BERGAMIN, LA SOMBRA DEL FUEGO



Jośe Bergamín
Hace casi diez años reeditábamos en la colección Bca. de la Huebra el libro de poemas, Esperando la mano de nieve, de José Bergamín. Me tocó a mí escribir un prólogo extenso sobre el autor y sobre la circunstancia concreta de la edición en nuestra muy humilde colección. Sin embargo el trabajo llegó a los bergaminianos y he de decir que obtuvo una buena acogida crítica.

Hoy quisiéramos reproducir el prólogo, añadiendo Como una sombra sin fuego, un conjunto de 6 poemas inencontrables, fechados el día del Corpus de 1981, que publicó Juan Delgado López en su Pliegos de mineral (14 de abril de 1983) y que sólo se volvieron a editar en nuestra edición, siendo así que en las ulteriores ediciones definitivas de su poesía no se reprodujeron, extremo que nos sorprende, a no ser que los editores no conocieran la edición de Juan Delgado.
















EL ESQUELETO HERIDO


(BERGAMÍN EN FUENTEHERIDOS)1

 

A Teresa Bergamín Arniches, a cuya generosidad 
debemos la reedición de este libro al que ella guarda 
una muy peculiar devoción y fidelidad.


Los árboles son tan altos
y tan largos los caminos
que el paisaje se convierte
en fantasma de sí mismo.

Y no se sabe, al mirarlo
de sí mismo desvivido
si es desensueño del alma
o ilusión de los sentidos.
J. BERGAMÍN


Casa en cuya planta baja residió Bergamín en Fuenteheridos
Conocí a Teresa y José Bergamín en el verano de 1980. Residían en una coqueta casita de campo situada entonces al pie de la carretera de Sevilla, justo en la intersección de ésta con la enigmática cuesta de Maiguerra, a poco más de un kilómetro de Fuenteheridos, en un paraje conocido como La Venta. Desde este hermoso retiro, entre huertos y emparrados, con frescas albercas y un continuo trajín de avispas y rumor de lievas, escucha Bergamín el atenuado son de las campanas; aquí lo desvela el rumor del agua huidera; aquí, en la contemplación de la cuesta de Maiguerra, de blancos guijarros, concibe versos de atmósfera novaliana: Por el largo camino que aún blanquea, / de la noche que avanza, / huyendo del poniente luminoso / dos sombras se separan. A esta casa habitada por su hija Teresa desde hacía años, llegó por vez primera Bergamín en 1979 y de ella partirá definitivamente, dolorido y decepcionado en septiembre de 1982, próxima ya su muer­te. Estos años serán especialmente venturosos en su producción poética, pues es en ellos donde concibe la casi totalidad de Esperando la mano de nieve y gran parte de Hora última, su postrero libro, así como los seis poemas que forman parte de Como un asombra sin fuego, que, publicados en una edición muy minoritaria, no se han vuelto a reeditar. Si en lo productivo estos años serán fecundísimos, en lo personal significarán el cortacircuito definitivo de la sociedad española con un hombre irreductible que se sabe ya en el último escalón de una vida marcada por su profunda sensibilización y participación en el proceso histórico español a lo largo de todo el siglo XX, hasta el punto de que quizás no haya un intelectual español que mejor encarne las encrucijadas anímicas e históricas de una centuria marcada por tres hitos fundamentales: la pérdida de las colonias, la guerra civil y el retorno de la democracia. Nadie como José Bergamín, decíamos, acaso el discípulo más entrañado de Gracián y Unamuno, va a amar, sufrir, esperar y desesperar de España en este siglo convulso y sangriento que en lo literario supondrá una verdadera edad de plata, como vienen a refrendar las sucesivas generaciones del 98 y del 27.




