MUCHO ESPAÑOLES

No hay texto alternativo automático disponible.MUCHO ESPAÑOLES

Lo que son las contradicciones de la jodida globalización. Tal que una pacífica ama de casa british se pasa media vida metiendo penique tras penique en su huchita para escapar por unos días de su pueblico, donde  quizás todos sean paraguayos, y darle a su cuerpo cuarto y mitad de alegríamacarena, de modo que la buena mujer toma un avión donde la parroquia resulta estar cuajadita de pelirrojos irlandeses con ganas de jarana, aguanta mecha con los fucking gaelics, se baja en un aeropuerto donde hace un calor keniata y que resulta ser algo así como Alacant, un sietito donde en su imaginación todos debieran ser finlandeses o manchures, pero una vez que la pobre mujer paga al taxista tunecino, se avía con la recepción, se echa por lo alto el protector solar comprado a un argentino, viste?, de Irigoshen, se lanza sin paracaídas a la calle y dejando atrás a los manteros de Senegambia, empieza a ver españoles por un tubo con trajes de faralaes, banderas danesas y extraños carajos de pega en la frente, y así, desde los camareros que de english andan consiconsá, hasta los vendedores de helados italianos que te saludan en rumano, que manda cojones, cuando de verdad esta buena mujer se encuentra con su primer british, el nota va tan mamado que no sale del asturias patria querida y del bucle de un puto tractor amarillo, de modo que la pobre mujer explota como un pellejo de vino francés, y comienza a cavilar que de dónde carajo han salido tantos españoles y qué carajo hace tanta gente con un carajo de plástico en la cabeza vociferando no sé qué hostias de un tractor amarillo y, claro, entonces, ay, le viene el recuerdo de las dulces praderas de Albion, con sus obesos abejorros y sus aviesas ovejitas, y se siente invadida por la saudade de la boñiga recién horneada, por sus vecinos pakistaníes, y con absoluto arrobo se dice que tanto español mucho español y todo español no mola, y que ya que ella ha hecho el inmenso favor de visitarnos, los españoles debieran haber tenido el detalle de largarse a Alemania o a Noruega y a ver quién le dice a esta respetable señora que es exactamente así, que los españoles todos han cogido carretera y manta pa Alemania con su tablet y su maleta de cartón, como en los buenos tiempos, pero a ella esta explicación sociológica no le consuela, así que se encierra en su habitación, se mete entre pecho y espalda unos buenos bourbons, porque le ha jurado odio eterno a los independentistas escoceses, y ya de vuelta a casa, la buena señora se ha puesto a ahorrar para largarse a Ibiza o a Magaluf, a ver si allí hay suerte y por fin ve a ingleses o lo que sea, aunque lo que a ella le molaría de verdad es saber qué coño significado oculto tiene lo del tractor amarillo y todos sus muertos y que la indemnicen, collons, que la indemnicen que ella no pagó por ver una españolada, me cago en su alma.

