NERVAL: AURELIA


Nerval retratado por Nodar
Nos acercamos hoy a un autor mayor: Gerard de Nerval (Gérard Labrunie), autor de Las quimeras, una serie de sonetos preciosamente oscuros y llenos de misterio, así como de una serie de pequeñas novelas y cuentos recogidos en Las hijas del fuego, sin olvidarnos de sus traducciones y de sus memorias viajeras, es acaso uno de los más significativos escritores franceses del siglo XX. Nerval fue un gran viajero y acaso uno de los primeros viajeros mentales. Aunque nació en París en el aciago 1808, pronto perdió a su madre que regresaba junto a su padre de la gran derrota napoleónica en Rusia. Se educó en el campo, al norte de París y de esas tierras tomó su pseudónimo. De joven se consagró como traductor del Fausto goethiano, lo que le granjeó cierto renombre en su país y, de alguna forma, importa el romanticismo alemán a Francia. Trabajó junto a Alejandro Dumas en varias obras dramáticas y conoció a Gautier con quien fundó en el Hotel Pimodán, en el muelle del Betùne de la Isla de Saint Louis, un club de fumadores de hachís, al que posteriormente se sumaría en gran Baudelaire. Fue por entonces que Nerval comienza a experimentar con lo otro, con las sensaciones de la sinrazón, con el delirio, con las drogas y con los mundos síquicos y esotéricos que van a constituir no sólo el centro de su escritura, sino la puerta de su autodestrucción. Si la razón había guiado con mano firme el carro de los racionalistas prerrománticos, Nerval, acaso el más genuino y el más audaz en la nueva estética, va a buscar en las manifestaciones de la locura, la enajenación y los mitos órficos su propio mundo. En 1938 conoció a la actriz Jenny Colon, por la que perdió literalmente la cabeza. Fue el suyo un amor difícil, lleno de locura y contradicción, un amor casi wertheriano que lo empujó aún más al mundo de la locura y del que tal vez quiso curarse gracias a su viaje a oriente. Viajó a Italia, Turquía, Grecia, Egipto, Alemania, Oriente Próximo y se interesó por sus culturas y sus peculiaridades en otro rasgo típicamente romántico. Aurelia, por ejemplo, está llena de rasgos exóticos, extraídos de sus viajes. De los apuntes de este viaje nació Viaje a Oriente, un relato fantástico donde se suceden apuntes exóticos, preciosas descripciones y cuentos oídos en el viaje, todo lo cual le granjeó la curiosidad de sus encopetados contemporáneos que apenas si se atrevían a alejarse unas cuantas leguas de París. El precio que hubo de pagar por este extraordinario viaje fue una precaria salud mental que lo iría destruyendo muy lentamente, hasta su desesperado suicidio en la Vieille lanterne (en la actualidad el Teatro Chatelet), muy cerca de los muelles del Sena. Ramón Gómez de la Serna escribió una magnífica biografía sobre el desdichado Nerval y sus páginas finales sobre la muerte de Nerval sólo es equiparable al Baudelaire de Ruano. 
La muerte de Nerval, por Doré
Durante días, un Nerval completamente desesperado deambuló por París, buscando aparentemente dinero, pero en realidad huyendo de sí mismo y de una vida que huía de él. Su amigo Gautier le dio unas monedas, quizás una pelliza para que esquivara el tremendo frío parisino. Visitó al Doctor Blanche, que tenía su clínica en Passy, cerca del río y de la guarida de Balzac. Regresó al centro, pidió limosna, se derrumbó, volvió a levantarse, a caer, hasta que en la oscuridad, cuando las cercanas de Notredame daban las doce en el reloj, se internó por una calleja estrecha, camino despacio al encuentro de la modesta luz de la farola que daba nombre a la callejuela, junto a unas escaleras que daban a la entonces plaza del Chatêlet, se colgó. Atrás dejó una obra no muy numerosa, pero sí que muy significativa, la obra de un precursor. Nerval fue el primer escritor que hace de la locura un filón artístico, el primero que ve en los sueños un continente inexplorado de conocimiento y de creación. Sus obras son ciertamente inquietantes, llenas de confusión y de misterio. Nerval, uno de los primeros bohemios, bajó hasta las cloacas del ser humano, se arrastró por territorios donde nadie se había atrevido hasta entonces y todo eso lo pagó con la locura y la muerte. Lautreamont y Rimbaud bebieron de sus intuiciones, los surrealistas lo reclaman como su gran percusor y la escritura de Dostoyevski resultaría imposible sin su impulso. Aurelia es acaso su relato o nouvelle más conodida y más significativa de su obra. En este relato realmente notable, Nerval se abandona a todo eso que podríamos definir como la otredad síquica. El relato se convierte en un a veces caótico torrente de luces y de sombras, proyectadas en alguna cárcava de la mente humana. Si es demasiado largo para el lector, búsquse eltambaién fantaśtico Silvie, o La Pandora, o cualquiera de los retratos-cuentos femeninos que figuran en Las hijas del fuego. Todo ello sin olvidar Las quimeras, esos brilantísimos y misteriosísimos sonetos donde también acecha esa arquitectura temblorosa del genio y de la locura.



AURELIA
O EL SUEÑO Y LA VIDA
Gerard de Nerval




PRIMERA PARTE

I
El sueño es una segunda vida. Nunca pude cruzar sin estremecerme esas puertas –de marfil o de cuerno– que nos separan del mundo invisible. Los primeros instantes del sueño son como una imagen de la muerte. Una especie de velado letargo acaba por apoderarse de nuestro pensamiento, y no podemos determinar el instante preciso en que el yo, bajo otra forma, prosigue la obra de la existencia. Se trata de un amorfo subterráneo que se ilumina poco a poco, y donde se desprenden de la sombra y la noche las pálidas figuras hieráticas e inmóviles que pueblan el territorio del limbo. Después el cuadro adquiere forma, y una claridad nueva ilumina cinéticamente esas apariciones extrañas: el mundo de los espíritus se abre entonces para nosotros.
Swedenborg llamaba a esas visiones Memorabilia, y frecuentemente tenían su origen en el delirio más que en el sueño. El Asno de Oro, de Apuleyo, y La Divina Comedia de Dante, son los modelos poéticos de esos estudios del alma humana. Voy a intentar aquí, siguiendo su ejemplo, transcribir las impresiones de una larga enfermedad que se desarrolló en los arcanos de mi espíritu; y no sé por qué utilizo el término enfermedad, pues nunca, en lo que a mí se refiere, llegué a gozar de mejor salud. A veces, creía que mi fuerza y actividad eran redobladas; me parecí saberlo todo ,o comprenderlo todo; la imaginación me procuraba delicias infinitas... Al recobrar eso que los hombres llaman la razón, ¿tendré que lamentar haberlas perdido? Esa vita nuova consistió para mí en dos fases. He aquí las notas que se refieren a la primera.
Una mujer a la que llamaré Aurèlie –y a la que amé durante mucho tiempo– podía considerarla ya como perdida para mí. Poco importan las circunstancias de ese acontecimiento que habría de tener tanta influencia en mi vida. Cada cual puede buscar en sus recuerdos la emoción más dolorosa, el golpe más terrible con que el estino haya castigado su alma; entonces hay que resolver entre morir o vivir: diré más adelante por qué no escogí la muerte. Condenado por aquella a la que amaba, culpable de una falta de la que no esperaba ya perdón, no me quedaba otra cosa que entregarme a los excesos más vulgares: así, fingí alegría e indolencia, y corrí el mundo, locamente seducido por la variedad y el capricho; me gustaban sobre todo las indumentarias y las extrañas costumbres de lejanos países; me parecía que desplazaba así las condiciones del bien y del mal; los términos, por decirlo así, de lo que es sentimiento para nosotros los franceses. “Qué locura –me decía– amar así con un amor platónico a una mujer que ya no nos ama. Es culpa de mis lecturas; he tomado en serio las invenciones de los poetas, y he construido una Laura o una Beatriz de una persona cualquiera de nuestro siglo... Pasemos a otras intrigas, y ésta quedará pronto olvidada.
El vértigo de un alegre carnaval en una ciudad de Italia desterró todas mis ideas melancólicas. Me sentía tan dichoso por el alivio que experimentaba, que acabé por hacer partícipes de mi alegría a todos mis amigos, y, en mis cartas, les presentaba como una constante del estado de mi espíritu lo que no era sino excitación febril. Un día, llegó a la ciudad una mujer de gran renombre, que se hizo amiga mía y que, acostumbrada a gustar y a deslumbrar, me arrastró sin dificultad al círculo de sus admiradores. Después de una velada en la que había estado a la vez natural y llena de un encanto del que todos padecimos las consecuencias, me sentí enamorado de ella hasta el punto de que no quise demorar ni un instante la ocasión de escribirle. ¡Era tan feliz de sentir a mi corazón capaz de un amor nuevo...! Convine en utilizar, en ese entusiasmo falaz, las fórmulas mismas que, tan poco tiempo antes, me habían servido para pintar un amor verdadero y largamente puesto a prueba. Una vez que partió la carta, hubiese querido retenerla, y me fui a soñar en soledad con lo que me parecía una profanación de mis recuerdos.
La noche devolvió a mi nuevo amor todo el encanto de la víspera. La dama se mostró sensible a lo que yo le había escrito, a la vez que mostraba cierto asombro por mi súbito fervor. Yo había franqueado, en un día, varios estratos de los sentimientos que pueden concebirse por una mujer con apariencia de sinceridad. Me confesó que le causaba turbación a la vez que la hacía sentirse orgullosa. Traté de convencerla; pero por mucho que quisiera decirle, no pude volver a encontrar después el diapasón de mi estilo, de manera que me vi obligado a confesarle, con lágrimas, que me había engañado a mí mismo al pretender seducirla... Al parecer, mis sentidas confidencias tuvieron sin embargo algún encanto, y la dulcedumbre de una amistad más fuerte sucedió a unas vanas protestas de ternura.



II
Más tarde, la encontré en otra ciudad, donde se encontraba la mujer a la que yo seguía amando sin esperanza. Un azar hizo que se conocieran entre ellas, y la primera tuvo oportunidad, sin duda, de enternecer con respecto a mí a la que me había desterrado de su corazón. De modo que un día, encontrándome en una reunión de la que formaba parte ella, la vi venir a mí y tenderme la mano. ¿Cómo interpretar ese gesto y la mirada profunda y triste con que acompañó su saludo? Creí ver en esto el perdón del pasado; el acento divino de la piedad daba a las sencillas palabras que me dirigió un valor inexplicable, como si un componente religioso se mezclara a las dulzuras de un amor hasta entonces profano, y le imprimiese el carácter de la eternidad.
Una urgente obligación me empujaba a regresar a París, pero sobre la marcha tomé la decisión de no permanecer más que unos pocos días y volver al lado de mis dos amigas. La alegría y la impaciencia me produjeron entonces una especie de aturdimiento que se complicaba con el cuidado de los asuntos que tenía que llevar a cabo. Una noche, hacia las doce, atravesaba el arrabal donde se encontraba mi alojamiento, cuando, al levantar casualmente los ojos, me fijé en el número de una casa iluminado por un farol. Esa cifra se correspondía con mi edad. Enseguida, al bajar la mirada, vi ante mí a una mujer de tez macilenta y ojos hundidos, que parecía tener los mismos rasgos de Aurèlie. Me dije: “Es su muerte o la mía lo que me es anunciado”.
Pero no sé por qué me atuve a la última suposición, y me impresioné con la idea de que habría de ser al día siguiente a la misma hora. Aquella noche tuve un sueño que vino a confirmar mis temores. Erraba por un vasto edificio compuesto de distintas salas, de las cuales unas estaban dedicadas al estudio, otras a la conversación o a las discusiones filosóficas. Me detuve con interés en una de las primeras, donde creí reconocer a mis antiguos maestros y condiscípulos. Las lecciones sobre los autores griegos y latinos aún seguían desarrollándose, con ese monótono zumbido que parece una plegaria a la diosa Mnemosine... Después pasé a otra sala, donde tenían lugar conferencias filosóficas. Participé en ellas durante algún tiempo, luego salí para buscarme una habitación en una especie de hostería de escaleras inmensas, que bullía de viajeros atareados.
Me perdí más de una vez en aquellos largos corredores y, al atravesar una de las galerías centrales, me llamó la atención un extraño espectáculo. Un ser de tamaño desmesurado –hombre o mujer, no lo sé–, revoloteaba penosamente en la alturas y parecía debatirse entre nubes espesas. Falto de aliento y de fuerza, acabó por caer, finalmente, en mitad del oscuro patio, enganchando y desgarrando sus alas a lo largo de los tejados y las balaustradas. Pude contemplarlo un instante. Estaba teñido con tintes bermellones, y sus alas brillaban con mil reflejos tornasolados. Vestido con un largo traje de pliegues antiguos, se parecía al ángel de la Melancolía, de Albrecht Dürer... No pude reprimir un grito de terror, que me despertó sobresaltado.
Al día siguiente, me apresuré a ir a ver a todos mis amigos. Mentalmente me despedí de todos y cada uno, y, sin decirles ni una palabra de lo que ocupaba mi espíritu, diserté apasionadamente sobre temas místicos; incluso llegué a asombrarlos con una elocuencia fuera de lo común; me parecía que lo sabía todo, y que los misterios del mundo se me revelaban en esas horas supremas. Al anochecer, cuando la hora fatal parecía acercarse, disertaba con dos amigos, sentados a la mesa de un casino, sobre la pintura y la música, definiendo desde mi punto de vista la generación de los colores y el sentido de los números. Uno de ellos, llamado Paul***, quiso acompañarme a mi
casa, pero le dije que todavía no me retiraba.
– ¿A dónde vas? –me preguntó.
– Hacia el Oriente.
Y mientras me acompañaba, me puse a buscar en el cielo una estrella, que creía conocer, y a la que atribuía alguna influencia sobre mi destino. Después de encontrarla, proseguí mi deambular siguiendo las calles en cuya dirección era visible, yendo por decirlo así al encuentro de mi destino, y queriendo percibir la estrella hasta el momento en que la muerte hubiera de alcanzarme. Al llegar sin embargo a la confluencia de tres callejuelas, no quise ir más lejos. Me parecía que mi amigo desplegaba una fuerza sobrehumana para hacerme cambiar de lugar, crecía a mis ojos y tomaba la apariencia de un apóstol. Tuve la sensación de que el lugar donde estábamos comenzaba a levitar, y que perdía las formas que le daba su configuración urbana... –Sobre una colina, rodeada de vastas soledades, esa escena se convertía en el combate de dos Espíritus y como una tentación bíblica.
“¡No! –decía yo–, no pertenezco a tu cielo. En esa estrella están los que me esperan. Son anteriores a la revelación que has anunciado. Déjame reunirme con ellos, pues aquella a la que amo les pertenece, y es allí donde debemos reunirnos”.



