VIVAPORÚ

¿Has probado a untarte el viparub en la planta de los pies.
He leído que es mucho más efectivo.
Cae la tarde. El último azul se encarama a los tejados, cuyas chimeneas parecen auparse sobre el frío. No se escucha un alma por ninguna parte. Todo está en el aire, adormecido, casi flotante. Suena la campana y dan las siete de la tarde. Una densa oscuridad lo cubre todo. Avenidas, lazas, todo. Las gargantas se resienten, como se resienten las luces. Un poco de vivaporú para el alma. Necesitamos toneladas de vivaporú para salir de ésta. Y vuelven a sonar las campanas. La repetición de las siete. Lentamente nos asomamos al abismo, lentamente nos comemos las venas, todo lentamente. La realidad queda en suspenso. Vivaporú: ya digo, se necesitan toneladas de vivaporú.


Hoy vamos a dejaros con el inicio de la novela La mano en el fuego, vale? La mano fue mi primera novela publicada. (Editorial Calima, 2006). Es la historia de un pobre escritor de cuarta fila al que le encargan un libro de autoayuda sobre la masturbación. Un libro erótico vaya. Vivapoprub para los huesitos, vale?


LA MANO EN EL FUEGO

(CAPÍTULO 1º)
 


Mi nombre es Gerard Osborn, de los Osborn de Coventry (U.K.), importadores de t

é de Ceylán y canela en rama desde 1856, que se dice pronto. Convengamos que soy un escritor a sueldo: novelas, biografías, libros de arte, traducciones, tesinas, lo que salga. Aceptemos que la vida del negro de un autor de éxito es agria como la hiel, pero ¿qué se puede pensar del negro de un autor que hace dos décadas ha caído en desgracia y del que nadie se acuerda, cuando no lo creen muerto y enterrado? Prestarme a comenzar este trabajo ¿no es acaso una patética bajada a los sótanos del infierno? A mí no me cabe la menor duda, pero por el momento no puedo permitirme el lujo de desdeñar un buen puñado de francos, que más tarde pudieran hacerme mucha falta. Pero hablemos ya de mí: hasta fechas bien recientes vivía en un ático de París despanzurrando historietas absurdas a doscientos francos el folio. En la actualidad sobrevivo en una aldeíta de las Alpujarras granadinas, donde carezco de lo más necesario y uno, sépalo usted, no abandona París para encontrarse en un paraje como éste, escribiendo una autobiografía erótica que, en el colmo de los colmos, acabará por firmar otro, mientras me alimento de leche, cecina y queso de cabra, y me expongo a las tifoideas, al raquitismo o a la malaria, si no hubiera detrás una poderosísima razón. Convendría advertir que soy un tipo de aspecto normal, demasiado normal, diría, y el hecho de poseer una extravagante colección de camisas caribe y unas cuantas primerísimas ediciones que constituyen una garantía en caso de tener que salir por pies, no tiene, de momento, ninguna trascendencia para lo que me dispongo a contar.


Convengamos que las ventanas de mi casa alpujarre

ña se asoman a un valle abrupto y tremendista donde se van superponiendo los balates sembrados de almendros y olivos hasta alcanzar el hondón del río, pero a mí, un lugar como éste, de abruptos valles y picachos fantasmagóricos, no me llama la atención más que durante un día o dos. A mí, perdonadme, lo que de verdad me va es el barullo urbano con su aire putrefacto y su todo. De poder hacerlo, hubiera escogido mil veces antes mi paisaje de vertiginosos tejados parisinos, con sus gatos gordos y sus temerarios gorriones, pero es el caso que adquirí esta casa hace unos meses con parte del dinero que me agenció el mismísimo gobierno francés por ciertos servicios prestados y temo que, de abandonar antes de tiempo estos andurriales, en la trazada de una de esas curvas me salga un camión con la tricolor por montera y acabe por beberme todo el río Guadalfeo, con sus carpas, sus pedruscos y su todo. Estoy, como suele decirse, entre la espada y la pared. La espada de los sicarios franceses y la pared de esta tierra que, me temo, va a reventarme los pulmones. Como digo, llegué a la aldea un poco angustiado y antes de que pudiera darme cuenta, ya me había metido en esta casa. Los lugareños son afables y dadivosos, pero más allá de sus bancales de repollos y papas cultivan también un cabal escepticismo acerca de todos y cada uno de los foráneos que durante décadas se han aposentando por estos pagos buscando una paz que ellos no logran atisbar por ninguna parte; los lugareños, digo, enseguida me tomaron por uno de esos jipis que desde hace tres décadas han ido añadiendo un aire de irrealidad a una comarca que no necesita de más irrealidad que su lunático paisaje.


