MENOS MAL QUE NOS QUEDA GIBRALTAR





Hace unos años anduve por Gibraltar con mi primohermano Manuel y la conclusión que saqué de aquella visita fue que Gibraltar no molaba. Ni un pelo. No volvería a Gibraltar así me lo mandase el médico. Tras caminar un rato por la Main Street, comprar unas chuches holandesas y comer muy malamente en un restorancito frente por frente de la Casa del Gobernador o como quiera que lo llamen, dimos una vuelta por la cara B de la roca y lo que allí vimos se parecía bastante a lo que Dante cuenta en su Divinísima Comedia. Yo creía que Gibraltar era un sitio molón, como Andorra o Melilla en los tiempos de los transistores baratos, pero no. Salvo la Main Street, donde abundan las florecitas, los abogadotes de catadura dudosa, los domicilios fiscales y las tiendecitas de tabaco y productos francos, Gibraltar era un campo de concentración, una ciudad -o lo que sea- feísima, descuidada, congestionada y sin duda la menos glamourosa de cuantas he visto en mi vida. Los llanitos me parecieron,  perdónenme, bastante agilipollados y todos exhibían como un aire insoportable de superioridad que, lo juro, no sé de dónde sacaban. ¿Superioridad? Cuando te ponían una copa o un plato de patatas parecía que te estuvieran salvando de un naufragio. Si los llamabas, te respondían con aspavientos arguyendo que estaban sirviendo a gentes del primer mundo y si te olvidabas de ellos se ponían farrucos aduciendo que allí se estaba para consumir. Los he llamado gilipollas, pero la palabra exacta acaso no sea la de gilipollas, sino la de zafios. Pudo ser casualidad, una mala noche, no sé, pero lo que yo vi allí fue una sucesión de tíos bastante zafios que siendo camareros pareciera que los acabaran de nombrar ministros o mamporreros de la reina. En fin, que en Gibraltar no se salvan ni los monos. Menos que nadie, los putos monos. Recuerdo que después de almorzar subimos con los niños a ver si le echábamos un vistazo a los monitos de Gibrartá, pero los monos resultaron ser tan mangantes, tan canallas y tan sinvergüenzas como los homínidos de abajo. Tales para cuales. En cuanto te descuidabas, te dejaban desplumado. Giraban a tu alrededor como auténticos matones. Los niños los miraban no sé si con desconfianza o con repugnancia. Aparecían y desaparecían como por ensalmo, majarones perdidos. Tenían expresiones de canallas, de piratas del dinero negro, de hijos de putas de primer orden. Si conseguías olvidarte de los putos monos, las vistas desde arriba eran magníficas. Las costas marroquíes, el estrecho, el mar de Tarifa eran de una belleza incontestable, siempre que los monos no te tocaran los cojones... Tras la experiencia, bajamos por la parte menos visible del peñón, es decir por unas callejas pinas y umbrías por las que el opel-corsa apenas lograba avanzar sin llevarse por delante el caliche de las paredes. En una ocasión nos encontramos con una calle sin salida y tuvimos que dar la vuelta en una especie de patio umbrío como de escuela donde apenas si cabía el coche. Es una pena que la gente que gasta mercedes se salve de ver semejante hacinamiento, propio de un país tercermundista. No sé cuántas cientos o miles de criaturas vivían hacinadas en esos andurriales, en esos pisos cochambrosos y sin luz que se elevaban hacia el cielo y donde se veía ropa colgada y gente respirando. Todo tan sórdido, que verlo daba grima. Algo así  -pero no tanto- sólo lo he visto en el famoso barrio español de Nápoles donde las elevadísmas fachadas casi se rozan, pero en el barrio napolitano había alegría, tiendas, olor a ajo y a repollo, motocicletas, chiquillos por todas partes, gente que iba y gente que venía. Ignoro qué clase de llanitos vivían en semejantes tugurios de la Roca, pero imagino que serían los de siempre, los pobres estibadores del puerto, los trabajadores peor cualificados, los inmigrantes, los camareros que vestiditos de punta en blanco te miraban con una pose como de superioridad y de tronío. Viendo aquello me prometí a mí mismo no volver sobre ese pedacito de piedra. Pero volver sobre Gibraltar que no a Gibraltar -por éstas- es inevitable. Gibraltar, más allá de ese paraíso de lo negro, es una china en un zapato para la derechona spanish. Cuando las cosas le vienen mal dadas, ahí que sale Gibraltar, con sus verjas, sus cajetillas de tabaco, sus chocolatinas, sus destructores, su vertidos y sus llanitos dando porculo. Bueno, menos mal que nos queda Gibraltar. Sin Gibraltar este verano hubiera sido un monográfico sobre la corrupción, el galés Bale y la pésima gestión de los accidentes ferroviarios. Y sí, a los llanitos, esos capullos, a veces hay que pararles los pies, como a todos los granujas que se esconden en los paraísos fiscales que en el mundo son, pero bueno, de ahí a montar la pelotera que está montando la derecha, hay un límite. Es verdad que a estos tipejos les das la mano y te comen el brazo, es verdad que se escudan en la caduca prepotencia anglo, es verdad que viven como dios a costa de infringir las leyes internacionales y mangonear a los ciudadanos honrados, es verdad que van de sobradillos, pero, bueno, a ver cuándo dejamos de imitar a los dictadorzuelos de bigotito de mosca o fez. Y es que, te lo juro, todo parece igualico igualico que en la dicta: El Real Madrí y el Gibrartaspañó, ahí, con dos cojones. De ahí no saques a esta gentuza de orden. Y sí, al final va a ser verdad, aquello de que "menos mal que nos quea Gibraltar". Por mí, unos y otros se pueden ir a mamarla por ahí. A mamarla o como se diga, pisha. Pos no lo sabes ya.


Antonio Santos
EL GRAN HOMBRE

 

lo los grandes hombres son capaces de afrontar grandes decisiones. Por eso él entendió que aquellos cinco próceres merecían ser fusilados y se prestó a ello. No le tembló el pulso y al volver a casa besó a su mujer e hizo carantoñas a su hija recién nacida. Las ejecuciones continuaron al paso previsto durante meses, años, pero él, inquebrantable, se convencía a sí mismo que sólo los grandes hombres son capaces de afrontar las pruebas más difíciles sin que les tiemble el pulso, aunque la población hubiera mermado hasta un tercio del total y cada vez resultara más difícil encontrar nuevos culpables de desafección. Un día, leyendo los estadillos de los fusilamientos del día siguiente, comprobó con asombro que en ellos estaban escritos dos nombres familiares: el de su mujer y el de su hija de apenas ocho años. ¿También ellos? Subió a hablar con la superioridad y el generalote, un hombre bajito y taimado, se levantó de su silla, le puso la mano en el hombro y con un gesto de las cejas le dijo algo que jamás habría de olvidar: "Sólo los grandes hombres son capaces de entender los grandes sacrificios". Pasaron unos pocos minutos y él, aún no repuesto de la excitación, descendió las escaleras, se lavó la sangre, se refrescó la nuca en el patio y dio orden a los guardias para que fueran a recoger el cadáver. Ellos dudaron un segundo, pero entonces él les extendió una nueva lista de ejecuciones para el día siguiente, redactada de su propio puño y letra y comprendieron. Entonces se cuadraron ante el nuevo gran hombre que tenían ante sí. Y ya no dudaron. Y se pusieron en camino.