DEL HUMO

portada de la nueva edición de
La posesión del humo,
de Violeta c. Rangel
No suelo utilizar el blog para anunciar cosas mías. Me da un cierto pudor. Un gran pudor. Cosas mías, supongo. No me gustan nada los anuncios literarios. La auto-publicidad, el auto-bombo. Quienes se venden a sí mismos como si fueran latas de caballas. No me gustan quienes cultivan la amistad de los críticos por el sublime hecho de ser críticos, quienes van mendigando reseñas, bolos o cualquier otra cosa. No me gustan los trepas, los aguilillas, los intelectualoides de gomina y alcanfor. Paso de los calculadores y de los cínicos. Al final, sólo nos quedará la palabra. Lo demás son ganas de joder.
Digo todo esto porque me acaba de llegar los ejemplares de La posesión del humo, un libro de Violeta c. Rangel, al que estoy tan unido como un preso de Guantánamo a su cadena.


Hace casi dieciséis años apareció en Hiperión el libro LA POSESIÓN DEL HUMO de Violeta c. Rangel. Su publicación estuvo viciada de equívocos y de reacciones de todo tipo. Más allá de su calidad, cosa siempre discutible en cualquier libro, La posesión tuvo el mérito de no dejar indiferente a casi nadie. Tras su publicación, algunos poetas dejaron de hablarme y muchos otros ya no volvieron a darme crédito, cosa que sinceramente les agradezco. Las feministas, que primero saludaron el libro como un acontecimiento, pronto lo quemaron en pira pública porque no concebían que este libro lo pudiera escribir un tipo con barbas. Algo de eso pasó también a ciertos colectivos de okupas. Violeta pasaba de ser un icono para acabar en las llamas, lo cual parecía un capricho más del título. Es tal vez el libro más quemado de los últimos tiempos y eso no sé a quién honra. Pero aún ocurría algo mucho más misterioso: quienes estimaban los versos de Violeta, se las ingeniaban para detestar los míos. Algunos pretendían ponerme a mal con ella y eso era francamente imposible. Con todo, mi mayor fracaso con este libro ha sido todo ese halo de impostura que parece concitar en sus apresurados lectores (que han sido legión, por otra parte). Yo hubiera querido que La posesión fuera, antes de nada, un libro que presentara una clara "postura" frente a la realidad y frente a una sociedad que nunca me ha gustado demasiado. De hecho lo concebí como un libro que se postulara contra los tenores huecos y contra una literatura y una poesía que, apostando por un cierto realismo, se desentendía de la realidad y del "dolor social". Fue POSTURA y no impostura lo que pretendí, pero asumo que también fracasé estrepitosamente en eso.

Hoy el libro ha regresado y lo ha hecho en una preciosa edición de Baile del Sol, una editorial en la que me siento como pez en el agua. Construí el libro con materiales de derribo literario y resulta que cuando lo he releído últimamente me he llevado la sorpresa de que era un libro mucho más vigente que cuando se escribió, lo que no sé si puedo decir con algunos de mis otros títulos. Hoy, cuando la exclusión social es un riesgo real, si no una realidad poco discutible, el libro cobra nuevos bríos y acepta una lectura acaso más sangrante y alucinatoria. Yo me conformo ahora como me conformé entonces con que su lectura no deje indiferente a quien pueble y ultime sus páginas, pues la indiferencia es el único lujo que nunca ha de tomarse quien empuña la pluma.