EL VIAJE, CUENTO DE SOPHIA DE MELLO BREYNER ANDRESEN


EL VIAJE
 
SOPHIA DE MELLO 
BREYNER ANDRESEN

trad. Manuel Moya

Resultado de imagen de sophia de mello 

La carretera avanzaba entre campos y a veces se veían lomas. Era a comienzos de septiembre y la mañana se extendía a través de la tierra, vasta de luz y plenitud. Todas las cosas parecían encendidas.
Y dentro del coche que los llevaba, la mujer dijo al hombre:
-Esto está en mitad de la vida.
A través de los cristales, las cosas huían hacia atrás. Las casas, los puentes, las montañas, las aldeas, los árboles y los ríos huían devorados sucesivamente. Era como si fuese la propia carretera quien los engullese.
Apareció un cruce. Tomaron a la derecha y siguieron adelante.
-Debemos estar al llegar -dijo el hombre.
Y continuaron.
Árboles, campos, casas, puentes, montañas, ríos huían hacia atrás, se deslizaban hacia adelante.
La mujer miró con inquietud a su alrededor y dijo:
-Nos hemos debido de equivocar. Hemos tomado por la carretera que no es.
-Ha tenido que ser en el cruce -dijo el hombre, deteniendo el coche-. Tomamos hacia el Oeste y debíamos haber tomado hacia el Este. Hay que volver al cruce.
La mujer reclinó la cabeza y vio que el sol ya había subido en el cielo y cómo las cosas perdían despacio su sombra. También vio que el rocío ya se había secado en las hierbas de la cuneta.
-Vamos -dijo ella.
El hombre giró el volante, el coche dio media vuelta en la carretera y volvieron hacia atrás.
La mujer, cansada, cerró un poco los ojos, apoyó la cabeza en el respaldo y se puso a imaginar el lugar hacia donde iban. Era un lugar donde nunca antes habían estado. Tampoco conocían a nadie que hubiera estado allí. Sólo lo conocían por el mapa y por el nombre. Decían que era un lugar maravilloso.
Pensó que la casa sería silenciosa, apacible y blanca, rodeada de rosales; pensó que el jardín debía ser grande y verde, recorrido por murmullos.
Alguien le había dicho que por el jardín corría un río claro, brillante y transparente. En el fondo del río se veía la arena y piedrecitas limpias y pulidas. En las orillas crecía césped, mezclado con trébol. Y árboles de copa redonda, cargados de frutos crecían por todo ese prado.
-En cuanto lleguemos -dijo ella-, nos bañamos en el río.
-Nos bañamos en el río y luego nos tendemos en el césped -dijo el hombre, con los ojos fijos en la carretera.
Y ella imaginó con sed el agua clara y fría rodeando sus hombros e imaginó el césped donde los dos se tumbaran, uno junto al otro, a la sombra del follaje y de los frutos. Allí pararían. Allí habría tiempo de posar los ojos en las cosas. Tiempo para tocar las cosas. Podrían allí respirar despacio el aire de los rosales. Todo allí sería tranquilidad y presencia. Habría silencio para escuchar el murmullo diáfano del río. Silencio para decir las graves y puras palabras pesadas de paz y de alegría. Nada allí les iba a faltar: el deseo sería estar ya allí.
A través de los cristales campos, casas, puentes, montañas y ríos huían hacia atrás.
-Tenemos que estar a punto de llegar al cruce -dijo el hombre.
Y continuaron.
Ríos, campos, pinares y montañas. Y pasó media hora.
-Ya teníamos que haber llegado al cruce -dijo el hombre.
-Seguramente nos hemos equivocado de camino -dijo la mujer.
-No, nos hemos podido equivocar -dijo el hombre-. No había más camino que éste.
Y continuaron.
-El cruce tenía que haber aparecido ya -dijo el hombre.
-Y, bueno, ¿qué es lo que vamos a hacer?
-¿Y qué vamos a hacer ahora?
-Seguir hacia adelante.
-Pero nos perderemos.
-No veo otro camino -dijo el hombre.
-Y continuaron.
Encontraron ríos, montañas; atravesaron ríos, campos, montes; dejaron atrás ríos, campos, montes. Huían los paisajes, empujados hacia atrás.
-Cada vez nos estamos más perdidos -dijo la mujer.
-Pero ¿donde hay otro camino? -preguntó el hombre.
Y detuvo el automóvil.
A la izquierda había un gran páramo vacío; a la derecha una colina arbolada.
-Vamos a subir a lo alto de la colina -dijo el hombre-. Desde allí se deben avistar todos los caminos de alrededor.
Subieron a lo alto de la colina y no vieron carreteras, pero avistaron a un labrador cavando en una huerta.
Caminaron en su dirección y le preguntaron si sabía el camino hacia el cruce.
-Sí -dijo el labrador-, es para allá.
-¿Podría indicarnos?
-Claro que podría pero antes debo acabar esta acequia para que pase el agua. Tardo ya muy poco.
-Lo esperamos -dijo el hombre.
-Tengo sed -dijo la mujer.
-Ahí, atrás de esos riscos -dijo el labrador apuntando al otro lado de los riscos -hay una fuente. Id a beber mientras voy acabando la acequia.
Caminaron en la dirección que el labrador les indicara y detrás de los riscos encontraron la fuente.
La fuente caía desde lo alto y se introducía en la tierra, derecha, limpia y brillante como una espada.
Allí bebieron y quedaron con la cara, el pelo salpicados de gotas, rieron de alegría con la frescura del agua, olvidados del cansancio, del camino perdido, del viaje. La mujer se sentó en una piedra cubierta de musgo, el hombre se sentó a su lado y los dos permanecieron un rato con las manos enlazadas, inmóviles, callados.
Más tarde un pájaro se posó muy cerca de la fuente y el hombre dijo.
-Hay que irse.
Se alzaron y tomaron hacia la huerta pero el labrador no estaba. Vieron cómo el agua corría por las acequias; vieron el perejil y la hierbabuena creciendo a cada lado, pero ni rastro del labrador.
-No nos ha querido esperar -dijo el hombre.
-¿Por qué nos mentiría?
-Igual no nos mintió. A lo mejor no pudo esperarnos o tal vez se olvidara de nosotros.
-¿Y ahora qué hacemos?
-Volveremos al coche y seguiremos la dirección que el labrador nos apuntó.
Subieron y bajaron la colina en dirección al automóvil, pero cuando llegaron a la carretera el automóvil había desaparecido.
-Debemos habernos equivocado y venir por otra dirección.
-O que alguien nos haya robado el coche.
-¿Dónde se habrá metido el labrador?
-A lo mejor a ido a la fuente a buscarnos.
-Hay que encontrar a alguien -dijo la mujer.
-Volvamos a la fuente, seguramente el labrador haya ido allí.
Y otra vez se pusieron en camino.
Subieron y descendieron la colina y atravesaron el huerto.
Olía a yerbabuena y a tierra recién regada. Pero al otro lado de los riscos no encontraron la fuente.
-No debe ser aquí -dijo el hombre.
-Era aquí -dijo la mujer-. Era aquí. Tengo miedo. Volvamos rápido a la carretera.
Y fueron a la carretera a buscar el automóvil.
-¿Qué vamos a hacer? -preguntó la mujer.
-Alguien pasará -respondió el hombre.
Continuaron por la carretera. El sol seguía ascendiendo sobre el cielo.
-Estoy cansada -dijo la mujer.
-En cuanto lleguemos a donde vamos descansarás, tendida sobre el césped, a la sombra de los árboles y los frutos.
-Para eso hay que encontrar ya el camino -dijo la mujer.
A lo lejos entre pinos avistaron una casa.
-Vamos allá -dijo el hombre-. Tal vez allí haya alguien que nos sepa indicar el camino.
Hacía una leve brisa y los pinos se mecían.
Llamaron a la puerta pero nadie respondió. Aguzaron los oídos y les pareció escuchar voces. Llamaron de nuevo. Nadie les respondió. Esperaron. Llamaron nuevamente, con fuerza, espaciadamente, nítidamente, despacio. Los golpes resonaron pero nadie les respondió.
Entonces el hombre empujó con el hombro derecho hasta forzar la puerta, pero la casa estaba vacía.
Era un casita de labradores. Una casa desnuda, donde sólo se inscribían los gestos de la vida. Había una cocina y dos cuartos. En un saliente de la pared encalada estaba una imagen; frente a la imagen ardía un candil de aceite; a su lado alguien había puesto un ramito de flores benditas de pascua.
Nadie había en la cocina. Nadie en los cuartos. Nadie en las traseras donde estaban secándose unas ropas, colgadas en el tendal, gesticulando en la brisa.
En el horno la ceniza estaba aún caliente y sobre una mesa había pan y vino.
-Tengo hambre -dijo la mujer.
Se sentaron y comieron.
¿Qué hacemos ahora? -preguntó la mujer.
Volveremos a la carretera y seguiremos viaje -dijo el hombre.
Salieron y atravesaron el pinar pero la carretera había desparecido.
-Tengo miedo -dijo la mujer-. Cada vez tengo más miedo. Todo desaparece.
-Estamos juntos -dijo el hombre.
-¿Pero qué vamos a hacer sin carretera?
-Vamos a volver a la casa -dijo el hombre- y allí esperaremos hasta que lleguen los dueños y nos indiquen por dónde va el camino y nos ayuden.
Y de nuevo atravesaron el pinar, pero en el lugar donde había estado la casa sólo había un pequeño claro y piedras extendidas por el suelo.
Ambos se quedaron mudo. La mujer se dejó caer en el suelo y tendida entre las piedras lloró con la cara pegada a la tierra.
-Venga, vámonos -dijo el hombre.
-¿Hacia dónde? -preguntó ella.
-Hay que encontrar algún camino.
-Para qué si luego perdemos todo lo que encontramos.
El hombre se arrodilló junto a la mujer y le limpió la cara de lágrimas y de tierra.
La levantó más tarde y siguieron hacia adelante.
Atravesaron el pinar y dieron con un campo.
Pero no se veía camino alguno.
En mitad del campo había un manzano cargado de manzanas rojas, brillantes y redondas.
-¿Qué bonitas! -dijo la mujer.
Tomó una para ella y otra para el hombre. Se sentaron ambos sobre la hierba bajo la sombra tranquila del árbol y la carne firme, fresca y limpia de la manzana estalló entre sus dientes.
Era ya el comienzo de la tarde y en el brillante día, apoyados en el oscuro y rugoso tronco, descansaron en silencio, oyendo sólo el levísimo rumor de la tierra bajo el sol
Tras eso el hombre dijo:
-Vámonos.
Se levantaron y se fueron.
Y en el extremo de aquel campo, junto al vallado que lo separaban del otro campo, la mujer exclamó:
-Teníamos que haber cogido algunas manzanas más para llevárnosla. No sabemos dónde estamos, ni cuánto tendremos que andar para volver a encontrarnos algo de comer.
-Tienes razón -dijo el hombre.
Y volviendo hacia atrás, caminaron hacia el manzano que en mitad del campo se dibujaba redondo.
Sin embargo al llegar al pie del árbol vieron que de las ramas, entre las hojas, habían desaparecido todas las manzanas.
-Alguien ha debido pasar por aquí y sin vernos ha cogido todas las manzanas -dijo el hombre.
-Ah -exclamó la mujer-, ¿pero tan rápido? ¡Tan deprisa desaparece todo! Encontramos cosas, están allí, pero cuando volvemos, desaparecen. Y ni siquiera sabemos quién se las lleva o cómo se deshacen.
Con la cabeza gacha y en silencio retomaron la caminata.
Atravesaron sucesivos campos pero no hallaron a nadie que los guiara y les respondiera. Junto a un vallado vieron en el suelo un recipiente de corcho y un búcaro de barro.
La mujer destapó el recipiente y escuadriñó dentro del búcaro.
-Vacíos -dijo ella.
-¿Dónde estará el dueño?
Miraron alrededor y no avistaron a nadie. Llamaron pero nadie les respondía.
-Igual están del otro lado de la valla -dijo la mujer.
Atravesaron el vallado pero del otro lado no vieron a ningún hombre. Lo que vieron fue un arroyuelo que corría casi escondido entre tréboles y vinagreras. Arrodillados se lavaron las manos y la cara. En la concavidad de sus manos la mujer bebió y dio de beber al hombre.
-Si hubiéramos traído el búcaro -dijo ella- podríamos llevar un poquito de agua para el camino.
-Y en el recipiente podríamos llevar algo de fruta. Volvamos a buscarlos.
Atravesaron de nuevo la valla.
Pero el búcaro apareció roto y el recipiente de corcho completamente roído.
-¿Quién lo habrá roto?
-Tal vez la brisa o algún animal al pasar.
-¿Quién lo habrá carcomido?
-Las ratas, las serpientes, los topos, los perros salvajes.
-Así ya no nos sirven.
-Vámonos cuanto antes de aquí -dijo la mujer.
Era ya la mitad de la tarde cuando vieron un gran bosque, en cuya orilla partía un carril.
-Vamos hacia el carril. Yendo por aquí hemos de encontrarnos con gente. Los carriles se hacen para que pasen gente. Los carriles se hacen para llegar a otros lugares donde hay gente.
Y entraron en el bosque.
Robles, castaños, tilos y álamos, cedros y pinos entrecruzaban sus ramas. Grandes rayos de sol oblicuos pasaban por entre los troncos. El aire era verde y dorado.
-¡Qué bosque más bonito! -exclamó la mujer.
-Muy bonito, sí - exclamó el hombre.
Aquí y allá crujía una rama seca. A veces una piña caía desde lo alto. Se oía el murmullo de la brisa en las hojas altas. Se oía el canto de los pájaros escondidos. Se oía el silencio del musgo y de la tierra.
Y mecidos por la belleza, en la fragancia y en la música del bosque, el hombre y la mujer siguieron adelante por el carril con las manos entrelazadas.
Hasta que a lo lejos oyeron el ruido de un hacha. Siguieron caminando y acercándose al lugar de donde provenía el sonido.
-¡Viene de allí! -dijo la mujer.
Y saliendo del camino tomaron hacia la derecha.
Encontraron a un leñador cortando leña.
-Estamos perdidos -dijo el hombre-, andamos buscando un camino que nos lleve a la carretera.
-Id siempre siguiendo el camino -dijo el leñador- y encontraréis la carretera.
-Gracias -dijo el hombre.
Y los dos regresaron por donde habían venido.
-Pero no encontraron el carril.
-¿Cómo puede ser que lo hayamos perdido? -dijo la mujer.
-Vamos a pedirle al leñador que nos guíe -dijo el hombre.
Regresaron al lugar donde habían hablado con el leñador, pero allí sólo encontraron leña cortada. El leñador había desaparecido.
-Se ha ido enseguida -dijo la mujer.
-No debe andar lejos. Llamémosle.
Lo llamaron repetidas veces. Pero ninguna voz, ningún ruido humano les respondió. Sólo oyeron cantos de pájaros, sonido de ramas secas al crujir, murmullos de brisa en las hojas.
-Escuchemos en silencio -dijo el hombre-. No puede haberse ido muy lejos, incluso puede que aún se oigan sus pasos.
Y escucharon en silencio.
Pero sólo oyeron la bulla del bosque.
-Conozco una mejor manera de escuchar -dijo la mujer.
Y se puso de rodillas y pegó primero uno y luego el otro oído a la tierra.
Pero sólo pudo escuchar el sonido palpitante de la tierra.
-Sólo escucho la tierra.
-Sigamos adelante -respondió el hombre.
Y continuaron.
Encontraron el bardal cargado de moras.
-¡Qué buenas! -dijo la mujer.
El hombre tomó un buen puñado de moras y las extendió en la mano de la mujer. Ellas las probó y volvió a decir.
-¡Qué ricas!
Riendo, los dos comenzaron a coger moras y habiendo reunido una cantidad grande de ellas, se sentaron en el suelo para comérselas. La luz oblicua de la tarde pasaba entre los oscuros troncos y encendía el verdor de las hojas. Cuando acabaron de comer, dijo el hombre:
-Hay que irse. Tenemos que encontrar la carretera y el lugar donde vamos.
-¿Pero cómo podremos buscar esa tierra si ni siquiera sabemos dónde estamos?
-Hay que buscarla, sí -respondió el hombre.
Se levantaron para ponerse en marcha.
-Un momento -dijo la mujer-. Quiero llevarme moras.
Y desatando el nudo del pañuelo que traía al cuello, lo abrió y lo extendió sobre la tierra. Ambos comenzaron a coger moras hasta que reunieron un gran montón dentro del pañuelo. Después ataron de dos en dos las cuatro puntas.
-Venga -dijo el hombre pasando el dedo entre ambos nudos.
Y retomaron su camino.
Iban cogidos de la mano a través del aire dorado y verde.
-¡Qué bonito es este bosque! -dijo la mujer.
-Lo es -respondió el hombre- pero la carretera no aparece.
La mujer echó la cabeza hacia atrás y respiró profundamente el olor de los árboles y de la tierra. Extendió la mano en el aire y en la punta de sus dedos se posó una mariposa.
-Ay -dijo ella- incluso perdida, puedo ver lo perfumado y lo bello que es todo. Incluso sin saber si he de llegar, me apetece reír y cantar en honor de la belleza de las cosas. Incluso en este camino que no sé adónde nos lleva, los árboles son verdes y frescos como si los alimentara una certeza profunda. Incluso aquí la voz se posa con levedad en nuestros rostros como si nos reconociera. Tengo un miedo de aúpa y sin embargo estoy alegre.
-El aire y la luz -dijo el hombre- son buenos y bellos. Si no anduviésemos perdidos, esta caminata sería un fantástico viaje, pero ni el aire ni la luz saben mostrarnos por dónde queda la carretera.
Oyeron un pequeño murmullo cristalino y al dar unos cuantos pasos más, encontraron un río.
Era un pequeño, estrecho y claro río en cuyas orillas crecían flores salvajes rosadas y blancas.
El hombre y la mujer se echaron de bruces sobre el suelo, acercaron sus caras al agua y comenzaron a beber.
-¡Qué agua más limpia! -exclamó la muer-. ¿Por qué no nos bañamos?
Se desnudaron y entraron en el río.
Ahora riendo, ahora en silencio, nadaron mucho rato. Buceaban con los ojos abiertos, tocando las piedritas pulidas del fondo, atravesando un mundo suspendido, transparente y verde. Truchas azules se deslizaban junto a sus gestos.
Luego se tendieron bajo la sombra dorada del bosque y sobre el césped de las orillas. El perfil de la mujer se recortaba entre las flores.
-Esto es casi como la tierra donde íbamos -dijo ella.
-Lo es -respondió él- pero esto es sólo un lugar de paso.
Ambos se alzaron y vistieron.
-¿Vamos? -preguntó él.
-Espera un momento -respondió la mujer-. Primero querría coger unas flores para llevar.
Arrodillándose en el suelo comenzó a hacer un ramo. El hombre se fijó en que ella tomaba las flores arrancándolas con toda su raíz y preguntó.
-¿Por qué las coges con la raíz?
-Porque quiero trasplantarlas en la tierra donde vamos. No sé si habrá allí flores como éstas -respondió la mujer.
Y continuaron.
El día ya comenzaba a caer.
-Tengo hambre -dijo la mujer.
-Tenemos las moras -dijo el hombre.
Puso el pañuelo en el suelo y desató los nudos.
Pero el pañuelo estaba vacío.
Durante unos instantes permanecieron callados. Después el hombre dijo:
-Las puntas del pañuelo estarían seguramente mal atadas y las moras se han ido cayendo a medida que íbamos andando. Una por una. No me he dado cuenta de que cayeran.
-Tengo hambre -volvió a decir la mujer.
-Sigamos adelante -dijo el hombre.
Vieron a lo lejos entre los árboles una roja claridad.
-Se esta poniendo el sol -exclamó la mujer-. Se está poniendo el sol.
-Vamos, date prisa -dijo el hombre-. Se nos echa encima la noche y no encontramos el camino.
Y se fueron casi corriendo.
Entre las sombras del crepúsculo oyeron voces de pronto.
-¡Gente! -exclamó el hombre- ¡Estamos salvados!
-¿Salvados? -preguntó la mujer.
Y de nuevo se oyeron voces.
-Van por ese lado -dijo la mujer, indicando la izquierda.
-No, van por el otro lado -dijo el hombre apuntando a la derecha.
Pero según iban corriendo, las voces se iban volviendo más distantes.
-¡Van más de prisa que nosotros! -se quejó la mujer.
-Pero -respondió el hombre- si conseguimos seguir al menos su dirección, estaremos a salvo.
Así fueron, escuchando y corriendo, mientras las sombras del crepúsculo crecían. Hasta que las voces dejaron de oírse y la noche fue cayendo espesa y cerrada.
La luna aún no había aparecido. Por todos lados eran rodeados de sombras, ruidos, murmullos que ellos confundían con bultos, pasos, voces, pero que sólo eran oscuridad, troncos de árboles, ramas tronchadas y secas que crujían, susurros del bosque.
-¿Nos hemos perdido? -preguntó la mujer.
-No lo sabemos -dijo el hombre.
Siguieron despacio, cogidos de la mano, en silencio, uno junto al otro.
Hasta que al fin vieron que acababa el bosque.
Llenos de esperanza, avanzaron hacia el espacio descubierto, pero al salir del bosque, se toparon con un abismo.
Asomados a él, otearon. Sin embargo a la luz de las estrellas nada veían delante salvo un pozo de oscuridad, mientras un frío marmóreo les tocaba la cara.
-Es un precipicio -dijo el hombre-. La tierra está separada frente a nosotros. No podemos dar ni un paso más.
-Mira -respondió la mujer.
Y apuntó a un estrecho camino que corría junto al abismo. A la izquierda tenía un muro de piedra y a la derecha el vacío.
-Vamos -dijo el hombre.
-Siento miedo -dijo la mujer.
-Estamos juntos -respondió el hombre-, no tengas miedo.
Y siguieron por la trocha.
El hombre iba por delante y la mujer lo seguía agarrańdose con la mano izquierda a los riscos y con la derecha a los hombros de él.
Caminaban en silencio bajo el brillo oscuro de las estrellas, midiendo cada gesto y cada paso.
Pero de repente el cuerpo del hombre osciló y rodaron piedrecitas. Él le gritó a la mujer.
-¡Agárrame!
Pero ya el hombre se escurría de las manos de ella. Y la mujer gritó:
-Agárrate a la tierra.
Pero ya ninguna voz le respondió, pues en el gran, nítido y sonoro silencio sólo se escuchaba el rodar de las piedras.
Ella estaba sola, vestida de terror, agarrada al suelo frente al vacío.
-¡Responde!
Ella estaba tendida en tierra, con las manos enterradas en la tierra y comenzó a gritar como quien se pierde en mitad de un sueño. Después dejó de gritar y murmuró.
-Tengo que buscarlo.
Siguió el rastro por el camino, tanteando el suelo con los dedos en busca de un pasaje por donde pudiera bajar y buscar al hombre. Pero no había ningún pasaje.
Entonces trató de descender por la propia vertiente del abismo. Sujetándose a los arbustos y raíces se dejó escurrir a lo largo del precipicio. Pero sus pies no encontraban el menor apoyo donde pudieran afirmarse. El talud descendía a plomo, pues era una pared lisa de piedra desnuda.
-Tengo que regresar al camino -pensó la mujer- y buscar un pasaje más adelante.
Pero la trocha había desaparecido. Lo que ahora había no era sino un estrecho reborde donde ella no cabía, donde ni los pies cabían. Un reborde sin salida. Allí se quedó, de lado, con un pie frente al otro, con el lado derecho de su cuerpo en la piedra de arriba y el lado izquierdo ya bañado por la respiración fría y basta del abismo. Sintió que los arbustos y las raíces a las que se agarraba cedían con lentitud en su caída bajo el peso de su cuerpo. Comprendía que ahora sería ella la que estaba a punto de caer en el abismo. Supo que cuando las raíces cediesen, no se podría agarrar a nada, ni siquiera a sí misma. Era ella la que de un instante a otro se iría a perder.
Supo que sólo le restaban algunos momentos.
Entonces giró la cara hacia el otro lado del abismo. Trató de ver a través de la oscuridad. Pero sólo se veía oscuridad.
Ella sin embargo pensó:
-Del otro lado del abismo tiene que haber alguien.
Y comenzó a llamar.


