CUENTOS DE PESSOA O LA PRIMER EN LA FRENTE


La primera de las reseñas de los CUENTOS de Pessoa (ed. Páginas de Espuma, Madrid, 2016), la de Antonio Lucas



Pessoa inédito (Cuentos)

Antonio Lucas

Publicado en El Mundo, 9 de abril de 2016

Aquel hombre de usos y hechuras presuntamente normales, gafas de montura fina, bigote delgado tirando a inglés, nariz fuerte y tabaco negro está catalogado como uno de los escritores más raros de la literatura del siglo XX. Fernando Pessoa (1888-1935) es un tipo común por fuera y de enigma por dentro. Hizo de la escritura su covacha, su tablero de convulsiones, el motor de su extravagancia. Escribió como muchos escritores juntos. Como mucha gente distinta. Levantó a pulso vidas de ficción a las que dotó de obra propia. Son sus heterónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Bernardo Soares, Vicente Guedes... Todos venían de él, pero no todos eran lo mismo. Fernando Pessoa es un arca lleno de gente. Él lo dijo mejor que nadie: "Vivir es ser otro".
Escribió poemas, armó revistas literarias (Orpheu, entre ellas), acumuló miles de folios (muchos fulgurantes, como los del Libro del desasosiego) y en medio de esa marabunta caducifolia hubo también novelas cortas y cuentos. Muchos cuentos (o retales hoy 'recosidos'). Entre ellos, el conjunto que reúne la editorial Páginas de Espuma en edición del poeta y traductor Manuel Moya. La mayoría de ellos, inéditos en español. El título es seco: 'Cuentos'. Y el contenido mantiene esa molécula de asombro que impulsa todo lo que Pessoa perpetró en literatura. "Fue un hombre de mirada caleidoscópica al que, por carácter, le interesaba más la búsqueda por la búsqueda que el hallazgo feliz, y prefería emborronar papeles que su fijación impresa. Siendo un personaje inequívocamente singular, sus intereses fluctuaban con frecuencia, de modo que de las decenas de proyectos de escritura que dejó escritos (algunos de los cuales incumben a sus relatos) no cumplió ninguno o casi ninguno", explica Moya. La temática de sus cuentos es poliédrica, desmontando una imagen que se había formado del autor como persona solitaria y alejada de la realidad, ya que en varios textos reflexiona sobre el contexto histórico y el devenir de Portugal y Europa a principios del siglo XX.
Educado en inglés, extranjero en África, extranjero en Lisboa al regresar de vacaciones con su madre para ya quedarse, Pessoa es más que nada (y más que nadie) un lisboeta de la Baixa. En ese perímetro de pocas calles refuerza la vibración intelectual que lo lleva del clasicismo a la vanguardia, de la timidez al esoterismo, del sebastiasnismo a la construcción de mundos improbables que sólo él fue capaz de inaugurar como ciertos. En vida publicó un libro de poemas en inglés y otro de sonetos. Todo lo demás quedó inédito, incluido (casi) su amor con Ofélia Queirós, a quien conoció en 1920 y fue destinataria de cartas encantadoramente ridículas. La cosa no funcionó porque Fernando Pessoa no aceptó tener una vida "tributable". Hacerse hombre de provecho. Gente de orden. Esposo y padre ejemplar. No aceptó separarse de la literatura ni de sus mundos interiores. Pessoa bebía no como una esponja, sino como una tienda de esponjas con almacén y todo.
¿Y los cuentos del más enigmático de los poetas portugueses? "El autor de Mensaje no fue un cuentista al uso, por más que a lo largo de su vida reincida en ellos", sostiene Manuel Moya. En sus años ingleses fue lector de Dickens, Conan Doyle, Chesterton y Arthur Morrison. Pero fue la lectura del estadounidense Edgar Allan Poe la que le abrió las compuertas de otra percepción. "Ese hallazgo lo derivó hacia una concepción artística donde sobresalen los elementos oníricos, filosóficos, sociológicos y oscuros de la ficción", apunta Moya.
Su pieza más conocida, de 1922, es El banquero anarquista. Un relato memorable, un juego de paradojas donde un individuo se desdobla en dos posibles, el banquero y el anarquista, con la sed de libertad en medio de la 'confusión' y con la advertencia sobre los peligros y perversiones que esconde la democracia. Es quizá su cima narrativa, sin descontarle ese saldo a otras ficciones que participan de la proclama de las vanguardias, como El camino del olvido, El caso del falso sargento, La trinchera o Cacería. O que se convierten en 'bandos' emocionales de esoterismo: El peregrino, La hora del diablo, La perversión de lo lejano... Es el Pessoa cabalístico, teosófico y astrólogo que llega a corregir al mago Aleister Crowley.
En medio de esa galáxia caótica y plural, de médiums y seres que sólo adquieren contorno en un pliegue del cerebro, Pessoa, traductor de cartas comerciales en las oficinas de Lavado y de Mayer, mantuvo la sana cordura de escribir con la cabeza en su sitio. Siempre rondando la locura que habitó a sus tías, pero siempre con la puerta del hipotálamo abierta para la fuga. De ahí sus cuentos de raciocinio como antídoto contra el delirio.
