TERAPIA DE CHOQUE

De cuando en cuando salvo a navegar en busca de pececillos de colores. Hoy he llegado al blog de Mariano Catoni y he encontrado este relato magnífico. Espero lo disfruten. Terapia de choque

Mariano Catoni (Argentina, 1981) es escritor y músico. Ha publicado el libro de relatos El acróbata de plastilina (2005). En el 2004 recibió el 2° premio nacional Eugenio Zagarzazu por su cuento El infante imaginario. Fue finalista del Concurso de Cuento Corto Álvaro Cepeda Samudio (Colombia) con el texto Felipe y el graffiti y obtuvo el 3° premio internacional de la academia de tango de Montevideo por su texto Felipe y los besos. Ha participado en diversas antologías junto a otros autores de Argentina. Ha escrito ensayos sociales y guiones para cortometrajes animados, para teatro y cine. Actualmente intenta dar curso a su primera novela.


 

 

Terapia de choque

Después de una mujer con cara de sufrir todas las depresiones y fobias (fobia social, fobia a las arañas, fobia a las palmeras, al color rojo y a los miércoles soleados durante la primera quincena del mes) entré yo. Me habían hablado bien de aquel psicólogo, el quinto que probaba en lo que iba del año.
Un método novedoso, decían.
Cuando le estreché la mano me apretó fuerte, excesivamente (supuse que eso era parte del método novedoso). Me senté, con la mano dolorida y un simposio de hormigas agónicas en todos los dedos.
Empezó así, sin presentaciones: Hable, tiene cuarenta minutos, no pienso interrumpir, si me pregunta algo no le voy a contestar, ¿alguna duda?
Negué con la cabeza.
La propuesta me incomodó, pero confiaba en las recomendaciones que me habían dado y accedí a las indicaciones.
Fueron cuarenta minutos de caos verbal y de preguntas a mí mismo, de imágenes enfáticas, digresiones, fastidios y transliteraciones.
Finalizada la sesión el terapeuta me puso la mano sobre el hombro y dijo: No se enoje con lo que le voy a decir, al contrario, agradézcamelo; pero lo que a usted le pasa no me interesa, y a los demás tampoco, nos da exactamente lo mismo, tome, un hoja, para que haga un dibujito en su casa y después lo tire por la ventana, me da igual, a todos nos da igual, estoy harto de la gente como usted, vienen con sus problemas, con sus traumas y esperan encontrar soluciones, en esta vida no hay nada que se resuelva, es el precio que hay que pagar por contar con la suerte de que, a veces, las soluciones para problemas que no teníamos se anticipen y aparezcan solas; son las leyes de la compensación, por una buena, una mala, ¿qué es lo que no entiende de eso?, carcajada más melancolía es igual a cero, ¿le quedó claro?, carcajada por ocho es mentira y melancolía al cubo no existe, hay, en medio de la gigante ecuación del sentir humano, mecanismos de ajuste, usted no puede correr veinte kilómetros sin sentir al cabo de un rato un hambre terrible, y si usted no entiende que para inflarse hay que desinflarse, entonces es un necio, eso es lo que es, un necio; no le pida al tiempo ningún bienestar permanente, yo entiendo que mucha gente quiera bajar las estrellas con un palo para iluminarse la casa definitivamente, para arrancar un pedacito y ponerse esa pasta gris, azulada, refulgente y vigorosa —cuando no vertiginosa— de sombrero, pero las estrellas son para otros, ¡déjelas en paz!, ¿cómo puede ser tan osado como para querer abolir el ritmo natural, inherente de todas las cosas simples?, estoy harto, harto de usted y de tanta pretensión equivocada. A los delfines los pescan, ¿sabe eso?, a los delfines los pescan, de repente están así y alguien ejecuta un asesinato deliberado. A nosotros no nos pesca ni nos va a pescar nadie. ¿De qué se queja entonces, sinvergüenza? Abra la boca que le voy a clavar un anzuelo, usted necesita saber lo que sienten los delfines que son pescados, solamente de esa manera se va a dar cuenta de que carcajada más melancolía es igual a cero, y si no, bueno, afine las cuentas, ¿me escuchó bien?, afine las cuentas, abra la boca, venga para acá, no se vaya, cobarde.
Me fui de ahí corriendo.

RIVERANO

RIVERANÓ

Ha pasado ya un mes desde el riveranó riveranó riveranó. Media España durmió esa noche tranquila, plácidamente. La otra apretó los dientes y confió en el diablo. Pero no toda. No toda. Durante la noche se estuvo escuchando aquel eco onírico del riveranó, riveranó, que era todo un himno a los tiempos venideros y a la cosa esta de que por fin la somnolienta izquierda había dicho aquí estoy yo y había cruzado la línea dorada de los espacios electorales. Y es que la izquierda sociológica y obrera venía ya muy castigada por los dos partidos que se habían repartido el cotarro desde la transición y que, ahora se veía con cierta claridad, no habían abordado con audacia la desmantelación del franquismo. Riveranó, riveranó riveranó, con dos cojones, gritabaan los cabales que habían ayudado al cadáver de PS en sus sucesivas resurrecciones. Pero al día siguiente, sin perder un minuto, los madrugadores del IBEX35 ya llamaban al poli-resucitado para decirle que ellos preferirían un riverasí riverasí riverasí y que se lo hiciera ver. Y vino el paréntesis, el interregno, la cosa.