DATOS BIOGRÁFICOS2

Casa natal de Bergamín en plaza de la Independencia, Madrid.
José Bergamín nació en la madrileña plaza de la Independencia el 30 de diciembre de 1895, hijo de andaluces afincados en Madrid, extremo éste que quedará indeleblemente reflejado en su imaginario íntimo, atento siempre a ese mundo jondo andaluz, de una plasticidad barroca y de un vitalismo trágico que tan profunda raigambre encuentra en el propio mundo bergamasco. Hijo de un relevante abogado malagueño que llegó a ostentar el cargo de ministro en varias ocasiones, muy pronto siente sobre sí el peso de la inconsistencia, la vocación huidera y dualista de las cosas, extremos que marcarán tanto su biografía como su obra. Su madre, antequerana, será quien lo blindará de un fuerte e indeleble esqueleto religioso y de un creciente interés por la cultura popular andaluza, a la vez solar y telúrica, aspectos éstos que formarán parte de su esqueleto literario. Después de leer tempranamente a Spinoza, Nietz­sche y Pascal, el joven pasa por una grave crisis personal que lo conduce a las puertas del suicidio en 1919, encrucijada que supera con la lectura de los clásicos rusos, a los que cabe añadir Goethe, Dante y Shakespeare, vehementes lecturas que también formarán parte indeleble de su armazón conceptual, como se verá en sus ensayos. Con posterioridad se sume en las lecturas de Darío, Azorín, Una­muno, una de las presencias más claras en el madrileño, y Valle-Inclán, con quien coincidió en los cafés Levante y Gato Negro. Es por esta época que se dará a conocer en las tertulias artísticas del Madrid de las vanguardias. Enseguida se hace asiduo de Pombo, donde simpatiza con Ramón Gómez de la Serna, otro de los referentes ineludibles de toda su trayectoria, junto a los mencionados Gracián, Unamuno y, en menor medida, Juan Ramón. Son años en los que las vanguardias, y más concretamente el vltraismo, hacen furor en una juventud que, por otra parte, sigue muy de cerca las sucesivas entregas de los escritores regeneracionistas, que en estos años publican lo más sustancial de sus obras.
De la mano del moguereño, del que se hace asiduo tertuliano y más tarde secretario personal, publicará sus primeros artículos en la revista Indice (1921) y, a no tardar, su primer libro, El cohete y la estrella (Bca. del Índice, 1923), libro aforístico donde ya se entrevé todo ese intrincado mundo personal bergamasco (influencias incluidas) y esa especial tensión establecida entre lengua y concepto, entre pensamiento y compromiso, entre pasión y consciencia, elementos que giran sobre sí mismos, contorsionándose, hasta crear inesperadas fricciones, caudales sinérgicos que se constituirán en elementos indisociables de su pensamiento y su escritura. El aforismo, que descansa tanto sobre la paradoja del concepto como sobre el misterioso equilibrio de su forma, será para la personalidad chispeante y barroca de Bergamín (la agilidad alerta del pensamiento, que escribiera de él Juan Ramón) su manera de enganchar con una tradición que cuenta entre sus adalides con Pascal, Novalis y Nietzsche, maestros nunca discutidos del madrileño y que él, como a todas sus otras influencias, someterá a la tensión y a la contorsión de su propio pensamiento. La escritura bergaminiana se radicará primeramente en el aforismo, por más que con el discurrir del tiempo se nos presente en forma de ensayo o poesía. A diferencia del aserto filosófico, que suele instalarse en una verdad no cuestionada, el aforismo tiende a instalarse en la incertidumbre, creando un clímax paradojal, una salida por donde siempre acaba escapando el lenguaje o el pensamiento, lo que lo coloca en los umbrales mismos de la poesía. El aforismo es falible en la medida que no está encastillado en la verdad, sino en la apariencia de verdad, es decir, en la frontera entre lenguaje y pensamiento, y es en esta frontera donde la desbordante agudeza de ingenio, la lucidez encabritada y, en cierto modo, desesperada del matritense, hallan su personalísima forma de expresión que, como hemos dicho, impregnará su obra ensayística y lírica.
En el mismo año de 1923, Bergamín comenzará a mostrar pruebas de su independencia crítica e intelectual, poniendo su pluma al servicio de los escritores emergentes, todo lo cual le conducirá a sonados enfrentamientos dialécticos con autores como Azorín y Ortega, en lo que es un ejercicio de autoafirmación tanto personal como generacional. En 1925 publica, también de la mano de su entonces adalid Juan Ramón, Tres escenas en ángulo recto y un año después Caracteres, ambos en la Biblioteca del Índice. Hasta entonces la relación con el maestro de Moguer ha sido muy estrecha, pero como consecuencia del sonado homenaje a Góngora de 1927, ésta se verá drástica, definitivamente rota, si bien hay que considerar que la lejanía emocional que de facto existió entre ambos, jamás condicionó la valoración crítica que el madrileño sintió por el andaluz universal. En el trasfondo de toda la polémica que suscita este alejamiento, está el conocido mal carácter y la susceptibilidad del andaluz y por otro, la irrupción de una nueva promoción de jóvenes con personalidad propia, para quienes el místico e insobornable Juan Ramón ha servido de ineludible referencia, pero al que, llegado un punto de madurez, necesitan matar, para así partir a la conquista de su propio espacio, todo lo cual es tomado por el hipersensible Juan Ramón como una declaración de ruptura.
Conocida la foto del Ateneo de Sevilla, 1927. Bergamín aparece cabizbajo y circunspecto.
La ruptura con el moguereño supone un hecho capital en la vida del autor de El cohete y la estrella, así como la relación que establece con el resto de los integrantes de la llamada generación del 27, de la que nuestro autor será uno de los más arduos, primerizos y chispeantes cabecillas3. 1927 será un año capital para este nutrido grupo de jóvenes entusiastas que se reúne en torno a la figura de Góngora, distanciándose sonora y acaso teatralmente de los principales escritores del regeneracionismo. Son reveladoras las reseñas críticas que el aforista madrileño publica en estos trans­cendentales años tanto en las numerosas revistas como en los periódicos que desde todos los puntos de España arropan a los jóvenes y pujantes creadores. Como muy bien ha señalado González Casanova, ya en estas reseñas se advierte un espíritu imbuido por lo poético, si bien su exacerbado sentido de la independencia y su tempranísima vocación exilar harán que, salvo en dos o tres textos primerizos, rehuya la poesía, el género que sustenta e identifica a su generación y cuya primeriza ausencia en Bergamín, abocará al autor de El otoño y los mirlos a una especie de disimulado purgatorio generacional que muy poco tiene que ver no ya con su implicación intelectual en el movimiento, sino también con la calidad incuestionable de su obra.
Si 1927 puede considerarse el año de la consolidación de los jóvenes escritores, 1928 marcará ya un matiz distinto. En julio de ese año José Bergamín contrae matrimonio con Rosario Arniches, hija del prestigioso dramaturgo. Tras la boda, la pareja viaja por Europa y recala en Rusia, lo que dejará en nuestro escritor una sensación imborrable. A la vuelta del viaje nupcial, se advierte no sólo en él, sino en el resto de los jóvenes poetas un cierto cansancio por las vanguardias, así como una progresiva concienciación política, fruto del ambiente pre-bélico que se respira en toda Europa y que en España parece aún más acentuado. Si en sus reseñas anteriores a 1927, el madrileño asume la idea juanramoniana de la poesía desnuda, y al artista como entrañado habitante de la torre de marfil, a partir de su viaje a Rusia el madrileño toma conciencia de la encrucijada histórica -y las singulares amenazas- en la que se ve envuelto el hombre.
En 1930 publica Bergamín El arte de birlibirloque, su primer ensayo taurino, que fue acogido con mucho interés no sólo por los aficionados sino por toda la crítica en general. En este ensayo, Bergamín se postula dialécticamente como seguidor del clasicismo de Joselito, al que enfrenta con el humanismo de Belmonte, las dos figuras antagonistas de la época. Como buen andaluz, Bergamín se presenta a sí mismo como un ser dual -ya presente en su obra aforística- y es acaso este marcadísimo dualismo el gran motor de todo su pensamiento y el elemento fecundador y tensionador de toda su poesía.