INDEPENDENTISMO CATALÁN, UN ERROR DE ESTRATEGIA


El garrafal error del independentismo catalán es el no haber sabido articular un discurso, ni vender un relato coherente, preciso, emotivo. Decir que los demás nos roban, aparte de incurrir en una mentira bastante burda -y la mentira tiene las patas muy cortas- es un relato sin intensidad emocional, que es a lo que debe aspirar todo relato independentista. Todo nacionalismo enraíza en un sentimiento, no en una razón. Los pueblos que han logrado la independencia apelaron al sentido identitario, a la angustia colectiva frente a un rival más fuerte y alevoso, a la represión del pueblo por parte del otro, a la indefensión... nunca a la cuestión crematística, que siempre es mucho más discutible. De hecho, cuando ciertas empresas dijeron que se marchaban, gran parte de los catalanes que esgrimían el relato económico, se echaron a temblar. El negocio no era tan claro y rentable como parecía. Un pésimo discurso, pues, el de los independentistas catalanes. 

Otro error a mi modo de ver es que el independentismo lo ha fiado todo a la foto del 1-O del todo favorable al independentismo, por la nefasta gestión españolista, pero la foto no consigue duración emocional porque vivimos en un mundo exasperado de imágenes. 

Cierto que las élites políticas del mundo darían la espalda a un relato sentimental, de la pura emoción, pero hubiera ganado por goleada la guerra de la opinión pública y es desde esa perspectiva, la que incumbe a la opinión pública, desde donde se debiera comenzar a fundamentar y a articular su discurso. Es un camino más largo, pero mucho más cierto.

EDITORIAL APEIRON: EL SECUESTRO DE UN LIBRO

AVISO A NAVEGANTES 

Hace cosa de diez días publiqué por estos pagos una carta (ver al final de este aviso) donde hablaba de la profesión ciertamente heroica del escritor. Al final de la misma hablaba algo quijotescamente de calarme la coraza y salir a esos espacios a luchar. Hora es de contaros el porqué de aquella carta y el todo lo demás, por si sirviera de aviso a navegantes.
Hace ya casi nueve meses me dieron un premio de novela. El premio lo convocaba la editorial Apeiron, radicada en Madrid. La cuestión es que, como estaba previsto, la novela salió en otoño pero misteriosos retrasos en la llegada del libro a las librerías aplazaron la presentación de la novela al 23 de diciembre. Por aquellas fechas ya algunos lectores se personaban en las librerías para adquirir el libro y el libro no estaba ni se le esperaba. No estaba por ninguna parte. Desde la editorial tampoco se hizo la más mínima promoción, de manera que salvo lo que yo escribí aquí en fb, no existe la menor referencia a la novela. Justo dos meses más tarde Un buitre en el jardín se presentó en Huelva y el librero que debía aparecer con los ejemplares me llamó días antes para decirme que el libro estaba agotado -¿agotado?, ¿cómo que agotado?-. Tras varias gestiones di en saber que la editorial había hecho sólo 80 ejemplares -¡80!- y que así estaba la cosa. Al parecer Apeiron es una editorial que sólo trabaja bajo demanda, cosa que yo ignoraba desde el principio pues nadie me advirtió de ello, pues de haberlo sabido, no hubiera firmado un contrato con ella. Tampoco eso se refleja en el contrato. Me siento francamente estafado. He dedicado dos años a una novela que está secuestrada pro unos editores que no promocionan la novela,que casi no la publican y que no me la quieren devolver. ¡Un auténtico suplicio ver cómo tu trabajo de años se va por la alcantarilla! Evidentemente ahora estamos en manos de los tribunales, cosa que en mis anteriores 50 publicaciones, entre libros propios y traducciones, nunca me había sucedido. Cuento todo esto porque algunos en sus comentarios en fb escribieron que qué me pasaba, que parecía muy mosqueado. Ciertamente lo estaba. Pues ya saben la causa de mi mosqueo. Recuerden: apeirón: jamás se os ocurra publicar con ellos. Jamás se os ocurra comprarles un libro, incluyendo el mío. Por cierto, quien quiera leer la novela que me escriba un privado y se la hago llegar de forma gratuita en PDF.


