sé si usted la conoce, bueno, saliendo de Saint-Germaine, casi frente al Flore. La Lipp. Eso es. Yo no me paro en esos sitios. Demasiado caros para mí, pero un día es un día y además estaba aquel hombre. Y me detuve. Él estaba sentado en un velador de los que miran al boulevard. Vi que había una mesita libre a su lado y allí que me senté a ver qué le sacaba en limpio. Nada más pedir el café empecé a darle palique, como se suele decir. Parecía incómodo. Se veía que no era muy hablador y que le costaba hacer amigos. Después de aquello quedó marcado para todos. Nadie en el barrio volvió a hablarle. Por eso tal vez se alejara tanto para tomar un café. Quizás no era un hombre malo. Quizás aquella tremenda desgracia le sobrepasó. Cosas así suceden. Dígame que sí. Se veía rígido, no sé si me sigue. No se fiaba de mí. Parecía dispuesto a marcharse, pero yo no lo soltaba. Me dijo que acababa de salir de la iglesia. Que le gustaba esa iglesia. Habló de religión. Por lo que pude ver era un hombre de profundas convicciones, como he leído en alguna parte. Profundas convicciones, fíjese, parece que se le llena a uno la boca de arena. Este vino está muy bueno, sí señor. Una cosecha excelente. Mi abuelo, que venía de la parte de Béziers, me enseñó a beber. Para él los vinos no tenían secretos. Me río yo de los sumeliers de ahora. Para mi abuelo un vino era como una partitura. Y como pudo me enseñó a apreciarlos, lo cual es un problema, porque rara vez se da uno de cabeza con un buen vino del sur. Aquí sí, aquí todo está garantizado. Cada vez que hago un buen chapú me escapo y me gasto unos francos. No hace falta dejarse una fortuna para beber un buen minervais. Sólo hay que tener nariz. Y gusto. Con el arte supongo que será así. Cada uno entiende de lo que entiende. Por eso lo cité aquí. Con un poco de queso de Carcasona mejora, pero... Bueno, le decía que aquel pobre hombre me pareció como el jefe que uno desearía no tener nunca. Por lo rígido, quiero decir. Creo que no me reconoció. O sí, qué importa. No le mencioné el asunto. Hasta no ver por dónde respiraba, no se me hubiera ocurrido. Simplemente hablamos. De la vida, de las cosas, de las restricciones cuando llegaron los alemanes e infestaron hasta nuestros retretes. Figúrese. Me importaba a mí un carajo, dicho mal y pronto, hablar de los alemanes. Traté de sonsacarle cosas de la familia pero se escurrió. Le hablé de mi hijo el pintor. Su cara se crispó un poco pero le dije que era un buen chico, nada que ver con aquellos terribles bohemios que bebían como esponjas. ¿Ve, qué le decía?, este queso es una maravilla. Lleva el sol dentro, como el vino. ¿En Italia tienen buenos quesos? Perdone, perdone. Mi hijo me lo dice mucho, que me voy por las ramas. Eso quise decir. El padre se puso a la defensiva. Supe que por ahí no había nada que hacer. Hubiera dado otros cien francos por una explicación, porque me hubiera dicho algo, no sé qué. Pero no hubo manera. Tampoco sé muy bien qué es lo que esperaba escuchar. Deduzco que a él también muchos le habrán importunado. Gente de los periódicos. Críticos de pintura, ese tipo de gente. Se limitó a decirme que los hijos salen como salen y cuando la cosa se tuerce no hay mucho que hacer. Todo, añadió, es cuestión de suerte. ¿Suerte? Pero se cerró en banda. No quiso seguir por ese terreno. Ya le digo que es casi seguro que no me reconoció. Me lo hubiera hecho saber de una manera o de otra, ¿no lo cree usted? Tal vez me hubiera rehuido y no lo hizo. Yo sí que lo reconocí. Aunque soy malo para las caras, la suya se me quedó grabada desde que lo vi aquella mañana. Cosas así no suceden muchas veces en un siglo. Es que no daba crédito, créame. Durante días le estuve dando vueltas al asunto y en una