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Otras elecciones donde las cosas, a derecha e izquierda, se compactaron y los partidos "nuevos" se vieron desfavorecidos por el voto utilitario y algunos de los más codiciados bastiones de la izquierda -menos movilizada ahora que veía el peligro facha más lejos- cayeron. Y entonces el PSOE, empujado por el centón mediático y por los voceros del IBEX, tan persuasivos siempre, interpretó que el riveranó riveranó riveranó era cosa del pasado, un himno caduco y empezó a girar el gaznate hacia el riverasí o al menos al riveranoperosí. El PSOE ha visto sangre a su izquierda y se ha lanzado como una hiena a esa cosa cainita de la izquierda que consiste en acabar con su adversario -enemigo lo llamaba un lumbreras del PSOE próximo a la Díaz hace años-, que nunca compañero de pupitre. Pero mucho se equivocaría una vez más el PSOE si le diera por sacar su puñal y acabar con su izquierda. Sus bases no quieren eso. Ni sus votantes, sobre todo los que vienen de su izquierda y de la abstención, que son los que a la izquierda dan y quitan el poder, a nadie se le olvide. El PSOE necesita, como se ha visto, de un tutor que le señale el camino que le ha marcado con claridad su electorado y sus bases. Por ejemplo: mucho se equivocaría el resucitado si no tocara drásticamente la reforma laboral o la ley mordaza, se equivocaría si dejara campar como a perico por su casa a los grandes oligopolios como lo hacen ahora, lastrando nuestra economía y nuestro porvenir como nación, si no pusiera una cierta lógica democrática en la judicatura, donde la extrema derecha, como se ve una y otra vez, ha sentado sus reales y su doctrina, si no hiciera lo propio con el ejército y las fuerzas de seguridad donde la extrema derecha ha puesto sus huevos -nunca mejor dicho- sin que nadie se haya coscado en estos últimos casi cincuenta años. Se equivocaría si no pusiera freno -y fin si pudiera ser- a la educación concertada y a la salud privada -esos dos pilares del estado de bienestar-, si se aviniera a zanjar de una vez por todas el futuro de las pensiones (ese derecho, que no gracia, que con sus aportaciones económicas se han ganado los jubilados). Pactar o no con Podemos no es sólo pactar con un partido político, es no dejarse llevar por la deriva tradicional del PSOE, con sus baronías y sus encubiertos, que hasta la fecha lo han hecho acostarse de izquierdas y levantarse de derechas, desmotivando a su base social.

EL HAMPARTE

 EL HAMPARTE


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Ayer veía en you tube -como hago cada semana- el último de los interesantes videos de Antonio García Villarán, una especie de mosca cojonera que lucha a brazo partido -y a veces partiéndose literalmente la polla- contra lo que ha denominado el hamparte artístico, y que no es más que el fraude en el bisnes del arte. Durante años lleva luchando este singular Supermart por desenmascarar a todos estos jetas que pululan por el arte-bisnes con la impunidad de los intocables. Antonio López, Botero, Yoko Ono, Pollock, Dalí, Tapies, Koons y, cómo no, los performancistas y los videoartistas de chichinabo... desde su tribuna -sus videos los ven más de 500 mil personas, que ya flipas- Antonio viene denunciando todo cuanto le parece que suena a hampartismo. Yo lo llamaría fraudeart, pero sólo es cuestión de palabras. Lo último la representación española en Venezia: una videoartista cuyo mérito es mearse en lugares públicos -estoy a la espera de que lo haga en la inauguración de su exposición, ante la reyna de turno o en la rueda de prensa- y un señor que llena un espacio con cosas hinchables, grandes, pequeñas.. el aire, el vacío (y Moore criando malvas). Lo que mayormente viene a ser representativo del arte español contemporí. Y todo eso edulcorado con un discurso justificativo que haría enfermar a Groucho Marx y volvería completamente turulato desde Zubiri a Esteso. Lo que viene a ocurrir con el arte comtemporí es muy curioso: todos o casi todos sabemos que, salvo excepciones, es un fraude colosal, pero ahí sigue, incólume, royendo de nuestros presupuestos -y no nos salen precisamente baratos, no- haciéndonos creer que somos tontos del carajo y, lo peor de todo, colocando sobre nuestras cabezas el peso descomunal de su estupidez y la responsabilidad de desenmascarar al rey desnudo que se esconde en el 90% de los artistas contemporáneos de caché. Ni se te ocurra denunciar que el arte contemporáneo -eso que llaman contemporáneo- es una auténtica caca malaca -como la de Piero Manzoni-, porque entonces quedas como el más garrulo entre los garrulos o el más rancio entre los rancios o el más ingenuo entre los ingenuos el más lepidóptero entre los lepidópteros. Acabo de leer la magistral biografía Miguel Ángel, el escultor de sueños, de Monserrat Rico Góngora, y, claro, viendo cómo se las gastaba el florentino, es como si te metieras en vena dos kilos de prozac contra la estupidez y contra el aquí vale todo por el hecho de que yo diga -Mercelito Duchamp dixit- que aquí vale todo, porque he decidido que el arte soy yo y no ya más discusión, que si te vale vale y si no ya sabes dónde está la puerta. Pues no. No vale todo. Ni en arte ni en nada. La estupidez, el fraude, la mera ocurrencia, el yo pasaba por aquí, y la genialidad pret à porter no son arte. Cuando meo en una tapia no estoy haciendo arte. Ni cuando tiro un papelito al suelo, ni cuando me lío la polla con esparadrapo y de ella ato a un perro. No es arte colocar treinta flotadores en la Bienal de Venezia porque sea la bienal de Venezia. Chicos, en arte no vale todo. La cara dura no es en sí mismo un objeto artístico aunque sea -desgraciadamente- objeto de análisis artístico. Todo eso es otra cosa. Hamparte, caradura, falta de sentido del ridi, fraude, oportunité, no sé, otra cosa, pero que un tipo no posea ni un gramo del sentido de ridículo no puede valerle para hacerme creer que lo que él hace es arte o contabilidad, agricultura zen o vinos malvasía. No, amigo, arte es otra cosa. Dicho esto, quién se anima a hablar de poesía, del hamparte poético, quiero decir.

