PIEDRAS NEGRAS, de JESUS ZOMEÑO

Fíense de mí. Busquen Piedras negras, del ilicitano Jesús Zomeño, un escritor al que conozco desde hace casi veinte años y del que ahora leo Piedras negras,  (Páginas de espuma, 2014), uno de los libros de relatos más impresionantes y redondos publicados en los últimos años. Una de esas joyas que nunca han de faltar en la mochila del buen escanciador de cuentos. Puede que mientras lo estés leyendo te vuele la pierna una granada, puede que no soportes el hedor de las trincheras, e incluso puede que te angustien los bosques o la aparente frialdad de alguna de sus piezas, pero, amigo, quién te dijo que leer era fácil, que no se corrían riesgos, que después de leer un par de páginas no ibas a sentir el cosquilleo de este sinsentido que es el hombre. Basados en la primera guerra mundial, los textos que conforman este libro no te dejarán indiferente. Si lo hacen, muchacho, es que ya estás muerto: te ha explotado una granada y eres sencillamente un fiambre. Uno siente que en estas páginas anida el Celine de las Ardenas, e incluso aquel memorable Chateaubriand de Mémoires d'outre-tombe, que se escabulle por los barrizales de Bélgica, perseguido por sus fantasmas. Sí, soy un lector fiable:  encarguen ya sus Piedras negras. Me lo van a agradecer.
Sólo para los incrédulos este relato:
CRUEL

   Las tropas se han acantonado en el pueblo. Los batallo­nes siguen un turno rotatorio. Descansan unas semanas y vuelven a las trincheras. Vivir aquí es una gracia tran­sitoria.
   Al atardecer inicia la marcha el relevo. Cuando los sol­dados reciben la orden, se les encoge el corazón y compri­men el cuerpo para meterse dentro de sus mochilas. El petate les protege, delimita lo que es suyo de lo que no les pertenece. Afuera, el mundo es inmenso y está lleno de peligros; en cambio, lo de dentro es escaso, concreto y fiable. En el interior de sus mochilas todo tiene una fina­lidad y nada provoca duda alguna. No hay espacio para lo abstracto ni para divagaciones. Solo cabe lo que es im­prescindible, y son tan pocas cosas que al verlas compren­des el escaso valor de la vida. Si tuviéramos que juzgar, no podríamos dar mucho valor ni trascendencia a un hom­bre que al morir se presenta únicamente con un abrela­tas, un cuchillo, una cuchara-tenedor, un cabo de vela, un peine, un espejo chico, medio frasco pequeño de colonia, un lapicero, una caja de cerillas mojadas en la que solo queden dos, un ovillo de hilo gris con una aguja, tres pal­mos de cuerda, un trozo de hule para la lluvia y un reloj. Nadie sabe si el reloj funciona, porque el soldado tiene miedo de darle cuerda.

    Los del relevo marchan al atardecer. Con suerte, si no llueve ni se pierden, llegarán pasada la medianoche a las trincheras de primera línea. Las bombas les harán un tanteo en el camino. Les esperan los supervivientes de las compañías a las que sustituyen y que ahora van a re­gresar. En el petate de los que vuelven sobra espacio, por­que ellos tienen ambiciones y esperanza y no precisan nada de lo que traen.

Cuando pasan camino del frente por la puerta de mi casa, los soldados se asoman a la ventana y sonríen. No es alegría, sino nostalgia. La paz se refleja en su cara, una paz que no tienen pero anhelan. Yo entonces levanto del plato la cuchara de madera y dejo que las gachas se enfríen sin prisa, no les soplo por no diluir la satisfacción del momento. La cuchara oculta mi sonrisa.

Ellos regresan al frente y yo me mantengo a salvo.

Enciendo el fuego y dejo abierto el portón de la ven­tana para que me vean cuando pasan camino de las trincheras. Tengo un poder sobre ellos, porque saben que yo sobreviviré a pesar de los próximos ataques. Yo quisiera que no acabase nunca esta guerra: no quiero volver a ser un pobre tullido sin piernas que provoque lástima. Ahora me envidian.

Los soldados pasan por delante y arrastran los pies como si lamentasen tenerlos cuando vuelven a las trin­cheras. A mí también me aprietan los zapatos que guardo debajo de la cama. El del pie izquierdo tiene rota la suela y abre paso al polvo y a las piedras del camino, además me entra agua cuando llueve. Son de piel rígida, me están pequeños. Odio esos zapatos negros, soy afortunado de que me hayan amputado las piernas.

Un hombre cruel, soy un hombre cruel. Afilo cuchillos, tijeras y guadañas de los campesinos. Me gusta mi tra­bajo. Cuido sobre todo del filo en la punta, me recreo en sus posibilidades. Cualquier cosa que corten después se igualará a los muñones de mis piernas y hará del mundo un lugar un poco más equilibrado y justo.

Mi mujer escupe dentro de mi plato de sopa y yo le digo que la quiero, porque es su obligación cuidarme hasta que yo deje de decirle que la quiero. Los hijos que no tenemos reposan en el fondo de la ciénaga, entre los sapos y los otros cadáveres junto a los que volaron mis testículos.

Mi mujer es feliz porque sabe que no le queda otro re­medio. Se agacha para fregar el suelo de pizarra, a salvo de la patada que le daría si tuviese piernas. Mi esposa es gorda como una vaca y sus pechos enormes y blancos, como de interior desbordado. La textura de esas tetas es blanda y derretida, apretarlos no proporciona más satisfacción que la de sostener en la mano el contenido de un vaso de leche que se derrama entre tus dedos y mancha el suelo. Piel ma­cilenta, de engrudo mal diluido. Ella tiene además un culo espantoso: aplastado y estrecho, claramente desproporcio­nado con la anchura de los hombros y el grosor de los mus­los. Ella presume de sus pezones, porque piensa que a los hombres nos gusta masticarlos, y es que los soldados que conoce se los muerden con tanta fuerza que cualquiera diría que les repugna tener que amarla.

Lamería la boca sin dientes de los borrachos si traba­jase en un burdel de París, pero aquí puede fingir casti­dad, sorpresa, indignación.., antes de ceder. Se permite incluso una clara preferencia por los oficiales. Sobran pa­labras, pobre mujer: gorda, perversa y deformada ante tantos hombres desesperados. Es feliz en esta guerra y prefiere este a cualquier otro lugar del mundo. En nin­guna parte sería tan hermosa ni tan deseada.

Ella me quiere porque mi mutilación justifica su in­continencia. Miente si dice que hace el amor conmigo por la noche, porque yo duermo dentro de una caja de galle­tas y ella cierra la tapa antes de irse a la cama con otro.

Pasan los soldados con los petates a la espalda, si­guiendo el turno rotatorio con el que les convoca la muerte en las trincheras. Mi esposa finge no verlos cuando se aso­man, acaso porque tema haber olvidado a más de uno. Yo, en cambio, pido que enciendan en casa otra lámpara, y no por alumbrarles el camino, sino para que la penumbra no impida que les duelan los detalles. Muestro orgulloso los muñones de mis piernas, para que les quede claro que yo, a diferencia de ellos, nunca volveré a las trincheras.

Hay quienes hacen negocio con las tropas. Mis vecinos les venden vino y comida, les alquilan mesas, sillas, la bañera o incluso una cama. Es porque con esa riqueza se previenen para cuando acabe la guerra. En cambio, nosotros no tenemos futuro. Vendrá el circo a llevarnos cuando acabe esta guerra y seremos exhibidos a la com­pasión del público, pero hasta que eso ocurra nosotros seremos los afortunados.

¡Ojalá nunca termine la guerra!