SABANAS

ssssigamos hoy con La mano. Bueno, hoy hace un día luminoso. Frío pero luminoso. Dolores ha colgado sus sábanas en el corral y los tejados parecen como atontados con el calorcito. El nuevo año nos hace más pobres, pero es igual, porque seguiremos riéndonos, seguiremos mirando cosas que nos importan, seguiremos descubriendo esa prodigiosa mina que es la solidaridad y la generosidad. Eso, y desearte el mejor de los días.

LA MANO EN EL FUEGO (continución)


Durante semanas frecuent

é a Cindy, aunque alguna vez recurrí a Christie -por la devoción que uno debe tenerle siempre a sus maestros-, admirado no tanto de mi fortaleza mental, cuanto de la capacidad de mi industria íntima para generar espermatozoides y más espermatozoides -entonces, qué quieren, lo hubiera dicho así- sin que contrajese el paludismo, el escorbuto, o ambos a la vez. Visto con distancia, era aquella una situación complicada, insostenible, pero a mí me bastaba con regular el flujo y ponerme a resguardo de la incertidumbre. No deja de ser curioso que el amor, el tráfico del amor, para ser más exactos, que tan ufano se muestra por saltarse todas las vallas eléctricas de la legislación, como nos han hecho ver los poetas y los vampiros, exige para sobrevivir la codificación de unas leyes perfectamente ajustadas y, así, mis dos musas obtenían, cada una por separado (aunque en dosis desiguales), su parte en el rancho de mi estrepitosa y desasosegada adolescencia. Lo mejor de todo, sin embargo, era la naturaleza opuesta y enigmática de mis dos Bandidas. A una la amaba por su voz, que parecía surgir de la misma placenta de la tierra, acuosa, íntima, no profanada todavía; a la otra, a través -a través, pásmese- de su ausencia, aunque me pasara las horas tratando de dar sustanciabilidad carnal a aquellos audaces envoltorios del deseo que ella colgaba del tendedero. Más tarde, ya en París, reviví esa misma incertidumbre con las dos Fátimas, pero eso ya lo contaré en su momento, caso de que no me engulla antes el polen del olivo o caiga en la desesperación. Si un pobre estudiante de cuarto de siquiatría hubiese tenido la posibilidad de fijarme durante un par de meses en un diván con acceso ilimitado a los entresijos de este compás binario en el que por entonces se debatía mi vida, sospecho que no hubiera tardado en volverse tarumba o en matricularse en informática o en frío industrial, ciencias mucho más previsibles y dogmáticas. Por fortuna, en aquellas fechas los estudiantes de cuarto de siquiatría tenían muy mal visto (Freud había pasado al capítulo nostálgico de las librerías de viejo) tomar como conejillos de indias a los asesinos en serie y a los masturbadores compulsivos.

Pero he aqu

í la palabra terrible, la palabra a la que jamás hubiera querido llegar. Las dos fidelidades me estaban arrastrando a los abismos ciertos de la compulsión y la locura, y si en la primera podía bandearme aún algunos meses, la segunda me dejaba el terror atornillado en el gaznate. Así decidí, en un acceso de heroísmo, ante un futuro tan descorazonador y un horizonte tan borrascoso, dar carpetazo a la relación con Christie, mi bella española, la mujer que me matriculó en el noviciado de la masturbación, la que me enseñó todo cuanto sé de mi polla y de las orquídeas, dos de los puntales de mi existencia o al menos de mi actual condición de negro. Bien se veía que tanto los católicos como los calvinistas, lejos del cerumen propagandístico acerca de la masturbación que tanto se les afea, se enteraban mucho mejor que los siquiatras de lo que cualquier adolescente se trae entre manos en lo tocante a Onán, porque prever mi caso, no me parecía entonces ni me lo parece ahora una cuestión fácil. Follar con dos mujeres a la vez es algo que no sólo ocurre en la fantasiosa virtualidad de las cintas pornográficas, sino que es un fenómeno admitido en cualquier estrato social y, ay de aquél que no confiese enseguida que ha estado de esta guisa alguna vez, pues sabremos enseguida que nos hallamos ante uno de esos taimados que las matan callando, el manso del refrán español, el típico ladrón de cigarros y mecheros, el que se queda con los farias de las bodas y el champú de los hoteles. Follar con dos mujeres a la vez es lo más parecido a la locura que pueda existir y ni siquiera esos individuos que cambian tres y cuatro veces de lengua y aeropuerto diariamente, se harán una idea cabal de qué significa eso. Es una realidad el mito del marinero que en cada puerto se tira a una mujer, por decirlo con la canción de ustedes, pero el marinero no tiene que rebobinar en cada embestida, como en una cinta pornográfica, sino que sigue, sigue adelante, diluido en la amnesia del mar, amnistiado por la ley no escrita del viaje, por la memoria de ese patrón pagano de la marinería que es Odiseo, el que se entregó a todas las sirenas y huyó de todas las sirenas, atándose a un palo (interprete usted, querido lector), para terminar en manos de una mujer fullera que tenía en un sin vivir a decenas de soplagaitas sin escrúpulos. Amar a dos mujeres a la vez es una aventura difícil para todos, pero mucho más para un adolescente que pisa todavía sobre un puente oxidado de tinieblas. No creo, sin embargo, que ni en los más entusiastas análisis calvinistas se hubieran atrevido a pronosticar una variante masturbatoria como la que yo acababa de atravesar. ¿Dónde se había visto que un mismo individuo se la cascara -digámoslo así- por el extravío de una voz y por un cuerpo en potencia, no sentido, no visto todavía? ¿Dónde se había visto el caso de alguien que se masturbara con dos espectros (siempre la masturbación tiene algo de espectral, quién lo ignora), con dos iconos vacíos? Pero en mi caso era así y yo, anestesiado, confundido, no me daba cuenta de nada o sí, sí me daba cuenta, pero entendía que eso debiera ser algo natural, asumible por el mundo enigmático de los adultos. Pero mientras llevaba esa cruz, ni me sentía un extraterrestre ni me daba por pensar que aquél podría ser el secreto del Gran Shakespeare -nada más y nada menos-, el sentido último de su mensaje: el hombre convertido en una sombra enamorada de otra sombra, que a su vez ama a otras sombras imposibles que a su vez... y ahí está Hamlet lamentando la muerte de Ofelia, la Sombra de Ofelia envuelta en el sudario de la Gran Sombra, con la herida del sueño abierta en su pecho. Ya digo, para volverse locos.

