VASQUES Y CÍA

 Con David g. González, editor de Berenice mantengo una relación curiosa. Creo que ambos, él y yo, somos lectores inquietos, nada convencionales, capaces de aceptar los retos más descabellados y también los más divertidos o heréticos. Por eso cuando hace unos años comenzamos a ver la posibilidad de editar mi traducción de El banquero anarquista, se nos ocurrió añadir al relato pessoano lo que llamamos textos de ficción social -el término lo utiliza el propio FP en la citada obra- extraídos de Libro del desasosiego. Ignorábamos la reacción de los avisados lectores, pero la edición fue bien acogida y ningún crítico cargó contra nosotros y nuestro experimento. Afianzados en en nuestra convicción de que Libro del desasosiego es, además de un libro ubicuo y excesivo, David y yo quisimos dar un nuevo paso al frente y probar con una selección del libro. Comenzamos así a hablar de la Lisboa del desasosiego, pero el proyecto no acababa de cuajar, tal vez porque Lisboa se nos muestra por activa pero también por pasiva como el escenario donde discurre este fragmentario pessoano, hasta el punto de que la visión de la ciudad se nos presenta como una de sus espinas dorsales. Tras varias conversaciones y revueltas nos decidimos por acaso lo evidente, pero que tal vez no lo era tanto, recoger en una selección los textos que tenían como telón de fondo el universo de Rua de Douradores, y que en cierto sentido forman un tejido ficcional y novelesco. Hasta el punto es así que hasta el propio Ángel Crespo en la primera traducción española del Libro convino en colocarlos casi al inicio del volumen, para que el lector entrara con mayor facilidad en la atmósfera de una obra que al margen de su natural fascinación, podría ser ardua para el lector que por primera vez y sin un conocimiento previo se enfrentara con el libro. En todo caso espero que haya salido un libro sorprendente y sugestivo que posibilitará el que muchos lectores se enfrenten a Libro del desasosiego con mayor naturalidad. Es eso lo que nos proponíamos. Pero si ya la mera selección nos acercaba, como he sugerido en el prólogo, a la herejía, la añadidura del poema de Álvaro de Campos, Tabaqueria (traducido por nosotros por Estanco) creo que puede resultar si cabe más sorprendente para el lector, que podrá ver la coherencia interna en la obra de Fernando Pessoa, un personaje que gustaba de las paradojas y de los juegos especulares, pero cuyo corpus es de una coherencia pocas veces vista en literatura.

En fin, hoy os dejo con el prólogo a esta curiosa edición de Vasques & Cía (el título es nuestro), así como con la traducción completa de Tabaquería, acaso uno de los hitos de la poesía del siglo XX.


EL UNIVERSO DE VASQUES & Cª

Hay días en que cada persona con la que me cruzo e, incluso más, las personas con las que mantengo una convivencia forzada y cotidiana, asumen aspectos simbólicos y, ya aislados, ya unidos entre sí, forman una escritura profética u oculta, descripción en sombras de mi vida.
Fernando Pessoa, Libro del desasosiego


No soy nada.
Nunca llegaré a ser nada.
No puedo querer ser nada.
Más allá de todo esto, albergo en mí todos los sueños [del mundo.
Álvaro de Campos, Estanco