El de aquí es un escritor distinto. "Si tienen la verdad, ¡guárdensela!", decía. Llevó con distinguida elegancia y a cuestas su tristeza. Alcohólico y existencialista. Poderoso y frágil. Fingidor y cierto. Extraño y profundo. Aún por descubrir en su grandeza. Por eso estos cuentos suman, porque todo en Pessoa mantiene la condición de un sueño volado, de un algo imposible que sucedió aquí cerca.

Tras las palabras de Antonio Lucas, os dejo con uno de su cuentos primerizos, en el que es evidente la impronta de Poe y de todas las lecturas "extraordinarias" inglesas, pero en el que ya se apuntan algunas de las obsesiones pessoanas, como la realidad otra, el desasosiego vital, la sensación de que el individuo es atrapado (y en conexión) por lo otro, la locura, etc... Este relato, como casi el 80% de los relatos que parecen en el libro es inédito en castellano, si bien existe una traducción al francés.


LA PUERTA
trad. Manuel Moya
Tout ceci me paraît un songe, me desais-je; mais la vie humaine est-elle autre chose? Je rêve plus extraordinairement que 'un autre, et volilà tout”
Cazotte, “Diable Amoureux”

Existe un significado sutil en las cosas, una analogía grotesca en la diferencia de sus almas que asombra nuestra razón. Pero en las facultades más elevadas del hombre, el instinto aún prevalece -ellas son como instintos- y algunos de los hombres llamados locos, o acaso maniacos y soñadores observan las cosas más cercanas de su ser y por eso sufren y son maldecidos. Cuando un pobre maniaco tiene miedo del pestillo de la puerta, cuando otro se desmaya ante cierta palabra pronunciada, o ante cierta palabra escrita, o ante cierto olor, ¿quién sabe si no ve más allá que otros hombres al mirar hacia adentro del alma de esas cosas? ¿Quién puede decir que en su intuición suprema no encuentra el amago de todo instinto? ¿Cómo es que puede temer? ¿Cómo puede existir una emoción sin objeto o un fenómeno sin causa?
Ciertamente que el llamador de una puerta o cualquier palabra pronunciada, o cualquier palabra escrita, o cualquier olor no es, tal y como lo vemos, algo que pueda inspirar miedo. Si un hombre encuentra en él algo que temer es obvio que está viendo algo distinto a nosotros. ¿Responderéis que es en él donde reside la diferencia, que el objeto, tan cual él lo ve, está en él? Respondo que es así el objeto tal cual lo vemos en nosotros mismos. Lo prueba la ciencia y la razón. Color, peso, luz, sonido, son relativos. Forma, tiempo, espacio, también lo son. No existen las cosas, sino las cosas sentidas ¿Decís que él es uno y nosotros muchos? Pero él puede estar más desarrollado que nosotros, tal vez él se encuentre por encima de nosotros en el proceso evolutivo. El primer hombre en ser liberado de una forma oscura y débil de los signos de la bestialidad, tuvo que ser uno, y sus iguales, los simios, lo eran en gran número; ¿era su concepto del mundo inferior o superior al de los simios de los cuales había salido y ante los cuales no pasaba de ser sólo uno?
Pues las ideas normales de los hombres difieren de la de los locos ya sea en naturaleza ya sea en grado. Si difieren en naturaleza, ¿cómo podríamos decir que son anormales?, ¿por qué experiencia podríamos condenarlos? Además, ¿cómo podríamos estar tan seguros de que no son la primera aparición de una nueva forma de vida intelectual? Y, además, ¿sería esta hipótesis sostenible frente a todo? ¿Puede un hombre ser distinto a otro hombre en la naturaleza de sus facultades? No. Y si la diferencia sólo fuera de grado, una vez que todas nuestras concepciones y percepciones de las cosas difieren de un hombre a otro, ¿podríamos decir en que lugar está un loco? Si todo hombre fuera juez, todos los hombres estarían locos. Y si se dijera que entre los hombres corrientes hay poca diferencia, pero sí que hay más diferencia entre un hombre corriente y otro que enloqueció, todo cuanto tengo que decir es que donde solo hay grados no puede haber distinción. Este hombre es normal y este hombre es normal también, pues se distinguen en muy poco; y este tercer hombre también, porque difiere poco del segundo hombre que es normal, y sucesivamente, en grados imperceptibles, siendo todo hombre normal, hasta que nosotros, al comparar al último hombre normal con el primero, del que partíamos, observamos que están tan distanciados como lo están el “loco” y el “hombre normal”. ¿Qué podríamos decir entonces acerca de los locos? ¿Podemos decir sin equivocarnos, que ellos están equivocados? ¿Podemos afirmar con toda convicción que estos seres infelices, por sus delirios y sus miedos, no están más cercanos de las razones y de las causas enraizadas en el espíritu de las cosas?