El retorno de la República, el 14 de abril de 1931, supone tanto para el escritor madrileño como para el resto de la intelectualidad española, un momento de inflexión, un decisivo cambio de agujas vital, cuyo marco es un país quebrado socialmente y expuesto a conflictos de difícil desenlace. Esta situación es entendida por los intelectuales y muchos de ellos toman responsabilidades políticas, como es el caso de Bergamín, quien en mayo de 1931 (y por un breve periodo) es nombrado director general de Acción Social e Inspector General de Seguros y Ahorros. Ni sus actividades oficiales, ni sus cada vez mayores compromisos políticos, reducen la actividad creativa del madrileño, que en 1933 publica Mangas y capirotes, una visión lúcida del teatro español del siglo de Oro, que el madrileño incorporará a su propio corpus vital. En ese mismo año (1933) Bergamín acomete el proyecto de Cruz y raya, la revista más influyente del período republicano. Cruz y raya, en la que colaboran figuras de la entidad de Max Jacob, Cernuda, Marañón, Ortega. Zubiri, Maritain, Claudel, Bloy o Gómez de la Serna, es desde el principio una revista católica, liberal, abierta y de ruptura, según el preciso marchamo de Gonzalo Penalva (cfr. 1985), que también sirve para definir el complejo entramado intelectual bergamasco, enraizado en el humanismo transcendentalista católico, en conflicto con el papel temporal de la institución religiosa, que una y otra vez será blanco de sus acerados ataques. Bajo la sombra de la revista, que se convirtió en un foco intelectual ineludible de la época, se publicaron también importantes libros, como es el lorquiano Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, La realidad y el deseo, de Cernuda, la segunda edición de Cántico, de Guillén, Razón de amor, de Salinas o Residencia en la Tierra de Neruda. En 1934 publica Bergamín su segundo libro aforístico, La cabeza a pájaros, donde combina de forma chispeante el lenguaje culto y el popular, a veces sacando de sus casillas a uno y a otro, lo que devendrá también una constante formal de toda su obra. Son años, pues, de una intensa labor social e intelectual, pues a la dirección de Cruz y raya hay que sumar los múltiples artículos firmados por Bergamín para los periódicos de la época, sus innumerables conferencias, sus actividades políticas, sus constantes polémicas, sus chispeantes ensayos (La estatua de Don Tancredo, La importancia del diablo, La decadencia del analfabetismo, Mangas y capirotes, Disparadero español, El mundo por montera), sus colaboraciones en otras revistas... e incluso sus actividades internacionales, como la participación en la Conferencia de Escritores celebrada en Londres en 1936, donde se pide para España la organización del II encuentro de Intelectuales Antifascistas que se va a celebrar en Valencia en 1937.
último manuscrito de Lorca. Con él deja a Bergamín Poeta en Nueva York
La sublevación de Franco lo sorprende en Madrid. Días antes Federico García Lorca había ido a verlo para hacerle entrega del manuscrito de Poeta en Nueva York, que finalmente verá la luz en Estados Unidos y México, en 1941 y sobre cuya edición pesa una considerable bibliografía. Los primeros días de la guerra son frenéticos para el madrileño. Suya es la idea de lanzar la revista El Mono azul, publicación combativa en la que van a colaborar los más importantes intelectuales de la República. La revista nace como órgano de expresión de la Alianza de Escritores Antifascistas, que entonces preside Ricardo Baeza y que con posterioridad presidirá el propio Bergamín. Entre las actividades más sobresalientes de la Alianza caben destacar, al margen de la publicación de El Mono Azul, la organización del II Congreso de Intelectuales Antifascistas celebrado en Valencia y Madrid, en el que intervienen intelectuales de todo el mundo, el traslado de los cuadros de El Prado a la ciudad levantina, la publicación del Romancero de la Guerra de España en la recién creada revista Hora de España o la puesta en marcha de Nueva Escena, cuyo propósito era instruir mediante el teatro a los combatientes republicanos. Las actividades públicas y literarias de Bergamín en estos primeros meses de conflicto civil son muchísimas. Cuando la guerra se centró en las inmediaciones de Madrid, Bergamín se movilizó formando parte del célebre Quince Regimiento. De Bergamín es la idea del encargo hecho a Picasso de un gran mural para el Pabellón de la Exposición de París: El Gernica. Durante la guerra el madrileño viaja en dos ocasiones a Estados Unidos con el fin de recabar apoyos para la república española, escribe numerosos artículos y pronuncia conferencias. Cercana ya la conclusión de la guerra, Bergamín, junto a otros intelectuales republicanos, funda en París la Junta de Cultura Española, que preside él mismo.
La guerra supondrá para el madrileño un punto de inflexión en su vida y también en su obra. Hasta entonces había vivido en una dorada existencia de intelectual respetado. Tras la tremenda experiencia personal e intelectual de la guerra, Bergamín, se habrá convertido en un peregrino, en un fantasma, en una sombra de sí mismo, que no hace otra cosa que escarbar en su propio dolor, en su propia lucidez.
El 6 de mayo de 1939 Bergamín parte junto a su mujer e hijos hacia Veracruz a bordo del Sinaia. La llegada a México coincide con el estreno de su obra Don Lindo de Almería; bajo el auspicio de La Junta de Cultura española, fundará junto a Larrea y Carner la revista España peregrina, cuyo primer número saldría en febrero de 1940, pero tras sus desavenencias con Larrea, el proyecto se interrumpe en junio del mismo año. Poco después fundaría la editorial Séneca, en cuyo seno verían la luz títulos tan significativos para la literatura castellana como Poeta en Nueva York, La arboleda perdida, España, aparta de mí este cáliz o las Obras de Antonio Machado. En Séneca aparecerán también sus obras Disparadero español (1940), Detrás de la Cruz (1941) y El pozo de la angustia (1941), así como Peregrino español en América (1943) y La voz apagada (1946). En agosto de 1941, bajo la dirección conjunta de Xavier Villarrutia, Prados y Gil-Albert sale a la luz la esperada y monumental antología Laurel, que incluía por primera vez a los autores en lengua castellana de uno y otro lado del charco, y en la que sorprenden las ausencias de Neruda o León Felipe, enemistados por aquellas fechas con el madrileño. En medio de esta hiperactividad literaria, periodística y política, fallece su esposa, Rosario Arniches (22, de febrero de 1943), lo que supondrá un golpe muy duro para este singular peregrino español. Este hecho, unido a las perspectivas de que el resultado de la II Guerra Mundial no desalojaría a Fran­co del poder, como todos los exilados esperaban, sumen al madrileño en una evidente crisis personal y creativa que nuevamente lo aproximan al suicidio.
En 1946, junto a sus tres hijos, José, Fernando y Teresa, pone rumbo a Venezuela, donde celebra numerosas conferencias y trabaja para la Universidad de Caracas, pero un año más tarde este peregrino de España y de sí mismo, parte hacia Montevideo donde publica las obras teatrales Medea la encantadora y Melusina y el espejo. En Montevideo vive un pequeño lapsus de tranquilidad, en parte motivado por el buen ambiente cultural que se respira en la capital uruguaya, donde llegan a representarse algunas obras suyas. Con su asistencia en 1950 al Congreso de la Paz, celebrado en Varsovia, se granjea serios problemas con la oficialidad uruguaya. Este nuevo panorama de censuras y equívocos determinará un cambio en la situación anímica del escritor, cuya decisión será abandonar el continente americano y urdir su regreso a España.
En diciembre de 1954 decide retornar a Europa, y así navega de Montevideo a París, donde acaso espoleado por la proximidad de España, comenzará una vehemente andadura poética. Bergamín ya se había estrenado como poeta en 1939 con sus soberbios sonetos a Cristo crucificado, que presagian el gran poeta que será, que es ya Bergamín, por más que hasta 1954, impelido por su dedicación ensayística y por su dolor ante el destino español, la poesía pasará a un plano circunstancial y casi anecdótico. Será en la capital francesa cuando la creación poética entre definitivamente en su corpus espiritual con la composición de Duencecitos y coplas, escrito vehementemente -como todo lo suyo- en agosto de 1955; Duen­decitos... es una colección de coplas de inequívoco aire andaluz sobre las que el autor peregrino va alumbrando su propio errar:

Aun sin saber dónde va,
el camino es el camino.
Lo que importa es el andar.

En París se relaciona con escritores católicos como Malraux o Pierre Enmanuel, así como con el exilio español (Picasso, Aurora de Albornoz o Gurméndez), pero su vista y su pensamiento ya están puestos en España, donde recala a finales de 1958. Su retorno es visto por algunos como una claudicación, y por otros como una especie de pulso al régimen, pero Bergamín que ya ha dado muestras de su feroz coherencia política, de su inteligencia viva e independiente, mantendrá sobre la dictadura una mirada hostil y desafiante y ya en enero de 1961 se produce el primer enfrentamiento con la familia Luca de Tena, propietarios de ABC. Entre 1960 y 1963 colabora semanalmente con el periódico El Nacional de Caracas y publica los siguientes libros: Lázaro, don Juan y Segismundo, Fronteras infernales de la poesía, Los tejados de Madrid o el amor anduvo a gatas, Al volver, así como sus dos primeros libros de poemas: Rimas y sonetos rezagados y Duendecitos y coplas. Pero su estancia en España, como cabe suponer, pronto se vuelve irrespirable para un hombre de sus presupuestos políticos y su valentía moral. Su desenlace viene marcado por la huelga de la minería asturiana, que tiene lugar el 2 de octubre de 1963, y en la que los mineros astures son reprimidos con violencia y torturados sin compasión por el régimen franquista. Diez días más tarde de los hechos aparece en El Español una carta dirigida al entonces ministro de interior, Manuel Fraga Iribarne, exigiendo explicaciones; la carta, encabezada por el propio Bergamín, fue también suscrita por Aleixandre, Celaya, A. Sastre, Buero Vallejo, Juan Goytisolo, Barral, Fernán Gómez... El affaire, tomado por el régimen como un pulso a su fortaleza y un contratiempo a su menoscabada credibilidad internacional, obliga a Bergamín a buscar refugio en la embajada de Uruguay en Madrid, de donde sale con rumbo a Montevideo el 29 de noviembre de ese mismo año, para recalar en París dos meses después, con la inestimable ayuda del incondicional Malraux, entonces ministro de cultura.
La expulsión de España corta drásticamente su producción literaria hasta tal punto que, entre 1964 y 1970 sólo compone su libro de poemas El otoño y los mirlos (1975), escrito durante su segunda estancia uruguaya, y entrega a las imprentas Beltenebros. Su segunda estancia en París es, sin embargo, provechosa. Su nombre es tenido en cuenta por toda la intectualidad europea, hasta tal punto que la televisión francesa rueda una extensa biografía a cargo de Michel Matriani titulada Masques et bergamasques, así como el filme Los ángeles exterminados (también de Mitriani). En París es testigo de los sucesos de mayo del 68, sobre los que escribe con entusiasmo.
 


Poco después, en abril de 1970, regresa nuevamente a una España que soporta las postreros años de la dictadura franquista mientras se iba preparando el camino para una metamorfosis histórica: el paso negociado de la dictadura hacia la monarquía de Juan Carlos I. El retorno a España significa para Bergamín vivir en medio de la precariedad y el aislamiento. Aún así su producción literaria y editorial es incesante, como lo prueban la cantidad de libros editados (18) y reeditados (5) y los más de 250 artículos que firmó en estos últimos 13 años de su vida. En 1973 la revista Litoral le dedica un número extraordinario en el que además de recoger lo más granado de su obra, participan los intelectuales más importantes del país. Este mismo año comienza a editar en Sábado Gráfico, donde va a expresar con virulencia y pasión unas opiniones que con asiduidad chocan con las consignas políticas de la época. Muy pronto, desde su retorno a España, el pensador matritense se sintió defraudado y desesperanzado por el destino de este país que apostaba más por una pactada reconciliación nacional (lo que él definiera como entreguismo) que por su propia conciliación con la historia, todo lo cual- según el pensador- instaría a legalizar de facto el golpe militar del 36. Para él, acérrimo republicano, la transición española, que legitima al franquismo al no desmentirlo, que perpetúa el espíritu surgido de la victoria militar del ́39 al no descabezarlo, es una farsa patética por cuanto sus cimientos nacen de la podredumbre y acabamiento ruinoso de un régimen ilegal que frustró una vez más la entrada en la modernidad del país. Entiende José Bergamín que los partidos políticos -y muy en especial, los de izquierda- han pactado sobre el supuesto de la derrota republicana y han legitimado con su presencia un régimen, el monárquico, que fue legítimamente destituido por el pueblo español en 1931. La España que él encuentra a la vuelta de su segundo exilio es todavía esa enor­me tumba que relatara en el soneto Ecce España publicado en 1970, el mismo año de su retorno:

lo que está España es como amortajada [...]
de quijotesca en quijotesca empresa
por tan entera como tan partida
se sueña libre y se despierta presa.

La voz disidente, estruendosa e híspida del tábano Bergamín se hace aún más estruendosa y altisonante a medida que crece a su alrededor la soledad y la adversidad, y pronto es apartada del debate concertado de las Españas. Censurado por los mismos periódicos que, a poco de su llegada, habían acogido favorablemente unas colaboraciones que constituyeron su modus vivendi, el incómodo, el irreductible, el afilado José Bergamín es literalmente desterrado de la corte. En 1976 publica el artículo El franquismo sin franco, en el que con su peculiar estilo denuncia el triunfo del ferrolano después incluso de su muerte, lo que le vale un proceso judicial y el secuestro de la revista. En 1978 publica el artículo La confusión reinante, que pone en cuestión la legalidad de la monarquía, y nuevamente es denunciado. En consecuencia, meses más tarde Sábado Gráfico prescinde de sus artículos. Desde abril de 1978 hasta noviembre de 1980, en que comienza a colaborar en Punto y hora, Bergamín es silenciado por la prensa española. En 1979 se presenta a las elecciones por Izquierda Republicana. En diciembre de 1981, cuando cuenta con 87 años, defraudado y barrido por los acontecimientos, convaleciente de una caída, falto de recursos, ninguneado por la intelectualidad apesebrada o dispuesta a buscar acomodo en el nuevo régimen, José Bergamín busca refugio en la serranía onubense, en una deriva que nos recuerda al Benito Arias Montano que tres siglos antes se viera obligado a abandonar la corte y retirarse a la aledaña Peña de Alájar. La presencia de Bergamín en Fuenteheridos es anterior a la fecha señalada por Gonzalo Penalva en su magnífica biografía, pues ya desde el verano de 1979 pasaba allí grandes temporadas, de manera que es el paisaje de Fuenteheridos el que jalona gran parte del libro Esperando la mano de nieve y en menor medida de Hora ultima.
Fuenteheridos representa para el genial polígrafo una escala más en su agónica travesía del exilio. El período pasado en la localidad onubense es especialmente fructífero en lo creativo, pero de profundo aislamiento en lo personal, lo que acabará por condicionar y nutrir su última obra, atravesada tanto por la idea de la muerte, cuanto por su reafirmación republicana.
Como he afirmado, su radical enfrentamiento con la monarquía borbónica y sus cada vez más agrias polémicas sobre el papel de la izquierda (y más en concreto de los partidos socialista y comunista) en una transición que le suena a pescado podrido, le cierran las puertas de los medios de comunicación, de manera que sus tesis se irán acercando a las man­tenidas por el entorno radical vasco. Defenestrada la esperanza por un proyecto de España que pasaría ineluctablemente por reinstaurar la república, Bergamín encuentra en la vía abertzale un proyecto que, si bien, deconstruye España, significa la vuelta al espíritu de Gernika, entendido éste como el triunfo del pueblo sobre el poder. Lo hace con el sincero y cabal convencimiento de quien ve en la lucha vasca un ejemplo para una España a la que considera cautiva de intereses espúreos, de espaldas a la historia. Será, pues, el radicalismo vasco quien reclame la presencia del gran escritor y en última instancia el que venga en su auxilio. Desde Fuenteheridos, envuelto en el silencio que lo ha acompañado durante estos fructíferos últimos años, el poeta prepara su viaje.