III

Aquí empezó para mí lo que llamaré el desbordamiento del sueño en la vida real. A partir de aquel momento, todo tomaba a veces un aspecto doble, y eso, sin que el razonamiento careciese nunca de lógica, sin que la memoria perdiese los más leves detalles de lo que me sucedía. Sólo que mis acciones –insensatas en apariencia–, estaban como sometidas a lo que llaman ilusión, según la razón humana...
En muchas ocasiones me ha asaltado la idea de que, en determinados momentos graves de la vida, algún Espíritu del mundo exterior se encarnaba de pronto en la forma de una persona ordinaria, y actuaba o intentaba actuar sobre nosotros, sin que esa persona lo supiese o guardase un recuerdo de ello. Mi amigo me había abandonado, viendo que sus esfuerzos eran inútiles, y creyéndome sin duda presa de alguna idea fija que nuestra deambulación acabaría aplacando. Al encontrarme solo, no sin esfuerzo reanudé mi camino en dirección de la estrella sobre la que fijaba sin interrupción mis ojos. Al hilo de mi errancia, cantaba un himno misterioso del que creía recordar que lo había escuchado en alguna otra existencia, y que me colmaba de una inefable alegría. Al mismo tiempo, abandonaba mi ropaje terrestre y lo dispersaba a mi alrededor. El camino parecía elevarse constantemente y la estrella aumentar de tamaño. Después, me quedé con los brazos extendidos, esperando el momento en que el alma iba a separarse del cuerpo, atraída magnéticamente por el rayo de la estrella. Entonces sentí un escalofrío; la añoranza de la tierra y de aquellos a los que en ella amaba sobrecogió mi corazón, y supliqué tan ardientemente en mí mismo al Espíritu que me atraía hacia él, que me pareció que volvía a descender entre los hombres. En torno a mí, unos gendarmes que hacían su ronda nocturna ; –tenía entonces la sensación de que me había vuelto muy grande,– y de que, enteramente imbuido de fuerzas eléctricas, iba a derribar todo lo que se me acercaba. Sin duda, algo de cómico debió haber en el cuidado que puse en respetar las fuerzas y la vida de los gendarmes que me habían recogido. Si no creyese que la misión de un escritor es analizar sinceramente lo que experimenta en las graves circunstancias de la vida, y si no me propusiera un objetivo que considero útil, me detendría aquí, y no intentaría describir lo que experimenté después en una serie de visiones insensatas tal vez, o quizá vulgarmente enfermizas... Tumbado sobre un camastro, creí ver al cielo retirar sus velos y abrirse en mil aspectos de inaudita magnificencia. El destino del Alma liberada parecía revelarse a mí como para apesadumbrarme por haber hecho pie con todas mis fuerzas en la tierra que iba a abandonar... Inmensos círculos se dibujaban en el infinito, como las ondas que se forman en el agua disturbiada por la caída de un cuerpo; cada región, poblada de figuras radiantes, cobraba movimiento, se coloreaba, y se fundía alternativamente, y una divinidad, siempre la misma, se desprendía sonriente de las furtivas máscaras de sus diversas encarnaciones, y se refugiaba al fin, inasible, en los místicos esplendores del cielo de Asia.
Por uno de esos fenómenos que todo el mundo ha podido experimentar en el curso de determinados sueños, esa visión celeste no me dejaba insensible a lo que sucedía a mi alrededor. Tumbado en un catre, oía cómo los agentes charlaban de un desconocido arrestado como yo, y cuya voz resonaba en la misma sala. Por un singular efecto de vibración, me parecía que esa voz retumbaba en mi pecho y que mi alma se desdoblaba, por decirlo así, –distintamente repartida entre la visión y la realidad. Por un instante, tuve la idea de volverme hacia aquel del que hablaban, pero al momento me estremecí al recordar una tradición muy conocida en Alemania, según la cual cada hombre tiene un doble, y que cuando le ve, es señal de que la muerte está próxima. Cerré los ojos y caí en un confuso estado de ánimo en el que las figuras fantásticas o reales que me rodeaban se quebraban en mil apariencias fugitivas. En determinado momento, vi cerca de mí a dos de mis amigos que me reclamaban, los agentes me señalaron, después la puerta se abrió y alguien de mi estatura, a quien no pude ver la cara, salió con mis amigos, cuya atención quise atraer en vano.
– ¡Se trata de un error! –exclamé–: ¡vinieron a buscarme a mí y es otro el que sale!
Armé tal algazara que acabaron por meterme en el calabozo. Permanecí allí varias horas sumido en una especie de torpor; finalmente, los dos amigos que había creído ver antes vinieron a buscarme con un coche. Les conté todo lo acontecido, pero negaron haber venido durante la noche. Almorcé con ellos dando muestras de bastante tranquilidad, pero a medida que se acercaba la noche, me pareció que debía temer la hora misma que la víspera había estado a punto de resultarme fatal. Pedí a uno de ellos una sortija oriental que llevaba en el dedo y que yo consideraba como un antiguo talismán, y, cogiendo un pañuelo de seda, la anudé alrededor de mi cuello, procurando que el engaste, compuesto de una turquesa, quedase fijo sobre un punto de la nuca, donde sentía un vivo dolor. En mi opinión, ese punto era por donde el alma amenazaba con salir en el momento en que cierto rayo, surgido de la estrella que había visto la víspera, coincidiera relativamente conmigo desde su cenit. Y ya fuese por azar, o por efecto de mi intensa preocupación, el caso es que caí como fulminado a la misma hora que la víspera.
Me instalaron en un lecho, y durante mucho tiempo perdí el sentido y el nexo de las imágenes que se ofrecieron a mi vista. Ese estado duró varios días. Fui trasladado a una casa de salud. Muchos parientes y amigos me visitaron sin que yo llegase a tener conocimiento de ello. La única diferencia para mí entre la vigilia y el sueño era que, en la primera, todo se transfiguraba antes mis ojos; cada persona que se me acercaba parecía cambiada, los objetos materiales tenían como una penumbra que modificaba su forma, y los juegos de luz, las combinaciones de los colores, se descomponían, de manera que me mantenían absorto en una constante serie de impresiones que se ligaban entre sí, y cuya probabilidad era continuada por el sueño, más desligado de los elementos exteriores.

IV

Una noche tuve la certidumbre de haber sido trasladado al Rhin. Delante de mí se hallaban siniestras rocas que se solapaban entre sombras. Entré en una casa muy hermosa, la cual era suavemente atravesada por los rayos del ocaso a través de las verdes contraventanas que festoneaban la viña. Se me hacía familiar esa morada, la cual me pareció haberla conocido hace mucho tiempo atrás, y en efecto, era la casa de un tío materno, un pintor flamenco que había muerto hacía más de un siglo. Los cuadros pintados estaban colgados aquí y allá; uno de ellos representaba a una graciosa hada del riachuelo, mientras observaba; una criada que yo llamaba Margarita y que conocía desde la infancia, me dijo: ¿No va Ud. a acostarse? Pues, viene de muy lejos y su tío regresará tarde, le levantaré para cenar. Me acosté sobre una cama con columnas en sus extremidades, estaba cubierta con unas floreadas sábanas persas estampadas con grandes flores rojas, había delante de mí un tosco reloj colgado sobre la pared y sobre él un pájaro que parloteaba como una persona. Tuve la idea de que el alma de mi abuelo estaba encerrada en él, pero, no estaba más sorprendido por su parloteo y su extraña forma que por el hecho de haber sido transportado a un siglo anterior al mío.
El pájaro me hablaba de familiares que aún estaban vivos o que habían muerto en diversas épocas, pero con la extraña particularidad de hablarme de ellos como si existieran en un mismo momento. Me dijo: Verás que tu tío ya ha tratado de hacerle su retrato...ahora, ella está con nosotros.
Detuve mi mirada en un cuadro que representaba a una mujer con un antiguo vestido alemán, estaba inclinada al borde de un río y observaba una planta de miosotis, entre tanto, la noche iba espesando poco a poco y las figuras, sonidos, y la noción del tiempo y espacio se confundían en mi espíritu soñoliento, creí caer en un abismo que atravesaba la tierra; me sentía transportado por una corriente de metal fundido y por afluencias similares, aunque no sentía ningún tipo de dolor, su color indicaba los diferentes compuestos químicos que la conformaban, era como los vasos sanguíneos y venas que fluctúan en los lóbulos del cerebro. Todas fluían, circulaban y borboteaban en un solo sentido, tenía la sensación de que esas corrientes estaban compuestas por almas vivientes y que el estado molecular y la rapidez de su circulación me impedía distinguir.
Una esplendorosa luz comenzó a infiltrarse poco a poco por esos canales, por último, los vi ensancharse al igual a una cúpula y se abrió un nuevo horizonte donde se discurrieron islas azotadas por ondas lumínicas.
Yo estaba en una costa en donde campeaba un día gris, entonces, avisté a un anciano que estaba cultivando la tierra, le reconocí, era el mismo que hablaba a través del pájaro; ya sea que el me lo haya dicho o que yo lo haya intuido, comprendí que los ancestros tomaban la forma de ciertos animales con el objeto de ir a visitarnos en la tierra y de esta forma estaban al tanto, como mudos espectadores, de los diferentes facetas de nuestra vida.
El anciano dejó su trabajo y me acompañó a una casa que se encontraba cerca de allí, el campo que nos rodeaba me hacía recordar paisajes de Flandes adonde habían vivido mis padres y donde se hallaban sus sepulcros: El campo conformado por alamedas en los linderos del bosque, el lago muy cerca del río con la artesa del pueblo, sus calles ascendientes, las colinas de gres oscura y sus retamas y brezales; eran todas imágenes de los lugares que más había amado; solamente, la casa donde entramos me era desconocida, sin embargo, sabía que había estado allí desde no sé cuanto tiempo y que en ese mundo, que entonces visitaba, el fantasma de las cosas acompañaba al fantasma del cuerpo. Entré a una sala amplia se encontraban allí muchas personas reunidas, por todas partes encontraba cosas que se me hacían familiares, los rasgos característicos de parientes ya muertos estaban fusionados con otros que vestían de manera más antigua, me pareció que estaban reunidos para una cena familiar. Uno de ellos se acercó y me abrazó tiernamente; llevaba puesto un traje de colores pálidos, tenía un semblante algo risueño y empolvado los cabellos, se parecía un poco a mí, me pareció que tenía un aire más vivo que los otros y, por decirlo de alguna forma, voluntariamente se asemejaba mucho a mi espíritu. Era mi tío, me puso al frente suyo y comenzamos una especie de comunicación telepática, pues no podría decir que escuchaba su voz, sino que a medida que detenía el pensamiento en cierto punto, la idea se me hacía clara rápidamente y las imágenes se hacían nítidas ante mis ojos como pinturas vivientes.
— ¡Así que es cierto!, dije entusiasmado, somos inmortales y aún aquí conservamos las imágenes del mundo donde hemos vivido, ¡Qué fortuna! Pensar que todo lo que hemos amado ¡Exista todavía entre nosotros!... ¡Estaba bastante cansado de la vida!.
— No te impacientes, contestó, por reunirte con nosotros, pues, tú aún perteneces al otro mundo y has soportado duros años de prueba, esta morada que te encanta tiene sus propias penas, sus conflictos y peligros. La tierra donde hemos vivido siempre será el teatro donde se anuda y desata nuestro destino, somos los fulgores esenciales que le dan vida y ya se ha debilitado...
— ¡Qué! – exclamé –, la tierra podría morir y nos invadirá la nada?
— La nada, – replicó –, no existe de la manera como se piensa, pero la tierra en sí es un cuerpo material en el cual la conjunción de los espíritus conforman el alma; pero puede modificarse para bien o para mal; nuestro pasado y nuestro porvenir se correlacionan, vivimos en nuestras raíces y nuestras raíces viven en nosotros. De inmediato, esa idea me puso sensible y comencé a ver como si las paredes del salón donde estábamos se hubiesen abierto sobre perspectivas infinitas, asimismo, creí ver una interrumpida cadena de hombres y mujeres que se compenetraban conmigo; entonces, las vestimentas de todos los pueblos, las imágenes de todos los países aparecieron claramente, a la vez sentí como si mis facultades de percepción se multiplicaran, sin confundirse, a través de un fenómeno espacial análogo al tiempo que agrupaba el transcurso de un siglo en un minuto de sueño. Mi asombro aumentó cuando supe que esa gran cadena la conformaba la gente del susodicho salón, cuyas imágenes había visto dividirse y combinarse en mil furtivas formas.
— Somos siete, le dije a mi tío.
— En efecto, me contestó, el número más común que conforma a una familia y por extensión somos siete veces siete y aún más. No puedo pretender que comprendas esto si para mí aún es algo oscuro. La metafísica no me proveía de un caudal suficiente como para que comprendiera completamente la percepción que entonces tenía de la relación existente entre esa muchedumbre y la armonía global.
Bien se concibe la analogía en el padre y la madre de las fuerzas eléctricas de la naturaleza; ¿pero cómo establecer los centros individuales emanados por ellos? El cual fluye como una sombra viviente y colectiva a su vez, en la cual, ¿la combinación sería a la vez múltiple y limitada?. Por lo tanto, valdría preguntarle a la flor por el número de sus pétalos o por las divisiones de su corola... al suelo por las figuras que traza, al sol por los colores que reproduce.


V

Todo cambiaba de forma a mi alrededor, el espíritu con el que charlaba ya no tenía el mismo aspecto; se había transformado en un joven, incapaz de transmitir algún pensamiento, así que era yo quien entonces tomaba la iniciativa de establecer la comunicación, mas él no me respondía... ¿Acaso me encontraba tan distante de aquellas alturas vertiginosas? Entonces comprendí que esas cosas también les eran extrañas o peligrosas... quizá una fuerza superior me prohibía escudriñarlo.
Me veía desorientado en medio de una populosa y desconocida ciudad, noté que estaba inmersa en una cuenca rodeada de colinas, resaltaba un monte completamente cubierto de caseríos.
En medio de la gente del pueblo distinguía a algunos que me parecían forasteros, provenientes de alguna otra típica comarca, su cariz lleno de vida, enérgico, y el pronunciado acento de sus rasgos me recordaron las aisladas etnias guerreras que habitaban en países montañosos y en algunas islas poco frecuentadas por los viajeros. De todas formas, esa gran ciudad de heterogénea población les era propicia para perseverar su huraño ascetismo. ¿Quiénes eran entonces esos hombres? Mi guía me condujo por esas agrestes y ruidosas calles en donde resonaba el incesante bullicio de las industrias, luego, subimos por varias escaleras que llegaban más allá de donde es posible ver. Empero, a un lado y otro veía terrazas protegidas por rejas, jardines que se explayaban sobre vastas estepas, techos, pabellones en construcción, anteriores de los Eloim!...
...La imaginación, como un rayo, me representó los diversos dioses de la India así como las imágenes de la genealogía, por decirlo de alguna forma, primitivamente concebida, me aterró ir mas lejos, pues en la trinidad aún reside un temible misterio...Hemos nacido bajo la ley bíblica... pinturas y esculturas realizadas meticulosamente, planos que se comunicaban por largas lianas que seducían la vista y cautivaban al espíritu. En fin, todo conformaba, o bien parecía un delicioso oasis, el cual mostraba una soledad y un silencio inusitado, en contraposición con el tumultuoso bullicio de abajo, allí tan sólo se escuchaba un musitado silbido. A menudo hemos escuchado hablar de proscritas regiones alojadas en sombrías necrópolis y catacumbas, sin embargo, allí, podría decirse, sin duda, que era todo lo contrario; se trataba pues, de un pueblo dichoso que se crió en medio del silencioso refugio de los pájaros, de las flores, del aire puro y de la luz.
— Estos son, – dijo mi guía – los habitantes de estas montañas amos de la región de donde acabamos de venir; durante mucho tiempo ellos han vivido aquí con humildes costumbres, bondadosos y honestos, conservando las virtudes que la naturaleza rendía en los albores del mundo. El pueblo vecino los honraban y seguían sus ejemplos. Desde el punto donde me hallaba en aquel entonces, descendí siguiendo a mi guía, hasta llegar a una de esas moradas, las cuales al estar unidas por los techos, ofrecían un extraño aspecto. Me pareció que se me hundían los pies en las múltiples capas que había recibido el terreno, sepultando antiguos edificios, esas remotas construcciones asomábanse cada vez más a medida que íbamos avanzando; distinguiéndose el respectivo gusto arquitectónico de cada siglo, todo eso hacia recordar a las excavaciones que se han realizado de antiguas ciudades; o tal vez, aquello que era más que era más que un terreno descubierto, lleno de vida, atravesado por mil juegos de luz. En fin, me encontraba en una habitación inmensa, donde vi a un anciano trabajando sobre una mesa, no sé que febril labor, en el momento en que atravesé la puerta un hombre vestido de blanco, el cual no pude distinguir muy bien, me amenazó con un arma que llevaba en la mano; pero el que me acompañaba le hizo un ademán señalando que se alejara, parecía haberle querido impedir que penetrara en los misterios de esas retiradas moradas. Sin preguntar nada a mi guía, comprendí intuitivamente que esas elevadas y abismales regiones eran el retiro de los primitivos pobladores de las montañas.
Siempre estaban alertas ante el hacinamiento de las hordas invasoras de las nuevas etnias, pues, ellos vivían allí, como se había dicho antes, una vida simple; eran bondadosos, rectos, diestros e ingeniosos y habían vencido de modo pacífico a las ciegas huestes que habían querido arrebatarle, durante mucho tiempo, su herencia. ¡Parecía imposible! No estaban ni corrompidos, ni carcomidos, ni esclavizados, se mantenían puros, aunque habían sobrepasado la ignorancia y aceptado, sin recelo, las virtudes de la pobreza. Un niño se entretenía en el suelo con unos cristales, unas conchas marinas y unas piedras grabadas, haciendo objeto de juego algo que, seguramente, estudiaba. Una mujer de avanzada edad, pero que aún reservaba ciertos vestigios de belleza, ocupábase de mantener limpio el lugar. En ese momento muchas personas jóvenes entraron ruidosamente, al parecer regresaban de sus labores; me impactó verlos vestidos completamente de blanco, pero pensé que sólo se trataba de una ilusión que asaltaba a mi vista; para volverla perceptible. Mi guía comenzó a pintar su atuendo, lo pintaba con vivos colores, haciéndome comprender que ellos realmente estaban vestidos así. De manera que, la luz que impresionaba provenía, quizá, de un brillo peculiar proveniente de algún juego de luces donde se confundían los comunes matices del prisma.
Salí de ese recinto inmediatamente, y me vi en una terraza fijada en el arriate, allí paseaban y jugaban jovencitas y niños, sus vestidos me parecían tan blancos como los otros, pero estos estaban ornamentados con encajes rosados; esas personitas eran tan hermosas: de graciosos rasgos y el resplandor de sus almas se transparentaban tan vivamente a través de sus delicadas figuras que inspiraban toda clase de cándidos afectos, de manera que hacían desvanecer a los superfluos furores de la juventud.
No podría describir los sentimientos que me infundía el espíritu en medio de esos encantadores seres que amaba como si les conociera, eran como una antigua y celeste familia que con sus miradas risueñas buscaban la mía con dulce compasión, así que, me puse a llorar amargamente el incierto recuerdo de un paraíso perdido. En ese instante, comprendí duramente que yo sólo estaba de paso en ese mundo, que me era dulce y extraño a un mismo tiempo, temblé sólo de pensar que debía retornar a la realidad en vano mujeres y niños me rodeaban para retenerme, pues, ya sus encantadoras figuras comenzaban a difuminarse en confusos vapores, sus hermosos visajes palidecían, sus pronunciados rasgos y sus brillantes ojos se perdían en una sombra donde aún se reflejaban los últimos destellos de sus sonrisas...
Esa fue la visión que tuve, o por lo menos esos fueron los detalles más sobresalientes que recuerdo. El estado cataléptico en que me encontraba, durante tanto días, se explicó basándolo en la lógica y en hechos científicos. Los comentarios de los que habían sido testigos de mi estado, me molestaban, puesto que, atribuían todo lo que me había sucedido a una perturbación mental, argumentando que todos los ademanes que hacía y palabras que profería eran el reflejo de una cadena de sucesos de la vida real. Estaba más a gusto con aquellos amigos que pacientemente, o quizá por tener ideas análogas a las mías, me dejaban contar de manera disoluta todo lo que había visto espiritualmente. Uno de ellos me dijo llorando: «¿No es cierto que existe un Dios?» ¡Sí! – le contesté entusiasmado; y nos abrazamos como dos hermanos de esa patria mística que yo había vislumbrado.
¡Cuánta felicidad encontraba en esa convicción! Así que, esa duda eterna acerca de la inmortalidad del alma que repercute a miles de espíritus, se había resuelto para mí. Sin embargo, me parecía sentir más la muerte, la tristeza y la inquietud, puesto que aquellos que amaba me habían mostrado verdaderas señales de su eterna existencia, y no me separaba de ellos mas que las mismas horas que separan al día y la noche la cual esperaba inmerso en una dulce melancolía.


