CARLOS LENCERO, UN MAESTRO DE LO SUYO


CARLOS LENCERO

Carlos Lencero (Badajoz, 1951-2006 Badajoz). Aunque se lo suele conocer como letrista flamenco (ha compuesto, entre otros, para El Camarón, Pata Negra, Raimundo Amador... algunas delas letras más cantadas de los últimos tiempos), ha dado a las imprentas la novela Retablo de Morales (Ed. Luna de Mérida, Mérida, 1992), y los libros de relatos La gran Mari (Ed. Regional Extremadura, Mérida, 1991) Cuento chino y otros relatos, (Ed. Luna de Mérida, Mérida, 1996), Caníbales (Dip. Cáceres, 1996) y Camello de verano (Ed. Regional de Extremadura, 1998).
Poco antes de morir dio a las imprentas La leyenda del cantaor solitario (2005), una biografía personal de camarón, en la que cuenta la intrahistoria del cantaó de San Fernando, que tengo entendido se ha reeditado muy recientemente. Carlos Lencero fue un escritor de raza, una leyenda que siempre estuvo rodeado de lo mejor del flamenco. Amigo de Camarón, los Pata Negra... probablemente sin su  figura y la de Ricardo Pachón hubiera sido imposible llevar a cabo toda la revolución del flamenco que tiene lugar en los 70 y 80 del siglo pasado. 
Además de eso era un cuentista magnífico, inigualable, acaso uno delos mejores y más originales cuentistas que ha dado el país. Cualquier antología del género donde no esté Carlos Lencero, se queda simplemente en tentativa. Todo un maestro.

Yo tuve la oportunidad de conocerlo personalmente a través de marino González de la Luna de Mérida. De cuando en cuando me llamaba desde las catacumbas de su enfermedad y su voz resonaba en mi casa con una luz distinta de la luz. Lo visité en su casa del Postigo donde ya se reponía de su enfermedad que lo llevaría a dar vueltas pro los hospitales durante una larga temporada para ya no acabar de reponerse nunca.

Como botón de muestra os dejo con una nota que escribió para Borrico de Jerez y un cuento inédito en papel. Se trata de un cuento que me envió para Hwebra, la revista que hicimos Gerard Illi y quien escribe.



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SIN TITULO

LA EDITORIAL en la que trabajaba, quebró, y me encontré en la calle con una niña de dos años, una novela a medias, y seis meses de paro tan raquíticos como las canillas de una mariposa. La niña lloraba a todas horas. Pedía baños, comida y ropa, pañales, paseos, y un esclavo. Yo era ese esclavo. No tenía amigas. Bebía mucho y necesitaba tiempo para las resacas. Y tiempo para escribir. La niña necesitaba TODO el tiempo.


A LOS dos meses me estaba volviendo loco. Me dejé crecer la barba. Me sentaba en el parque, entre mujeres, mareado, y veía cómo los niños se revolcaban en el polvo, cómo se orinaban encima y corrían tras las palomas. A veces, las mujeres me hablaban. Yo no les respondía. Nos mirábamos, apretujados sobre el banco, solos en aquel jodido parque. Ellas hacían punto y hablaban mal de los hombres, de Dios, y de la televisión. Tenían razón en casi todo lo que decían. Las palomas corrían delante de los niños. No podían volar. Estaban gordas. Cebadas a pan duro y maíz. No sería yo el que pasase hambre mientras hubiese palomas en el parque. Pensaba en cosas así. Vendría una noche con un palo, con una escopeta, y mataría a alguna de aquellas gordas palomas. Luego me encerraría en casa, con mi niña, y nos la comeríamos. Asadas, fritas, en adobo.

ESTÁBAMOS EN verano, y debía andar continuamente alerta. La niña podía escocerse. Llevaba siempre compresas de recambio. Y un tubo de crema en el bolsillo de la camisa. Cualquier descuido podía resultar fatal. Fue lo único que me dijo mi mujer antes de largarse...
- Adiós, muchacho,... y ten cuidado de que no se escueza. ¡Ten mucho cuidado de que no se escueza!...

