JUEGOS NO, GRACIAS

Hubiera sido más fácil abrir la boca mañana, pero me mola mucho más hacerlo hoy, cuando todavía la cosa está en el aire. Me refiero, claro, a la elección de sede olímpica. Poco tengo que decir sobre la mafia que preside este tipo de elecciones y actos. Digamos que es simplemente vomitiva. Nadie sabe quién los elige ni a quiénes representan y mucho menos qué es lo que votan y en base a qué razones lo hacen. Una especie de élite que no rinde cuentas ante nadie y que suele llevárselo calentito. Pero vamos a lo que vamos. Me llena de estupor por no decir de asco, el solo el hecho de que Madrid pueda presentarse como candidata a las Olimpiadas del 20. En una ciudad y en un país donde se ha recortado la sanidad, donde la peña no tiene becas, donde hay niños que no comen tres veces al día, donde los derechos sociales y laborales han sido erosionados hasta la extenuación, donde se reprime de lo lindo a los manifestantes, donde no hay dios que consiga un contrato por más de 600 euros a cambio de infinitas horas de currelo, donde un tercio o más de la población roza los umbrales de la pobreza si no los ha pasado ya con creces, donde los inmigrantes no tienen derecho a la sanidad y donde la cultura permanece castigada y con los brazos en cruz y donde la corrupción y la burbuja política es la letra del himno nacional, me parece que pedir que nos den unos Juegos Olímpicos es sencillamente obsceno. Hacerlo, además, con la excusa de que los supuestos jueguecitos van a generar empleo y van a contribuir a la economía del país, es ya de traca. Si no tenemos un duro para operaciones quirúrgicas, cómo cojones vamos a invertir en pabelloncitos de hormigón y en azafatas vestidas de manolas, con su peineta, su mantilla y sus avíos. La sola candidatura habla por sí sola de la morrocotuda distancia entre los políticos y la realidad social, la que a diario viven los ciudadanos. Ellos sólo piensan en sí mismos, en lo que para ellos ha de suponer la organización de un evento como los juegos. Cuando hablan de rentabilidad lo hacen pensando en sí mismos. Los políticos se lo pasan chachi con estas polladas del protocolo y la televisión. leyendo discursitos cursis, manidos y mentirosos. A ellos la realidad social les importa un carajo: la prueba es que se aumentan el sueldo o cobran dos mientras la peña no sabe cómo va a poder pagar los libros de sus hijos o hacer frente a una orden de desahucio. Se sienten escrachados cuando son ellos los que escrachan a la sociedad metiendo la mano en la olla y diciéndole a una chica que ha elegido abortar, que se busque la vida, que si es mayor para montárselo con su novio, también debiera serlo para buscar una clínica clandestina. Pues bien, mientras la peña de Madrí se mira en el espejo de los contenedores, esta gentuzona se concentra en el resultado de unas votaciones que les reportará la pequeña gloria personal o el olvido. Hoy está en juego sólo eso. Así no más. La cosa resultaría patética, si no fuera porque ya resulta repugnante y nauseabunda. Miembros del COI, mandarlos a mamar. Todos os lo agradeceremos


Y ahora un relatito moi de Cielo municipal.





BILLETE

Después de mucho meditarlo, se decide por el árbol de la esquina del Santander. Acaricia el tronco, examina sus ramas y se dice que ahí va a ser. Hace una mañana limpia y aunque le será difícil soportar el olor del cercano puesto de salchichas, decide que ése será su sitio. La salida de un banco no es mal sitio, se dice confiado. Las cosas no le pueden ir peor, pero bien visto están mal por todas partes. Ya va para dos años que lo despidieron del concesionario de automóviles. Cuando el jefe lo mandó llamar a su despacho, pensó en una reunión ordinaria, de las muchas que tenían a lo largo del mes. Pero no. A mí, se dijo consternado, por qué. El jefe lo miró con un vaso de café con leche humeante en una mano y un bolígrafo al que giraba y giraba con los dedos de la otra. Pero no te quedes ahí de pie, muchacho siéntate, no se ha acabado el mundo. Estaba aturdido. Bien visto, necesitaba sentarse y tomar un poquito de aire. -Siéntate, muchacho, no faltaba más. No hizo más que sentarse y volvió a preguntarle que por qué él. El jefe lo miró con curiosidad, como si no acabara de poner en pie su frase, pero luego, dejando de dar vueltas al bolígrafo, le refirió que no hacía falta que le contara cómo andaba el negocio y que por culpa del gobierno no había dios que vendiera un coche. Como puedes ver esto no es una cosa personal, remató. Él quiso contestarle pero el jefe se llevó el dedo a los labios y él, como forzado por un rayo, se quedó mudo. Mira, dijo señalando la máquina del fax. Esto nos ha sido impuesto desde arriba, añadió señalando la lámpara que colgaba del cielo raso. Él siguió desde su aturdimiento el dedo en el aire, como se atornillara sobre el techo. Pero... El jefe no le dejó seguir. Usted es un buen profesional, dijo cambiando a un tono neutro de voz. Tal vez nuestro mejor profesional, pero comprenderá que aquí todos somos unos simples mandado. Cualquier día ese maldito fax... dijo alzando los brazos como si tomara impulso para echarse a volar, pero quede tranquilo, en unos meses la tortilla cambiará y entonces volveremos a contar con usted, no tenga dudas. Sólo tiene que dejar sus datos en la oficina. Entonces... quiso preguntar, pero el jefe se llevó la taza a la boca, sonrió y dio por terminada la reunión. No era el primero en coger la puerta, pero hasta ese momento él se creyó intocable. Mientras abría su taquilla no pudo dejar de pensar en todos aquellos años en los que se había hartado de vender coches y, sobre todo, en las ofertas que no hacía tanto había recibido de los negocios rivales. Se había dejado la piel durante once años en el maldito concesionario donde llegó a vender más que nadie cuando la gente todavía compraba coches. No tenía ninguna culpa de lo que pasaba, se dijo con amargura, cerrando de golpe la puerta de la taquilla. El golpe resonó en todo el edificio. Los compañeros lo vieron pasar cabizbajos, como si la cosa no fuera con ellos. Sólo Bermúdez se acercó a él y tímidamente le tocó un hombro. Él trató de decirle algo pero no pudo. -Una partida de cabrones, es lo que son -dijo Bermúdez en voz baja. -Cuídate -contestó él, abandonando el concesionario con la sensación de estar siendo estafado. En casa se mudó de ropa y se quedó mirando a la ventana durante horas. El cielo antes azul, fue poco a poco volviéndose gris, hasta que la oscuridad se fue adueñando de la habitación. Luego encendió la lamparita, tomó el listín de teléfono y con él en la mano se quedó dormido. Despertó a media noche. Un gusano del tamaño de una berenjena trepaba por su cuerpo. Se fue a la cama, pero lo costó dormir. Se levantó a la hora de siempre, preparó una infusión y se sentó en el sofá, mirando las luces quietas de una ciudad que aún parecía anestesiada. Durante meses trató de buscar empleo. Empezó por aquéllos que años antes le habían tentado, pero todos parecían más preocupados por su propio futuro que por la palabras de aquel hombre desalentado. No hubo forma de encontrar nada, de manera que poco a poco hubo de abrirse a trabajos más y más penosos, pero ni aún así lograba ganarse unos pocos euros. A veces alguien lo escuchaba con interés, se asombraba de su currículum y apuntaba su teléfono con letras grandes en la primera página, pero pasaban las semanas y su esperanza se iba desvaneciendo. De cuando en cuando volvía por el concesionario, pero sus viejos compañeros le contaban que la cosa estaba cada vez peor y que lo mejor que hacía era olvidarse. ¿Olvidarme? ¿Cómo podía olvidarse? Pero sus viejos compañeros eran taxativos: si necesitasen a alguien, contratarían a un pipiolo, al que pagan tres veces menos que a nosotros y es capaz de tirarse catorce horas en el concesionario vendiendo coches o barriendo el taller si es necesario. A ellos los botarían cualquier día. De hecho, en sus últimas visitas comprobó que faltaba más de la mitad de sus viejos compañeros y los que quedaban parecían acogotados, como a la espera de ser arrojados a los leones. Pasados unos meses comenzó a perder la esperanza de encontrar un trabajo y decidió sobrevivir vendiendo todo cuanto tuviera algún valor para pagar así hacer frente a las facturas y a la hipoteca. Comenzó por esos objetos que tenía arrumbados en el sótano y que no utilizaba, como el robot multicocina, el medidor de baterías, el arco de competición, la guitarra eléctrica, la bicicleta estática, el equipo de submarinismo, los cursos de inglés, la moto de quinientos, la colección de películas de kárate, los discos de vinilo... Pero el sótano se agotó en tres meses. Después, viendo