VI

Un sueño que aún preservo en la memoria me confirmó aquel pensamiento: Me encontré de pronto en una sala de la casa de mi abuelo, me pareció que comenzaba a agrandarse, los muebles que eran antiguos relucían con un brillo extraordinario, los tapices y las cortinas estaban como nuevas, el día parecía más radiante que cualquier otro y atravesaba con sus luminosos rayos la mampara y la puerta, el aire tenía una frescura y un perfume parecido a las primeras brisas de primavera. Tres mujeres trabajaban en la sala, yo pensaba que se trataba de parientes y amigas conocidas en mi juventud, mas no lo eran, no obstante, sus rasgos eran muy similares; los contornos de sus figuras se agitaban como la llama de una lámpara y cada instante se observaba las características y rasgos de una en la otra y así sucesivamente, las sonrisas, las voces, el color de sus ojos, los cabellos, sus estaturas, los ademanes similares, todo se alternaba como si poseyeran el mismo espíritu, compartieran el mismo cuerpo, la misma vida, es decir, cada una de ellas estaba conformada por todas a la vez, al igual que esas mujeres que los pintores representan en sus cuadros, valiéndose de diferentes modelos para así lograr la belleza perfecta.
La de mayor edad me hablaba con una voz vibrante y melódica, que inmediatamente reconocí, ya que, la había escuchados en mis años de infancia, realmente no sé qué decía esa mujer, pero cualquier cosa que haya sido, me hacía estremecer debido al profundo sentido de justicia que me inspiraba, aquellas palabras me hicieron reflexionar; de pronto, me vi vestido con un antiguo hábito de color oscuro, tejido completamente a mano con un hilo muy fino, similar al de las arañas, era muy hermoso y con cierta donosura, estaba impregnado de una suave fragancia, verdaderamente me sentía rejuvenecido y muy elegante llevando es traje que parecía haber sido confeccionado por las hadas, a quienes agradecía ruborizado como un niño en medio de hermosas doncellas. Entonces, una de ellas se levantó y se dirigió hacia el jardín. Todos sabemos que en los sueños jamás se puede ver el sol aunque frecuentemente se pueda percibir refulgencias aún más intensas y los objetos y los cuerpos poseen su propia luz.
Me encontré en un pequeño parque donde se expandían emparrados con forma de glorietas cargadas con espesos racimos de uvas blancas y negras; la dama que me guiaba a través de las glorietas avanzaba por medio de las sombras yuxtapuestas de los parrales, aún me parecía que cambiaba de forma y vestimenta.
Saliendo de allí, por fin nos encontramos en un espacio descubierto, allí apenas se podía percibir los visos de los antepasados que ya habían partido y que en otro tiempo habían sido mártires.
Los cultivos habían sido abandonados desde hacía ya mucho tiempo, las plantas de clemátide, lúpulo, madreselva, jazmín, hiedra, aristoloquia estaban extendidas entre los árboles, sus largas lianas desperdigadas crecían vigorosamente, sus ramas se plegaban hasta la tierra cargada de frutos en medio del follaje de hierbas parásitas brotaban, en estado silvestre, algunas flores de jardín.
En la lejanía se atisbaba enraizados, frondosos álamos, acacias y pinos, en el seno de su follaje se entreveían unas estatuas ennegrecidas por el tiempo; me percaté que delante de mí había una pila de rocas cubiertas de hiedras por donde brotaba una fuente de agua viva, cuyo chapoteo armonioso resonaba en el embalse lleno de agua durmiente entre velada por largas hojas de nenúfar.
La dama que iba siguiendo, desenvolvía su esbelta figura con movimientos que producían variables reflejos en los pliegues de su vestido, sutilmente rodeó su lozano brazo con una larga liana de rosas malvas, luego se colocó debajo de un espléndido rayo de luz y comenzó a crecer de tal forma que poco a poco cubrió todos los espacios del jardín y los arriates y árboles pasaron a ser los rosetones y festones de su vestido, mientras que su figura y sus brazos hacían los contornos de las nubes purpúreas que avistaban en el cielo, así pues, a medida que se transfiguraba la perdía de vista, ya que, parecía desvanecerse en la inmensidad. ¡Oh no desaparezcas –gritaba– porque la naturaleza se desaparece contigo!... ...Diciendo estas palabras, comencé difícilmente a salir del lugar a través de los zarzales, tratando de retener la sombra gigante que se me escapaba, pero, tropecé con la punta de una pared deteriorada, en cuyo cimiento yacía un busto de mujer; levantándolo tuve la corazonada que se trataba del suyo...
Reconocí su amada efigie y por lo tanto sentía su mirada cerca de mí, me percaté que el jardín había tomado el aspecto de un cementerio y escuchaba voces que decían: «El universo está inmerso en la noche.»


VII

Desde el comienzo de ese sueño tan delicioso me quedé con un gran desconcierto ¿Qué significaba? No lo supe sino pasado un tiempo: Aurelia había muerto. Y yo tan sólo estaba enterado de que estaba enferma. A causa del estado de mi espíritu, no podía manifestar más que una vaga tristeza mezclada de esperanza, pensaba que a mí mismo no me restaba mucho tiempo por vivir, sin embargo, desde ese momento estaba seguro que existían un mundo donde los corazones que se aman se vuelven a encontrar. Por otra parte, ella me pertenecía aún más en el trance de su muerte que en el de su vida... — pensamiento egoísta que más tarde debí pagar con lágrimas amargas. No quisiera abusar de los presentimientos, el azar se encarga de hacer cosas extrañas, pero, me preocupaba el recuerdo (que me saltaba a la memoria) de aquellos días de nuestra corta unión; le había dado una sortija antigua, cuyo engaste lo conformaba un ópalo tallado en forma de corazón; como le quedaba grande al dedo, tuve la fatal idea de mandarla a cortar para reducir de esta manera su argolla. No advertí mi error hasta que no escuché el ruido de la sierra, me parecía ver gotear la sangre...
Los cuidados que recibía me habían devuelto la salud, aunque, aún no había recobrado en mi espíritu el curso normal de la humana razón. La casa donde me encontraba, situada en las alturas, tenía un extenso jardín cultivado con hermosos árboles, el aire puro de la colina, los primeros suspiros de la primavera, la hospitalidad de una sociedad totalmente caritativa, me trajeron largos días de calma y reposo.
Los primeros brotes de las hojas de los arces me regocijaban por la vivacidad de sus colores similares a los caireles de los faraones, la vista que se extendía por encima de la planicie presentaba, de día y de noche, encantadores horizontes, cuyos tintes degradados estimulaban mi imaginación, pues, poblaba a los taludes y nubes de figuras divinas las cuales creía ver detalladamente.
Quise fijar mis imágenes favoritas, con la ayuda de carbones y pedazos de ladrillos que recogía del suelo, comencé rápidamente a esbozar en las paredes una sucesión de dibujos que representaban mis impresiones.
Una figura resaltaba entre las otras, era la figura de Aurelia, a la cual le atribuí rasgos de diosa tal como se me aparecía en sueños; dibuje a varias personas rodeándola tendidas a sus pies y a dioses que la cortejaban, luego, comencé a colorear improvisadamente ese conjunto exprimiendo el extracto de algunas plantas y flores . Si se considera la correlación que Nerval frecuentemente hacía de su vida y su obra, cabe destacar que la muerte de Jenny Colon acaeció el 5 de junio de 1842, muerte que le marcaría profundamente y para siempre.
¡Cuántas veces soñé delante de ese venerado ídolo! Y fui aún más allá, pues. Traté de moldear con lodo el cuerpo de aquella amada, no obstante todas las mañanas debía reconstruirlo, pues, los locos celosos de mi dicha, disputaban entre ellos y destruían la estatuilla.
Me dieron algunos papeles, entonces, me esforzaba durante largas horas en representar con mil figuras acompañadas con narraciones, versos e inscripciones, en todos los idiomas conocidos, una especie de historia del mundo argumentada por los conocimientos que aún preservaba y por algunos fragmentos de sueños que mi ansiedad hacía más palpables o prolongaba, no me guiaba únicamente por la tradición de la moderna creatividad, pues, mis ideas iban mucho más allá: lograba a entrever, como en un sueño, la primera alianza de los genios, la cual fue llevada a cabo por medio de talismanes, por ello, trataba de reunir las piedras de la tabla sagrada y dar a conocer a los primeros siete Eloim que se habían distribuido en el mundo. Narraba la historia a modelo de las tradiciones orientales, la cual comenzaba por el feliz acuerdo de los poderes de la naturaleza que formularon y organizaron el universo.
-Durante la noche que precedió a mi trabajo, me creí transportado a un obscuro planeta donde se debatían los primeros gérmenes de la creación. Del seno de la arcilla aún blanda erigíeronse gigantescas palmeras, euforbios venenosos y retorcidos acantos al derredor de los cactus; – las áridas figuras de las rocas se elevaban como soportes de ese bosquejo de la creación y horrendos reptiles serpenteaban, se extendían o atiborraban en medio de la inextricable red de la salvaje vegetación; la pálida luz de los astros sólo iluminaba las oblicuas perspectivas de ese extraño horizonte, sin embargo, a medida que la creación iba conformándose una estrella más luminosa derramó los primeros fulgores del alba.


VIII

Luego los monstruos comenzaron a cambiar de forma, se despojaron de sus pieles y comenzaron a marchar, aún con más vigor, sobre patas gigantescas; la enorme masa de sus cuerpos arrasaba con las ramas de los árboles y destruía los pastizales, entonces, en medio del caos, empezaron a combatir; yo también tomaba parte de esos combates, pues, de igual forma me había transformado en un monstruo tan raro como ellos. De pronto, una extraña música resonó en aquellas soledades, parecía que los gritos, rugidos y los extraños silbidos de todos los seres primitivos se entonaban, a partir de ese entonces, con aires divinos. Comenzaron a surgir muchísimos cambios, el mundo iba iluminándose poco a poco, se trazaron figuras divinas en el follaje y en el fondo de los matorrales y a partir de ese momento comenzaron a amansarse las bestias transformándose luego en hombres y mujeres, otros en animales salvajes y pájaros.
¿Quién había sido el autor de tal milagro?
Una diosa radiante guiaba, en esos nuevos avatares, la rápida evolución de los seres humanos, entonces, se comenzaron a clasificar las especies, partiendo desde las aves y pasando por los animales salvajes, peces y reptiles, también dicha clasificación comprendía a los Devas, Peris y Ondinas y además a las Salamandras; cada vez que uno de esos seres moría renacía rápidamente con una figura más hermosa cantando para la gloria de los dioses.
Sin embargo, uno de los Eloim tuvo la idea de crear una quinta raza, conformada por los elementos de la tierra y a quienes llamó los afritas, sólo eso bastó para que se armara una revolución total entre los espíritus que no querían reconocer a los nuevos poseedores del mundo. No sé cuantos millares de años duraron los combates que ensangrentaron el globo, sin embargo, tres de los Eloim conjuntamente con espíritus de su raza, al fin, fueron relegados al centro de la tierra, donde luego fundaron grandes imperios, pues tenían en su poder los secretos de la cábala divina que hacía unificar a los mundos, y se proporcionaban fuerza a través de la adoración de ciertos astros los cuales siempre se la trasmitían. En fin, esos nigrománticos que habían sido desterrados a los confines de la tierra; tenían un medio para conferirse el poderío; se trataba de lo siguiente: Rodeados de mujeres y esclavos, cada uno de ellos se aseguraba su indeterminada existencia, pues, podían reencarnar en sus crías. Poderosos cabalistas los encerraban cuando estaban a punto de morir en sepulcros herméticos los cuales acicalaban con sustancias y elixires preservativos, de modo que, durante un largo periodo aún parecían estar vivos, y luego así como la crisálida hila su capullo, ellos se adormecían durante cuarenta días para así resucitar en el recién nacido que posteriormente se encargaría del reino.
Sin embargo, las fuerzas vivificantes de la tierra se agotaban nutriendo a esa prole, cuya sangre, siempre la misma, inundaba a los nuevos vástagos. En enormes subterráneos cimentados bajo hipogeos y pirámides, habían acumulado todos los tesoros de sus ancestros y algunos talismanes que los protegían de la cólera de los dioses.
Era en el centro de África, más allá de las montañas de la luna y de la antigua Etiopía, donde acaecían esos extraños y misteriosos sucesos. Estuve en cautiverio durante un buen tiempo, agonizante como gran parte de la raza humana. Los verdes matorrales que había visto ya no eran más que pálidas flores y mortecina hojarasca, un sol implacable devoraba tales parajes, y los niños débiles de estas eternas dinastías perecían agobiados por el fardo de la vida.
El imponente fasto regido por la solemnidad y los rituales hieráticos comenzó a ser monótono, disgustaba a todos, pero nadie se atrevía a menospreciarlo. Los ancianos languidecían bajo el peso de sus coronas y de sus imperiales ornamentos rodeados de galenos y sacerdotes cuyo saber les garantizaba la inmortalidad. En cuanto al pueblo, por siempre circunscrito en las distinciones genealógicas, no podía contar ni con la libertad y ni siquiera con la vida, pues, se les veía a los pies de los árboles heridos mortalmente y afectados por la esterilidad, los manantiales estaban secos y se veía sobre la hierba quemada a niños desfallecidos y jóvenes mujeres endebles y pálidas. El esplendor de las cámaras reales, la majestuosidad de los pórticos, la pompa de los atuendos y de los ornamentos no representaban más que un débil consuelo para el tedio eterno de esas soledades.
Muy pronto, los pueblos se vieron diezmados por las enfermedades, los animales y las plantas murieron, y hasta los mismísimos inmortales desfallecían bajo sus pomposos ropajes. Un azote más intenso que los anteriores vino de improviso a rejuvenecer y salvar el mundo. La constelación de Orión liberó del cielo torrenciales cataratas de agua, la tierra sobrecargada por los glaciares del polo opuesto, dio un medio giro sobre sí misma, y los mares rebosando sus riberas, refluyeron sobre las planicies de África y Asia, inundando los desiertos, las tumbas y pirámides y durante cuarenta días un arca misteriosa se paseó por los mares llevando la esperanza de una nueva creación.
Tres de los Eloim se habían refugiado en la cima más allá de las montañas del África y un combate se dio lugar entre ellos, mas en este punto me falla la memoria, por lo tanto ignoro cual fue el resultado de esa lucha suprema. Solamente aún puedo percibir sobre un pico anegado por las aguas a una mujer que fue abandonada por ellos y que gemía con los cabellos desaliñados, debatiéndose con la muerte. Sus lastimeros ayes resonaban más fuerte que el ruido de las corrientes...
¿Finalmente se había salvado? También lo ignoro, los dioses, sus hermanos, la habían condenado, pero, en el cielo brillaba la estrella nocturna que vertía sobre su frente fulgurantes rayos. El himno perenne de la tierra y de los cielos resonaba armoniosamente para consagrar la aquiescencia de las nuevas razas. Y mientras que los hijos de Noé trabajaban a duras penas expuestos a la luz de un nuevo sol, los nigrománticos, todavía agazapados en sus refugios subterráneos, seguían resguardando en ellos sus tesoros y se recreaban en silencio y durante la noche.
Algunas veces salían tímidamente de sus escondrijos para amedrentar a los vivos, o para propagar entre los aviesos las nefastas enseñanzas de sus conocimientos. Tales eran los recuerdos que yo rememoraba gracias a una especie de vaga intuición del pasado. Me estremecía al reproducir los rasgos horrendos de esas razas malditas. Por doquier, lloraba moría o languidecía la imagen agonizante de la Madre Eterna.