Fui peregrino en mi patria
desde que nací:
y lo fuí en todos los tiempos
que en ella viví.

Lo siego siendo al estarme
ahora y aquí
peregrino de una España
que ya no está en mí.

Y no quisiera morirme
aquí y ahora
para no darle a mis ojos
tierra española.
de Hora última

El esqueleto, con el trajín interior característico de sus huesos, con la irreductible fortaleza de su pensamiento, abandona España, atravesándola en canal, para, amante ultrajado, adjurar de ella, instalándose frente al mar Cantábrico, irreductible también en su ancestral bramido, el mar de Aldana y Unamuno, aquél que contemplara en sus paseos veraniegos de juventud al lado de Rosario Arniches o del catedrático salmantino. Allí, en las aguerridas Vascongadas, encontrará por fin la paz que la vida no ha sabido o no ha querido concederle. El pueblo de Euskalerría lo acoge con entusiasmo y generosidad y será este pueblo el que lo vea morir el 28 de agosto de 1984, en olor de multitud.
En el hermosísimo cementerio de Ondarribia reposa su esqueleto y a nosotros, a todos los españoles, todavía nos falta andar un buen trecho y cruzar muchos pasos para inquirir en la figura inmensa y única de un hombre que fue por la vida y por el arte a pecho descubierto, con la sola defensa de un capote, y que nos ha legado a todos una de las obras más brillantes y perdurables del siglo que acaba.


LA POESÍA BERGAMASCA

Desde su primera salida forzosa de España, allá en los primeros meses de 1939, hasta su muer­te, el Pájaro Pinto, como solía firmar, no hará otra cosa que peregrinar y revolotear por los cielos trágicos de nuestra geografía íntima. La vida del escritor madrileño, como ocurriera a tantos y tantos españoles de un bando y de otro (más de uno que de otro, qué duda cabe) viene literalmente demediada por la guerra civil. El exilio, la derrota de sus ideales y de su idea de España, así como la traición de las potencias democráticas que, acabada la II guerra mundial, no restituyen la legalidad institucional rota por Franco, es una losa sicológica demasiado pesada para la llamada España peregrina, lo que en el caso de Bergamín viene agravado por su condición de católico, que ha asistido al papel beligerante y descristianizador de la iglesia española en la guerra civil, aspecto que no dejará de denunciar durante sus años exilares. Tras su salida forzosa hacia Francia, en febrero de 1939, el escritor se convertirá en un peregrino obsesivo que clama por volver no sólo a España, sino también a su propia vida rota. El enraizado Bergamín será a partir de entonces un hombre sin más raíces que la de su esperanza, un hombre desposeído de su razón y torturado por su indestructible fe religiosa. Sus sucesivos desencuentros con España vienen a confirmar un papel de off sider que en realidad lo ha perseguido durante toda su vida.
A contracorriente siempre, José Bergamín comienza a publicar su poesía cuando ya el resto de compañeros de generación, en su mayoría poetas, ha dado sus frutos más señeros. Ensayista, crítico y editor, Bergamín constituye junto con Neruda uno de los ejes gravitatorios de la generación de 27. Sin su valentía crítica, sin su olfato editor y sin su presencia miliar, acaso la historia de la generación se hubiese escrito de una forma bien distinta, pero muy a pesar de ello el autor madrileño quedará con frecuencia relegado del papel que le corresponde. Hasta la vehemente redacción de El otoño y los mirlos, su creación poética quedará en un segundo plano, por más que en su labor ensayística y, sobre todo, en sus aforismos, la poesía queda medularmente presente, como han visto con caridad Nigel Dennis, el mayor estudioso del escritor, y González Casanova en su clarificador libro Bergamín a vista de pájaro. La poesía bergamasca, escrita básicamente en los últimos años de su vida, presenta, como es obvio, un autumnal, por más que participe de ese vitalismo del desengaño tan propio de este poeta siempre sorprendido y siempre sorprendente. Puede decirse que todos los libros poéticos de Bergamín recurren a las mismas obsesiones, acaso acentuadas por sus vicisitudes personales y, cómo no, por la presencia obsesiva de la muerte. En efecto, desde El Otoño y los mirlos, pasando por Apartada Orilla, Velado desvelo, La claridad desierta, las canciones de Canto rodado, hasta llegar a Esperando la mano de nieve y Hora última, la poesía bergamasca presenta una muy acusada coherencia artística, de manera que en el fondo estamos hablando de un único libro que comienza con las doradas hojas del otoño, para irse (des)cubrien­do -digo bien- con la desnudez del invierno.
Bergamín, como Pessoa, con quien guarda no pocas similitudes -en el fondo ambos quedan atrapados en las fauces de un post-romanticismo, que trata de rescatar el alma del positivismo cientifista y materialista de una Ilustración que ya no ilumina el destino del mundo, en el que ha muerto Dios (Gon­zález Casanova, pág. 18, 1995-, decíamos que, como Pessoa, Bergamín es un obsesivo constructor de paradojas. Ambos aparecen nimbados de un universo poliédrico en permanente conflicto y reverberación. Si el lisboeta lo resuelve a través de distintas voces, de dispares registros y obsesiones, el madrileño, atrapado por la fascinación del barroco (¿hasta qué punto el personaje poético de Bergamín no es también una construcción heteronímica, por cierto no lejana al neoclásico Reis?­), lleva el conflicto a cada uno de sus textos que se convierten en caleidoscopios donde el pensamiento, siempre en fricción con la palabra, nos ofrece constantes figuras especulares que se proyectan sobre sí mismas dando forma y voz a un retablo barroco de las postrimerías. Con Bergamín asistimos al pensamiento en ebullición (existir es pensar, decía en uno de sus más certeros aforismos, y pensar es comprometerse), y a la palabra en continuo estado de rebeldía. Ya desde sus primeros aforemas (el término lo recojo de M. Á. Arcas) publicados en El cohete y la estrella, Bergamín sucumbe a las garras de la perplejidad y de la duda como referente mental, siendo así que su producción desde entonces se sitúa continua y deliberadamente en las fronteras (infernales) del decir, en una especie de abstracción conceptual que no ignora a Mallarmé ni a los escritores radicados en el absurdo. Sus aparentes deconstrucciones ideísticas, su vehemencia lúcida -y lúdica-, su fulgurante relación con el lenguaje, esa propensión tan suya a sacar de sus casillas al concepto o al lugar común, que a veces se queda patas arriba, contorsionándose, nos ofrecen el retablo vivo de un orfebre radicado en la rebeldía y la esperanza.
Bergamín se construye a sí mismo como un escritor deliberada, reiterativamente barroco. La muerte, el sueño, los aspectos trascendentales de la existencia o el dolor por el destino aciago y pervertido de la patria, son algunos de sus temas más recurrentes tanto en su vasta obra prosística, como en su producción lírica, unido todo ello a su sólida concepción estructural del texto -poema o prosa-, que apoyada tanto en el uso especular de la idea, cuanto en sus elementos más formales, como el asiduo empleo de una figuración dualista, desde la paradoja, el oximoron, sin olvidar los elementos alegóricos y simbólicos muy en la tradición del Siglo de Oro, nos llevan a afirmar que Bergamín es un autor barroco transplantado -transterrado- al siglo XX, aspecto este que viene a convertirlo a ojos de la crítica contemporánea en una especie de pensador y poeta intemporal, desarraigado, enajenado, que, paradógicamente, siempre se presentó como un entrañado en el paisaje histórico que le tocó vivir:

No es posible hallar en un poeta español contemporáneo -escribe González Casanova, pág, 197. 1996- resurrección más viva y actual, eternización histórica más convincente, de la poesía clásica. Cuando Bergamín versifica a la manera de Lope, Góngora, Quevedo o Calderón; cuando retoma músicas de San Juan de la Cruz, o de fray Luis, la identificación con ellos es tan exacta en lenguaje, fórmulas poéticas, ritmo y pensamiento, que el tiempo se borra sin que el pasado retorne, pues la poesía bergaminiana no imita ni recuerda, sino que crea desde la memoria un nuevo presente -un es- de lo que simplemente fue.

Podríamos interpretar el horror al silencio que advertimos en la obra bergamasca como el eje gravitatorio que la sostiene y ramifica, un horror que, al margen de las formas, dan a Bergamín carta de rabiosa modernidad, si bien este horror al silencio, se resuelve en no pocos fragmentos de su obra como fatal atracción, de forma análoga a lo ocurrido en ese otro peregrino que fue Rilke. En Bergamín, como acaso en ningún otro escritor de nuestra lengua, los polos se atraen, se necesitan, son parte misma de un inestable equilibrio. Su poesía parece forjada en esa piedra de amolar tan bergamasca que es el aforismo, acaso uno de los géneros más entrañados en el presente siglo y a los que Nietz­sche, Cioran o el propio Bergamín han dado lustre. La respiración bergamasca es aforística y uno al leer su poesía, su teatro o sus ensayos, no deja de pensar que en el fondo Bergamín transgrede y anula los géneros partiendo del aforismo, ese regate en corto tan suyo, que semeja un temblor, una palpitación de cohete y estrella...

El silencio sospechoso y acérrimo que tras su muerte se ha cebado con la figura tan desmesurada como musarañera de José Bergamín, esta larga peregrinación por el olvido, mucho le debe a su rebeldía íntima y a la mala conciencia de una intelectualidad española que, ante el vértigo de la historia, prefirió el beneficio cierto aunque mentiroso de la ecuanimidad al peso no menos cierto y gravoso de la disidencia. En un siglo prestigiado y vampirizado por las vanguardias, lo que, tanto en literatura como en pensamiento, se traduce grosso modo en la ruptura del discurso e incluso en el debate sobre su propia necesidad, sin olvidar la casi absoluta sacralización de la actualidad como valor artístico, una voz tan extemporánea como la de Bergamín, asentada en odres barrocos y noveitayochistas, que sanciona como buen off sider una tradición figurativa y enunciativa, decididamente arisca a las modas, no es muy entendida por una crítica, ceñida al pie de la letra que dijera nuestro autor, demasiado constreñida por aspectos formales y teorías generacionistas, una crítica que, para colmo de males, no sabe digerir el hecho de que la madurez poética de esta figura que por edad, obra y presencia está vinculada a la segunda república, explote líricamente en plena senectud, ese momento tragicómico en el que tanto la crítica oficial como las distintas municipalidades sacan sus mejores lozas y manteles para brindar a la salud de sus cadáveres.


ESPERANDO LA MANO DE NIEVE

Esperando... 1 edición, Turner, 1982
He apuntado que conocí la hospitalidad de Teresa y José Bergamín a partir del verano del 80. Mucho antes, camino de la huerta que mis padres cultivaban apenas un poco más allá, me había ido familiarizando con aquel anciano esquelético y altísimo, de piel casi translúcida, detalle este que ya destacara el mismísimo Juan Ramón en el prólogo al primer libro bergamasco: El cohete y la estrella. En su figura, del todo anónima para mí, se imponía una inequívoca dignidad fantasmal, ese raro prestigio del que gozan los seres fronterizos, que parecen transitar con desparpajo entre la vida y la muerte. En los últimos años de su vida -refiere Felipe Benítez Reyes en su libro Bazar de ingenios, Granada 1991-, parecía José Bergamín un esqueleto vestido de paisano, un fantasma con aires de ingravidez cansada que en cualquier momento podía dar una pirueta mortal en el aire y desvanecerse, dejando como rastro, a lo sumo, un montón de huesos transparentes y brillantes, como cristales rotos. Tan desconcertada fragilidad corporal contrastaba en aquel anciano desconocido y venerable, con una mirada aguda y chispeante, afable, que a fuer de parecer enajenada de todo, todo lo hacía suyo, todo lo entrañaba, todo lo volteaba y desnudaba. Su propio caminar, a la vez delicado y aparatoso, era ya el caminar de quien sintiéndose sinceramente desconcertado por el mundo, aún debía acabar de negociar los últimos flecos con la muerte. Los estruendosos jóvenes que por entonces frecuentábamos la segunda planta de La Venta, no podíamos sospechar que la estancia de los Bergamín en Fuenteheridos estuviera presidida por la penuria y por el desencuentro con una España que había defraudado todas las expectativas de un hombre singular que vendría a suponer para nosotros el descubrimiento más mítico que físico, no sólo de la Generación del 27, sino también, dada la significación de Bergamín como eminente glosador de la mejor tradición lírica española, de uno de los escritores más emblemáticos de un siglo que se decantaba, como el propio personaje, hacia sus postrimerías.
 
