TORGA: VICENTE EL CUERVO

Quién lo diría. Ya por la quinta entrega. Hoy vamos a detenernos en un autor lusitano, Miguel Torga. Poeta, diarista, novelista, cuentero, Miguel Torga es uno de los más relevantes escritores portugueses del siglo XX y acaso su mejor escritor de cuentos, junto a Cardosos Pires de quien tendremos también compañía. Como Chejov, fue médico y su rostro aristado revela un carácter huraño, acaso exigente consigo mundo y con el mundo. Vivió gran parte de su vida en Coimbra donde fue autopublicando su extensa obra en libros intonsos, de una sobriedad espartana y de una candidez sobrecogedora (habló de la edición, naturalmente). Por un casual yo compré casi de una tacada como cuarenta libros de esta guisa en una librería de Tavira, cuando el poeta sólo hacía unos meses que había fallecido y sus familiares aún no habían recuperado esas ediciones pueblerinas y únicas. Desde que vi esas ediciones pensé que un verdadero escritor debiera autopublicarse. En un país como el nuestro donde la autopublicación es percibida como un acto casi suicida, los autores de calidad debieran dar ese trascendental paso. Yo a veces me he sentido tentado de hacerlo y en una ocasión lo he hecho. Él llegó a tener todas las mejores editoriales del país tras de él, pero siguió autopublicándose hasta su muerte, en un terco signo de libertad creativa y personal, siendo él quien fijaba sus tiempos y sus textos. Chapó. Su obra tiene algo de esa irredenta tosquedad del solitario, del hombre que mantiene una comunicación intensa con la gente y con la tierra, de un hombre sólido y reflexivo. 

Bichos y Cuentos de la montaña, ambos editados en nuestro país, son libros de una honestidad que siguen impresionándome. En Bichos Torga se aventura por esa comarca tan difícil y exigente de la fábula. Vicente, el cuervo es una de sus piezas y mi cuento torguiano favorito. Es también un cuento donde se trasluce el carácter indómito del poeta de Tras Os Montes. Un pedazo de cuento de uno de los más grandes prosistas del siglo XX.
La traducción es mía, pero para los lectores de portugués, he considerado oportuno incluir el texto original al final.



VICENTE
Miguel Torga

Trad. Manuel Moya

Bichos, en una de las mencionadas autoediciones
Aquella tarde, a la hora en que el cielo se mostraba más duro y más siniestro, Vicente abrió sus alas negras y partió. Cuarenta días se habían cumplido desde que, integrado en la nómina de los escogidos, entrara en el Arca. Pero desde el primer instante todos se dieron cuenta de que en su espíritu no había paz. Callado y sombrío, andaba de aquí para allá en una agitación continua, como si aquel gran barco donde el Señor preservara la vida, fuese un ultraje a la creación. En semejante barullo -lobos y corderos hermanados ante el mismo destino-, apenas su figura negra y seca se mantenía inconforme con el método de Dios. En su imaginación silenciosa, preguntaba: "Por qué carajo los animales tienen que estar involucrados en la confusa cuestión de la torre de Babel?" ¿Qué tenían que ver los bichos en las fornicaciones de los humanos, que el Creador quería castigar? Justos o injustos, los altos designios que determinaban aquel diluvio golpeaban una y otra vez un sentimiento profundo, de irreprimible repulsa. Y cuanto más inexorable se mostraba la prepotencia, más crecía la rebelión de Vicente.
Cuarenta días, pues, de pura hambre pasó allí. Ni siquiera él mismo podía contar cómo descendió del Líbano hacia el muelle de embarque y luego, en el Arca, recibió durante tan largo tiempo la ración diaria de las manos serviles de Noé. Pero podría vencer. Consiguió, al fin, superar el instinto de conservación y abrir las alas al encuentro de la inmensidad terrible del mar.
Tan insólita marcha fue presenciada por grandes y pequeños con un respeto callado y contenido. Pasmados y deslumbrados, lo vieron, temerario, a pecho descubierto, atravesar el primer muro de fuego con que Dios le quiso impedir la fuga, para luego sumirse en los confines del espacio. Pero ninguno dijo nada. Su gesto fue en aquel momento el símbolo de la liberación universal. La conciencia en protesta activa contra el arbitrio que dividía los seres en elegidos y condenados.