IX

Tales fueron las imágenes que sucesivamente se mostraron ante mis ojos. Poco a poco se fue sosegando mi espíritu y por fin pude abandonar el sanatorio que era, sin embargo, todo un paraíso para mí. Un tiempo después, fatales circunstancias propiciaron una recaída que reanudó la sucesión de aquellas extrañas ensoñaciones. Cierto día me paseaba por el campo cavilando acerca de un trabajo referente a ideas religiosas. Al pasar delante de una casa, escuche a un pájaro que profería algunas palabras, que quizá había aprendido en algún lugar, sin embargo, su confuso parloteo me pareció provisto de cierto significado, es más, me hizo recordar la alucinación que narré en páginas anteriores, inmediatamente sentí un escalofrío de mal augurio. Avanzando algunos pasos, me encontré con un amigo el cual no veía desde hacía mucho tiempo y que residía en una casa cercana, se empeñó en que le acompañara para mostrármela. Una vez allí, subimos a una terraza bastante alta, desde la cual se podía divisar un vasto horizonte. A la puesta del sol bajamos apoyándonos en los peldaños de una rústica escalera, di un paso en falso y mi pecho fue a dar contra el cantero de un mueble, hice un gran esfuerzo para levantarme, pero, volví a caer en medio del jardín, entonces, pensando que estaba fatalmente herido levanté los ojos para dar un último vistazo al ocaso antes de morir.
Me sentí acosado por la aflicción que invade el alma en ese momento crucial, sin embargo, me parecía hermoso morir así, en esa hora y rodeado de árboles y de flores otoñales. No obstante, no fue más que un simple desmayo, luego del cual logré reunir las fuerzas suficientes para regresar a mi casa y tenderme en la cama. La fiebre se apoderó de mí, y recordando el sitio donde me había caído me di cuenta que ese hermoso panorama que estuve admirando daba con un camposanto, el mismo donde se hallaba Aurelia.
Hasta ese entonces, no había pensado que la impresión que me pudo haber dejado tal escenario podía haber sido la causa de mi caída, esa misma idea me produjo otra aún más funesta e incesante, ahora lamentaba amargamente que la muerte no me hubiera llevado consigo, pero luego reflexioné y me dije a mi mismo que no era digno de reanudar esos lazos tan dichosos. Recordaba acremente la vida que había venido llevando después de su muerte, entonces me reprochaba, no por haberla olvidado, pues eso no había ocurrido, sino por deshonrar su memoria dejándome llevar por fortuitos amoríos. Entonces, se me ocurrió consultarlo con el sueño, sin embargo, su dulce efigie que tantas veces se me revelaba, ahora ni siquiera se asomaba al umbral de mis ensoñaciones, en cambio, soñaba con sangrientas y confusas imágenes.
Parecía que esa raza abominable se dispersaba en medio de aquel mundo ideal que había visto en distintas ocasiones y en donde ella reinaba. El mismo espíritu que me había amenazado, cuando me disponía a entrar en la morada de aquellas inmaculadas congregaciones que habitaban en la más supremas alturas de la Ciudad Misteriosa, volvió a pasar delante de mí, yo no llevaba puesto el traje blanco de aquel entonces, al igual que los de su raza, sino que estaba ataviado con un atuendo de príncipe oriental. Apenas le vi, me abalancé sobre él en forma amenazante, pero sólo se limitó a darme tranquilamente la espalda. ¡Ora terror! ¡Ora cólera! Tal era mi semblante, tal era mi aspecto, volátil y a la vez enaltecido...
Entonces me acordé de aquel que había sido encarcelado la misma noche que yo, y que a mi parecer, cuando mis dos amigos fueron a buscarme, se valió de la ocasión y usando mi nombre se burló de los centinelas, quienes le dejaron libre. Llevaba un arma en la mano el cual no podía distinguir muy bien, y uno de los que le acompañaba, dijo:
— Con eso fue con que le golpeó –
No sé de que manera explicar que, en mi mente, los acontecimientos terrenales podían coincidir con los del mundo sobrenatural, eso es mucho más sencillo sentirlo que expresarlo claramente, ¿Pero quién era, pues, ese espíritu que se manifestaba dentro y fuera de mí? ¿Acaso era el doble, del que hablan las leyendas, o ese hermano místico que los orientales llaman Ferouër? ¿Realmente no estaba influido por la historia de aquel caballero que luchó durante toda la noche con un amigo desconocido y que resultó ser él mismo? Sea lo que sea, creo que la imaginación no ha inventado nada que no sea real en este mundo o en otros y además no podía dudar de lo que había visto tan detalladamente. De pronto, se me ocurrió una idea terrible:
El hombre posee doble personalidad – reflexionaba – «siento a dos personas en mi interior» escribió un padre de la iglesia. La concurrencia de dos almas ha depositado ese germen mixto dentro un solo cuerpo, el cual, muestra a la vista dos porciones similares reproducidas en todos los órganos de su estructura. De hecho, en todo hombre hay un espectador y un actor, el que habla y el que replica. Los orientales han visto en ello a dos enemigos: El buen y el mal genio. – ¿Seré el bueno? ¿Seré el malo? – me preguntaba – de todas formas el otro me sería hostil... ¿Quién sabe si en alguna circunstancia o en cualquier momento los dos espíritus se separan? Y aunque unidas en un mismo cuerpo por una maternal afinidad, ¿Quizá a uno le esté prometida la gloria y la felicidad y al otro el aniquilamiento o tal vez sea condenado al sufrimiento eterno?...
Un ominoso relámpago atravesó de repente esa oscuridad... ¡Aurelia ya no me pertenecía!...
Me pareció haber escuchado acerca de una ceremonia que se llevaba a cabo en otro lugar y de los preparativos de un matrimonio místico que no era sino el mío, y en el que el otro iba a aprovecharse del error de mis amigos y hasta de la misma Aurelia.
Las personas que más estimaba y que venían a verme y a consolarme parecían presas de incertidumbres, es decir, que las dos partes de sus almas se separaban conjuntamente con la mía, la una compasiva y confiada y la otra terriblemente herida al igual que mi alma. En todo lo que esas personas me decían siempre había implícito un doble sentido. Aunque bien, ellos mismos no se percataban, ya que no estaban presentes en espíritu como yo. Sin embargo, en el mismo instante tal idea me pareció cómica, pensando en Anfitrión y en Sosías. Pero, ¿y si en las fábulas de la antigüedad se ocultaba la verdad bajo una máscara de locura? – muy bien – , me dije, luchemos en contra del mismísimo Dios con las armas de la tradición y de la ciencia. Que por más que intente hacer entre las sombras y en la noche, yo existo, y para vencerlo tengo todo el tiempo que me resta de vida.

X

¿Cómo pudiera esbozar siquiera la extraña desesperación que me producían esas ideas y que me fueron reduciendo poco a poco? U n genio perverso había tomado mi lugar en el mundo de las almas; sin embargo, Aurelia lo consideraba como si fuera yo mismo, pero, el espíritu atribulado y afligido que daba vida a mi cuerpo, débil, aborrecible y que era desconocido para ella se vería destinado para siempre al sufrimiento o a desvanecerse en la nada. Empleé todas las fuerzas de mi voluntad para penetrar aún más en el misterio, del cual sólo había logrado levantar algunos velos. Algunas veces el sueño se burlaba de mis esfuerzos, mostrándome solamente imágenes gesticulares y furtivas. En este punto no podría más que describir una idea demasiado extravagante de lo que resultó esa contención espiritual. Sentía que me deslizaba por un hilo tenso cuya longitud era infinita, la tierra atravesada por vetas multicolor de metales fundiéndose, como ya lo había visto antes, se iluminaba paulatinamente por el brote del fuego de sus entrañas, cuyo albor se fundía con los matices rojizos que teñían los flancos del orbe interno.
Algunas veces me asombraba cuando veía inmensos charcos de agua suspendidos en el aire, como si de nubes se tratase, y por lo general poseían una densidad tal que se podían desprender copos de ellos, pero era obvio que se trataba de un líquido diferente al agua, y sin duda, era su evaporación lo que representaba a los mares y ríos para aquel mundo de las almas.
Por fin llegué a ver el litoral inmenso que estaba cubierto totalmente por una especie de cañaveral verdusco, sus extremos sin embargo se veían amarillos como si los rayos del sol les hubieran secado parcialmente, empero, desde las pasadas ocasiones no había apercibido más ese astro...
Un castillo dominaba la costa por el cual comencé a trepar. En la vertiente opuesta, advertí la grandiosidad de una ciudad inmensa, ya se aproximaba la noche cuando atravesaba la montaña y pude percibir las luces de los caseríos y de las calles, al descender, pronto me hallé en un mercado donde se vendía frutas y hortalizas similares a las que se dan en las regiones meridionales.
Bajé por unas escaleras oscuras y me encontré, por fin, con las calles, se anunciaba la apertura de un casino, y los detalles de su distribución se indicaban a través de prospectos, el encuadramiento tipográfico estaba hecho con guirnaldas de flores bastante coloridas y representativas, tanto que parecían naturales.
Una parte del edificio estaba aún en construcción; entré en un taller donde vi a unos obreros que modelaban con arcilla a un animal enorme que iba presentando el aspecto de una llama, pero que al parecer debía proveérsele de grandes alas. Dicho monstruo parecía estar atravesado por un surtidor de fuego que lo iba animando poco a poco, de manera que, traspasado por mil ramificaciones purpúreas que constituía algo así como sus venas y arterias, se retorcía a medida que, por decirlo de alguna manera, la inerte materia se iba fecundando, revistiéndose con una broza de fibrosos apéndices, de membranas y mechones lanudos. Me detuve a observar la obra maestra en la cual parecía haberse descubierto los secretos de la creación divina. «Esto que tenemos aquí – me dijeron – es el fuego primitivo que animó a los primeros seres...en otro tiempo, este fuego subía hasta la superficie de la tierra, pero ahora todas las fuentes están extintas.» También pude admirar trabajos de orfebrería en los que empleaban dos tipos de materiales que son desconocidos sobre la tierra: uno era rojo que podría corresponder al cinabrio y el otro era de un color parecido al lapislázuli. Los ornamentos no eran ni martillados ni cincelados, sino que se formaban, se matizaban y eclosionaban como si se tratara de una especie de plantas metálicas que logran reproducir a partir de ciertas mezclas químicas. «¿No crearon también a los hombres?» – le pregunté a uno de los trabajadores – pero él me replicó: «Los hombres provenimos de lo alto y no de abajo, ¿Acaso podríamos crearnos a nosotros mismos?. Aquí no hacemos más que formular, para el progreso sucesivo de nuestras empresas una materia más sutil que aquella que compone a la corteza terrestre.»
«Esas flores que parecían naturales, ese animal que parecía estar vivo no son más que productos del arte más elevado y del nivel más alto de nuestro conocimiento. Y de tal forma cada quien deberá juzgarlo.»
Tales fueron, más o menos, las palabras que me dirigieron, de las cuales creí haber discernido lo que querían decir. Me puse a recorrer el salón del casino donde me tope con una gran multitud de la cual pude distinguir a varias personas que me eran conocidas, algunas aún vivían, pero, otras ya habían fallecido en diversas épocas, las primeras parecían ignorarme o simplemente no me veían, mientras que las otras, al contrario, me saludaban aunque no me conocieran. Llegué al salón más grande, que estaba cubierto completamente por alfombras rojas, orladas con tramados ribetes de oro, los cuales, formaban hermosos diseños, en el centro se hallaba un sofá similar a un trono; algunos contertulios se sentaban en él para apreciar su confort. Pero no estando culminados todos los preparativos, se marchaban hacia otros salones. Conversaban a respecto de una boda y del novio que, según se murmuraba, debería llegar en cualquier momento, para anunciar el comienzo de la ceremonia. De pronto, se apoderó de mí un incomprensible arrebato. Imaginé que a quien se esperaba era mi doble que se disponía a esposarse con Aurelia y armé un escándalo tan grande que pareció consternar a todos los presentes. Comencé a hablar vehementemente explicando mis motivos de queja y reclamando la ayuda de todos los que me conocían; un anciano me dijo entonces:
— No está bien comportarse de esa forma, Ud. está alarmando a todo el mundo.
Entonces exclamé:
— Sé muy bien que él ya en alguna ocasión me golpeó con su arma, sin embargo, le espero sin ningún temor, ya que conozco cuál es su punto débil.
En ese momento uno de los obreros del taller que había visitado al entrar, apareció, llevaba consigo una larga varilla puesta al rojo vivo en uno de sus extremos, quise arrojarme sobre él, pero la punta rojiza del candente metal, el cual mantenía siempre en ristre, amenazábame... Entonces, retrocedí hasta donde se encontraba el trono y con el alma pletórica de un orgullo inaudito, levanté el brazo haciendo una señal la cual a mí me parecía contener un mágico secreto. El ensordecedor y agudo grito de una mujer, impregnado de un dolor desgarrante, me levantó precipitadamente. Las sílabas de una palabra desconocida que estaba apunto de pronunciar, expiraron sobre mis labios antes de ver la luz... inmediatamente, me arrojé al piso y me puse a rezar fervorosamente llorando con lágrimas amargas.
Pero ¿de dónde provenía ese grito que resonaba tan angustiadamente en medio de la noche?
Ese grito no provenía de los sueños, era el grito de una persona de este mundo, y a mí me pareció reconocer en él el dulce acento de la voz de Aurelia...
Abrí la ventana, estaba todo tranquilo y no volví a escuchar aquel pavoroso grito, así que salí para saber si alguien lo había escuchado, pero nadie había oído nada, sin embargo, estoy seguro que ese grito era verdadero y que había resonado en el mundo de los vivos... sin duda, podría decírseme que la casualidad ha podido hacer que en ese preciso instante una mujer afligida gritara por los alrededores del recinto. Mas, según mis ideas, los acontecimientos terrenales están estrechamente ligados a los del mundo invisible. Se trata de esas extrañas conexiones que ni siquiera yo puedo comprender y que es más sencillo señalar que tratar de definir...
¿Qué había hecho? Había perturbado acaso la armonía del mágico universo donde mi alma podía tener la certeza de poseer una existencia imperecedera. Quizás estaba maldito por haber querido ahondar en un misterio tan terrible, desafiando la ley divina, ¡Tan sólo debía esperar la cólera y el desprecio! Las sombras exasperadas huyeron emitiendo gritos y trazando en el aire forzosos círculos, así como los pájaros cuando se aproxima una tormenta.