Lizzy ya hab

ía obtenido un pequeño papel con frase en mi relación tumultuosa con Christie y Cindy, y no creo que repetir que poseía la virtud de leer en el alma humana con tanta precisión como leía en una partitura de Mozart, pueda ser considerado como una redundancia sin más. Porque usted está mucho más interesado en la pedagogía interlineada del texto que en esas pequeñas pinceladas coloristas que un narrador de cuentos de terror reencarnado en el Marqués de Sade coloca como señuelo aquí y allá para perder al cándido lector; asiste usted a su propio bosque interior, al pantano de aguas sulfurosas que protege el enigmático castillo de su intimidad. Estaba diciendo que la profesora de música era una pájara de cuidado, que leía en el pensamiento y era capaz de diseccionar pasajes enteros del magín con el Divertimento para Cuerdas en Sí Bemol K 137 de fondo. Claro que la mujer aquella tenía las imágenes procesadas de sus millones de alumnos y ponerse a guardar cola como si se tratase de una vulgar charcutería, estando en el instituto, me parecía una esperanza imposible, con el plus añadido de la abstracción matemática, que no es lo mío. No es que la profesora de música no estuviese muy bien -no se trataba de eso-, o que sus piernas no aceptasen una mínima comparación con las piernas marilynianas de Miss Margaret, o que sus tetas no le llegasen ni a la altura del ombligo a las de Miss Linda, o que su voz se antojase como una bandada de palomas asustadas ante la voz aterciopelada de mi cultivadora de orquídeas... No es que la profesora de música tuviera un culo más bien bajo o le afeara la sombra de su bigote o estuviera al tanto de todas las bagatelas eróticas que una generación de coventrinos habían creado, almacenado y quintaesenciado alguna vez en sus sarmentosas cabezas. No, en absoluto. Ella era, con sus defectos, con sus caprichos, con todo lo que se quiera, la reina, la heroína, la Juanita Calamidad y hasta la Reina Madre de todo el instituto. Mientras Miss Margaret representaba el deseo abstracto, con sus torneadas piernas y su porte atlético, Miss Lizzy venía a representar el amor en concreto, la consumación del amor, vaya. Si por un cataclismo de la historia o por un exceso de celos monárquico, se le hubiera metido en el mismísimo a la Mismísima Reina de Inglaterra usurpar el puesto de la profesora de música en nuestro instituto, creo que todos nos hubiéramos abalanzado sobre Su Majestad con la saña de una zarabanda de caníbales achispados por los sicotrópicos. No: Lizzy era para los donceles del instituto la Única, la Verdadera Reina, aunque, entre nosotros, Lizzy recibiera el apodo de La Mujer de las Treinta Mil Vergas, y todos sabíamos que aquello, más que un epíteto hiperbólico -en clase de literatura nos hacían hablar así- era poco más o menos un cálculo aproximado. Con ella me caí del caballo en cuestión de sexo a dos. Jamás una gacela elige a la leona que, acezando, la sigue por la sabana o, dicho más prosaicamente, ¿cuándo se ha visto que el muslo dorado de un pollo escoja a su devorador gordo y melenudo que, de proponérselo, es capaz de recitarte de memoria las alineaciones históricas del Coventry United o el nombre y apellidos de los cien mil hijos de San Luis? Así estaban las cosas por el instituto y mi vida, hasta que un día la profesora de música se volvió de espaldas, contoneó su culo con prosapia, se empinó sobre sus botines de basquet, alzó el dedo en busca del botoncito rojo y, observando las fluctuaciones de una pantalla abstracta e invisible, pronunció en alta voz.

-A ver. Un poco de silencio, por favor. ¿Qui

én tiene el 30.251?

