LA MESA DE TERESA RITA LOPES



Teresa Rita Lopes
Os dejo hoy con un poema de Teresa Rita Lopes, la gran poeta lusitana, la grande también estudiosa y "fijadora" de F. Pessoa, con quien he Tenido la oportunidad de coincidir hace un par de semanas en Olhao Y con quien debía presentar los versos de Campos y su nueva versión de los Livros do dessassosego F. Pessoa en Tavira. Un catarro nos impidió este nuevo encuentro y este disfrutar de su maestría de su sensibilidad y de su pasión. Pero Teresa es muchísimo más que la gran estudiosa de Pessoa, siendo sin duda alguna una de las voces poéticas más singulares y atractivas del país vecino. Para los curiosos y los sublimes degustadores, existe en España una antología de sus versos editada por el El Bardo y traducida por Perfecto Cuadrado, titulada Cicatriz


En el poema que hoy inserto, se evocan las presencias que tutelan su casa de Cacela Velha, donde reposa la memoria de los suyos. Es un poema evocador y emocionante a un tiempo. Basta de palabras: dejemos a TRL en su poema:



Cacela Velha

A LA MESA FAMILIAR

Aquí, en Cacela me gusta poner juntos a la mesa
a los muertos y a los vivos
en franca camaradería:
ahora más muertos que vivos.
Algunos salen de los retratos,
otros no:
Tal vez nunca se hayan sentado alrededor de la mesa conmigo.
Es el caso de mi padre
que me contempla en su alto puesto sobre la pared
con sus bellos ojos de más allá de la muerte.
Nunca coincidimos en vida
donde tres meses antes de que yo naciera, no fue arrebatado.
Es difícil aguantarle su mirada de vidente.
Me mira con aire alegre: le gusta que yo haga estos versos
que ya él esbozara.
Murió antes de hacer lo que tenía que hacer.
Sólo a mí.
Mi Madre decía, orgullosa, que yo tenía los ojos
y la inteligencia de mi padre,
y mi primer hijo la cabeza y las orejas de su abuelo.
Mis abuelos andan por ahí,
en su casa.

Oigo los pasos de las arrastradas botas del abuelo
y la voz del abuelo siempre regañándose.
Él filosofaba con sus gracias
fumando y tosiendo.
Me acuerdo de haber escuchado un domingo:
“¡Ay, mujer, en cuanto te tragas la hostia, es que te pones más bruta!”
Pero la llevaba a la iglesia en el carro tirado por la mula
y charlaba a la salida de misa, con el, así llamado, cura Terremoto
que se divertía con sus dichos heréticos.
La Madre y la Tía son aquí las más vivas presencias
y no sólo por ser las últimas en partir.
Salen de los retratos donde permanecen en distintas edades.
¡Qué curiosa película daría esta convivencia
de ellas con ellas mismas!
Jóvenes, solas y más tarde con la familia, los novios
y maridos luego en el día de bodas.
¡Hay varios casamientos dando vueltas por ahí!
Más tarde fueron sorprendidas,
viejas ya y socarronas
por las cámaras de los más jóvenes.
¡Pero todas salen bien, las diferentes Teresas e Aldas,
en sus edades sucesivas!
Tratan de cuidarnos
como lo hicieran siempre
pero ya no saben cómo hacerlo.
Ni pueden hacer de comer, ni arreglar las casas,
ni hacer punto, bordar o sentarse con el croché.
Sospecho que mi madre,
que no sabía estarse quieta,
debe aburrirse un poco.
No hablan, apenas sonríen
pero yo les descifro la mirada.
Preguntan por los más jóvenes.
Yo les digo que ahí andan, por el mundo.
Sólo Sofia, la bisnieta mayor, está siempre ahí.
Un día ellos nos traerán a sus hijos
y yo me iré con vosotros
a esos desconocidos parajes
donde me gusta imaginaros
no con los entumecidos gestos de los últimos años, sino más sueltos,
como vuestras fotos de la pared.
Mientras cuento este cuento
haciendo ver que creo en estas cosas,
me siento junto a vosotros en esa gran mesa familiar.
¿Pero ahí, dónde? ¡¿Y para qué una mesa si no vamos a comer?!
Trato de imaginarnos en los puros espíritus,
pero no lo encuentro gracioso:
¿Cómo seríamos sin hambre y sin el placer de aplacarla?
¿Sin sed y sin ganas de beber?
¡¿Y sin dormir, uno de los mayores placeres de la vida?!
¡No me gusta imaginar la eternidad
como un inmenso insomnio!
Con todo esto llega la hora del almuerzo.
El estómago ya lo va pidiendo.
¿Están servidos,