pila de meses evité pasar por esa calle. Qué había sucedido allí, por qué él y su mujer me dieron con la puerta en las narices. No acabo de entenderlo y eso que han pasado más de treinta años. Hubiera dado cien francos por saberlo, que aquel hombre con el que me senté en el Lipp me hubiera dicho qué es lo que pasó por su cabeza. Nada, dijo cuando su mujer, desde el dormitorio o donde fuera, le preguntó qué estaba pasando. Nada. Figúrese. Esa palabra me espanta. Mire, me hubiera podido decir y yo creo que hubiera descansado de ese tremendo peso que llevaba sobre su conciencia: mire, las cosas no iban bien con mi hija. Estaba embarazada por segunda vez y su marido o su amante, como quiera, un maldito pintor degenerado, que no había ni tenido la deferencia de casarse con ella y darle un apellido a su hija, acababa de morir tuberculoso en un hospital. Aquello nos desbordó. Simplemente no pudimos más y cuando vi a Jeanne en sus brazos, fue como si toda la casa se cayera sobre mí. Como si todo el cielo me tragara. No sé lo que sentí. Durante toda mi vida no hay día que no se me presente usted, esperando una respuesta y a mi hija, desmadejada, como un gato agavillado en los brazos. La carga nos aplastó. Eso es lo que hubiera querido escuchar. Habían sufrido lo indecible con la hija. Una hija criada como la pipa de la calabaza y que se había fugado con un bohemio de mala muerte, con un judío, con un extranjero borrachín y pendenciero que se iba con todas las mujeres que le salían al paso y que estaba marcado por la muerte. Lo de extranjero lo he dicho sin maldad. A mi edad he visto a más extranjeros que parisinos. Por favor. ¡Camarero, con el permiso del señor, llene usted la copa! Yo lo hubiera entendido. Tengo dos hijos y una hija y si a mí me hubiera ocurrido lo mismo, no sé cómo hubiera reaccionado. Otra cosa es cerrar los ojos y no querer saber nada, como sucedió cuando llamé a su puerta y les entregué a su hija. Eso no. Perdone que toque madera, pero nunca se sabe. Un español exilado que conocí en la tienda de barnices solía decir algo así como que hasta el rabo todo es toro. Y es así. Hasta el último aliento uno está expuesto a la fortuna, por decirlo elegantemente. Mi hijo me lo ha contado después, pero yo hubiera preferido que me lo dijera el padre de aquella criatura. Al fin y al cabo me debía una explicación. Me la había merecido, ¿no cree usted? Después de todo lo que hice, me merecía una explicación. Pero mi hijo lo pondrá en conocimiento mil veces mejor que yo, que simplemente soy un maldito charlatán de taberna. Él sabe cosas, quiero decir. No es que conociera al tal Amedeo Modigliani, ni a esa chica, Jeanne, no señor. Yo tampoco lo conocí. Quizás, digo quizás, me lo habría encontrado alguna vez por el barrio. Al parecer frecuentaba La Rotonde, ese café de artistas. A cien metros de su casa, si lo que yo mismo vi puedo llamarlo una casa. Que si puedo describírsela. Mire, aguardé allí al menos dos horas a que llegara el forense y todo aquello. Estuve, como suele decirse, velando el cadáver, con un pintor que vivía abajo, sudamericano o algo parecido, ya no recuerdo. Un tipo alto y fuerte que parecía muy afectado y fue quien me dijo que el pintor había muerto unos días antes. Dos o tres días antes, no me eche cuenta. Era una habitación larga y más bien estrecha, pintada de naranja y amarillo, completamente destartalada y fría, muy sucia, a la que había que subir por unas escaleras imposibles. Tenía una estufa pero se veía que no se encendía desde hacía días. Y cuadros arrimados a las paredes y colgados en las paredes. Colgado también el retrato de una señora, pero los más eran cuadros y papeles fijados con puntillas. Y libros, un buen puñado de libros tirados