Pero aún en lo íntimo de todos, aquel sabor del rescate, ya desde lo alto, ancho como un trueno, penetrante como un rayo, terrible, la voz de Dios:
Noé ¿dónde está mi siervo Vicente?
Bípedos y cuadrúpedos se quedaron petrificados. Sobre la cubierta barrida de las ilusiones, descendió, pesada, una mortaja de silencio.
De nuevo el Señor paralizó las consciencias y el instinto fue reduciendo a una pura pasividad vegetativa el residuo de la materia palpitante.
Sin embargo Noé era hombre y como tal se aprestó a las armas de defensa.
-Debe andar por ahí... ¡Vicente! ¡Vicente! ¿Dónde se ha metido Vicente?
Nada.
-¡Vicente!... ¿Nadie lo ha visto? ¡Búsquenlo!
Ni una respuesta. La creación entera parecía muda.
-¡Vicente! ¡Vicente! ¿Dónde puñetas se habrá metido?
Así hasta que alguien, compadecido de la mísera pequeñez de aquella naturaleza, puso fin a la comedia.
-Vicente ha huido.
-¿Cómo que ha huido? ¿A dónde ha huido?
-Huyó. Se fue volando...
Gotas de sudor frío ensancharon las sienes del desgraciado. De repente se le ablandaron las piernas y cayó redondo al suelo.
En la parduzca luz del cielo hubo un eclipse momentáneo. Por las manos invisibles de quien dirigía las furias, pasó, raudo, un estremecimiento de duda.
Pero la divina autoridad no podía permanecer así, indecisa, titubeante, a merced de la primera subversión. La perplejidad duró un instante apenas. Porque luego la voz de Dios retumbó de nuevo por el cielo inmenso, en una severidad tonante.
-Noé, ¿dónde está mi siervo Vicente?
Despertado del desmayo, tembloroso y confuso, Noé trató de justificarse.
-Señor, tu siervo Vicente se evadió. A mí no me pesa conciencia alguna de haberlo ofendido o de haberle negado su ración diaria. Nadie lo ha maltratado aquí. Fue su pura subversión lo que lo decidió a... pero perdónale y perdóname también a mí... Y sálvalo que, como mandaste, sólo lo guardé a él...
-¡Noé! ¡Noé!
Y la palabra de Dios, funesta, tronó de nuevo por el desierto infinito del firmamento. Después se siguió un silencio más terrible todavía. Y en el vacío en el que todo parecía flotar, se oía, infantil, el llanto desesperado del patriarca, que entonces tenía seiscientos años de edad.
Mientras tanto, suavemente, el Arca iba cambiando de rumbo, como guiada por un piloto encubierto, como movida por una misteriosa fuerza, apresurada y firme -la que hasta entonces bogara indecisa y morosa al albur de las olas-, se dirigió hacia el lugar donde cuarenta días antes se alzaran los montes de Armenia.
En la conciencia de todos, idéntica angustia e idéntica interrogación. ¿A qué represalias recurriría ahora el Señor? ¿Cómo acabaría aquella rebelión?
Durante horas y horas el Arca navegó así, cargada de incertidumbre y terror. ¿Obligaría Dios a regresar al cuervo, o qué? ¿Lo sacrificaría pura y simplemente como ejemplo? ¿Qué haría, finalmente? ¿Y habría resistido Vicente la furia del vendaval, la oscuridad de la noche y el diluvio sin fin? Y, caso de vencer los obstáculos, ¿a qué paraje arribaría? ¿En qué lugar del universo restaría aún algún cabo de esperanza?
Nadie daba respuesta a sus propias preguntas y los ojos se clavaban en la distancia y los corazones se apretaban en un sentimiento de rebelión impotente, y pasaba el tiempo.
De pronto un lince, de visión más penetrante, vio tierra. La palabra, gritada con miedo, por parecer alucinación o blasfemia, se propagó por todo el Arca como un perfume. Y toda aquella fauna desilusionada y humillada se posó sobre cubierta, en un alborozo grato y alentador por haber todavía suelo firme en este pobre universo.