 
El anterior inquilino de la casa, un pintor y ceramista holand

és, alérgico a la flor del olivo, se vio obligado a desalojar la aldea con una alergia de caballo que casi lo deja tieso, abandonando a su suerte una buena cantidad de objetos cerámicos y lienzos a medio acabar que yo mismo amontoné en la leñera porque nunca se sabe con los artistas holandeses. Como me trasladé a este lugar abandonado de la mano de dios a principios del verano, vivo con la incertidumbre de si la flor del olivo no acabará produciéndome efectos tan calamitosos como al pobre ceramista flamenco. Ya digo, me encuentro entre la espada y la pared. Me quedan tres meses para averiguarlo, pero al notar la sonrisa sarcástica de mis vecinos, la verdad es que comienzo a sentir un creciente cosquilleo en el estómago y en los huesos. A qué negarlo, siempre he sido bastante hipocondríaco y en cuanto el color de la lengua se me vuelve un pelín blanquecino, en cuanto siento la primera mordida de la destemplanza, no paro de correr hasta dar con el primer tipo que se haga acompañar de un estetoscopio y tenga diez cajas de supositorios y corticoides a mano. Pero vamos a lo nuestro.


Concedamos que como modelo er

ótico soy más bien modesto y limitado, pero en vista de que nuestra compañía podría ser larga y ustedes no tolerarían vérselas con un impostor que, encima, se la coge con papel de fumar, permítanme que les abra mi corazón, asegurándoles que se hallan ante un amante compulsivo y excepcional, un forofo del sexo, un loco del placer, vaya. Ya en mis años púberes, cuando aún lo desconocía todo sobre el mundo en el que había de ingresar a velocidad de crucero, llegué a usar e incluso a abusar de mis propios recursos no menos de cinco veces al día, mayormente en el periodo inicial, cuando, por estrafalario que pueda parecer, aún no había logrado disociar la masturbación de la radio, la radio de Christie, Christie de las orquídeas, las orquídeas de la masturbación y así hasta hilvanar una larga cadena que amenazaba con estrangularme o, todavía peor, con ir aserrando el cordón umbilical que aún me mantenía unido al vientre tibio de mi madre, de mi familia, de mi infancia. Pero yo fui, perdonadme, un chico fantasioso y solitario, que mostraba un pánico atroz por la realidad, y mucho más aún por la realidad que intuía tras las muchachas de carne y hueso. Me sentía, en consecuencia, atraído por amores interlineados de irrealidad o de mascarada. Qué le vamos a hacer, uno siempre se ha sentido más seguro, amparándose en los bastiones de la irrealidad, a medio camino entre la fantasía y el sueño. Una novia precoz es, junto al acné, lo peor que puede cruzarse ante un chico de trece o catorce años. A qué engañarnos, para un joven resulta crucial experimentar sus propias fronteras, conocerse íntimamente a sí mismo, sin agobios, sin público, sin exhibicionismos y sin onerosas proezas, antes de abismarse en los tremedales y complicaciones del amor dual. Tanto la filosofía y el esoterismo, como el deporte de contacto o el trato frecuente con el señor Onán, encuentran en el joven un buen terreno para ejercitarse en el vacío, para sentir en sí mismo el pálpito del límite. Un muchacho que experimenta el vértigo de la tristeza luego de haberse machacado a conciencia, observa el mundo con una especie de desapego místico y con una cansada suficiencia que lo hace invulnerable a todo, desde las drogas hasta la militancia en una facción ultrarreligiosa. El maoísmo y el zen, sin ir más lejos, están atestados de chicos que prefirieron el camino de la autoconciencia al del autoplacer y es ésa una disyuntiva que jamás ha de planteársele a un chico con una cierta inclinación por el extravío y la incertidumbre, a riesgo de acabar de mala manera. Para un púber, el mundo está en orden cuando él está en orden y ni siquiera el extravagante sentido de culpa que deviene luego de una iniciática exploración en las raíces del ser, puede privar al pobre muchacho de esa sensación que es, al mismo tiempo, de pertenencia y de impertinencia. Apedrear farolas, pedir autógrafos, ponerse hasta arriba de pastillas, leer a Whitman, Hesse, Ginsberg, Habermas o Lao Tse, conectarse a un teléfono móvil como quien se conecta a una máquina de diálisis o buscarse enemigos invisibles, no son más que las desafecciones con la realidad que un joven, cualquier joven, debe experimentar antes de echarse a los caminos y decirse a sí mismo:
 








