LITO

Lito durante esta primavera, cogiendo setas.
Lito ha muerto. Acaba de irse. Un cáncer de caballo ha galopado por él hasta que lo ha vencido. Hace poco más de nueve meses lloraba aquí la muerte de su madre, Urbana. Hoy la muerte ha venido por él y lo ha encontrado desnudo, como hijo de la mar. Lo he comentado en otras ocasiones, Lito y José han sido mis amigos de siempre. Con ellos aprendí a vivir y aprendí a equivocarme y subsanar las equivocaciones. A vivir. Aprendí a vivir. Hoy, Lito se acaba de marchar. Nos ha dejado. Antes de ayer lo vi en su cama de hospital luchando sin esperanza contra la muerte. Supe que era la última vez que lo veía vivo. Hubiera preferido no verlo, lo juro, pero ahora sé que no me hubiera perdonado no irlo a ver. Quiero recordar hoy el día que Lito y yo nos hicimos amigos. De muy chicos nos caíamos mal. No se por qué. No había mucha afinidad entre nosostros, supongo. Un día que recuerdo como uno de los más luminosos de mi vida, estando yo en la plaza Alta, él vino para que lo ayudara a coger un nido. Me sorpendió su propuesta. Me fui con él. Desde entonces ya no nos separamos. Nos casamos, nuestras vidas cobraron rumbos distintos, pero desde aquel día ya que nunca nos separamos. Fuimos fieles y comprensivos siempre. No recuerdo una discusión entre nosostros. Fuimos más que hermanos. Hermanos si no de sangre, de vida. Así fue. Era un tío vital, simpático y sobre todas las cosas, cariñoso, fiel, honrado, servicial, afectuosísimo. No me acostumbraré a su ausencia, porque yo sé que vendrá conmigo, pues viene conmigo desde aquel día del nido. Sé que a Lito lo llevaré en mí, que fui parte suya, hasta que me muera, pero ese no es hoy el tema. El tema es que Lito ha muerto. Lito ya no podrá subir más la cuesta de su calle, no podrá ver más el dorado de los castaños, ya no podrá decirme aquello de Grilloqué. Una enfermedad endiablada y perversa se lo ha llevado. Escribo sedado, como él lo estuvo durante los dos últimos días. Y siento que mi sangre es hoy agua. Siento, de verdad, vuelvo a sentir tras aquella muerte de mi hermano, que me quedo más solo, que la muerte me arranca de la tierra y me sacude. Ya lo digo, estoy sedado, estoy con el alma sedada. Suenan las campanas de las nueve. Él ya no podrá escucharlas. Todos cuantos lo conocimos estamos ahora boquiabiertos, confundidos, rotos.


Descansa, hermano.

A LITO, EN SU MEMORIA

No es justa la vida, hermano,
contigo no lo ha sido.
Hubo un tiempo en que la luz que hoy se te niega
corría vehemente a nuestro encuentro
y juntos caminábamos bajo los castaños
como si nunca nos hubiese de faltar esa luz,
como si esa luz no importase.
Pero es injusta la vida y hoy tu luz se nos ha ido.
El viento de este otoño la ha tronchado.
Han sido veinte días cabalgando a lomos del dolor,
veinte días luchando contra el cielo.
Te vas como esas hojas 
que hoy vemos esparcidas por la tierra.
Nosotros, sí, todos nosotros 
fuimos testigos de tu luz y te quisimos,
porque acaso fuera imposible, hermano, amigo, 
padre, esposo, no quererte,
y te seguiremos queriendo, Rafael, 
porque cada vez que nos sitie la luz,
y cada vez que la vida nos tienda sus cepos y su invierno,
cada vez que el otoño se acerque a los castaños
desnudándolos, cubriéndolos de ausencia,
tenderemos nosotros los ojos hacia ti, 
esposo, padre, hermano, amigo.
No es justa la vida, Lito, despedirte no es justo.

En tu pueblo, Fuenteheridos, un aciago 7 de noviembre de 2013


LA ISLA

a Lito, a Rosi

Pepe Villa, de pantalón corto,
Lito, con camisa a rayas
y Alicia, en 1979.
En el principio fue el clavicordio. No hicimos más que sajar y, zas, se nos apareció el clavicordio. No es que nos sorprendiera la aparición de un instrumento como aquél, lo que nos sorprendía era que saliera de aquel individuo, pero no habíamos acabado de recuperarnos de la sorpresa cuando al cortar un poquito más abajo del ombligo, apareció la esquinita de aquel Quijote editado en 1905. Fue difícil extraerlo sin destrozarlo, qué les puedo decir, pero no hicimos más que liberar el libro, cuando, ¡no podía ser!, escondido entre una masa sanguinolenta cercana al hígado creímos distinguir una granada con su espoleta y su todo. Durante un segundo el pánico se apoderó de la sala, pero Barceló, el más experto de los cirujanos, descartó llamar a anti-explosivos como la otra vez, y él solo, cortando aquí y allá con suma precaución, logró aislar la granada, para su posterior extracción. El tractor nos pareció excesivo y, ya de puestos, el ramo de gladiolos de plástico fue recibido con cierta decepción, pues ni siquiera era un buen ramo de gladiolos; no así el piano y mucho menos el submarino que conmocionó tanto a Marta, la anestesista, que advirtió que su corazón no conseguiría soportar más sobresaltos y que no seguiría un segundo más en aquel sitio, pero entonces, hurgando por la parte del bazo, apareció la bicicleta y enseguida el colega Barceló y la propia Marta se la disputaron sin tener en cuenta que en ese momento el que blandía el bisturí era yo (en toda profesión hay leyes no escritas). Pero lo que nos dejó completamente vencidos fue la isla. Uno ha pasado por cientos de experiencias en este oficio de cirujano pero la isla, la isla, la isla...

4 comentarios:

Me lo llevo, porque aún no puedo....

No podemos culpar a la vida. la vida nada sabe. Solo la tenemos o la perdemos. Mientras, a querernos. Lito sabía hacerlo.
Un abrazo, Manolo

MANUEL MOYA dijo...

Llevas toda la razón, Sofía, pero a veces, en la desesperación, en el abatimiento, cuando todo parece tan injusto, cuando todo se hunde bajo tus pies hasta damos a la vida prerrogativas y calificativos que no posee, que no tiene por qué poseer.
Y síu, Lito sabía cómo querer, cómo hacer florecer el afecto. Siempre fui testigo de eso. Fuimos.

No imaginas, o sí, qué de verdad consuelo significa encontrar tu sentir aunque sea por este medio, querido hermano de Lito... y ahhh, ahora te sonrío, y sé que a Lito le encantaría verme así, sonriendo contigo recordándolo.... Mi lito...bonito...qué bien te quería..