LA DISCRECIÓN DEL HÉROE

Me acaba de llamar Helena desde Córdoba para decirme que ha hecho bien el examen de septiembre. Ah, cómo me alegro. Julio se marcha mañana a Pisa y anda a vueltas con los últimos preparativos. El sol se marcha por la plaza de toros, pero aún calienta. Es hoy un día extraño, que va dejando lascas de sol y de sombra sobre los muros. Una chica me llama desde Barcelona para no sé qué de un seguro. Llamo yo a Los Alisos para saber cómo anda el mundo y el mundo sigue bien. Me cuentan por e-mail que en Noruega los chicos duermen bajo los bosques. Paco Huelva me llama con voz de barítono. La peña de Poesía Verde me manda un e-mail para invitarme a repetir lo del año pasado en Moguer. No sé qué haré. Todavía no he cogido velocidad, todavía no he arrancado, todavía no me siento con cuerpo para decidir. Tengo como hormigas en la cabeza y aguas estancadas en el estómago. Ya se verá. Creo que ya sé que es lo que voy a hacer: escuchar a Patty Smith. O volver a Veneno.


Acabé hace un par de días la última novela de Mario Vargas Llosa y me gustó. El héroe discreto. Quizás no se encuentre entre sus mejores obras, pero en ella vuelve lo mejor de Llosa, como esa soltura, ese desenfado, esa sabiduría compositiva, esa capacidad innata para envolvernos con sus historias, esa chispa que sólo a unos pocos alcanza. La novela narra la historia de unos cuantos personajes ya en el otoño de sus vidas que se ven arrastrados por situaciones que los superan, pero a las que se enfrentan con todas sus feurzas. Felícito, un empresario piurano del transporte, recibe unos anónimos con el fin de extorsionarlo, pero él, hijo de un chulacano con un alto sentido de la dignidad, se niega a aceptar la extorsión y ahí comienza su calvario. Por otra parte, un viejo viudo y potentado limeño a quien sablean impunemente unos hijos parranderos y crápulas, decide casarse con su criada y ahí comienza el calvario de sus hijos y el de su abogado, Don Rigoberto, antiguo conocido de las novelas varguianas, como también el sargento Lituma y los inconquistables, injertados de su Casa Verde o Lituma en los Andes. Recorre la novela un cierto halo mítico, una cierta fatalidad, con intrincadas relaciones que en el fondo nos recuerdan a las tragedias griegas y que apelan a lo más sagrado y a la vez lo más vulnerable del alma humana, y donde ni siquiera falta el oráculo de la cholita Adelaida que a su pesar, parece iluminar el futuro del honrado Felícito, el enamorado transportista. Después de la pequeña decepción que me supuso el El sueño del celta, supone una alegría encontrarse con una novela como El héroe discreto, que, ya digo, no brillando acaso a la altura de sus mejores obras, como la mencionada La casa verde, Los cachorros, Conversación, La guerra del Fin del Mundo, o La Fiesta del Chivo, sí que recupera ese pulso y ese magisterio que es marca registrada del narrador peruano. Yo confieso que, como muchos de sus entregados lectores, me aparté un poco de Vargas tras su "caída" en los predios del liberalismo. Más tarde, cuando fui advirtiendo que su liberalismo era mucho más decente y verdadero que el que suelen esgrimir casi todos los que se proclaman liberales y no son más que fachas con un cierto sentido de culpa, volví a sus obras, con el mismo sentido de fiesta que siempre me ha inspirado su prosa. Algún lector se dirá que a qué viene aquí este inciso "político" de Vargas. La crítica política a Vargas no es del todo impertinente, pues el sustrato ideológico del que nacen sus mejores obras, nace precisamente de la implícita y feroz condena que el autor hace de las relaciones sociales y de poder en América latina, como se observa tanto en La ciudad y los perros y Conversación como en más tardía La fiesta del Chivo, por poner sólo tres ejemplos. Cuando Vargas se aparta de ese sustrato mítico, de esa anomalía social, sus obras no consiguen elevar ese alto vuelo a que nos tiene acostumbrados. El héroe discreto traza la realidad de un país que ha cambiado. Permanecen los personajes y cierta ambientación, pero la realidad ha cambiado. La Piura que hoy nos describe Vargas nada tiene que ver con la de aquella novela que sin duda tiene un lugar de honor entre las mejores novelas que ha sido capaz de dar el castellano. El héroe discreto, para terminar, hace honor a la obra de un un tipo lúcido donde los haya, acaso el mejor inventor actual de novelas y sin duda un clásico vivo. Un placer seguir leyéndole y verlo en forma, maestro.


EL ABUELO

A Dante Medina

Al abuelo lo habíamos despachado hacía meses al asilo. Se orinaba en la cama y jedía como un puerco. Pero a papá lo fregaron de verdad al botarlo de la gasolinera y, por los mismos días Lita se marchó de casa y se fue a vivir ahorita no recuerdo dónde. Vivimos tranquilos unos meses, pues, pero cuando a papá se le acabó lo del desempleo fuimos al asilo a recoger al abuelo que seguía jediendo y jediendo. Su paga, mano, era lo uniquitito que nos llegaba. Mi padre andaba medio pendejo buscando trabajo en la milpa y dónde caía y yo cuidaba del abuelo y lo sacaba al sol todas la tardes. Todito estaba echado a perder. El abuelo se murió de madrugada. Lo encontramos tieso por la mañana y papá y yo nos quedamos mirando nomás. Sin él, dijo papá, tú y yo estamos requetemuertos, así que tuvimos nomás que enterrarlo en secreto aquella misma noche donde los chapulines, porque por allí no pasaban ni los coyotes. Días más tarde, ya en casa, nos dimos cuenta que ni siquiera disponíamos del dedo gordo para firmar como es debido las mensualidades y allá que fuimos a desenterrarlo para cortarle el dedo gordo, que todavía estaría bueno, pero cuando llegamos, mano, encontramos la tierra bien removida. Pensamos que eran los coyotes pero no, habían sido nomás otros cabrones porque descubrimos con horror que se nos habían adelantado y le habían cortado los dos dedos de firmar y allí que lo dejamos pues para que los queríamos ya, y que se lo acabaran los zopilotes.