Y quiz

ás, quizás el bueno de Danny, el de las erecciones jurásicas, no anduviese del todo descaminado en sus cavilaciones, porque según me contó años después en una visita fugaz que hizo a mi buhardilla de París, Miss Margaret le había dado cuartelillo una tarde en la que ambos coincidieron en el cine. Era la época en la que él andaba más pletórico, con sus fuerzas intactas, capaz de alancear a dos millones de búfalas. Él, como siempre, había ido al cine solo. Le chiflaban las pelis de aventuras. Mientras más tiros, derrapes y explosiones, mucho mejor. Eso lo abstraía, contaba, rebajando con agua toda su violencia interior. Aquella tarde ponían una de esas películas de desastres naturales, con ambulancias y saqueos, con tipos atrapados dentro de los apartamentos, histeria, confusión y colas quilométricas en las carreteras: un jodido meteorito había caído en el mar, a setenta leguas de San Francisco, levantándose una ola de aquí te espero, y, de no mediar un milagro, la ciudad sería barrida por las aguas, junto a otras trescientas ciudades del interior, en cuestión de horas. La peli no era para volverse precisamente tarumba, se justificaba el propio Sals, pero sí la única manera de tener controlada a mi jaca, tú ya me entiendes. No habría más que diez o doce personas en el cine. Sobraban asientos libres para dar y tomar. De pronto, bajando por el pasillo central, se vio una sombra. Al principio no echó cuenta, pues su aparición coincidía con una deflagración que hacía saltar por los aires una veintena de coches. Pero la sombra se acercó a donde se hallaba él, ocupando justo el asiento de al lado. Él no sintió sino una leve incomodidad, justificada porque aquella sombra desconocida podría haber elegido cualquier otro asiento vacío. Quién sabe, caviló, podría tratarse de un asesino que recorre los cines para degollar tranquilamente a sus víctimas; podría tratarse, por qué no, de uno de esos esquizofrénicos que, de pronto, se sacan una navaja y te hacen diez o quince costurones en menos que derrapa o vuelca un coche. Había que andarse con ojo, sí señor. Por eso, cuando al cabo de dos o tres minutos de angustia preventiva, la presencia anónima rozó levemente su rodilla, Danny dio un salto hacia atrás y ahogó un grito de pánico. Siguieron otros dos o tres minutos de confusión en los que el pobre Danny sudaba como si fuese él quien quedara atrapado dentro de una estructura de hierro que crujía trágicamente a cada segundo, amenazando con soltarse y caer sobre el río. Al cabo de otros tres minutos, la mano volvió a interesarse por la rodilla y Danny Sals, sin poderlo evitar, se volvió hacia el dueño -él creía firmemente que era un hombre- de la mano. Lo que vio, lo que pudo ver, fue una melena y una silueta que parecían de mujer. Eso, que lo hubiera tranquilizado, desató en él a todos los diablos. La mano anduvo ramoneando rodilla arriba, rodilla abajo, acercándose muy lentamente hacia el punto de no retorno. Danny, que seguía las evoluciones con pavor, se mostraba rígido y expectante como si de un momento a otro le fueran a rebanar la cabeza, cualquier cabeza. La mano, sin embargo, abandonó su muslo para acariciarle la cara y el cuello. Era una mano perfumada, femenina, tibia. Con la nueva perspectiva, Danny se fue relajando, dejándose hacer y deshacer, como una madeja de lana entre las uñas de un gato, al tiempo que echaba agónicos vistazos a la pantalla, tratando de poner en claro quién era el que salía volando por los aires, envuelto en una bola de fuego y quién el poli corrupto que trapicheaba con el senador, pura morralla. La mano misteriosa volvió a sus primitivas y previsibles ocupaciones. Esta vez lo que encontró fue la polla de Danny a punto de reventar. Indiferente al drama de una hecatombe mundial, ajena a los trapicheos de los hampones, aquella sombra no daba tregua a sus manos y a su boca, que se repartían al pobre muchacho como si fuese un último y desesperado botín. Así, hasta que Danny, que llevaba cinco minutos resistiéndose a ser tragado por la gran ola, emitió un sordo suspiro que paralizó la sala por un instante y hasta los propios actores, apresados en la lona blanca, tras sobrevivir a otra escena apocalíptica, los mismos que observaron con indiferencia el desplome del gran puente de Oackland, quedaron en suspenso ante el grito de Danny, con los ojos traspuestos por el pavor, tratando de adivinar qué nueva hecatombe se cernía sobre ellos, desgarrando así la oscuridad de la sala. Desamparado, en mitad de sí mismo, Danny trató de aferrarse a esa mano desconocida y cómplice que ahora, entre el murmullo de la sala, parecía agazapada, inerte, sopesando el silencio. Estuvieron un rato así, sorprendidos, con el corazón encabritado, hasta que uno de los coches que andaba derrapando por el asfalto, se estrelló contra el quitamiedos de la carretera y cayó con estrépito de olas sobre la Bahía de San Francisco, dejando sobre el agua una sensación triste de oquedad y de infinita tristeza. Para entonces, en una graciosa inclinación, la mujer, haciendo un calculado movimiento, se sentó sobre sus rodillas y se volvió a hacer con las riendas del asunto mientras él, verdaderamente atrapado, la tomó por la cintura tratando de encontrar algo sólido sobre lo que agarrarse en caso de que la ola se presentase antes de tiempo. En la pantalla, un hombre magullado se limpiaba el sudor de la frente con el antebrazo mientras observaba con un gesto de alivio el perfil del puente sobre el que espesaba todavía el humo de la catástrofe. Pero Danny hacía tiempo que andaba enajenado del tremendismo un poco zafio de la pantalla. Mientras ella seguía a lo suyo, Danny se las ingeniaba para recorrer con las manos aquel cuerpo que se había introducido como una bala en el suyo. Y lo realmente curioso fue que no reconoció a la profesora Margaret por la tersura de aquellos muslos, sino por la exactitud con que respondían a su imaginación y por lo fieles y experimentados que se mostraban al recuerdo y a sus sueños. Tuvo un momento de confusión y de pánico, pero ya era tarde: su cuerpo se hundía, irrevocable, en la ensenada, dejando sobre el agua una estela blanca que desmentía la oscuridad. El puente, arriba, parecía inalcanzable, de manera que acabó explotando nuevamente como un pozo artesiano, como el cristal de una farola ante un buen plomillazo. Entonces ella, que se había agarrado con fuerza a ambos brazos de la butaca para dirigir la operación, volvió a su asiento, tomó un pañuelo, se limpió rápidamente y tras una sonrisa ida, tamizada por la confusión y la oscuridad, se escurrió en medio de su desconcierto y se marchó. Sólo al escuchar sus pasos amortiguados, succionados por la alfombra, Danny tuvo conciencia de la profanación.

-¿No me digas que la reconociste?
-Como te reconozco a ti. Ni m

ás ni menos.

-¿Y ella?
-Ella iba a lo que iba. Igual le hubiera servido yo que cualquier otro.
-Pero, ¿volviste al cine? ¿Te viste con Miss Margaret en alg

ún otro sitio?

-No. La segu

í durante días. Me hacía el encontradizo, le tiraba indirectas, pero nada... Ella, ya digo, iba a lo suyo...

-No fastidies.
-El amor es una cosa extra

ña, tejida de sueños. Cuando los sueños resultan realidad, todo se desploma, como el puente de San Francisco ante la ola gigante. A veces pienso que Miss Margaret fue a buscarme al cine para dejar zanjado el asunto aquel de las erecciones.

-¿Lo consigui

ó?

