bajar hasta el fondo de su sima para saber dónde está, para volver a hablar con ella, pero eso sería como bajar hasta el corazón mismo de la Tierra. Sé que su mente mora en algún islote interior, en alguna remota ínsula y sólo con mucho esfuerzo logra a veces responder a alguna pregunta de este mundo, en el que vivimos los demás. Pilar es Eurídice. Vive en el piélago de las sombras. A veces una breve luz, escapa de ese mundo suyo y le ilumina brevemente el rostro. Es un espejismo. He seguido su mal durante años. He asistido a su evolución. No deja de fascinarme -de removerme por dentro- ese proceso de demolición de la realidad, de destrucción de todo signo proveniente de la actualidad. Ella se ha ido a vivir al fondo de sí misma, a algún bucle perdido de su experiencia personal. Parece que ese momento queda emparedado en los muros de la infancia. De cuando en cuando y a través del lenguaje tenemos alguna confusa noticia de ese mundo. Al mirarla no puedo evitar sentir escalofríos. Y miedo. Mucho miedo.
QUÉ VA A SER DE NOSOTROS
Confundido, vuelvo a la habitación y busco por todas partes. No puedo entender qué es lo que esta vez quiere de mí. Mi mujer me observa pero prefiere quedarse en la puerta, con
el corazón en vilo. Dónde estás, pregunto. Grito, dónde coño estás. Nada. El lamento sigue y sigue como si saliera del suelo. No lo hagas, no lo hagas, no lo hagas, suplica mi mujer a mis espaldas, por dios, Javier, no lo hagas. Ya ha pasado otras veces: tengo doce años, acabo de descargar la escopeta sobre mi hermano y estoy llorando, no puedo parar de llorar. Pero mi mujer me grita que vuelva, que por dios no lo haga, que tenemos dos hijas, que qué va a ser de nosotros.
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