CAZA MAYOR CON VIERA (II)

Hoy os dejo con varios de los micros de Caza mayor y sigo con Viera.






BLACK DOG

(II)

    a Carmen Camacho

Desde hace meses, todas las noches un perro arrastra su cadena por mi calle. Es una cadena larga y pesada y cada día he tenido la impresión de que era un poco más larga y más pesada y que de una forma oscura yo también estoy atado a ella. ¿Por qué otra razón pasaría ante mi casa?, ¿por qué otra razón sentiría este inmenso nudo en la garganta que me aprieta más y más cada vez? Son preguntas que durante meses no me han dejado dormir. Por eso hoy, incapaz de resistirlo durante más tiempo, he besado a mis hijos y he bajado las escaleras como un ladrón. Por eso he cerrado la puerta sin hacer ruido y he intentado alcanzar el coche antes de que la asfixia me lo impidiera. He caído sólo unos metros antes. No he podido romper eso que tiraba de mí. Puede creerlo, sólo cuando hemos ido dejando atrás las luces del pueblo y el cardiógrafo ha comenzado a pitar, me he sentido libre de la maldita cadena. Marta, pobre, me sujetaba amorosamente la mano y lloraba y pronunciaba quedo quedo mi nombre. He sentido un escalofrío cuando he reconocido en ella los ojos del perro.



DÍA DEL LIBRO


Harto de esperar los papeles que no llegan, Alonso sale a escondidas de la casa y arranca su vieja furgoneta, que se cae a pedazos. Apenas ha recorrido unos metros, se encuentra a un vecino y ambos se ponen en marcha. Madrid es la meta. Por el camino le suceden las aventuras más peregrinas: los fotografían ante unos molinos, los golpean en una gasolinera, los engañan en un ventorrillo, hasta tratan de trajinárselos a la llegada de la pensión, pero los dos infelices, no sabemos cómo, no sabemos por qué, continúan con su secreto propósito. Llegan a Madrid y van de ministerio en ministerio donde Alonso presenta un fajo muy sobado de papeles manuscritos en los que enumera las causas para obtener la paguita que considera merecer. Lo hirieron de gravedad en Sidi Ifni, después estuvo unos años en El Aaiún, trabajando para una mina de fosfatos, pero nadie le reconoce los años trabajados ni la herida que ahora, en su vejez, le impide ganarse la vida. Pregunta por unos y por otros, pero nadie lo recibe. Putas, presos, ujieres, secretarios, embaucadores y trileros se ríen en sus barbas o pretenden sacarle los cuatro cuartos que aún les quedan, pero a ellos no les arredra tener que dormir bajo los árboles del Museo del Prado ni ante los leones del Congreso. Cansados, viviendo de la caridad, Alonso se decide a escribir una carta al rey donde le cuenta cómo ha sido su vida y qué espera conseguir en justicia, pero la carta se pierde en el camino o vaya usted a saber dónde, porque contestarle, nadie le contesta.

***

El rey espera en el recibidor y abre el periódico por la página donde aparece la foto de dos pobres pazguatos que llevan ya tres meses en Madrid malviviendo en una furgoneta para exigir no sé qué. Él no tiene tiempo ni humor para saber qué piden, pero la figura de ambos le resulta cómica y hace una broma sarcástica con ella, que todos aplauden. No le da tiempo a más, pues enseguida aparece el secretario.
    —A ver si me entero —pregunta el rey, recibiendo la carpeta con el discurso que deberá hojear en el coche, camino de Alcalá— ¿este es el cuarto o el quinto centenario? Es que no quiero volver a meter la pata, añade. El tercero, le responde su asesor, pero a ver, a ver que lo compruebe en internet.    



INTRUSA

(I)

   a María Alcantarilla


Es raro que llamen a la puerta a las cinco de la mañana. Más raro aún que pronuncien mi nombre y profieran amenazas. Pero, hablando de rarezas, más raro es que le contestes tú, que no estás, que no has existido... que eres fruto de mi invención, que sólo existes en el papel y, coño, que sin consultar con nadie, le digas que vuelva más tarde, que el autor está escribiendo.




