DERECHO DE RÉPLICA

En la entrada anterior hablaba sobre la brecha cada vez más profunda entre ciudadanía y política. Hoy quiero mojarme y pasar de la mera descripción a la acción. Cuando el Estado echa sobre ciudadanos a sus fuerzas de orden sin el menor control de la violencia, cuando indulta a torturadores, cuando utiliza los medios de opinión de masas para tergiversar, culpabilizar y en definitiva, violentar a quienes sufren con más rigor este despotismo ilustrado que suma a inconcebibles porcentajes de la población bajo la sima de la pobreza, cuando los políticos hablan sin pudor de privilegios, cuando la justicia violenta las reglas del juego convirtiéndose en cómplice de los intereses personales y políticos de determinadas clases e individuos, cuando el ciudadano quiere expresar la frustración que siente, la lejanía que siente, la violencia que siente frente a quienes debieran mirar por ellos, al ciudadano le asiste el derecho moral a defenderse hasta el final y defenderse hasta el final consiste también en responder a la violencia con la violencia. Como suena. Soy un tipo pacífico que jamás ha utilizado la violencia física contra nadie, pero acepto que ante la agresión institucional contra la ciudadanía, el ciudadano no encuentre mejor respuesta que la violencia. Sé que las llamadas gente de orden a derecha e izquierda y sus sacrosantos sacerdotes mediáticos se la cogen con papel de fumar cuando atisban entre el gas institucional a un manifestante encapuchado, blandiendo un objeto o incluso tirando un huevo contra una pared. Son muchísimo más tolerantes cuando el que blande el objeto contundente es un inofensivo agente del orden, cuando uno de estos bienintencionados agentes arrastra sin miramientos a alguna persona de su propia casa, cuando empuja a un anciano, cuando se lía a mamporrazos a diestro y siniestro, cuando hacen sangrar a alguien, cuando sin más piden la documentación a un tipo que simplemente clama por sus derechos, cuando vejan o insultan a un manifestante, cuando apartan una cámara que graba sus tropelías, cuando mienten impunemente en un juzgado, cuando saltan el ojo de una chica con una pelota de goma etc... Ahí, claro, los biempensantes se ponen a silbar y a mirar para otro lado. Es que, claro, alegan, al Estado le está permitido ejercer la violencia en defensa de todos. Esos chulazos vestidos de azul nos representan. Garantizan nuestra seguridad. ¿Nos representan? ¿En defensa de todos? ¿Garantizan qué? Joder, en qué carajo de mundo viven. ¿Es que no ven las imágenes, la desproporción de la fuerza, la chulería de esa fuerza? Quién carajo explica a todos estos biempensantes que el manifestante también está blandiendo una porra en defensa de "alguna cosa", cuando no "de todos".


Pero, en fin, los entiendo. A quienes disfrutan de prestigio social o institucional, a aquellos que no tienen problemas económicos ni se le esperan, a los meapilas de toda la vida que de acojonan por todo, a los sumisos, a los vencidos de antemano, a los interesados en que el circo siga igual, a los beneficiados de toda beneficencia, a los biempensantes de ningún pensamiento, a los indiferentes ahítos de indiferencia, a los cansados de sí mismos, a los desesperanzados, a los hijos de papá, a los pusilánimes, a los soplagaitas de todas las orquestas, y, en definitiva, a los cómplices pasivos... estas reflexiones les resultarán obscenas y llevan razón: en su mundo mágico, en su disneyland particular la violencia es una cosa infernal y diabólica, antiestética y barriobajera, sólo apta para pelis de serie B, pero, ay, ninguno de ellos hará el menor gesto para que el Estado se aplique el cuento, ninguno de ellos denunciará la alevosía, la hipocresía, la extorsión, la distinta vara de medir del Estado contra la ciudadanía. Que papá alce la mano está bien, algo habrá hecho el hijoputa del hijo, pero que sea el hijo el que la alce... Pues sí, acostúmbrense a que cuando papá es un déspota al hijo le asiste todo el derecho moral a defenderse en igualdad. Empecemos, pues, por redefinir las reglas de este juego de una vez por todas. Caiga quien caiga. Caiga lo que tenga que caer.

2 comentarios:

Lo que sigo sin entender es por qué un escritor de conciencia como tú, dejemos lo de escritor aunque lo seas, una persona de conciencia como tú, no expuso todo esto hace digamos que trece años, porque ya acontecía y/o se veía venir... ¿en qué pensabas, Manolo, entonces?
Y tú sabes cuánto te quiero. pero me fastidia horrores que solo ahora seas capaz de alzar la voz de esta forma, mientras que antes lo has hecho de una forma tan tibia, tan encerrado en tu torre de casa de piedra y tus babuchas y tu barba, que, de haber podido significar mucho más tu voz, se quedó en lo que todo el mundo quería, apenas queja, salvo mediante un seudónimo..¿acaso tus hijos comían bien hace trece años?..¿por qué, ¡por qué! no has sido capaz de hablar antes con la misma valentía o indignación? Ya me perdonarás, mi amigo, si es que puedes, pero como personaje público y escritor reconocido que eres considero que s mi deber hacerte estas manifestaciones así, públicamente.
Un abrazo sincero y enorme

MANUEL MOYA dijo...

Sofía, estoy de acuerdo contigo, pero hace 13 años también decía estas cosas, o al menos cosas parecidas. Entonces también era crítico muy crítico con la realidad. Mis artículos en un periódico de Huelva lo corroboran. Violeta C. Rangel hace 17 años fue acogida como una terrorista y creo -con humildad- y por eso mismo defenestrada, pero sigo creyendo que ha sido la crítica más fiera poéticamente en los últimos 25 años en la poesía española. Porque Violeta es una poeta política, muy políticamente incorrecta justo cuando la corrección y la compostura eran casi todo lo que se le exigía a un poeta. Yo hice mi trabajo de zapa entonces, otra cosa es que la gente mirara para otra parte. La novela Majarón, esa patada en la boca, es también una crítica feroz a todo cuanto siempre me ha tocado las pelotas. Lo que pasa, Sofía, es que uno es pequeñito y acaso demasiado alejado de los focos y sus gritos o sus soflamas no llegan ni a la siguiente esquina, pero eso no quiere decir que no gritara. Lo he hecho. Lo más fuerte que pude. Sólo que mis gritos se perdieron por las alcantarillas.