LA CARBONERÍA, CAZA MAYOR





Os dejo con media docena de micros del libro Caza mayor. Venga


LA PUERTA

           
Vamos pallá, se dice convencida, abriendo la manecilla, como si abriera la puerta del camerino del Teatro Oriente. A Carmelo le han dicho que la cosa está fastidiada y que tienen que cerrar el taller. Así que con cincuenta y dos años cumplidos, tiene un porvenir más negro que el tubarro de una Raiju, pero, chico, es lo que hay, se veía venir. La crisis, que se está llevando todo por delante. Así que al llegar a casa, se lava las manos, se quita el mono, coloca la peluca en el maniquí, desenvuelve la cajita, se sienta frente al espejo, y comienza a maquillarse. Nati, niña, qué te parece, al final vas a tener que ser tú quien me saque de ésta, le susurra él, acariciando la peluca, pero Nati, conmovida como una colegiala, no lo escucha. Está a lo que está. Se ve requeteguapa con esas mechas azules y las pestañas postizas. Ay, si te hubiera conocido diez añitos antes, so ladrón. Pero qué desperdicio de vida y de todo. Porque dentro de un momento, en el colmo de su belleza, Nati sabe que cerrará la puerta y abrirá la manecilla del gas.





PARÁBOLA

(De IDEOLOGÍA, V)

    a un anónimo italiano, a Eligio

Imagine que es domingo y se alza tarde. Que levanta la persiana y la luz barre su habitación, que abre las hojas de la ventana y percibe con toda claridad la bocanada de aire limpio que le llega desde la calle y que le anima a coger la bici y darse su paseo por las avenidas soleadas. Imagine que se prepara su vaso de leche con cacao, su naranja y se dirige a la sala de estar. Que enciende el televisor. Que en ese momento ponen unas noticias estremecedoras que hablan precisamente de su ciudad. Que a lo que parece, está siendo azotada por un terrible temporal que arranca los árboles y ha hecho desplomarse cientos de cornisas, por todo lo cual las autoridades aconsejan que, salvo por razones de extrema necesidad, se evite salir a la calle. Usted, asombrado, ve las imágenes y, es cierto, parece su ciudad. Es, de hecho, su ciudad, pero aun cuando las imágenes de la televisión no pueden ser más apocalípticas, usted abre las ventanas del salón y al sacar la cabeza hacia la calle, todo parece apacible y radiante. Un abuelo pasea con su nieto, un perro olisquea en un almez y un par de adolescentes se acomodan en un banco. Desde luego no da la impresión de que ningún temporal asole la ciudad, y nada ni nadie le privará de su paseo. Cuando al volver al cuarto para colarse el maillot, lo que ve por la ventana es un cielo soleado y, abajo, la mansedumbre de los árboles, apenas mecidos por una apacible, casi imperceptible brisa, no tiene dudas.
    Imagine ahora que apaga el televisor que no deja de emitir imágenes del temporal, que usted toma su bici y, como hace en los buenos días, se dispone a dar una vuelta por las calles soleadas. Que atraviesa el pasillo, que quita los distintos cerrojos de su puerta y, que por prevención más que nada, toma el saquito con el impermeable de la percha y se lo ajusta a la cintura a modo de cinturón. Que baja confiado las escaleras y sin dudar acciona el interruptor que abre la puerta. Que ya sólo le queda girar el pomo y tirar de la puerta hacia usted.
    ¿Lo hará?



AMOUR FOIE

(De CÁRCEL DE AMOR, V)

    a Manolo López, que anduvo conmigo en la patria del foie

Por ti no me importaría dejarme reventar el hígado por ese granjero hijo de puta. Por ti me hubiera dejado retorcer el pescuezo, por ti habría aceptado verme reducida a una pelotita de foie gras. Por ti me hubiera dejado cocinar a la naranja o servir de relleno a un edredón nórdico... pero ahora resulta que no ves claro lo de dejar la granja, que no estoy a tu altura, joder, que te crees un maldito cisne.


   



INTRUSA

 (IV)

Tengo casi cuarenta de fiebre y no he comido en varios días. Temo que en cualquier momento me pueda ocurrir algo, pero no soy capaz de salir de ese estado de angustiosa duermevela que incluso en la duermevela se me hace interminable. Entonces siento que llaman al timbre, abro los ojos y todo me da vueltas. Al cabo oigo una voz que pronuncia mi nombre. Es ella, me digo, y como puedo, me levanto (ah, cuánto me pesa el cuerpo), me acerco a la ventana y me asomo con disimulo. Ha vuelto a nevar y hay ya más de treinta centímetros de nieve en la calle. Por la luz, debe ser mediodía. La busco y no me cuesta nada localizarla en la acera, embutida en un impermeable rojo, mirando hacia la casa. Sólo al girar la cabeza en mi dirección, logro verle la cara. ¡Dios, sí, esta vez es ella! Trato de accionar el pestillo que abre la ventana pero o está atrancado o es que yo no tengo fuerzas, no sé. Mientras me peleo con el pestillo, ella continua mirando hacia la casa y gritando mi nombre. Me quito todo lo aprisa que puedo el pijama, las zapatillas, me cuelo una camiseta, un pantalón, las chanclas, me atuso el pelo, vuelvo a por las gafas y me dispongo a bajar las escaleras, pero tropiezo, y me voy a dar con el jarrón que compramos hace diez, doce años. Ambos quedamos por el suelo, él roto y yo con una brecha en la ceja, pero no tengo tiempo que perder y, aun sangrando, me dirijo a la puerta. Descorro todos los cerrojos y al abrir ya no hay nadie.¡Nadie! Grito y, como puedo, camino por la nieve hasta llegar a la esquina. Tampoco desde allí puedo verla y me arrastro hasta la siguiente esquina y luego hasta la siguiente... pero es inútil, parece habérsela tragado la nieve. Regreso a casa siguiendo el rastro de mi propia sangre. Me meto en la cama, sangrando y ardiendo de fiebre. ¿Vuelvo a oír su voz? Me levanto. ¿Cuándo, cómo, quién ha borrado las gotas de sangre sobre las sábanas?