-Ea, se

ñores, aquí estoy yo. Vayan haciendo sitio.


Pero, bueno, al tipo para el que escribo estas p

áginas autobiográficas, poco le importan tamañas disquisiciones y circunloquios acerca de la preadolescencia. Ya es hora, dirá, de empezar a mojarte en serio, sacando del viejo baúl familiar heroínas de arpillera, vestales escandalosas y vampironas de aquí te espero. Lo que pide es, ni más ni menos, una historia como la que podría contar el pobre Danny, que se entendía con su polla con la naturalidad del que se expresa en una lengua muerta o conduce por un carril de bicis. Pero de lo de Danny, pobre, hablaré cuando haya puesto en orden algunas cosas. Empecemos, como decía mi maestra Lizzy -otra que tal baila-, por el principio.



1




 

 

Y el principio de todo fue y sigue siendo Carlota, Carlota Melville, para ser m
ás exactos, porque la puñalada mortífera en la yugular de mi tardoadolescencia vino cuando, con una voz que me estremeció como se estremecen los cristales al paso de los trenes, Carlota sumó a su nombre y a su porte germánico el apellido Melville, lo que para mí, propenso a la ensoñación, víctima de las mitomanías, supuso una especie de salvoconducto hacia los mares del norte, con sus paisajes helados y sus furiosas olas que se tragaban a los buques con la misma desenvoltura con que mi madre se zampaba latas y latas de galletas de jengibre. Ya en el preciso momento de escuchar de su boca aquel apellido, supe que estaba tan perdido como un loro tratando de seguir el himno nacional de Irlanda. El caso era que hasta entonces Carlota había sido un ser por completo indiferente para mí. Nos habíamos visto más de una vez en los garitos de moda, pero, ocupado en piezas más asequibles y voluntariosas, había sellado con ella un tácito pacto de distancia y de indiferencia. Por entonces, mis laboreos nocturnos transcurrían entre la dispersión y el caos, y daba en creer que Carlota, con ese aire suyo de equilibrio y concentración en sus miradas, constituía una empresa inverosímil y un territorio inexpugnable. Así estaban las cosas, hasta que la Melville se plantó delante de mí y sin dejar de parecer natural y confiada, vino a decirme, chico, aquí estoy yo. Hasta entonces me había ido bandeando con episodios dispendiosos y virtuales como los de Cindy, encuentros pasajeros como los de Lizzy, mi profesora de música, o historias vicarias y degradantes como la de Sophie, mi compañera de almacén. Hasta entonces, las mujeres guardaban para el muchachito un poco sensitivo e iluso que yo era, el misterio de los castillos medievales con sus fosos y sus almenas, con sus galerías secretas y con sus encenagados pasadizos, y yo, joven radicado en la incertidumbre, opositor a interinidades, me transportaba de una en otra como un vendedor de hierbas alucinógenas por un mercadillo beréber o un herrador de caballos por las aldeas vikingas, y si al principio me sentí halagado por la posesión momentánea de aquellas presas apetecibles, pronto caí en la cuenta de que el poseído era yo, pues se daba el caso de que cuanto más empeño ponía en acercarme a alguna de mis presas, más énfasis ponían éstas en alejarse, dejándome con tres palmos de narices; en cambio, cuando una mujer me decía, como me dijo Carlota, chaval, qué pasa contigo, era completamente incapaz de oponer la menor resistencia, de manera que me dejaba arrastrar con el fatalismo de una hoja de ciruelo frente a las crecidas del Yang Tse. Cual perro vagabundo, había deambulado por todas las plazas, meado en todas las esquinas y probado de todos los despojos, pero bastó que Carlota pronunciara su apellido de vértigo para que un ventarrón inesperado se abriese paso entre la carne y me inundara por vez primera con las inextricables toxinas del amor con mayúsculas. Peregrino del mundo y de mí mismo, era la primera vez que me veía en una situación semejante. De pronto sentí el formidable coletazo de la gran ballena blanca en el costado. Traté de agarrarme al respaldo de un taburete, a la estridencia de la música, al equívoco de una noche imposible, pero cuando la gran ballena te suelta su coletazo, sólo te queda dejarte absorber por el mar y pedirle a Dios que no sea ni muy hondo, ni muy extenso ni muy cabrón. Un mar que, si bien lo había intuido a través del juego diabólico de Sophie, me era totalmente desconocido. Compinchado con la semioscuridad del local, traté de mantenerme en mi sitio, pero me hallaba tan asustado, tan perdido en la inmensidad, que necesité de tres whiskys para tratar de olvidarme de que la gran ballena blanca me había partido en dos el espinazo y que mi cuerpo, inerme, era arrastrado por las olas hacia una cala de arenas negras y vientos ensordecedores. Pero los whiskys, por no sé qué extraño milagro, me sabían a agua sucia, a colonia barata.