Una esperanza permanece, pues, a la luz de la evolución y del progreso, de que lo que es instinto en el animal se transformó en nosotros en pensamiento y consciencia, y lo que ahora es en nosotros instinto sufrirá una igual transformación en el sentido de ser ideal y más elevado en que ansiamos transformarnos. La raza venidera comprenderá. El día de la comprensión no ha llegado todavía.
Aquellos que por instinto traspasaran su escala de evolución, aquellos cuya revuelta forzada contra la normalidad tocaran íntimamente y sin conocimiento el misterio del universo, porque no podrían saber más que ellos sienten y que por ese motivo son maldecidos. Si un perro pensara como nosotros (hipótesis imposible), ¿no lo considerarían sus compañeros una mala compañía, no lo apartarían de ellos, posiblemente no lo matarían? Claro que lo harían, ¿quién duda de que lo harían?, pues su víctima estaría más cerca de la verdad. Lo mismo nos pasa a nosotros. Y ciertamente como el animal que imagino se hundiría interiormente en mil complicaciones y horrores ante la presencia de un nuevo elemento en sí, más allá de su naturaleza, aquellos que saben más que sus hermanos son dilacerados por miedos nada vulgares, asombrados por fantasmas o por sueños. Y como ocurre con el perro, que por su baja condición en relación a su instinto humano, al pensar, no sabría en qué pensaba, y sólo sentiría que pensaba, los locos, sabiendo algo más de lo que sienten los otros, saben que no pueden ser dichos, por miedo a que no pueden ser nombrados.
Un hombre que tiene miedo, tiene miedo de algo; un hombre que desea, desea ese algo por muy oscura que sea su comprensión de su miedo o de su deseo. Cuando lo que el hombre teme, odia o desea es algo que podemos comprender como un objeto o una causa de esos sentimientos, algo de lo que podemos temer, odiar, desear, sólo decimos de ese hombre que tiene miedo, odia o desea. Pero cuando lo que un hombre teme, odia o desea, no es algo que podamos comprender como un estímulo de la emoción, lo que nos debiera hacer incapaces de temer, de desear o de odiar, consideramos loco a ese hombre. ¿Todo es así de falso y falaz! ¡Qué racionalidad de perfectas bestias! Imagine a un hombre amable y bien educado conocido como tal, del que yo, que lo conozco mejor, soy consciente de que es malo, siendo ese su verdadero carácter. Cuando os digo que es malo, os pareceré un loco, y esto simplemente porque veo en él más lejos que vosotros. Y mientras, yo no entiendo más que la verdad, sois vosotros los que comprendéis menos. Persuadid a un hombre sano que no tenga conocimientos de química de que el agua está compuesta por dos gases. Convenced a un negro inteligente de que el sol no se mueve en la arboleda celeste. No lo conseguiréis. Lo que un hombre ve, tanto física como mentalmente, lo cree a pie puntillas y aquello que no ve, no lo cree. Un hombre cree en la medida en que ve y nada más. En el mundo físico existen los telescopios y los microscopios, que ayudan a ver, que dan los medios para convencer. En el mundo moral no existe telescopio ni microscopio alguno, ni nada de nada para ayudar al que no ve lo suficiente. Los ojos del intelecto -desgraciadamente para ellos, no tienen oculista. Ven como si fueran hechos para ver.
No digáis entonces que alguien que se estremece ante una uña, alguien que se perturba ante un zapato, alguien que siente horror por los espacios vacíos, está loco. No digáis que el místico delira, o que nada persigue al hombre que asegura ser perseguido. No digáis nada, porque en primer lugar, no sabéis -porque nadie puede decirlo- qué es estar loco y, en segundo lugar, los estados del alma de esos hombres están frente a nosotros y puesto que estamos relativamente ciegos, relativamente estamos con falta de sentido. Tampoco digáis que las fantasías más salvajes o que los sueños más extravagantes son falsos. No, puesto que son tan verdaderos como el sol y las estrellas, verdaderos como el mundo que conocemos y que es nuestro dueño.
Porque nosotros no sabemos quién sueña, ni cómo sueña, ni qué sueños son o qué significa soñar. Algunos parecen soñar más que nosotros y se les llama locos; sin embargo, también nosotros soñamos, de manera que sueña menos quien se esfuerza por apagar de todas las cosas la mancha de su concepción.

El castillo tenía muchos pasillos y en uno de ellos, que en nada se distinguía y era del todo igual a los demás, había una puerta que tampoco se distinguía de ninguna de las cuatro -pues todas eran exactamente iguales, iguales además a todas las puertas del edificio, que no era pequeño. La sala a la que daba esta puerta era tan insignificante como la propia puerta. La única idea que quiero dejar en la mente del lector es la de la insignificancia total del pasillo, de la habitación y de la puerta; quiero hacerle saber que ningún dato de naturaleza privada o histórica hacía de esta puerta horrible o misteriosa. Más terrible es, pues, la historia que tengo que contar.