DEBÍ MATARLA allí mismo. Pero tenía razón. Y yo andaba alerta a todas horas. La niña no debía escocerse por nada del mundo. Compré polvo de talco caros. Y siempre llevaba mi surtido de compresas. Y el tubo de crema en el bolsillo.

A MEDIADOS de julio, la niña se escoció. Fue un descuido tonto. Debí dormir una noche. En cuanto abrí los ojos me di cuenta ..¡Diooos! .. Levanté la compresa. El culo parecía seda escarla­ta. Lo lavé con agua tibia. La niña lloraba y daba gritos. Extendí la crema. Corrí a por polvos de talco. La voz de mi mujer me perseguía por la casa...
- ¡ No dejes que se escueza! ¡ No dejes que se escueza!... ¡SOBRE TODO no dejes que se escueza!...

ENTONCES ME acordé de que tenía una prima que vivía en la costa, en una casa junto a la playa, con una madre vieja que había sido pianista antes de volverse loca. Metí todo lo que pude en una bolsa, agarré a la niña, y me monté en un autobús. Diez horas después estaba frente al mar. No comprendo cómo hay gente a la que puede gustarle verlo.

EL CHALET era pequeño, y me pareció que estaba demasiado cerca del agua. Las olas andaban por allí, y había gaviotas en las ventanas, en el porche y sobre el tejado. Llamé al timbre. Hacía más de treinta años que no veía a mi prima. El único recuerdo que tenía de ella era un palitroque de regaliz. Una mujer muy alta abrió la puerta. Me dio la impresión de que todas las gaviotas estaban pendientes de mí. Luego me enteraría de que no. Las gaviotas son estúpidas. Miran cualquier cosa. Están pendientes de todo.
- Soy tu primo,... - dije.
- ¿Y qué quieres?
- Se me ha escocido la niña...
- Pasa.

ERA ALTA de verdad, y tenía un cigarro colgando de la boca. Al entrar vi tres más en un cenicero. Fumaba de uno, y luego de otro, y de otro.
- Me encanta fumar. Me fumaría un lápiz si me faltase tabaco. O un trozo de cable...
Le pregunté si tenía algo de beber.
- Agua. Y también hay sardinas fritas.
- Me beberé una sardina...
Chupó de un cigarro.
- Bueno, bébete una sardina. Hay muchas.
Entonces escuché la voz. Venía de alguna habitación interior. Sonaba muy lejana. Un sonido lejano más que una voz. Y había locura y sangre en aquel sonido tan lejano.
- ¿ssskkkñññyyssss?...
- Es un primo. Viene con una niña.
- ¿qqqpppytttkkkk?
- ¡Y yo qué sé qué primo!... uno que tiene cara de hijo de puta.
- kkkkk
Saqué el tubo de crema como el que saca un puñal. Y una compresa doble.
- ¿El wáter?...
- Al fondo. Y ten cuidado con los perros.
Cogí a mi niña y avancé por el pasillo. Estaba muy oscuro, pero no había perros. Cambié la compresa, di crema, y regresé. No había perros. Sólo oscuridad en aquel puto pasillo. Llevaba a la niña en alto. Sobre la cabeza.