Mi prima MH -como tambi
én le llamaba- es una mujerona indesmayable, despendolada y divertida que mantiene un pequeño emporio editorial en Covendish Street (London, UK), donde edita regularmente dos revistas: Fuck on y Tinieblas. La primera de ellas es una simple revista alimenticia y la segunda una tapadera, un puro capricho intelectual que le procuraba algo de prestigio y poco más. En Tinieblas llegué a publicar hasta 32 relatos de suspense y terror, al margen de otras tantas reseñas firmadas bajo seudónimo. En Fuck on, revista de altos decibelios eróticos, colaboraba mucho más, amparado por las brumas del anonimato, de forma que no siendo yo el que firmaba los trabajos, terminaba convencido de que tampoco era yo el autor de ellos. Y no se vea esto como una cuestión estricta de pudor o de amnesia interesada. Lo cierto es que recibía 75 libras por cada descabellada fantasía sexual que se me iba ocurriendo y que, todo lo más, terminaba en media hora y, claro, eso ningún triste escritor de cuarta fila lo puede rechazar. Además, fue la manera de dar con Nancy, una paisana del Gran Baudelaire, y la esposa hedonista de un misterioso personaje de la política francesa que no se andaba con chiquitas. Nancy, claro, era el seudónimo de una mujer que a cambio de ir perdiendo todas las batallas, había decidido ganar su guerra particular a la sordidez y a la razón, donde quiera que éstas se hallasen. En mi imaginación, Nancy era una mujer despampanante que se trabajaba el cuerpo como un surfista se trabaja las olas de las Fidji. Poseía una belleza belicosa y resabiada, pero si se lo proponía -y se lo proponía con frecuencia- era perfectamente capaz de provocar accidentes de tráfico y desarreglos forenses en la albañilería. Tales episodios la hacían creer que era bella y escandalosa, pero no por eso dejaba de gastarse fortunas en un vestuario que parecía hecho ex profeso para incendiar el Sena o desecar el Canal de la Mancha. Todo eso, unido a una documentadísima ninfomanía que se hacía sentir en cada iridiscencia de sus ojos o en cada mohín de su cara, le conferían un aspecto de fruta sexual en el justo momento de desprenderse del Árbol de la Vida. Escribiendo sobre Nancy, uno se transportaba casi por ensalmo a los paisajes del Edén y volvía a experimentar la tortura que para el primero de nuestros descendientes debió suponer el descubrimiento de Eva y de su jugosa manzana. Pero Nancy, una especie de ultra Lady Godiva de nuestros días, supo desde su primera aventura trasponer los miasmas de la abstracción, para terminar convirtiéndose en una mujer de carne y hueso, capaz de escribir con su cuerpo las más letales páginas de la ninfomanía y el solipsismo, ahí es nada. Rara era la semana que no se le estropease la lavadora, se le antojara abrir un agujero para colgar un linecuadro o se encontrara con la visita de un par de estudiantes que elaboraban una encuesta para el Ministerio de Bienestar Social, el feudo de su marido. Nancy, mi Nancy, se lo tragaba todo y todo lo escupía luego en una prosa de infarto, que leían imperturbables los vigilantes jurados, las abadesas alsacianas, los marineros normandos y hasta los viajantes de artículos funerarios del Languedoc. En cierta ocasión se emperró en realizar el numerito del sable, en otra salió despelotada al balcón sobre una plaza endiabladamente conocida, mientras el portero sordomudo le enchufaba nueve pulgadas de carne en rama; en tanto ella se agarraba a la baranda, una lluvia menuda le atemperaba los hombros y la espalda, mientras el maromo la fustigada con un bastón de aquí te espero. Cosas que iban saliendo de una sentada, mientras, sorprendido de mi propia escritura, me preguntaba por los pros y los contras de, por ejemplo, una tranca de nueve pulgadas. Ya lo he dicho, al principio fue una auténtica bendición encontrar una hembra en estado puro, que iba lanzando al mundo esporas seminales con el desprendimiento del muchacho que lanza octavillas de un partido maoísta en una barreduela del Marais. Los lectores, impacientes, se lanzaban sobre los ejemplares de Fuck on como guepardos sobre un rebaño enloquecido de ñus. Durante mucho mucho tiempo, sin embargo, la relación se mantuvo en los límites de la discrecionalidad. Mi trabajo consistía en procurarle amantes y a esos límites trataba de circunscribirme. Me daba igual que se tirase al tercer violín de la Orquesta Nacional de Escocia o que desvirgase a un grupo de jóvenes excursionistas aislados en un refugio de montaña alsaciano. Ese era su problema. Al principio, mi relación con Nancy se ceñía exclusivamente a un mero contacto laboral. Yo, por la cuenta que me traía, ponía todo de mi parte para buscarle buenos maromos y ella ponía todo de la suya para no defraudarlos. Como yo cobrara mi tanto y ella el suyo, el negocio iba viento en popa.


