EL REINO DE OTRO MUNDO

Hace tiempo que los políticos, con pocas excepciones, se han convertido en una superclase social que dicta sus propias normas y con una peculiar manera de entender su relación con  la sociedad y la ética. Los grandes partidos -esos que se reparten el poder, las corrupciones y los desaguisados- se han convertido en agencias de trabajo vips, en conspicuos montepíos para insignes jubilatas, en pequeños oasis de virtualidad social, en contratistas, expendedores y mediadores de los bienes sociales. Los listillos de turno se agarran a ellos como un percebe a una roca. No hay peligro, y aunque los cojan con las manos en la masa, sus leguleyos lograrán que escurran el bulto. Cuestión de Estado. Sus delitos prescriben y sus responsabilidades se esfuman. Hablan de transparencia mientras tiran las pruebas por el retrete. Bajo causa mayor, salen de la política por la puerta de atrás y enseguida les encuentran un exilio bien remunerado en alguna gran empresa donde prestan servicios oscuros pero imprescindibles. Las cuitas del mundo no va con ellos. De cuando en cuando queman a uno de tercera fila en pira pública para escarnio publico. Es el payaso de las bofetadas, que diría Felipe. ¿Rendir cuentas, dar el callo, someterse al escrutinio público, currar? Chico, tú andas mal de la perola.

Me recuerdan a esas tristes sociedades de colonos que se apostaban en las capitales africanas, ajenas a la población y que sólo respondían ante los intereses lejanos de la metrópolis y sus sociedades mercantiles y parasitarias. Normalmente se agrupaban en barrios exclusivos y blindados donde los espejismos de la  realidad apenas se filtraban por las mosquiteras. Pasaban sus días nadando en sus piscinas, jugando malamente a tenis, bebiendo whisky tras whisky, mientras pergeñaban triquiñuelas y negocietes que casi nunca respetaban la legalidad y que una vez sí y otra también contravenían los intereses de la población autóctona, a quienes consideraban de una raza inferior y prescindible. Ellos, desde luego, estaban a otra cosa. No habían salido de sus casas para hacer de buenos samaritanos. Cuando se alejaban de sus búnkers lo hacían rodeados de un fuerte dispositivo de seguridad y sólo pisaban el suelo si previamente un nativo les indicaba dónde debían colocar los pies. Cuando, con los años 60 y 70 las "razas inferiores" obtuvieron la independencia y los echaron a patadas, no les quedó otra que reintegrarse a los trabajos malpagados y burocráticos de sus metrópolis, comidos por la nostalgia no de un tiempo, sino de unos derechos que no volverían. Olvidaron el tenis y apendieron a contar el dinero, pero siguieron con sus ínfulas de superioridad y parloteaban de las colonias con los mismos aires que un terrateniente lo haría de un feudo que le perteneciera por luz divina. Jamás hicieron acto de penitencia: en la ruleta de la fortuna a ellos les había tocado el papel de señores y no pensaban bajarse del burro. La gente, claro, les dio de lado y sus ínfulas acabaron en un espeso resentimiento contra su propia sociedad, que no atinaba a comprender las excelencias de su papel colonizador y el esfuerzo -sic- que debieron soportar mientras sus compatriotas, ésos que ahora le daban de lado, vivieron relajadamente en sus ciudades, ajenos al odio y al desafecto de las poblaciones colonizadas, mientras ellos jugaban pésimamente al tenis y a los terratenientes.

En algo parecido a esos odiosos colonos se han convertido nuestros políticos. Hoy, nosotros somos los pobres diablos colonizados, mientras ellos sirven a intereses lejanos, abstractos, ubicuos. ¿Hasta cuándo?


 

MY GENERATION
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Yo fui de esa generación que alucinó con El retorno del Jedi, que
 se follaba a Leyla frente a los muros del arsenal, que no le fue difícil encontrar un trabajo de reponedor en un hipermercado y meterse en una hipoteca. De esa generación, sí señor. Entonces merecía la pena vivir, ya lo creo. Pero las cosas se tuercen, qué se le va a hacer. Leyla se murió de sida, y yo la quise o eso creí, El retorno del Jedi, vista hoy, es una mierda, un día de éstos me iban a echar de mi casa porque ya no hay sitio para gente como yo. Así que ya me dirán si hice bien o mal tomándome esos tres botes. Hace un rato que se turnan para ver si me encuentran el pulso, mientras yo, se lo juro, estoy a punto de entrar en la órbita de Endor, dispuesto, ahora sí, a vérmelas a solas con La estrella de la Muerte.