ME DIO por pensar que si comía algo me sentiría mejor. Dejé a la niña en un sillón y me encerré en la cocina. Abrí la nevera. Debía haber ciento y pico de sardinas fritas, colocadas en perfectos montones de a doce. Y dos botellas de agua en la contrapuerta.
La voz sonó muy cerca de mi nuca.
- Los sábados cocino para toda la semana. No me gusta guisar. Prefiero trajinar un día y luego no ocuparme más. Cuando tenemos hambre venimos aquí, cogemos algo, y nos lo comemos...
- Ya...
- A veces guiso pulpos.
Imaginé la nevera rellena de pulpos. El vómito me subió hasta media garganta.
- Y otras veces caracoles.
Me llevé las manos a la boca.
- Mi madre no come casi nada. Y yo muy poco. Si estoy comiendo no puedo fumar,... tú ya me entiendes...
- Claro.
Era alta y fuerte. No tosía. No parecía tener cáncer. Ni anemia. Tenía los pechos grandes. Fumaba cables, marihuana, papeles enrollados. Y se alimentaba de sardinas fritas, de pulpos y de caraco­les. De agua fría.
- ¿Cómo te llamas?...
- Jesús. Una vez te quité un palitroque de regaliz.
- Me acuerdo perfectamente. Pero no era regaliz. Era una barra de caramelo con sabor a manzana.
- ¡Hace más de treinta años de eso!... ¿Cómo puedes recordarlo?
-Yo lo recuerdo todo. Aquellas barritas de caramelo iban envueltas en una plata verde y rosa. Se llamaban BUBOS aquellas barritas. ¿Y tú cómo te llamas?...
- Jesús. Me llamo Jesús.
Mordí la sardina. Estaba fría y dura como la Muerte. La niña se había quedado dormida en el sillón.
- Hay una camita en ese cuarto. Puedes acostarla si quieres. También hay mantas, creo...
Enchufó la televisión más grande que yo había visto en mi vida.
- Tú dormirás conmigo.
Le dio volumen a la tele. Volumen de verdad.
- ¡Hace tiempo que no duermo con nadie!... dijo.
Me asomé por la ventana. Había tres gaviotas pegadas al cristal. Tenían los ojos redondos y amarillos. En la televisión, el locutor hablaba de una huelga en Uruguay. Dos muertos y un centenar de heridos. Un insecto negro vino volando desde el mar. Y una gaviota se lo comió.

LA CAMA era de las de setenta centímetros, y estaba en el centro de la habitación. Muy lejos de las paredes.
- ¡No vayas a intentar ponerme una mano encima!... Yo soy de esas que se quedan preñadas tendiendo un calzoncillo.
Me di la vuelta con cuidado. La lumbre de dos cigarrillos brillaba en la oscuridad.
- ¿También fumas de noche?
- También. Oye,... ¿de verdad eres mi primo?
- Sí. Creo que sí.
Cogió un cigarrillo con una mano y con la otra me acarició la cara, la espalda y las rodillas. Luego me agarró las partes. Me encogí.
- ¡Sois todos absolutamente iguales! No hay forma de distinguiros en la oscuridad. Pero si tú dices que eres mi primo, lo serás... Nosotros, en cambio, somos todas absolutamente distintas... Mira, coge esto ..
Me agarró una mano y se la metió entre las piernas. Lo tenía rizado y alto.
- ¡Qué!...
- Bien. Muy bien. ¡Estupendo!... Debe dar mucho gusto tenerla metida ahí dentro...
- Puede. Pero tú nunca lo sabrás.
Me retiró la mano.
- Si me tocas te la corto. ¿ME HAS OIDO?... TE LA CORTO...
- Lo he oido perfectamente. Y, no grites, por favor... Sabes, creo que me está apeteciendo otra sardina...
Atravesé el pasillo. Abrí la nevera. Cientos de sardinas fritas se iluminaron con la luz helada. Elegí una de buen tamaño y la mordí. Tenía pequeños cristales de nieve incrustados en la harina del rebozo. Abrí el cajón congelador. Estaba vacío. Absolutamente vacío. Si no tenemos en cuenta una pata de pulpo del tamaño de un brazo de niño, nieve y granate, en medio del cajón.
Volví a la cama temblando. Ella estaba dormida. Me terminé la sardina. Tenía fiebre. Estaba atrapado y lo sabía. Conseguiría escapar. Otras veces lo había hecho.
Al día siguiente me di cuenta de que no sería tan fácil.