La imagen puede contener: 1 personaCARTA A NADIE

No sé si usted sabe de mi dedicación exclusiva a la escritura y sus alrededores. Muchos tienden a creer que vivo unas vacaciones perpetuas y que mi vida es un hermoso prado de vacas lisérgicas y sagradas, que la hierba que piso produce inmediatas proteínas, viajes continuos y no sé qué más. O que soy conde de algo. Ya lo quisiera yo. La vida que he elegido libremente -quede claro- y que han elegido algunos otros compañeros no es fácil. No somos muchos, pero somos irreductibles, que no es gran cosa, pero es una cosa. A finales de mes no nos esperan angélicos sobres, sino esas mismas y misteriosas facturas que aquejan a todo hijo de vecino (porque al final todos somos vacas de ordeño e hijos de vecino). Mi padre sembraba tomates y patatas y, cuando estaba fatigado de la labor, miraba al cielo, ese juez implacable que a veces le mandaba sol y otras tormentas y otras sequías, y otras rica lluvia; yo no soy muy distinto, y en vez de pimientos o habichuelas siembro palabritas y tomo palabritas de los demás para traerlas a mi idioma y que tú o aquél podáis sentiros alimentados por esas palabras como mi padre lo hacía con las manzanas o las patatas. No hay más. No haya más. No quiero más. Si pudiera echar la vista atrás igual escogería esperar a fin de mes -no me lo digas, sé que eso es también difícil- el dichoso sobrecito, pero la vida te va empujando y a pesar de que a veces uno despotrica contra todo y contra todos, al final, muy de mañanita, subo a mi estudio, miro por un momento los tejados, me despido momentáneamente del mundo y me pongo a trabajar, con el mismo tesón que un panadero, que un descorchador o que un mecánico de automóviles. No hay más, pero no hay menos. Por eso me duele tanto esa cierta condescendencia de quienes me creen en unas vacaciones perpetuas. No: debo trabajar muchas más horas que los del sobrecito, para conseguir lo mismo o mucho menos, pero no me importa, no me importa porque sé que la vida es sólo una y la veo pasar como un tren de mercancías en un apeadero, chac chac chac, sin detenerse jamás, ni en mí ni en ellos, y este trabajo me cansa y me hiere mucho menos que otros, y que por muy equivocado que esté, y sé que lo estoy, prefiero equivocarme hacia lo que más quiero. Como todos moriré. Moriré como el sembrador de patatas que fue mi padre, que lo hizo sin deberle nada a nadie, con el respeto que no viene por la cantidad de patatas que uno haya sembrado o la cantidad de palabras que uno haya vertido a las páginas, sino por el no deberle explicaciones a nadie, por el no tener que dar explicaciones a quienes más quiero, por el actuar en conciencia y con conciencia de uno mismo y de los demás, por el no atajar y el sí compartir con los compañeros de viaje. No estoy aquí para recibir parabienes, ni para que me golpeen en la espalda, ni para que me digan qué lindo lo haces, joío por culo, ni para que conserjes de quitaypón cuelguen cosas en la chaqueta que no tengo, ni para lucir nada en la corbata que jamás he tenido ni tendré. Y no me sentirán quejarme por lo que hago, y no me sentirán pedirles nada, y no me verán en los despachos pidiendo limosna, ni quejándome de las limosnas que no me ofrecen, y no llamaré por teléfono por si cae algo y no aplaudiré ni me fotografiaré con las vacas sagradas ni con los ya citados conserjes de quitaypón. Tomen ellos su camino, que yo tomaré el mío. Voy a mis asuntos, tranquilo, sin ir dejando cadáveres y sin hacer cálculos. No me va la pompa y siento casi como un insulto el halago. Por qué os cuento todo esto, diréis. A qué todas estas presunciones y tonterías. ¿Un nuevo gurú de pacotilla? Lo explicaré dentro de diez jornadas, cuando me ponga la armadura y tenga que salir por esos campos en pos de lo que es mío. Dicho queda.
Ahora regreso a mis traducciones.

REFLEXIÓN NO SÓLO SOBRE LAS PENSIONES

REFLEXIÓN NO SÓLO SOBRE LAS PENSIONES
 
Es curioso que el sistema -sabéis a qué me refiero- quiera hacernos pensar que las pensiones (y con ellas todo el sistema de solidaridad social) sea el problema. Es que, se arguye, el sistema no puede soportarlo. Curiosa esa fijación nada arbitraria de hacernos creer que no podemos soportar económicamente según qué cosas, siempre que esas cosas tengan que ver con las necesidades reales y los logros sociales de la ciudadanía. Dicho de otra forma, el sistema político no pone en duda el sistema bancario o empresarial y por eso cuando cae o pierde rentabilidad, va a reforzarlo sin el más mínimo debate. Ahora bien, cuando lo que está en juego son las necesidades de la ciudadanía todo son pegas, estudios y debates. ¿Debatir y estudiar qué? ¿Se puede plantear siquiera el genocidio en sus distintas variantes para aquéllos que no resultan rentables al sistema? ¿Podríamos llegar a la conclusión de que nuestros mayores y nuestros enfermos son como tractores rotos a los que ya no podemos sacar rendimiento y lo mejor y más rentable sería dejarlos orillarlos en los caminos? Pues es precisamente esto -algo tan terrible como esto- lo que algunos quieren que debatamos y que estudiemos. Ese es el objeto final del debate. Si un país o una sociedad es incapaz de ofrecer una vida digna a quienes necesitan de ella, alguien podría explicarme para qué sirve esa sociedad. Puede imaginar alguien una sociedad donde los mayores se vieran abocados a morir de hambre o de frío o donde los enfermos fueran obliterados o los niños expulsados de los colegios? Resulta pues intolerable que el debate se establezca en los términos en que hoy se está haciendo y no partiendo del absoluto e incuestionable compromiso de una sociedad hacia quienes necesitan de nuestro compromiso. No sólo está en juego el sistema de pensiones, amigos míos, lo que está en juego son los propios fundamentos de esta sociedad.

TODAS LAS MUJERES QUE ME HABITAN


TODAS LAS MUJERES QUE ME HABITAN



Soy el segundo de los hijos de una casa de labradores. Al nacer, mis abuelos paternos ya tenían su cupo de nietos con mi hermano Sergio, de modo que me quedé un poco huérfano de abuelos. Recuerdo que cuando mi hermano se ponía enfermo mis abuelos paternos llegaban a casa con cajas de galletas y con cuentos. Deseaba ponerme enfermo para que también a mí… pero nada. Nada de nada. Me convertí sin saberlo en una especie de proscrito en aquel reino de oscuridad. Cuando iba a casa de mis abuelos me sentía vigilado, extraño, como quien va de visita a casa de un familiar lejano y quisquilloso. Ante esta situación mi abuela materna María, que tenía una tiendilla justo frente a la casa donde ahora vivo, me acogió en su regazo y su regazo resultó no ser sólo su regazo, sino el regazo de una nutrida camarilla de mujeres divertidas y enérgicas que me llevaban y me tenían como panderillo de brujo (la expresión es de mi madre). Mi abuela había enviudado hacía unos años, pero con ella vivía aún la menor de sus hijas, mi tía Luisa, que por aquellos entonces permanecía soltera. Junto a ella, todas las chicas de su edad se daban cita en la inmensa casa de mi abuela, formando un verdadero coro de ninfas bulliciosas y rozagantes. A ellas se sumaban mis primas, que de cuando en cuando llegaban al caserón y lo revivían con sus risas y con su presencia inquietante y poblada de olores, secretos y misteriosísimos misterios. A todas ellas habría que añadir la tiendecita de mi abuela, ya en las últimas, donde iban a comprar todas las mujeres del barrio… y si me lo permiten, las gallinas del corral, con las que solía mantener tan frecuentes como acaloradas conversas. La casa de mi abuela era grande como la eternidad, con doblados poblados por ruecas, angarillas y libracos de santos, cuadras umbrías, como un seno materno, pozo, azulejos de Santiago matamoros, así como una fresca azotea con aspidistras que era el gozo de las mujeres de aquella casa bendecida por la alegría, pues allí se pasaban las tardes bordando sus ajuares y entregándose a sus incomprensibles y chispeantes secretos. ¡Qué hermosas eran aquellas mujeres que siempre tenían la risa en la boca! Algo de eso debían entender las golondrinas y los vencejos que sobrevolaban constantemente la azotea para luego penetrar en la casa de enfrente, en la que ahora vivo. Era, siempre ha sido, aquella casa, la casa de la dicha. Hoy, pues así lo ha querido el destino, vivo frente a aquella casa que casi puedo tocar al salir al balcón.
 

No quería dejar de recordarla en un día como hoy. No quería dejar de agradecer a todas esas mujeres que en aquellos años primeros me dieron su protección y su sombra, que en mí, conmigo, ensayaban su maternidad. Sé, lo he sabido siempre, que ellas me hicieron como soy, que ellas alentaron el espíritu femenino que me envuelve y del que ni quiero ni puedo desprenderme. A ellas, hoy, mi cariño y mi gratitud. Todo lo que tengo es vuestro. Todas las mujeres que me habitan fueron vosotras alguna vez. Gracias.

CASTELLINA MARITTIMA


Castellina Marittima. No podría definir el cariño que le tengo a ese pueblo maravilloso que desde sus colinas domina el Tirreno y mira en la distancia la isla de Capraia. De Castellina guardo recuerdos maravillosos, casi todos ellos ligados a mi amigo y hermano Eligio Ciampi, ese gran pintor al que tanto admiro y quiero como persona y como artista. La primera vez que visité Castellina, allá por el 86, conocí a Aurelia, su madre y a Ugo, su padre. Con ellos fui al molino, escuché a Guccini y creo que deambulando por Castellina conocí desde dentro esa Italia que no aparece en las guías turísticas y que es mucho más interesante y viva que la de las guías. Desde mi primera visita, me siento ciudadano de Castellina y sin quererlo he incorporado el mundo etrusco a mi genealogía. Todo eso se lo debo a Eligio, a quien tanto quiero.
Hoy dejo un cuento sobre Castellina, que, de alguna forma, sigue al viejo Carlo Cassola, tan olvidado hoy. El eje principal del relato es pura ficción, pero muchos de los datos (los bombardeos, el asedio, todo eso) son ciertos y me fueron dictados en los almuerzos en casa de Eligio. Hoy es simplemente un homenaje a ellos y a su memoria.