-¡Claro! Aquella tarde de cine fue mi ca

ída particular del caballo. Mi entrada en el mundo de los adultos. El caso es que me sentía como un trapo sucio, al que alguien utiliza sin más para limpiar el polvo. No sé, me sentía degradado, roto. Pero, al fin, me libré de Miss Margaret para siempre. Tú sabes que yo estaba por los huesos de Miss Margaret. Me quedé en mitad de la nada, consciente por vez primera de mí y de mi ruina. No sé, es como si un día descubrieses que tu madre no es tu madre, que tu perro lleva un microship para espiarte, que tus vecinos te dirigen miradas recelosas o te fotografían detrás de los visillos, y que todo en tu vida ha sido producto de un sueño, de una enajenación y tú, lejos de ser quien creías ser, no fueras más que un pobre tipo amnésico con el que todos se han divertido, tomándole el pelo, para mandarlo ahora al pabellón de la muerte porque empieza a no ser ya tan divertido. Eso fue lo que pasó esa tarde de cine, ni más ni menos.

-A ver si ahora me sales un jodido existencialista de tres al cuarto.
-D

éjate de coñas, tío. Hablo en serio. Aquella mujer me había sacado todo lo viejo que había en mí y, todo me resultó tan nuevo, tan distinto, que ni siquiera sabía quién carajo era yo, ni en qué lugar me encontraba. Ella era el último de mis sueños y sin sueños, uno ya no es nada. Cuando, al cabo del rato, se encendieron las luces, todo a mi alrededor parecía tan vacío e inhóspito como un campo de rugby a las ocho de la mañana, cuajado de grajos.

-Es lo normal, joder, estas cosas no te pasan todos los d

ías... -le dije.

-Puede que sea lo normal, pero yo me qued

é como si me hubieran dado una paliza de todos los diablos.

Orden

é los números en mi magín, tragué saliva, miré a mi alrededor, alcé la mano sobre la muchedumbre expectante de cabezas, me levanté y ruborizado hasta las amígdalas, ensayé como pude mi programa de guerra:

-¡Yo! -y repet

í de manera hipnótica ese número, como si de él dependiera mi porvenir o el porvenir de toda una raza. El 30.251, eso es, cómo olvidarlo. Eso supuso mi ingreso inmediato en la academia de húsares que la profesora de música había montado en su dormitorio. Todos pensábamos para nuestros adentros que la profesora de música era ya una mujer experimentada, pero nadie llegaba a la temeridad de imaginarla como lo que era, una redomada gourmet del sexo, una maníaca de la filantropía virginal. Eso y mucho más era la profesora de música. No tuve más que seguirla con el corazón encogido, con la tensión del astronauta que se encamina hacia la cápsula espacial, flanqueado por una muchedumbre de histéricas banderitas. Su casa, sin embargo, tenía más bien el aspecto de un hospital de afligidos, con tazas y ceniceros atestados por todos lados, con discos sacados de sus fundas y una preciosa pipa marroquí, de delicados dibujos geométricos... todo lo cual causaba la desazonadora sensación de que no hacía más de diez minutos que había hecho escala por allí la selección neozelandesa de rugby o una manifestación conjunta de mineros galeses y tuaregs. Cuando ella, con un gesto que lo decía todo, empujó la puerta y escuché el clap, me encontré en la decisiva situación del feto antes de franquear el pórtico rosado y sangriento hacia la luz. Sonaban los primeros compases del concierto patético de Listz. La profesora, sonriéndome, se perdió por una de las puertas y yo me quedé en medio del salón, incapaz de dar un paso, no tanto por no quebrar el desorden, cuanto porque en ese momento sentía que en vez de sangre, mis venas estaban llenas de melaza corrompida, de zarzaparrilla caliente. Lizzy volvió con dos vasos tintineantes de hielo y ansiedad.

-¿Un whiskicito?
Llev

ó su tiempo despejar el sofá y sentarnos con el vaso de whisky en la mano por toda arma arrojadiza, pero en pocos segundos la atmósfera era ya la de un horno microondas. Lizzy sabía cómo aumentar la temperatura ambiente con un par de frases hechas sobre el campo de minas que en ese momento estábamos atravesando. Por lo pronto, antes de inclinarme sobre ella, mucho antes de rodearle la cintura o de comprobar hasta qué punto eran seguras sus nalgas en caso de naufragio -estábamos hablando de un pipiolo de secano y sin ninguna hora de mar, como quien dice-, ella, solemne, autoritaria, mandó que me acomodara en el sofá, que le dejase a solas con el cinturón y así, sin más preámbulo, liberó la hebilla y sonrió con esa sonrisa principesca que preludia el descorrer de la cortinilla inauguradora de un museo provincial. Y eso era exactamente yo, un museo provincial que se abría por vez primera al público, tras arduos ensayos, tras interminables monólogos, tras incomodísimas obras y facturas apiladas. Todo en mí estaba reluciente y como si acabaran de desenfundarlo, pero Lizzy no era una princesa cualquiera, de ésas que se limitan a descorrer la cortinilla, hacer el discurso y sonreír al personal. A ella le interesaba el arte, la paleontología, las excavaciones, las piezas de museo, de forma que introdujo su mano entre mis calzoncillos con la determinación del niño que extrae la bola con que acaba de saltar el gordo de la lotería.

-¡Guau!- resoll

ó.

Yo tragu

é saliva y la miré levemente sobresaltado.

-Con un poco de cari

ño, esto puede dar mucho de sí -proclamó y acto seguido se inclinó sobre ella.

-Venga, machote -me dijo cuando ya hab

ía convocado en mí a todos los diablos, que se encabritaban dispuestos a poner a todo Coventry en estado de excepción-, tócate un poco, para ver qué tal te llevas con ella.

En ese momento, se lo puede figurar, me sent

í como una humilde patata irlandesa en medio de una salsa de amanitas, por no decir algo mucho peor.

-Hazlo t

ú, maestra -le susurré al cabo del susto.

-Anda, no seas tonto -replic

ó-. Aquí no hay más maestro que tú.

