LA MINA

Hombre, por fin una buena noticia. La ministra de trabajo -es un decir- propone que en el montante de las jubilaciones se prevea algo así como la variable "esperanza de vida", es decir que si a la basca le da por diñarla antes, las pensiones subirán, y si les da por lo contrario esas pensiones bajarán. Y qué, se preguntarán ustedes. Dónde carajo está la buena nueva. Trataremos de explicarlo: si la sanidad pública se resquebraja, si la salud de los ciudadanos se privatiza y en los hospitales el factor pela prepondera sobre todo lo demás, es lógico pensar que la peña en vez de palmarla a los 82 años como media, se dará más prisa, y la diñará, pongo por caso, a los 78 o así y, bueno, eso significa que la paguita -nunca mejor utilizado el diminutivo- será un poquitín más sustanciosa y podremos comprar cosas de vicio que también recortan la expectativa de vida, como se sabe. Lo jodido es que la palmaremos antes, pero, bueno, con lo que ponen en la tele y con el fútbol de pago quién carajo no se quiere morir tres o cuatro añitos antes. Esta chica, desde luego es una mina (para los lectores argentinos: un lugar de extracción de mineral, no vayan a ustedes a leer otra milonga). Ya hace cosa de un año y pico le dio a esta buena mina por hacer la reforma laboral y ya ven que es como un viajito al siglo XIX, con lo guay que fue ese siglo, con sus pérgolas, su carricoches de caballos, sus baudelaires un poco tuberculosos, sus muebles pompadour, sus dickens, sus duelos al amanecer, sus reyes morfinómanos, sus daguerrotipos, sus chisteras, sus muertes por silicosis, sus cabateteras y sus cosas. Lástima que la peña no se ponga ya chistera y que el destripador de Londres no aproveche lo de ryanair para darse una vueltica por la Castellana, para hacerle un trabajito a esta paisana rosiera y rumbosa que ha conseguido que los empresarios y los del taco se estén planteando la esclavitud como la llave allen que arregla todos los problemas del curre, porque si a la peña se le ocurriera currar gratis, bueno, gratis no, por un puñado de habas enzapatás y unas palabras bonicas, el problema del paro se erradicaba en diez días. Qué digo diez días: mañanica mismo estarían empetás las canteras y en vez de INEM lo que habría es empresariotes a caballo buscando esclavos. Esta chica, ya lo hemos dicho, es una auténtica mina. Parece, sí, medio ciruela, como si le faltara un hervor, pero las apariencias engañan. Nunca le agradeceremos lo sufi las cosas que ha hecho por todos, incluyendo, naturaca, su sinviví por la patroná y por los contratos basura. Niña, tú sí que vales.



SEAMUS HEANY
Acabo de enterarme de la noticia de la muerte de Seamus Heany, ese excepcional poeta irlandés de la saga de Yeats que hizo de su territorio personal, su mundo emocional. Verlo caminar era como ver caminar a Irlanda, verlo recitar era como escuchar esos lagos de su memoria, sobre la verde, sobre la exultante Irlanda. Larga vida a Seamus, del que os dejamos un par de poemas:




El metro

Ahí estábamos corriendo por los túneles abovedados,
tú deprisa delante, con tu abrigo de estreno
y yo, yo entonces como un dios velocísimo ganándote
terreno antes de que te convirtieras en un junco

o alguna nueva flor blanca salpicada de rojo
mientras el abrigo batía salvajemente y botón tras botón
saltaban y caían, dejando un rastro
entre el metro y el Albert Hall.

De luna de miel, luneando, ya tarde para el Baile de Promoción,
nuestros ecos mueren en ese corredor y ahora
vengo como lo hizo Hansel sobre las piedras iluminadas por la luna
recorriendo el sendero de nuevo, recogiendo botones

para acabar en una estación con corrientes de aire y luz de lámparas
cuando los trenes ya se han ido, las vías húmedas
desnudas y tensas como yo, todo atención
por si tus pasos me siguen, pero antes muerto que mirar atrás.





Muerte de un naturalista

Durante todo el año el dique de lino supuraba
en el corazón del pueblo; verde y de cabeza pesada
el lino se pudría allí, aplastado por enormes terruños.
A diario chorreaba bajo un sol de justicia.
Burbujas gorgojeaban con delicadeza, moscardones
tejían una fuerte gasa de sonido en tomo al olor.
Había también libélulas, mariposas con lunares,
pero lo mejor de todo era esa baba caliente y espesa
de huevos de rana que, a la sombra de las orillas,
crecía como agua coagulada. Aquí, cada primavera
yo llenaría los tarros de mermelada con gelatinosas
motas para poner en fila en el alféizar de la casa,
y en el colegio, sobre estantes, y esperaría y miraría
hasta que los puntos engordasen estallando en ágiles
renacuajos nadadores. La Señora Walls nos contaría cómo
a la rana padre se le llamaba rana toro
y cómo croaba y cómo la mamá rana
depositaba centenares de pequeños huevos y eso eran
babas de rana. También se podía predecir el tiempo por las ranas
pues eran amarillas al sol y marrones
bajo la lluvia.
Entonces, un caluroso día cuando los campos apestaban
a boñiga de vaca sobre la hierba, las airadas ranas
invadieron el dique de lino; yo atravesaba los marjales
agachado y al son de un áspero croar que no había oído
antes. El aire se espesó con un coro de bajos.
Justo al pie del dique ranas de gordas barrigas sé mantenían alertas
sobre terruños; sus nucas sueltas latían como velas. Algunas saltaban:
el slap y plop eran amenazas obscenas. Algunas se sentaron
dispuestas como granadas de barro, con sus calvas cabezas pedorreando.
Me sentí enfermo, di la vuelta y corrí. Los grandes reyes babosos
se reunían allí para vengarse y supe
que si metía mi mano las babas la agarrarían.


Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens