TONTUNA FÁCIL, (SOBRE CRISTINA MORALES)

TONTUNA FÁCIL
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No he leído Lectura fácil la novela de Cristina Morales, merecedora a juicio del jurado del Premio Nacional de Narrativa. Lo leeré, sin duda, aunque no creo en los premios Nacionales de nada. La chica, que ha hecho unas escaldantes -ay- manifestaciones desde Cuba -ay- diciendo, entre bonituras que refiere la Barcelona de las hogueras a la Barcelona de la gentrificación y a la apropiación de la ciudad por las grandes marcas o las grandes superficies de baratijas, ha obtenido por parte de la derechona los consabidos puntapiés. Hasta ahí todo normal, pues el mismo derecho tiene ella a opinar sobre Barcelona, como la derechona a opinar sobre sus opiniones. Lo que me resulta ya un poco chocante, por no decir cateto, de esa catetez que se marca la derecha por mucho Loewe y mucho Paco Rabanne que se ponga en la cocorota, es ese mantra de que si a la chica no le gusta su país y su manera de llevarlo, que se vaya del país previa devolución del dinero del premio. Yo me pregunto: es que se premian sus opiniones o su novela. Si usted no quiere comprar sus opiniones ni su novela, no lo haga, nadie le pide que lo haga, porque muy a pesar de ser premio Nacional, no es obligatorio leerle, pero si la novela es merecedora del Premio, quién es usted o yo para decirle si haría bien o mal en recibirlo o en cobrarlo. ¿Porque es antisistema? ¿Porque a la chica no le gusta usted o España? ¿Porque no le gusta cómo han dejado y en qué se ha convertido Barcelona?, ¿Porque os pone a caer de un burro? ¿Porque no se casa con nadie? ¿Porque es una punkarra del pensamiento y una tocapelotas del stablismen donde tú, tan cómodamente, asientas tus pelotas hasta el punto de confundir tus pelotas con el sistema? Según vuestra singularísima teoría, habría que premiar a chicos de orden, que piensen correctamente, es decir, que vayan a misa las fiestas de guardar, que sean "constitucionalistas hasta la médula", que quieran a su país por encima de sí mismos, que os bailen el agua, que os digan sí bwana a todo, que posen para vosotros como ositos panda con la mano en el mentón en un hotel de mucho tronío y digan "recórcholis" cuando sueltan un pedo... ¿Habría, pues, que premiar a sumisos, a novelistas cuyo máximo riesgo es cambiar de dentrífico o de marca de condones? Según esta escoria -perdonen el exabrupto- para ganar y cobrar un premio hay que aceptar la bazofia política y social en la que vivimos y ser un prosistema del copón, llevar un apellido solemne, vivir en los madriles y hacer la pelota a los "santificados" por el sistema. Y de lo de devolver el parné, qué me dicen de lo de devolver el parné. ¿Ha devuelto su nómina algún facha que trabaje para el Gobierno Socialista? No me consta. ¿Lo devuelve un sociata que sea hoy funcionario de la Junta de Andalucía o del Gob autónomo de Madrid, pongo por caso?, No me consta. ¿Lo devuelve el podemita antisistema que trabaja para el Mercadona? No me consta. Lo devuelven los periodistas que ponen a caer de un burro a la muchacha cuando no están de acuerdo con quienes pagan sus abultados jornales?¿Entonces de qué coño estamos hablando? ¿Qué coño estamos tratando de decir, que no diciendo? ¿Os mola un arte sin llagas, un arte sin ideas, un arte sin nada? ¿Os mola un arte que no os haga pupita en las llaguitas, que no escueza, que aplauda vuestras ideas casposas, que no levante el polvo de las alfombras, que os ponga el culo si eso? No gasten si no quieren su dinero en el libro de Cristina, pero dejen que fluya el libre pensamiento, que la creación sea libre, que ningún mamahostias le diga a Cristina o a cualquier poeta o novelista cómo o cómo no tenemos que hacer las cosas, qué debemos opinar o cómo volvernos animales de corral, como ya lo sois ustedes, por muy gallitos que creais ser. Yo, de momento, voy a comprar y leer su novela.