por ahí. Por lo visto ahora esos cuadros y esos dibujos valen una fortuna, pero entonces estaban allí, medio abandonados. Si hubiera querido llevarme cuatro o cinco nadie me lo hubiera impedido y ahora sería rico, pero no lo hice. No he nacido yo para coger nada de lo que no es mío. Había muchas cristaleras que daban a un patio con un árbol. Todo muy sucio, todo como si hiciera mucho tiempo que allí no vivía nadie. La cama estaba deshecha y tuvimos que echar una especie de cortina por encima para poner a la niña. Recuerdo que estaba casi pegada a la estufa. Ya le digo, había señales de sangre y lamparones de aceite en las sábanas. Tan sucia estaba que tuvimos que arrancar una cortina para que la niña descansara. Repugnaba todo aquello, no le digo que no. Había latas de sardinas, mondas de naranja y botellas tiradas por el suelo. Dejamos a la niña sobre el lecho. Se quedó tranquila. Había llegado a su casa. A su sitio. Parecía serena. Por fin descansaba. El sudamericano, que me había ayudado a subirla y a dejarla sobre la cama, se sentó a mi lado en unas sillas medio desvencijadas. Hablamos. Se veía un hombre de mundo. Vivía abajo, en un estudio similar. Había estado dando tumbos y conocía bien Italia e Inglaterra. Él fue quien me comentó que Amedeo era italiano de no sé dónde. Que era un tipo desdichado. Luego he sabido que también estaba tuberculoso. Comprendí lo de las manchas de sangre sobre las sábanas. De modo que era así como vivían los célebres pintores. Pues al menos yo no les arriendo las ganancias, no señor. Le pregunté por ella y me dijo que era una niña bien que se había enamorado de un pintor excéntrico. No dijo borracho ni nada parecido, sino excéntrico. Me dijo que tenía una niñita de meses. Me quedé de piedra. ¿Una niñita de meses? Me volví para mirarla. Seguía pareciendo una niña. Le dije que no podía ser y me dijo que la niñita estaría en la casa de los padres de ella. No sé qué se me pasó por las mientes. Le conté cómo había encontrado a la chica tirada en la calle y cómo, tras pasar por la gendarmería, había llegado hasta allí. El hombre no podía creerme. No entendía por qué desde la gendarmería me habían dicho que la trajera al estudio, hasta que se presentara un forense. El hombre aquel estaba tan espantado con mi historia como yo lo estaba de que aquella criaturita pudiera ser madre de una niña y esperara la segunda. El mundo, definitivamente se había vuelto loco. La guerra no había traído más que locura, ahora lo veía con claridad. Y así estuvimos hasta que llegó el forense y se hizo cargo de la situación y yo por fin pude volverme a mi trabajo. Porque no sé a quién he leído que yo me fui antes. No. Yo me quedé allí hasta que llegó el forense. Puede preguntar al pintor sudamericano, si es que vive todavía. Se han dicho muchas mentiras y muchas inexactitudes. Yo estuve allí. Yo no le miento. No gano nada mintiéndole, ¿no le parece? Antes de irme, mientras el forense preparaba sus cosas y rellenaba sus impresos me acerqué a la niña. Cómo hubiera querido llevármela. Pero todo lo que hice fue desanudarle la gargantilla y metérmela en el bolsillo. No es que valiera nada, pero me parecía que mucho menos valía en aquel cuerpecito inmóvil. Uno, que es un sentimental. Me la metí en el bolsillo y me marché. Días más tarde se la regalé al muchachito que me prestó la carretilla. Puede usted creerlo: tuvo un amago de emoción cuando se la di. ¿Quién entiende el mundo? Tal vez aquel chico, no sé, quién puede saberlo, a quién le importa. Pero vuelvo a lo nuestro: de verdad que estaba aterrado, roto, como si me hubieran dado una paliza de mil demonios. Ni cuando teníamos una salida en las trincheras y regresábamos me sentí tan hundido. Lo de la niña que había