que apenas le daban una décima parte de lo que había calculado para cada cosa, pasó a los anillos, los pisacorbatas y por último los objetos de valor sentimental, pero con las cosas sentimentales raramente conseguía unas pocas monedas. La casa, su casa, se fue quedando vacía y un día malvendió la lavadora y otra el grifo del lavabo en un gesto de desesperación. Por el sofá de cuero le dieron una paletilla y una caja de plátanos medio podridos. Por el carro le dieron la cuarta parte de lo que valía en el mercado de segunda mano y el ordenador se lo vendió a un rapero amigo suyo por veinte euros, pero por las gafas, bueno, por las gafas esperaba sacar otros veinte euros, porque la montura estaba nueva, era de plata y al fin y al cabo era de fabricación y diseño italiano... Era todo cuanto le quedaba. Después de eso, no le quedaba más que echarse a los leones. Tras seis horas bajo el árbol, un tipo encorbatado que acababa de salir del banco se le acercó, leyó el cartel y le pidió echar un vistazo a las gafas. Él se las entregó, pensando que aquel tipo entendía de diseño y de esas cosas. -¿Seguro que son suyas? -Son mías, claro, de quién van a ser. -Bueno, hay mucho mangante por ahí. -Son las únicas que tengo. Están graduadas, pero se les puede cambiar los cristales. -Ni quiere que le diga la verdad, parecen de imitación -dijo, devolviénsoselas. -¿De imitación? -respondió él, tomándolas en su mano, con un asomo de ira. -Es lo que parecen. De todas maneras... -Mire, son de plata -respondió él con voz apenas audible. -Si usted lo dice, pero yo que entiendo de gafas, le digo que no parecen... -¿De diseño italiano? -continuó él-. Unas Roberto Cavalli auténticas. De primera. Compruébelo usted mismo. Me costaron un huevo. -¿Y por qué carajo las vende, entonces? -Porque me hace falta el dinero -dijo, pensando que era una obviedad. El otro le volvió a pedir las gafas, las examinó durante un buen rato, las sopesó, y al fin se las colocó sobre las orejas. -No veo un pimiento -dijo al fin, como bromeando. -Son unas gafas graduadas... -¿A mí me da que son de los moros? -¿De los moros? -repitió él, consternado. El otro las volvió a sopesar y acercándose a la luna del banco emitió un leve sonido aprobatorio. -Con otros cristales, me sentarían bien -concedió. Pero él calló. Empezaba a cargarle el desconocido. -Dígame la verdad, ¿por qué las vende, si dice que no ve un pijo sin ellas? -volvió a preguntar el tipo desde un asomo de arrogancia. -Ya se lo he dicho. Me hace falta el dinero, me muero de hambre -contestó él. Entonces el tipo se metió la mano en el bolsillo, sacó la cartera y con mucho cuidado extrajo un billete de cinco euros. -Tome, le doy cinco euros. Él miró sin entender. Las gafas le costaron casi doscientos. -A mí qué me dice. Nadie le va a dar más. -Déme las gafas -dijo él, enérgico. -Pero es que se cree que la gente es tonta -aseguró el tipo-. ¡Lorenzo Cavani!. ¿Usted me ha visto a mí pinta de primo? -Si no le gustan, váyase y déjeme en paz- se envalentonó él. -Ufff. Encima que me paro, te pones... -Yo sólo le digo que si no le interesa... -Me he parado para hacerle un favor. A mí sus gafas me la sudan -añadió en un tono que parecía ofendido. -Entonces, déjeme. -Le doy cinco. -Por menos de diez...- dijo él. -¿Cuánto lleva aquí? -preguntó el tipo. -Dos horas, por qué lo pregunta. -Para que se dé cuenta. Cinco es todo lo que puedo darle. -Eso no es nada. Pensaba sacar 50. -¡Cincuenta! Pero usted... Cinco es mi última palabra. Él dudó, pero al final, fatigado por una discusión que parecía eternizarse, y por el olor del puesto vecino, acabó aceptando. -¿Ve, qué le decía? Cinco era su precio -le dijo el tipo tendiéndole el billete. Él acabó por tomar el papel que el tipo le tendía y al momento vio como la mancha se alejaba con las gafas. Eso no es exacto del todo, porque el ya no lo veía: no podía verlo. Con el billete tibio en la mano, se acercó al puesto de salchichas, preguntó los precios y al fin se decidió por un perrito caliente que costaba tres euros. El vendedor se volvió de espaldas, se puso a trajinar con la plancha y al cabo regresó al mostrador y le extendió el bocadillo envuelto en una fina servilleta de papel. -Son tres euros. Él le soltó el billete, a la espera de cambio. Pero el vendedor de salchichas, lo tomó entre los dedos, lo miró, volvió a mirar a la luz y en vez de darle el cambio, se quitó el delantal, salió airado del puesto, le arrancó el bocadillo de la mano y lo pisoteó en sus barbas, sin dejar de increparlo. -Pues no que este cabrón -gritó a quien quisiera oírle, golpeando el billete con el dorso del mano- me quiere pagar con un billete falso.
 


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Coincidencia?
Hoy me han preguntado si creo que se celebrarán en Madrid "los juegos..." Contesté rápido y extenso, con la contundencia de alguien que ya le extraña y supera con creces tanto surrealismo.
La tierra se hartará de ser pisada por los hombres.

C.S.G.


Por suerte tenemos la buena noticia de que no se los han dado.
Aunque creo yo que esto, al señor de las gafas que ya no posee, le importa un verdadero carajo.
Uff...
Un beso, Manolo

ARME dijo...

El relato me deja desolada, pero supongo que es frívolo decirlo desde la onda de un "alma bella" autoexiliada en un mundo de miniaturas, empeñada en que la naturaleza imite al arte. Desde mi torre a veces la vida parece algo que le ocurrió a alguien en en algún lugar y tiempo lejano, casi mítico. Como decía mi abuela materna: "hablemos de algo más lisonjero"