ME DESPERTÓ el sonido de un piano. No era Rubinstein quien lo tocaba. Podías jugarte tranquilamente el escroto a que no. Y si era él, lo debía estar tocando con la pata congelada del pulpo. Me pareció escuchar cómo se partían las teclas. Como reventaban y estallaban por los aires. Sólo un loco es capaz de hacer eso con un piano. Entonces me acordé de mi tía. Aquello llevaba su firma. En sus tiempos no había quien tocase más duro en todo el Conservatorio. Ni peor. Una auténtica pianicida. Mi madre se tronchaba de risa siempre que lo contaba. Mi madre se tronchaba de risa por cualquier cosa. Iba por la vida tronchándose de risa mi madre...

BUENO, PUES... allí estaba yo, solo en aquella cama, en aquella casa, con las olas del mar acariciando el felpudo de la puerta y las gaviotas mirando por las ventanas... Y estaba escuchando cómo la hermana de mi madre destrozaba la Sonata número Tres en fa menor, Op 5, de Johannes Brahms. Yo no entiendo nada de música clásica, pero esa jodida sonata no se me despistará en la vida. La llevo grabada en el cerebro desde mi infancia. Era lo único que tocaba La Pianicida, y tocaba seis horas todos los días. Para hacer dedos. No, no me gustaba nada esa sonata. Nada de nada. Ni Johannes Brahms. Ni su música mierdosa.

ABRÍ CON cuidado la puerta de la habitación de mi niña. Estaba plácida­mente dormida. Puede que fuera sorda mi niña. Dos enormes pastores alemanes estaban tumbados junto a su cabecera. Me vieron y se levantaron. Avancé y gruñeron. Di otro paso y uno ladró. Pude ver cómo la niña se despertaba. Los perros se subieron a la cama. Hice como que iba a dar un paso. Un perro se abalanzó. Llegué a la puerta justo a tiempo para abrir y cerrar. La dentellada partió el aire.
- ¡Hijos de la gran puta!... ¡Perros asesinos de mierda... !... Van a comerse a mi niña...
¡Ayúdenme!... ¡Alguien tiene que ayudarme!...
Corrí tras el sonido del piano. Abrí una puerta. Una anciana gorda, blanca, con gafas y poco pelo, sonreía frente al teclado.
- ¡Señora,... por favor,... tiene que ayudarme!... ¡Usted es mi tía! ¡La hermana de mi madre!...
¡TIENE QUE ACORDARSE DE MI!... Hay perros en esa habitación. Perros gigantes. Mi niña sólo tiene dos años. ¡La van a destro­zar!...
- ¿ffftttttrrrrwwss?...
- ¡Oh, Dios mío... !...
Cogí una silla y un florero de cobre. Entré en la habitación. Mi niña estaba jugando con los dos perros. Los cabrones movían la cola y se ponían panza arriba.
- ¡Pa-paa, pa-paaa!...
La abracé. Los perros lamían mis manos. Mi niña me besó. Yo estaba llorando. Las lágrimas resbalaban lentas por mi cara.

DESAYUNAMOS SARDINAS fritas heladas y agua. Luego paseamos por la playa. Los perros saltaban a nuestro lado. Daban saltos y hacían jilipolladas. Las gaviotas no nos quitaban ojo de encima. Hacía rato que el piano había dejado de sonar. Estaría hecho astillas en el suelo. Mi niña tenía las manos pequeñas y calientes. Me encantaban las manos de mi hija. Estoy absolutamen­te enamorado de esas manos.