llevado conmigo me volvía una y otra vez a las mientes. Llegué al patio y recogí el carro, que lo había dejado bajo el árbol desnudo. La mujer del pintor sudamericano me preguntó algo y señalé que arriba, pero en realidad no sé qué me había preguntado. Poco después de salir de aquel sitio tuve que pasar por La Rotonde. Allí estaban todos, como en un corral de gallinas. Ponga usted dos vinos más, por favor. Espero que no le importe. Todavía hoy tengo el alma en carne viva. No me hace bien contar todo esto. Le decía que pasé por el café ese. Tal vez el asunto del día entre los artistas fuera la muerte de la niña. O la del pintor, porque las cosas eran recientes. Había pasado dos horas antes por allí con la niña en el carro, tapadita, eso sí, pero a esa hora los artistas dormían aún. Volví a pasar por allí con el carro vacío. Ninguno me miró. Nadie quiso preguntarme. Tal vez no supieran nada. Y ya ve lo que son las cosas. Usted viene desde Italia y me dará cien francos con gusto para que yo le cuente lo que viví ese día. Y yo, créame, se los acepto. Vaya si los acepto. Desde entonces no creo que haya vuelto a pasar por La Rotonde, puedo asegurárselo. Los artistas siempre me dieron, no sé cómo decírselo. Eran sucios y por lo más mínimo andaban a la gresca. Pero quizás alguna vez me encontrara con él por los cafés de la avenida Montparnasse, cerca del cementerio, no le diré a usted que no. He sabido que el pintor se había bebido medio París y que mi niña, la pobre, estaba loca por él. Ella era una chiquilla, eso se veía a la legua. La sostuve en mis manos y pesaba como un pajarito. Cuando la vi desparramada sobre el suelo no quería creerlo. Yo venía de casa. Tenía veinte minutos para llegar a mi trabajo. Imagino que venía pensando en mis cosas cuando la descubrí. Al principio no pensé en nada. Cuántos borrachos habrán visto estos ojos tirados de cualquier manera. Cientos. Miles. Pero aquello no era un borracho. No podía ser un borracho, no señor. Me acerqué más, midiendo bien los pasos. Miré a un lado y a otro, por si se trataba de una broma. No era la típica postura de quien que se cae al caminar. Estaba muerta. Se me heló la sangre al comprobar que estaba muerta. Miré hacia arriba y vi la ventana del quinto piso abierta. Estaba claro. Era de allí de donde se había lanzado. Me recorrió como un escalofrío por todo el espinazo. Figúrese. Me sigue entrando flojera de sólo recordar. El viento de la mañana movía muy muy poco los visillos blancos. De eso me fijé. Hay que ver en las cosas que uno se fija en momentos así. ¿Estaría esperando que alguien se asomara? Yo no puedo explicarlo. Desolado, miré a la chica, como pidiéndole una respuesta. Pero la chica estaba muerta. Y descalza. Llevaba una gargantilla alrededor del cuello. Un vestido como de estar en casa. Una bata suelta, eso es. Apenas le abultaban los pechitos de mujer que aún no ha llegado a lo que tiene que ser, no sé si me explico. Tenía una pierna rota. No hacía falta ser médico para advertirlo. Pedí socorro varias veces pero a aquella hora no pasaba ni cristo por la callejuela. Ufff. Me mareo al recordarlo. ¿Otro vinito? Veo que usted no bebe. El vino, hombre, es alegría. Qué sería de la vida sin el vino. Yo por lo menos no quisiera vivir sin el vino y sobre lo que usted ya me entiende. Pero, ya lo ve, a mi edad se tiene que conformar uno con el vino. No, no me molesta que usted me lleve al sitio. ¿Que si vi sangre? No vi sangre, se lo juro, pero puede que la hubiera. Tendría que haberla ¿no es cierto? Pero es el recuerdo que tengo. Estaba calentita aún. No se lo querrá creer pero había como un rastro de orina o de líquido de embarazada sobre los adoquines. Eso había. Estaba caliente aún. Salía como un vaporcito