Pasé los años de mi infancia y de mi primera juventud en el Castillo. Mi imaginación tenía poco de histórica y en este sentido sólo me importaba el edificio; como artista observaba algunas partes con cierta admiración, pero el efecto del Castillo en mi imaginación era relativamente pequeño, mucho menor de lo que cualquiera podría esperar. Excepto en un detalle -uno solo- que paso a describir, aunque yo no sea lo que se suele decir un perverso y debo añadir que mi carácter es tan poco vehemente como primitivo. Tengo la impasibilidad del hombre culto asociado a la sensibilidad del espíritu artístico. No veo, por tanto, ninguna razón para lo que voy a contar.
Dije que he sido educado en el viejo Castillo y que ahí permanecí hasta mi primera juventud. Así es, y el primer recuerdo que tengo de la infancia y de mí mismo es una patada en la puerta de la que ya he hablado, de darle impulsivamente una patada con mi pie derecho.
Y es este el único fenómeno de naturaleza vehemente o perversa del que consigo acordarme en toda mi vida. Que era de esa naturaleza, no tengo la menor duda. Entré en la juventud más tardía y siempre que pasaba por el pasillo, lenta o aprisa, en estado de ensoñación o en pleno juicio, se apoderaba de mí un impulso que no conseguía controlar y que se concretaba en una patada en la puerta con mi pie derecho. En mis juegos infantiles, cuando muchas veces huía de ese pasaje, fui apresado y perdía el juego al detenerme a dar una patada en la puerta. A veces al correr rápido, intentaba acertar en la puerta y si fallaba me volvía para patearla con mi pie derecho. Me acuerdo perfectamente de un incidente que ilustrará suficientemente la naturaleza de tal impulso. Un día, mi padre, a causa de alguna trastada, me tomó de la mano para llevarme a su cuarto y administrarme el castigo que merecía. Pasamos ante la puerta, por su parte más lejana. Comencé de inmediato a arañarlo, a darle patas y a morderlo, en un acto que al venir de mí resultaba bastante anormal. Tanto lo arañé, tanto lo golpeé, tantas patadas le di, que mi padre tuvo que soltarme. Me dirigí a la puerta, le di una patada y volví a su lado con mi habitual docilidad y timidez ante el castigo. Mi padre nunca comprendió con claridad la razón de esta revuelta sin precedentes.
En mi juventud más tardía y en mi primera adolescencia, cuando el manto material ya se me había caído, el singular impulso de patear la puerta comenzó a darme materia para una inquieta especulación. La naturaleza extraordinaria y la perversidad de este acto me desgastaba por su misterio. Comencé a buscar experiencias en mí mismo.
Con anterioridad, pues, había intentado refrenar este ansia, aunque sin ningún efecto. Nunca conseguí pasar ante la puerta sin darle esa patada, fuera cual fuera mi ocupación al pasar junto a ella, por muy distraído que pareciera al pasar por el corredor. En la infancia el impulso era puramente inconsciente; no era la edad de la razón. En la juventud, con una mayor auto-consciencia, el impulso fue puesto a prueba, inútilmente sin duda, por la firmeza; fui observado, con admiración, a veces de forma divertida, por el vigilante intelecto. En la adolescencia, este asumió otra forma, por pura necesidad.
Al alcanzar la adolescencia -repito- con plena auto-consciencia y con mi intelecto prácticamente desarrollado -puesto que quienes poseen mi carácter son precoces en tal desarrollo- comencé a indagar la razón de este impulso y mis sentimientos comenzaron a cambiar. El singular impulso, vuelvo a decir, comenzó a darme motivos para una inquieta especulación. El sentimiento de admiración se volvió miedo. Ya antes había tratado de controlar esta extraña forma de perversión; ahora la examinaba, la analizaba y hacía experimentos con ella. Trataría de controlarla, pero jamás conseguí pasar ante la puerta sin darle un puntapié. Sufría de horrendas tentaciones de darle ese puntapié con mi pie izquierdo o para darle más de uno, pero siempre un miedo a descontrolar me contuvo y mi acción no se distinguía de ninguna forma con mi manera habitual de hacerlo. Dije una “tentación horrible” y así me parecía en el momento tal impuso, aunque en mi Yo habitual, la sintiera como una simple experiencia. Pero cuando el impulso se apoderaba de mí, la intención se sumergía en el miedo y un terror horrible y desconocido me impedía cualquier acción que no fuera movida por el impulso -un miedo algo desconocido y vago, pero tanto más horrible cuanto la razón y el azar eran impotentes contra la causa del pánico.
La puerta comenzó a obcecarme; comencé a temerla y a darle la habitual patada como una superstición; el esclavo reza y se sacrifica ante el Dios que desdeña, pero lo teme demasiado como para oponérsele. Yo abría la puerta con una sensación extraña en mi piel y dejaba la sala muy rápidamente; no tenía la menor gana de entrar de noche en la habitación. Daba una patada en la puerta, entraba temblando, caminaba no muy rápidamente, con los ojos semicerrados y ansioso, y mirando de frente volvía a dar puntapiés a la puerta, para luego correr hacia cualquier parte de la casa donde tuviera que ir. La horrible posibilidad, temible incluso en su definición, caía sobre mí con uñas y con dientes; tal es la forma común del miedo profundo -el miedo ante lo desconocido.