ii
 

HAMPARTE II
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mandala. Pilar Albaracín.
Trataré de responder a quienes en HAMPARTE I tuvieron a bien discutir razonablemente el muro de ayer. Vamos por partes: hay muchos tipos de arte contemporáneo y muchos artistas dentro de ese mundo. Yo hago arte contemporáneo. Escribo poesía contemporánea, y si por algo se caracteriza mi obra es precisamente por la búsqueda o por la asunción de nuevos lenguajes creativos. Mis "heterónimos" no dejan de responder a esa necesidad. En las islas busqué la abstracción y en El corazón de la serpiente, el balbuceo... Sí, el balbuceo expresivo... Continuamente experimento. No me gusta ser funcionario de mí mismo. No me gustan los poetas que escriben siempre igual, los que cogen un molde y siempre vierten lo mismo. ¡No! Muchos me dicen, joder, tronco, por qué no sigues con Violeta. Violeta ya fue, contesto, ya no me aporta nada como creador. Siempre he tenido algo meridianamente claro: buscar nuevos lenguajes, romper con las líneas y espacios de confort es una posición artística, lo cual, dicho sea de paso, intranquiliza mucho a mis lectores, mucho más pacatos que yo en esto. En poesía también existe mucho fraude y conste que no me estoy refiriendo a los marwanes de turno, no. En esto que llamamos poesía seria -por llamarla de alguna manera- hay mucho bacalao con tomate, mucho artista que lo es por su posición privilegiada con el poder, por elementos que nada tienen que ver con "sus" méritos poéticos, sino por su relación con el poder (editorial, mediático, político, etc... ) o por coyunturas momentáneas. Se trata de una poseía de consumo rápido y deglución también rápida. 
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visión del Gernica, Pilar Albarracín
Me interesa, pues, el arte contemporáneo. Conozco y trato a plásticos maravillosos y realmente comprometidos. Y creo entender de arte contemporáneo, pero sobre todo entiendo -porque ya es una vieja pasión- de arte. Lo que no entiendo es de "postureo", del "aquí vale todo", de ocurrencia, y lo que menos de la "necesaria" explicación de una obra para ser entendida. La explicación de una obra está en la obra misma. Si algo no se entiende es que está mal hecho, si la obra no logra en su espectador una noción clara y distinta de la obra, si no lo lleva a una idea poderosa, si no le arranca una emoción, si no apela a su inteligencia o a su sensibilidad o a su compromiso, si no lo cuestiona -importante esto- es que no está bien construida y eso vale lo mismo para una instalación como para un poema. Cuando se hace una crítica como la mía del arte contemporáneo, la respuesta tipo es "es que no entiendes", es "que te has quedado en el siglo XIX" o cosas por el estilo. Por qué uno entiende a Bacon, Freud o a Schiele y no entiende al vecino que cuelga de su balcón un bistec de vaca y te lo vende como arte? Quizás porque Bacon, Freud o Schiele organizan su obra de tal modo que tú percibes su mensaje sin tener que acudir a ellos, quizás porque cuestionan tu propia naturaleza o tu propio existir. Rompen el espacio entre la obra y el espectador. El espectador se siente involucrado, expedido, transitado por la obra. Si yo fuera pegándome pedos por un espacio o por una galería de arte podría argüir que lo que hago es una crítica al arte y al mundo de las galerías de arte. ¿Quién podría argüir lo contrario? Pero tendría mucho más sentido que en vez de pedos, tirase bombas fétidas o que me rodeara de ellas en un museo célebre, sin cámaras y sin nada. El concepto simplemente estaría mucho más elaborado, rompería más barreras entre el "soportador" y la obra. Aun así habría que trabajar muchísimo más la obra para lograr una precisión en la denuncia y en el decir. Vestir la ocurrencia, darle un sentido inequívoco a la ocurrencia. Lo que pasa es que encontramos supuestas genialidades, no "elaboración", no "precisión" y todo se queda en la simple boutade que, además hay que explicar, hay que razonar para que se entienda. Que una chica mee en una calle, frente a un colegio, en un puente o en el corredor del palacio de invierno, sobre un coche o en sofá del cortinglé no es en sí mismo ni por sí mismo un acto feminista. No puede serlo. Explicar por qué eso es un acto feminista no añade nada a la obra sino que la disminuye porque implícitametne el propio artista acepta que necesita un soporte conceptual que la obra en sí misma no posee: es decir la obra no está acabada. Necesita de su explicación porque la explicación no está en la obra. Y si la explicación no está inserta en la obra, la obra de arte no se sostiene como tal. Las pinturas rupestres de Valosandero o mucha de la obra de Barceló no necesitan ninguna explicación: son incontestables. No, el arte no necesita intermediarios entre la obra y el espectador. Claro que hay muy buen arte contemporáneo, pero admitámoslo, el arte contemporáneo -incluyo la literatura- está lleno de malentendidos, de obras vacuas, de artistas cuya principal baza es la "oportunidad", "la boutade" o, me temo, "la relación privilegiada con el poder /o los poderes". No puede ser lo mismo Pilar Albarracín, Antonio Gómez o Pedro G. Romero con obras meditadas y sólidas que estos videoartistas o performancistas cuyas obras parecen surgidas de una simple ocurrencia, sin reelaborar, sin un mínimo de trabajo artístico. Los mandalas de Albarracín, sus performances están curradas, tienen detrás un pensamiento y ese pensamiento penetra al espectador, que no puede mantenerse indiferente. Es de esto delo que hablo. Jode escuchar que el 99,99% del llamado arte contemporí es bacalao con tomate, pero no culpen al bacalao con tomate, ni al mensajero que dice honestamente lo que piensa también el 99,99% de quienes se interesan seriamente por el arte. Tiempos de frivolidad, de postureo, de turbias relaciones entre poder y arte. Y poco más.