DOS NAVEGANTES LUSITANOS: AUGUSTO MENDES OLIVEIRA Y JORGE FALLORCA

DOS NAVEGANTES LUSITANOS:
AUGUSTO MENDES OLIVEIRA Y JORGE FALLORCA


Jorge Fallorca, DE ROJO


Hoy, mirando unas viejas traducciones, me he topado con dos nombres queridos: Jorge Fallorca(1949-2014) y Augusto Oliveira Mendes (2000), poetas portugueses.
A Augusto Mendes Oliveira, de Tramagal, Abrantes, le tengo un especial cariño. Él fue quien tradujo Para nada de Violeta c. Rangel al portugués. Durante un tiempo estuvimos en contacto y llegamos a tenernos mucho afecto y complicidad. Nos sentábamos en el bar de mi pueblo a verificar cada elemento de la difícil traducción que se traía entre manos, y entre una cosa y otra tomábamos coñac y charlábamos de la vida y de la poesía. Era incansable en la una y con la otra. Acabada la reunión, ya anochecido, se alzaba de la mesa dejando un par de ejemplares de Canal, su maravillosa revista, y haciendo tintinear las llaves del coche se marchaba. Nunca supe si al despedirnos tomaba camino de Sevilla o de Abrantes. Se trataba realmente de un navegante portugués (lo que también valdría para Jorge Fallorca). De un cierto magallanes de Abrantes. Podía salir a las once de la noche de un infernal invierno hacia su casa, con cuatro horas de camino por delante. Una noche tuvo un oscuro accidente en Sevilla. Vino a contármelo y estaba aterrado. No recuerdo ahora los detalles. Durante un tiempo lo noté como pasado de revoluciones, huyendo de algo que lo atosigaba y no sabía qué cosa pudiera ser. Hablaba de México, de Marruecos... se sentía realmente constringido, angustiado. Recuerdo perfectamente la presentación de su traducción de Para nada en un bar que hacía esquina sobre las escaderías que unen Largo do Carmo con Praça de Rossiu. Conmigo venía Gerard IIli. Debo decir que fue una noche muy rara. Una de las noches más raras de mi vida. Una enana estaba empeñada, no sé por qué, en llevarme al catre y un poeta luso-hindú, muy mamado, se empeñó en tener bronca conmigo en una oscura discoteca donde fuimos a rematar la fiesta. Al cabo del tiempo, de muy poco tiempo, una llamada telefónica el 25 de diciembre del 2000, me refirió que Augusto acababa de morir, cuando conducía hacia su casa, devorado por la corriente de un río. La noticia me impactó porque no he conocido a muchos tipos tan vitales como Augusto y porque una muerte así siempre acaba impactando.
Unos años más adelante fue Rui Costa quien preparara una traducción de mi poesía "homónima" al portugués. Al poco de publicar la traducción, Rui costa fue encontrado ahogado el primero de janeiro bajo un puente de Oporto, cuando todos creían que debía ir de camino a Cádiz, donde tenía una lectura. Durante años me negué a volver a ser traducido al portugués, pero luego, cuando Porto Ed. se empeñó en publicar la novela Las cenizas de abril, hablé con el nuevo traductor y le puse al corriente de los casos referidos, por si quería echarse atrás. Él dijo que arrostraba la cosa y, de momento, sigue vivito y coleando.
El otro navegante es Jorge Fallorca. Me entero con casi 5 años de distancia de la muerte de Fallorca a quien, es cierto, le había perdido la pista hace casi 10 años. Nacido en el 49 era todavía un hombre joven y vital. Jorge, como Augusto, de quien era muy amigo, era un hombre que exudaba vitalidad, uno de esos rasgos que, junto a la melancolía, es santo y seña del hombre (y de la mujer por extensión) portugués. Sin esa vitalidad, sin esa curiosidad innata es posible que aún no estuvieran domeñados los océanos y Brasil no pateara balones ni sus ciudadanos se depilaran las ingles. Jorge trabajaba organizando Rallies y eventos de ese tipo, aunque era traductor de Piglia, Vila-Matas y otros autores. Yo le traduje un libro, pero no sé si ese libro llegó a publicarse. 


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DOS POEMAS DE AUGUSTO MENDES OLIVEIRA

No mar velhaco e atroz da Praia do Norte
a sereia chegou um dia ao areal
e dormiu -, diziam os mais velhos do Sítio

Aqui, lugar de santa e de suicídios
onde não chegam gaivotas nem sardinhas
as águas viraram-se para sapatear
toda a terra o homem
 
En el mar grosero y atroz de la Playa del Norte
la sirena se plantó un día en el arenal
y se durmió, decían los más viejos del Lugar
 
aquí, lugar de santa y de suicidios
donde no llegan ni las gaviotas ni las sardinas
las aguas se dieron la vuelta para pisotear
toda la tierra el hombre

AO MÁRIO BOTAS

Inalado o cheiro das flores do campo
os gatos,
a morte moribunda, afastada
Poderias estar lá, Mário, nu, obrando
Perto um riacho ferido de espinhos, de mato
Os doces cobertos de seios e pimenta
seriam o repasto no feriado da lota
o desleixo perdido dos homens do mar

As gaivotas teriam partido rio acima
levando os pêlos quebrados da tua face
 
A MÁRIO BOTAS 

Ya inhalado el aroma de las flores del campo
los gatos,
la muerte moribunda, alejada
Podrías estar allí, Mario, desnudo, trabajando
cerca de un arroyo de espinos y matorral
los dulces cubiertos de senos y pimienta
serían el almuerzo del domingo de la lucha
la negligencia perdida de los hombres del mar

Las gaviotas habría partido ya río arriba
llevando consigo los pelos cortados de tu cara

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DOS POEMAS DE JORGE FALLORCA

Aprendo devagar os lugares que o sono afunda. O turbilhão verde da minha louca infância, como um lugar alto que as estrelas consomem nas constelações da água. Escrevo com os olhos fechados. A escrita é redonda no texto circular. Atenta, a população debruça-se sobre as refeições, como um alquimista bêbado.
Ah deixem-me passar.
Os textos respiram sobre a mesa. Uma casa explode algures, na beira alta, como uma morte inteligente dentro da infância.





Aprendo despacio sobre los lugares que ahonda el sueño. El turbión verde de mi loca infancia, como ese alto lugar que las estrellas consumen en las constelaciones acuíferas. Escribo con los ojos cerrados. Redonda es la escritura en la circularidad del texto. La gente se inclina, atenta, sobre la comida, cual borracho alquimista.
Déjenme pasar.
Respiran los textos sobre la mesa. Una casa explota por doquier, sobre la orilla, como una muerte inteligente dentro de la infancia.




Canto as vozes de uma noite ininterrupta. A cabeleira atravessa corredores de bocas vivas, e sobre a cama arde um rosto de maçãs novas. E eu tenho fome. A europa encosta-se a uma janela de vidro podre. É uma cidade de rostos acesos por uma febre oculta. Arde na cúpula das catedrais. As ruas estão vazias. As casas não existem. O vento toca os cordões da roupa. Está tudo molhado atrás das minhas mãos.
Sobre uma meda de crianças um vestido transpira para dentro.



Canto a las voces de una noche interrumpida. Atraviesan mi cabellera pasillos de vivas bocas, y sobre la cama arde un rostro de manzanas tiernas. Tengo hambre. Europa se afianza sobre una ventana de vidrios corrompidos. Es esta una ciudad de rostros destellantes bajo la fiebre oculta que arde sobre las cúpulas catedralicias. Las calles... vacías: han desaparecido las casas y el viento roza los cordeles. Todo queda mojado al paso de mis manos.
Sobre un montón de críos, un vestido transpira hacia adentro.





PESSOA, EL TRILERO

PESSOA, EL TRILERO
Pessoa tenía una tendencia natural para la dispersión, para la escisión, para la polifonía interior. Muchos de sus cuentos funcionan como un diálogo entre dos o más personas que sustentan puntos de vista distintos (véase la botica de Evaristo, por ejemplo) , en una visión caleidoscópica que nos recuerda las voces de sus heterónimos. Igual podríamos decir de sus novelas policiales. Otro elemento que lo define como ensayista es su deformación personal a despiezar los argumentos en distintos aspectos (generalmente en 3, véase bien), en esas cansinas enumeraciones. Pessoa siempre o casi siempre pone tres bolitas sobre el tablero. Luego mueve las manos ( los argumentos) de forma que al final pone la bolita donde quería y casi -casi- te ha llevado al huerto:. Un ejemplo de la traducción de hoy:

FRANCISCO  —  La esencia de la tiranía es la fuerza que nos obliga, y la fuerza que nos obliga, o nos obliga absolutamente o relativamente  —  es decir, condicionadamente. Quiero decir, o nos obliga absolutamente a hacer o dejar de hacer algo, sin que podamos tomar otro partido, o nos obliga a hacer o dejar de hacer algo, castigándonos o sujetándonos a prejuicios y males varios en caso de tomar otro partido. El asesino, que, al dar conmigo, me pega un tiro en pleno corazón, me obliga a morir; el individuo que, al apuntarme con una pistola, me obligue a firmar un documento que no quisiera firmar, no es que me obligue a firmarlo de todas todas, pero me condiciona, pues lo natural es que yo prefiera firmarlo a recibir el “castigo” de la muerte. Está bien ver con claridad estos detalles simples e intuitivos: al verlos y hacérnoslos ver, no perderemos pie en el asunto. Ahora bien, tiranía absoluta sólo hay una: la de la Naturaleza. El individuo que me obliga a morir al pegarme un tiro en el corazón, no me obliga a morir por el hecho de darme un tiro, sino porque según la disposición de la Naturaleza, un tiro en el corazón es mortal. Si el tiro es en el corazón, no puedo escoger si morir o no: pero esta imposibilidad de elección no es responsabilidad del individuo, sino de la Naturaleza, que así dispone las cosas. En la tiranía humana, de quien difícilmente se podrá elegir más duro ejemplo, que el que ya he apuntado, siempre existe un elemento condicional. He de elegir entre firmar el documento o morir. Puedo elegir. Pero (y es aquí donde el elemento tiránico se revela), cualquiera de las cosas que escoja es mala para mí. En esa forzada elección entre un mal y otro consiste la tiranía. (La única tiranía absoluta es la del Destino. La Naturaleza, salvo para un pesimista, no es tiránica; y si lo es para el pesimista, la tiranía verdadera está en el Destino, que ha dado a ese hombre el temperamento de pesimista. La Naturaleza, repito, no es tiránica. Pongamos por ejemplo a un individuo con tendencias alcohólicas, que ama excesivamente el alcohol. Si cede al placer de beber, lo pagará con enfermedades y dolencias. Pero su mal viene precedido de un placer. De abstenerse, no sufrirá esas dolencias; de modo que, al sacrificar un placer, se ha hecho bien a sí mismo. No hay aquí tiranía, porque hay compensación. Sólo el Destino, al obligar absolutamente, podría ser tenido por tiránico; porque a ese individuo, que puse de ejemplo, o el Destino ya lo marcó para borracho o para no borracho, y sea cual sea el caso, lo que elija ya habrá sido elegido.) Si la esencia de la tiranía es la fuerza, la primera condición para ser un tirano es tener la fuerza. Ahora bien, sólo hay tres maneras de ejercer la fuerza: la fuerza física, el número y la astucia o la habilidad. En una pelea callejera, por ejemplo, donde se supone que los contendientes son de parecida valentía y afán, uno es vencido por ser más fuerte el otro, o por venir otros en la ayuda del otro, o por ser menos hábil o astuto en la forma de pelear. Pero hay algo evidente: ni la astucia ni la habilidad son la fuerza sino una forma de suplir la desventaja o aumentar la fuerza. Y es evidente también que, en el caso a tratar  — la tiranía social — , nada importa la fuerza física directa. Por eso queda como única fuerza capaz de tiranizar, la del número. Es decir la fuerza de una tiranía es el estar sustentada en una mayoría. En otras palabras, la tiranía es democrática. 
(de Diálogos de la tiranía)


DANZANTES DE HINOJALES






Bueno, ayer vivimos una noche espléndida en el castillo de Cortegana. Veníamos, es cierto, de otra velada emocionante en Fuenteheridos. Todos los veranos tienen un par de noches así y en este se han unido. Ayer tocó Cortegana. Después de la presentación del libro, en un castillo abarrotado pudimos contemplar los circunloquios de LOS DANZANTES DE HINOJALES. Una extraña maravilla. Única. Una danza seguramente de origen  medieval (se barajan otras hipótesis) bailada sólo por hombres que van describiendo figuras dentro de una música pastoril e iterativa, que poco a poco te va sumiendo en una especie de éxtasis interior, de tránsito espiritual, de vibración interna que te pone en conexión con lo sagrado... cercano a lo que podrían ser las danzas anatolias de derviches, si bien esta de Hinojales es una danza colectiva, donde el espíritu comunal es defititivo, frente al derviche que, aún danzando con otros, tiende al éxtasis personal, a la comunicación personal con lo divino.

