25 DE ABRIL

Se acerca el 25 de abril. Ya he hablado de esta fecha memorable. En esa fecha estaré en Portugal. Quiero estar en Portugal, más concretamente en Tavira donde el día antes presento la novela Las cenizas de abril. Quería que la presentación en Tavira tuviera como escenario su conmemoración. Ya he contado por estos andurriales lo que me parece este gran día y me da la impresión de que el presente año tendrá una conmemoración especial, por todo cuanto de amenazante cierne a nuestro vecino país. Recuerdo que hace un par de años estuve por Lisboa buscando una portada para la edición en Alianza de Las cenizas. Hacía años había visitado la Fundación 25 de abril, en el arranque de la Rua da Misericordia, muy cerca de la Praça Camoens, y donde había visto interesantísimos libros ilustrados, de modo que me dije que aquél sería el lugar idóneo para buscar la portada. Hasta allí me guiaron los pasos, pero en una primera inspección por las aceras no encontré nada que dijera que por aquellos pagos se encontraba la Fundación. Pregunté a personas que trabajaban en la zona y no supieron decirme. Por fin el propietario de una zapatería o algo parecido me dijo dónde estaba la dichosa Fundación, apenas un par de números por encima. Pero dios, allí no había ni el menor rastro de ella: lo que encontré en su lugar fue un restaurante. ¡Si, han leído bien, un maldito restaurante! No recuerdo bien, pero en el hall había un pequeño buzón donde se recogía la correspondencia. El recuerdo más fehaciente del 25, quedaba atrapado en un restaurante burgués donde acaso se reuniría de cuando en cuando la clase política y poética lisboeta. En eso había quedado el 25 de abril. Denle al caso valor de metáfora. Liberados del espíritu de los claveles, la sociedad política lusitana había tomado el espíritu del 25 de abril para convertirlo en un restaurante exclusivo donde se hablaba de bancos y políticas. Punto.
Por cuestiones de azar (nuestro hotel quedaba a apenas 100 metros) un par de días más tarde fuimos a cenar al Francesinhas, un restaurante casi secreto al que se accede bajando unas escaleras, justo en la esquina de las calles Castilho y Braamcamp (creo que se escribe así). Este restaurante popular, de una estética francamente pop, y donde uno puede encontrarse con estudiantes o familias de medio pelo (hoy, a lo peor ha subido la clase de su clientela), se inauguró el 25 de abril de 1973, justo un año antes del golpe de estado popular. Es fama que los claveles que coronaron los fusiles y los cañones de los tanques de la llamada revolución de los claveles procedían de sus mesas. Nada ha cambiado en el lugar desde entonces. Si les preguntas a los camareros es posible que no sepan decirte.
Helga de Alvear
El 25 de abril era hasta antes de ayer un cadáver. El nuevo stablisment político y empresarial lo había silenciado. Hoy regresa, cuando Portugal se ve a sí misma saliendo del espejismo, pagando en sus carnes la gran estafa, reviviendo momentos de dramatismo social. El espíritu que hizo estallar la Praça do Carmo, los fantasmas de Otelo Saraiva del Carvalho y Salgueiro Maia salen de nuevo a la calle para recordar a los portugueses que el espíritu de ese glorioso día sigue en pie.

Y ojalá que Portugal, como siempre, nos vaya marcando el camino. Viva el 25 de abril.



 
Os dejo con un relato de Cielo municipal que nada tieen que ver con el 25 de abril.
 