Pero no adelantemos acontecimientos y remont
émonos a los orígenes. Todo adolescente que se precie, acaba enamorándose de la profesora de literatura extranjera. Ésa es una fatalidad del calibre de la niebla londinense o de los monzones en el Asia Monzónica. Lo normal es que la cosa no sea del todo recíproca, porque las profesoras de lengua extranjera o literatura están ya hasta el gorro de lidiar con niñatos rastas, punkys o futuros chicos de empresariales, para, además, liarse con ellos y prepararles batidos de cacao entre una cosa y otra. De todo el profesorado que me pude topar en Coventry, la única con la que logré una relación estable fue con Linda, la profesora de matemáticas, que tenía unas tetas blandas y desproporcionadas, pero los tópicos son los tópicos y yo, que iba para intelectual de altura, comenzaba a cuestionar la maldita originalidad que tantas veces acaba por ahuecar el alma de los verdaderos artistas. Digo que los tópicos son los tópicos y yo me enamoré de Miss Linda, una jaquetona onírica de cuidado, de mucho cuidado. Lo mío consistía en un amor telepático y aciago pero, en lo fundamental, onírico-juvenil. Y ahí, en lo onírico, hay que decir cuanto antes que corría distinta suerte la buenaza de Miss Lizzy, un alma epicúrea de larguísimas piernas y pantys fabulosos, guerrera procacísima en la vigilia y siempre lista para el desembarco, pero, ay, demasiado indolente en los sueños. Sin embargo, Linda, una matrona apacible y cándida, de ojos soñadores y de una piel tan cerúlea que bien hubiera pasado por la de un arcángel, capaz, y ahí estribaba su verdadero punto fuerte, de haber flotado en el lago Ness tironeada desde el fondo por el monstruo, poseía la virtud de crecer en mi interior como una enredadera gigante, como una mancha de trébol rojo en una pradera de Essex, envenenando mi sangre y mi cabeza, que no se podía apartar así como así de aquellas tetas magmáticas. Esta facultad suya para la ensoñación, unida a su cierta inclinación por la irrealidad, le conferían un prestigio onírico como acaso ninguna otra mujer haya disfrutado a lo largo de mi vida. En efecto, la tímida, la casi extraterrestre Linda, la mujer que parecía andar de puntillas sobre la vida y la pizarra, llenando ambas de incorregibles incógnitas, poseía la impagable virtud de crecerse en los sueños hasta acabar absorbiéndolos e inflamándolos. ¿Quién lo diría, verdad? El caso es que comenzaba