de aquel charquito. Una cosa. Si hubiera pasado tres o cuatro minutos antes tal vez la habría visto y tal vez se lo habría impedido, pero eso no estaba de ocurrir y no ocurrió. Lo que nos hubiéramos evitado todos. Puede usted ver mi confusión. Qué hacer. Qué es lo que se hace en un caso como éste. Llamé al timbre, pero al empujar la hoja de la puerta vi que estaba abierta. Volví a pedir socorro, esta vez desde el interior. Mis palabras rebotaron en las paredes. No se lo querrá creer usted, pero me asusté de mi propia voz. Estaba, cómo decirlo, fuera de mí y fuera de todo. Lo que vi fue un tramo de escaleras medio en sombras. A leguas se veía que era una casa de señores bien. Cogí a la niña en brazos y seguía sin saber qué hacer. El pelo castaño y duro le caía como en cascada de la nuca. No quería que se rozase con nada. Le puedo asegurar que era una niña. Esto quiero que usted lo escriba. Aquello era una criaturita. Aquel pelo, aquel cuello estirado, aquella barbilla. Una niña. Vale que se viera a leguas que estaba preñada, pero no había nada más que ver su cara, medio alargadita, tierna, y aquel cuello caído hacia un lado. La gargantilla bamboleándose en su cuello, alegremente. Como dormidita. La tomé en mis brazos y subí los primeros escalones, con cuidado de que la cabeza no se golpeara con el pasamanos. La escalera era cómoda y ancha. Menos mal, porque de otra manera no sé qué hubiera hecho. Subí cinco tramos con ella en mis brazos. Acezaba. Sólo se escuchaban mis pasos y mi respiración. De locos. El edificio estaba en silencio. Se ve que los burgueses se levantan a otras horas. La niña no pesaba o yo, medio tarumba, no me daba cuenta de su peso. Al fin alcancé el último piso. La gargantilla se quedó quieta. Como si también ella esperase. Llamé al timbre con mucha dificultad. Nada. Esperé varios minutos y volví a llamar. Nada. Todo era muy extraño. El tiempo parecía no correr. Me parecía que estar allí con una niña muerta era un disparate, pero yo creo que me preparaba para el momento. Sabía que todo aquel silencio se iba a quebrar en cuanto se abriera la puerta. No puedo decirle si la puerta era así o era asado. Si el techo era alto o bajo. Nada. Y al fin se escucharon pasos. Unos pasos como de pantufla. Me ardía, se lo puede suponer, el corazón. Hubo un chirrido y la puerta se fue abriendo poco a poco, con fatiga, y yo me vi con la chica en mis brazos. La cabeza caída, las manos como tontas. Aquella niña como dormidita en mis brazos. Y, no sé si lo querrá creer, pero me sentí sucio. El hombre, porque era un hombre, apareció frente a mí, y yo, sin mirarlo, hice el gesto de pasarle a la niña, pero el hombre, con los ojos ardientes, con una mueca paralizada, se quedó delante de mí, rígido, desplomado, como si no diera crédito a lo que veían sus ojos. Y no avanzó las manos. Y vi sus ojos azules. Su pequeño bigotillo burgués. Su pelo ya escaso. Pasaron unos dos o tres segundos así, sin una sola palabra, sin un solo gesto. Nada. Al fin hice un amago como de entrar pero él adelantó un pie, ocupó el hueco de la puerta, se agarró a la hoja y la entrecerró levemente, lo suficiente como para cerrarme el paso. Yo estaba confundido. No sabía si dejarla sobre el felpudo o qué. No era mía aquella niña. Ya había hecho por ella mucho más de lo que un hombre cualquiera hubiera hecho, pero él me medio cerró la puerta y entonces se oyó la voz de ella, de la mujer, quiero decir, que preguntó que qué pasaba. Hubo como un silencio. Lo miré. Nos miramos. Yo estaba paralizado. Me sentía unido a aquella niña muerta que sostenía en mis brazos. La mujer volvió a preguntar desde el fondo de la casa y el hombre giró el cuello y dijo, nada, cariño, nada. ¡Nada! Eso dijo: nada. ¿Se lo puede