Ya hemos apuntado en otra parte que Libro del desasosiego es un libro interminable, una especie de bosque donde cada fragmento y cada apunte se constituye en una suerte de posición central y sobre el que cabe hacer girar el resto del corpus. Pero a la vez Libro podría considerarse como una sucesión de libros o capítulos descabalados, susceptibles de gavillarse y ordenarse de una manera unitaria pero también fragmentada (el propio Pessoa, abrumado por su frondosidad, se plantea tal posibilidad). Lo que hoy conocemos por Libro del desasosiego, sin duda uno de los hitos literarios del siglo XX, no es obra construida y acabada por Fernando Pessoa. De haber tenido tiempo suficiente de compilar, depurar y ordenar su libro, el resultado o los resultados de éste serían sin duda muy distintos al que hoy conocemos. Como jamás sabremos qué libro nos hubiera dejado el propio artífice, no nos queda más que aceptar el libro tal cual lo conocemos (y amamos), pero también rebelarnos ante él. Esto último es lo que, en cierto modo hemos hecho con esta selección intencionada del libro, ateniéndonos a la idea de que no es del todo imposible que el propio Pessoa hubiera concebido (o aceptado) una selección no demasiado alejada de la nuestra.
Fernando Pessoa concibió Libro del desasosiego primeramente como una suerte de libro de relatos estáticos, donde se insertarían textos cercanos a la prosa poética, desde una factura inequívocamente post-simbolista, como ocurre con El bosque de la enajenación, Marcha fúnebre para el rey Luis II de Baviera, Peristilo o Nuestra Señora del Silencio, escritos en torno a 1912, aproximadamente un año antes de que Pessoa alumbrase a su maestro Caeiro y con él a Álvaro de Campos y a Ricardo Reis. Eran tiempos en los que el poeta se sentía imbuido en el proceso paulista que lo conduciría junto a otros jóvenes lusitanos como Sá-Carneiro o Santa Rita Pintor a la aventura de Orpheu, la revista que revolucionaría la estancada vida literaria lusitana. Años más tarde, sobre 1915, superada la fase de disociación que daría lugar a sus tres principales heterónimos, y asentado en una escritura que se alejaba del post-simbolismo, se distancia del inicial esquema de Libro y comienza a concebirlo como una sucesión de apuntes de cariz filosófico que pretenden dar pábulo a sus intereses éticos y estéticos y que atribuye a Vicente Guedes. Esta fase dura hasta 1919, cuando Pessoa abandona el libro para retomarlo sólo diez años después. Para entonces, ya en plena madurez vital, desengañado del mundo, comienza a redactar piezas de carácter diarístico, en el que partiendo de la realidad cotidiana, va esbozando su particularísima visión del mundo. No deja de ser curioso y sintomático, que sea justo entonces cuando aparezca asociado a la autoría del libro el nombre de Bernardo Soares -nombre que es, no por casualidad, un sutil anagrama que encubre el nombre de Fernando Pessoa-, el auxiliar de contable, quien a partir de ahora se convertirá en el alter ego de FP en la redacción del libro, y cuya vida rutinaria en la oficina de Vasques & Cª en plena Rua dos Douradores, tanto nos recordará a la del mismo poeta de Mensajem, a la sazón redactor y traductor de cartas comerciales en la Baixa, lo que ha significado que ni siquiera la crítica consiga inclinarse sobre la consideración de Soares como un heterónimo, al estilo de Reis, Search o Caeiro.
  Con la nueva concepción casi diarística y con el auxilio de Soares, que actúa como parapeto ficcional, FP traza un camino bastante distinto de la obra, en el que se observa tanto un claro despojamiento de lo literario, cuanto una mayor implicación personal de Pessoa en la redacción de la obra. Si en sus proyectos anteriores los textos se inclinaban por una clara textura literaria o filosófica, donde preponderaban las ideas o las formas, en la nueva concepción de la obra la cotidianidad, la rutina, el desasosiego y todas las grandezas y miserias del existir se van imponiendo con espontaneidad, sin por ello abandonar el carácter reflexivo de la obra, porque reflexión abstracta y experiencia personal consiguen trenzarse de forma conmovedora y natural a lo largo de estas páginas. Lo humano, la aventura de lo humano, acaba por transcender, de manera que uno puede seguir esos textos como una suerte de diario del desasosiego, en el que Soares/Pessoa va/n relatando desde una escritura tan límpida como palpitante, su propia experiencia vital. “Pero enseguida -escribe Brechón- ese diario con ensayos intercalados adquiere un tono novelesco en la medida en que el narrador, presunto autor, lo es por una ficción análoga a la de todas las novelas de análisis escritas en primera persona”. 
