LUIS ROSALES: LA CASA ENCENDIDA

A Luis Rosales le persigue el fantasma del prendimiento y muerte de Lorca, pero le secunda una obra valiosa como pocas. Nacido en Granada allá por 1910 y fallecido en Madrid en 1992, es un poeta rezagado de la generación del 27 y por eso en los manuales se lo hace pertenecer a la generación del 36. La casa encendida es sin ningún género de dudas uno de los grandes poemas del siglo XX, escrito en cualquier lengua. Obtuvo al final de sus días el merecido Cervantes, pero se me hace que Rosales es un poeta mucho mayor de lo que se suele creer. Amigo de Lorca, hijo de la peor Granada, consiguió publicar siendo muy joven en las más aventajadas revistas del país donde ya se hizo ver su personalidad poética. Tras la guerra civil fue uno de los poetas más celebrados y trabó amistad con el astorgano Leopoldo Panero -otro poeta de fuste y capitel- y la plana mayor de la depauperada lírica de posguerra. Publicó algunos libros memorables, como Abril (1935), El contenido del corazón (1941), La casa encendida (1949), ampliado a lo largo de los años, como ocurriera con Abril, o Diario de una resurrección (1979). La casa encendida es un libro realmente estremecedor que narra la soledad existencial de un hombre usual que llega, tras una dura jornada a su casa y todo lo encuentra como lo encontrará un año más tarde, en una sensación repetitiva y absurda dela vida. El poema habla de ese espacio interior, de ese hueco femoral en el que vive el poeta: su abismo interior; todo ello rebozado con una imaginería de corte expresionista y una dicción impecable y sorprendente.

He aquí el primer trecho de este poema largo y sutil como la vida.

LA CASA ENCENDIDA

I

Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa y has cerrado la puerta
con aquel mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz, para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año,
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo,
humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y ahora querrías saber para qué sirve estar sentado,
para qué sirve estar sentado igual que un náufrago
entre tus pobres cosas cotidianas.
Sí, ahora quisiera yo saber
para qué sirven el gabinete nómada y el hogar que jamás se ha encendido,
y el Belén de Granda
– el Belén que fue niño cuando nosotros todavía nos dormíamos cantando –
y para qué puede servir esta palabra: ahora
esta palabra misma “ahora”,
cuando empieza la nieve,
cuando nace la nieve,
cuando crece la nieve en una vida que quizás está siendo la mía,
en una vida que no tiene memoria perdurable,
que no tiene mañana,
que no conoce apenas si era clavel, si era rosa,
si fue azucenamente hacia la tarde.
Sí, ahora
me gustaría saber para qué sirve este silencio que me rodea,
este silencio que es como un luto de hombres solos,
este silencio que yo tengo,
este silencio
que cuando Dios lo quiere se nos cansa en el cuerpo,
se nos lleva,
se nos duerme a morir,
porque todo es igual y tú lo sabes.