creer? Me quedé paralizado y entonces se cerró la puerta. Nada. Yo era el que no entendía ni jota. Viendo a aquel hombre desvencijado, pasmado en su propio laberinto de horror, no me quedó ninguna duda de que no me había equivocado de puerta, pero en el fondo allí había una cuestión práctica. ¿Qué hacer con aquel cuerpecito? ¿Dónde ir?, ¿a quién entregarlo? Ya no podía abandonarlo en la calle, donde lo había encontrado. Era como un mal sueño. No sé dónde he leído que aquel hombre, el padre, quiero decir, me apuntó en un papel la dirección del estudio del pintor, donde al fin dejé a la niña. No, no y no. No sé cómo se pueden escribir trolas como esa. A mí la dirección de aquel estudio me la dio un chaval que trabajaba en la obra, frente al Panteón. El que luego nos acompañó con la carretilla. No sé cómo sabía él esas cosas. Pero fue así. Como le digo. Yo le ruego que lo escriba tal y como se lo cuento, porque es tal y como pasó. Qué ganaría yo contándole lo que no es cierto. Cómo me iba a escribir el propio padre la dirección del muerto. O su hermano. Porque el pintor ya estaba muerto y él lo sabía. Cómo no iba a saberlo si la niña estaba allí. ¿Usted se figura? No se le puede hacer daño a esa criatura, por favor, por más que en ese momento, llevado por la locura, dijera lo que dijo. Sólo dijo nada, que ya es mucho decir, me parece a mí y es decirlo todo. Esa sola palabra retumbará en su memoria como una piedra bajando por una callejuela de Montmartre. La oirá hasta en el mismo momento de su muerte, puede creerme. Pero sigamos a lo nuestro. Pensé de nuevo en depositarla sobre el felpudo, pero la miré. Parecía una virgencita. He visto luego retratos de ella y, de verdad se lo digo, era cien veces más tierna de lo que aparece en los cuadros de ese pintor degenerado. La maldita palabra flotaba todavía sobre todo. No pude dejarla. Su cuerpecito se había atado a mí. Esto es lo más difícil de explicar, pero así sucedió. Era como si aquel cuerpecito fuera mío. Giré sobre mis talones y bajé las escaleras. A cada paso creía que ellos saldrían a la escalera para recoger a su niñita, pero no. No sé lo que pensaba entonces. Estaba confundido. Trataba de no pensar en los ojos de aquel hombre que había envejecido veinte años ante mí. Sus ojos azules, su bigotito, su boca parada, incapaz de iniciar una mueca. ¡Como para ponerse a apuntar una dirección, no le digo! Me estoy quedando seco otra vez. No crea que me hace bien recordar. Pida otro vino, por favor. Lo necesito, maldita sea. Todavía me sobrecoge el maldito asunto. Mire mis manos: sudando. Daría esos cien francos porque la vida me hubiera ahorrado aquel maldito trago. Mire, he ido a la guerra. Sé lo que es una trinchera. He visto morir a criaturitas de veinte, dieciocho años sin culpa de nada. Gente que no había visto el mar, ni había estado jamás en París, ¿puede creerme? Los he visto llorar como críos antes de salir a campo abierto a recibir las balas alemanas. Sé lo que se pasa cuando al regresar a la zanja ves a diez o doce cadáveres hundidos en el barro. Me hubiera gustado no vivir, pero uno tiene que vivir. Uno tiene que olvidarse de toda la mierda. Pero lo que trataba de decirle es que más dura que la guerra fue esa mañana en mi vida. Uno no puede seguir igual después de eso. Espero que usted lo comprenda. Perdone que le hable de mí, pero es a mí a quien usted ha venido a buscar. Sí, he bebido ya un par de vinos o tres, no los he contado, pero sigo siendo el que viví eso. Yo el que escuché aquel nada que se perdió en el pasillo oscuro y fue rebotando por todas partes. Imagine cómo debió ser la mañana para aquellos dos. Bueno, le iba diciendo que si dura fue la subida, mucho más lo fue la bajada. Lloraba. Sí, sentí