SEGUNDA PARTE

I

¡Eurídice! ¡Eurídice!
¡Perdida una vez más!
¡Todo ha terminado, todo ha pasado! ¡Ahora soy yo quien debe morir y morir sin ninguna esperanza! Pero, ¿Qué es la muerte? Si tan sólo fuera la nada... ¡Plugo a Dios! Pero ni el mismo Dios puede lograr que la muerte sea la nada... ¿Pero por qué era ahora la primera vez, después de tanto tiempo, que se me ocurría pensar en él?
Esta fatídica filosofía que había fundado en mi espíritu no podía admitir a esa privilegiada magnificencia... o debería decir que se absorbía en la fusión de los seres: Se trataba del dios Lucrecio, impotente y perdido en su inmensidad. Sin embargo, ella creía en Dios y un día hasta pude escuchar como brotaba tan dulcemente de sus labios el nombre de Jesús, cosa que me conmovió tanto que me indujo a llorar.
¡Oh Dios mío! Esas lágrimas, esas lágrimas... ¿Hace cuanto tiempo se secaron? ¡Oh Dios mío, devuélveme esas lágrimas!.
Cuando el alma divaga confusa entre la vida y el sueño, entre el desorden del espíritu y el retorno de la fría razón, es el pensamiento religioso donde uno debe refugiarse, empero, en esa filosofía yo nunca he podido encontrar otra cosa que no sea máximas egoístas, o a lo sumo, vanas experiencias llenas de dudas amargas. De hecho, sólo se limita a luchar en contra de las penurias morales, aniquilando completamente la sensibilidad. Así pues, funciona al igual que la cirugía que sólo se encarga de cercenar el órgano causante del dolor. Y para nosotros que hemos nacido en tiempos de tormentas y revoluciones, donde todas las creencias han sido execradas, y siendo la gran mayoría educados bajo esa pálida fe que se conforma con realizar superfluas practicas religiosas, las cuales, al ser asumidas con indiferencia resultan, quizá, más culpables que la impiedad y la herejía, es, pues, mucho más difícil aún que sintamos esa necesidad imperiosa de reconstruir ese templo místico que solamente los inocentes y humildes resuelven llevar a cabo en sus corazones.
¡El árbol de la ciencia, no es el árbol de la vida! Sin embargo, ¿Podríamos arrojar de nuestra alma lo que tantas generaciones de seres inteligentes han vertido en ella, tanto de benévolo como de funesto?
— No, la ignorancia no se aprende.
Ahora tengo más confianza en Dios:
Quizá ha llegado el momento de vivir el periodo ya anunciado, donde la ciencia, habiendo llegado completamente al cenit de sus síntesis, análisis e hipótesis establecidas y refutadas, pueda depurarse a sí misma y haga surgir del Caos y de las ruinas la ciudad maravillosa del porvenir... Tampoco se trata de menospreciar a la humana razón como para considerar que algo pueda ganarse aborreciéndola completamente, pues ello sería tanto como despreciar su celestial origen... Dios apreciará, sin duda alguna, las buenas intenciones, además ¿Qué padre se complacería en ver a sus hijos abdicando, delante de él, de todo razonamiento y todo orgullo? ¡Al apóstol que quería tocar para ver no lo maldijeron por eso!
¿Pero qué es lo que acabo de escribir?... ¡Blasfemias! La humildad cristiana no puede hablar de esa forma, tales pensamientos están muy lejos de un alma noble y sobre la frente que los promueve brilla el fulgor del orgullo y la corona de Satán... ¿Un pacto con el mismísimo Dios?... ¡Oh ciencia! ¡Oh vanidad! Había logrado reunir algunos libros cabalísticos, sumergiéndome en su estudio llegué a la convicción de que todo era cierto, todo cuanto había acumulado el espíritu humano durante el paso de los siglos. El convencimiento que tuve de la existencia del mundo inmaterial coincidía bastante con mis lecturas, así pues, no podía poner en duda, en lo sucesivo, las revelaciones del pasado. Los dogmas y los ritos de las diversas regiones, me parecían relacionados de tal forma que era como si cada una dispusiera de una determinada porción de esos arcanos que constituyen sus medios de expansión y de defensa dichas fuerzas podrían debilitarse, disminuirse y desaparecer por completo, lo que traería como consecuencia la absorción de algunas razas por otras, pero ninguna podría resultar victoriosa o vencida sino por el espíritu.
«De todas formas – me decía – seguramente las ciencias han sido alteradas debido a los errores humanos.
El alfabeto mágico y los jeroglíficos misteriosos han llegado hasta nosotros, pero incompletos o roídos, ya sea por el tiempo o por aquellos que tienen algún tipo de interés en nuestra perpetua ignorancia; encontremos, pues, esa letra perdida, ese signo borrado, recompongamos la ―escala disonante‖ y de esa forma lograremos obtener fuerza ante el mundo de los espíritus.»
Era de esta forma como creía percibir los vínculos entre el mundo real y aquél otro. La tierra, sus habitantes y su historia no eran otra cosa sino el teatro donde venían a cumplirse las acciones físicas que elevan la existencia y la situación de los seres inmortales atados a su destino.
Sin remover siquiera el impenetrable misterio de la eternidad de los mundos, mis pensamientos se remontaron a la época en que el Sol, de manera semejante a la planta que lo representa y que cabizbaja sigue la evolución de su marcha celeste, sembraba en la tierra los gérmenes fecundos de las plantas y de los animales. No se trataba de otra cosa que del mismo fuego que, al estar compuesto de almas, conformaba instintivamente la estructura de la morada común. El espíritu del Ser-Dios, reproducido, y por decirlo de alguna manera, reflejado en la tierra, transformábase en la especie ordinaria de las almas humanas, en la cual, cada una, por consiguiente, era a la vez hombre y Dios. Tales eran los Eloim.
Cuando uno se siente abatido por el infortunio, se piensa también en la desdicha de los demás.
Había olvidado negligentemente una visita que debía hacer a uno de mis mejores amigos, del cual había llegado hasta mis oídos la noticia de que estaba enfermo, así que, me puse en marcha y me dirigí hacia el hospicio donde le impartían un tratamiento, entonces reproché acremente mi negligencia, y lo hice aún con mayor aflicción cuando mi amigo me contó que había pasado una de sus peores vísperas; la habitación donde estaba internado, tenía las paredes cubiertas con cal, la luz del sol recortaba radiantemente los ángulos de las paredes y un haz luminoso titilaba a través de un vaso lleno de flores que una monja había colocado sobre la mesita del enfermo. El cuartucho era tan humilde que parecía más bien la celdilla de un anacoreta italiano.
Su magra figura, su tez pálida, parecida al marfil amarillento, contrastaba con el negro espesor de su barba y de sus cabellos, sus ojos aún atizados por la secuela de la fiebre y quizá también por el cobertor, el cual estaba provisto de una capucha que llevaba puesta en los hombros le hacía un sujeto un poco distinto del que yo había conocido, pues ese no era aquel alegre compañero que compartía a mi lado los alegres y difíciles momentos de mi vida. Veíalo ahora con un cierto aire de apóstol. Me contó cómo se había visto, en el momento más crucial de su enfermedad, como arrebatado por un último impulso que pareció ser el momento supremo. Sin embargo, de pronto, pareció que ya no sufría y que el dolor había cesado como por obra de un milagro.
Lo que a continuación siguió diciéndome resulta casi imposible de transcribir... se trataba de un sueño, un sueño sublime en los espacios más vacíos del infinito, de una conversación con un ser diferente pero que a su vez era partícipe de sí mismo, a quien, creyéndole muerto, le preguntó adónde estaba Dios. «Pero Dios está en todas partes, le respondía, al que llamaremos su espíritu, el está dentro de ti y en todos los demás él te juzga, te escucha, te aconseja, es tú y yo a la vez, que pensamos y soñamos juntos, y que nunca nos hemos abandonado el uno del otro, y que además ¡Somos eternos!.» No puedo citar otra cosa de esta conversación la cual, quizá, haya escuchado o comprendido mal, solo sé que la impresión que dejó sobre mí fue muy viva. No me atrevo a atribuir a mi amigo las conclusiones que saqué, que tal vez sean completamente erróneas, de sus palabras. Ignoro de igual forma, si el sentimiento que de ellas deriva es o no conforme a las ideas cristianas.
¡Dios está con él – gritaba – pero se ha ido de mi lado! ¡Oh infortunio!, ¡Lo desterré de mi corazón, lo he amenazado y lo maldije!
Sin duda se trataba de aquél, de ese hermano místico que se alejaba cada vez más de mi alma y me advertía en vano.
¡Aquél consorte predilecto, aquél glorioso rey, el mismo que me juzga y me condena, y quien lleva en su cielo sempiternamente aquélla que él mismo me había otorgado y de la cual ahora soy indigno!

II

No pude contener el abatimiento en que me sumergieron esas ideas. «Comprendo – decíame – que he preferido a la criatura en vez del creador; he deificado mi amor y adoré, según ritos paganos, a aquélla cuyo estertor ha sido consagrado a Cristo. Pero si esta religión muestra la verdad, entonces Dios puede perdonarme aún, incluso, podría regresármela si me humillo ante él; ¡Quizá su espíritu retorne dentro del mío! »
Tomé una calle al azar y comencé a divagar absorto en esta idea, de pronto, un cortejo fúnebre atravesó la calle, se dirigía al cementerio donde mi amada había sido sepultada, así que se me ocurrió llegarme hasta allá incorporándome al cortejo.
«Ignoro – decíame – cual es el difunto que conducen a la fosa, pero ahora tengo la certeza de que los muertos pueden vernos y escucharnos, quizá, ese esté contento de verse cortejado por un hermano de penurias, que se halla aún más triste que cualquiera de esos que le acompañan.» Tal idea me hizo derramar fervientes lágrimas y sin duda ¡se pensó que yo era un gran amigo del difunto! ¡Oh lágrimas benditas! ¡Desde hace tiempo que vuestra benignidad me había sido negada!... mi mente se despejaba, y un rayo de esperanza me guiaba todavía. Sentía muchas ganas de rezar, así que lo hice con devoción. Nunca supe cual era el nombre del difunto que seguí hasta el sepulcro. El cementerio donde había entrado, sin embargo, resguardaba muchos epitafios que me eran sagrados, tres parientes por parte de mi familia materna habían sido enterrados allí, pero no podía ir a llorar sobre sus tumbas, pues, habían sido trasladados desde hacía muchos años a tierras muy lejanas, es decir, a sus países de origen.
Me dediqué a buscar durante un buen tiempo la tumba de Aurelia, sin tener ningún éxito, las disposiciones del cementerio habían cambiado y quizá también mi memoria se encontraba un tanto aturdida... me pareció que tal casualidad, tal olvido, debía obedecer aún a mi condena, no me atreví decirle a los guardias el nombre de una finada de la cual no tenía, religiosamente hablando, ningún derecho... pero, de pronto, me acordé que guardaba en mi casa un plano de la ubicación exacta del sepulcro, así que, corrí hasta allá con el corazón impetuosamente exaltado, había perdido la cabeza, pues como he dicho antes, había engalanado mi amor con bizarras supersticiones.
– En un cofrecillo que le había pertenecido, conservaba su última carta, me atreveré a confesar que había hecho de ese cofre una especie de relicario que me hacía recordar largos viajes que había realizado y en los cuales su recuerdo había sido siempre mi fiel compañero, además de aquella carta, resguardaba una rosa cogida en el jardín de Schourbrah, un pedazo de cinta traída de Egipto, hojas de laurel cogidas en la rivera de Beyrouth, dos pequeños cristales dorados de los mosaicos de Santa Sofía, un grano de un rosario, ¿y qué sé yo que otra cosa?...
En fin, también se hallaba el papel que se me había entregado el día en que se había horadado el sepulcro, de manera que, pudiera encontrarlo luego... me enrojecí, me estremecí dispersando esas mescolanzas de cosas desordenadas, tomé los dos papeles, pero, al momento que quise dirigirme al camposanto cambié de opinión. No, me dije, no soy digno de arrodillarme en la tumba de una cristiana, ¡no puedo sumar una profanación más a tantas otras!... y para apaciguar, la tormenta que se enardecía en mi cabeza, regresé a algunos lugares de París, me quedé en una pequeña villa donde había pasado algunos días dichosos en mi juventud; en casa de unos viejos parientes que luego murieron. Me gustaba ir allá fundamentalmente para ver el poniente cerca de su casa. Allí había una terraza que estaba cubierta por unas plantas de tilo que me hacían recordar a unas joven citas muy allegadas entre las cuales crecí. Una de ellas...
¿Pero cómo podría comparar ese vago amorío de la infancia con éste que ha devorado mi juventud?
¡Aquel sólo era un sueño! Vi el sol declinar, sumergiéndose en el valle entre brumas y sombras, desapareció bañado con un deslumbrante rubor entre la cima de los bosques que bordeaban las elevadas colinas.
Poco a poco, la más profunda tristeza invadió mi corazón... Fui a acostarme en un albergue donde me conocían; el hostelero me habló de un antiguo amigo, que moraba por los alrededores de la ciudad, me contó que debido a una serie de perversas especulaciones en su contra, tomó la decisión de quitarse la vida de un pistoletazo...
El sueño me produjo terribles visiones, sin embargo, no me restan sino vagos recuerdos.
— Me encontraba en medio de una desconocida sala y conversaba con alguien acerca del mundo inmaterial, quizá se trataba del amigo al que me referí anteriormente, un espejo muy alto se encontraba detrás de nosotros, por casualidad le di un vistazo y me pareció reconocer a A.** .
Ella parecía estar triste y pensativa, de pronto, sea que ella haya salido del espejo, o sea que al pasar por la sala se haya reflejado anteriormente, por unos instantes, su divina y amada figura se encontró junto a mí , me tendió la mano, dirigió una mustia mirada y me dijo:
Nos volveremos a ver pronto...en la casa de tu amigo. En tan sólo un instante, recordé su matrimonio, la maldición que nos esperaba... entonces me pregunté: ¿es posible? ¿regresará a mí?¿me habrá perdonado? Me hacía estas interrogantes con lágrimas en los ojos. Pero todo se había desvanecido... De pronto, me encontré en un lugar desértico, había una subida muy agreste atiborrada de rocas, estaba en medio del bosque. Tan sólo había una casa que me parecía conocida en esa desolada comarca, sin cesar, me veía recorriendo en un ir y venir por los recovecos más inextricables. Cansado de caminar entre piedras y zarzales buscaba algunas veces un camino más suave por la senda de los bosques. ¡Me esperará allá!, pensaba, de repente una campanada sonó...
¡Es demasiado tarde! – dije – e inmediatamente me respondieron unas voces:
¡Ya la has perdido! Una noche profunda se extendió sobre mí, la casa brillaba en la lejanía, estaba iluminada como si estuviera celebrándose en ella una fiesta, repleta de huéspedes que sí habían llegado a tiempo. ¡ya la he perdido! – gritaba – ¿y por qué?... Entiendo, ella ha hecho un último esfuerzo para salvarme y he faltado ha ese momento supremo donde aún era posible el perdón.
Desde lo alto del cielo ella podía rezar por mí, el esposo divino... ¿De todas formas qué importa ahora mi salvación? ¡El abismo ha recibido a su víctima!... ¡Ella se ha perdido para mí y para todos!...
Me parecía verla como a través del resplandor de un trueno, pálida y moribunda, arrastrada por sombríos caballeros... El grito de dolor y rabia que lancé en ese instante me despertó perturbado.
– ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Por ella y sólo por ella! ¡Dios mío perdonad! – Lloraba mientras me colocaba de rodillas.
Era de día, por un impulso que me es difícil describir, determiné, de pronto, destruir los dos papeles que había sacado la noche anterior del cofre: La carta, ¡Ay!, la carta que releía empapándola de lágrimas y el fúnebre papel que indicaba el sitio donde se hallaba la tumba en el cementerio. ¿Debo buscar su tumba ahora? Me preguntaba, pero debí hacerlo ayer, así que la fatalidad de mi sueño no es más que el reflejo de mi desdichada jornada.

III

El fuego devoró esas reliquias de amor y muerte, que se reanudaban en las fibras más dolorosas de mi corazón. Fui a pasear, absorto en mis penas y remordimientos tardíos, al campo buscando en la caminata y la fatiga el estupor del pensamiento, la certeza, quizá, de un sueño menos nefasto para la noche siguiente. Con esta idea que me había fraguado respecto al sueño, veíalo como un canal que le permite al hombre la posibilidad de comunicarse con el mundo de los espíritus, esperaba... esperaba... ¡esperaba todavía! Quizás Dios se contente con este sacrificio... – En este punto me detuve – Había demasiado orgullo en tratar de pretender que el estado de ánimo en que me hallaba se debía solamente a un recuerdo amoroso. Digamos más bien, que tal vez involuntariamente evitaba los remordimientos más graves de una vida insensatamente disipada, donde el mal había triunfado con bastante frecuencia, y donde yo no reconocía mis errores sino cuando sentía encima la desgracia. De igual forma, ya no me parecía digno pensar en aquella, la cual osaba perturbar en la muerte; no obstante de haberla afligido también durante su vida, pidiéndole una última mirada de clemencia a su dulce y santa piedad.
En la noche siguiente, no pude conciliar el sueño sino por breves instantes. Una mujer que me había atendido en la juventud, me apareció en sueño y me reprochaba una falta que había cometido en otro tiempo, la reconocí, aunque me parecía más vieja que desde las últimas ocasiones en que la había visto. Eso me dio pie para pensar que me había portado negligentemente con ella, por no haberla visitado en sus últimos momentos. Me parecía que decía: Tú no has llorado a tus parientes, así tan profundamente como lo has hecho con esa mujer. ¿Cómo esperas recibir el perdón? El sueño se volvió confuso; los rasgos de las personas que había conocido en distintas ocasiones, pasaron rápidamente ante mis ojos, desfilaban, resplandecían, palideciendo y reflejándose como los granos de un rosario cuyo cordón se hubiese roto.
Vi inmediatamente imágenes difusas de la antigüedad que iban formándose hasta que se completaban pareciendo representar símbolos de los cuales yo no podía interpretar totalmente, solamente tenía una vaga idea de su significado, en resumen, eso parecía indicarme lo siguiente: « Todo esto se ha representado para enseñarte el secreto de la vida y tú no lo has comprendido.
Las religiones y las fábulas, los santos y los poetas se han puesto de acuerdo para explicar el enigma fatal, y tú lo has interpretado mal...ahora, ¡Es demasiado tarde!
Me levanté diciéndome: ¡Es mi último día!
Con diez años de intervalo, las primeras ideas que pergeñé en este relato, volvían a mí más vivas aún y más amenazantes. Dios me había otorgado ese tiempo para que me arrepintiera y yo no lo había aprovechado en lo más mínimo.
-Luego de haber comparecido ante el ―Convidado de Piedra‖ ¡Fui capaz de volver al festín!