 En la provincia de Huelva, más allá de los "lanzantes", manifestaciones de este tipo se dan en Cerro de Andévalo, Villanueva de los Castillejos, Encinasola, Almonaster o Cumbres Mayores. En el sur de Badajoz, en Fregenal y Fuentes de León. María Jesús Alvarado me habla de las que tienen lugar en El Hierro (Canarias) con una danza que se prolonga 30 kms y que tienen lugar cada cuatro años. Cambian las melodías, los atuendos, los pasos, la simbología, incluso el sexo de los danzantes, pero todas participan de un tronco común. Invito a los interesados a buscar estas manifestaciones en you tube y por supuesto a que intenten verlas en vivo. Se trata de experiencias mágicas, telúricas, cósmicas y sincréticas incluso.



Tras una magnífica y necesaria introducción sobre los orígenes, la interpretación, peculiaridades, etc... de la danza, nos preparamos para el momento mágico.
Y comienzan los movimientos. Poco a poco la música y los pasos se van repitiendo y repitiendo y repitiendo. Es curioso a asistir a una danza que exige del danzante una concentración absoluta, puesto que ha de describir constantemente figuras colectivas bajo un ritmo concreto, bajo unos pasos muy limitados, para, a la vez, ir entrando en una especie de hirviente sensación de éxtasis, concluyendo  en un final paroxístico, de aceleración continua, todo ello armonizado (mejor a-compás-ado) por un tambor y flauta pastoril así como por las castañuelas de los danzantes, que paso a paso van ganando nuestros oídos, llevándonos hacia la vereda de la concentración y el trance. Ayer, en el movimiento metafórico y alegórico de estos danzantes, viví dentro de mí una experiencia única. 
Llegó un momento en que la vibrante melopea de la música, el movimiento de las manos siempre alejadas del cuerpo y con movimientos enérgicos de muñecas (pues han de tocar al tiempo las castañuelas) y los pies (pues el tronco de los danzantes permanece siempre erguido, si bien fluctuante), la vestimenta deliberadamente andrógina y el ir y venir de los danzantes me hicieron entrar en una especie de pequeño trance emocional, y durante un rato no pude dejar de derramar lágrimas. Qué me ocurrió. Qué estaba pasando allí, en aquel pequeño recinto amurallado, alejado del mundo, pero a la vez ombligo del mundo. Me sentí poseído por la tierra, por ese ir y venir simbólico, en el que se exhiben y agotan casi todas las posibles figuras (casi diría alegorías) que se pueden trazar en un baile colectivo (el círculo, la cruz, la hilera, los trenzados, las rupturas...) ejecutadas sobre el simbólico tablero de la existencia, donde los demás danzantes completan y dan sentido a los movimientos de cada uno. Porquwe la danza es a la vez algo esencial y colectivo, que es acaso donde se converja en lo sagrado. Ya digo, una experiencia única. Uno piensa que va a acudir a algo hermoso, de raíz, a un curioso fenómeno etnográfico y se encuentra sumido en el éxtasis, en una sosegante comunicación con lo vital y con lo abstracto. Añadiré algo más: cuando acabó el baile, emocionado aún, me dirigí al danzante más próximo para fecilitarle. Aún me estremece el contacto de sus manos encallecidas, ásperas y rasposas. Y ahí, ahí, justamente ahí reside la última y definitiva perla de la maravilla: esos bailes no son ejecutados por bailarines sino por campesinos. Su verdad es esa: nos conectan directamente con la tierra, nos introducen no tanto en el cielo, como en los elementos todos que fluctúan en sus manos. En ellos no hay virtuosismo, sino verdad. Inconmensurable verdad. Gracias.
Por cierto que bailarán el próximo 10 de agosto en su pueblo, en su terruño, en Hinojales. No me los pienso perder.















Fechas para verlos danzar:

* El día de la Romería de la Tórtola (en primavera, a finales de abril, he olvidado la fecha) 
 
* 1 de mayo. Esta representación es especial porque todos los danzantes históricos se suman al baile dentro de la iglesia y a veces se juntan casi 40 danzantes en lo que parece una experiencia única, catártica.
 
* en la fiesta de agosto (este año cae el día 10, sábado).


  https://www.youtube.com/watch?v=nAghGOnshhM






COLIBRÍ CON HIELO, ENTREVISTA CON RAFAEL MORENO


Manuel Moya estrena libro: ‘Colibrí con hielo’; “No hay paraíso sin infierno”

Rafael Moreno




Cito a Manuel Moya en una cafetería del centro de Huelva, en el que, dicen, será uno de los días más calurosos de los últimos años. Moya no es un escritor que se deje ver mucho.  No le gustan demasiado las entrevistas, ni las presentaciones de libros, ni las firmas en las Ferias del libro, donde el escritor aparece como una especie de tucán enjaulado y vive en soledad, casi en penitencia, la soledad y vulnerabilidad del firmante de libros. Vive en un pequeño pueblo de la serranía y le pilla muy lejos eso que llaman la cultura del espectáculo. Mi invitado llega al cabo de diez minutos con esa antigua apariencia suya de campesino polaco o irlandés escapado de una comuna. Se lo comento y le gusta. Siente, confiesa, devoción por polacos o irlandeses, pueblos tradicionalmente maltratados por sus vecinos y que, además, han destilado, entre otras cosas, buena literatura. Lo de la comuna no lo ha intentado, pero no es tarde para hacerlo. Se disculpa por el retraso, se sienta, pedimos un café vespertino y, mientras vamos rompiendo el hielo y pongo en marcha la grabadora, hablamos del tiempo. De la ola de calor que no acaba de desembarcar.