Miguel Ángel, escultor de sueños


Miguel Ángel, escultor de sueños,
Montserrat Rico Góngora
(Ed. Almuzara, Córdoba, 2019)

miguel angel, escultor de sueños-montserrat rico gongora-9788417558857Ayer acabé de leer un libro maravilloso y altamente recomendable,  Góngora (ed. Almuzara). Pocas veces tiene uno la oportunidad de encontrar una biografía de la enjundia y de la seriedad documental de éste. Y de amor por el personaje, por qué no decirlo. No es la primera vez que Montserrat Rico Góngora se adentra en los predios del renacimiento y de su figura señera. Conocida por sus novelas históricas, donde no sólo ha frecuentado el éxito editorial y crítico, como es el caso de La Abadía profanada (Plateta, 2007), Cartas a Lucrecia (Plaza & Janés, 2000) o Pasajeros en la niebla (Ed. B, 2009) ha publicado dos novelas que ya preludiaban esta obra. Nos referimos a la magnífica Bajo un cielo púrpura (Edaf, 2004), que habla de la caída de Granada y sus conexiones mediterráneas, y, sobre todo, La caída de Babilonia (Ledoria, 204), una novela fascinante, que nos acerca a la Roma del seiscientos, más en concreto al famoso sacco de Roma, de 1527, que marca el final del Renacimiento y el principio del Barroco, junto a la aparición del luteranismo (1517). En esa novela, perfectamente documentada, ponía Rico Góngora muchos de los sillares que encontramos en esta excelsa biografía de Miguel Ángel, cuya figura ya aparece profusamente por sus páginas.
En Miguel Ángel, escultor de sueños, Rico Góngora no sólo nos escanea el mundo mental y psicológico del genio florentino, lo cual entraña ya más de un galimatías, sino todo cuanto envuelve la figura del célebre escultor italiano, desde los orígenes y la construcción en el monte Vaticano de la célebre basílica, hasta su no siempre fácil relación con los otros genios de su tiempo, como Sangallo, Aretino, Vittoria Colonna, da Vinci, Cellini, o políticos y personajes de alta cuna (o de alta curia), que pasan por su vida, como es el caso de Lorenzo el Magnífico, su contrafigura Lorenzaccio, Julio II, Maquiavelo..., tipos que realmente marcan una época irrepetible y acaso no del todo conocida, donde la abyección se impone sobre la gracia y el talento, y donde, en medio de la brutalidad, logra prosperar un arte sublime y nuevo que, paradojas de la historia, ha acabado por eclipsar toda la aspereza de aquel tiempo. La biógrafa, que no nos ahorra la descripción de esa turbiedad donde se asienta la vida del artista, consigue envolver todo en una meticulosidad y una precisión poco acordes con estos tiempos que nos ocupan, de velocidad y bulimia crítica. No hay nada o casi nada en la vida y alrededores de este artista singularísimo que escape a nuestra rigurosa biógrafa. No contenta con eso, lo que encontramos no es sólo una potente biografía, sino un retrato fiel y contrastado de su tiempo, una visión de la sociedad tardo-renacentista, con sus miserias y sus grandezas.
El caso es que, acaso por primera vez, tenemos un retrato preciso del genial artista, autor de varias de las obras más incontestables de la escultura, de la pintura, de la arquitectura y, por qué no, de la poesía de todos los tiempos. En todos estos campos Miguel Ángel se dio con la genialidad y la terquedad de un hombre sobre cuyos hombros recaía el peso insoportable de la responsabilidad y la angustia de vivir. Su carácter indomable, su desapego con lo real, e incluso su cicatería aparecen meridianamente expuestos en esta nueva biografía que indaga en las vicisitudes de una vida única, no por ser la vida de un genio, sino por ser la vida de un hombre convulso a quien le tocó vivir acaso uno de los tiempos más cerriles y contradictorios de la historia de Occidente. Aun así, la grandeza de Miguel Ángel, más allá de su incontestable virtuosismo, de su innegociable meticulosidad, de su carácter indómito y libre, consiste en crear una obra perdurable, desde la podredumbre, desde la convulsión, desde el desasosiego vital y colectivo. El mérito de este libro es hacérnoslo ver, poner la lupa en cada uno de sus movimientos, cargar sobre cada una de las incertidumbres que socavaron su carácter y minaron su fe en el hombre a medida que se acercaba a Dios. El genio florentino -nacido en Capresse, Arezzo- es diseccionado aquí, en este libro imprescindible en la cabecera de cualquier degustador de arte, con una precisión y un rigor casi enfermizo. Pocas veces se ha visto un ejercicio de documentación tan grande y tan bien pergeñado, y, en consecuencia, pocas veces tenemos a nuestra disposición un instrumento tan preciso para, ahora sí, zambullirnos en la obra irrepetible del genial florentino. Y con tanta pasión y pulso literario.