Edición de Esperando la mano de nieve, Huebra, 2006
El paisaje sereno de La Venta, aparece más que en las delgadas y cuasi abstractas descripciones que no son muy diferentes, por poner un ejemplo, a las contempladas en El otoño y los mirlos, en la atmósfera interior que preside Esperando... La serenidad convulsa que atraviesa este libro, así como su sentido musarañero parece encontrar el referente en ese paisaje arrebatado y cordial, humilde y sonoro de nuestras huertas. Cansado de una vida en continua peregrinación y sin más asidero que el propio pensamiento, Bergamín se instala a Fuente­heridos con la intención de quedarse y esperar paciente, rigurosamente la muerte, mientras trata de cerrar el círculo magmático de su producción. Buscaba, como le oí referir en alguna ocasión, un trozo de tierra que considerar su tierra, un humilde lugar donde pudiera entrañarse y morir en paz, y creo que al visitar por primera vez a su hija Teresa en La Venta, pensó que allí estaba el fin de tan larga peregrinación. Expulsado del templete matritense por los mercachifles de la transición, el autor De una España peregrina se encuentra en Fuen­teheridos con que no le queda otra cosa que ensimismarse, pensarse a sí mismo, inventariarse. Bergamín nos aparece como un guerrero imperturbable que en mitad del páramo hace balance de su vida y pone a prueba, y esta vez no caben juegos ni afeites, su esperanza, uno de los aspectos relevantes en su dilatada obra. El resultado de todo ello es ese libro espléndido y extemporáneo titulado Esperando la mano de nieve, redactado casi en su totalidad en Fuenteheridos, y considerada como una de las obras paradigmáticas de este miembro discutidor e indiscutible de la generación de la república. Con­cebido como su testamento lírico, Esperando... se percibe también como una suerte de relectura dialogada con la tradición elegíaca castellana. Lope, Calderón, Aldana, Cervantes, López de Andrada, Manrique, Lorca, Barrés, Unamuno o Bécquer (de uno de cuyos más venerables versos, toma el título), que junto a los omnipresentes maestros Dante, Shakespeare u Homero, jalonan este libro testamentario que es, resueltamente, un coloquio unívoco y plural acerca de la muer­te. Las frecuentes citas a los mencionados autores no son nunca baladíes, pues en ellos, como en Garcilaso, Pascal, Nietz­sche, de la Serna, Gide, Bernanos o Malraux, sin olvidar la riquísima tradición oral andaluza manifestada en el cante jondo, cifra Bergamín su territorio y su tradición, huyendo notoriamente de las corrientes estéticas contemporáneas y enrocándose en un lenguaje conscientemente analfabeto, donde encardinar todo el horror al vacío que en el fondo tratan de velar las vehementes paradojas que vertebran el libro. Por sus páginas pasa, como las figuras dolorosas y erráticas de la Semana Santa, la mejor tradición lírica y el pensamiento español al completo. Tanto en la potencia irreductible de su aliento, cuanto en la atmósfera expresiva, Bergamín tutea a la tradición, solapándola, ilustrándola, reflejándose, entrañándose en ella como el agua en el agua. Despidiéndose, en suma. No es gratuito advertir cómo ultrajado y vejado por sus contemporáneos, exilado de la contemporaneidad, el viejo pensador, el derrotado caminante, vuelve su mirada a los clásicos, a los que él considera mucho más vivos que los vivos. Tan es así, que a veces tenemos la impresión de que, como la figura del fantasma tan querida y recurrente para él, atraviesa y reescribe la tradición con sus propias voces, convirtiéndose así en un eco, en una especie de estrella errática cuya luz podemos contemplar todavía, pero cuya vida hace tiempo que expiró. Como fantasma que es, hace tiempo que está del lado de los muertos (o del sueño) y de ellos adopta su retórica y su fantasmagoría. Es un hecho que Bergamín se muestra más cercano a Segismundo, entreverado de realidad y sueño, exilado en su castillo interior, que a sus estrictos contemporáneos. Y es que uno tiende a pensar que Bergamín es un epígono, un escritor enmascarado, que combate desde sus frecuentes paradojas, silogismos y trabalenguas, el silencio enunciado por Mallarmé, en un intento de burlarlo, de envolverlo en una vasta red combinatoria no muy distante en el fondo de las series cirlotianas.
Perdida la esperanza de la historia, que ha preferido prescindir de su pensamiento, el Pájaro Pinto se dispondrá a esperar la muerte en este Fuenteheridos, de nombre inquietante y paradójico y al que Bergamín atribuía cierto ascendente lorquiano. En Fuenteheridos espera lo suyo con el capote recogido como señala en La música callada del toreo, ese libro que de alguna manera anticipa y glosa Esperando... y que tanto nos deslumbra por su conceptismo cuanto por su inimitable ingenio, donde aparece una y otra vez esa voz en off de la muerte que resuena como una campana nocturna y atenuada en la vastedad del campo; la muerte será el paisaje de fondo de ambos libros, en los que no se rehuye ni la fatalidad ni el misticismo, en una escritura apasionada y apasionante. El toreo es para Bergamín un arte que se expresa y se define en la muerte pero que, y aquí radica su originalidad, en cierto modo la invalida con el latido volandero de inmortalidad, que es instantánea percepción de lo absoluto, el tan recurrente para Bergamín cristal del tiempo tomado de Calderón. El verdadero hombre, el verdadero mediador ante Dios, es aquél capaz no sólo de pensar el sentimiento sino de sentir el pensamiento, de acuerdo con Unamuno y, en cierto sentido, con Pessoa. Esperando la mano de nieve, pues, se concibe como un testamento emocionado de quien al intuir con menos temor que temblor el final (él, que cifraba la poesía en el arte de temblar, en la palpitación de estrella tan recurrente en su obra­), planta su tienda frente a él y lo mira a los ojos con una interrogación emocionada. Si en la música callada, en la soledad sonora de que nos hablara el místico, se cifra su teoría de la refutación de la muerte, será en esa refutación donde un Bergamín que se sabe acorralado, trata desesperadamente de asirse. A través de las páginas de Esperando la mano de nieve se entrevé un paisaje sereno y humano, demasiado humano, con pequeños pero relevantes detalles plásticos que parecen revelar otros tantos signos de la contingencia.
Durante las largas temporadas que Bergamín pasa en Fuen­teheridos, y pese a lo avanzado de su edad, el escritor se aplica al trabajo denodada, vehementemente, acuciado sin duda por todos los fantasmas interiores e iluminado por esa serenidad interior que se respira en la obra que aquí realiza. No sólo traza en Fuenteheridos el libro que hemos mencionado, sino también una parte muy significativa de su Música callada del toreo, dedicado a Paula, y el cuaderno Como una asombra sin fuego, que reproducimos íntegro, y el comienzo de su ya póstuma Hora última, obra que en realidad viene a constituir una addenda a Esperando..., aunque en ella aparece mucho más evidente un dolor y una desesperación que en cierto modo se emparentan con el dolor y la desesperación cernudianas.