que la cara se me calentaba con mis propias lágrimas y que luego caían sobre la batita fina de la niña, formando pequeños y repentinos lunares. Todo estaba en silencio. Crujía la madera de los escalones. Giraba en los rellanos. Esperaba que de un momento a otro los gritos lo cambiaran todo, pero todo lo que podía oír era mi jadeo y mis pasos y el casi imperceptible ruidito de sus ropas. Y la gargantilla: la maldita gargantilla que se bamboleaba tan ricamente, como si la cosa no fuera con ella. Estaba calentita aún. Y empapada por la espalda. No quería mirar su cabeza caída, su melena espesa y larga, su cuello estirado y blanco. No pesaba, seguía sin pesar. La niña estaba, cómo lo diré, en los puros huesos. No se puede decir que llevara una buena vida. Embarazada y todo parecía un pajarito. Esa melena rubia recogida en una trenza, ese pecho como hundido, esa nariz y esos ojos abiertos y grandes, parados como los de un atún colgado de un gancho. Y de pronto estuvimos de nuevo en la calle. Allí, sobre el pavimento quedaba todavía su rastro. Ya no había vaporcillo. Quiero referirme al vaporcillo del líquido que había dejado. No sabía qué hacer. Miré con desesperación hacia la ventana que seguía abierta. Por lo menos que estuvieran allí, asomados. Pero no. La calle estaba vacía, fría como si acabara de nevar. Un soplo de viento agitó el visillo. Yo seguía llorando. No era pena, sino otra cosa, incomprensión, rabia tal vez. No era yo, se lo puedo decir ahora, calentito por el vino. No era yo. Por primera vez en mi vida no era yo. Es como si me hubiera ido. Yo sé que esto no lo puede comprender usted, a quien sólo le interesa la chica. Los detalles. Pero yo también estaba allí. Yo era, en el fondo, lo único vivo que tenía aquella pobre criatura. La niña era mi niña. Algo más mío que yo mismo. 



Quise gritar y que se enterara el mundo de que estaba allí y exigía una explicación, pero no podía gritar, las palabras no acudían a mi garganta. Levantaba mi cara al visillo como un pasmarote, como quien mira a Dios y espera que aparezca de una maldita vez por todas. La chica seguía allí como anclada a mi regazo y no sabía qué hacer, de modo que con ella en los brazos continué mi marcha y me encaminé a las traseras del Panteón, donde andaban encañando no sé qué. Era una obra larga que comprometía a muchos obreros. Todo allí estaba levantado. Había tierra y tablones por todas partes. Charcos de las lluvias de los días anteriores. Yo los sorteaba como mejor iba pudiendo. Sólo quería que alguien me viera y aliviar así la carga. Seguramente los obreros me dirían qué hacer. Así que avancé y llegué al ensanche y me dispuse a atravesar todo aquello. Había una fogata en mitad del descampado y varios obreros y encargados fumaban y reían alrededor de ella. Se quedaron pasmados al verme aparecer. Yo mismo hubiera dado cien francos por verme pasar así, créame. A mil leguas se veía que la chica iba muerta y que un tipo la llevaba en brazos, como enloquecido. Pero estaban paralizados. Y yo seguía llorando y quizás entonces llorase mucho mucho más y todos creyeron que era mi hija, que se me había muerto de algo y que me había dado una locura. Y me dejaron pasar hasta que un chico que cargaba unos adoquines sobre un carrillo de madera, se detuvo cerca de mí y me preguntó si estaba muerta. ¿Muerta? Yo sólo moví el cuello y el chico tiró los adoquines, sacudió el carrillo varias veces y se acercó a mí. Para entonces todos los trabajadores habían dejado lo que estaban haciendo y vinieron como imantados en mi busca. Eso me dio un cierto alivio. Tumbé a la niña en el carro, con mucho cuidado, procurando que la cabeza, usted ya me entiende. Le recogí el pelo y se lo puse debajo de la nuca, a modo de