IV
La impresión que me dejaron aquellas visiones y esas reflexiones que me conmovían en mis horas de soledad me pusieron en un estado de ánimo tan deprimido que me sentía perdido, todos los hechos de mi vida se me revelaban desde el punto más desfavorable y abismado en una especie de examen de conciencia, la memoria me representaba los hechos más remotos con absoluta claridad. No sé que falso pudor me impidió presentarme ante el confesionario, el temor, quizá, de involucrarme con los dogmas y prácticas de una religión temible, contra determinados principios de los cuales conservaba ciertos prejuicios filosóficos. Mi juventud estuvo impregnada de las ideas resultantes de la revolución, mi educación había sido demasiado libre, mi vida demasiado errante, como para que yo aceptase tan fácilmente un yugo, que en muchos aspectos, ofendería a mi razón. Me estremecí al pensar la clase de cristiano que sería si he tomado tales principios, inculcados por las ideas del libre pensamiento de los dos últimos siglos, y además el estudio que he realizado de las diversas religiones no me dejarían caer en ese abismo.
Nunca conocí a mi madre, que se empeñó a seguir a mi padre al ejército, así como lo hacían las mujeres de los antiguos germanos, ella murió por causa de la fatiga y la fiebre en una fría comarca de Alemania y mi padre, ni siquiera él, pudo dirigir mis incipientes ideas.
El país en el cual me formé estaba lleno de leyendas extrañas y de grotescas supersticiones. Uno de mis tíos influyó mucho sobre mí fomentando mi educación, coleccionaba, para distraerse, antigüedades romanas y celtas, las cuales encontraba algunas veces en su propiedad o en los alrededores, eran imágenes de dioses y emperadores que su admiración de erudito me hacía venerar y aprendía de sus libros las respectivas historias. Cierto Marte de bronce dorado, una Palas o Venus con arnés un Neptuno y un Anfitrite esculpidos sobre la fuente del caserío, y sobretodo, la opulenta y voluminosa figura barbuda de un dios Pan sonriente en la entrada de una gruta, entre los festones de aristoloquia y de hiedra se encontraban los dioses domésticos y protectores de ese apartado pueblo.
Debo reconocer que me inspiraban más respeto y veneración que las imágenes cristianas de la iglesia y que esos santos deformes de su fachada, que ciertos sabios pretendían relacionar con el Esus y Cernunus de los galos. Confuso entre tantos símbolos diversos, un día le pregunté a mi tío que quien era Dios.
«Dios es el Sol»,- me contestó - esa era la convicción más íntima de un hombre honrado que había vivido inmerso en el cristianismo toda su vida, pero que había atravesado por los acontecimientos de la Revolución, y además pertenecía a un pueblo donde todos tenían misma idea de la divinidad, sin embargo, eso no impedía que las mujeres y los niños fuesen a la iglesia, de modo que, le pedí a una de mis tías que me instruyera al respecto para así comprender las bellezas y las grandezas del cristianismo. Después de 1815 un inglés que se encontraba en nuestro país me hizo aprender el sermón de la montaña y me obsequió un Nuevo Testamento... Hago mención de todas estas anécdotas solamente para señalar la causa de cierta irresolución que será posible detectar en mí unida al más pronunciado espíritu religioso. A continuación quiero explicar cómo, desviado durante largo tiempo del camino verdadero, retorne a él guiado por el amado recuerdo de una persona muerta, y cómo la necesidad de creer que ella aún existía hizo que regresase a mi espíritu precisamente aquellos sentimientos y sensaciones que me procuraban las muchas verdades que yo no había acogido aún firmemente en el espíritu.
El desespero y el suicidio son el resultado de ciertas situaciones fatales, para quien no tiene fe en la inmortalidad, en sus penas y alegrías:
— Creí haber hecho algo bueno y provechoso enunciando ingenuamente la sucesión de las ideas por las cuales volví a encontrar reposo y renovadas fuerzas, en contraste, con las futuras desgracias de la vida.
Las visiones que se produjeron durante mi sueño me habían sumido en un desespero tal que apenas y podía hablar; el círculo de mis amigos no me animaba, pues, sólo aportaban una vaga distracción, ya que mi espíritu entregado a esas ilusiones, se oponía a la menor concepción que lo contradijera; ni siquiera podía leer y comprender diez líneas de seguido.
Me decía cosas para tranquilizarme: ¡Qué importa eso ya no existe para mí!. Sin embargo, uno de mis amigos, llamado Georges; trataba de vencer mi desaliento, me llevaba a diversas comarcas de los alrededores de París, consentía quedarse hablando solo, mientras que yo, no le respondía sino algunas frases incoherentes.
Su expresivo rostro y su figura casi de cenobita, dieron un día un gran sentido a los elocuentísimos argumentos que se le ocurrieron en contra de los años de escepticismo y abatimiento político y social que sobrevenían a la Revolución de Julio. Yo fui uno de los jóvenes de esa época y había sufrido sus ardores y amarguras. Sentí un estremecimiento en el alma, pues, me decía, que tales lecciones no podían haber sido fortuitas, es decir, no, sin que la Providencia pusiera de manifiesto alguna intención en ese hecho, y sin duda alguna, algún espíritu se pronunciará por medio de su divina intervención...
Un día cenábamos bajo un emparrado, en una pequeña ciudad en los alrededores de París; una mujer se aproximó a cantar en la mesa, y no sé qué, en su voz ajada pero armoniosa, me recordó a la voz de Aurelia. La observé: Sus rasgos tampoco dejaban de tener algún parecido con aquéllos que tanto amé; ella se fue, y yo no osé detenerla, sin embargo me decía: «¡Quién sabe si su espíritu no se halla en esta mujer!» y ese pensamiento me hizo sentir feliz por la limosna que le había dado. Me dije: «He abusado mucho de la vida, pero si los muertos pueden perdonar, es sin duda con la condición de que uno se abstenga de todo mal, y que se enmienden todos los errores y prejuicios que se hayan ocasionado. ¿Eso podría ser posible?... desde este momento de reincidir en el mal resarciremos lo equivalente de todo aquello que pudiéramos deber.»
Había cometido una falta en contra de una persona, no era más que una simple negligencia, sin embargo, me decidí comenzar por allí y fui a pedir disculpas. La alegría que recibí de dicha enmienda, me proporcionó un gran bienestar; tenía, desde ese entonces, un motivo para vivir y para actuar, volví, pues, a tomar interés por el mundo. No obstante, surgieron las dificultades: Inexplicables acontecimientos parecían encontrarse en detrimento de la buena resolución que había tomado. La situación en la que se hallaba mi espíritu me hacía imposible llevar a cabo una serie de trabajos que había convenido.
Desde ese entonces, creyéndome circunspecto, me volví más exigente y como había renunciado a la mentira y al engaño, algunas veces fui sorprendido por personas que no reparaban en hacer uso de tales vicios. La cantidad de enmiendas que debía hacer me abrumaban a razón de mi impotencia. Los acontecimientos políticos actuaban indirectamente, tanto como para afligirme como para impedir la vialidad de poner orden a mis asuntos.
La muerte de uno de mis amigos terminó por completar mi desaliento; recordé con amargo dolor su casa, los cuadros que me había mostrado un mes antes; pasé por su ataúd en el instante en que se sellaba. Como él era contemporáneo conmigo y teníamos la misma edad, se me ocurrió: «¿Qué pasaría si muriera así de repente?».
El domingo siguiente, me levanté presa de un pesar lleno de melancolía, de modo que decidí ir a visitar a mi padre; su criada estaba enferma, parecía tener escrofulosis, por tanto, quiso ir él solo a buscar leña a su granero, y yo no pude ayudarlo más que colocando la leña donde era necesario. Salí consternado.
Encontré por la calle a un amigo, que quería convidarme a cenar en su casa para que así me distrajera un poco. Sin embargo, no acepté y con el estomago vacío me dirigí a Montmartre. El cementerio estaba cerrado, cosa que me pareció un mal presagio. Un poeta alemán me había dado algunas páginas para traducirlas y me dio, de antemano, una parte de la suma que pagaría por el trabajo, así que, tomé el camino hacia su casa para regresarle el dinero.
Al pasar por la palizada de Clichy, fui testigo de una disputa, traté de separar a los combatientes, pero no lo logré. En ese momento, un obrero muy alto pasó por la plaza, allí donde había tenido lugar la riña, llevaba sobre el hombro izquierdo a un niño que vestía de color jacinto. Imaginé que se trataba de San Cristóforo acarreando el Cristo, y que sería castigado por haber fallado irremisiblemente en la escena hace poco suscitada. A partir de entonces, vagué, presa de la desesperación, por los terrenos baldíos que separaban al suburbio de la palizada; se había hecho muy tarde para realizar la visita que había planeado, de modo que regresé atravesando diversas calles hasta llegar al centro de París.
Cerca de la Rue de la Victoire, me encontré con un sacerdote, y hallándome en tal desequilibrio, quise confesarme con él. Me dijo que no pertenecía a esa parroquia y que debía ir por la noche a casa de una persona; que, de todos modos, si quería podía consultarlo el día siguiente en Nôtre-Dame, que solamente debía preguntar por el padre Dubois.
Llorando, desesperado, me dirigía hacia Nôtre-Dame de Lorrete, donde iría a arrojarme al pie del altar de la Virgen, pidiendo perdón por mis faltas. Algo en mí respondía: «La virgen está muerta y tus plegarias son inútiles». Fui a ponerme de rodillas en los últimos puestos del coro, e hice deslizar de mi dedo una sortija de plata, cuyo engaste tenía grabado estas tres palabras árabes: ¡Allah, Mohamed, Ali! De pronto, muchas bujías se encendieron en el coro y se da comienzo a un Ángelus, al cual trataba de unirme espiritualmente. Cuando se oraba el Ave María, el padre la interrumpía a la mitad y volvía a comenzar, esto sucedió sucesivamente durante siete oportunidades, sin que yo pudiese buscaren la memoria las palabras que seguían; se terminó de inmediato la plegaria, y el padre dio un sermón que parecía aludirme totalmente; cuando todo culminó, me levanté y salí dirigiéndome hacia Les Champs Élysées.
Llegué a la Place de la Concorde, mi pensamiento era aniquilarme, luego de pensarlo mucho, me dirigí al Sena, pero algo me impidió llevar a cabo mi idea. Las estrellas brillaban en el firmamento; de repente, me pareció que se apagaban todas a la vez, así como las bujías que había visto en la iglesia, creí que el tiempo había llegado a su límite, y que nos llegaría el fin del mundo anunciado en el Apocalipsis de San Juan, creí ver un sol negro en el cielo desértico y un globo rojo lleno de sangre justo por encima de los tejados. Me dije: «La noche eterna comienza, y va a ser espeluznante ¿Qué sucederá cuando los hombres se percaten que ya no está el Sol?» Regresé por la Rue Saint Honoré y me condolía de los simples campesinos que veía. Llegué al Louvre, caminé hasta la plaza, y allá, un extraño espectáculo aguardaba por mí.
A través de nubarrones, barridos rápidamente por el viento, vi muchas lunas que pasaban a gran velocidad, pensé que la tierra se había salido de su orbita y que erraba en el firmamento como un navío desarbolado, acercándose o alejándose de las estrellas que se agrandaban o disminuían poco a poco.
Durante dos o tres horas contemplé ese Caos y terminé dirigiéndome hacia los lados del mercado, los campesinos llevaban sus mercancías, y yo me preguntaba: «¿Cuál será su sorpresa cuando vean que la noche se prolonga?». Entretanto, los perros ladraban aquí y allá y los gallos cantaban.
Muerto de fatiga, regresé a mi casa, y me arrojé en mi cama; cuando desperté, me sorprendí de volver a ver la luz. Una especie de coro misterioso llegó hasta mis oídos; voces infantiles repetían al unísono: ¡Cristo!,¡Cristo!, ¡Cristo!... pensé que se habían reunido en la iglesia vecina (Nôtre-Dame des Victoires) un gran número de niños para invocar a Cristo. «pero el Cristo ya no existe – me dije – ¡ellos aún no lo saben!».
La invocación duró cerca de una hora, por fin, me levanté y fui debajo de las galerías del Palais Royal, y me dije que probablemente el sol aún había conservado suficiente luz para iluminar la tierra durante tres días, pero que la irradiaba de su propia sustancia, y en efecto, lo vi frío y palidecerte. Apacigüé el hambre con un poco de pastel, para así ganar fuerzas e ir hasta la casa del poeta alemán, le dije que todo terminaría y que era necesario prepararnos para morir. Él llamó a su mujer, que me dijo: «¿Qué tiene Ud.?, – no lo sé – le dije, estoy perdido» Ella envió por un coche de punto, y una joven me condujo a la casa Dubois.


V

Una vez allá mi mal tomó otros nuevos matices; al cabo de un mes ya me había restablecido; así que, durante los dos meses siguientes retomé mi peregrinación por los alrededores de París.
El viaje más largo que haya realizado ha sido para visitar la catedral de Reims. Me puse a escribir y poco a poco tuvo a lugar la composición de de mis mejores novelas. Sin embargo, escribía a duras penas, casi siempre con lápiz, sobre hojas sueltas, siguiendo el hado de la imaginación y del ensueño o determinadas circunstancias del viaje. Las correcciones me mantenían ocupado. Poco días después de haberlo publicado, me sentí presa de un insomnio persistente, entonces iba a pasearme por las colinas de Mont Martre durante toda la noche y allí permanecía para ver despuntar el sol, luego; conversaba dilatadamente con los campesinos y obreros. Después decidí dirigirme hacia el mercado donde tuve una acalorada discusión con un desconocido, al cual, le propiné un fuerte bofetón; no sé cómo ese hecho no trajo consigo ninguna secuela. A una hora determinada escuché el sonar del reloj de Saint Eustache, y esto hizo volar mi imaginación y me puse a pensar en las luchas entre los Borgoñeses y los Armañacs, entonces creí ver a mi alrededor fantasmas de los guerreros de esa época. También armé una querella con un cartero que llevaba sobre el pecho una placa de plata y del cual me figuraba que se trataba del Duque Jean Bourgne, quería pues impedirle entrar a un cabaret; debido a una extravagancia de mi parte que ni siquiera podría explicar, viendo que le amenazaba de muerte, su rostro se cubrió de lágrimas, entonces, me sentí conmovido y le dejé pasar.
Luego me dirigí hacia las Tuileries, las cuales estaban cerradas; entonces seguí el borde del muelle e inmediatamente llegué a Luxemburgo, sin embargo, me regresé para desayunar con un amigo, a continuación fui hacia Saint Eustache, donde me arrodillé piadosamente en el altar de la Virgen pensando en mi madre, las lágrimas que derramaba sosegaban mi alma, y saliendo de la iglesia compré un anillo de plata, de allí fui a visitar a mi padre pero estaba ausente, así que, le dejé un ramo de margaritas. Entonces decidí ir al Jardin des Plantes, había mucha gente, sin embargo, permanecí allí observando los hipopótamos que se bañaban en un estanque. Luego fui a visitar las galerías de osteología; al observar aquellos monstruos que resguardaban, pensé en el diluvio y cuando salí un pavoroso aguacero caía en el jardín. Me dije: «¡Qué desgracia! Todas esas mujeres, todos esos niños, ¡van a empaparse!...» pero al rato me dije.«¡Pero es más todavía! ¡porque ahora comienza el verdadero diluvio!» El agua bajaba por las calles anexas, así que me fui corriendo por la calle Saint Victor y aún inmerso en la idea de detener lo que me figuraba era el diluvio universal, lancé la sortija que había comprado en Saint Eustache al charco más profundo que hallé, no obstante, casi en ese mismo instante la tormenta cesó y un rayo de sol comenzó a brillar.
La esperanza regresó a mi alma; tendría una cita con mi amigo Georges dentro de cuatro horas, así que me dirigí a su casa, de pasada me detuve en la casa de un marchante de curiosidades, le compré dos cortinas de terciopelo estampadas con figuras jeroglíficas, éstas me parecieron la consagración de la absolución de los cielos; llegué a la casa de Georges a la hora convenida y le confié mi esperanza; estaba empapado y cansado, me cambié de ropa y me acosté en su cama. Durante mi sueño, tuve una visión maravillosa, me pareció ver a una diosa presentarse que me decía: «Soy María, tu propia madre, y también soy esa misma, que bajo diversas formas, han amado y a cada una de tus penas la he despojado de las máscaras en las cuales encubro mi rostro, sin embargo, pronto me verás tal cual soy.»
Un hermoso vergel se dejaba entrever tras las nubes situadas a su espalda, una luz suave y penetrante iluminaba ese paraíso, empero, escuchaba solamente su voz, sin embargo me sentía sumergido en un embelesante hechizo. Poco después me desperté y le dije a Georges: «salgamos»; mientras atravesamos el Pont des Arts, le expliqué acerca de las migraciones de las almas, le dije: «Me parece que esta noche, poseeré el alma de Napoleón quien me inspirará y me asignará grandes proezas». En la Rue du Coq, compré un sombrero y mientras Georges esperaba el cambio de la moneda de oro que había puesto sobre el mostrador, yo seguí mi camino y llegué a las galerías del Palais Royal. Allí me pareció que todo el mundo me observaba, entonces, una idea persistente se alojó en mi espíritu, y era que ya no habían más difuntos, así que recorrí la galería de foi, diciendo: «He cometido un error» sin embargo, no sabía que un error hablaba, por más consultara la memoria, que a la sazón yo asumía como la de Napoleón... «¡Sí, algo hay que aún no he pagado en algún lugar!» – decía – entré luego al café de Foi con esta idea aún latente y me figuré ver en uno de los clientes al padre Bertin, el del Journal des Debates; luego atravesé el jardín y me llamó la atención una ronda de jovencitas, las cuales me quedé admirando. De allí; salí de las galerías y me dirigí a la Rue Saint Honoré; entré en una tienda para comprar un cigarro, y cuando salí, la muchedumbre estaba tan agolpada que por poco me asfixio, tres de mis amigos me sacaron de allí respondiendo a su fidelidad y me hicieron entrar a un café mientras que uno de ellos fue a buscar un coche de punto. Me llevaban al hospicio de la Caridad.
Durante aquella noche, mi delirio iba en aumento y se acrecentó aún más cuando me percaté que estaba atado. No obstante, logré liberarme de la camisa de fuerza y ya a primeras horas de la mañana me paseaba por las salas. La idea de que me había convertido en algo similar a un dios y que poseía el poder para curar me llevó a colocar las manos sobre algunos enfermos y llegándome hasta una estatua de la Virgen; le arrebaté la corona de flores artificiales que llevaba puesta, pues, de esta manera creía ver aumentado el poder de curación que me había atribuido. Entonces, caminaba dando grandes pasos, criticando eufóricamente la ignorancia de los hombres que creían que sólo podían curarse las enfermedades con el poder de la ciencia; y viendo sobre la mesa un frasco de éter, lo bebí de un solo trago; un asistente del hospicio, el cual le atribuía los rasgos de un ángel, quiso detenerme, pero la fuerza de la sobreexcitación nerviosa me respaldaba y solo me detuve cuando estaba a punto de vaciar todo el contenido del frasco, explicándole que él no comprendía que esa era mi misión, entonces vinieron unos médicos y continué con el discurso sobre la impotencia de su arte, luego bajé descalzo por unas escaleras.
Llegué ante un arriate, entré y recogí algunas flores a medida que paseaba por el césped.
Uno de mis amigos había regresado para buscarme; entonces salí del arriate y mientras conversaba con él me iban colocando una camisa de fuerza, después me hicieron subir a un simón y me condujeron a un sanatorio a las afueras de París. Comprendí, viéndome en medio de alienados, que, hasta ese entonces, todo no había sido para mí más que pura ilusión. No obstante, las promesas que atribuí a la diosa Isis parecían haberse concretado, sobretodo, debido a una serie de pruebas que el destino me había colocado para que las asumiera. Así que las acepté resignadamente. En el sitio de la casa donde me encontraba se podía apreciar un gran pasillo sombreado por un nogal; en otro ángulo se veía una pequeña cabaña donde todos los días uno de los reclusos se paseaba de un lado al otro, otros se limitaban, al igual que yo, a recorrer el terraplén o la terraza orlada por un talud de césped y en una pared situada al oeste, estaba representado algunas figuras una de ellas representaba a la luna, era un dibujo geométrico que tenía ojos y boca, y sobre esa misma figura había esbozado una especie de máscara; la pared de la izquierda presentaba otros dibujos de los cuales uno parecía una especie de idolillo japonés, algo más lejos aparecía la cabeza de un muerto hondonada en la escayola; en la parte opuesta había dos piedras de gran tamaño, habían sido esculpidas por alguno de los huéspedes del jardín y representaba a unas mascarillas muy bien logradas. Dos puertas daban hacia el sótano y yo me imaginaba que de allí surgían voces subterráneas parecidas a las que había escuchado en la entrada de las pirámides.