COMO UNA SOMBRA SIN FUEGO

Como acabamos de recordar, de su estancia en Fuenteheridos son también los 6 poemas autógrafos que dan título al cuaderno Como una sombra sin fuego (Col. Pliegos de Mineral, Riotinto, Huelva), no recogidos por Turner en los sucesivos tomos de su poesía completa y, en general, desconocidos por la crítica, a pesar de su incuestionable calidad. Firmados el día del Corpus de 1981, tras una memorable faena de Paula en la Maestranza sevillana, los poemas que recoge este notable cuadernillo, editado por el poeta onubense Juan Delgado, no difieren ni formal ni conceptualmente de la serie Esperando... Son, de hecho, poemas de despedida, de balance, de una cierta melancolía en los que están presentes, miniatura al fin, todos y cada uno de los aspectos que entretienen, enmascaran y alientan al último Bergamín, de tal modo que acaso bastaría este pequeño cuadernillo para considerar a Bergamín como uno de los poetas más imprescindibles e intemporales de la poesía castellana.

Manuel Moya

Fuenteheridos, septiembre de 2005






BIBLIOGRAFÍA.

Constatamos sólo los libros de poesía, así como los principales estudios acerca de la obra de Bergamín.


Rimas y sonetos rezagados. Santiago de Chile; Madrid: Cruz del Sur, 1962. (Renuevos de Cruz y Raya, 67). Este libro junto a El otoño y los mirlos, ocupa el Volumen I de Poesía de José Bergamín. Turner, Madrid, 1996. ed. ampliada y corregida, Madrid Turner 1988.
Duendecitos y coplas. Santiago de Chile; Madrid: Cruz del Sur 1963. (Renuevos de Cruz y Raya; 11-12).
La claridad desierta. Madrid, Turner, 1983. Este libro pasará a ser el II volumen, de Poesía de José Bergamín, Madrid, Turner, 1996.
Del otoño y los mirlos; con fotografías de Lucía Serredi y viñeta de Ramón Gaya. Barcelona, RM, 1975. Vid. Rimas y sonetos...
Apartada orilla: (1971-1972), Madrid, Turner, 1976. Vol. III de Poesía de José Bergamín, Madrid, Turner, 1996.
Velado desvelo (1973-1977), Madrid, Turner, 1978. Vol. IV de Poesía de José Bergamín, Madrid, Turner, 1996. 1983
Esperando la mano de nieve (1978-1981), Madrid, Turner, 1985. Vol. V de Poesía de José Bergamín, Madrid, Turner, 1985.
Canto rodado. Madrid, Turner, 1984. Vol. VI de Poesía de José Bergamín, Madrid, Turner, 1984.
Hora última. Madrid, Turner, 1984. Vol. VII de Poesía de José Bergamín, Madrid, Turner, 1984.

Por debajo del sueño (antología poética). Málaga, Litoral, 1979.
Poesías casi completas. Con prólogo de María Zambrano, Madrid, 1982.
José Bergamín para niños. Ed. de María Pilar Lorenzo, ilust. de Héctor Carrión. Madrid, Ediciones de la Torre, 1989.
Antología poética. Ed. de Diego Martínez Torrón. Madrid, Castalia, 1997.

Acerca de José Bergamín

DENNIS, Nigel:
-El aposento en el aire, introducción a la poesía de José Bergamín. Valencia, Pre-Textos, 1983.
-José Bergamín, ilustración y defensa de la frivolidad
-Perfume and poison: a study of the relationship between José Bergamín and Juan Ramón Jiménez. Kassel, Reichenberger, cop. 1985.
-En torno a la poesía de José Bergamín. Ed. Nigel Dennis. Lleida, Uuniversitat, 1995.

GONZÁLEZ CASANOVA, José Antonio.
-Bergamín a vista de pájaro. Madrid : Turner, 1995.

GRILLO, Rosa María,
-Exiliado de sí mismo: Bergamín en Uruguay, 1947-1954. Lleida, Universitat, 1999.

MARTÍNEZ TORRÓN, Diego.
-El sueño de José Bergamín. Sevilla, Alfar, 1997.

MARTINEZ, Rogelio.
-Bergamín en Uruguay (Ed. de autor, Montevideo, 2004.

PENALVA CANDELA, Gonzalo.
-Tras las huellas de un fantasma: aproximación a la vida y obra de José Bergamín. Madrid, Turner, 1985.

-Homejnaje a José Bergamín. Ed. de Gonzalo Penalva Candela. Madrid, Comunidad, Consejería de Educación y Cultura, 1997.

SANTONJA, Gonzalo.
-Al otro lado del mar, Bergamín y la Editorial Séneca: (México, 1939-1949). Barcelona, Galaxia Gutenberg, 1997.

SANZ BARAJAS, Jorge.
José Bergamín: la paradoja en revolución (1921-1943). Madrid, Libertarias-Prodhufi, 1998.


1
El presente prólogo parte de una reelaboración de un artículo homónimo publicado en El fantasma y el esqueleto, Arteleku / Univ. del País vasco, coordinado por Pedro G. Romero, Alava, 2000.
2
En este capítulo seguimos la excelente biografía bergamasca de Gonzalo Penalva, titulada Tras las huellas de un fantasma, aproximación a la vida y obra de José Bergamín (Madrid, Turner, 1985)
3
En este sentido conviene apuntar que Bergamín -el gran compilador de títulos- no se sentía cómodo con el marchamo del 27 y se postuló siempre por la generación de la república, o del 31. Sea como fuere el madrileño se habría de convertir en su más ferviente y valioso fiador crítico y editorial.










 



COMO UNA SOMBRA 

 
SIN FUEGO1


(Seis Poemas autógrafos)






















A Pepe Gil,
en Sevilla, día del Corpus de 1981




Como una playa sonora
se pierde la voz del mar
sin eco que la responda,

mi voz se pierde sin eco
en la íntima lejanía
luminosa del recuerdo.

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*




Mi voz se busca en sí misma
y no se encuentra en el eco
de otra voz que no es la mía.

Otra voz que apenas siento
apagarse en la penumbra
de un rescoldo ceniciento.

En el corazón del tiempo
se va apagando mi voz
como una sombra sin fuego.



*


El que fue esqueleto en mí
se fue volviendo fantasma.
Y el fantasma fue volviéndose
humo, sombra, sueño... y nada.



*



Peregrinas andanzas
CERVANTES

Me han enterrado en mi tierra,
en esta tierra de España,
bajo cielos enemigos
tierra maldita y extraña.

De tanto peregrinar
sus peregrinas andanzas,
soy peregrino en mi tierra
y en ella pierdo mi alma.



*


Y andar, andar
G. A. BÉCQUER

Anduve tantos caminos,
me perdí en tantas andanzas,
que ahora que ando buscando
no hay camino que me valga.

De tanto andar, siempre andar,
mis pasos no dejan huellas;
y sigo andando y andando
sin parar, campo traviesa.



*



Cayó de su altivez mi pensamiento
como torre del tiempo derribada.
Oí en mi corazón temblar el viento.
Miré a mi al(r)rededor y no vi nada.

1
Estos seis poemas autógrafos fueron publicados en Minas de Riotinto (Huelva) el 14 de abril, día de la república, de 1983, en el nº 3 de la colección Pliegos de Mineral, siendo su director Juan Delgado López.