Varias veces me pregunté acerca de la causa de tal comportamiento. ¿Qué era lo que tenía la puerta en sí misma, siendo tan normal, para que yo temblara al verla? ¿Tenía acaso un Alma, que tuviera influencia en mi alma? Decidí no darle más patadas; decisión sensata, pensé. Fue inútil, sin embargo. Apenas llegaba el momento y el impulso creía, cualquier forma de resistencia se transformaba absoluta y definitivamente como una forma de traición, en una idea sacrílega y vil. Lo que había sido, naturalmente, tan racional, se tornaba ahora pecaminoso y de realización inconcebible.
Medité sobre mi anormalidad y me encontré con algunos tipos de problemas nerviosos. ¡Desgraciadamente! La explicación era bastante simple, pero para mí resultaba deplorablemente insuficiente. Podéis decirle a un megalómano que la megalomanía es una monomanía común y fácil de explicar, pero para él es algo más profunda y real que verdadera. Nosotros, para nuestro contentamiento, tenemos no sé qué idea del alma de un loco. Observamos la manifestación y concluimos que existe una gran diferencia con nosotros: diferencia en la cosa manifiesta. Hacia él, hacia el loco.
¡Desgraciadamente! Podremos clasificar pero no explicar. Podemos declarar que tal hombre tiene tal enfermedad, tal manía; si fuéramos frenólogos podríamos decir que tal cosa se debe al desarrollo anormal de estas o aquellas convoluciones; podemos clasificar, conjeturar, pero nunca explicar. ¡Desgraciadamente tanto vale esto para el materialismo como para la ciencia! La explicación de estos pequeños puntos, de todos estos triviales (…) de la medicina y de (….), está inextricablemente ligada a la explicación del Tiempo y del Espacio, con la materia y el espíritu, con lo Relativo y lo Absoluto. De ahí la utilidad de saber que yo era un neurótico o un neurasténico, o algo parecido -eso son nombres, clasificaciones, no-entidades. ¡Oh! ¡En nombre de la razón de las cosas!
Un hombre teme a una llave, a una rosa, a los ojos de un perro; se desmaya con la palabra “mira” o se queda abrumado con el olor del queso, o se estremece ante una cierta risa; de él decimos que está loco. ¡Loco! ¿Pero qué es lo que significa estar loco? El genio es una locura, o como mínimo una perturbación nerviosa; el crimen es una locura (…)
Antes bien, cuanto más anormal, más posibilidades hay de verdad; ya no (¿por qué no pronunciar las palabras?) cuanto normal más verdadero.
Por ejemplo, difícilmente las personas se mofan de algo, por encima de los fenómenos espiritistas; y en realidad, su mofa es a la vez estúpida y no científica. Se ríen de lo sobrenatural y lo clasifican como anormal, citándolo por su anormalidad, es decir, por la anormalidad del fenómeno. ¡Completamente equivocados!

Pero la atracción, más allá de lo horrible de la puerta, comenzó a pesar en mi espíritu. Me esforcé por liberarme de su influencia, pero no tuve la suficiente firmeza para lograrlo. Me esforcé en romper las leyes ocultas y horribles de mi obsesión, pero no tuve el coraje de hacerlo. Por fin llegué a un tal estado que ni siquiera conseguía impedir el caminar en dirección al corredor donde estaba la puerta, aunque pudiera escoger dos o tres desvíos alternativos para alcanzar la parte de la casa a donde me dirigía. El magnetismo infernal de la puerta se había extendido al propio corredor. Me esforcé por no atravesarlo, pues además existían varias variantes y una de ellas más corta; al principio lo conseguía, pero cuanto más pensaba en atravesarlo, en que no podía atravesarlo, más lo atravesaba, hasta que por fin seguía sin una duda posible, con mi inestable y tambaleante alma, enloquecida por el miedo y oposición que me provocaba.
Para entonces tenía ya cerca de veinte años. Muchas veces viajaba a la capital donde permanecía una temporada, pero al regresar otra quedaba bajo el poder de la puerta. Por eso trataba de estar fuera, pero a pesar de mi inmenso horror, incluso en Londres quedaba atrapado por el propio castillo. La puerta había extendido su poder a todo el Castillo. Yo odiaba y temía la puerta. No me gustaba el castillo, pero no conseguía apartarme de su influjo. No podía forzarme a pensar en el Castillo, puesto que al pensar que ese era un pensamiento que debía disuadir, quedaba de inmediato preso en él. Finalmente, pasado algún tiempo, no conseguí vivir lejos del Castillo, ni del corredor, ni de la puerta. Leía, meditaba, soñaba, al atravesar el pasillo, dando patadas a la puerta con mi pie derecho, siempre que pasaba por allí. ¿Podía, os preguntaréis, entrar en el cuarto? No, el interior del cuarto no me interesaba; era su lado exterior -lo que conducía al pasillo- lo que destruía mi mente y mi espíritu.