– Esto me recuerda un microrrelato suyo recogido en Caza mayor, donde se trata de expresar la noción de fascismo a través de una curiosa parábola.
-Me pillas con las manos fuera del tiesto. No recuerdo ahora el título del microrrelato. En todo caso no puedo decir honradamente que sea mío. Se lo escuché a un obrero de un pueblo toscano, mientras fumaba un cigarro en la puerta de un bar. Eran tiempos del rodillo Berlusconi, en los que ese señor, presidente del Gobierno, era dueño de casi todos los medios de comunicación del país. El obrero contaba la historia de un individuo que se asomaba a la ventana de su casa y veía un día terrible, con rayos y truenos por todas partes, con arriadas y árboles arrastrados por la corriente, de forma que el tal individuo pone la tele para ver qué está pasando y resulta que las imágenes que aparecen de la ciudad donde vive, son las de una ciudad radiante, de un sol primaveral, con los pajarillos cantando y la gente sonriente y haciendo footing. El tipo vuelve a la ventana y lo que allí ve es horrible, las marquesinas enterradas en el agua y los coches flotando, pero en la tele la gente sigue tomando el sol en los parques y un niño toma un helado. La cuestión es que el individuo acaba por no saber si lo verdadero es lo que ve con sus propios ojos o lo que le cuentan las imágenes que vuelve a ver por la televisión, y llega un momento en el que duda si salir a darse una vuelta o no. Para ese obrero toscano el fascismo era eso. Dos realidades distintas, la que uno experimenta, en la que uno vive, y la que te cuentan, la que una y otra vez te hacen ver. Al final, claro, el individuo duda entre lo que percibe por sí mismo y lo que le cuentan. Al menos este individuo duda, pero hay quienes se lanzan a disfrutar del día y al final son arrastrados por la corriente. Me pareció una muy buena visión de estos tiempos de manipulación informativa, donde los medios cuentan, no lo que ocurre, sino lo que interesa a ciertas corporaciones económicas. Se demoniza a ciertos partidos o a ciertos países en virtud no de la realidad, sino de los intereses en juego por parte de quienes invierten en el medio. Algo terrible.