-Pero...
-Es que luego, cari

ño, el jueguito es, no sé cómo decirte...

-Pero...
-¿Sabes? A un hombre se lo conoce por la manera de... ya me entiendes. Y una mujer debe saber con qu

é clase de hombre ha de vérselas. ¿Me sigues?

-¿.?
-Chico, hazme caso, yo s

é lo que me digo.

Se las sab

ía todas la profesora de música, pero así supe de una vez por todas que hacértelo ante una extraña es casi una forma de tortura.

-Solo no voy a poder.
-Es por tu bien, cari

ño...

Parec
ía que estaba esperando mis palabras porque de una arremetida violenta me la clavó de tal manera que por un instante creí que me desgarraba las entrañas, y no pude sino ahogar un grito, entreverado de dolor y placer. La suya debía ser una polla fina y larga, una de esas pollas curvas que me ponen a morir. Grité y jadeé todo el rato mientras él me horadaba hasta el fondo o, con toda la sangre fría del mundo, sacaba su capullo y lo frotaba a todo lo largo de mi begonia-tigre.
-¡Venga, cari
ño! -le gritaba muerta de deseo-, ¡a qué esperas para metérmela otra vez!
Pero
él, seguro de sí mismo, se lo tomaba con calma, de forma que cuanto más le insistía yo, más remiso se mostraba a enterrarse de nuevo en mí. Su aparente y perversa frialdad me volvía loca y me producía la misma desazón que debe sentir una bailarina que en el estreno llega tarde al compás. Por esa razón, haciendo un supremo esfuerzo, giré en redondo, colocándome frente a él que, sorprendido, dio un paso hacia atrás, mostrando una tranca de al menos 10 pulgadas, que, madre mía, no estaba dispuesta a desperdiciar.
-Ahora -le dije abri
éndole las piernas- vas a acabar el trabajo de una vez, cacho de cabrón.
Sin darle tiempo a respirar, se la cog
í con determinación e hice que me la clavara de nuevo, esta vez muy poco a poco, sin sacarla del todo, sin meterla del todo, pero cada vez más aprisa, de modo que volví a ponerme histérica y empecé a menear el culo hacia atrás y hacia adelante hasta percibir el palmoteo de sus huevos contra mis nalgas, una y otra vez, una y otra vez, sintiendo cuando me la sacaba un vacío estremecedor y glacial, y cuando me la hundía, un dolor como si en vez de una polla, tuviese dentro una bomba de achicar agua. Mientras me embestía, el muy cabrón no dejaba de palmearme con violencia o me hundía los dedos en las nalgas, pero, eso sí, ya ninguno de los dos podía parar, de modo que al cabo de un buen rato, cuando ya creía que me faltaba la respiración, sentí un latigazo eléctrico en mis entrañas, aflojé las rodillas, grité, y juntos caímos al suelo, aturdidos, mareados por la realidad. Y como yo no estaba dispuesta a dejar que se me desvanecieran aquellas 10 pulgadas que tenía claveteadas en los tuétanos, le dije:
-No te salgas todav
ía -pero su miembro se iba deshinchando por segundos, mientras él todavía resoplaba como un búfalo en medio de una estampida.
-Deja que te la vuelva a poner en forma -le propuse al cabo del rato-, pues todav
ía no se habían encendido en mí las lucecitas de completo.
Él me echó entonces una mirada con más inquietud que desgana, pero después de apartarse me señaló su fláccido instrumental, en el que todavía titubeaba un resto como de merengue.
-Ac
ércate, cariño -susurré.
Fue ponerla en la palma de mi mano y aquel t
ímido apéndice, ridículo y como suspendido sobre sí mismo, volvió a cobrar vida. Pero el dentista, tras la primera sangría, era duro de pelar y viendo que no había forma con la mano, lo intenté con la boca hasta que, rendida otra vez, sentí un chorro caliente, esta vez en lo hondo del paladar. Tenía un sabor a pollo helado, a trufa hervida, no sé.
-Oye, cari
ño, tengo un amigo en la consulta de al lado. ¿Te gustaría conocerlo?
Pero esa es ya otra historia que contar
é quizás más adelante, aunque puedo anticipar que tener 18 pulgadas de carne ajena metidas en el cuerpo no es cosa que una pueda contar todos los días.