VI

Desde el primer momento pensé que las personas reunidas en es jardín, tenían todos alguna influencia sobre los astros y en especial sobre aquel que gira sin cesar sobre su propio eje, donde se rige la marcha del sol.
Un anciano; el cual cambiaban de posición a determinadas horas del día, hacia nudos consultando su reloj, me parecía, pues, que estaba encargado de vigilar el paso del tiempo. A mí mismo atribuía un poder que influía sobre la marcha de la luna y creía que este astro había sido tocado por un rayo divino trazando sobre su faz la huella de la máscara que había observado anteriormente. A las platicas que sostenía con los guardias y mis compañeros les daba un sentido místico; creía que ellos eran los representantes de todas las razas de la tierra y que todos teníamos un objetivo en común: se trataba de cambiar, entre nosotros, el curso de los astros y así dar mayor agilidad al sistema. Se nos había escapado un detalle, a mi parecer, un error en la combinación general de los números, y me figuraba que de ahí provenían todos los males de la humanidad.
Aún pensaba que los espíritus celestes habían tomado formas humanas y que asistían a esta asamblea general, sin embargo, no dejaban de desempeñar sus tareas comunes. El objetivo que debía llevar a cabo, según mi parecer, era restablecer la armonía universal por medio del arte cabalístico y determinar una solución evocando las fuerzas ocultas de las diversas religiones.
En otro corredor, también disponíamos de unas salas cuyas vidrieras trazadas perpendicularmente daban hacia un horizonte verdoso. Detrás de estos ventanales contemplaba la línea de las edificaciones que estaban al exterior, veía como si se multiplicaran sus fachadas y ventanas en mil pabellones ornamentados con arabescos sobrepujados con festones y agujas, me hacían recordar los templetes imperiales que rodean el Bósforo.
Eso naturalmente, condujo mi pensamiento a posarse sobre cavilaciones acerca de temas orientales. Estuve bañándome más o menos cerca de dos horas y me figuraba que estaba siendo atendido por las Valkirias, hijas de Odín que querían otorgarme la inmortalidad, despojándome, poco a poco, de las impurezas del cuerpo.
Entrada la noche, me paseaba serenamente bajo los rayos de la luna y de pronto al levantar los ojos hacia los árboles me pareció ver que las hojas se doblaban formando caprichosamente imágenes de damas y caballeros llevados por caballos en armaduras; éstas representaban para mí: las triunfantes efigies de los ancestros. Este pensamiento me conllevó a otro, el cual era de que existía un gran acuerdo por parte de todos los seres vivos para restablecer el mundo a su prístina armonía y que las comunicaciones entre sí se daban gracias al magnetismo de los astros y que una cadena ininterrumpida agrupaba al derredor de la tierra a las inteligencias consagradas a dicha comunicación universal, y que los cantos, las danzas, las miradas imantadas que se acercaban cada vez más formaban parte y conllevaban al mismo objetivo. La luna era para mí el refugio de las almas fraternas que habían logrado deshacerse de sus cuerpos físicos, trabajando, de este modo, con mayor denuedo en la regeneración del universo. Para ese entonces, a mí me parecía que el tiempo aumentaba dos horas cada jornada; de manera que cuando me levantaba de acuerdo a la hora establecida por los relojes del sanatorio, no hacía otra cosa que pasearme por el imperio de las sombras: mis compañeros aún dormitaban, por tanto, me parecían espectros del Tártaro que despertaban a la hora que, según mi parecer, salía el Sol; entonces, saludaba ese astro con una plegaria y daba comienzo a mi vida real.
Desde el momento en que me convencí del tema en que estaba sumido: las pruebas de la sagrada iniciación, una fuerza invisible penetró mi espíritu, me juzgaba como si fuese un héroe aún vivo protegido bajo la mirada de Dios; toda la naturaleza tomaba nuevos aspectos y voces ocultas provenían de las plantas, de los árboles, de los animales y hasta del más insignificante insecto para advertirme y darme valor. Al lenguaje de mis compañeros le hallaba un giro extraño pero que podía captar muy bien su sentido los objetos, desfigurados, y los inanimados se obedecían a sí mismos y al dictamen de mi espíritu; y de las combinaciones de los guijarros, de las figuras angulosas, de las grietas y aberturas, de los festones, de las hojas, de los colores, de los olores y sonidos, sentía surgir melodiosas armonías hasta entonces desconocidas. «¿Cómo – me decía – he podido existir durante tanto tiempo desconectado de la naturaleza y sin haberme identificado con ella? Todo vive, todo actúa, todo se corresponde. Los rayos magnéticos emanados de mí mismo o de los demás atraviesan sin obstáculo la cadena infinita de las cosas creadas. Se trata de una red transparente que cubre el mundo, y cuyos desligados hilos se comunican progresivamente hasta los planetas y las estrellas. ¡Aunque en este momento me halle anclado a la tierra converso con el coro de los astros, los cuales toman parte de mis alegrías y penurias!...
De inmediato me puse a temblar conjeturando que ese misterio podía tener visos sorpresivos. «Si la electricidad – cavilaba – que es magnetismo de los cuerpos físicos, puede asumir una dirección por determinadas leyes impositivas, entonces, con mayor razón los espíritus imperativos y hostiles pueden avasallar las inteligencias y servirse de sus fuerzas divididas para un objetivo tiránico. Seguramente, fue de esta manera como los antiguos dioses han sido derrotados y esclavizados por otros nuevos; es así – continué razonando, sirviéndome de mis conocimientos del mundo arcaico – como los nigrománticos dominaron pueblos enteros, cuyas generaciones permanecieron cautivas bajo el dominio de un cetro eterno.» ¡Oh infortunio! ¡Ni siquiera la mismísima Muerte puede arrostrarlos! Pues resucitamos en nuestros hijos asimismo como hemos vivido en nuestros padres, - y la ciencia despiadada, como nuestros enemigos, sabrá reconocernos en cualquier lado. La hora de nuestro nacimiento, el lugar, las primeras gesticulaciones, el nombre, la residencia, y todas esas consagraciones y ritos que se nos impone, todo eso establece una cadena auguriosa o fatal del cual depende completamente nuestro porvenir; pero si eso ya de por sé es terrible más aún será el hecho que, tan sólo a través de los cálculos humanos, comprenderán lo que forzosamente debe ir vinculado a las fórmulas misteriosas que establecen el orden de los mundos.
Se ha proclamado con justa razón: Nadie es indiferente, nada es impotente en el universo; un átomo puede disolverlo todo, ¡Un átomo puede salvarlo todo! ¡Oh terror! He aquí la eterna distinción entre el bien y el mal «¿Mi alma es una molécula indestructible, un glóbulo lleno de un poco de aire, empero reencuentra su lugar en la naturaleza, o es el vacío mismo una imagen de la nada que se desvanece en la inmensidad? ¿O será quizás, por el contrario, la partícula fatal destinada a sufrir, bajo todas sus transformaciones la venganza de los seres poderosos?»
De esta forma me vi obligado a reflexionar en cuanto a mi vida, así como también de mis vidas pasadas. Si probaba que era bondadoso, seguramente es porque siempre he debido serlo «Y si he sido malvado, - me decía - ¿será, quizá, la vida que llevo hasta este momento suficiente expiación?» Este pensamiento me tranquilizó, sin embargo no me quitó el temor de estar por siempre inscrito entre los desgraciados.
Me sentía como inmerso en un baño de agua fría, y agua más fría todavía chorreaba sobre mi frente.
Entonces dirigí mi pensamiento a la eterna Isis, la madre y esposa sagrada; todas mis aspiraciones, todas mis plegarias se confundían en ese nombre mágico, me sentí como si resucitara en ella, e incluso algunas veces ella se me aparecía tomando la forma de la antigua Venus y en ocasiones también con los rasgos de la Virgen de los cristianos. La noche hizo más visible esta preciada aparición, lo cual me llevó a pensar: «¿Podrá ella sentirse derrotada, afligida quizá, a causa de sus hijos?» Pálido y languidiciente disminuía el creciente de la luna noche tras noche, parecía más bien desaparecer; ¡Quizá ya no volveremos a verlo más en el cielo! Sin embargo, me parecía que este astro era el refugio de todas mis almas fraternas y la observaba poblada de lastimeras sombras que eran destinadas a resucitar algún día sobre la faz de la tierra...
Mi habitación se hallaba al extremo de un corredor, asediado en un lado por los enfermos mentales y en el otro por las domésticas del sanatorio, sólo mi habitación tenía el privilegio de tener una ventana que diera al patio, el cual estaba cubierto de árboles que servían de parque durante el día.
Mis miradas se posaban plácidamente sobre un frondoso nogal y sobre dos moreras chinas; abajo se podía ver, aunque vagamente, una calle bastante frecuentada, por el oeste, podía entrever, a través de unas rejas verdes, como se extendía el horizonte; había una especie de cubil con verdes ventanas o barrotes cubiertos de hiedras, arambeles secándose y de allí de vez en cuando se veía surgir algún perfil de una joven o a veces el de una vieja criada y otras tantas la rubicunda cabeza de un niño. Vociferaban, cantaban, reían a carcajadas, eso era maravilloso o triste escucharlo según fueran las impresiones que me causaban.
En aquella habitación me volví a encontrar con las ruinas de mis diversas fortunas, con los confusos restos de los varios mobiliarios dispersados o revendidos a lo largo de veinte años. Se trataba de un cajón de sastre como el del doctor Fausto, una antigua mesa trípode adornada con cabezas de águilas, una consola que estaba sostenida por una esfinge alada, una cómoda del siglo XVII, una biblioteca del XVIII, una cama de la misma época, cuyo baldaquín poseía un cielo ovalado, estaba revestido por una seda roja (aunque no se pudo armar este último), una rústica, y ciertamente bastante deteriorada, repisa que sostenía, en su mayoría, lozas y porcelanas del Sèvres ; una pipa turca traída de Constantinopla, una gran copa de alabastro, un jarrón de cristal, paneles artesonados provenientes de la demolición de una vieja casa en la cual yo había residido y que estaba ubicada en el emplazamiento del Louvre, cubierta de pinturas mitológicas ejecutadas por amigos pintores que hoy día son célebres y además por dos lienzos gigantes al estilo de Prudh’on que representaban a la musa de la historia y de la comedia.
Durante algún tiempo me estuve ordenando todo aquello, creando en la buhardilla una extraña mezcla entre cabaña y palacio, el cual resumía bastante bien mi errante existencia. Coloqué en lo alto de la cama mis vestimentas árabes, mis dos cachemires zurcidas a máquina, una cantimplora viajera, una zurradera de cazador. Sobre la biblioteca desplegué un gran plano del Cairo. En una consola de bambú alineada con la cabecera de mi cama sostenía una bandeja barnizada proveniente de India, en ella colocaba mis utensilios de tocador.
Me reencontré con alegría con aquellos humildes restos de mis años transcurridos alternativamente entre riquezas y miserias, allí pude recoger todos los recuerdos de mi vida. Solamente había colocado aparte un cuadro elaborado sobre cuero; al estilo de Correggio que representaba a Venus y el Amor, unos entrepaños de cazadoras y sátiros y una flecha que había conservado como recuerdo de las compañías de arqueros de Valois, de las que había formado parte durante mi juventud. Las armas se vendieron una vez promulgadas las nuevas leyes.
En resumen, me hallaba allí más cercano de todo aquello que había poseído, por último: mis libros, una ruma de ellos, los cuales contenían diversos temas; acerca de las ciencias de todas las épocas, historias, viajes, religiones, cábala y astrología. Retomé las lecturas de Pico della Mirandola, del sabio Meursius y de Nicolás de Cusa. La torre de Babel en doscientos volúmenes... ¡Todo eso estaba a mi disposición! Había, pues, material suficiente como para volver loco a un sabio; sería cuestión de tratar que también lo hubiera para volver sabio a un loco.
¡Con cuanta satisfacción pude dedicarme a clasificar en mis gavetas el cúmulo de mis notas y de mis correspondencias tanto intimas como privadas, ilustradas o sencillas, según las fueron recopilando la casualidad de mis encuentros o según la sucesión de los lejanos países que recorrí!
En rollos más protegidos que los demás encontré mis cartas en árabe, reliquias provenientes del Cairo y Estambul.
¡Oh dicha! ¡Oh mortal tristeza! Esas hojas amarillentas, esos borradores ilegibles, esas cartas medio arrugadas era el tesoro de mi único amor... Releámoslas...bien hacían falta algunas cartas, o bien otras estaban rotas o tachadas; sin embargo eso fue todo lo que encontré.
Una noche hablaba y cantaba sin parar, como si estuviese sumido en una especie de éxtasis, uno de los empleados del sanatorio fue a buscarme a mi celda y me hizo descender a una habitación de la planta baja, en donde me encerró. Yo continué con mi sueño, y aunque al principio me creía encerrado en una especie de templete oriental, examiné todas las esquinas y me percaté que tenía forma octogonal. Un diván se distinguía en torno a las paredes, y me parecía que estas últimas estaban conformadas por un grueso vidrio, al otro lado, desde cual veía el refulgir de brillantes tesoros, chales y tapices. Un paisaje iluminado por la luna se presentó ante mí a través de los barrotes de la puerta, y me pareció reconocer la figura de troncos, árboles y roquedales; pues me parecía haber vivido allí durante alguna otra existencia e incluso llegué a reconocer las profundas cavernas de Ellorah. Una luz azulada penetró paulatinamente al templete e hizo aparecer extrañas imágenes. Creí entonces que me encontraba en medio de una inmensa montaña de cadáveres o que la historia universal había sido escrita con letras de sangre. El cuerpo de una mujer gigantesca aparecía representado ante mí, sus diversas partes se veían zanjadas como por un sable; otras mujeres de distintas etnias y cuyos cuerpos se imponían cada vez más, conformaban sobre las demás paredes un cruento fárrago de miembros y cabezas contándose entre ellas a emperatrices y reinas hasta la más humilde de las campesinas. Era, pues, la historia de todos los crímenes acontecidos y sólo bastaba con fijar la mirada sobre tal o cual punto para ver allí esbozado un trágico cuadro. «He aquí – me decía – el producto del poderío otorgado a los hombres, ellos han destruido paulatinamente y destrozado en mil pedazos el arquetipo eterno de la belleza, sé bien que las razas van perdiendo cada vez más, fuerza y perfección...» y, en efecto, veía sobre un haz de sombra, que se filtraba por una hendija de la puerta, la generación descendiente de las razas del porvenir.