MI PRIMA llegó con ganas de hablar.
- Soy maestra. ¿Y tú?...
- No lo sé muy bien. Hace un par de meses creo que era escritor. Al menos escribía cosas y me pagaban por hacerlo. Si eso es ser un escritor, pues bueno...
- ¿Y tú crees que eso es ser un escritor?...
- No. No lo creo. Si fuera así habría muchos escritores, y yo pienso que hay muy pocos... No, yo no soy un escritor ...
- Entonces,... ¿qué eres?...
- No lo sé.
- ¿Cómo que no lo sabes? ¡No me digas que no sabes que lo eres!...
- Pues te lo digo. No lo sé. No tengo ni idea. Y no soy el único que no lo sabe, pienso. Hay más gente que no lo sabe. Mucha. Y otras que creen que lo saben pero que no lo saben... De esos hay más.
- Pues yo sí lo sé. Soy maestra.
- ¿Sí?...
- ¡Claro que sí!... Tengo una oposición. Y un título clavado con una chincheta de la pared de mi cuarto. Estuve años estudiando para eso. Para tener algo pinchado en la pared que, cada mañana, al levantarme, me diga lo que soy... Y cambiando de tema... mira,... puedes empezar a bajar las cosas que hay en el coche. Patatas y carne picada. Esta semana haremos patatas rellenas de carne picada. ¿No siempre tiene una un primo en casa!
Me acerqué al coche. Efectivamente había patas allí. Medio saco. Y un paquete de carne picada. Cuatro o cinco kilos.
- ¿No le pones perejil, prima?...
- El perejil es veneno... ¿Tampoco sabías eso?... Oye, ¿qué tal tocó mamá hoy?...
- ¡De puta madre! Descuartizó al bobo de Brahms sin salpicar de sangre el suelo... jjjjj...
Estiró el cuello y dilató los ojos.
- ¡Si vuelves a gastar otra broma de esas, coges a tu culo escocido y os largáis los dos!... ¿Me explico?... Mamá está en su casa. Y aquí toca bien. Esta no es la Opera de Milán, ¿entiendes?...
- ¡Oye, oye, oye... mira, prima,... he perdido mi trabajo. Apenas tengo dinero. Tengo una hija. Mi mujer se largó. La niña llora. Tengo una novela a medias. No tengo nada. Me hace falta tranquilidad y una cama...
- De todo eso hay aquí. Quédate el tiempo que quieras. La comida está en la nevera. El alcohol te lo pagas tú. No te metas con mi madre. Ni con los perros. No te hagas el gracioso con el piano ni me toquetees mientras duermo. ¡Vivirás mucho tiempo si haces todo lo que te digo!...
- Lo haré, prima. Y cuando vuelva a tener dinero le romperé el piano a tu madre, ahorcaré a los perros, tiraré la nevera al mar, y te echaré un par de polvos...
- ¿Eso será cuando tengas dinero?
- Eso será cuando tenga dinero.
- Ja,... entonces moriré virgen, junto a mis perros, escuchando a Brahms y chupando caracoles fríos...
- Yo no estaría tan seguro.

PUSIMOS EL saco de patatas entre los dos. Pelábamos y mirábamos la televisión. Vimos una película de vaqueros, un informativo, un programa concurso para oligofrénicos profundos, otro informa­tivo más, y unos minutos de reflexión religiosa muy emocionantes. Y luego la pantalla se llenó de puntitos. Mirándolos estuvimos hasta que terminamos de pelar las patatas. Eso es exactamente lo que hicimos.

TRAS LA semana de la sardina frita vino la de la patata rellena. Bajé al pueblo y compré fruta, sopas de sobre, leche, carne para estofar, vino blanco, zanahorias, nabos, cebolletas frescas, apio y un paquete de piruletas. Las niñas chicas que se alimentan exclusivamente de patatas rellenas con carne picada suelen sacar luego malas notas en el colegio.

MI PRIMA estaba completamente loca. Mi tía estaba completamente loca. Yo estaba loco, pero no completamente. Y la niña no tenía culpa de nada. Debíamos organizarnos los dos. Resistir como fuera. Era sólo una mala racha. Pasaría.

MI PRIMA se iba temprano al colegio y volvía a medio día. La Pianicida sólo existía un par de horas por la mañana. Las del concierto. A los perros ya les había cogido el punto. Las gaviotas me la chupan. Me sentaba dándole la espalda al mar y escribía. La niña jugaba por allí. Nos metíamos en el cuerpo buenos platos de sopa caliente. Y mucha fruta. Los hay mejores que yo besuqueando a las mujeres, pero ninguno que estofe la carne de vaca como un servidor. Eso puedes jurarlo por el esqueleto de tu abuelo. Resistiríamos. Lo íbamos a conseguir. Era sólo una mala racha. Acabaría pasando.

