CEDROS

Hoy, para variar, las nubes ensombrecen el panorama. Estoy harto. Hasta el  cielo se pone gris. He repasado las últimas entadas y todas ellas hablan del lamentable estado de la nación. No, no quiero hacer de esta hohita de reflexión al mediodía, un panfleto, pero es que las cosas a veces se ponen así de duras. Yo las veo así, al menos. Pero quiero que salga el sol, quiero contaros lo que se ve por esta ventana, quiero acercaros a esa paz que se respira por aquí y que es tan necesaria. Lo que ocurre es que una cierta responsabilidad cívica me empuja a contaros lo que opino de la realidad, las trampas de la realidad, sus mitos, sus trampantojos y sus cosas. Ayer anduve con Lito y Jose por esos campos de Dios. Anduvimos por un panorama que me es conocido: las inmediaciones de la cueva de Alcalá, donde se sitúa La tierra negra, la única de mis novelas ambientada en Fuenteheridos. Pasamos ante un par de cedros (uno bastante deteriorado) en lo alto de un cerro y cerca de ellos observamos que habían nacido otros cedros y que seguramente de aquí a unos años esos cedros se habrán extendido por la ladera, formando un pequeño bosque. Hay, pues, rastros de luz en las cosas, hay grietas por donde se cuela luz. Lástima, claro, que la luz se nos muestre tan cara.

Os dejo hoy con un microensayo (por decir algo) y que es en realidad un descarte digresivo de una novela, Colibrí con hielo, que se eterniza en el cajón y que, lejos de ajarse, se va reafirmando en sí misma. Un día, ya verás, le encontraremos acomodo.


EL GORILA DEL AMOR (MICROENSAYO)

 
Detrás de esta capa de pan de oro que otorga la cultura y la educación, las buenas maneras y los valores consagrados gracias a las revoluciones que en el mundo han sido, existe un gorila. Lo que llamamos amor no es más que un gorila del tamaño de San Pedro del Vaticano, al que mantenemos encerrado en una mazmorra. Aislado del mundo por un foso de pirañas, cocodrilos y peces de colmillos tan devastadores que podrían taladrar el casco de un torpedero, el gorila parece tranquilo y no le inmuta ni la climatología ni los cambios gubernamentales. Pero, amigo, cuando ese gorila que llevamos inscrito en el espinazo y en la melaza femoral, harto de sufrir los apremios o los mordiscos del cocodrilo o del pez, descubre su presa en el lentísimo frufrú de unas pestañas o en la manera de cruzar unas simples piernas, el gorila, decía, dice aquí estoy yo, y entonces, ay amigos, no hay amarras ni contrafuertes de hormigón que lo detengan. Creánme, San Pedro del Vaticano o La Torre de Londres se convierten en unos meros jaulines para grillos. Frente a ese animal que brama en nuestra mazmorra, qué somos sino una leve capita de pan de oro expuesta a la brisa. Todo el instrumental siquiátrico consiste en blindarnos como ciudadanos responsables y sanos contra ese gorila oculto en nuestras mazmorras, tras las escamas de oro y brillantes. Pero la siquiatría es al gorila lo que un sendero es a una estampida de ñúes. Antes, la cosa quedaba en manos de la magia y de los sacerdotes, que enseguida aparecían con sus hogueras y sus hisopos para purificar chamuscando, tratando de hacernos sentir el ígneo dedo de Dios hendido sobre nuestras conciencias rijosas y enfermas, pero ahora, con la preeminencia del laicismo liberal, con la muerte o el exilio de Dios, quienes han tomado el relevo en la custodia del gorila son los siquiatras, que parecen tipos mucho más razonables y preparados, pero que tampoco acaban de decirnos a las claras qué hacer cuando el gorila dice aquí estoy yo, porque hasta los carceleros y los domadores se revelan incapaces de mantener a raya a ese gorila que nos tiene cogidos por los mismísimos y ha decidido no soltarlos aunque le apliquen una sierra mecánica a la muñeca. Y todo por un levísimo frufrú de ojos, que tiene tomate la cosa.