 ¿Cómo definiría su nueva novela, Colibrí con hielo?
Colibrí con hielo (Maclein y Parker, 2019)  es una novela amable en lo formal, adobada con un cierto lirismo e ironía, aunque su tesis, por así decir, sea dura. No hay paraíso sin infierno, viene a decir. Para disfrutar del paraíso hay que zafarse cada día en los sótanos del infierno. Para que nosotros podamos vivir una cierta sensación del paraíso, otros o nosotros mismos tenemos que bajar a las oscuras galerías del infierno. El paraíso, cualquier paraíso es una burbuja, rodeada de oscuridad. En todo caso, la novela me ha ido acompañando durante mucho tiempo, más de una década. Cada vez que me sentía con el ánimo alicaído recurría a ella, me dejaba transportar por su fluido y siempre salía mejor de su lectura. Me oxigenaba. Me despertaba. Me daba vidilla. Espero que algo así ocurra con sus lectores.
Suena bien. Lo del paraíso, digo. Y por saber algo, cuál es su argumento?
Se trata de la historia de un escritor de segunda fila que escribe para otro viejo escritor de fama. El tipo en cuestión ha salido bastante mal de una relación sentimental, pero al cabo del tiempo encuentra a una chica caribeña de la que se enamora. Ella ha ido a París con la pretensión de ser actriz y él, pasados los primeros brillos de la pasión, cree que también va a perderla, pues ella siente nostalgia de su tierra. Entonces él, con tal de retenerla, trata de fundar una isla en medio de París,  de buscar un territorio emocional propicio para ella, donde ella pueda sentirse a salvo de la nostalgia. Pero montar una isla no es sencillo y es muy caro, claro, de forma que ha de recurrir a negocios no del todo lícitos que acaso lo conduzcan más allá de donde pensaba… El desenlace, claro, lo vamos a dejar un poco en el aire, si no le importa. Así dicho, parece un argumento bastante extraño, extravagante incluso, pero no, tiene su lógica y su peculiar arquitectura.
La novela está ambientada en París. ¿Por qué?
Sí. La novela es, entre otras muchas cosas, un homenaje a París, al París existencialista, pero también al París de entre-guerras donde todo era posible. Una ciudad libre, donde el arte en cualquiera de sus formas y la libertad, como una manera de vivir sin ataduras religiosas o morales, eran algo consustancial a la propia ciudad. Es un homenaje a las lecturas de juventud y a los anhelos de libertad. El París que narro es como el baúl que encontramos en el desván, y que contiene nuestra juventud. Mis lecturas de Cortázar, Baudelaire, Nerval, Henry Miller, Hemingway, Rimbaud, Verlaine, Vian, Aragon, Zola, Balzac…, la visión de las vanguardias, la sensación de que otra forma de entender la vida es posible, que es, al cabo, el sueño o la idea que yo guardo de París, están, es obvio, presente en la novela, aunque sea de forma irónica, descreída. Diríamos que París es un personaje más de la novela. Acaso el principal.
Vemos en la novela una visión cuando menos curiosa de las ciudades contemporáneas, de la vida contemporánea.
A pesar de todo el confort y de toda la tecnología que nos rodea, vivir en una ciudad contemporánea no es fácil. Hay demasiada presión social y económica sobre el individuo. Si en el siglo XIX y XX la ciudad atraía a los ciudadanos que en ella buscaban más oportunidades, hoy las ciudades tienden a expulsar a su individuos, a llevarlos a sus arrabales, donde la vida es más fácil. Es un hecho que los llamados centros históricos se están vaciando. Demasiada soledad, demasiada incertidumbre. Una presión y una soledad que cada cual, es obvio, intenta negociar como puede. Uno tiene la necesidad de salir de la ciudad, de quitarse de en medio la ciudad y todo cuanto representa, sin salir de ella. Uno ha de buscar salidas sin abandonar su barrio o su zona de confort. Las ciudades contemporáneas están llenas de corpúsculos casi invisibles pero que van creando un tejido cada vez más tupido y que funcionan como respiraderos sociales. Sin ellos vivir en la ciudad sería un infierno. Funcionan como elementos oxigenantes, al igual que los parques o los eventos culturales.
Mucho de todo, un archipiélago, sin mar,  pareciera.
Por ejemplo, hay clubes de remeros, de lectores, de aficionados al cómic, de futboleros, de músicos, de costaleros, de micólogos, de gastrónomos, de papirofléxicos, de bibliófilos, de vinilópteros, de filatélicos, de amigos del caballo, de la chinchilla o del macramé, criadores de canarios, amigos de la foto, del gusano de seda, del manga, de la samba, de la astrología, del zapateado, del idioma coreano, de la gastronomía turca, de las distintas modalidades del sexo y de la comida rápida, del club ciclista, de oenegés, de movimientos reivindicativos… Cada cual escapa de la opresión de la ciudad a través de esos corpúsculos que están repartidos por todas partes y es raro que un habitante no pertenezca a uno o más corpúsculos, que los martes no asista a la reunión de los amigos de la música y el sábado o salga a hacer unos kilómetros con un club ciclista, tejiendo así una red curiosísima y apasionante. En definitiva uno busca sus propias islas, sus propias maneras de huir de la opresión que nos rodea en un entramado social que tiende a aislarnos. Es un fenómeno curioso y me temo que necesario.
En principio, no tiene nada que ver esta novela, Colibrí, con la anterior, Mojama.
No. No me gusta escribir siempre la misma novela. Mojama hablaba de un problema social importante como era el ascenso de determinadas ideologías de riesgo y cómo la sociedad mira para otra parte cuando comienza a ver signos preocupantes. Me estoy refiriendo al ascenso del fascismo, una manera de ver el mundo y las relaciones de poder, que ha traído problemas muy graves a la sociedad del siglo XX y, que a mi juicio debiéramos vigilar muy de cerca, porque nadie asegura que no pueda volver a surgir, con nuevas caras, nuevas coartadas y nuevas estrategias. No hay nada más penoso que escuchar a jóvenes reivindicar un pasado que no han conocido y cuyas funestas consecuencias desconocen. La noción de fuerza y de lucha por conquistar un territorio es algo connatural en el joven, que no sabe cómo abrirse paso en la sociedad. Pero los chicos son fácilmente manipulables. Si escuchan mil veces que los inmigrantes les quitan las oportunidades, que viven del cuento, que reciben ayudas, y todos esos bulos y mentiras, ellos lo creen, de modo que si alguien los seduce con la idea de que hay que eliminar a una parte de la sociedad, por las razones que sea, muchos de esos jóvenes aceptarán el reto y se irán a las calles a buscar a homosexuales, emigrantes, mendigos, hippies o cualquiera que no piense como ellos o no sirva a sus ideas de limpieza.
Viejos dogmas de la intolerancia.
La creencia de que una sociedad corrompida y sucia ha de ser limpiada, reordenada, como si fuera el cuarto de un estudiante, es una idea que puede resultar atractiva así, de primera mano. Claro que limpiar una sociedad no es limpiar un cuarto. No podemos eliminar a quienes no nos interesen, como hicieron el nazismo, Stalin, Franco, los jemeres rojos y tantos otros.
Todos llegan al mismo sitio, el infierno, la devastación, la depuración del discrepante.
La historia está llena de ejemplos de limpiezas étnicas, religiosas o ideológicas. No es algo que acabara con Hitler. Tenemos ejemplos muy actuales. Yugoslavia, Ruanda, Sierra Leona… Y en eso, en un tiempo de crisis de valores, reaparece el fascismo y el nazismo en toda Europa, que algunos tratan de pintar tan atractivos, aprovechando los tiempos de crisis sociales, culturales e ideológicas, en la que los chavales lo tienen francamente difícil. De todo eso trata Mojama. De cómo el fascismo se nos va colando en la vida cotidiana y no actuamos, sino que lo dejamos ir, creyendo que son casas de jovencitos exaltados, de pijos desnortados, hasta que un mal día anos levantamos con la resaca que los andaluces nos levantamos el 3 de diciembre, con el fascismo en el parlamento.
Leo, veo un intento de liberación en ese pájaro, digo en ese título, en ese contenido profundo: Colibrí con hielo.
Colibrí habla de otras contradicciones de la sociedad contemporánea, desde un ángulo acaso menos evidente, pero necesario, pues habla del anclaje del individuo en una sociedad que cada día lo aísla y ahoga más. En fin, me gusta que mis novelas arañen un poco la piel y no se queden en meros artilugios literarios más o menos interesantes o virgueros. Escribir una novela debiera convertirse en una larga y, a poder ser, una productiva reflexión, donde ha de ser el lector, obviamente, el que, tras reflexionar, tenga la última palabra.
Después de esta charla tengo la sensación de que algo ha cambiado, no es por el título, o la portada, por cierto muy buena. Pareciera que hemos cambiado los papeles.
Aguantar mi charla, estoicamente, pacientemente, suele producir esos efectos colaterales. Pero es pasajero, váyase tranquilo.