Son estas paginas, que aluden a la propia experiencia personal del Pessoa maduro y lúcido, las que acaso hayan cuajado con mayor éxito en los lectores de este prodigioso Libro del desasosiego. A través de ellas uno puede seguir el pálpito de esa pequeña comunidad encerrada en la oficina-universo de Rua de Douradores y, sobre todo, ese cansancio de vivir y esa observación aceradamente lúcida de la existencia humana, en sus devaneos, en sus absurdos, en sus hipotecas, en sus engaños, en su tedio, en su grandeza, en su fracaso, en sus ficciones. Comparece aquí el Pessoa más nítido, aquel que mejor encarna su visión del mundo y de la existencia. Volcado hacia sí mismo, tal vez con la certeza de que esas páginas escritas a vuelapluma y sin una clara mediación literaria, Pessoa escribe acaso lo más personal y lo más aparentemente circunstancial -así lo cree él- de su obra. La oficina y la habitación de alquiler de Rua de Douradores se tornan universo en sus palabras. Ese recoleto y anodino mundo de escribientes, contables, verduleras, mozos de almacén, jefes, clientes, libros de registros, mesas, escaparates, tormentas, tinteros, moscas, barberos y ventanas -muchas ventanas-, se yergue milagrosamente de los dedos de FP para, en lo que se parece tanto a una Humana Comedia de trazos sobrios y limitados, darnos la medida humana del mundo. Escritas como una lucha contra el tedio y la servidumbre de las horas, estas páginas consiguen hacernos llegar en toda su intensidad dramática y humana el pálpito y la tensión existencial del último y maduro Pessoa, el extranjero en su ciudad y el arraigado en la penumbra de su cuarto de alquiler y en sus oficinas alimenticias.
Libro del desasosiego está lleno de personajes anodinos, que experimentan su vacío radical, ignorando que habitan un mundo en descomposición, crepuscular, que acabará por devorarlos, disolviéndolos en la nada. Visto así, el libro es “un breviario del decadentismo”, como lo define Georg Rudolf Lind. Aun así, tras la impávida huella del fracaso, el contable Moreira, el patrono Vasques, el lotero, el cajero Borges, el barbero, las modistillas, el mozo de almacén, cada uno de los tipos que se dan cita en este retablo vivo de la desazón de ese pequeño mundo, forman un tejido humano que aun condenándolo, defiende al propio Pessoa del frío y de la angustia que lo corroe por dentro. 
Pero si B(F)ernar(n)do PesSoa-res se conforta en sus figuras anónimas y deshabitadas, si diluye su propia soledad en sus gestos cotidianos, si se duele o se admira de unas existencias tan aparentemente insignificantes, tal vez sea porque cada uno de estos testigos de su propio ser en tránsito a la nada, parecen, como él, traspapelados en su propio vivir, pero dueños de su propia individualidad por más banal y patética que pueda resultarnos. El mismo Bernardo Soares se nos presenta como un empleado solitario y derrotado, incapaz de conseguir el afecto y la comprensión de sus compañeros. Extranjero en el amor y en el afecto, Pessoa / Soares se asoma a una ventana interior, como ocurre con Tabaqueria, de Álvaro de Campos, un poema que entronca de manera absoluta con la letra y con la música de fondo del auxiliar de guarda-livros, Bernardo Soares, para desde allí contemplar la desazón de la vida, y la negación de los sueños. 
Un Álvaro de Campos asentado y maduro, alejado de los excesos vanguardistas de su primera época escribió “Estanco” el 15 de enero de 1928. Publicado en julio de 1933, “Estanco” enseguida llamó la atención de los jóvenes poetas y críticos lusitanos. El poema, como gran parte de la obra de Soares habla del fracaso o de la imposibilidad de la redención. El hombre, para no caer abatido por la nada, se aferra a los sueños, pero la realidad dura y definitiva acaba por imponerse. Todo es deglutido por un existir sin sentido... como justamente nos cuenta Soares en el último fragmento seleccionado de Livro. Pareciera, pues, que Campos y PesSoa-res se solaparan, se convirtieran en un mismo, estremecedor latido.
Pero lo que caracteriza esta última escritura de Livro, no es tanto su inmersión en la cotidianidad, cuanto la mirada que pone en valor esa realidad. Anteponer mirada a realidad es la opción elegida por el auxiliar de contable, pues siguiendo al maestro Caeiro, “él es del tamaño de lo que ve y no del tamaño de su estatura”, Pessoa, el extraño extranjero (Bresón) recluido en su particular Lisboa, se convierte en un observador minucioso e implacable que descree de todo, descreyendo incluso de sí mismo.