GOLPE DE ESTADO EN DIFERIDO

GOLPE DE ESTADO EN DIFERIDO

Lo del Tribunal Supremo ya clama al cielo. Decir que el F* es jefe de Estado desde nov del 36 no es un error histórico, sino un horror histórico y legal. El auto podría haberse quedado en su resolución y, bien que mal, podría ser medio aceptable -no me atrevo a más-, pero al darle la jefatura al susodicho dos años antes de que lo fuera de facto, resulta que se ha alineado con las tesis del golpe de estado del 36, de la dictadura, quitando toda validez legal a la República desde 1936 a 1939, donde era el único gobierno legítimo. Sobre esto no hay en la cosa historiográfica la menor duda, si exceptuamos a Moa, pero, en su inopia, Moa podría sugerir que Babilonia cae por Lebrija y quedarse tan pancho. Lo que ha hecho, pues, el TS es dar un golpe de estado en diferido, una reinterpretación capciosa y tendenciosa de la historia, dando validez legal -subrayemos esto- al golpe de Estado del 36. Me pregunto si ante tal aberración jurídica, no podría darse por nula su resolución.

COLIBRÍ CON HIELO (acvance del primer capítulo)


En economía ya está dicho casi todo. Hay cientos de modelos económicos, cientos de soluciones, cientos de fracasos. Nada o casi nada hay de nuevo bajo el sol económico. Por ejemplo, tenemos el modelo escandinavo, con sus impuestos, sus derechos laborales, su realidad social, su realidad democrática etc... y existe el modelo que llamaremos (para entendernos) magrebí, con sus impuestos, sus derechos laborales, sus realidades sociales y democráticas... Cuando ya teníamos a la vista el primer modelo, nuestros preclaros economistas nos hacen girar en redondo y nos conducen al paso de la oca al segundo, que consiste en rebaja de impuestos, rebaja de derechos laborales y salariales, dificultades sociales y rebaja de calidad democrática. Y en ese viaje estamos y en ese viaje se nos habla de no sé qué del futuro de las jubilaciones, y en ese viaje hemos metido a nuestros hijos. Y en fin, me temo que, como todo, esto tiene nombres y apellidos. A mí se me ocurren dos: PSOE y PP, que son los que han tejido nuestro espectro legislativo y social.. En fin, como decía mi padre, que Alá ( o Cristo, tanto monta) nos guarde.
 *