Mis obsesiones fueron agrandándose. Mis facultades mentales sufrieron de lo lindo; mi memoria y mi atención quedaron fuertemente reblandecidas. Profunda e irrazonablemente, en lo más íntimo, veía la puerta como si fuera una persona.
Mi perturbación mental ante tamaña atracción es poco factible de análisis. Quizás hayan leído o escuchado hablar sobre la facultad de la mente humana a la que Poe llama “perversidad”, la cual, afirma, es en realidad una característica tan humana como cualquier otra motivación o facultad mental. Poe estaba equivocado y no equivocado a la vez; pero él no quiso analizar esta facultad con persistencia y atención.
Puse ante mí mismo varias cuestiones: ¿cuál era el alma de la puerta? ¿Qué era la puerta? ¿A qué venía su misterio? Día y noche atravesaba el pasillo, cenaba rápidamente, me fingía enfermo, me apartaba de todos (a quienes yo no quería) para ir al pasillo y seguir dando patadas a la puerta. ¿Si no me hubiera convertido en una persona que no hay palabras para describir, me decía a mí mismo, qué podría hacer la puerta? ¿No se mosquearía? ¿No acabaría sucediendo algo demasiado horrible para ser descrito? El miedo que sentía hacia la puerta se volvió mayor que todos los miedos humanos, la atracción sobrepasó todas las atracciones humanas.
Rápidamente la atracción aumentó. No osaba dormir en el cuarto, ni siquiera permanecer allí durante un minuto; rápidamente sólo podía ver el pestillo. Había tal vez algo horrible tras la puerta.
Por la noche acercaba una silla frente a la puerta y allí dormía, pues no lograba dormir en mi cama. Dormía en la silla, ante la puerta. Si no me dormía de inmediato, me levantaba varias veces a dar puntapiés a la puerta -con el pie derecho, claro- para que la puerta se mosquease o para que nada ocurriera, o acaso por cualquier otra oscura cuestión que me parecía de este o aquel tipo, pues me producía miedo, un miedo como si se tratara de un individuo y tal miedo sólo se pudiese explicar en los siguientes términos. Un miedo horrible se apoderó de todo cuanto guardara relación con la puerta, por el simple hecho de estar lejos de ella, pero el miedo de permanecer cerca no era menos horrible. Hice que un criado durmiera cerca, en alguna parte, y no recuerdo las excusas que le di ni tampoco me importó que creyeran o no en ellas o que (…)
Me fui quedando cada vez más flaco y enfermo y caminaba hacia la muerte de un día para otro, (…)

Ya habrán reparado que a lo largo de mi historia he querido demostrar que la puerta tenía algo de entidad personal. Es cierto y el mayor horror de todos es que mis temores acerca de ella eran de alguna manera como el miedo a los espíritus, que nunca se consigue controlar, o como el miedo a Dios en los más devotos. Había dos elementos en mi miedo y atracción hacia la puerta: personalidad y misterio, imprecisión, desconocimiento. Era, me permito decirlo, algo como el horror y la fascinación por el abismo. Pero era más horrible, pues a este misterio y a esta indefinición venía a unirse el carácter de personalidad. En este aspecto, era tan horrible como el miedo a los espíritus. Pero lo era aún mayor, pues todas estas sensaciones de misterio, de vaga atracción, de vago miedo, se alineaban con una más que vaga y horrible sensación de personalidad atribuida a algo tan material, tan risiblemente común como una puerta, y en ese sentido, en relación a eso, horrible más allá de cualquier definición.
Hay algo que el lector se preguntará y con razón: qué clase de patada era la que yo daba a la puerta, era acaso una patada de cabreo, una (…)
No, no era ninguna de esas, pensé primero, sino un puntapié impulsivo. Luego hube de cambiar esta opinión; y la cambié por esta otra: que el impulso no estaba tanto en la patada, cuanto en la emoción o sentimiento o sensación que me producía. Con horror descubrí que se trataba de una patada conciliatoria. Y, sin embargo, no lo era así del todo.
La patada podría compararse con cualquier cosa, pero hice algunas comparaciones que ilustran por sí mismo su significado. Yo parecía un hombre embrujado que besaba la boca de una calavera.
Sin embargo nada puede dar una idea de la influencia que la puerta tenía sobre mí.
Mi desequilibrio mental bajo la influencia de esta atracción es poco susceptible de análisis. Ya lo dije: no se puede explicar. Les referiré ahora las razones por las que mi (…) no puede ser explicado. Primero, que mientras este estado duraba en mi espíritu, causa y efecto se confundían, haciendo imposible todo análisis. Había dos elementos en mi enfermedad: la atracción y el miedo. Ahora me parece imposible determinar, en primer lugar, si el miedo que trataba de analizar era realmente el producto de la propia atracción o del análisis, lo que forzosamente, al ser una facultad lógica y humana, tendría que tener un significado humano, más o menos lógico más allá de no tener ningún significado, o un significado obsceno en la mejor de las hipótesis.