CAÍDO DEL CIELO

a Ugo, Eligio, Aurelia

Resultado de imagen de castellina marittimaCon frecuencia me asalta la tentación de contar cómo conocí a Eligio Ciampi. Sé que daría para una novela, pero, en fin, uno acaba escribiendo de los demás y casi nunca de uno mismo, aunque no soy tan obtuso como para pensar que escribir sobre los demás no es hacerlo con mayor libertad y perspectiva acerca de uno mismo. Pero les hablaba de Eligio. Por suerte ciertos delitos prescriben a los diez o quince años y del robo de las bicicletas en San Sebastián puede hacer ya treinta. Por el momento, dejémoslo así: Igueldo, San Sebastián, julio de 1987, cuando el irlandés Roche le ganó la última y trágica contrarreloj del Tour a Perico Delgado. Manolo López y yo hacíamos autostop en el cruce de Igueldo cuando un Fiat 1 con matrícula italiana se detuvo a unos pasos de nosotros. Aquella noche fue larga de vinos, quesos y hurras a la fraternidad italo-española. Fue así que conocí a Eligio, hijo de un molinero toscano, que iba o venía, eso no lo recuerdo bien, de los sanfermines.
Un año más tarde, abandoné mi trabajo de topógrafo en el pantano de Zufre y me fui a visitar a Eligio a Castellina Marittima. Eligio es un pintor notable que, tras abandonar un liceo de Lucca, se dedica en cuerpo y alma a la pintura. Digamos que sus lienzos tienden a describir un mundo exhausto, apocalíptico y confiemos en no tener que calificar de premonitorio. Su taller se halla en la segunda planta del molino del pueblo, que puede datar del siglo XVII, si no es anterior [preguntar a Eligio]. Desde sus polvorientas ventanas se ve el mar Tirreno y en días no muy brumosos la isla de Capraia, que se alza, diminuta y hermosa, sobre el espejeante mar de los etruscos. No sé cuántas veces me habré quedado con los ojos disueltos en aquel lugar distante, mientras en el tocadiscos de Eligio sonaba Guccini, ese goliardo boloñés. Lindero con el molino existía un pequeño huerto, hoy completamente asfixiado por las zarzas, pero en aquel entonces, cuando conocí la tierra de Eligio, el huerto estaba completamente en uso. Se ocupaba de él Ugo, el padre de mi amigo, un hombre alto y robusto de ojos glaucos que a pesar de la edad -frisaba los 70 entonces-, se pasaba las mañanas enteras laborando y cantando viejas canciones contadinas que yo escuchaba embobado. Mientras permanecí en Castellina acompañé durante muchas horas a Ugo en aquel huerto que regaban las mismas aguas que antaño movieran las muelas del molino. Ugo me recuerda ahora a mi padre, fallecido últimamente, pero entonces yo aún no había reparado en mi padre, un campesino andaluz de ascendencia céltica y al que también le gustaba cantiñearse. Ugo era un hombre sencillo y ameno al que nunca le faltaban anécdotas de molineros, pero acaso lo que más me llamaba la atención eran las tremendas historias que las dos guerras mundiales habían deparado aquí y allá, por toda la comarca, algunas de las cuales él había vivido en primera persona, como la explosión del dirigible Celestino Usuelli, pilotado por el mítico aviador Federico Fenu, que explotó como un gran triquitraque en el aire, justamente sobre su cabeza, mientras descargaba junto a su padre y al viejo Pelisse un carro de cebada en la misma la puerta del molino. Aquello, me refería quitándose el sudor con la manga de la camisa, fue muy sonado. El país entero se vistió de luto y todavía había quien buscaba por los cerros colindantes trozos de aquel funesto dirigible.
Sin embargo, la historia que hoy me propongo recordar ocurrió más tarde, durante el verano de 1944 y me la contó Ugo sentado sobre la pared de piedra, mientras el agua corría dócilmente por los canteros, regando las pepineras. Parece ser que los germanos en retirada hacia el Norte y los americanos en su persecución desde el sur se cebaron con el pueblo, situado en una aireada ladera entre el mar Tirreno y las montañas. Ugo no se explicaba por qué razón unos y otros habían detenido aquella persecución que los traía desde el mítico Montecassino. La cuestión es que durante más de veinte días unos y otros ejércitos lucharon encarnizadamente por la posesión de la cordillera que, paralela al mar, se alza tras el casco urbano y que por una parte domina visualmente los valles que miran hacia la bella Volterra y por otro, como he referido, el mar y el puerto de Livorno. Tal vez los alemanes, bastante desmoralizados ya, y sabiendo que sus días en Italia estaban contados, sólo pretendieran ganar tiempo para atrincherarse más arriba, al norte del Arno, donde pensaban organizar una muralla defensiva; los americanos en cambio dominaban ya la zona marítima entre Cecina y Castiglioncello y aquello acaso se lo tomaran como un pequeño respiro antes de proseguir hacia el norte, donde tal vez esperasen una resistencia más contumaz y violenta. Castellina quedó así emparedada entre ambos ejércitos como quien dice y por si esto no fuera poco, entre medio deambulaban los partisanos, que se movían por toda la zona con cierta libertad sorprendiendo a los alemanes y buscando viejos capos fascistas y patrullas tedescas. La gente del pueblo, mientras, se pasaba gran parte del día en las colinas y en las eras cercanas, esperando que cesasen las hostilidades, así como el fuego de cañones y morteros que con frecuencia estallaban contra el propio casco urbano. Todos menos la fascista Corrada y su hija, que no se atrevían a salir de su casa por temor a los partisanos.
La historia que pretendo contar empezó cuando una de las patrullas alemanas bajó una noche al pueblo para requisar alimentos. Este hecho había ocurrido al menos en tres ocasiones en la semana que duraban ya los combates, pero esta vez, no bien la patrulla penetró en las primeras calles y antes de alcanzar la plaza, se encontraron con que una partida de guerrilleros, sabedores de que los saqueos no tardarían en repetirse, les cortó el paso. Durante casi una hora las escaramuzas y el tiroteo fueron constantes. Los partisanos trataban de cortar la retirada a los alemanes, que, mejor preparados pero desanimados, trataban de replegarse como mejor podían. Tras las refriegas quedaron por el suelo dos alemanes y tres partisanos resultaron heridos. La patrulla tudesca, compuesta por no más de dieciocho o veinte miembros, tuvo que emprender la retirada sin conseguir su propósito, pero el repliegue se presentó difícil y menudearon los enfrentamientos por el barrio alto durante otra hora más, hasta que por fin el traqueteo de los disparos se apagó y los alemanes lograron abandonar el pueblo y alejarse hacia sus posiciones, sobre la ladera. Nadie sabe cuántos germanos resultaron heridos, pero la cuestión es que ya nunca más volvieron a dejarse ver por las calles de Castellina.
Al día siguiente, y apenas apareció el sol por el horizonte comenzaron los hostigamientos, como ocurría todos los días. A la primera detonación las gentes salieron de sus casas en dirección a los campos, donde, como he dicho, solían pasar la jornada. De cuando en cuando se escuchaba una explosión lejos del casco urbano, aunque lo más frecuente es que el fuego de mortero o de los cañones impactara contra los propios edificios. Uno de estos impactos alcanzó la casa del molinero Ugo, precisamente en el cuarto donde yo dormía [certificar este dato]. El caso es que pasaban las jornadas y los impasibles americanos seguían posicionados en las cercanías de las canteras de alabastro, sin la menor intención de tomar la población y los alemanes, instalados en la zona superior de la ladera, se limitaban a responder y esperar nadie sabía qué.
Lo que nadie pudo saber entonces es que durante esa precisa noche de la que hablamos, uno de los soldados alemanes, tal vez para salvarse de una encerrona o más bien abandonado a su suerte por sus propios compañeros, se vio obligado a ascender una tapia y saltar al huerto próximo, cercado por un alto muro de piedra coronada por alambre de espino. El caso es que al saltar al huerto se hirió con el espino, haciéndose un desgarrón de casi veinte centímetros en el muslo. Al caer, sabedor de que se había quedado atrapado en el huerto, se rasgó un trozo del pantalón ensangrentado y trató de colocarse un torniquete en torno al muslo, intentando frenar así la hemorragia. Los partisanos, que creían haber visto que por esa calleja se había internado un alemán, lo anduvieron buscando durante más de una hora. Él escuchaba sus voces y sus consignas y aunque no acababa de entenderlos, cada vez le parecía más increíble que a ninguno de ellos se le ocurriese trepar al muro. Durante todo este tiempo el soldado alemán permaneció inmóvil, encostado sobre la pared, y sólo cuando creyó que los partisanos se alejaban, se dio ánimos para arrastrarse hasta el cercano tronco de un manzano que se hallaba en la oscuridad, cercano a la casa. El esfuerzo que hubo de hacer para salvar aquellos escasos cuarenta o cincuenta metros fue ímprobo y en más de una ocasión le faltaron las fuerzas. Como consecuencia de la sangre que perdió, en cuanto alcanzó el tronco del manzano, se quedó dormido o tal vez simplemente inconsciente. Al alba seguía allí.
Imaginen la impresión cuando a la mañana siguiente se lo encontró Corrada Lucchesse, la mujer del fascista Aldo Stozzi. Lo primero que le pareció cuando fue a recoger la ropa que había tendido la tarde anterior, fue que aquel muchacho vestido con uniforme alemán, estaba muerto. Un reguero de sangre cuajada lo rodeaba y su cara estaba tan demacrada, que lo último que pensó es que se hallara con vida. Aun así, con todo el miedo del mundo, le tocó el hombro, le alzó la barbilla y cuando ya estaba por correr a la calle y denunciar la muerte de un alemán en su huerto, aquel cuerpo sin vida emitió una ligerísima queja. Corrada se detuvo frente a él y le habló, pero el muchacho, delirante, no le respondía. Tras una larga espera hubo un segundo gemido y Corrada ya no dudó. Aquel chico estaba vivo. Confusa, desconcertada, vio que le sudaban las manos y que ahora que el alemán parecía seguir con vida, la idea de salir a la calle y denunciar su presencia no se le aparecía con tanta claridad, puesto que de denunciarlo ante los partisanos, probablemente lo rematarían allí mismo, en su propio huerto. Además, quién se atrevía a salir a la calle cuando no era nada improbable que en cualquier momento se reiniciase el fuego cruzado de morteros. Tenía que esperar a la tarde, de modo que tomó una silla y temblorosa aún se sentó frente al soldado. Al despojarle el casco vio que se trataba de un chico de no más de diecisiete o dieciocho años. Había perdido mucha sangre y dado que su espalda se apoyaba contra el tronco del manzano, no sabía si había sido alcanzado por alguna bala. Desde luego había algo resueltamente infantil en aquel rostro blanquecino, de pelo rubio y facciones casi femeninas, lo que aún lo volvían más indefenso. Sin embargo, sus manos, huesudas y blancas, le recordaron las manos del carnicero Battisti. Sintió lástima por él y enseguida pensó en la madre de aquel chico. Su hermana Marietta había perdido al mayor de sus hijos en Abisinia y sabía lo que era el dolor de una familia. Su propia hija era un continuo dolor y aún más ahora, que su padre había desaparecido (o lo habían desaparecido esos desalmados) y tal vez no lo volviera a ver más. Y así estuvo más de una hora, cuando pensó que a aquella pobre criatura no le vendría mal un poco de sopa. Y fue a por ella.
Su hija dormía todavía. En realidad Beatrice no se levantaría hasta que Corrada no se ocupara de ella. Beatrice había nacido con dificultades y permanecía en una silla de ruedas desde prácticamente su nacimiento. Corrada no albergaba ninguna duda: el nacimiento de Beatrice había agriado el carácter de su marido, que enseguida volcó hacia afuera de la casa el dolor y la impotencia que sentía por su hija. Mientras preparaba la sopa, a Corrada le abrumaba tanto silencio. Pareciera que alguien la vigilase. Pareciera que el mundo se hubiera confabulado para destruirla y con ella su casa y su mundo. Había llorado mucho los días previos, pero ahora ni siquiera tenía fuerzas para llorar. Y todo porque a su marido no se le había ocurrido otra cosa que meterse en política y convertirse en el capo del fascio local. Ella conocía de sobra sus tropelías, pero las justificaba aduciendo que todo aquello lo hacía por desesperación y que en el fondo siempre lo hizo por el bien de la patria y de la familia. Al principio, ella, hija de una familia rica de Castiglioncello, había dudado acerca de la fiebre y oportunidad del fascismo, sobre todo tras la muerte de su sobrino, pero al final se había dejado convencer por Aldo, porque él era su marido, un hombre recto y cumplidor que se había matado a trabajar hasta montar un pequeño negocio y sólo deseaba el bien de los suyos y de la patria. Su marido no podía equivocarse y aunque la prueba era difícil desde la caída de Mussolini, estaba convencida de que tarde o temprano el fascismo acabaría por triunfar. Corrada no era tan inconsciente que pudiera pasar por alto que ciertos actos gratuitos protagonizados por Aldo y los suyos en la propia localidad y los alrededores no dejarían de tener severas consecuencias futuras, pero los fue dejando pasar, convencida de que, permaneciendo en el lugar justo, la vida les sería siempre favorable. Sin embargo hacía meses que todo se vino abajo y Corrada sabía que los malos tiempos no habían hecho más que empezar. En realidad todo comenzó por aquella maldita guerra de Abisinia y por la locura de aquel hombre que, sin que nadie le hubiera advertido, sin que nadie se atreviera a pararlo, arrastró a Italia hacia el mismo infierno. De no ser por esa fiebre irreflexiva que había ido tomando a todo el país, su marido Aldo seguiría siendo el buen hombre que siempre fue, antes de ser arrastrado hacia su propio descrédito como una hoja de manzano por el viento de octubre. Esa era la razón por la que Aldo Stozzi tuvo que tomar la decisión de huir, al saber que los partisanos andaban por la sierra buscando a viejos capos fascistas como él.
La historia de Aldo, un empresario del alabastro, es triste. Nacido en una familia de herreros y artesanos, Aldo se consideraba a sí mismo como un triunfador. De joven había sido un chico vivaz y resolutivo formado en la herrería familiar, que de un día para otro le había cogido afición a la mecánica. Todavía soltero, logró comprar un camión y dedicarse a transportar alabastro desde Castellina hasta las fábricas de Volterra. Trabajando veinte horas al día, pronto se vio con una pequeña fortuna que invirtió en una nueva cantera de alabastro que resultó de una calidad extraordinaria. Con veinticinco años era un joven respetable e ingenuo que había hecho fortuna. Íntimamente convencido de que fue gracias a la vitalidad y al esfuerzo cómo había logrado prosperar, se sintió encandilado por las ideas del fascismo. Muy tempranamente hizo suyo el sueño de la Gran Italia y del papel que su país debiera representar en el orden del mundo, de modo que se alistó a los camisas negras, y llegó a tiempo para participar en la Marcha sobre Roma con su Leyland. Todavía exaltado por aquella tremenda experiencia, unos meses más tarde se casó con Corrada Lucchesse, hija única de un próspero negociante de maderas de Castiglioncello. El gran contratiempo de su vida fue, como se ha dicho, el nacimiento de Beatrice. Tardó en asimilar aquel golpe del infortunio y su carácter, hasta entonces jovial, se tornó brusco y rencoroso. Le resultaba imposible aceptar que a alguien como él, el prototipo de hombre vigoroso y astuto, la naturaleza o el destino le reservase una prueba como aquélla. Sin descuidar su negocio, que siguió prosperando gracias a los nuevos contactos administrativos, se empleó en cuerpo y alma en la política. Dado su carácter fanfarrón y resolutivo, no tardó en convertirse ―la cosa duró casi una década y media― en uno de los grandes capos del fascio pisano y livornés. La guerra, contra lo que esperaba, acabó por trambucarlo todo. A un primer momento de exaltación y de épicas victorias, le sucedió un período oscuro donde había logrado prosperar un creciente pesimismo. Su mundo, con tanto esfuerzo construido, se derruía de jornada en jornada. Quienes antes tanto lo habían adulado, ahora le daban la espalda. En muy poco tiempo todo su imperio económico y vital se había venido abajo. El descrédito del fascismo lo había arrastrado a su propio descrédito. Durante meses resistió como pudo, pero tras la invasión aliada en Sicilia, el mundo ya no era seguro para él. En dos ocasiones había visto saboteada la cantera y él sospechaba que los saboteadores fueron los propios asalariados, descontentos con sus métodos. Desde entonces, sabía que era mucho lo que debía temer de los nuevos tiempos. Viéndose sin futuro, planeó una fuga con su mujer y su hija, a quien adoraba, pero la fuga acabó a apenas cinco quilómetros de su domicilio, en el puerto de Pomaia. Esto lo desmoralizó aún más y, tras mucho meditarlo, decidió emprender él sólo la huida, ante la certidumbre de que lograría burlar las cuadrillas partisanas de la zona y que a nadie se le ocurriría molestar a Corrada y a Beatrice, dos mujeres indefensas. Él marcharía hacia los Alpes, donde Corrada contaba con familiares y donde a buen seguro les esperaba una vida nueva llena de oportunidades. Fue así que una noche salió de casa y nunca más Corrada supo de su paradero.