mis queridos muertos?







À MESA FAMILIAR
Aqui em Cacela gosto de juntar à mesa
mortos e vivos
em franca camaradagem:
agora  mais mortos que vivos.
Alguns saem dos retratos
outros não:
Talvez por nunca terem abancado à mesa comigo.
É o caso do meu pai
que me contempla no seu alto poiso na parede
com seus belos olhos de além túmulo.
Nunca coincidimos na vida
donde abalou três meses antes de eu nascer.
É difícil de sustentar o seu olhar de vidente.
Fita-me com ar contente: gosta que eu faça esses versos
que ele esboçava.
Morreu antes de ter tempo de fazer fosse o que fosse.
Só a mim.
A minha Mãe dizia enlevada que eu tinha os olhos
e a inteligência do pai
e o meu filho primogénito a testa e as orelhas do avô.
Os meus avós andam por aí
em sua casa.
Oiço os passos arrastados das botas do Avô
e a voz da Avó sempre a ralhar com ele.
Ele filosofava as suas graças
fumando e tossindo.
Lembro-me de o ouvir dizer-lhe num Domingo:
“Ó mulher, quando vais papar a hóstia ainda ficas mais bruta!”
Mas levava-a à igreja no carro de mula
e cavaqueava, à saída da missa, com o padre Terramoto
assim chamado
que se divertia com as suas piadas heréticas.
A Mãe e a Tia são aqui as presenças mais vivas
e não só por terem sido as últimas a partir.
Saem dos retratos onde permanecem em várias idades.
Que curioso filme daria esta convivência
delas consigo próprias!
Jovens, sozinhas e com toda a família, com os namorados
depois maridos
e no dia do casamento.
Há vários casamentos borboleteando por aí!
Depois foram surpreendidas
já velhas e galhofeiras
pelas máquinas dos mais novos.
Mas dão-se todas bem, as diferentes Teresas e Aldas,
nas suas sucessivas idades!
Tentam cuidar de nós
como sempre fizeram
mas já não sabem como.
Não podem fazer de comer nem tratar da casa
nem tricotar, bordar ou crochetar.
Desconfio que a minha Mãe
que não sabia estar parada
se aborrece um pouco.
Não falam, só sorriem
mas eu decifro-lhes o olhar.
Perguntam pelos mais novos.
Respondo que borboleteiam pelo mundo.
Só a Sofia, a bisneta mais velha, nunca falha.
Um dia serão eles a trazer para aqui os filhos deles
e eu irei ter convosco
a essas ignotas paragens
onde gosto de vos imaginar
não com os gestos tolhidos dos últimos anos
mas soltos, como o das fotografias na parede.
Enquanto conto este conto
fingindo que nele acredito
sinto-me aí convosco numa ampla mesa familiar.
Mas aí – onde? E para quê uma mesa
se aí não precisamos de comer?!
Tento imaginar-nos puros espíritos
mas não acho graça:
Como seremos sem fome e sem o prazer de a matar?
Sem sede e sem o gosto de beber?
E sem dormir
um dos maiores gozos da vida?!
Não gosto de imaginar a eternidade
como uma imensa insónia!
Com tudo isto está na hora do almoço.
O estômago já por ele anseia.
São servidos,
meus queridos mortos?