El miedo que acompañaba toda la atracción y repulsión en relación a este objeto era indefinido e indefinible. Entiendo, por tanto, que su objeto también es -debe haberlo sido- indefinido e indefinible. Todo miedo humano parece indefinido, pero puede ser fácilmente reducido a objetos definidos. Por encima del miedo a lo desconocido o a lo posible, está el miedo de alguien ante un cuarto oscuro: esto es la encarnación del miedo. Pero con relación a la puerta no era así. Mi miedo era hacia algo desconocido, pero tenía la particularidad de transmitirse a través de la puerta y era seguido por un sentimiento igual al miedo de un individuo. Esta es la mejor forma de describirlo. Si el lector no lo entiende así, yo no puedo ayudarlo.
Seguiré con mi historia. Llegó un momento -contaba yo con veintidós años- en que me volví tan delgado y tan (…) que me familia me llevó a la fuerza al extranjero. Por el camino logré escaparme, y, flaco y enfermo, regresé al castillo para seguir dando patadas a la puerta con mi pierna derecha. Me encontraron en el castillo: me volvieron a sacar de allí y esta vez no conseguí escaparme. Aunque temblase de miedo sólo de pensar que no podía seguir prestando mi tributo a la puerta.
Me restablecí con lentitud; mis pensamientos acerca de la puerta eran escasos o ningunos. Mi familia regresó y me dejaron al cuidado de algunos amigos íntimos. Con esta familia entré de nuevo en el país para quedarme en su casa, tan lejos del Castillo como sólo dos casas pudieran estarlo en el país. Aquí con salud y calma, con el amor de la hija de los dueños de la casa, con una comodidad mayor pasó el tiempo, paseando con mi amada, leyéndole, encendiendo la luz de su invisible presencia divina.
En una bonita noche, mientras paseaba de su brazo, ella se atrevió a hacerme una pregunta que siempre evitó en todas nuestras charlas. Me preguntó por la causa de mi delgadez. Debo hacer notar aquí que también mi familia me había preguntado infinidad de veces, o indagado a otros, observando y tratando por todos los medios a su alcance, sin que nunca hubiesen conseguido acercarse ni de lejos a la verdad. No era fácil -piénselo- saber a través de la observación, qué es lo que hizo vacilar a mi espíritu: indagaciones frente a los demás apenas si conseguían conducirlos a una intensa mistificación, y preguntarme a mí de nada servía. ¿Por qué?, os preguntaréis. Porque yo no revelaba la verdad, a pesar de mi franca naturaleza. Sentía, era cierto, una curiosa timidez en dar explicaciones tan extraordinarias, que no tenían la menor oportunidad de ser creídas, como tampoco escapar en nombre del absurdo. Dar una explicación hubiera sido como colgarme el cartel de loco.
Pero aún más profundo que todas estas razones, era un horrible e inexplicable miedo: el mismo que me ataba a la puerta y me mantenía apartado de ella, me devastaba el alma. No era que yo no lo dijese, es que no lo podía decir.

Apenas ella me hizo esta pregunta me sentí enloquecer.
-Fue la puerta -respondí, temblando lamentablemente-, ¡la puerta, la puerta!
-¿Pero qué puerta? -me preguntó ella, atónita-. ¿Dónde está, qué clase de puerta es esa?
Un cambio se operó en mí; el recuerdo de la puerta, el sólo imaginarla me tomó en su horrible garra. La locura comenzó a apoderase de mí, debatiéndome contra la atracción, empeñándome en una lucha total contra la atracción. Al estar loco, la atracción se volvió más fuerte, preeminente, única. La concentración de mi mente al luchar contra ella causó (¿cómo lo diré?) una horrible identidad entre el impulso y la voluntad. La atracción por la puerta, horrible, misteriosa, desconocida, se volvió a la vez el motivo compulsivo legítimo y el motivo de contradicción. Igual que las personas histéricas sienten una necesidad lo suficientemente horrible para contorsionarse, para estirarse, para reírse al margen de la razón y de la voluntad, así yo sentí el impulso horrible e incontrolable, fortalecido por el hecho de volverse un motivo de contradicción, de huir inmediatamente de allí, de inmediatamente dirigirme hacia la puerta, sin saber ni el motivo, ni la intención, pues todo cuanto sabía era esto: había un motivo oscuro e imperceptible, y recuerdo temer el motivo al mismo tiempo que actuaba de acuerdo con su nervioso imperativo. Lo que la mujer histérica suele sentir yo lo sentía, intensificado y aumentado por la “indistorsión del cuerpo”, por la singularidad, por el horror, por lo insólito de la atracción. Dije “indistorsión del cuerpo” y quiero decir que no me contorsionaba como hacen los histéricos, ni me desperezaba, ni me reía de ninguno de los modos. Pero en todas las enfermedades nerviosas y misteriosas, el impulso se extiende al cuerpo. Yo quería temblar, correr, cansarme, matarme, para así martirizar mi cuerpo, para infligirme dolor a mí mismo. Era la materialización del estado nervioso.