No s

é si es el abismo atónito que se abre ante la vista desde este balcón alpujarreño el que me conduce vertiginosamente, una y otra vez, a lomos de esta montaña rusa sobre la que parece ir derivando la novela, hasta la cafetería del barrio Latino, donde años más tarde, milagrosamente, volví a encontrar a Cindy. Pero antes de referir esa historia, convendría entrar de una vez por todas en el tema del Don Juan, el amante peregrino que simula el estupor de los cuerpos diseminados con la desesperación de un niño de pronto rodeado por cientos de palomas que, apenas sienten su mano, echan a volar despavoridas, cegadas por un temor atávico. Me refiero al gran misterio del Don Juan, al Don Juan de Sí Mismo, quiero decir, al sospechoso Don Juan que no alberga otra aspiración que la de ser el eterno amante de sí mismo, el eyaculador pertinaz que cree follar ante el espejo, en el que se sospecha solo y, así, consumado todo, cuando la presa queda sujeta por sus espolones, ya no le queda más que pensar en huir, en salir por pies como alma que llama el diablo en busca de otro espejo definitivo e inexistente, que sea capaz de reproducir el retrato robot del amor, el mismo que yo, sin saberlo, creí encontrar en Carlota, Carlota Melville, ese mito vedado al Don Juan que en su imaginación viajera, de saltimbanqui, cree encontrar en la orgía, en el peyote o en el vudú. Lo del vudú, vaya por dios, trastoca mi camino hacia Carlota y me lleva de nuevo a mi vieja amiga Cindy, a la que pronto, tras el acuerdo con Christie, me sentí atado de por vida. Y es que para Cindy, mujer hecha y derecha, que como luego Lizzy se las sabía todas, yo no fui sino un pequeño monigote de vudú que ella manipulaba a su placer, como la niña que descubre un día el poder de la voluntad y las continuas pendencias de la imaginación y trata de aplicarlas a rajatabla con el primer imberbe que se cruza en su camino. Primero, ya lo he referido cien veces, fueron sus bragas colgadas del tendedero, aquellas bragas y sujetadores capaces de suscitar en el muchacho pasmado que yo era, pensamientos trascendentales e hipnóticos (y bien sabe Dios que era entonces un muchacho capacitado para los asuntos transcendentales y un alumno interesado por la hipnosis), que me llevaban a vacilar una y otra vez entre esencia y existencia, entre el silencio de la materia y la materia del silencio, pasando por diez o doce escalas intermedias que me dejaban el cerebro exhausto y reducido a escombros. Infeliz de mí, creí que las bragas colgadas frente a mi ventana eran el fruto prístino y doméstico del azar. Pero Cindy, que aún no se había degradado ante mí mismo con la fatua perversión de la realidad, podía permitirse el probarme todavía con la complicación licantrópica del amor, ahí es nada. No quiero negar la circunstancia de que yo me quedaba durante horas extasiado frente a las bragas estratégicas de Cindy sin otro intermediario que el marco de mi ventana abierta a la gélida primavera de Coventry, a pique de coger una pulmonía, con la secreta ilusión de que en algún momento trascendental, el cuerpo todo de mi odalisca apareciera enmarcado en la ventana como una de las madonnas de Modigliani, liberado ya de aquella mera ilusión que de su cuerpo ofrecía su ropa interior. Pero imaginar a Cindy colgada con pinzas del tendedero, a más de surrealista, no era algo sobre lo que yo pudiera hacer gran cosa. Por eso, un día Cindy, que, como la profesora de música, parecía tener una fijación especial, aunque de índole diferente, por mis pensamientos, apareció en mitad de mi enésimo homenaje a su ausencia, con los humos de una auténtica estrella del celuloide, en una maniobra inspirada en el ingenuismo erótico de palpar y recoger la ropa, que a mí me dejó petrificado, no tanto porque me pillaba en el instante supremo de entregar mi simiente al diablo de la nada, cuanto porque su presencia inesperada venía a suponer una contravención, un paso más en una biografía erótica escorada definitivamente hacia la irrealidad. Así las cosas, salté de la cama, tragué saliva, encogí el estómago, y me dispuse a ser devorado por aquella aparición de pelo cobrizo, de hombros torneados y pecosos, de dedos largos de guitarrista. El resto de su cuerpo me quedada vedado, pero para quien ya está sólidamente comprometido con el vacío, aquello era tan grandioso como estar bajo la cúpula de la Capilla Sixtina.

Puestos al corriente sobre mi iniciaci

ón dual, acaso sea ya la hora de introducir a Sophie, de quien aprendí, si no otra cosa, los rituales del té. Sophie era una jovencita más o menos de mi misma edad, pero mucho más curtida que yo en los negocios y en los tremedales de la vida. De no ser una sutil vendedora de té, yo creo que hubiera tenido un brillante futuro de institutriz en el extranjero, no sólo por la severidad de su carácter, sino, sobre todo, por su manía del orden, por su claridad de ideas y porque Sophie era mucha Sophie. Pobres de los niños y las naciones que hubieran caído en sus manos. Como quiera que yo era un maldito Osborn, Sophie tuvo conmigo muchísima menos paciencia de la que hubiera tenido con cualquier otro aprendiz, de modo que apenas puse el pie en la tienda, ya me marcaba el terreno como si fuera un fumigador de gas mostaza. Yo creo que en el fondo odiaba todo aquel mundo del té y de los Osborn, y en cuanto estuve a tiro de piedra de ella, no dejó de zaherirme, de reprocharme mis orígenes, de lanzarme cargas de mortero, de marcar el territorio, en suma. Me acechaba como un furtivo acecha al guarda forestal apostado tras un roble. Cuando yo emprendía un movimiento, ella ya había consumado dos en sentido contrario. Lo suyo era una telepatía de andar por casa -nada que ver con la de Lizzy- pero lo mismo, si no más eficaz. Sin que me percatase de ello, había tendido su red y a poco de llegar, me tenía atrapado como a un grillo dentro de una jaula de corcho. Sin darme cuenta, me encontraba dando vueltas y más vueltas en una danza sexual en la que ella marcaba el compás y elegía los tiempos. Un día, al mes o así de mi bajada a los infiernos de la Osborńs tea, sin darme tiempo a reaccionar, me tiró sobre los sacos de té y casi llorando me refirió que tenía un novio, pero que se hallaba muy muy lejos, expuesto a la crueldad de los tamiles ceilandeses, al paludismo y a la sevicia de los lupanares de Galle. Aunque pardillo todavía en según qué estrategias del amor, creí captar la indirecta y la atraje por la cintura, pero ella se revolvió y juntos caímos al suelo, riendo y temblando de deseo. Casi me rompo la cadera, pero eso no fue obstáculo para hacerle saber que a falta de su héroe, siempre podía recurrir a un Osborn que odiaba las colonias, el té, el fútbol y abrir la tienda los sábados por la mañana. Como el programa no era del todo malo, Sophie transigió y hasta trató de mostrarme que sabía lo que se traía entre manos. Al acabar, sin embargo, haciéndome creer que las cosas habían llegado demasiado lejos, me puso los puntos sobre las íes. Sophie creía tener agarrado por los huevos a un novio militar, que en la cama poseía hechuras y bravuras de Saladino. Comparado con él, yo no pasaba de ser una especie de aprendiz con asma, que lo supiera, pero Saladino estaba siempre de campaña con su graciosa majestad, expuesto a la malaria y a las purgaciones cingalesas y eso, soldado, se termina pagando. A falta de mejores ungüentos, la brava Sophie se contentaba conmigo, que me tenía mucho más a mano que a su garañón de las selvas del Índico. Sophie, ya lo he dicho, era una mujer muy muy suya, de tan firmes como estúpidas convicciones, lo que a mí me traía a mal traer, valga la redundancia. De momento, sólo estaba operativa en horario laboral y, así, el resto del tiempo tenía que buscarme la vida y zangolotear al albur de cuerpos fortuitos y con tendencia al olvido. Su férreo horario me desazonaba, porque en él advertí una especie de juego perverso, una especie de inversión de la relación tópica entre señor y sirvienta que a mí, un tipo con un avisado odio por la clase en la que había nacido, me sacaba de mis casillas, pero acabé por aceptarlo como se acepta que una esquina no se mueva de su sitio o que en un canal de riego aparezcan perros muertos. Por más que intentaba convencer a mi leona de ojos esmeraldinos de que se viniera conmigo al río o nos encerráramos durante cuarenta y ocho horas a sangre y fuego en una tienda de campaña, nunca conseguí alejarla anímicamente de su zapador o de la trastienda del té. Yo albergaba la absurda convicción de que sólo dos días conmigo bastarían para pasar al retiro forzoso a su comandante de campo y a su inquina social. Pero ella estaba por los huesos de su granadero y ya sabemos lo que significa una cosa así. Eso, que al principio me pareció poco menos que un desaire o una reprobación personal, acabó por liberarme y abrirme a otras experiencias.