Y en eso, atravesando la puerta de cristales ahumados ante la que mi vida brujuleaba, apareció Blanche que, bien mirado, era un nombre inconcebible para una mulata de melena al viento y ojos azabaches, nacida en una islita del Caribe. La suya fue una aparición prodigiosa en un momento en el que todo mi mundo flotaba sobre un mar en putrefacción.
Es cierto. Cuando di con ella, llevaba varios meses dando tumbos por una ciudad convertida en un agujero negro del existencialismo. Sí, eso significó para mí la fuga de Carlota. Carlota me había dejado meses antes por un vivales español especializado en desplumar a niñatas pijas y a condesas polacas. Carlota cayó en su red del mismo modo que una mosca cae en la tela de una viuda negra. Lo peor era que Carlota, que había conseguido agenciarse una columna semanal en el Vogue y se había colgado el marchamo de diosa tremendista del apocalipsis, decidió acabar con todo y najarse con el vivales a Menorca. Una deserción. Una catástrofe. Un volverme tarumba, vaya.
Con su talento habría llegado muy arriba, pero, de todas las opciones, había ido a elegir la peor: fugarse con un tipo repelente que la acabaría dejando tirada en un chiringuito mahonés tras perderse con cualquier capulla con un fajo de euros en el liguero.
Pero cada cual parece ser dueño de su destino, y justo ahí está la putada. La película de cualquier vida está llena de tomas, encuadres y luces equivocadas. Es una pena que uno no pueda encerrarse durante quince días en un estudio y cortar aquí y allá hasta conseguir algo que podamos ver sin sentir náusea de nosotros mismos. Pero la vida no tiene cortes ni tomas nuevas ni cosa que se le parezca. Carlota estaba a punto de tocar el cielo, tenía todas las papeletas para encandilar París, pero decidió largarse y le importó un rábano que se hundiera el mundo y yo con él.
Pero me niego a seguir hablando de Carlota. Yo, que me quedé sin papel a mitad de la película, tuve que aceptar un nuevo papelito sin frase, el de un burro existencialista que da vueltas y más vueltas por el callejero parisino, sin otra salida que tirarse al Sena. En verdad, nada podía reprocharle, puesto que no era la primera vez que me dejaba. Diez años antes ya me había abandonado por un tipo repugnante. Ambos acabaron en una secta de Canadá, engorando el huevo del éxtasis permanente. Carlota se pasaba los días cavando de sol a sol los cimientos de una granja de la que tuvo que huir antes de que le convirtieran el cerebro en un cubito de caldo de gallina. Dos años así dan para escribir cien libros. Durante los siguientes seis, se buscó la vida por medio mundo, hasta que se le ocurrió regresar a nuestra amada Londres y allí, eureka, volvió a acordarse del viejo amante que escribía los relatos más calamitosos del mundo. El caso es que un mal día se presentó en mi buhardilla como si viniera envuelta en papel de celofán. ¿He mencionado la palabra remordimiento?
Fui un completo estúpido por no haberme sabido defender de ella. La volví a amar otra vez desde la más pura inopia, pero a medida que sentía amenazada nuestra relación, acabé por dejar en sus manos el peso de mi esperanza, que también era el de mi desesperación. Pero Carlota no estaba dispuesta a sobrellevar el suplemento de mis angustias. Y me desplomé. Ni siquiera la certidumbre de que las cosas acabarían así me ahorró un gramo de dolor. Durante meses me alimenté de mi propia bilis. La ciudad me dolía como un absceso. Me pesaba la dicha ajena como una humillación. Procuraba alejarme de los parajes donde el turismo deja un olor a candidez de saldo. Rehuía la vida social y hasta el vecino parque de Monceau, con sus palomas gordas y sus viudos tristes, dejó de interesarme. Aun así, era preferible caminar sin rumbo que quedarme en casa, donde me ponía a morir.
Durante meses, traté de aferrarme a algo antes de caer en el delirio, como ya ocurriera a mi llegada a París, cuando, tras la primera fuga de Carlota, me encontré con una borrachera de dos meses, hasta que alguien me rompió la crisma por tres partes y casi palmo. Un final así era lo que entonces volví a buscar por aquellas callejuelas, incapaz de lanzarme de una maldita vez al Sena. Ya en casa, después de enfrentarme a la sopa de paquete y ver un poco de televisión, me echaba sobre los hombros el viejo batín de Carlota, liaba cuatro o cinco canutos y me pasaba la noche garabateando sórdidas historias que tiraba en una caja en previsión de mejores días. Al alba, me arrastraba hacia la cama y dormía como quien acaba de recibir un tiro en la sien.