Ahora, pasado más de un mes desde su huida, hasta el recuerdo de Aldo se había borrado de la mente de Corrada, que, invadida por las dudas, y mientras se acababa de calentar la sopa, se sentó en su butaca de rejillas, donde unas veces cavilaba que lo mejor sería dar parte a la autoridad sobre su hallazgo y otras dejar al soldado allí hasta que la naturaleza hiciera de él lo que tuviera a bien hacer, pues el legado fascista de la familia le aconsejaba no complicar su existencia y, menos aún, la de su hija Beatrice. Porque proteger a aquel soldado era remover aún más la animadversión de los vecinos que, viéndola sola y a cargo de su hija, la habían respetado. Y así se mantuvo hasta que la sopa hirvió en el cazo y encorajinada ante su pasividad con aquel infeliz y desahuciado muchacho, salió al huerto con una pequeña taza de sopa que muy poco a poco le fue dando a beber, entre gemido y gemido. Cuando acabó la sopa, Corrada volvió a casa, confusa, aturdida, como si aquel acto de pura piedad, pudiera significar a la vez su propia perdición y la de su hija. Durante un buen rato luchó consigo misma, pero en un acto de pura desesperación se levantó de la mecedora y se fue a por la palangana de agua templada, unas vendas y una botella de grappa con las que seguir socorriendo al soldado que en el fondo de sí misma le recordaba a su sobrino Rodolfo, desaparecido en Abisinia, casi diez años antes. Como no se fiaba del muchacho, antes de curarlo tuvo la precaución de atarle las manos a la espalda y luego, con sus mismas correas, lo fijó como pudo al tronco del manzano. Mientras lo ataba se escuchó una explosión por la parte de Papacqua y aunque era lejos, instintivamente cerró los ojos y se llevó las manos a la cabeza. Entonces tuvo conciencia de que estaba temblando desde hacía una hora y, arrodillándose, se echó a llorar. Su llanto, largamente aplazado, tenía que ver con su soledad y su desgracia.
Sus padres y hermanos hacía mucho que habían huido a Tánger, desde donde le habían escrito una carta. Ella pudo huir con ellos pero prefirió permanecer junto a su marido y su hija, en lo que consideraba un destino común. Ahora, claro, se arrepentía de su decisión y de su situación de soledad y abandono en el vecindario. Porque siendo verdad que nadie, ni siquiera los partisanos, la había molestado, era cierto también que en torno a ella se había ido solidificando como un cerco impenetrable de indiferencia y silencio.
Al pasarle el trapo húmedo por la cara, el soldado reaccionó, abriendo levemente los ojos y esbozando lo que no sabía muy bien si era un amago de sonrisa o de sorpresa. El caso es que el soldado abrió levemente los ojos y la miró. Quiso decir algo pero las palabras finalmente no le salieron de la boca. Ella se acercó y le dijo que estuviera tranquilo y pronunció varias veces su nombre: Corrada, Corrada, Corrada. El soldado relajó el cuello y esta vez alcanzó a pronunciar una palabra: Corrada. Corrada sonrió, como si aquella palabra significara mucho más de lo que en verdad significaba. Simplemente hacía días que no la escuchaba en labios de otras personas. Introduciendo el trapo en la palangana se inclinó sobre él y le humedeció la cara y el cuello. Tenía los labios ásperos y resecos y su frente hervía. Corrada, mucho más segura de sí y de lo que estaba haciendo, se acuclilló frente a él, abrió la botella de grappa y con cuidado le alzó la barbilla y aproximó el gollete a los labios del muchacho hasta que vio salir un poco de líquido y el soldado, sorprendido, tosió. Después desató lentamente el torniquete, desprendió con un trapo la sangre reseca que le daba un aspecto aún más patético y desinfectó con grappa el tajo que se había hecho con el alambre de espino, pero la herida tenía mala pinta. Ella, una mujer que nunca había visto la sangre de cerca, que había vivido de espaldas al sufrimiento, entendió que aquella herida tenía muy mal aspecto, pero no podía hacer nada más que lo que estaba haciendo. El soldado, mucho más reconfortado, dijo algo que ella no entendió, pero que interpretó como “gracias”. Y aquella palabra la despertó, o al menos la conectó con otra dimensión desconocida de sí misma y que le era no sólo reconfortante, sino necesaria después de tanto sufrimiento callado.
Más tarde le trajo de beber y de comer y con viejas sábanas, toallas y pinzas de la ropa le construyó una especie de sombrajo entre las ramas del manzano para preservarlo del sol. Habían pasado más de tres horas desde que lo descubriera y ya comenzaba a sentir una viva ternura maternal por aquel desvalido muchacho. Para entonces ya había desistido completamente de entregarlo. De llegar los partisanos se encontraría con un problema, pero quizás no mucho mayor que el que ya tenía por ser la esposa de Aldo Stozzi. En todo caso, pensó, debía buscar un refugio seguro para el desdichado. Durante horas elucubró sobre cuál sería la mejor manera de esconderlo. Su casa era grande pero carecía de un lugar esquinado y secreto donde meter a un chico como aquel. Al final se decidió por esconderlo en la habitación de Beatrice, a la que, estaba segura, nadie se atrevería a profanar con su presencia. Hasta allí arrastró un arcón que previamente había vaciado y amontonó sobre él unas mantas, que en caso de peligro ella echaría sobre él, cerrando previamente la tapa. De momento, y mientras comenzaba o no el mal tiempo, donde mejor podría estar era en el corral.
Los días pasaron y el soldado, ya consciente, permaneció junto al árbol, mientras, de cuando en cuando, en el silencio de la mañana o de la tarde, se escuchaban las explosiones y el parloteo de las ametralladoras. Corrada, que ahora ya lo arrostraba con un ánimo primoroso, lo cuidaba con potes de sopa, pan migado con leche, polenta y huevos que compraba a precio de oro a un vecino. ¿Aguardaba a que el muchacho se curase y caminara por sí mismo para que se pudiera unir a su batallón? Probablemente no. Sabía que si el chico volvía a su sitio, el peligro se cerniría sobre él y ella se había conjurado para que aquel pobre muchacho no sufriera más y pudiera retornar algún día a su casa y ver de nuevo a su madre. Esa, y se mentía cada día un poco más, era la verdadera razón de su protección. Muchos chicos del pueblo a los que ella conocía se incorporaron a filas para fallecer en Libia, en Grecia o batallando en la misma Italia, sin que nadie hubiera tenido un gesto de ternura o de piedad para con ellos. La misma tarde que vació el arcón, el soldado le pidió por señas que lo dejara partir, pero se movía aún con tanta dificultad que a ella le resultó fácil convencerlo para posponer tan arriesgada aventura. Mañana, le dijo por señas, mañana, si todo está tranquilo podrás marcharte, le decía y al decirlo ya sentía el vacío de su ausencia, como una pelota de trapo que revolviese su vientre. Pasaron varios días y a pesar de que la herida se había estabilizado y el herido se movía con bastante más libertad, ni ella le pidió que se marchara ni el muchacho, consciente de su situación, insistió en partir.
Como por ensalmo, una mañana el batallón alemán desapareció. Los aliados dispararon con morteros varias veces pero, sorprendentemente, no hubo contestación por parte tudesca. De pronto el silencio se apoderó de toda la ladera. Después de muchos días se podía escuchar el quiquiriquí de los gallos y el ladrido de los perros. El sol restallaba en las calles y Corrada sintió sobre sí el peso de la angustia. Ahora ya no existía marcha atrás y eso suponía que el muchacho quedaba definitivamente aislado de los suyos y que ella tendría que seguir protegiéndolo. Era también posible que si hasta entonces los partisanos y vecinos no la habían incomodado, ahora que los alemanes habían desaparecido, la situación cambiara radicalmente. Al fin y al cabo ella y su familia eran unos apestados y de alguna forma eran cómplices de toda aquella desgracia. No resultaba, pues, descabellado que los partisanos entraran en la casa y lo revolvieran todo, aunque sólo fuera por hacerle ver que eran ellos los que ahora mandaban. Se presentaba, pues un período de incertidumbre, pero Corrada, una mujer a quien nunca la vida había puesto a prueba, tenía ahora un motivo de preocupación. Porque si encontraban al muchacho, no sólo su suerte estaría echada, sino también la de su hija Beatrice. Eso la atormentaba.
Era el 18 de julio de 1944 [cotejar este dato]. En las calles había un bullicio inusitado. Desde la ventana de su dormitorio pudo observar cómo muchos vecinos corrían con banderas italianas y bebían vino y daban vivas y se abrazaban y gritaban, como si hubieran salido de la oscuridad. Y era eso exactamente lo que pasaba, lo que estaba pasando, por más que Corrada viera las cosas de forma muy distinta. A mediodía una avioneta aliada atravesó varias veces el cielo de Castellina, comprobando que las posiciones alemanas habían sido abandonadas durante la noche. Otra avioneta pasó al rato, llenando el cielo de octavillas, algunas de las cuales cayeron mansamente sobre el huerto de Corrada. La gente, liberada al fin de aquel sinvivir que había desolado Castellina durante las dos últimas semanas, se agolpaba en la plaza mientras gritaba y ondeaba las banderas con mayor frenesí si cabe. Hombres que meses antes se dieran por perdidos, salían al fin de sus escondrijos y se sumaban a los festejos, abrazados por todos. Las frascas de vino corrían de mano en mano y un acordeonista, después de atacar una y otra vez el himno nacional, se puso a tocar las canciones más picantes de su repertorio. Parecía un día de fiesta. Una hora más tarde un convoy aliado tomó pacíficamente la plaza del pueblo, se apostó frente al ayuntamiento y los soldados que bajaban de sus vehículos repartieron tabaco y chocolatinas entre los niños, y los partisanos, que durante una breve jornada, habían dado descanso a los fusiles, no dejaron ni un instante de tocar las campanas.
Corrada decidió entonces esconder a Herbert (que así era como se llamaba el soldado alemán) en el arcón. Tras explicarle que sus compañeros habían abandonado las posiciones en lo alto del pueblo, Corrada le hizo saber que ahora el peligro era aún mayor, pues estaba segura de que los partisanos no tardarían en aparecer por la casa aunque sólo fuera para hacerle ver que los tiempos habían cambiado, y, cómo no, para buscar a Aldo Stozzi. Herbert entró por primera vez en la casa cuando con más fuerza repicaban las campanas. Corrada lo llevó hasta el penumbroso dormitorio de Beatrice, que aquella mañana de fiesta estaba mucho más excitada que de costumbre. Corrada le explicó su plan como pudo hasta que consideró que Herbert quedó enterado.
Herbert miraba aterrado a los ojos desnortados de Beatrice, y Beatrice lo miraba a su vez como si él fuera un regalo. En esos momentos Herbert hubiera preferido entregarse por las buenas. Conocedor del peligro que su presencia entrañaba para aquellas dos mujeres indefensas, a salvo ya de sus heridas, creía que su deber era intentar la fuga o entregarse, y así se lo hizo ver a Corrada, que ponía todo su interés en entenderlo. Aquella noche, se dijo, buscaría la manera de marcharse, pero no sabía hacia dónde porque los caminos estarían atestados de soldados y de guerrilleros. Quizás en dirección al mar, pensó. Desde los altos del pueblo, donde se asentaron los germanos, se veía el mar. Ante la incertidumbre de una guerra que parecía definitivamente perdida, la visión del mar y, sobre todo, de la no lejana isla de Capraia, que parecía flotar a la deriva en el inmenso azul, era una especie de bálsamo, de absoluta libertad. Y el mar, se dijo, no queda más que a dos o tres horas de camino. Mejor morir en el mar que hacerlo por esos bosques umbríos, cuajado de peligros, se dijo. Cualquier cosa antes de hacer recaer el peso de su presencia y de su cobardía sobre su protectora.
Pero pasaron las horas y nadie, absolutamente nadie, llamó a la puerta de Corrada. Por qué, se preguntaba ella. ¿Sabrían que Aldo abandonó Castellina? ¿Sabrían los partisanos y sus secuaces que ella estaba sola e indefensa en su propia casa y que nada ganaban con molestarla? La pregunta la inquietó porque en su cabeza no entraba que Aldo hubiera sufrido el más mínimo contratiempo en su huida. Aldo era un hombre resolutivo y audaz que tenía amigos hasta en el infierno, como solía decir, y ella estaba segura de que esos amigos lograrían burlar todas las dificultades y hacerlo llegar hasta el Alto Adigio, donde quedaría bajo la protección de sus familiares, quienes a su vez podrían pasarlo a Suiza con facilidad. Sus primeras pistas, se decía, no tardarían en llegar, pero Corrada se sorprendió de que apenas hubiera pensado en Aldo y, sobre todo, que su suerte no pareciera importarle demasiado.
Ese sólo pensamiento la desarmó. Un como vacío de proporciones desconocidas se introdujo en su cuerpo. Por primera vez en muchos años sintió sobre sí el íntegro peso muerto de la vida. Hasta entonces habitó una vida diferida, asentada sobre decisiones ajenas. Recordaba lejanamente su niñez como un período dulce, vivido frente al mar de Castiglioncello. Recordaba su juventud complicada y llena de inseguridades y de miedos. Recordaba su llegada a Castellina tras su boda con Aldo, el muchacho que la deslumbró con su afabilidad y sus enormes ganas de abrirse camino ante un mar de tiburones. Su determinación, sus ansias de vencer todos los obstáculos la habían dejado sin defensas y luchó por esa boda como si no hubiera más causa en el mundo. Ya en Castellina, su vida se volvió insípida. El alegre y vital Aldo desaparecía con frecuencia y ella se quedaba aislada en aquel caserón, esperando su llegada frente a la radio Marconi. Quien llegó fue Beatrice y eso les cambió la vida. Si Aldo se consagró casi por entero a su carrera en el fascio, ella lo hizo a Beatrice, un regalo envenenado del cielo, que acabó siendo el gran sustento en su vida. Beatrice le había proporcionado un centro, un punto de anclaje del que careció hasta entonces y eso hizo que se consagrara a su cuidado, como si ella formara parte de Beatrice y no Beatrice de ella. No podía concebir su existencia sin aquella hija que le había concedido el cielo, pero que a su vez le había arrebatado todo, incluida su propia identidad. Y ahora, en su inmensa incertidumbre, se daba cuenta de que su vida había sido algo que los demás se habían ido intercambiando sin contar con ella, y quería rebelarse, pero no podía, no sabía hacerlo. Mientras las campanas sonaban a rebato, el mundo, su mundo, se rompía sin remisión, como una de esas caracolas donde antes había escuchado el mar de su infancia.
Sorprendida por lo poco que le importaba la suerte de Aldo, Corrada se sentó en la silla y cerró los ojos. Quería llorar pero no podía. Quería pensar en él pero su pensamiento se rebelaba, corría de un lugar a otro, evitando a Aldo. Aldo, es cierto, fue un marido más o menos como ella podría esperar que fuera un marido y desde luego no dejó de ser un padre primoroso para Beatrice, pero sus ocupaciones políticas y financieras habían creado en torno a él como un muro de aislamiento, cuando no de suficiencia. Durante años se creyó una suerte de intocable dios comarcal. La vida y hacienda de las gentes dependían de su “protección”, y los vecinos parecían adorarlo, pero en lo más íntimo de sí misma Corrada sabía que aquella adoración tenía más que ver con el temor que con el cariño. Desde que dejó de ser el tipo poderoso y arbitrario ante el cual todos bajaban la cabeza, Aldo se había convertido en un ser despreciable e incómodo, al que había que destruir o al menos borrar de sus memorias. Porque también sus memorias estaban enfermas, porque también ellos habían consentido que las cosas fueran como fueron. Por eso odiaban con más encono todavía a Aldo. ¿También ella se vería forzada a hacerlo?, se preguntaba una Corrada desorientada, perdida como una niña en una muchedumbre. Porque ahora quien de verdad le preocupaba era Herbert.
Herbert, que antes de ser llamado a filas trabajaba en una ciudad de Hesse tallando ataúdes, se quedó en casa de Corrada Stozzi, ocupándose del cuidado de Beatrice. Herbert era un chico servicial y tímido que a lo largo de los meses fue aprendiendo el idioma y que cada vez parecía más agradecido por la protección de aquella mujer que le doblaba la edad, pero que era todavía atractiva y no se había rendido a la desesperación. Él le contó que su padre era ebanista y que había aprendido el oficio de la madera junto a él, a quien pensaba muerto. Le contó también que tenía una medio novia en su pueblo, pero que hacía más de un año que no recibía carta suya y que tal vez ella, constreñida por la aparatosa guerra, lo había olvidado o estaba muerta. Le contó que de niño estuvo enfermo y que sus padres lo trajeron a un balneario italiano y que allí conoció a una familia de Pisa y que cuando le dijeron que lo destinaban a aquel batallón que debiera defender la región Toscana, pensó en aquella familia, y por vez primera sintió el gran sinsentido que era una guerra y desde entonces todo había sido sufrimiento, de manera que en varias ocasiones había pensado en abandonar el fusil y echarse a correr por esos caminos hasta que una bala por la espalda acabara con él y con todo aquel despropósito, pero le había faltado valor, como le faltaba ahora, cuando le importaba mucho más su propia seguridad, que las consecuencias que su hipotética captura tuvieran para Corrada y Beatrice.
Los nuevos tiempos resultaron duros para todos, pero más si cabe para Corrada, cuya prolongada relación con el fascio la convertían en una mujer aislada y sospechosa a quienes muchos en el pueblo miraban con desdén o con desprecio. Consciente de ello, procuraba salir lo menos posible y sólo para adquirir lo más indispensable. Su familia le instaba a unirse con ellos en Tánger o en Romagnano, cerca de Trento, donde jamás llegó Aldo, pero ella se negó a abandonar Castellina, su pequeño e infranqueable mundo donde estaban Beatrice y Herbert.
Una vez restablecido, el soldado Herbert se aplicó en la excavación de un zulo bajo el manzano que él forró de madera y en el que pensaba esconderse en caso de peligro, pero no llegó a utilizarlo. En realidad pasaba casi todo el tiempo en compañía de Beatrice y Corrada, para quien comenzó siendo un hijo caído del cielo.