¡Tierra! Ni mesetas, ni vegas ni desiertos. Ni siquiera la reciedumbre tranquilizadora de un monte. Apenas la cresta de un cerro emergiendo ante la multitud. Era más que bastante, con todo. Para todos cuantos lo veían, el pequeño peñasco resumía la grandeza del mundo. Encarnaba su propia realidad, hasta entonces transfigurado en meros y fluctuantes fantasmas. ¡Tierra! Una minúscula isla de solidez en mitad de un abismo movedizo y nada más importaba o tenía sentido.
¡Tierra! Desgraciadamente la dulzura del nombre traía en sí un amargor. Tierra... Sí, aún existía el vientre cálido de la madre. Pero ¿y su hijo? ¿Y Vicente, fruto legítimo de aquel seno?
Sin embargo, Vicente vivía. A medida que la barca se acercaba, se fue clarificando en la lejanía su figura esbelta, recortada en el horizonte como una línea severa que delineaba un cuerpo y era al mismo tiempo un perfil de fortaleza.
¡Llegó! ¡Consiguió vencer! Y todos sintieron en el alma la paz de la humillación vengada.
Lo que ocurría es que las aguas continuaban creciendo y el pequeño otero, segundo a segundo, iba disminuyendo.
¡Tierra! Pero en una porción tan exigua que hasta los más confiados la miraban con ansiedad, como tratando de defenderla de la vorágine. De defenderla y de defender a Vicente, cuya suerte estaba ligada al telúrico destino.
"Pero, ah, estaban rotas las fuentes del gran abismo y abiertas las cataratas del cielo". Y hombres y animales comenzaron a desesperar ante aquel sumergirse irremediable del último reducto de activa existencia. No, desde luego nadie podría luchar contra la determinación de Dios. Era imposible resistir ante el ímpetu de los elementos, regidos por su implacable tiranía.
Transida, la turba sin fe miraba la reducida cima y el cuervo posado en lo alto. Palmo a palmo la cúspide fue devorada. Apenas si quedaba de ella un peñasco, sobre el cual, negro, sereno, único representante de lo que era la raíz plantada en su justo medio, impávido, permanecía Vicente. Como espectador impersonal, observaba el Arca que ascendía con la marea. Escogió la libertad, y aceptó desde ese momento todas las consecuencias de tal opción. Miraba la barca, sí, pero para encarar de frente la degradación que rechazara.
Tanto Noé como el resto de los animales asistieron mudos a aquel duelo entre Vicente y Dios. Y en el espíritu claro o turbio de cada cual, este dilema: o se salva el pedestal que sostiene a Vicente y El Señor preserva la grandeza del instante genesíaco -la total autonomía de la criatura en relación al creador-, o, sumergido en su punto de apoyo, moriría Vicente y su aniquilación invalidaría esa suprema hora. La significación de la vida estaba ligada indisolublemente al acto de insubordinación. Porque nadie más dentro del Arca se sentía vivo. Savia, respiración, sangre de su sangre, era aquel cuervo negro, mojado de la cabeza a los pies, que, calma y obstinadamente, posado en la última posibilidad de supervivencia natural, desafiaba a la omnipotencia.
Por tres veces una ola alta, un principio de fin, lamió las garras del cuervo, pero tres veces se sostuvo. A cada tarascada, el corazón frágil del Arca, pendiente del corazón resoluto de Vicente, se estremeció de terror. La muerte temía a la muerte.
Pero en breve fue ya evidente que el Señor iba a ceder. Que nada podía contra aquella voluntad insoslayable de ser libre.
Que para salvar su propia obra, cerraba, melancólicamente, las compuertas del cielo.




