AY DE MI ALHAMA

Fco. Pradilla, La rendición de Bobdil
Yo también quiero sumarme a la turba de los aduladores, por qué no. La adulación es un género de ficción grotesca y quien adula a un rey, no hace más que genuflexionarse, aceptar su condición de vasallo. Como no es mi costumbre flexionar las rodillas antes que mi cabeza, mi adulación tenderá a una cierta tibieza. Vamos, unas líneas de ciudadano a ciudadano. Ay de mi Alhama.

El rey de los elefantes se va. El rey de las monterías. El rey de aquel misterioso 23 de febrero. El rey que vino con lo puesto y que ha sabido, perra a perra, hacerse con un pastizal, el coleguita de sus coleguitas, el euroamigacho de esos sátrapas alauitas y saudíes de exquisitos turbantes, el que acabó vendiendo el Sahara Español a un dictadorzuelo, el amigacho con fisuras de Suárez, al que puso puente de plata. Ese rey que un día nos impuso el generalote, el rey de las campechanías, el de nariz plateada y bragueta fácil, hace el petate y se va. Ay de mi Alhama.
Viendo la que se avecina con Catalunya, Podemos y demás, ha decidido abdicar, porque unos meses después puede que sea demasiado tarde para este circo donde cada día le crecen más y más los enanos. Sin un comodín como el del 23 F, ante las amenazas secesionistas de las periferias, ante los juzgados, sabiendo que cada día que pasa su figura resulta más anacrónica, patética y enfadosa, lo más sensato es pasar el testigo a un hijo que anda rumiando por las esquinas y a quienes las grandes familias reclaman un poco de oxígeno, viendo que entre el 25M y el 9N se pinta un mapa del futuro bastante imprevisible. Ay de mi Alhama.

Observando lo creciditos que vienen los ríos de la plebe, aceptando la desconexión existente entre la ciudadanía y las instituciones, sabiendo que dentro de poco no va a quedar de los viejos tiempos ni el apuntador, parecería sensato interpelar al nuevo personal por el modelo de la Jefatura del Estado, pues recordemos que el monarca que se va es herencia directa del generalí, y sustrayendo la libre y democrática opinión de la gente, lo que se sustrae no es otra cosa que la legalidad y la fortaleza de un nuevo modelo que debiera nacer con garantías y fortaleza para afrontar el nuevo mundo que se avecina. No sería insensato exigir que si al todavía actual mandamás lo eligió a dedo un tirano, al próximo lo elija el pueblo en libre sufragio. Pero como no será así, la corona seguirá su lento pero inexorable derrumbadero hacia el descrédito. Ay de mi Alhama

Que la gaviota quiera seguir volando sobre las napias borboneras se comprende, pero que los de la rosa se agarren al cetro como si en ello les fuese la vida, se comprende bastante menos, y más teniendo en cuenta que sus bases y su historia son republicanas, pero ya sabemos que los caballeretes y nuncios de la rosa están por una autoinmolación ordenada, de perfil bajo, como se dice ahora, cada vez más enajenados de sí mismos y de su base ideológica, y eso que con la abdicación del borbón se les ha presentado la virgen, es decir la última oportunidad de tirar de ideología y reengancharse a sus siglas y a sus bases; si no lo hacen es porque los jerifaltes del partido de la rosa se han instalado ya en la pulsión de Tánatos y porque, huérfanos de ideología como están, han abdicado de sí mismos y caído -acaso gustosamente- en la celada que otros más audaces y conspicuos le han tendido para que su destrucción sea quizás definitiva. Ay de mi Alhama.


Un micro inspirado en el abdicado rey y en Cervantes. Que dios nos coja confesados. De Caza mayor (Ed. Baile del Sol, 2014)




DÍA DEL LIBRO


Harto de esperar los papeles que no llegan, Alonso sale a escondidas de la casa y arranca su vieja furgoneta, que se cae a pedazos. Apenas ha recorrido unos metros, se encuentra a un vecino y ambos se ponen en marcha. Madrid es la meta. Por el camino le suceden las aventuras más peregrinas: los fotografían ante unos molinos, los golpean en una gasolinera, los engañan en un ventorrillo, hasta tratan de trajinárselos a la llegada de la pensión, pero los dos infelices, no sabemos cómo, no sabemos por qué, continúan con su secreto propósito. Llegan a Madrid y van de ministerio en ministerio donde Alonso presenta un fajo muy sobado de papeles manuscritos en los que enumera las causas para obtener la paguita que considera merecer. Lo hirieron de gravedad en Sidi Ifni, después estuvo unos años en El Aaiún, trabajando para una mina de fosfatos, pero nadie le reconoce los años trabajados ni la herida que ahora, en su vejez, le impide ganarse la vida. Pregunta por unos y por otros, pero nadie lo recibe. Putas, presos, ujieres, secretarios, embaucadores y trileros se ríen en sus barbas o pretenden sacarle los cuatro cuartos que aún les quedan, pero a ellos no les arredra tener que dormir bajo los árboles del Museo del Prado ni ante los leones del Congreso. Cansados, viviendo de la caridad, Alonso se decide a escribir una carta al rey donde le cuenta cómo ha sido su vida y qué espera conseguir en justicia, pero la carta se pierde en el camino o vaya usted a saber dónde, porque contestarle, nadie le contesta.

***

El rey espera en el recibidor y abre el periódico por la página donde aparece la foto de dos pobres pazguatos que llevan ya tres meses en Madrid malviviendo en una furgoneta para exigir no sé qué. Él no tiene tiempo ni humor para saber qué piden, pero la figura de ambos le resulta cómica y hace una broma sarcástica con ella, que todos aplauden. No le da tiempo a más, pues enseguida aparece el secretario.
 
   —A ver si me entero —pregunta el rey, recibiendo la carpeta con el discurso que deberá hojear en el coche, camino de Alcalá— ¿este es el cuarto o el quinto centenario? Es que no quiero volver a meter la pata, añade. El tercero, le responde su asesor, pero a ver, a ver que lo compruebe en internet.