URBASON POR UN TUBO

URBASON
Urbasón por un tubo. A mi primo Salva le ha picado un insecto y tiene la cara como si le hubiera dado de trompadas un elefante. Urbasón por un tubo. Hace años que a los espñolitos de a pie nos cocea un elefante. Los españoles tenemos ya la cara que no nos caben más hostias, ni más elefantes. La manera de curar la enfermedad ha sido cogernos por el pescuezo y zarandearnos (supongo que era
por si llevábamos calderilla suelta). Ya sólo nos quedan los piños, si es que nos los tenemos hipotecados o invertidos en una Caja. Los piños y una cara que no nos la arregla ningún urbasón. Toneladas de urbasón. Quizás la solución es que todo s nos hagamos alemanes. O, suizos, no te jode. Cómo coño se dirá urbasón en tedesco de Zurich. O estamos hasta los huevos.

Os dejo con uno de mis micros más antiguos, "Perdices", que se publicó por primera vez en libro allá a finales de milenio, con Abelardo Rodríguez en aquel libro titulado Regreso al tigre, del que alguien me ha dicho con razón que tiene un título bisémico. No sé. Después se publicó en La sombra del caimán. No sé por qué, este cuento me recuerda mucho los mundos de Cunqueiro, un autor a reivindicar, sin duda alguna. Lo que me gusta de este cuento es su atmósfera, cargada de amarga ternura. Saklvador es un tipo que me cae bien, muy muy bien.

PERDICES
     
Como todos los días, Salvador Lafontaine cuelga sobre el muro la jaula de perdices y nada le importa que desde hace cuatro años, cuando aquellos días de helada que lo quemaron todo, ya no haya perdices, porque él las sigue escuchando y no admite la menor réplica sobre el asunto.
El día para él transcurre de esa forma, es decir, al lado de la jaula, trajinando sobre las varetas de olivo que en sus manos diestras parecen más bien mantequilla o juncia. Un artista de eso, y a ver, a ver qué daño hace. Salvador Lafontaine no se mete con nadie, dicen que por no quebrar el trajín de sus perdices, que se pasan el día refiriendo historias de esos lejanos países que vuelan en la noche.
Los domingos, todos los domingos, sueltan por el pueblo dos autobuses llenos de turistas que se llevan el áspero aceite del molino, embutidos caseros, quesos sudados, piñonates y tortas del Carmona y, con un poco de suerte, las cestas de Salvador Lafontaine, que él cuelga de cualquier forma en el mismo clavo donde los otros días reposa la jaula perdicera. Él de eso vive, de eso y de la paguita de treinta mil pesetas que le sacó Mariano, el del ayuntamiento, cuando lo dejaron solo en este mundo y a ver, el pobre, de qué se iba a valer. De eso, quiero decir, y de escuchar durante horas sus perdices, temiendo que llegue la noche y al descolgar la jaula, descubra que han volado.

2 comentarios:

Es un micro-fotografía, un. He visto la fotografía en una magnífica escala de grises, como esas que se me asemejan a una cajita de plata, que parece que no tiene nada que ver con las jaulas de perdices, pero en el fondo, y en la fotografía en blanco y negro, son lo mismo, y sirven para lo mismo, y hasta le he puesto cara a Salvador (precioso nombre por cierto, y apellido, todo hay que decirlo), y a sus manos, sobre todo a sus manos, nuestras manos son los versos de lo que hicimos, hasta a ellas has conseguido que le ponga rostro.

Un beso, Manolo


P.D. Me pregunto si la seni seviyorum y tú tendríais inconveniente en que reprodujera tu entrada de ayer en mi blog el cuarto claro, el de la letra, el de la poesía mía. Es que sembré budleyas en el campo, y así, con la foto con que la acompañaste tendré en mi blog esos arbustos cuyas flores huelen a miel. Y podré presumir de relato sobre eses a tu costa(do).

mm dijo...

Dai, dai, Sofía. No sé si es exactamente un relato, pero claro que puedes ponerlo donde te dé la gana. Y a ver si te granan las budleyas. Yo, como sé si sabes, últimamente estoy en la botánica.
Dai, dai