-Vente conmigo a Ibiza -le susurraba.
-Ni so

ñando.

Entre Sophie y yo, no hab

ía más que un poco de sexo puro y duro. Ella fingía ignorar mis ronroneos y mis malicias con una terquedad y un dominio de sí misma digno de una carmelita que conoce al dedillo los senderos de la levitación y de la autosuficiencia. Al principio creí que tamaña frialdad tenía que ver sólo con el trabajo, pero enseguida me percaté de que Sophie poseía convicciones profundas, y la más profunda de todas era la de consagrar su alma a aquel guerrero que iba por la vida dejando los campos de batalla extenuados de cadáveres, devastados los úteros de las vencidas y dejando un reguero de latas de cerveza a su paso. Entre tanto, Sophie, que me dejaba merodear por el interior de su cuerpo como si yo fuera un turista extraviado en una catedral gótica, que se arqueaba y afilaba su mentón apenas sentía que algo se abría paso por las paredes de su vagina, se negaba a tocarme la polla porque, argumentaba, eso sería como ponerle los cuernos a su hombre.

-¿Y follar qu

é? -preguntaba yo desde la perplejidad y la rabia.

-Follar es diferente. Una lo necesita. Es como cepillarte los dientes o sacar al perro para que haga sus cositas. El vicio, nene, es otra cosa.
-Al menos, haz que vuelva a su ser.
-¿Est

ás loco? Para mí, a ver cuándo te enteras, no hay más manteca que la de mi granadero.

Pero, a ver qui

én engaña a una mujer que sabe leer el pensamiento como quien lee una partitura de Mozart. Lo que sí se me hacía difícil entender era cómo alguien de sus cualidades, con su información, no llegara todavía a vislumbrar que el de la masturbación es un asunto, en lo esencial, solitario, una especie de ensayo de un discurso sobre el sexo, rumiado ante el espejo.

-Me gusta ver c

ómo un hombre se entiende consigo mismo -recalcó-. Hay taaantos modos de relacionarse consigo miiiiiiismo...

El m

ío, después de haber perdido casi el pellejo de ensayar en casa, fue un monólogo de un complicado dramatismo, porque no conseguí abstraerme de una situación espinosa en la que era imposible atraer a nadie a mi retina (oh Linda, oh Cindy, ¿dónde estabais?) y la profesora de música, que me observaba con la unción con que el pianista observa al afinador, no podía ser la referencia. Apañados estaríamos si la mujer con la que te vas a meter en la cama en dos minutos, quisiera, además, ser la dueña y la inspiradora de tus escarceos con el Gran Onán. Después de aquella aventura un tanto surrealista: 1) abandoné para siempre el Oscuro Reino del Celibato Consentido y 2) vi por primera vez en mi vida un coño afeitado. Son cosas que un hombre no olvida. Ella sentía tal seguridad en su coño afeitado y enérgico, que una vez que te escurrías hasta su fondo, ya podías olvidarte de que la naturaleza te hubiese concedido una polla. Tal era la capacidad de absorción y de posesión de aquella loca mozartiana que escondía en sus entrañas las minas del Rey Salomón, la Atlántida, Neverness y la Isla de los Niños Perdidos con sus parterres, sus museos de cera, sus castillos interiores, sus mazmorras y su todo . Tu polla, allí rendida, era una magdalena dentro de un océano placentario donde seguramente nadaban escualos y rayas gigantes, pirañas del tamaño de Westminster y pecios de navíos reventados por el peso de los doblones. En tales circunstancias, el muchacho virginal que yo era, no se sentía muy distinto del pollo al que de un momento a otro van a rebanar el cuello en una fábrica donde producen toneladas de pollo al curry. El amor dual era, ahora lo comprendía, demasiado grande e intrincado para un muchachote como yo. La buena de Sophie, nuestra dependienta del té, llegaría más tarde, pero en ella el ceremonial sería distinto, pues todo entre nosotros poseía el cuño de la necesidad, de la liberación, acaso de la desesperanza. Lizzy era, sin embargo, una intérprete de Mozart, la vampiresa que ensayaba una y otra vez, una y otra vez la misma partitura, como si alguien se hubiese dejado en ella una semifusa espúrea que hubiera que desentrañar y, lo cierto -lo ingenuo- es que llegué a pensar que yo era esa semifusa remolona. Y no hay que olvidar que Lizzy (y creo que también Cindy) leía en el pensamiento.

