TODO POR LA ESTÉTICA

Muchas veces me han confundido con un mendigo. Incluso los mendigos me suelen tratar con esa complicidad que ellos gastan para sí mismos y eso, no sé si me podéis comprender, a mí me llena de orgullo. Es más , en más de un aspecto, me siento uno de ellos. El mendigo es un personaje muy antiguo, con muchísimo más pedigrí del que pueden presentar quienes los denuestan. Entre un corregidor y un mendigo ni me lo pienso, oiga. El Lázaro bíblico era un mendigo, como lo era el Lazarillo de nuestra literatura, casi todos los personajes del noruego Hamsun, algunos de Dickens, de Baudelaire, de Zola, de Cervantes, de Cortázar, de García Márquez o de Pessoa... Mendigo fue Villón y mendigo lo fue Rimbaud, mendigos lo fueron Nerval y Poe. En mis relatos suelo contar con este tipo de personajes derrotados, desnortados y huérfanos de esperanza, pues enfatizan mejor que nadie la derrota moral de una sociedad que pone tanto empeño en castigar con saña a los pobres como en encumbrar y tapar la miseria moral de los ricos.

Escribo esto porque hoy me entero de que en Oslo -nada menos que la patria de Widel Jarsberg, el héroe mendigo de Hambre, la ópera prima de Hamsun- la municipalidad pretende acabar con ellos a base de multas como si los mendigos fueran ratas infecciosas, gentes a las que fuera necesario expulsar de ese recinto impoluto de la ciudad... y como si los mendigos estuvieran en condiciones de pagar multas. Los motivos que aducen estas mentes preclaras de la vieja Cristiania, pero también de Tarragona, de Sevilla o de Barcelona,donde también han aplicado ordenanzas similares para acabar con esta lacra, no pueden sustentarse obviamente en una razón de carácter moral, de modo que ante este inconveniente se acude a razones estéticas. La estética lo soporta todo, como se sabe. Y sí, se acude a una estética a la medida de los triunfadores que lentamente, como una lepra, se ha acabado por imponer en todas partes y que nos retrotrae a esas sociedades de hombres y razas puras que eliminaron impunemente a parte de su ciudadanía por razones tan estéticas como la raza, la religión, las ideas o incluso la discapacidad mental o física. A ellos, a los triunfadores, a los puros de toda pureza, a quienes se creen con todos los derechos por estar en la acera buena de la vida, les fastidia que los homeless vengan a sablearle unas monedas, les jode que huelan a choto, que duerman donde pueden, que se mueran en un portal, que les afeen la riqueza adquirida no sé sabe muy bien cómo, o les recuerden el reparto injusto de la riqueza.  A tales lumbreras municipales les jode que "una banda de maleantes organizados", pues en el imaginario de estos fantoches siempre los mendigos están organizados,  haya decidido joderles las meriendas y los cócteles, los paseos del domingo o el café de sobremesa. Eso, ya se sabe, es insoportable y por eso los echan de la ciudad a base de hacerles la vida imposible, mandando poner pichos bajo los puentes, ideando bancos donde los mendigos no puedan tumbarse, ingeniando artilugios que les hagan humanamente insoportable su muelle existencia. De ahí a denigrarlos, a quemarlos en los cajeros, de ahí a rociarlos de ácido o empujarlos a un río, no hay mucha distancia. Como decía Moravia -un tipo que solía retratar mendigos-, en La ciociara de una cosa siempre se pasa a otra cosa, porque una vez que se pone en marcha la expulsión de los mendigos... Y todo por la estética, esa señora que al parecer lo aguanta todo. La verdad es que dan ganas de potar.


De Caza mayor, estos cinco micros que abordan el asunto:

ESBIRROS

El hombre que cada noche duerme en el portal, hoy lo he sabido, no es más que un contratado del ayuntamiento. Rodeado de cartones, de un escobón, de un carrito construido a base de despojos y apestando como una bodega, ese tipo no es más que un maldito contratado gracias a las oscuras ordenanzas municipales. ¿Merezco algo así? ¿Por qué nos trata como a imbéciles el ayuntamiento? ¿Creían que no me iba a acabar enterando? Todo, todo encaja. A mí no me la dan. Puedo parecer estúpido, pero a mí no me la dan. El ayuntamiento contrata a esos tipos para que sepamos qué es lo que nos ocurriría de no levantarnos cuando es todavía de noche, de no coger el metro cada mañana y de no volver ya oscurecido al lugar donde nos está esperando el hombre que apesta como una bodega, fiel esbirro, ya digo, del ayuntamiento. Entonces, sorteamos como podemos al tipejo, esperamos el ascensor, llegamos derrumbados a casa, besamos a la niña que está haciendo los deberes en su cuarto, ponemos el despertador a las seis y media y comenzamos a soñar en el adosado ese de la zona residencial, donde no dejan entrar a nadie, y mucho menos a los esbirros del ayuntamiento.



COMPAÑÍA

Después de dos años en el país, se veía sin trabajo, sola y asustada, así que tuvo que optar por la basura. Prefirió aquel barrio donde por la mañana fue a ver si le caía algo de asistenta porque supuso que pocos harían un camino tan largo para machacar media docena de contenedores. En realidad era su segunda batida, así que cuando se acercó a aquel contenedor solitario le extrañó muchísimo que llorase como una criaturita, pero así era. Se aproximó con precaución y al levantar la tapa, advirtió que algo así como unas manos rollizas y minúsculas se agitaban en su interior. Miró a un lado y a otro antes de tomar una decisión. Por lo menos, aquí dentro, se dijo mientras cerraba la tapa tras de sí, no me va a faltar compañía.