PARAÍSO (EXPULSIÓN DEL,)

 (III)

    a José Antonio Sáez y a Manolo Reyes. A Pepa Recio.

Dios, teníamos ocho años cuando aquel cura alzó su dedo, que por un instante tembló en la luz y me apuntó de tal forma, que todos pudimos sentir cómo un rayo de cristal me atravesaba:
    —¡Ateo! —dijo y todos los niños nos quedamos atónitos, como si el enigma de aquella palabra obtuviera el valor irrefutable de una revelación.
    —Ateo, ateo, ateo —la palabra siguió retumbando durante un siglo en nuestros cerebros aterrorizados.
    Yo cerré los ojos, dios, como si en ese momento cayeran sobre mí todas las piedras del Palacio de Sión. De inmediato, sentí sobre mi piel el signo oscuro, la cruz de los proscritos y temblé ante la atónita mirada de los compañeros.
    —¡Ateo! —volvió a rugir aquel hombre que parecía succionar no sólo la luz, sino también lo más sucio y oscuro de nuestras conciencias.
    Sólo cuando me eché a llorar, los compañeros me escrutaron con asombro, como si de pronto reconociesen en mí los signos de la viruela o las pezuñas de un sátiro.
    Al cabo sonó la campana. Cada cual se ató a su cartera.
    Mientras todos volvían a sus casas, yo masticaba el sabor acre de la expulsión y, ya a solas, caminaba hacia las tinieblas del exilio.
    Y no he vuelto.



EL OSO POLAR

    a Majarón, a Héctor, a Rufino Luengo

Es terrible, terrible: un oso polar viene cada noche a poseerme. Yo lo dejo hacer, lo dejo hacer de puro miedo y si hasta ahora no he gritado ha sido para que no acabe por descuartizarme. Llevo dos años así y creo que ya no podré aguantarlo más. Un día de estos pondré un cepo de osos a la entrada y de camino informaré al director, ¿me está oyendo, Padre Ignacio?


     



MARCIAL


Afuera suenan cohetes, voces, risas. Durante toda una semana el pintor se encierra en la iglesia de San Juan Evangelista de Linares de la Sierra donde va dando rienda suelta a su turbulenta imaginación. Extraños monstruos vibran en su pincel hasta que hallan acomodo y sosiego en las paredes. Navajas gigantes en el exacto momento de cortar el ojo de un cíclope, ballenas que bailan sobre un cayado, pájaros cardenalicios que parecen esconder tras sus picos precisos y lacerantes retratos, felaciones inverosímiles entre osos y sacerdotes, rinocerontes que practican la sodomía con un prestamista judío, billetes de banco convertidos en soeces alfombras voladoras... Una semana es mucho tiempo y Marcial no sólo pinta la parte visible y execrable del mundo, sino también la figurada y la simbólica. Cuando a punto está de cumplirse el plazo aún le queda por pintar un lienzo cercano al altar mayor y, tras desechar varias ideas, decide representar un pozo desde un ángulo cenital y alguien saltando a él, pero concebido de tal forma que también podría interpretarse como El Gran Ojo y cerca de él a un hombre en su afán de penetrarlo. Como no ha quedado por pintar nadie de la villa excepto él, resuelve que en el hombre que salta hará su autorretrato y así, simbólicamente, dará por concluida su obra maestra. Elige un lienzo apartado, sobre la pila bautismal. Mientras ejecuta este último dibujo, siente que la gente empieza a agolparse en las inmediaciones del templo. Cuando lo acaba, mira el reloj de arena que él mismo ha pintado y ve que aún faltan unos minutos para que expire el plazo de una semana, pero se siente tan cansado, que a pesar de la expectación, cierra los ojos. No bien se ha desligado de su pintura, siente que cientos de manos silenciosas lo empujan hacia el pozo. Él se sienta en el brocal con los pies hacia el interior mientras una jauría humana va estrechando el cerco. De pronto, ve su mano tanteando las piedras del brocal. Y escucha voces, cohetes, risas, el crujir de la puerta. Y entonces, justo entonces toma impulso.

 



LA MUÑECA

(II)

le acerca la se ha puesto a lloviznar y ellas sienten bien bajo el imponente árbol ella abre amainan sus tormentas y se acuesta pero allá a lo lejos una luz una luz desvencijada y su nombre tal vez sólo sea desvaído de la luz pero ella está muñeca de cartón mediodía de junio venga otra cucharadita no tengas dice verás como esta vez no pasa primeras gotas de agua ficus mientras ella trata muñeca no seas tonta le dice de cuando en luz vuelve hacia ese otro allá arriba no sabe muy bien y que comprender entonces la chica blanco le acerca de nuevo la y ella los labios del jardín y aparece su padre y ella esconde ficus y corre a casa la venga otro poquito muchacha y ella vuelve a abrir la y atrás escucha y escucha la voz de su a sentarse a la mesa donde el y una luz una extraña y una chica con boca niña qué coño en el jardín y entonces entonces piensa en que se estará miedo y angustia pero una mano el rostro ya has he terminado y mira a su padre la cara corre hacia la hacia el ficus lluvia muñeca hacia hacia dónde coño vas niña