almohada, le encogí los pies para que no se salieran. Los demás me rodearon. Con mucho respeto. Sorprendidos. Preguntaban si estaba muerta. Si era mi hija. Si es que la había matado. No me sentía los brazos. Durante quince minutos la había tenido sobre mí. Me dijeron que me acercara a la fogata. Empujé el carro. Nos acercamos. El resplandor de las llamas jugaba con su cara de niña, con el vestidito suelto. Un chico la reconoció. Esta dijo, es Jeanne, la hija de los Hébuterne. Querían saber. Yo pregunté si había algún policía cerca. Alguien se ofreció a acercarse a la puerta del Panteón y mirar. Me senté en una caja de madera y todos parecían imantados con aquellos ojos azules. Pero si es sólo una niña, decían. Otros hablaban del embarazo. De lo mala que estaba la vida, de lo jodido que tiene que ser quedarse embarazada. De que Dios nos cogiera a todos confesados. Entonces ya nos habíamos olvidado que sólo cinco años atrás todos andábamos en el lodo y las trincheras. Cuántos hijos o hermanos de aquellos muchachos y hombres que entonces me rodeaban quedarían en los bosques o en las zanjas. Pida otro vino, por favor. Creo que lo que le estoy contando bien vale otro vino. Y un poco de queso, porque si no la cabeza se me va. Me noto un poco suelto. No sé cómo no me he puesto a llorar. Esa niña, esa niña. Daría esos cien francos que usted me ha prometido por verla pasar ahora por ahí, con sus trenzas rubias y su cara alargada y sus ojos grandes y su maldita gargantilla. Quién lo sabe. Hoy sería una mujer rica y no sabría dónde meter tanto dinero. Aunque fuera con su maldita gargantilla, fíjese. Pero le estaba diciendo, sí, ahora me acuerdo, que alguien habló del pintor. Hasta ese momento no sabía nada de ningún pintor. ¿Pintor, qué pintor? Tal vez el que hablase del pintor fuera el chico que la reconoció como la hija de los Hébuterne. No sé. Todo me daba lo mismo. Hubiera dado cien francos por estar a diez mil quilómetros de allí. Miré el reloj. Ya era hora de comenzar a trabajar. Pero, bueno, estos vinos me están calentando más de la cuenta. De pronto, acompañados por los obreros, llegaron dos gendarmes envueltos en sus capas. Se tocaron la nariz, se aclararon la voz. Preguntaron. Yo les dije. No estaban conformes, querían saber cosas que yo no sabía. Parecían confusos pero lo anotaron todo. También mi nombre y la casa para la que trabajaba. Al final dieron por buena mi explicación. Me dijeron en qué gendarmería debía dar parte. Uno de ellos se ofreció a acompañarme. También el chico que identificó a la niña, a quien se veía impresionado. Sin preguntarle a nadie se vino con nosotros. Hijo, le dije, tú no has vivido la guerra. Eso sí que era jodido, pero él estaba impresionado. Bajamos juntos hasta la gendarmería. Era el chico el que conducía el carrillo de mano. Al pasar junto a la puerta del Panteón dije que quizás fuera mejor pedir un trapo para taparle la cara a la niña. El gendarme me miró extrañado. No hay que ir por ahí haciendo exhibiciones, dije. El gendarme pareció pensárselo, mandó parar al chico y él mismo entró en el Panteón para pedir un trapo. Volvió a los pocos minutos con uno rojo. Sólo él sabría de donde lo había sacado. Se lo pusimos por lo alto a la niña y fuimos bajando hasta la gendarmería, pero, mire, qué le estaba diciendo. Ése que llega ahí cargado con el caballete y la carpeta es mi hijo. Él podrá contarle mucho más sobre el pintor. Él sabe lo que se cuenta por el barrio sobre ese tal Modigliani. Mire, si no le importa hacemos una cosa. En vez de soltarme a mí los cien pelotes, usted hace como que se interesa por sus cuadros y le compra uno o dos, los que usted quiera. Dice que es crítico, le suelta los cien francos y quedamos en paz, ¿le parece?