MACROS MICROS Y USTÉD QUÉ

Anda un servidor tan confundido en asuntos patrios y de globalización que a veces le da por seguir las tertulias televisivas, que es una forma como cualquier otra de arrecharse, de prepararse mentalmente antes de echarse al monte. Y de ficción. Las tertulias, lo va sabiendo uno, son un espectáculo bochornoso, que produce casi siempre una sensación de perplejidad y de irrealidad. No es que siempre aparezcan los mismos archimandritas de voz engolada y corbata del cortinglé, no es que a uno le resulten especialmente repulsivos ciertos ubicuos personajes, como ese monigotuelo de La Razón, tan vomitivo y repugnante en su servilismo, no es que, asistas a la tertulia que asistas, los representantes de la caverna aparezcan siempre en abrumadora mayoría, no es que ya sepas, antes de que abran la boca, todo cuanto van a decir. No, lo peor de todo es que al escucharlos tiene uno la sensación de estar asistiendo a fuegos de artificio, a platos cien veces recalentados, a discursos ensayados minuciosamente frente a un espejo, a opiniones garrulas y a un pensamiento casposo y mustio, auptósico. Ayer, en la última a la que asistí, los tertus peroraban como guacamayos de macro y microeconomía. A la pregunta de si en el país se notaba ya una cierta mejoría económica, uno de ellos venía a argüir, que indudablemente, que cómo no, que por supuesto, que no faltaba más, pero que, claro, lo primero en notarse son siempre los índices macroeconómicos y luego, más adelante, una vez que éstos se consolidan, se llega a una indudable mejoría en la microeconomía. Dicho de otro modo, que según este salomón de chichinabo andábamos en la fase de la mejora macroeconómica y que ésta iba de putísima madre, que éramos la envidia y el asombro de Europa, hasta el punto de que todo el mundo asistía atónito al enésimo milagro spanish, puesto que la diferencia entre lo que importábamos y lo que exportábamos estaba en máximos históricos, puesto que la prima de riesgo había bajado de las nubes, puesto que la sangría del paro se había detenido, en fin, que los recortes estaban haciendo ya sus primeros efectos, etc... Macroeconomía. La realidad es que esos síntomas no cruzan la calle ni se mezclan con la basca, que no ve por ningún lado los nuevos brotes verdes, que tiene más miedo que nunca a perder o a no conseguir un empleo, que asiste con impotencia al recorte de sus nóminas (y que no nos falte) y al recorte cuando no a la supresión de sus garantías laborales y salariales, que sigue viendo cada vez más diezmados y cercenados sus derechos a la salud, a la educación, a la cultura, que como futura jubilada se ve ante un horizonte chungo, que cada vez el dinero le llega para menos, que el consumo sigue en niveles mínimos, lo que básicamente explicaría la positiva diferencia histórica entre lo que vendamos y lo que compramos... Es decir, que por mucho que estos papanatas nos ilustren sobre de macroeconomía, por mucho que los voceros del gobierno toquen a rebato, por mucho que esos perritos falderos del status canten loas a la virgen de Fátima, en el campo de la realidad (la microecomía) las cosas siguen iguales o peores que ayer y mejores que mañana. Pero, claro, las tertulias forman parte, ya se sabe, del género de la ficción y en la ficción campan a sus anchas, pongo por caso, gnomos vacilones y chupagaitas como ese Malprenda o como se llame. Y sí, claro, la crisis es el negociete del siglo para los macroecónomos. De hecho están sacando oro molido de ella. Cuando el resto de los mortales despertemos de la pesadilla, empezaremos a darnos cuenta de cuánto hemos perdido por el camino. ¡Tertulias! ¡Gaitas!


USTED

a Diego Vaya, a Lidia

Mi querido amigo, le alegrará saber que tenemos aquí ese libro de Cunqueiro que usted perdió en el camping de Hervás, así como los guantes de vicuña que extravió aquella noche de final de año, ¿se acuerda?, la primera que pasó con Lidia en Mojácar. Y el coche, el coche alquilado que le robaron del aparcamiento del restaurante de Sintra. Es nuestro el móvil que usted lanzó al mar cuando hacía el crucero de las islas griegas y decidió deshacerse de ella, de Lidia, quiero decir, quien, como supondrá, también obra en nuestro poder. También contamos con Bruce, que harto de sus indecisiones y sus mentiras, le dejó para comenzar de nuevo en Otawa (pero jamás llegó a Otawa) y del que, puede creerme, lo tenemos todo. Sólo faltaba usted, y no sabe cuánto nos alegra que por fin se haya decidido.