Colibrí con hielo (Ed. Maclein y Parker, Sevilla, 2019)
Mojama (Ed. Niebla, Huelva, 2018)
Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960). Poeta, narrador y traductor, ha editado cuatro libros de cuentos, La sombra del caimán (2006, finalista del Premio Setenil), Cielo municipal (2009), Caza mayor (2014, Premio de la Crítica de Andalucía y finalista del Setenil) y Zorros plateados, Premio Tiflos (Edhasa, 2017), así como las novelas La mano en el fuego (2006), La tierra negra (2008), Majarón (2009), Las cenizas de Abril, Premio Quiñones de novela (Alianza, 2011), traducida al portugués e italiano, y Mojama (Niebla, 2018). Es especialista en Fernando Pessoa, de quien ha versionado Libro del desasosiego y Ficciones del interludio (ambas para Alianza, 2016), las ediciones de Campos, Reis (Visor, 2015-2016) y Caeiro (Baile del sol, 2016), Mensaje (Visor, 2017) o sus Cuentos (Páginas de Espuma, 2016). Su obra está incluida en numerosas muestras colectivas de relato y poesía, tanto en España como en el extranjero.
 Sobre la editorial:
Maclein y Parker lleva en activo desde el año 2014 y cuenta con cuatro colecciones: Taiga, de narrativa, en la que tiene veintitrés títulos publicados hasta la fecha entre novela y colecciones de relatos; Mirto, la dedicada a poesía, con catorce títulos publicados; Clemátide, dedicada a textos ilustrados, en la que tienen cabida obras que destacan por la sintonía entre la palabra y la imagen, aportando al libro un valor como objeto; y Alerce, dedicada a ensayos sobre arte y literatura.
Entre las firmas que han publicado con Maclein y Parker encontramos autores de todo el territorio nacional además de Argentina y Uruguay. La editorial destaca por su cuidado al detalle tanto en las ediciones como en el trabajo con los autores, lo que se ha convertido en una de sus señas de identidad.

EL CAPITAN DE LAS DUNAS

PACO PEREZ, IN MEMORIAM





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Apenas me levanto, me entero de la muerte de un grande insólito y oculto: Paco Pérez, Capitán de las Dunas. Autor de una mínima obra -un Rulfo de la vida-, su presencia y su nombre no han dejado de habitar en la memoria y en la admiración de una decena escasa de lectores. Yo, modesta y afortunadamente, me encuentro en esa nómina de privilegio. Lo conocí poco, es cierto, pero lo poco que lo conocí lo pude disfrutar a tope. La penúltima vez que nos vimos fue en el 97 y él residía por entonces en Riotinto, en el barrio inglés, porque a él le gustaba lo extemporáneo, lo insólito y el barrio inglés de Bellavista goza de ambos calificativos. Entonces, allí, me dedicó Huelva, guía para visionarios, un libro sublime editado -estoy convencido- por un enemigo suyo, pues una obra así, delicada y extraordinaria no puede haberse editado de peor manera, con ilustraciones que parecen fotocopias. Parece ser que ha habido una segunda edición pero tampoco se ha mejorado mucho la cosa. Ese libro de ficción es simplemente uno de esos milagros de la literatura. Olviden que en el título aparece la palabra Huelva y céntrense en en el subtítulo, guía para visionarios, y tengan la absoluta certeza de que no los va a defraudar. No importa repetirlo: un libro sublime. Hace sólo unos meses recomendaba a los amigos de El libro feroz, una editorial realmente heroica, que hace unos libros preciosos, la reedición de este libro que no conocían. Ellos fueron los que me dieron noticia de que el libro había sido reeditado.
Paco Pérez era nieto de Pedro Gómez, el gran paisajista de Huelva y de él aprendió la sutileza del dibujo y del color. José María Franco, otro gran paisajista y discípulo de Gómez, afirmaba que Paco Pérez era tan o mejor dibujante que escritor y que le había visto unos cuadernos realmente admirables. En una ocasión tuve acceso a uno de sus cuadernos y guardo de sus dibujos e improntas el mismo calificativo. Mientras los ojeaba, Paco me contó una historia que hoy ya podemos airear, porque fue una historia sonada por los pagos donde vivo. Corrían los primeros años de la democracia, tal vez el 78 o cuando más el 80 del pasado siglo. Según me contaba Paco, unos amigos y él decidieron pasar unos días en la Sierra. Querían experimentar con el LSD y necesitaban un lugar tranquilo. Castaño del Robledo, un pueblo a trasmano de todo, con unos doscientos habitantes y la sensación de que el tiempo se había congelado, era, al parecer, el lugar idóneo. No contaron con el Monumento, un edificio fascinante en mitad de la Sierra. El Monumento era entonces una iglesia neoclásica inacabada, sin techos, de unas proporciones asustadoras y de unas trazas admirables. Nadie sabe qué pasó con el Monumento, quién y a propósito de qué se levantó, por qué se dejó inacabado, y por qué seguía allí, anclado en mitad del pueblo, como un rutilante rubí en mitad de un lujurioso paisaje. El caso es que Paco y sus secuaces, vestidos para la ocasión de ropas también extemporáneas, se dieron al LSD y acabaron en el Monumento, en cuyo interior se hallaban no pocos nichos pertenecientes a los deudos del Castaño, quienes al levantarse al día siguiente vieron cómo los nichos habían sido profanados. Preguntar cómo aquellos seres extravagantes llegaron a profanar las modestas tumbas es algo que no tiene más explicación que la de los alucinógenos. El caso es que, como cabía esperar, en Castaño se armó la de Dios es Cristo y Paco y sus amigos hubieron de abandonar el pueblo como buenamente pudieron. El vandálico hecho fue reflejado en la prensa con tan buena acogida, que el Monumento, antes desconocido, comenzó a convertirse en lugar de peregrinación y al poco comenzaron las obras de restauración que mayormente consistieron en habilitar el techo y cuidar los alrededores, convirtiéndose desde entonces en un lugar único y visitable.
Por entonces, en el diario La noticia, comenzó a publicarse un suplemento literario llamado el Fantasma de la glorieta, dirigido por Félix Morales y donde uno veló sus primeras armas. Guardo todos sus números. Pues bien, en ese prodigioso suplemento, Paco Pérez, El Capitán de las Dunas, fue publicando una especie de diario de bitácora titulado Desde El Castaño a Kenitra o algo muy cercano, que yo seguía fascinado semana tras semana, número a número. Ahí tuve noticia primera de aquel aventurero fascinante -a la verdad no le importa repetir el epíteto- y de las aventuras de un intrépido capitán que hoy, justamente hoy, ha entregado el timón. Seguirá viajando, no me cabe la menor duda, en nuestra memoria y haríamos bien en recuperar su obra escrita y gráfica, pues viajeros como Paco Pérez no abundan.

