MÁS TARDE

Comienza el curso. Canta el gallo. De cuando en cuando un coche interrumpe el silencio que se amontona a mi alrededor como un sudario. Tiemblo. Unas nubes quietas y grises se agolpan sobre mi ventana, alfombrando el cielo. Pronto esas masas verdes de castaños se volverán amarillas y luego desaparecerán. Desaparecerán. De nuevo los castaños semejarán muñones, manos lanzadas contra la tozudez y la sordera del cielo. Pero eso ocurrirá más tarde. Más tarde, más tarde.
Más tarde.





Durante estos días he estado releyendo un libro de relatos de Alfonso Fernández Burgos, Mujer con perro sobre fondo blanco. Llegué a Alfonso Fdez. a través de un relato que fue finalista en el Premio NH de relatos y que leí hace años, una de las ocasiones que me alojé en Granada: me llamó la atención que hubiera nacido en El Repilado y esta simple condición de paisanaje me hizo entrar en contacto con él, que me envió su libro. Recuerdo que en Jabugo y en El Repilado no sabían nada de su existencia (me refiero a su existencia como escritor, naturalmente) y el concejal de cultura quedó bastante sorprendido cuando Mario y yo le hablamos de él. Al cabo de poco tiempo, de muy poco tiempo, rotularon la biblioteca de El Repilado con su nombre, pero no sé por qué extraña circunstancia no pudimos asistir a la inauguración, de forma que nos privamos de conocer a Alfonso en persona. No importa  demasiado eso, pues a los autores hay que conocerlos a través de su escritura y eso es lo que hemos estado haciendo durante estos últimos días. Un cuentista que domina muy bien las atmósferas, que tiene muy buen oído y que siempre deja un cierto regusto lírico. He trajinado por toda la nube para ver si encontraba algún relato suyo y al final lo he encontrado dos de ellos, Zonanu y La casa, que creo que reflejan bastante bien la mano de Fernández Burgos, de manera que, como es costumbre, incluyo para vuestra fortuna.

Nota: Como quiera que en esta entrada ya figuraba el relato My generation, de mi autoría, lo dejo al final de la entrada.


ZONANU
ALFONSO FERNÁNDEZ BURGOS

El huérfano que nos trajeron de Ruanda hace un par de semanas, bien mirado, era un adefesio.

Llegó con dos monjitas y un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores. Aunque fueron muy puntuales, a Silvia y a mí, la mañana nos pareció eterna. Desde primeras horas cualquier llamada en el telefonillo nos hacía temblar de emoción pensando que sería él.

—¿Cómo se llamará? ¿Le podremos poner Luis Alejandro? ¿Dónde están los papeles de la adopción? ¡Ay, qué contenta, por fin un hijo! ¿No será de una tribu de caníbales?

Silvia había cambiado las cortinas, pasó el trapo del polvo por esos lugares por los que nunca se limpia y estuvo dando vueltas por la casa sin parar un segundo. Yo intentaba calmarla.

—¿Quieres una tila?

Estaba emocionada y no quería ni tila ni ansiolíticos. Silvia es muy nerviosa.

—¿Será muy negro?, porque hay negros que son así, claritos, como mulatos, como Michael Jackson.

Pero cuando llegaron pudimos comprobar que Zonanu —así se llama— era negro como un tizón. Negro muy oscuro, con los pómulos salientes, con una dentadura poderosa y el pelo mate y enredado como alambre. No parecía un niño del telediario ni del cerocomasiete, era robusto.

También era algo tímido, o será que como no pronunciaba ni una palabra de español a nosotros nos lo parecía; así, tan calladito. Silvia había preparado los papeles para un colegio de pago. En los colegios de pago los niños son más educados y a los negros no les llaman negro ni a los gordos vaca ni a los gafotas gafotas. En estos días Zonanu ha aprendido cinco o seis palabras en español. Nosotros estábamos muy contentos con este hijo que Dios nos había dado. Zonanu. Es bello su nombre, pero a Silvia le hubiera gustado que se llamase Luis Alejandro y fuese un poquito moreno, solo un poco. Pero es negro como la pena y a Silvia de pensarlo tanto le entró una de esas depresiones que le entran.

—Será una depresión posparto —le dije para animarla, pero ¡qué va!, no hubo manera. Zonanu solo quería ver la televisión y comer hamburguesas y aprendió enseguida a decir gracias, cocina, tele... Silvia le hablaba a gritos, para que la entendiera mejor, y le compró juguetes educativos a los que el niño no hizo el menor caso. Pero lo que quebró el frágil equilibrio de Silvia fue la iniciativa que el niño tuvo ayer tarde. Metió la cinta de vídeo de La Bella y la Bestia en el microondas y lo puso en marcha. Zonanu esperaba pacientemente delante de la pantalla del horno.

No he podido convencer a Silvia de que no fue a mala leche. Su cara se le ha llenado de lágrimas sinceras. Y yo sin poderle dar un Luis Alejandro. Llamó a Cáritas para que se llevaran al niño.

Hoy se ha pasado todo el día llorando, de vez en cuando, me mira desde detrás de las lágrimas como culpabilizándome de su negra suerte.

—¿Qué van a decir en la parroquia? —murmura entre sollozos.

Un moco líquido, acuoso, de esos que no dan ni asco, se le marcha veloz por la nariz.




LA CASA GRANDE
ALFONSO FERNÁNDEZ BURGOS

No hay nada como una casa grande donde uno se pueda desenvolver a sus anchas. Mi amiga Lola se ha comprado una casa muy grande. Es tan grande que, a veces, de una planta a otra tarda horas, incluso días. Sobre todo cuando hay que ir a la cocina, o a mirar cualquier cosa en Internet o a comprar unas medias de cristal de estraperlo en la calle Torrijos. En el piso de arriba siete u ocho sirvientas se encargan de todo: barren, llevan la comida a las habitaciones y estiran con la palma de las manos el embozo de las sábanas cuando hacen las camas. Es grande, tan grande, que mi amiga Lola se ha llevado a su madre a vivir a la casa.

Lola me cuenta que los pasillos son anchos como autopistas y las baldosas brillantes. Y que tiene jardines y macetas. Es tan grande la casa que ha comprado Lola que en ella caben un montón de amigas y amigos de la misma edad —más o menos— que su madre. Son hombres y mujeres bulliciosos que se pasean por los corredores amplios y lustrados y cuando ven a Lola le dan conversación. Una de estas amigas de su madre, se acerca a ella y le pregunta si tiene novio. Lola le dice que llevaba un collar muy bonito. «Yo soy solterona». Entonces Lola le pregunta a la vieja: «Pero ¿cuántos años tiene usted?». La anciana se queda pensando un instante, desiste, responde: «No lo sé, pero mañana lo pregunto».

Ya en la habitación de su madre Lola dice: «¿Qué, te gusta la casa que me he comprado?». Es muy bonita y tan grande. La madre le dice que sí, que es muy bonita y muy grande pero que no quiere que se vaya. «No —responde Lola—. ¡Qué tontería! Cómo me voy a ir». Lola mira el reloj. «Bajo un momento a la cocina, ahora vuelvo».

Es tan grande la casa que se tardan horas en bajar a la cocina o a comprar cualquier cosa. «Cuando vayas a la calle Torrijos tráeme un par de medias de cristal de las que venden de estraperlo, pero ten cuidado con los Guardias de Asalto». Lola le dice que sí, que ahora va. «Fíjate bien al subirte al tranvía, no te vayas a resbalar con la nieve».

Y al día siguiente, a la hora de las visitas, Lola vuelve y la saluda. «No he tardado mucho ¿verdad?». Y le dice que ha estado dando instrucciones a la cocinera. A ratos la anciana calla, mira el pomo de la puerta y permanece así durante un tiempo largo. Entonces Lola la informa de que el Gobierno le ha subido la pensión.

A la madre de Lola le pone muy contenta que le suban la pensión. Y sonríe. Y sale de su mutismo y habla de la calle Torrijos. Es la tercera vez en esta semana que el Gobierno le ha subido la pensión, a la madre de Lola.

Hay ratos que esta casa tan grande se le cae encima a Lola y entonces sale a uno de esos pasillos pulidos y anchísimos y se fuma un cigarro con mucho cuidado de que no la sorprendan las sirvientas. Luego vuelve a entrar y le pregunta a su madre que si quiere que le traiga algo de la calle Torrijos y a su madre se le ilumina la cara y le recuerda que tiene que tener cuidado con la nieve al montarse en el tranvía y que le podría traer unas medias de seda, de esas que parecen cristal, que venden de estraperlo en la trastienda de la mercería, pero que mucho ojo con los Guardias. ¿O son los Civiles?

Cuando pasa la hora de visita Lola le dice a su madre que bueno, que se va a marchar no sea que le cierren la mercería de la calle Torrijos. Y Lola sale a la calle y se abanica hasta que llega a su coche y allí enciende el aire acondicionado. Y sonríe al ver la nieve de la calle Torrijos cayendo a copos mansos sobre el techo de los tranvías, en la tarde de agosto. Lola fuma de vuelta a casa, a su casa pequeña, y se va preguntando si a su madre le gustará esa casa tan grande que se ha comprado, con ese jardín tan verde y todas las amigas solteronas que hay en ella, y el servicio, y los corredores amplios y las filas de macetas cuidadísimas. Recuerda que su madre, a veces, le contesta que sí, que es muy bonita. Y Lola añade: «Y espaciosa ». Cuando esto ocurre, Lola se levanta y por un momento le da la espalda y permanece quieta un rato mirando por la ventana. La enorme ventana de la casa grande.






MY GENERATION

Yo fui de esa generación que alucinó con El retorno del Jedi, que se ponía hasta el culo de  hierba y que se follaba a todas esas pavas frente a los muros del arsenal, que no le fue difícil encontrar un trabajo de reponedor en un hipermercado y meterse en una hipoteca. De esa generación, sí señor. Entonces merecía la pena vivir, ya lo creo. Pero las cosas se tuercen, qué se le va a hacer. Muchas delas pavas que me follé frente a los muros del arsenal se murieron de sida, y yo la quise quizás a un par de ellas, El retorno del Jedi, vista hoy, es una mierda, un día de éstos me van a echar de mi casa porque desde hace meses no tengo con qué pagar la hipoteca. Así que ya me dirán si hice bien o mal tomándome esos tres botes. Hace un rato que se turnan para ver si me encuentran el pulso, mientras yo, se lo juro, estoy a punto de entrar en la órbita de Endor, dispuesto, ahora sí, a vérmelas a solas con mis pavas, en La estrella de la Muerte, que no será el muro del arsenal, pero ya es algo.