TRAS LA semana de la patata rellena vino la del arroz blanco con salsa de tomate. La peor de todas. La más dura y la más cruel. Yo escribía a toda leche. Rápido de verdad. Para cuando llegase la semana de los caracoles guisados debíamos estar lejos de allí. Era nuestra única oportunidad o quedaríamos tarados de por vida.

ENTRE EN el último capítulo como loco. Estaba a punto de conseguirlo. Dos, tres, cinco días más y podríamos salir corriendo. Bajé al pueblo y llamé a mi represen­tante.
- Oye, Luis... tengo terminada la novela.
- ¿Quién eres?...
- Jesús...
- ¿Qué Jesús?
- ¡JESUS GONZALEZ!...
- ¡Ah,... ¿y qué?
- Que tengo terminada la novela
- ¿Qué novela?
- La mía. La vida de un pintor durante el Renacimiento. Sus amores, sus fatigas, sus cosas...
¡Te hablé de ella durante toda una tarde!... La he termina­do.
- Bueno,... pues muy bien. Empieza otra si te aburres.
- ¿Cómo que empiece otra?... Tengo una. Y es lo único que tengo.
- Pues entonces no tienes nada. Míralo desde ese ángulo.
- ¡Pero es una buena novela!...
- ¡Claro que lo es! La has escrito tú. Jesús Gonzaléz. Tiene que ser buena por cojones... Llámame el año que viene. Y no te deprimas. Acuérdate de Hemingway. Adiós...
- Oye, mira,... un momento,... también tengo un cuento.
- ¿Sí? ¡No me digas!... ¿Y de qué trata?...
- Bueno, pues... trata... es sobre un tipo medio lelo que decide volver... eso... que decide volver a encontrarse con los únicos parientes que le quedan en este mundo,... una prima medio gigante que fuma cigarrillos de cuatro en cuatro... y una tía que está loca y toca el piano con... con una pata de pulpo congelada... ¡Je,... ¿Me sigues?...
- Perfectamente.
- ¿Y qué?
- Traémelo. Lo meteremos en alguna revista. La gente quiere leer ahora jilipolladas de ese tipo. Lo publicaremos... Y... ¿tienes algo más? ¿Algún libro de poemas? ¿Algún ensayo? ¿Alguna biografía?.. La tuya podía resultar muy divertida...
- No, no tengo nada de eso... Te llevaré el cuento.
- De acuerdo. Y no hace falta que me veas. Le dejaré el talón a la muchacha. Adiós.
- Adiós.

VOLVÍ ANDANDO despacio. Sentía caliente la cabeza. Roja y ardiendo. Como si alguien me estuviera bombeando sangre con un pedal. El mar estaba gris y plano. Dentro de él había cangrejos, pulpos, tiburones, trozos de barcos, personas muertas, langostas y monedas, flores y, posiblemente, ciudades. El coche de mi prima estaba frente a la puerta de la casa y mi prima junto al coche. Tirando de un enorme paquete.
- ¡Eh, capullo,... échame una mano!...
Me agarré al paquete.
- ¿Qué son esta vez?...
- Pollos congelados. Los freiremos esta noche.
Tirábamos como locos de aquel jodido paquete. Pesaba y estaba frío. De repente el papel se rasgó y aparecieron las patas de un pollo. Amarillas y congeladas. Con largas uñas. Corrí hacia el mar y vomité.

VOLVÍ A la casa, metí mis cosas en la bolsa, agarré a la niña, y volví al porche.
- Despídeme de la tía. Me voy.
Entonces sonó la voz, el sonido lejano.
- ¿ffffftttppppwwkkk?...
- Es el primo. Dice que se va.
- ¿kkklllhhrrrrssszzzt?...
- ¡Y yo qué coño sé adónde!... ¡A tomar por el culo imagi­no...! ...
- ññññññññññññññ.

MI NIÑA tenía las manos calientes y deliciosas. El mar estaba gris y plano. El autobús era verde. Con una rayita roja a media altura.