TERAPIA DE CHOQUE

De cuando en cuando salvo a navegar en busca de pececillos de colores. Hoy he llegado al blog de Mariano Catoni y he encontrado este relato magnífico. Espero lo disfruten. Terapia de choque

Mariano Catoni (Argentina, 1981) es escritor y músico. Ha publicado el libro de relatos El acróbata de plastilina (2005). En el 2004 recibió el 2° premio nacional Eugenio Zagarzazu por su cuento El infante imaginario. Fue finalista del Concurso de Cuento Corto Álvaro Cepeda Samudio (Colombia) con el texto Felipe y el graffiti y obtuvo el 3° premio internacional de la academia de tango de Montevideo por su texto Felipe y los besos. Ha participado en diversas antologías junto a otros autores de Argentina. Ha escrito ensayos sociales y guiones para cortometrajes animados, para teatro y cine. Actualmente intenta dar curso a su primera novela.


 

 

Terapia de choque

Después de una mujer con cara de sufrir todas las depresiones y fobias (fobia social, fobia a las arañas, fobia a las palmeras, al color rojo y a los miércoles soleados durante la primera quincena del mes) entré yo. Me habían hablado bien de aquel psicólogo, el quinto que probaba en lo que iba del año.
Un método novedoso, decían.
Cuando le estreché la mano me apretó fuerte, excesivamente (supuse que eso era parte del método novedoso). Me senté, con la mano dolorida y un simposio de hormigas agónicas en todos los dedos.
Empezó así, sin presentaciones: Hable, tiene cuarenta minutos, no pienso interrumpir, si me pregunta algo no le voy a contestar, ¿alguna duda?
Negué con la cabeza.
La propuesta me incomodó, pero confiaba en las recomendaciones que me habían dado y accedí a las indicaciones.
Fueron cuarenta minutos de caos verbal y de preguntas a mí mismo, de imágenes enfáticas, digresiones, fastidios y transliteraciones.
Finalizada la sesión el terapeuta me puso la mano sobre el hombro y dijo: No se enoje con lo que le voy a decir, al contrario, agradézcamelo; pero lo que a usted le pasa no me interesa, y a los demás tampoco, nos da exactamente lo mismo, tome, un hoja, para que haga un dibujito en su casa y después lo tire por la ventana, me da igual, a todos nos da igual, estoy harto de la gente como usted, vienen con sus problemas, con sus traumas y esperan encontrar soluciones, en esta vida no hay nada que se resuelva, es el precio que hay que pagar por contar con la suerte de que, a veces, las soluciones para problemas que no teníamos se anticipen y aparezcan solas; son las leyes de la compensación, por una buena, una mala, ¿qué es lo que no entiende de eso?, carcajada más melancolía es igual a cero, ¿le quedó claro?, carcajada por ocho es mentira y melancolía al cubo no existe, hay, en medio de la gigante ecuación del sentir humano, mecanismos de ajuste, usted no puede correr veinte kilómetros sin sentir al cabo de un rato un hambre terrible, y si usted no entiende que para inflarse hay que desinflarse, entonces es un necio, eso es lo que es, un necio; no le pida al tiempo ningún bienestar permanente, yo entiendo que mucha gente quiera bajar las estrellas con un palo para iluminarse la casa definitivamente, para arrancar un pedacito y ponerse esa pasta gris, azulada, refulgente y vigorosa —cuando no vertiginosa— de sombrero, pero las estrellas son para otros, ¡déjelas en paz!, ¿cómo puede ser tan osado como para querer abolir el ritmo natural, inherente de todas las cosas simples?, estoy harto, harto de usted y de tanta pretensión equivocada. A los delfines los pescan, ¿sabe eso?, a los delfines los pescan, de repente están así y alguien ejecuta un asesinato deliberado. A nosotros no nos pesca ni nos va a pescar nadie. ¿De qué se queja entonces, sinvergüenza? Abra la boca que le voy a clavar un anzuelo, usted necesita saber lo que sienten los delfines que son pescados, solamente de esa manera se va a dar cuenta de que carcajada más melancolía es igual a cero, y si no, bueno, afine las cuentas, ¿me escuchó bien?, afine las cuentas, abra la boca, venga para acá, no se vaya, cobarde.
Me fui de ahí corriendo.