Aquella noche, la oscuridad me había acompañado desde la mismísima casa de M***, un escritor gagá para quien escribía su última novela a cambio de un puñado de francos. Porque la ciudad, no contenta con tratarme a puntapiés, me redujo a la hedionda condición de negro. Necesitaba templar el ánimo antes de volver a un ático que tenía el aspecto de una sala de autopsias. Pero algo en mí quería rebelarse. Decidí meterme en un restaurante barato, donde engañar mi estómago con algo distinto a las sopas de sobre. Llevaba media hora inclinado sobre el plato observando a escondidas a una mujer acompañada por una niña y un chelo que comían a mi lado, cuando un cincuentón de aspecto hindú se plantó frente a mí con una bandeja y me pidió asiento. Me encogí de hombros y le indiqué la silla libre. El tipo se sentó, sacó un pañuelo y se limpió el sudor que le perlaba una frente color berenjena. Yo lo observaba con el interés que reservaría para un faquir que acabara de tragarse una bayoneta. Pero él no se tragaba nada, sino que extendió los cubiertos, agitó el especiero, miró en redondo y dijo sin solemnidad que se llamaba Carlos.
Carlos, repetí, sin interés. Periodista y entendedor de arte, añadió, sacando de la chaqueta un tarjetón que no leí, pero que me obligaba a identificarme: Gerard Osborn, negro, rumié con sequedad. El hombre me observó con desconcierto. «¿Black?», preguntó. «No», aclaré, «ghost writer, negro, el que escribe para otro». «¡Ah!», exclamó, y dándose una palmada en la frente declaró: «Oh, bien, perdóneme, ¡negro! Todos somos un poco negros», remató, sin dejar de sonreír.
No hay mucha gente que se vaya presentando como negro.
Será que no hay demasiados.
Yo escribo para un periódico —explicó— y también podría decirse que soy un negro.
Bueno, bien mirado, pudiera ser, claro... —balbuceé esperando encontrar algo sólido que añadir.
Bueno, el periodismo es la actividad, digamos, legal. Periodismo de catástrofes. Una especialidad en alza. También me dedico a las antigüedades, de manera que, si alguna vez quiere regalar algo de categoría, no tiene más que llamarme —dijo, extendiéndome otra tarjeta en la que se leía un misterioso: «ANTIGÜEDADES Y TODO LO QUE TE ATREVAS A IMAGINAR».
¿Qué quiere decir con eso de «todo lo que te atrevas a imaginar»? —pregunté.
Ah, mio caro amico, ma chi lo sa —dijo abriendo los brazos y sonriendo como un napolitano—. Todo y nada. Si quiere hacer un regalo muy, pero que muy especial, si busca algo que ni siquiera sabe que existe, si quiere llegar al corazón...
¿Y eso de «periodismo de catástrofes»? —me aventuré a preguntar, cambiando de tercio, ante la posibilidad de hallarme frente a un charlatán que no tardaría en ofrecerme el Louvre por cincuenta euros.
Viajo donde me mandan —contestó—. Me meto en todos los fregados, chapoteo en todas las heces.
Entonces habrá visto lo suyo.
No me puedo quejar.
Conocerá todos los infiernos.
Puede estar seguro.
Carlos resultó ser un tipo que se expresaba sin dificultad en quince idiomas. A mí me resultaba fascinante alguien que daba cuenta de su arroz con soja, mientras intercalaba el francés con el inglés para ponerme al corriente de sus andanzas por el mundo, siguiendo volcanes, riadas o tifones.
Acabada la cena, mientras Kim, la risueña coreana, retiraba los platos, me invitó a una copa en un local donde uno podía alegrarse la vida con una tremenda santiaguera por menos de diez euros. Él, me confesó en un guiño, estaba casado, tenía dos hijas adolescentes, pero la vida exigía ciertos sacrificios y Cuba era una de sus debilidades.
¿Entonces qué, se anima?
La invitación era tentadora, pero ni mi corazón ni mi cartera estaban para dispendios. Carlos insistió hasta que no tuve otro remedio que dejarme arrastrar por las barreduelas. Al revolver una esquina, nos vimos frente a una luz de neón que puso fin a nuestras navegaciones.
Bienvenido a Cyterea —gritó Carlos, cediéndome el paso—. ¡Que Dios reparta suerte!
El local, denominado L'île des toucans, era como uno de esos garitos que había frecuentado en mis primeros escarceos por la ciudad. Un par de risueñas parejitas lo abandonaban en ese momento. Flanqueaba la puerta un mulato tocado con unas gafas oscuras. Temí que no nos dejara entrar, pero en cuanto reconoció a mi socio, su rostro esbozó una tremebunda sonrisa de piano.
Helmano Cahlo, tremenda solpresa.
Caminamos por un ancho pasillo, donde no hacíamos sino tropezar con parejas dispuestas a practicar el canibalismo. Al cabo concluimos en una sala atestada donde sonaba una música dulzona que te ponía en movimiento como si te aplicaran descargas eléctricas en el esfínter.
¡Oh, Babylonia!
Una vez allí, decidí sumarme a la balumba. La noche se presentaba impredecible y rumbosa: sirenazas de colas briosas y cabellos como látigos; amazonas capaces de arrancarte el alma de un simple movimiento de pelvis; sátiros de pezuñas afiladas y falos erectos dispuestos a ensartar lo que fuera; musas pintarrajeadas que se agarraban a los vasos de ginebra como si fuesen sus últimas amarras; lobos de mar en busca de puertos francos; arpías, bonzos, derviches, hombres-lobos, sanguijuelas, coraceros, astronautas, nigromantes, locas de atar, pimpinelas, trujimanes, marimantas, traficantes de sal, artistas... Al fondo, en medio de la humareda, todo estaba preparado para echar la caña, aprender los infinitos nombres de la luna o sodomizar a una zarina dominicana... Ya habría tiempo para escupir sangre al día siguiente.
Y en esto, oh Babylonia, apareció Blanche.





