DIAS, MENOS MUCHOS DÍAS

Figura de un escritor asomado al espejo. F. Bacon
Ya se ha hecho de noche. Ha hecho frío. Está haciendo frío. Ayer estuve con mi padre en un hospital. Fuimos los primeros en llegar a una sala vacía, sólo llena de butacones.  Al cabo de dos horas estaba llena de gente mayor. No podía evitar mirarme en ellos. Yo, me decía, seré como ellos. Dentro de muy poco yo estaré aquí o en otro lugar similar con una máscara de oxígeno o con una bolsa colgando de la cintura. Por la tarde venía Julio con una amiga, exultantes de vida, sonrientes como príncipes. Yo estaba en medio. En la oscuridad. Mirando hacia esos dos mundos que tanto me tocan. Y paseaba por esos corredores umbríos y blancos, y me cruzaba con las enfermeras y me decía a mí mismo que no debe ser bueno convivir durante demasiado tiempo con la enfermedad, la decrepitud y la angustia. Y todo eso me aturdía, entraba en mi cabeza y apenas si podía pensar en nada más. Es de noche. Está anocheciendo. El día estuvo ahí con su luz y con sus árboles, pero no nos dimos cuenta del día, no nos asomamos a la ventana para verlo, ocupados en otras cosas que ya se han ido sin dejar el más mínimo poso. Desaprovechamos este día y, dios, no quedan muchos días como este...




EL GORILA DEL AMOR (MICROENSAYO)

 


El perro. F. Bacon
Detrás de esta capa de pan de oro que otorga la cultura y la educación, las buenas maneras y los valores consagrados gracias a las revoluciones que en el mundo han sido, existe un gorila. Lo que llamamos amor no es más que un gorila del tamaño de San Pedro del Vaticano, al que mantenemos encerrado en una mazmorra. Aislado del mundo por un foso de pirañas, cocodrilos y peces de colmillos tan devastadores que podrían taladrar el casco de un torpedero, el gorila parece tranquilo y no le inmuta ni la climatología ni los cambios gubernamentales. Pero, amigo, cuando ese gorila que llevamos inscrito en el espinazo y en la melaza femoral, harto de sufrir los apremios o los mordiscos del cocodrilo o del pez, descubre su presa en el lentísimo frufrú de unas pestañas o en la manera de cruzar unas simples piernas, el gorila, decía, dice aquí estoy yo, y entonces, ay amigos, no hay amarras ni contrafuertes de hormigón que lo detengan. Creánme, San Pedro del Vaticano o La Torre de Londres se convierten en unos meros jaulines para grillos. Frente a ese animal que brama en nuestra mazmorra, qué somos sino una leve capita de pan de oro expuesta a la brisa. Todo el instrumental siquiátrico consiste en blindarnos como ciudadanos responsables y sanos contra ese gorila oculto en nuestras mazmorras, tras las escamas de oro y brillantes. Pero la siquiatría es al gorila lo que un sendero es a una estampida de ñúes. Antes, la cosa quedaba en manos de la magia y de los sacerdotes, que enseguida aparecían con sus hogueras y sus hisopos para purificar chamuscando, tratando de hacernos sentir el ígneo dedo de Dios hendido sobre nuestras conciencias rijosas y enfermas, pero ahora, con la preeminencia del laicismo liberal, con la muerte o el exilio de Dios, quienes han tomado el relevo en la custodia del gorila son los siquiatras, que parecen tipos mucho más razonables y preparados, pero que tampoco acaban de decirnos a las claras qué hacer cuando el gorila dice aquí estoy yo, porque hasta los carceleros y los domadores se revelan incapaces de mantener a raya a ese gorila que nos tiene cogidos por los mismísimos y ha decidido no soltarlos aunque le apliquen una sierra mecánica a la muñeca. Y todo por un levísimo frufrú de ojos, que tiene tomate la cosa.