Vicente
Miguel Torga
in Bichos
Editora Coimbra

Naquela tarde, à hora em que o céu se mostrava mais duro e mais sinistro, Vicente abriu as asas negras e partiu. Quarenta dias eram já decorridos desde que, integrado na leva dos escolhidos, dera entrada na Arca. Mas desde o primeiro instante que todos viram que no seu espírito não havia paz. Calado e carrancudo, andava de cá para lá numa agitação contínua, como se aquele grande navio onde o Senhor guardara a vida fosse um ultraje à criação. Em semelhante balbúrdia -lobos e cordeiros irmanados pelo mesmo destino -apenas a sua figura negra e seca se mantinha inconformada com o procedimento de Deus. Numa indignação silenciosa, perguntava: a que propósito estavam os animais metidos na confusa questão da torre de Babel? Que tinham que ver os bichos com as fornicações dos homens, que o Criador queria punir? Justos ou injustos, os altos desígnios que determinavam aquele dilúvio batiam de encontro a um sentimento fundo, de irreprimível repulsa. E, quanto mais inexorável se mostrava a prepotência, mais crescia a revolta de Vicente.
Quarenta dias, porém, a carne fraca o prendeu ali. Nem mesmo ele poderia dizer como descera do Líbano para o cais de embarque e, depois, na Arca, por tanto tempo recebera das mãos servis de Noé a ração quotidiana. Mas pudera vencer-se. Conseguira, enfim, superar o instinto da própria conservação, e abrir as asas de encontro à imensidão terrível do mar.
A insólita partida foi presenciada por grandes e pequenos num respeito calado e contido. Pasmados e deslumbrados, viram-no, temerário, de peito aberto, atravessar o primeiro muro de fogo com que Deus lhe quis impedir a fuga, sumir-se ao longe nos confins do espaço. Mas ninguém disse nada. O seu gesto foi naquele momento o símbolo da universal libertação. A consciência em protesto activo contra o arbítrio que dividia os seres em eleitos e condenados.
Mas ainda no íntimo de todos aquele sabor de resgate, e já do alto, larga como um trovão, penetrante como um raio, terrível, a voz de Deus:
-Noé, onde está meu servo Vicente?
Bípedes e quadrúpedes ficaram petrificados. Sobre o tombadilho varrido de ilusões, desceu, pesada, uma mortalha de silêncio.
Novamente o Senhor paralisara as consciências e o instinto, e reduzia a uma pura passividade vegetativa o resíduo da matéria palpitante.
Noé, porém, era homem. E, como tal, aprestou as armas de defesa.
-Deve andar por aí... Vicente! Vicente! Que é do Vicente?!...
Nada.
-Vicente!... Ninguém o viu? Procurem-no!
Nem uma resposta. A criação inteira parecia muda.
-Vicente! Vicente! Em que sítio é que ele se meteu?
Até que alguém, compadecido da mísera pequenez daquela natureza, pôs fim à comédia.
-Vicente fugiu...
-Fugiu?! Fugiu como?
- Fugiu... Voou...
Bagadas de suor frio alagaram as têmporas do desgraçado. De repente, bambearam-lhe as pernas e caiu redondo no chão.
Na luz pardacenta do céu houve um eclipse momentâneo. Pelas mãos invisíveis de quem comandava as fúrias, como que passou, rápido, um estremecimento de hesitação.
Mas a divina autoridade não podia continuar assim, indecisa, titubeante, à mercê da primeira subversão. O instante de perplexidade durou apenas um instante. Porque logo a voz de Deus ribombou de novo pelo céu imenso, numa severidade tonitruante.
-Noé, onde está o meu servo Vicente?
Acordado do desmaio poltrão, trêmulo e confuso, Noé tentou justificar-se.
-Senhor, o teu servo Vicente evadiu-se. A mim não me pesa a consciência de o ter ofendido, ou de lhe haver negado a ração devida. Ninguém o maltratou aqui. Foi a sua pura insubmissão que o levou... Mas perdoa-lhe, e perdoa-me também a mim... E salva-o, que, como tu mandaste, só o guardei a ele...
-Noé!... Noé!...
E a palavra de Deus, medonha, toou de novo pelo deserto infinito do firmamento. Depois, seguiu-se um silêncio mais terrível ainda. E, no vácuo em que tudo parecia mergulhado, ouvia-se, infantil, o choro desesperado do Patriarca, que tinha então seiscentos anos de idade.
Entretanto, suavemente, a Arca ia virando de rumo. E a seguir, como que guiada por um piloto encoberto, como que movida por uma força misteriosa, apressada e firme – ela que até ali vogara indecisa e morosa ao sabor das ondas – dirigiu-se para o sítio onde quarenta dias antes eram os montes da Arménia.