soñando con la amazona Lizzy, pero tras varias escaramuzas, acababa siempre con Linda, entregado a los pechos de Linda, para ser más preciso, que hoy prefiero ver como la barca neumática del náufrago o el globo estratosférico donde flotaban los miasmas de la adolescencia, los misterios del álgebra y la lógica de Onán. Linda, ya lo he dicho, desde el principio optó por colarse en unos sueños que comenzaron siendo recatados y esporádicos, con personajes absurdos y situaciones del todo secundarias, pero Linda, casada no hacía mucho con un profesor de física, estimable aspirante al Premio Nobel de la gilipollez y la sonsera, se mostraba porfiada y poco a poco, como una yedra narcótica, con la fuerza telúrica de una Rita Hayworth, se fue apoderando de mi voluntad y de mis sueños hasta quedarse a vivir durante una buena temporada en ellos.

Comenzara como comenzara el sue
ño, y los hay caprichosos y hasta surrealistas, siempre terminaba entre los pechos onerosos de Linda, esos dos planetas que atravesaban juntos el universo como imponentes naves nodrizas o ecuaciones de tercer o cuarto grado. Ya fuera un sueño policial, de ésos en los que uno corre, corre y corre perseguido por un tipo que corre, corre y corre diez veces más que tú, con una pistola en una mano y una bandeja con una copa de pipermint en la otra, llegaba un momento en que, ya sin aliento, acababa por encontrarme con los pechos salvíficos de Linda, que destrozaban de mil maneras distintas al camarero-gángster, que terminaba inexorablemente digerido por la masa cibelina de aquellas glándulas que cada noche encontraba más veteadas de sarmentosas venillas moradas a punto de reventar, lo que a la postre me producía un vértigo y una angustia tan grande como la misma persecución. Porque aquellas tetas, ahora lo sé, eran nada más y nada menos que una tetas carnívoras, que me utilizaban de señuelo para cobrar sus víctimas nocturnas. El señuelo que yo era, sólo tenía que subir a la bicicleta o caminar por un descampado suscitando la atención de los consabidos monstruos nocturnos y luego correr, correr muerto de miedo, para que mi profesora Linda, siempre de caza, siempre pendiente de mí, se abalanzara sobre los perseguidores y se los zampase como mi madre se zampaba las galletas de jengibre. Un alivio y una locura que en un adolescente viene a ser como poner media docena de cócteles molotov en manos de un activista norirlandés.