Un año y medio después de la liberación de Castellina, cuando aún no se habían acabado de reparar los edificios afectados por la guerra, y cuando todavía quedaba la esperanza de que algún joven soldado de la localidad dado por desaparecido volviera a casa como ocurrió con un chico de Santa Luce, y del que todos hablaban, un taxi venido de Castiglioncello se detuvo frente a la casa de Corrada, en una bocacalle de la plaza. No hubo muchos testigos y los pocos que hubo no se hicieron preguntas con respecto al inusual trasiego de maletas y baúles. Hacía mucho que Corrada era considerada como un ser inexistente, cuya vecindad a todos incomodaba. Que finalmente hubiera decidido marcharse era algo esperado y casi conveniente para ella y para todos. Con su ausencia desaparecía una fase de la historia del pueblo que todos deseaban dar por zanjada. Todos los que la vieron salir de su casa pensaron que por fin volvía a su viejo palacete familiar, de donde acaso no debiera haber salido jamás. Vestía un gabán claro y ajustado, una falda oscura y un sombrero a juego con la falda, lo que le daba un aspecto levemente coqueto. Casi nadie en el pueblo ignoraba que Aldo, el cacique Aldo, había desaparecido en el bosque y de alguna manera el que aquella mujer no guardara luto por él a todos les parecía un acto de humilde consideración a las víctimas del fascismo, pero aquello no era suficiente. La muerte de los demás no se paga con gestos y aunque cada vecino supiera en lo más íntimo que ella no era responsable de la conducta de su marido, ni de lo que venía él a representar, sí que lo era su recuerdo, el recuerdo de un ser despreciable que a todos había convertido en despreciables y eso, la carga personal que cada uno llevaba sobre sus hombros era realmente lo incómodo e intolerable. Tras ella aparecieron Beatrice, la hija impedida y, empujando la silla de ruedas, un apuesto y joven desconocido con una demasiado impecable bata blanca que, según refirió Corrada al taxista, era el auxiliar de un médico austríaco que acababa de abrir un hospital para enfermos mentales en Orbetello y que se había interesado por Beatrice. El taxi abandonó Castellina sobre media tarde en dirección a la Aurelia, pero una vez dejadas atrás las calles de Rosignano en vez de tomar para el cercano Castiglioncello, se desvió por un paseo de imponentes pinos piñoneros que conducía hacia la estación de tren, donde Herbert pudo saborear el extraño olor del mar. Una vez bajado el equipaje, el taxista regresó a su punto de partida y durante más de una década nadie supo del paradero de aquella mujer abandonada a su suerte.