En fin, me desgarró esta sombría contemplación. La noble y compasiva figura de mi eximio doctor me hizo regresar al mundo de los vivos; él me convidó para que estuviera presente en un suceso que me interesó vivamente. Entre los enfermos se encontraba un joven, antiguo soldado del África, que, luego de seis semanas continuas, se negaba rotundamente a ingerir alimentos, así que, por medio de un largo tubo de caucho se le suministraba sustancias líquidas y nutrientes, además, no podía ver ni hablar. Tal fue el espectáculo que me impresionó de tal manera que, abandonado en el monótono círculo de mis sensaciones y mis penas morales, encontré a un ser indefinible, taciturno y paciente sentado como una esfinge en las sublimes puertas de la existencia. Comencé a quererlo a causa de su desgracia y de su abandono; me fortificó esta piedad y simpatía que sentía, me pareció que transitaba entre la vida y la muerte como un sublime interprete, como un confesor, predestinado a comprender esos secretos del alma que la palabra no podría transmitir o no lograría representar.
Era pues, el oído de Dios sin intervención alguna de un pensamiento ajeno. Pasé horas enteras examinándome mentalmente, la cabeza apoyada sobre la suya y sosteniéndole las manos, me parecía que un cierto magnetismo liaba a nuestros dos espíritus; me sentí impresionado cuando una palabra salió de su boca; ¡No se podía creer!, entonces atribuí a mi fervorosa voluntad el comienzo de su curación. Esa noche tuve un dulce sueño, el primero desde hacía un buen tiempo: —Estaba en una torre, profundamente soterrada y tan alta que llegaba hasta el cielo, tanto, que toda mi existencia parecía haberse consumido subiendo y descendiendo por ella, ya mis fuerzas se agotaban e iba a desistir, cuando, de pronto, una puerta lateral se abrió y un espíritu se presentó diciéndome: «¡ven hermano!»
No sé el porqué me vino la idea de que se llamaba Saturnino; tenía los rasgos del pobre enfermo, pero como transfigurados y más perspicaces. Estábamos en un campo iluminado por el esplendor de las estrellas, nos detuvimos a contemplar ese espectáculo y el espíritu extendía su mano sobre mi frente, asimismo como lo había hecho yo con mi compañero, cuando estaba despierto, tratando de magnetizarlo; de inmediato una de las estrellas que veía en el cielo comenzó a engrandecerse, y se apareció sonriente, la deidad de mis sueños, con un atuendo, que podría decirse era casi al estilo hindú, tal como lo había visto en otro tiempo. Ella caminó en medio de nosotros, y los prados comenzaban a enverdecer, las flores y las hojas se levantaban de la tierra siguiendo el rastro de sus pasos...
Entonces ella me dijo lo siguiente: «La prueba ala que estabas sometido ha llegado a su fin; aquellos innumerables peldaños en los cuales te agotaste bajándolos o subiéndolos eran a su vez los nexos de las antiguas ilusiones que obstruían tu mente y ahora acuérdate de aquel día que imploraste a la Santa Virgen, ese mismo día, el delirio se posesionó de tu espíritu. Solamente faltaba que tus ruegos fueran llevados por un alma sencilla y desprendida de los lazos de la tierra. Esa alma está ahora cerca de ti, y es por ello que se me ha permitido venir a mí misma para infundirte valor» La alegría que le proporcionó ese sueño a mi espíritu conllevó a que me levantara con un ánimo magnífico.
Comenzaba a despuntar el Sol y yo quería tener una señal palpable de aquella aparición que me había consolado, entonces escribí en la pared estas palabras:
— «Tú me has visitado esta noche» —
— Escribo aquí, bajo el título de Memorables, las impresiones de muchos otros sueños que siguieron a este que acabo de relatar. Memorables. Sobre un soberbio pico de Auvernia resonaba la canción de los pastores ¡Pobre María, reina de los cielos! A ti era a quien piadosamente se dirigían. Aquella rústica melodía llegó hasta los oídos de los coribantes; quienes salieron cantando, uno tras otro, de las grutas secretas donde el amor los cobijaba - ¡Hosanna! ¡Paz en la tierra y gloria en los cielos!
En las montañas del Himalaya una florecilla nació ¡No me olvides! La luminosa mirada de una estrella se posó por un instante sobre ella, y una respuesta se escuchó en un dulce y extraño lenguaje. - ¡Myosotis! Una perla plateada brillaba en la arena; una perla de oro resplandecía en el cielo... el mundo había sido creado. ¡Castos amores, divinos suspiros! ¡Inflamad la Santa Montaña... tenéis. pues, hermanos en los valles y tímidas hermanas ocultas en el seno de los bosques!
¡Oh embalsamados bosquecillos de Pafos! ¡No sois como esos retiros donde se respira a todo pulmón el aire vivificante de la patria - «¡Allá en lo alto, sobre las montañas/ el mundo vive ufano; /El silvestre ruiseñor/conforma toda mi alegría!» ¡Oh, qué hermosa es mi gran amiga! Es tan noble que perdonaría al mundo entero y tan bondadosa que me ha concedido el perdón...
La otra noche ella permanecía recostada, no sé en que palacio, y yo no podía ubicarla. Mi caballo, Alezan-Brûlé, flaqueaba agotado bajo mi peso; las riendas rotas volaban sobre su grupa sudada y me costó gran esfuerzo impedirle que se precipitara a tierra.
Esa noche el buen Saturnino vino a ayudarme, y mi noble amiga se colocó a mi lado montada sobre su yegua blanca ceñida en armadura de plata, entonces me dijo: «¡Valor hermano!, pues, esta es la última etapa» y sus grandes ojos devoraban el espacio mientras soltaba al aire su luenga cabellera impregnada con perfumes del Yemen. Reconocí, inmediatamente, en ella los divinos rasgos de *** . Queríamos el triunfo, y nuestros enemigos estaban a nuestros pies; la abubilla mensajera nos guiaba al más alto de los cielos y el arco luminoso resplandeció en las divinas manos de Apolión y el encantado cuerno de Adonis resonaba a través de los bosques.
«¡Oh Muerte! ¿Dónde se halla tu victoria, pues el Mesías victorioso cabalgaba entre nosotros?...» Su traje era de un color jacinto azufrado y los puños así como también las clavijas de los tobillos, refulgían cargados de diamantes y rubíes. Cuando con su ligera varilla tocó la nacarada puerta de Jerusalén, los tres nos vimos de repente inundados de luz, fue entonces cuando bajé entre los hombres para anunciarles la maravillosa noticia. He despertado de un dulcísimo sueño: He visto aquélla que amé radiante y renovada. El cielo se ha abierto en todo su esplendor y allí he leído la palabra «perdón» firmada con la sangre de Jesucristo.
Una estrella ha brillado y me ha revelado el secreto del mundo mortal. ¡Hosanna! ¡Paz en la tierra y Gloria en los cielos!
Desde lo más profundo de las mudas tinieblas han resonado dos notas, una grave y otra aguda – y el orbe eterno se ha puesto a girar súbitamente. ¡Oh bendita seas, oh primera octava que comienzas el himno divino!, de domingo a domingo cubres con tu mágica red todos los días. Los montes te cantan en los valles, las fuentes en las riveras, las riveras en los ríos y los ríos en el océano; el aire resopla, y la luz baña armoniosamente las flores nacientes.
Un suspiro, un temblor amoroso surge del henchido pecho de la tierra y el coro de los astros se expande al infinito; se aleja y vuelve sobre sí mismo, se contrae y se dilata, y en la lontananza siembra los gérmenes de las nuevas creaciones. Sobre la cima de un monte azulado una florecilla nació – No me olvides – la luminosa mirada de una estrella se posó un instante sobre ella, y una respuesta se escuchó en un dulce y extraño lenguaje. – ¡Myosotis! –
¡Maldito seas, Dios del Norte, - que destrozaste de un martillazo la mesa santa que estaba hecha con los siete metales más preciosos!, sin embargo, no has podido romper la Perla Rosada que reposaba en su centro, pues ella ha surgido del fuego, - y por ello estamos bajo su protección... ¡Hosanna! El macrocosmo, o gran mundo, ha sido creado por arte cabalístico; asimismo, el microcosmo, o pequeño mundo es su imagen reflejada en todos los corazones. La Perla Rosada ha sido manchada con la sangre real de las Valkirias. ¡Maldito seas, dios herrero, que has querido destruir todo un mundo! ¡ Sin embargo, el perdón de Cristo también se ha pronunciado para ti! Seas, pues, bendito incluso tú — Oh Thor, el gigante; el más poderoso de los hijos de Odín! ¡Seas bendito en Hela, tu madre, pues frecuentemente la muerte resulta dulce, y también en tu hermano Loki, y en tu perro Garmur! ¡Que la serpiente que oprime al mundo sea bendita también, pues afloja la presión de sus anillos y con sus fauces abiertas aspira la fragancia de la flor de anxoka, la flor azufrada, la esplendorosa flor del Sol.!
¡ Que Dios preserve al divino Balder, el hijo de Odín y de la hermana Friga!
Transportado espiritualmente, me hallé de nuevo en Saardam, lugar que había visitado el año pasado. La nieve cubría la tierra. Una pequeña niña caminaba deslizándose sobre la tierra endurecida y se dirigía, según creo, hacia la casa de Pedro el Grande. Su majestuoso perfil tenía algo de borbónico. Su cuello, era de una esplendorosa blancura, sobresalía apenas de una palatina de plumas de cisne, con su pequeña y rosada mano cubría del viento un candil encendido y se disponía a tocar en la verde puerta de la casa, cuando, de pronto, una gata lánguida que salía de adentro se le coló entre las piernas y la hizo caer. «¡Vaya, pero si sólo se trata de un gato!» dijo la pequeña levantándose.
«¡Un gato no carece de importancia!» le replicó una dulce voz. Yo presencié dicha escena, y en mi brazo llevaba un gatito gris que se puso a maullar. - «¡Es hijo de esa anciana hada!» - dijo la pequeña y luego entró a la casa. Esa noche, mi sueño tuvo lugar sobre todo en Viena, se sabe que en esa ciudad se han erigido en cada una de las plazas, grandes columnas que son llamadas «expiaciones».
Nubes marmóreas se acumulaban figurando el orden salomónico, soportando las esferas de donde, sentados, presiden las divinidades. De inmediato, ¡Oh maravilla! Me puse a soñar con aquella augusta hermana del emperador de Rusia, cuyo palacio imperial tuve ocasión de ver en Weimar. — Una mansedúmbrica melancolía dio pie para que me fijara en las coloridas brumas de un paisaje noruego iluminadas por un día grisáceo y agradable. Las nubes se volvieron de improviso transparentes y vi abrirse ante mí un abismo profundo donde se precipitaban tumultuosamente las flotas de la Báltica glacial. Parecía como si todas las azuladas aguas del río Neva debía engullirse por aquella fisura del globo.
Los navíos de Cronstadt y de San Petersburgo removían sus áncoras ya casi a punto de destrabarse y desaparecer en el remolino, pero de pronto, una luz divina iluminó esta escena de desolación.
Bajo el vivo rayo que atravesaba la bruma, vi aparecer de inmediato el peñasco que sostenía la estatua de Pedro el Grande ; sobre aquel sólido pedestal se agruparon nubes que se elevaban hasta el cenit; estaban repletas de radiantes deidades y celebridades, entre las cuales se distinguían las dos Caterinas y la emperatriz santa Helena, acompañadas por las más bellas princesas de Moscovia y Polonia, sus dulces miradas dirigidas hacia Francia, acortaban la distancia por medio de un largo telescopio de cristal.
De ello deduje que nuestra patria se convertiría en el arbitro de la querella oriental y que aguardan por una resolución.
Mi sueño concluyó con la dulce esperanza de que la paz por fin nos sería dada. Fue de esta manera como me entusiasmé a comenzar una audaz tentativa. Determiné fijar el sueño en la memoria y tratar de conocer el secreto que guardaba - ¿Por qué, pensé, no puedo permitirme, después de todo, forzar esas puertas místicas armado con toda mi voluntad y tratar de dominar mis sensaciones en lugar de palidecer por ellas? ¿No es posible acaso dominar esta atrayente y reductible quimera, de imponer una regla a esos espíritus nocturnos que se burlan de nuestra razón?. El sueño ocupa un tercio de nuestra vida, es la consolación de nuestras diarias penurias, o el castigo de sus placeres, pero jamás lo he experimentado como un reposo. Luego de dormir, aunque sea por unos instantes, se da comienzo a una nueva vida liberada de las condiciones del tiempo y del espacio, pareciéndose, sin duda alguna, a aquello que nos espera después de la muerte. ¿Quién sabe si no existe un nexo entre ambas existencias o si sea posible que el alma pueda anudarlas en el mismo presente?
Desde entonces, me sentí abatido buscando el significado de mis sueños y esta inquietud influyó en las reflexiones que hacía durante mi vigilia, pues, creí comprender que existía un nexo entre el mundo externo y el mundo interno. Y también de que la desatención o el desorden espiritual quebrantaban únicamente las interrelaciones aparentes... De tal modo se explicaba también lo extraño de ciertos cuadros semejantes a esos reflejos deslumbrantes de objetos reales que se agitan sobre el agua perturbada. Tales eran las ideas que se me ocurrían durante las noches, mientras que los días transcurrían parsimoniosamente en compañía de los quejumbrosos enfermos, entre los cuales, forjé lazos de amistad. El convencimiento que desde entonces había sido purificado de las faltas cometidas durante mi vida pasada, me proporcionaba satisfacciones infinitas de índole moral; por otro lado, la certeza de la inmortalidad y de la coexistencia de todas las personas que había amado, por decirlo de alguna forma, me habían sido dada de modo material; y bendecía el alma fraterna que desde el profundo seno de la desesperación me había encaminado hacia los senderos luminosos de la fe.
El pobre muchacho, el cual todo vestigio de vida se había apartado de él de manera tan singular, se le suministraron tratamientos que paulatinamente vencían su debilidad. Cuando me enteré de que él había nacido en el campo, pasaba horas enteras cantándole canciones campestres a las cuales procuraba darles un tono más recurrente. Me alegró ver que las escuchaba e incluso repetía algunas partes de dichas canciones. Un día por fin abrió los ojos al menos por un instante y me percaté que eran azules como los del espíritu que me había aparecido en sueños. Otra mañana, poco días después, los mantuvo bien abiertos, sin intentar volver a cerrarlos y al cabo de un rato comenzó a hablar, aunque únicamente a intervalos, y, cuando me reconoció me tuteaba llamándome hermano. Sin embargo, aún se negaba a comer. Otro día, regresando del jardín, me dijo: «tengo sed» fui a buscarle algo que beber; no obstante solo tocó con los labios el vaso sin que bebiera una sola gota, entonces le pregunté:
— ¿Por qué te niegas a ingerir alimento y bebida así como lo hace el resto?
— Porque estoy muerto – me respondió – estoy enterrado en tal cementerio, en tal sepulcro...
— Y ahora, ¿Dónde crees que te encuentras?
— En el purgatorio, ya he cumplido mi expiación.
Tales son las extravagantes ideas que inspiran esa clase de enfermedades. Por mi parte tengo que reconocer que no había estado tan distante de tal persuasión. Los cuidados que venía recibiendo me hacían extrañar a mi familia y a mis amigos, y hasta podía juzgar con mayor lucidez el mundo de ilusiones en el que había vivido durante un tiempo. No obstante, he de decir que me siento orgulloso de las convicciones que adquirí durante esa época. Y me atrevo a comparar aquella serie de pruebas que tuve que pasar a lo que, para los antiguos, representaba la idea del descenso a los infiernos.