2 Pero no me pregunten cómo ni por dónde apareció Blanche. De pronto estuvo a mi lado, meciéndose como un palmeral. Enseguida supe que sus padres provenían de Jamaica, donde habían regentado distintos negocios que los empujaron invariablemente a la ruina, a la cárcel y por último al dulce exilio de Curaçao. Blanche hablaba un inglés excéntrico, intercalado de giros tropicales. Había arribado a París para estudiar teatro. Se matriculó en una academia y trabajó durante dos años en lo que caía: cajera de supermercado, vendedora de grifos, cuidadora de enfermos, figuranta en series y videoclips, concursante concursera televisiva, lectora para un ciego, echadora de cartas y hasta peinadora de caniches... Resumiendo, que estaba como loca por volver a su isla.
Lo cierto es que Blanche me recordó a Carlota y eso me alarmó. Date el piro, me dije, que esta historia ya la conoces. Estaba hasta las narices de artistillas que vivían la excentricidad como un arma arrojadiza, de manera que cuando Blanche me soltó que iba para actriz, viví un momento de pánico. Me hallaba en un garito rodeado de diez mil chicas dispuestas a pasar la noche con un rinoceronte, y justo me tenía que topar con una artista venida de una isla divina, dispuesta a zamparse el mundo.
Mira, bonita —estuve por soltarle—, creo que tengo que ir al baño.
Pero me contuve. Su belleza me contuvo. Durante un par de minutos me convencí de que debía comportarme como una hiena ante aquella chica que me mostraba gratis las cicatrices de su corazón. Sus labios esponjosos, sus párpados aleteantes, el óvalo modiglianesco de su cara, la sutileza de sus hombros, el volumen de sus pechos y la intuición de unos muslos vehementes me vencieron. Que hablara lo que se le antojara, pues mientras hubiera una oportunidad de resoplar sobre ese cuerpo corsario, estaría dispuesto a convertirme en el muro de las lamentaciones. Sí, me dejaría arrastrar por aquellas canciones que tal vez hablaran de amores contrariados y de oscuras cárceles del alma. Cómo no.
Una hora después de conocerla, sabía más de ella que de mi madre. Su vida había estado jalonada por los naufragios legales y económicos de un padre aficionado a sacar la pata fuera del tiesto. Ella nació en una isla cercana a Jamaica, donde el padre regentaba un cabaret nocturno, pero una venta de terrenos inexistentes los dejó en la miseria y hubieron de fondear en otros embarcaderos donde no les fue mucho mejor, hasta que arribaron a una isla árida, donde se hablaba una lengua diabólica y todo olía a miel recién hervida. La que se prometía como una penosa estación de penitencia acabó convirtiéndose en su patria: Curaçao. En Curaçao les vendieron un astillero desguazado que, tras mil malabarismos, acabó siendo un negocio próspero. Asentados en la isla, compraron una casita en Otrobanda y se diluyeron en la pequeña burguesía local, que los acogió mejor de lo que podían esperar.
El mérito de tal acogida debemos atribuírselo a la madre, una mujer culta, elegante y bella que en su juventud había vivido en Europa, trabajando como modelo para pintores. Los infortunios, lejos de echarla a perder, le proporcionaron un refinado escepticismo, de tal manera que los isleños la acogieron como una rara flor extranjera plantada en el corazón de las Antillas Holandesas.
El Caribe es tierra de huracanes, bucaneros y galeones hundidos. Nada se tiene allá. Todo allí es provisorio. Las plantaciones, descuajadas por los temporales, renacen aún con más vigor; los hombres se tambalean como barcos para luego plantarse como estacas en la arena; las mujeres florecen una y otra vez con el brujulear de sus caderas sabrosas. Todo allí se mueve al compás de la música y la música es el compás de un oscuro mundo que no se cansa de cambiar para permanecer idéntico. Así las cosas, embarcar hacia Europa en busca de sueños no dejaba de ser un insensato desafío y, cuando la conocí, Blanche sufría la insoportable comezón de la nostalgia. El hecho de que yo procediera de una isla y de que me dedicara al arte hizo que ella me aceptara esa copa (pero qué copa, Dios mío, yo no le había ofrecido ninguna copa).
En ese momento no sabía si Blanche estaba allí para pagarse la academia o para darle un capón a la melancolía. Sea como fuere, me resultaba difícil entender que perdiera su tiempo conmigo, dejando escapar treinta euros con tipos cien veces más audaces o rumbosos. No había más que echar una ojeada para ver qué es lo que se masticaba en el ambiente: una chica, que momentos antes le comía la boca a un rubiales, ahora se dejaba sobar por un calvo que debía ser muy pero que muy gracioso; a escasos dos metros de mí, el doble de Pavarotti se desternillaba mientras una mano le aflojaba el medallón de oro. Me torturaba pensar que yo fuera para Blanche una simple presa de la que podía sacar petróleo. Como su expresión apacible me hacía dudar, resolví dejarme conducir por el dictado de las mareas.
Porque hay noches en que uno se ata los zapatos y se engomina el pelo para acabar agarrado a alguien que podría ser tu abuela. Había pasado más de hora y media y seguía sin entender qué esperaba aquella mujer de mí. La cuestión empezaba a clarificarse: o me largaba de una vez o izaba la bandera pirata y abordaba el barco antillano. Mientras, seguía con cierta perplejidad la deriva de otros buques que se alejaban del puerto con sus tripulaciones asomadas a la borda, soplando matasuegras y agitando pañuelos. Es lo que ocurría con Carlos, al que vi rasgar la oscuridad agarrado a una muchacha risueña. Mortificado, levanté la copa y me decidí por Blanche, que seguía la música con una sinuosa oscilación de hombros, como si también ella estuviese atrapada en un galeón que fuese adentrándose en un mar de dudas de tres metros de alto.
Al cabo, uno no es más que un gorila envuelto en pan de oro. Por eso, en cuanto rasgas un poco la superficie, aparece el simio con sus pelos hirsutos, sus morros recauchutados y su falo enhiesto como un trinquete. Pues bien, aquella mujer estaba a punto de merendarse al gorila que llevaba dentro y yo, lejos de morirme de angustia, sentía un miedo físico a que inventase algún ardid y se esfumara para siempre. Ya todo lo demás me importaba un bledo.
¿Por qué no nos largamos de este sitio? —propuse, jugándomela.
¿Y dónde te parece que podríamos ir a estas horas? —contestó.
Donde tú quieras...
Guau, ¿dónde es donde yo quiera?