Na consciência de todos a mesma angústia e a mesma interrogação. A que represálias recorreria agora o Senhor? Qual seria o fim daquela rebelião?
Horas e horas a Arca navegou assim, carregada de incertezas e terror. Iria Deus obrigar o corvo a regressar à barca? Iria sacrificá-lo, pura e simplesmente, para exemplo? Ou que iria fazer? E teria Vicente resistido à fúria do vendaval, à escuridão da noite e ao dilúvio sem fim? E, se vencera tudo, a que paragens arribara? Em que sítio do universo havia ainda um retalho de esperança?
Ninguém dava resposta às próprias perguntas. Os olhos cravaram-se na distância, os corações apertavam-se num sentimento de revolta impotente, e o tempo passava.
Subitamente, um lince de visão mais penetrante viu terra. A palavra, gritada a medo, por parecer ou miragem ou blasfémia, correu a Arca de lés a lés como um perfume. E toda aquela fauna desiludida e humilhada subiu acima, ao convés, no alvoroço grato e alentador de haver ainda chão firme neste pobre universo.
Terra! Desgraçadamente, a doçura do nome trazia em si um travor. Terra... Sim, existia ainda o ventre quente da mãe. Mas o filho? Mas Vicente, o legítimo fruto daquele seio?
Vicente, porém, vivia. À medida que a barca se aproximava, foi-se clarificando na lonjura a sua presença esguia, recortada no horizonte, linha severa que limitava um corpo, e era ao mesmo tempo um perfil de vontade.
Chegara! Conseguira vencer! E todos sentiram na alma a paz da humilhação vingada.
Simplesmente, as águas cresciam sempre, e o pequeno outeiro, de segundo a segundo, ia diminuindo.
Terra! Mas uma porção de tal modo exígua, que até os mais confiados a fixavam ansiosamente, como a defendê-la da voragem. A defendê-la e a defender Vicente, cuja sorte se ligara inteiramente ao telúrico destino. Ah, mas estavam "rotas as fontes do grande abismo e abertas as cataratas do céu" ! E homens e animais começaram a desesperar diante daquele submergir irremediável do último reduto da existência activa. Não, ninguém podia lutar contra a determinação de Deus. Era impossível resistir ao ímpeto dos elementos, comandados pela sua implacável tirania.
Transida, a turba sem fé fitava o reduzido cume e o corvo pousado em cima. Palmo a palmo, o cabeço fora devorado. Restava dele apenas o topo, sobre o qual, negro, sereno, único representante do que era raiz plantada no seu justo meio, impávido, permanecia Vicente. Como um espectador impessoal, seguia a Arca que vinha subindo com a maré. Escolhera a liberdade, e aceitara desde esse momento todas as conseqüências da opção. Olhava a barca, sim, mas para encarar de frente a degradação que recusara.
Noé e o resto dos animais assistiam mudos àquele duelo entre Vicente e Deus. E no espírito claro ou brumoso de cada um, este dilema, apenas: ou se salvava o pedestal que sustinha Vicente, e o Senhor preservava a grandeza do instante genesíaco -a total autonomia da criatura em relação ao criador -ou, submerso o ponto de apoio, morria Vicente, e o seu aniquilamento invalidava essa hora suprema. A significação da vida ligara-se indissoluvelmente ao acto de insubordinação. Porque ninguém mais dentro da Arca se sentia vivo. Sangue, respiração, seiva de seiva, era aquele corvo negro, molhado da cabeça aos pés, que, calma e obstinadamente, pousado na derradeira possibilidade de sobrevivência natural, desafiava a omnipotência.
Três vezes uma onda alta, num arranco de fim, lambeu as garras do corvo, mas três vezes recuou. A cada vaga, o coração frágil da Arca, dependente do coração resoluto de Vicente, estremeceu de terror. A morte temia a morte.
Mas em breve se tornou evidente que o Senhor ia ceder. Que nada podia contra àquela vontade inabalável de ser livre.
Que, para salvar a sua própria obra, fechava, melancolicamente, as comportas do céu.