SABER CON QUIÉN SE JUEGA UNO LOS CUARTOS (CUENTO POPULAR)

El mendigo entra en el bar, deja el hatillo en el suelo, se acerca a la barra y pide un vaso de agua. El camarero le responde que dos calles más abajo hay una plaza con un surtidor. Mire, dice el mendigo, desafiante, vengo de enfrentarme con cabrones y mujerzuelas, así que póngame de una vez ese vaso de agua. El camarero repite lo de la fuente y el hombre saca una pistola oxidada de su hatillo y le apunta al pecho. ¿Me pones el vaso de agua o qué? El camarero duda, pero al final accede a ponerle el vaso y se queda callado, expectante. Usted no sabe con quién se juega los cuartos, dice el mendigo al marcharse.
    Días más tarde el mendigo vuelve al bar y le pide un vaso de agua, a lo que el camarero no sólo accede, sino que le pregunta si no preferiría una tacita de caldito caliente. El mendigo sonríe y acepta la taza. El camarero llena una taza, la mete en el microondas y le pide al mendigo que se siente, que él mismo se la servirá. Al cabo, se la sirve, le pasa el frasco de la sal y el indigente da cuenta de ella a grandes y sonoros sorbos. No ha acabado de tomarla cuando se desploma, tocándose la garganta y poniendo los ojos en blanco.
    Al cabo de dos horas aparece el forense y se llevan el cadáver.
    —¿Lo conocía alguien? —pregunta el comisario al camarero dos días más tarde. El camarero se encoge de hombros.
    —¿Qué estaba haciendo aquí? —pregunta.
    —Entró a pedir un vaso de agua.
    —¿Y?
    —El agua no se le niega a nadie —contestó.
    —¿Y?
    —Se sentó en esa silla y antes de llevarse el vaso a la boca se desplomó.
    —¿Sabía que iba hasta arriba de matarratas?
    —Bueno, uno nunca se imagina lo que pasa por la cabeza de esta gentuza, ¿no le parece?
    —En fin. La vida es dura.
    —¿Me lo va a decir a mí? Bastante tenemos con saber con quiénes nos jugamos los cuartos.








LOS HOMBRES-HIENA

No es que sean como nos lo han contado o al menos como nosotros dimos en imaginarlos. De hecho, son de nuestra estatura y usan polainas y gorros y relojes como los nuestros. Su risa podría ser la risa de un profesor de matemáticas, la de un empleado del ayuntamiento o la de un vendedor de periódicos. Si los oyes hablar, estás perdido porque lo hacen en nuestra misma lengua, de nuestras mismas cosas y con idéntico acento. Es necesario un ojo clínico para sospechar de ellos por su forma de vestir o de peinarse. Algunos son calvos y otros llevan medias melenas, pero también los hay rasurados, afeitados, ventrudos, de nariz aguileña o de ojos estrábicos. Se reproducen con alarmante facilidad y sólo hay una forma de desenmascararlos: pronunciando alguno de estos dos conjuros mágicos:
    A: “Aquí lo que está haciendo falta es mano dura”.

    B: “Yo a estos negros los metía a todos en un avión y los mandaba echando leches a su selva”.

    Mirad entonces el brillo de sus ojos. Yo les aseguro que no tendrán la menor duda de si se hallan o no ante un hombre-hiena.



GAFAS

  
Decide apostarse en la esquina del banco Santander, a apenas diez metros del puesto de salchichas. Por el carro le dieron hace tres meses una miseria, el sofá de cuero lo tuvo que cambiar anteayer por una sandía, un bonobús con seis viajes y una pelliza raída, pero por las gafas, bueno, por las gafas espera sacar veinte euros, porque la montura está nueva, es de plata y al fin y al cabo las gafas son italianas...
    Después de seis horas, un tipo encorbatado que acaba de salir del banco, se le acerca, lee el cartel y, tras examinarlo, le pide las gafas. Él se las quita y se las entrega. El otro las mira, las sopesa, se las coloca y acercándose a la luna del banco emite un uhm-uhm aprobatorio. Con otros cristales, me sentarán bien, concede, pero él calla. No puede emitir una opinión. Por qué las vende, si no ve un pijo sin ellas, vuelve a preguntar el tipo. Me hace falta el dinero, me muero de hambre, contesta. ¿Pero son auténticas?, pregunta. Sí, claro, puede verlo. El tipo lo comprueba, se mete la mano en el bolsillo y le tiende un billete de cinco euros. Nadie le dará más, asegura. Lo hago más que nada por usted, añade. Él duda, pero al final, termina por aceptarlo.
    Con el billete en la mano, se acerca al puesto de salchichas y pide un perrito caliente. El vendedor le extiende su bocadillo y él le suelta el billete, a la espera de cambio. Pero el vendedor de salchichas en vez de darle el cambio, sale airado del puesto, le arranca el bocadillo de la boca y lo pisotea en sus barbas, sin dejar de increparlo.
    —Pues no que este cabrón —grita a quien quiera oírle— me quiere pagar con un billete falso.