EL ABUELO

    a Dante Medina

Al abuelo lo habíamos despachado hacía meses al asilo. Se orinaba en la cama y jedía como un puerco. Pero a papá lo fregaron de verdad al botarlo de la gasolinera y, por los mismos días Lita se marchó de casa y se fue a vivir ahorita no recuerdo dónde. Vivimos tranquilos unos meses, pues, pero cuando a papá se le acabó lo del desempleo fuimos al asilo a recoger al abuelo que seguía jediendo y jediendo. Su paga, mano, era lo uniquitito que nos llegaba. Mi padre andaba medio pendejo buscando trabajo en la milpa y dónde caía y yo cuidaba del abuelo y lo sacaba al sol todas la tardes. Todito estaba echado a perder. El abuelo se murió de madrugada. Lo encontramos tieso por la mañana y papá y yo nos quedamos mirando nomás. Sin él, dijo papá, tú y yo estamos requetemuertos, así que tuvimos nomás que enterrarlo en secreto aquella misma noche donde los chapulines, porque por allí no pasaban ni los coyotes. Días más tarde, ya en casa, nos dimos cuenta que ni siquiera disponíamos del dedo gordo para firmar como es debido las mensualidades y allá que fuimos a desenterrarlo para cortarle el dedo gordo, que todavía estaría bueno, pero cuando llegamos, mano, encontramos la tierra bien removida. Pensamos que eran los coyotes pero no, habían sido nomás otros cabrones porque descubrimos con horror que se nos habían adelantado y le habían cortado los dos dedos de firmar y allí que lo dejamos pues para que los queríamos ya, y que se lo acabaran los zopilotes.




LÁZARO

(De HISTORIA ABREVIADA, III)

    —A ver, usted, sí, sí, usted, usted, ¿quién coño le ha dado vela en este entierro?
    —Perdone, yo era el muerto.







   



CARTA A LOS RELLES MAGOS

(III)

Pongamos las cosas claras. Me cuentan esto y lo otro, pero yo paso. Por un oido me entran y por otro me salen. Yo muero por ustedes. Tengo dieciocho, una colegita con la que flipo en colores, pero mi viejo me lleva dando la varrila dos semanas con que si a ver si me busco un curro y dejo de dar el peñazo con tanta moto y tanta tonteria. Yo le he dicho que el curro hos lo voy a pedir a ustedes, porque estos cabrones solo me ofrecen basura: repartidor de telepisas, reponedor en el Carrefun, camarero y basura de esa. Lo del curro es paque el viejo no me de mas el coñazo, mas que nada, ya ves tu lo que a mi me importará tener un curre de esos. Que curren los negros, ¿no te jode? Lo que de verdad me mola es la moto. Una caguasaki guapa, pa flipar con la colega. Las cosas claras, yo les escribo la cartita de marras, ustedes me traeis la moto, le decis al viejo que esta chungo lo del curro y que ya hablaremos el año que viene. ¿Lo vais pillando? Bueno, pues eso, y que haiga paz pa toa la peña y que muero, muero por ustedes.







CON PERMISO DE BROD


El carruaje se detiene frente a la puerta del sanatorio, a la salida de Kierling. De él desciende un paje de librea que sostiene un sobre con membrete oficial. Llama primero suave y luego, en vista de que no le abren, con algo más de rudeza, hasta que escucha pasos en el interior.    Después de unos segundos, una mujer joven y muy triste sale a recibirle y en silencio le conduce hasta el aposento del señor K, aquel hombrecillo de rostro anguloso y ojos muy fríos, casi inaccesibles. El paje, intimidado por la extrema palidez del enfermo, inclina la cabeza y alarga el sobre en un gesto que, dadas las circunstancias, le resulta tenso.
    “Hoy, 3 de junio de 1924, a las cinco en punto de la tarde, un coche pasará a recogerlo —dice la carta que el hombrecillo abre temblorosamente, después de interrogar con la mirada al oficial—. Lo espero impacientemente en el castillo”.

* * *
    Otro carruaje se detiene frente a la puerta del sanatorio a las cinco en punto de la tarde. De él desciende un coracero. Golpea primero suavemente y en vista de que no le abren, con algo más de rudeza, hasta que le parece escuchar pasos en el interior.
    Después de unos segundos, una mujer de ojos enrojecidos, como de haber llorado, aparece tras la puerta. El coracero, intimidado por la sensación de vaciedad que emana del rostro de la mujer, se cuadra y dice:
    —Perdone. Vengo a por el señor K. Veo que está listo.