VIEJO



Me estoy haciendo viejo. Perdón, ya soy un viejo. Hasta hace dos semanas más o menos me invitaban a encuentros de poesía joven. Ayer, en un jurado, la compaña se sorprendía de mi mortal desconocimiento de las venturas y desventuras de las nuevas escuelas poéticas. De hecho, la novela que premiamos era una especie de parodia cervantina de ciertas neo-divas de estas últimas tendencias que se lo montan de escándalo, beben sangre, fornican con tapires y se largan unas orgías versales y bursátiles de padre y señor nuestro. Nada nuevo bajo el sol, por otra parte, que siempre hubos sus pallá y sus pacá en este mudo de facas y manolas que es la poesía patria. Pero el caso es que moi estaba in albis y prefería ver toda aquella mise en-scène de la novela premiada como una parodia sobre la novela negra, siguiendo los raíles de Chandler, un tipo que huele a siglo XII, pero no, aquella inocente parodieta era al parecer un obús de carga retardada que estallaría en las mismísima matriz de la más abyecta y desvergonzada de las divísimas. Plafffff. Tanto desconocimiento y tanta inopia mía, me llegaba hasta los huesos y comenzaba a sentir una comezón de frío que me succionaba la médula. Llegué a casa sin fuerzas y con fiebre. No bromeo. Fiebre de la buena y de la poética. Aun así, traté de establecer contacto por guasáp con el diablo e invitarlo a un pacto para quitarme unos añitos de lo alto y así tratar de seducir a la diva divinisísima d'mort, pero los diablos ya no quieren hacer pactos con un pasado de rosca como yo. Sentí así que la vida pasaba frente a mí con una metralleta, ratatatatatatam, que me jodía los oídos y me agujereaba el bazo. Estaba muerto. La vida se había pasado a la otra acera y me había dejado tirado una vez más. Esta vez sería ya la definitiva. Mis barbas provectas y canas, esta pinta de Whitman de asilo y sopicaldos... en fin, lo admito, nada ayuda a restañar esta sensación de vejestorio y de fúnebre exequia en que me he convertido. Sin diablo ni gurús a los que seducir, camino, pues, hacia el crepúsculo. Busco un bastón por estos bosques calcinados y llenos de cadáveres exquisitísimos, pero cadáveres al fin y al cabo. Ahí afuera desahucian a alguien, exprimen a alguien, tangan a alguien, sodomizan a alguien. Y mientras, los pájaros y las pájaras, ay, siguen recitando. Puafffff