Nota al lector:

Esta edición, querido lector, se acerca mucho a la herejía, pero también pretende convertirse en una de las posibles ventanas que posibiliten adentrarte en el universo pessoano y más concretamente en el siempre fascinante pero a ratos abrupto Libro del desasosiego. En esta breve pero meditada selección hemos querido colocar el énfasis en los fragmentos que se centran en la oficina del cuarto piso de Rua dos Douradores, donde transcurre la vida rutinaria de Bernardo Soares y cuyos 62 fragmentos forman un delgado hilo, una especie de sendero con apariencia de novela estática, en la que acaso puedas encontrarte con un Pessoa más humano y desnudo. 
Más difícil de explicarte se nos antoja la adición en esta selección del poema de Álvaro de Campos, Tabaqueria, que nosotros hemos traducido por el más familiar “Estanco”, considerado por la unanimidad de la crítica contemporánea como uno de los hitos de la poesía europea del siglo XX. Hemos apuntado más arriba que “Estanco” es acaso el más soariano de los poemas de FP, y esto es así porque no sólo aparece inmerso en el imaginario conceptual del desasosiego, sino porque también en él se nos presenta esta iconografía de ventanas, miradas, vecinos y todo cuanto ya habíamos percibido en el intramundo de Soares. Sean pertinentes o no estas justificaciones, acéptalo, lector, si así lo quieres, como un regalo, pero también como un apéndice, una extensión de ese universo de Rua de Douradores. Si no te lo pareciera así, no pasa nada, ya te hemos advertido que se trata de un regalo.
El título, “Vasques & Cía” pretende hacer mención, como se ha insinuado, a esa oficina-mundo que ha constituido el eje gravitatorio de nuestra selección y es, por supuesto, todo lo provisional y postizo que quieras.
Hemos remozado la traducción de los fragmentos con respecto a la edición de Libro del desasosiego publicada en Baile del Sol (1996) que nos sirve de referencia y que a la vez se inspiró básicamente en la 8ª edición de Richard Zenith para Assirio & Alvim (2003) y hemos mantenido la numeración con el objeto de que no olvides que el bosque del desasosiego se extiende mucho más allá de esta modesta selección. 
Que lo disfrutes.
Manuel Moya, 
Fuenteheridos, 17 de mayo de 2013






ESTANCO

[Publicado en Presencia, 39, Coimbra, julio de 1933]

15-1-1928

No soy nada.
Nunca llegaré a ser nada.
No puedo querer ser nada.
Más allá de todo esto, albergo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
del cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe de quién es
(mas si supiesen de quién es, ¿qué es lo que sabrían?),
miráis hacia el misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
hacia una calle inaccesible a cualquier pensamiento,
real, imposiblemente real, verdadera, desconocidamente verdadera,
con el misterio de las cosas que están bajo los seres y las piedras,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y canas en los hombres,
con el Destino conduciendo la carreta del todo por el camino de la nada.

Hoy me encuentro vencido, como si supiese la verdad,
lúcido, como si me fuera a morir hoy mismo,
y no mantuviese otra hermandad con las cosas
que el despedirme de ellas, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la hilera de vagones de un tren. Y una partida con silbato y todo
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al marchar.

Hoy estoy perplejo como quien ha encontrado, pensado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
al Estanco de enfrente de la calle, como algo real por fuera,
y la sensación de que todo es sueño, como algo real por dentro.

Fracasé en todo.
Como no me hice propósito alguno, tal vez todo haya sido nada.
De la instrucción que me dieron,
descendí por la ventana trasera de la casa.
Huí al campo con grandes objetivos,
pero allí sólo encontré yerbas y árboles
y tampoco allí la gente era distinta a las demás.
Me alejo de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Qué sé yo lo que habré de ser, yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Es que pienso ser tantas cosas...
¡Hay tantos que piensan en ser lo mismo que no puede haber para todos!
¿Genio? Sólo en este momento
debe haber al menos cien mil cerebros que se creen en sueños tanto o más genios que yo,
pero la historia no señalará, quién sabe, a ninguno,
y sólo quedará el estiércol de tantos descubrimientos futuros.
No, no creo en mí.
¡todos los manicomios están llenos de dementes con certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy por ello más o menos auténtico?
No, no creo en mí.
¿En cuántos áticos y no-áticos del mundo
habrán ahora mismo auto-genios soñando?
¿Cuántas nobles, altas y lúcidas aspiraciones-
sí, verdaderamente nobles y altas y lúcidas-
y quién sabe si realizables,
verán la luz del sol real o lograrán el auditorio de la gente?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no de quien sueña con conquistarlo, aunque tenga razón.
Yo he soñado más que el propio Napoleón,
he apretado contra mi pecho hipotético más hombres que Cristo,
he elaborado en secreto más filosofías de las que ningún Kant pudo escribir jamás.
Pero soy, y tal vez lo seré siempre, el del ático,
aunque ya no viva allí.
Siempre seré el que no ha nacido para esto.
Siempre seré sólo el que tenía cualidades.
Siempre seré aquél que esperó a que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puertas
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo sellado.
¿Creer en mí? No, de ningún modo.
Derrame la Naturaleza sobre mi ardiente cabeza
su sol, su lluvia, el viento que me revuelve el cabello,
y lo demás que venga si viene o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardiacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero al despertar, coño, es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de la casa y es la tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, chiquilla,
come chocolatinas!,
que no hay otra metafísica en el mundo que comer chocolatinas,
que todas las religiones juntas no enseñan más que una confitería,
¡come chiquilla sucia, sigue comiendo!
¡Si yo pudiera comer chocolatinas con la misma verdad con que tú las comes!
Pero pienso, al quitar el papel de plata que es de láminas de estaño,
y lo tiro al suelo, como he tirado mi vida.)

