TORCAL

El Torcal, ayer.
Hoy sí. Parece que la primavera por fin ha estallado. Si vierais cómo están los cerezos, la hierba, las hojas de los árboles y las yedras, todo. Ayer, viniendo de Antequera vi las extensas alfombras de flores moradas y amarillas a ambos lados de la autopista. Recordaba un antiguo viaje, cuando era adolescente y atravesé Andalucía haciendo autostop. Era también primavera y vagamente, todo olía a uan mezcla a asperchin y a yerba fresca. Ayer subí al Torcal, que se erige mismamente como un museo de escultura, sobre un manto de nubes. Todo el paisaje, cisto desde allá arriba, estaba como sin estrenar. Las piedras se asomaban aquí y allá como viejos soldados de una legión perdida y halalda de golpe. Los árboles, raquíticos, sufridores, daban un cierta tonalidad verde al gris metálico y mate de las peñas y todo tenía un aspecto levemente onírico, fantasioso, caprichoso sin duda. Más abajo, cuando conducía hasta Antequera,vi que pastaban las vacas, serpenteaban las carreteras, planeaba un águila sobre los roquedos, cuchicheaban aquí y allá los arroyos, un coche cobraba trabajosamente las curvas... Y luego, hasta Sevilla, esos mantos florales, esos paisajes serenos de la baja Andalucía, rotos a veces por los cortijos marcados siempre por una o más palmeras. Y allá los altozanos verdes y jugosos, los pueblos blancos que se estiran sobre la colina, la serena laguna de Fuentepiedra, los olivares punteados de plata. Los yerbazales, la sensación de que el coche se deslizaba sobre un tapiz y fuese el paisaje y no tú el que viniera a tu encuentro.
Hoy, aquí, la luz es limpia y todo, ya digo, tiene esa leve e inmaculada consistencia de las cosas maduras y a la vez tiernas. Las hayas de la terraza ya asoman, por fin, sus pujantes hojas. Hoy es un díaa de primavera.

DILSEXIA













El autor, un olvidado guajiro de Atacama se pasó su vida escribiendo obras deplorables. No era del todo culpa suya. Ya desde que se sentaba a escribir la primera letra, la cosa se desviaba y eso no dejaba de ocurrirle durante todo el rato. Una de las veces fue cuando intentando teclear a toda velocidad aquella frase que le había llegado en mitad del sueño ("muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar..."), sus dedos se precipitaron al teclado y se olvidaron del pelotón de fusilamiento y de aquel extraño Aureliano Buendía y, bueno, bueno, todo fue un horror. Al cabo de las semanas, releyendo lo que había escrito, confrontó el texto que le había corrido por su cabeza con el que, paralelo, había corrido por sus dedos: una obra deplorable. Él lo achacaba y no sin cierta desazón a la dislexia.