Muchos años más tarde, un recluta del lindero pueblo de Pomaia, que hacía el servicio militar en la marina se encontró con Corrada en la ciudad de Palermo y según contó en el Papacqua, la taberna que dominaba Castellina, regentaba un humilde puesto de antigüedades en el mercado de Santa Marina, justo en el puerto. Como quiera que el abuelo del soldado de Pomaia y Aldo habían sido amigos y compinches en no sé qué negocios, de niño frecuentó la casa de los Stozzi, en Castellina, de modo que conocía bien a Corrada, quien a sus preguntas trató de hacerse de nuevas, pero él no se dio por vencido ante las evasivas acerca de su identidad. Al final, ante la insistencia del soldado, la Stozzi no tuvo más remedio que aceptar que en, efecto, ella era Corrada pero que desde hacía mucho tiempo había cambiado de vida, se había afiliado junto a su compañero al partido comunista y que no quería saber nada de su vieja vida en la Toscana. Ella, le confesó, era una mujer nueva que todos los días abjuraba cien veces del fascismo. De vuelta al terruño, el muchacho, que frecuentaba el Papacqua, contó que Corrada lo invitó a su casa, no lejos de la plaza. Allí conoció a Herbert, su nuevo “marido”, un alemán rubiote y tranquilo que trabajaba de tramoyista en el teatro Santa Cecilia y cuidaba amorosamente de Beatrice. Con el tiempo él y Herbert se hicieron amigos y con frecuencia el alemán le hacía ganar unas liras ayudándole en trabajos de carpintería. Fue el propio Herbert quien le narró las circunstancias de cómo había conocido a Corrada Lucchesse, la mujer del viejo capo fascista.
La noticia de tan sorpresivo reencuentro cundió entre los vecinos, pero algunos dieron en creer que se trataba de las consabidas historias de soldados, gente alegre y fantasiosa, pues cómo era posible que una mujer de la cuna y de la vida de Corrada acabase militando nada menos que en el partido comunista y vendiera cachivaches en una plaza de Sicilia. Más tarde, muchos años más tarde, un cazador que andaba por el bosque encontró un sospechoso artilugio en un agujero de la sierra tapado por la hojarasca. A primera vista parecía una bomba. Dio parte y enseguida vino un grupo de artificieros desde Livorno para explorar el agujero a conciencia, como habían hecho otras veces, pero todo cuanto encontraron fueron unos huesos humanos y un anillo con las iniciales A S y que los más viejos identificaron como perteneciente a Aldo Stozzi, pero eso, como diría Ugo, ni está claro ni lo podemos contar.