Al menos me queda de la amargura de lo que nunca he de ser
la rápida caligrafía de estos versos,
puerta rota hacia lo Imposible,
pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos en el ostensible gesto con que me deshago
de la ropa sucia que soy, sin papel, en el transcurso de las cosas
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y es por eso que consuelas,
oh, Diosa Griega, concebida como estatua viva,
oh, patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
oh, princesa de los trovadores, gentilísima y florida,
oh, marquesa dieciochesca, escotada y distante,
oh, famosa cocotte de los tiempos de nuestros padres,
oh, no sé qué moderno -no acierto bien el qué-,
todo eso, fuere lo que fuere, sea lo que sea, ¡si puede inspirar que inspire!
Mi corazón es un barreño sin agua.
Como los invocadores de espíritus invocan espíritus, yo me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una absoluta nitidez.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo los seres vivos que se cruzan entre sí,
veo los perros que existen también,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto me es ajeno como lo es todo.)

Viví, estudié, amé e incluso creí,
y hoy no hay mendigo a quien no envidie sólo por no ser yo.
Miro en cada uno los andrajos y las llagas y la mentira
y pienso: tal vez nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es fácil hacer realidad todo eso sin haber hecho nada de eso),
tal vez hayas existido, como el lagarto a quien cortan la cola
y qué es la cola del lagarto después de sus espasmos.

Hice de mí lo que no sabía,
y lo que pude haber hecho de mí no lo hice.
El disfraz que me puse no fue el correcto.
Me conocieron más tarde por lo que no era y no lo desmentí y eso me perdió.
Cuando quise arrancarme la máscara
la tenía pegada a la cara.
Cuando me la arranqué y me miré al espejo,
había envejecido.
Estaba borracho, ya no sabía vestir el disfraz que no me había quitado.
Arrojé la máscara y me dormí en el vestidor
como el perro que la dirección tolera
porque es inofensivo
y escribiré esta historia para probar lo sublime que puedo llegar a ser.

Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte como algo hecho por mí
en vez de hallarme siempre frente al Estanco de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo,
como una alfombra en la que un borracho tropieza
o un felpudo que los gitanos robaron y no valía nada.

Pero el dueño del Estanco se asomó a la puerta y se ha quedado allí.
Lo miro con la incomodidad de torcer mal la cabeza
y con la incomodidad del Alma que no acaba de entender.
Él morirá igual que yo moriré.
Él dejará el letrero y yo dejaré versos.
En cierto momento también el letrero morirá igual que los versos.
Después de un cierto tiempo morirá la calle donde estuvo el letrero
y la lengua donde fueron escritos los versos.
Morirá más tarde este planeta rodante donde pasó todo esto.
Y en otros satélites de otros sistemas algo parecido a la gente
continuará haciendo cosas parecidas a versos y viviendo bajo cosas parecidas a letreros.
Siempre una cosa enfrente de otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan inútil como lo real,
siempre el misterio de la hondura tan verdadero como el sueño del misterio en la superficie.
Siempre esto o siempre aquello o ni lo uno ni lo otro.

Pero un hombre ha entrado en el Estanco (¿a comprar tabaco?)
Y la realidad plausible cae de golpe sobre mí,
Me medio incorporo enérgico, convencido, humano.
y voy a tratar de escribir estos versos en que digo justo lo contrario.

Enciendo un cigarro pensando en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todo pensamiento,
sigo al humo como a una rueda propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la consciencia de que la Metafísica es consecuencia de andar uno indispuesto.

Después me dejo caer contra la silla
y continuo fumando.
Mientras el destino me lo consienta, seguiré fumando.

(Si me casase con la hija de mi lavandera
tal vez fuese feliz.)
Así las cosas, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.

El hombre salió ya del Estanco (metiéndose el cambio en el bolsillo del pantalón).
Pero, mira, lo conozco: es un Pérez sin metafísica.
(El dueño del Estanco se ha asomado a la puerta).
Como por instinto divino, el tal Pérez se ha vuelto y me ha visto.
Me ha hecho señas y yo le he gritado ¡Adiós Pérez! y el universo
se reconstruye sin ideal ni esperanza, y el Dueño del Estanco sonríe como si tal cosa.