Si ella, tan amable como era, hubiera osado agarrarme, por mucho que la hubiera respetado, le habría sacudido a puntapiés, o derribado con una alegría salvaje y un contentamiento de los brazos y de las piernas, con un absurdo nerviosismo de acción, tanto más glorioso por ser ella delgada y mujer, y debiendo sentir la agudeza del dolor.
Lo que pasó fue lo siguiente. Mientras me contorsionaba, me golpeé un pie con el otro, me propiné de buena gana una patada a mí mismo, me mordí los labios y acabé por darme un mordisco furioso y horrible en mi propia mano. Entonces la verdadera acción física me acometió. Me quité de encima a mi amada con brutalidad y ella creo que se puso a llorar con piedad. Me puse a correr campo a través con un paso firme y horrible a un tiempo, un horrible microcosmos de sensaciones. Acaso sea sintomático del momento el hecho de que corriera más allá de dos estaciones, puesto que su nombre me vino al ser más lejano. Tal vez fuera para correr más por cualquier horrible motivo. Pero no hago más que inventar razones. ¿Quién sabe la razón de aquello?

Destrocé la puerta- no (…)
Eran estos mis sentimientos. Así, medio inconsciente con un horror desconocido, alcé mi pie izquierdo y propiné una patada a la puerta.
¿Por qué no me hubiera quedado antes paralítico, por qué antes no hubiera caído muerto? Ojalá no hubiera nacido para ser testigo de cuanto vi.
¿Cómo podría describir lo que pasó? ¿Cómo encontrar siquiera las palabras?
Apenas mi patada con el pie izquierdo -un ligero toque- alcanzó la puerta, su cerrojo se levantó solo -horror!- y la puerta se retiró hacia atrás con lentitud, sintiendo en cada segundo de su lentitud una total eternidad de miedo, dolor, ansiedad (…) Trastabillé apoyándome en la pared, muerto de miedo. ¡No pasó lo que pasó, yo no estoy loco!
Lo que pasó -horror de los horrores- pasó en pocos segundos, y aunque aquí no puedo describirlos más que en algunos minutos, para mí pasó en una eternidad total de miedo inanimado, de expectativa estatuaria.
Al abrirse la puerta con lentitud pude ver a mi esposa durmiendo en la cama con nuestro hijo.
Rápidamente el suelo comenzó a temblar. Un terremoto -nunca hubo terremotos en la región-, un terremoto. Alcancé el punto más alto del miedo que los seres humanos puedan alcanzar.
Escuché el estruendo de una tempestad lejana. La pared del cuarto cayó sobre la cama, hubo una especie de rayo, que no era más que la entrada de la luz exterior en el cuarto.
Tal rayo se enraizó con fuerza en mi corazón. El pequeño trueno despedazó mi corazón. No podéis imaginar el rugido diabólico del rayo, la nulidad de lo furtivo, el humano e inhumano estruendo del trueno. Había algo más que el abrirse una grieta en la pared en aquel flash; en aquel rayo había mucho que más ruido, pues en él estaba -lo sentí hasta el paroxismo- el espíritu de la puerta, la encarnación de la puerta, la esencia de la puerta, el numen, la propia puerta.
Cayó la pared. Todo ocurrió en un segundo. Decía que cayó la pared. Osaría decir que lo hizo en un segundo. Sin embargo para mí, de todo el tiempo contenido en cualquier eternidad, más que un horror sobrenatural, lo que hubo fue un movimiento tan lento en las paredes que, así lo creo, nunca cayeran aunque lo hubiesen hecho. Una vez más, una vez más, en la caída de las paredes estaba el espíritu de la puerta, lo Desconocido, lo Inconcebible, la Cosa.
En este instante yo estaba seguramente sano, pues de otra guisa, en el paroxismo de mi miedo y en el paroxismo de la eternidad aterrorizada, mientras observaba las paredes que inexplicablemente para mí caían y no caían, como parecía: ahora pienso en el Aquiles de Zenón y en el argumento de la tortuga contra el movimiento.
Digo que las paredes cayeron. Lo hicieron de verdad. Cayeron sobre la cama y la destrozaron. Una parte redujo a nada el hermoso cuerpo de mi esposa, otra (maldición, escuálido (…) ) aplastó el cuerpo de mi hijo y lo redujo a masa, a materia de pudrición, a escombro inerte, a materia, a materia.
¿Qué fue lo que me hizo enloquecer, delirio o sueño? Nada; es verdad que al derrumbarse la pared sobre mi esposa y mi hijo, pude escuchar el sonido de los cuerpos y los huesos al ser aplastados, todo a la vez, y ahí es donde estaba escondida la naturaleza secreta de la puerta.