MISHUBISHI
La cosa, qué quieren, me cogió allí. Yo soy el de la foto. Primero se dijo que el bar era una pocilga ocupada por moros, putas y toda la morralla de cinco quilómetros a la redonda, gente sin escrúpulos, delincuentes comunes, borrachos, todo eso, que por allí corría de todo y de eso estaban al tanto los del ayuntamiento y todo el mundo. Tonterías. Aquello era un sitio como cualquier otro. Se iba a tomar cervezas, avellanas, esas cosas. Entraban las putas, pero y qué. También entraba Avelino el buhonero y no pasaba nada. Sólo los jueves se iba allí a jugar. A jugar duro, eh, duro de cojones.
Balcárcel, Lora y Expósito venían de dar un palo en una gasolinera y traían dinerito fresco aquella noche. No sé a quién se le ocurrió decir que el Javivi llegó al final, cuando la partida estaba ya en marcha. ¡Unos cojones! Él llegó con los otros moritos, y estaban esperando allí desde hacía dos horas. Los conocía bien. Ya habían desplumado a otros unas semanas antes, y hubo gresca y mi viejo llamó a la poli, pero nada más entrar se dieron media vuelta, se subieron al coche y se quitaron de enmedio. Con los moros, pocas bromas, jefe. Fue justo el día que mi padre quitó el cuadrito ese del Caribe que tenía en la pared, no fuesen a romper el cristal y acabáramos. En su lugar quedó un cuadrado blancuzco y como sobrenatural que a todo el mundo le ponía los cojones aquí arriba. Y en esto llegaron los tres, la delantera del Atleti.
Sí. Se mascaba algo grande aquella noche. Porque nadie sabía dónde estaba el truco para que los moritos no perdieran ni una sola mano y aquello había que averiguarlo. Por eso se fueron a dar el palo Expósito, Lora y Barcárcel. Para cogerlos y darles de lo lindo. Se olía un no sé qué calentito en el ambiente. Un mal bajío, una cosa. Yo creo que las desgracias dan la cara primero por el olor. Tanto lo bueno como lo malo, pero lo malo, no sé por qué, se huele antes, de más lejos y aquello olía que echaba para atrás. Tú qué dices, Zaqui, me preguntaba Lora, que tú eres medio zahorí. De esta noche no pasa, dije sin saber muy bien qué le decía. Él me lo preguntaba por la pasta, porque allí se iba a poner pasta a reventar. Para desplumar con dos cojones a los morubes había que venir con pasta. Esos, decía el Lora, no tienen ni puta de que estaban delante de la delantera del Atleti: Lora, Expósito, Balcárcel, con el menda, que era el Mishubishi. Se veía venir, como le estoy viendo a usted en este momento.
Todos los jugadores (Balcárcel, Lora, Expósito y los tres moros), se sentaron en la mesa, pidieron cartas y encendieron cigarrillos, pero el morito más joven, el que no jugaba, el Javivi ese, el de la foto, se apartó del grupo y se acercó a la ventana con la excusa de tomar un poco el aire. Era raro de cojones el Javivi. Se veían luces muy muy lejos, atravesando el campo, las escombreras, las vías del tren. Tenían que ser coches o algo. Las chabolís, que les llamaban, iban quedando atrás, con sus fogatas y sus cosas, pero las luces seguían y seguían acercándose como si fuera fiesta. ¿No hueles? El dinero es así. Hace que pierdan la nariz y la cosa. Yo, de reojo, mientras controlaba al Javivi ese, vi cómo venían hacia nosotros, pero me dio lo mismo. De pronto, todo comenzó como a iluminarse y se oyeron sirenas, muchas muchas sirenas. Un golpe de sirenas como si empezara la guerra. Entonces, me acerqué a la ventana y los moros de la mesa preguntaron que qué pasaba, que qué estaba pasando, pero no les dio tiempo a levantarse de la mesa. Para entonces el Javivi se había metido en el cuarto de baño.
Todos se acercaron a las ventanas iluminadas. Lora, Expósito y Balcárcel debieron pensar que era por lo del palo a la gasolinera. Los moros gritaban entre sí, pero no había quien los entendiese. Alá, alá y esas cosas, yo no sé. Estábamos rodeados y más que lo íbamos a estar porque se acercaban muchas más luces y sirenas.
En un instante todo se iluminó y hasta pude ver como si fuera de día los cables del tren, que estaban, por lo menos por lo menos a cien metros. A mí lo que me salvó dicen que fue la máquina del tabaco, que estaba entre la ventana y yo, y que me cogió por delante y me hizo saltar hasta el rincón. Después de eso, todo quedó patas arriba, con polvo, trozos de carne y escombros por todos lados.
Eso lo he visto ya por la tele, pero me quedé ahí porque se me habían roto los oídos y no sabía. Quiero decir que me quedé con la boca abierta y los ojos quietos, mirando el cuadrado donde antes había estado la estampa del Caribe. Niño, como si me hubieran dado con un martillo en la cazoleta:
puuuuuuuummmmmmm.
Cuando llegaron las ambulancias todavía seguía allí, con una sonrisa idiota, con la sangre y el polvo ensuciándome la cara y la camisa, justo como se me ve en la foto, porque ése, puede preguntar a quien quiera, soy yo.
Por lo visto era el único que había quedado en pie. Lo demás era tierra y oscuridad y un dolor como si me rebañaran con un cazo por dentro. Y el mundo, como no lo escuchaba, como casi no podía verlo, me parecía que andaba a dos mil quilómetros de distancia, aunque a cada momento la luz volvía y me quedaba sudando y tiritando, como si me dieran otra vez con el martillo o hiciese mucho, cada vez más frío. Y eso, lo juro, creí que era la muerte. Durante no sé cuánto tiempo estuve convencido de que también estaba muerto, como Lora, papá y los otros. Incluso ahora, mientras hablo con usted, lo miro y no sé qué pensar.
Dos meses con aquella sonrisa idiota, que se dice pronto. A mí me rebañaron la cabeza, pero la vida siguió y a veces sudo y me estremezco cuando recuerdo que sangraba como un toro y en sueños se vuelven a iluminar los cables del tren y tirito como si volviera a sucederme. Lo de los cables y el cuadro es lo que llevo peor. Sólo eso y que debo darle gracias a Dios y a la máquina del tabaco porque me escapé por los pelos, ya se lo he dicho. Después lo desescombraron todo. De Lora, Expósito y Balcárcel, mis tres colegas que venían de dar un palo en una gasolinera, ya nadie quiere acordarse. Me dijeron que me iban a dar no sé cuánto por todo aquello, pero lo que hicieron fue meterme aquí y donde estuvo el bar, me han dicho que van a levantar un hipermercado. Balcárcel, Lora, Expósito. Parece la delantera del Atléti o del Rácing, pero no, no, ésos eran los que estaban allí esa noche conmigo y con papá, cuando se acabó el mundo.