-A ver, un poco de silencio. El treinta mil doscientos cincuenta y dos.
Carlota y Nancy, Nancy y Carlota fueron, mal que me pese, caras de una misma moneda, de forma que todo cuanto s

é de Nancy se lo debo a Carlota, y todo lo que se me escapa de Carlota, lo sé por Nancy. Donde acababa la una, comenzaba la otra, pero a pesar de los placeres que me prometía con Nancy, mi verdadero estandarte, mi estrella y mi naufragio particular se llamaba Carlota, de manera que me podría haber quedado a vivir con ella comiendo tierra durante quince o veinte años; la habría seguido hasta el fin del mundo, escalando fiordos o descendiendo violentos cañones, pero la imprevisible Carlota no acababa de comprender aquella fijación mía por explorar cada centímetro de su cuerpo, como si fuese la isla donde habría de pasar el resto de mis días, de manera que no me quedaba otra opción que seguir mis exploraciones a través de su zigzagueante topografía, en unos recorridos imprevisibles que acababan siempre en el abrojal de unos muslos que se abrían al tacto como bellísimos códices irlandeses; tras algunas idas y venidas por su cuello y sus tobillos, que tenían una textura ósea, escalofriante, aventuraba los dedos en un pubis que desdecía el carácter dulzón y casi extraterrestre de mi ninfa. Porque el pubis de Carlota era tan híspido como los niños neoyorkinos de su ascendiente y no podía enredar mis dedos sobre aquel denso abrojal sin dejar de percibir el furioso escalofrío del párvulo que, de pronto, se encuentra perdido en medio de una multitud.

-Cari

ño, ¿qué?, hoy se ve que estás en otra cosa.

En otra cosa, dicho en labios de Carlota quer

ía decir, sin más, en la literatura. Pero no, yo estaba luchando en su pubis, en algo tan cercano y a la vez tan ajeno a ella como era su pubis. Y es que si aquel pubis parecía huraño con relación al carácter de Carlota, lo era mucho más con respecto a su coño, que poseía la calidez de un día interminable de abril o de una casa con calefacción central. Uno, que no hubiera pasado ni un solo minuto escondido en aquel pubis, podía pasarse horas enteras en su coño, tocándolo como si se escuchara en su interior un instrumento musical desconocido, un bandoneón rosado y tierno que yo no sentía con los sentidos, sino con el cerebro. Era un coño hecho para descansar toda una temporada en él, amparado en su tibieza, en su magnanimidad, en su impronta catedralicia, pues es lo cierto que cuantas veces he intentado entrar más tarde en una catedral, ha acudido a mí una sensación invencible de gelidez y de desamparo, de inútil exageración, de grosero souvenir bendito, insignificante con respecto al coño de Carlota. Toda comparación con el coño de Carlota me pareció simplemente grosera, pues una catedral es algo muerto, polvoriento, y el coño de Carlota estaba vivo, enorme, sagradamente vivo. El mundo, el maravilloso, el detestable mundo, se quedaba a las puertas del coño de Carlota, conmovido, tremebundo, desahuciado, ajeno. Tan era así, que estando en él me olvidaba con frecuencia de Carlota, que en sus peores días, cuando se le revolvían los diablos, que en ella eran de mucho ruido y poca pólvora, se empezaba a sentir celosa de su propio coño y le daba por creer que en vez de con él, le estuviese siendo infiel con cualquier pelandusca de tres chelines (Nancy, Nancy, Nancy). Carlota, digo, que era en el fondo una mujer abierta, generosa y comprensiva, cuando andaba en estos trances me mordía el cuello o se recluía en mi polla, como si también ella, acaso por emularme y hacerme ver mi locura taxonómica, abrigase la sospecha de que era autónoma y pudiese prescindir de mí y de mis comidas mentales en cuanto a ella le viniera en gana. Ella la sabía su aliada, su compinche en mí, su confidente. En todo caso, no dejaba de haber una cierta simetría en el hecho de que mi polla albergara para Carlota exactamente la misma significación que para mí tenía su coño: un lugar fuera del tiempo y del espacio, un lugar fuera de la mente. En lo que respecta a sus prestaciones eróticas, más allá de desahogos literarios, Carlota no hubiera sacado buena nota con un profesor menos indulgente y predispuesto que yo. Con ella siempre empleé el beneficio de la duda que se esconde en la letra pequeña del amor. Porque, a qué ruborizarse a estas alturas: yo amaba a Carlota. La amaba con independencia de su coño (a quien simplemente idolatraba, seamos justos), y si a otras mujeres he llegado a través de sus coños (las más de las veces, es verdad, me quedé en ellos, temeroso de salir a la luz, como una rata atrapada en una despensa), fue Carlota la que me condujo, después de cuatro horas dando bandazos, hasta ese vasto universo que su coño inauguraba y del que aún me siento cautivo y peregrino incluso cuando hace ya demasiado tiempo que decidí hacerlo desaparecer de mi vida. Llegué a él con la misma ceremonia, con el mismo susto de cuando te llevan a conocer a quien será tu jefe o te presentan como un chico prometedor a un escritor famoso que se detiene en tu ciudad aniquilado por los rigores de una promoción desquiciada o una gastroenteritis de padre y señor mío, acaso por tener que aguantar a tantos chicos prometedores. No sabe usted, querido lector, con cuánto gusto escoraría el objeto de este libro hacia mi Carlota, a la que sólo cabría reprocharle para ser perfecta, aquella terrible espesura en la que sentía, acechantes, ballenas y fiordos, minas abandonadas y cubiertas de jaguarzos, cráteres de vértigo y trampas para búfalos, todo lo cual terminaba dándole un sentido de aventura y de safari al gesto sencillo, en apariencia sencillo, de comenzar su expedición. Porque había que atravesarlo, despertar todas las camadas de lobos y dispersar a todas las alimañas hasta quedar anegado en esa acequia de aguas termales que nacía justo de la separación de sus piernas, donde ya al hundir la lengua, me sentía como el párvulo que se abraza a su madre después de haberse extraviado en una plaza y, de manera instintiva, se siente unido (reconocido) al latido primordial y atávico que lo puso en la lanzadera de la vida. Así era el coño de Carlota. Ah, el coño acharolado y caudal de mi Carlota...