LA PARTE CHUNGA DE NOSOTROS MISMOS

Llevo días extraños y cuando eso me sucede recurro a la melancolía y me dejo llevar hacia los recovecos, me escondo en un rincón y espero que pasen la horas y las nubes pasen de largo en este mar bravío de la confusión y de la fatiga. Porque ambas cosas hay: confusión y fatiguitas. Después de abandonar el otro día a Chocolate en estas páginas me puse a indagar en you tube acerca de varios grupos musicales andaluces de los últimos 70. Comencé casi sin darme cuenta con Camarón y La leyenda del tiempo y, ya puesto, proseguí con el prodigioso Veneno (de mi relación con estos dos discos hablaré aquí en breve). La cosa se fue enredando y, cómo no, acabé con Silvio, Silvio Melgarejo, el rockero sevillano a quien pude tratar allá por el año 80 y 81 en mis incursiones por el barrio de Los Remedios (Sevilla). Ya de puestos seguí con Triana, un grupo señero y el principio de todo, para acabar con Tabletom, la formación malagueña liderada (es un decir) por Rockberto.
Tabletom. Los hermanos Ramírez y Rockberto.
Me detendré hoy en esos dos personajes inclasificables que fueron, que son, Silvio y Rockberto. Junto a Paco Toronjo, el cantaó de Alosno, forman un curiosísimo tridente en el que coinciden genialidad y autodestrucción. Uno se pregunta si la genialidad proviene de la autodestrucción o es al revés. Fueron, qué duda cabe, personajes libres y en cierto sentido inconsecuentes, hermosas e inconsútiles mariposas en un mundo de enloquecidas abejas laboreras. Alguna vez hablé aquí de Niño Miguel, el genial guitarrista choquero que acabó sus días tocando con dos cuerdas por las tabernas de Huelva. También él podría sumarse a esta nómina de perdedores con pedigrí de genios. Y, claro, esa extraña banda de insurrectos donde no debiera faltar mi compadre Manolo López, de Cortegana, el poeta metaquímico, el ajedrecista que construye versos para sí mismo, ni Y Fernando Merlo, el poeta cordobés, Javier Egea y Pablo del Águila, granaínos, Aníbal Núñez y Eduardo Haro Ibars, Leopoldo María Panero y Pedro Casariego, mesetarios, todos, excepto López y Panero, poetas suicidas.

A Silvio y a Tabletom los frecuenté por los finales de los años 70 y comienzo de los 80. Fui a muchos de sus conciertos. Compré y escuché sus discos hasta la extenuación. Con Silvio compartí copas y cigarros. Genialidades de quita y pon. Os debo una.


ME ESTOY QUITANDO

Asistí a ese prodigioso sonido de Tabletom que recordaba lejanamente a Jethro pero que olía a cantueso y a jara, que mezclaba la soleá y el jazz desde unas letras ocurrentes, extrañas, divertidas, surrealfilosóficas, insólitas e inescuchables en directo, pues en la voz de Rockberto solían arder decenas de canutos, como en otras voces arde el azahar, el hielo o la verde oliva. Me gustaba su voz canutera. El poeta garrapatero y trompetero Rockberto sucumbió a su propia genialidad, a ese prurito de locura que lo envolvía. Se fue apagando poco a poco como un canuto. Rockberto fue un tipo que se jibarizó a sí mismo, haciéndose niño mientras más se alejaba de ese espacio único de la niñez. A este estado de gracia poética permanente contribuyó y no poco el uso de la yerbita güena que los tablet cultivaron y vivificaron a discreción para mayor gloria de sus composiciones. Hay que escuchar los discos de Tabletom, uno de esos grupos que te dejan con la boca abierta; pues frente a la anarquía de su vocalista, está la virguería instrumental de los hermanos Ramírez y el resto cambiable de la banda. Caos y orden en un sonido único, muy 70. Pero hay algo más: Tabletom no es un grupo al uso: con ellos se tiene la sensación de que ahí hay autenticidad, escalofrío, a veces duende. Compás siempre porque en ellos hay algo de eso que hace insustituible la música de raíz que es el flamenco. Ellos son flamencos no tanto por la concepción musical, sino por actitud ante a la vida. Su apuesta vital y sin ambages por las drogas vegetales los convierte, además, en tipos muy sinceros. Apostaron por la vida y por la música. No vendieron mucho ni falta que les hacía: nunca les faltó una posturita, un cachito de pan y un enrollarse con la música. Mucha de la música que ha venido después ha tomado elementos de esta banda. Mezclalina (1980), Rayya (1983), Inoxidable (1992),Vivitos... y coleando (directo, 1996), La parte chunga (1998), 7.000 kilos (2002),Sigamos en las nubes (2008),Cantes de ida y vuelta (directo, 2014) son sus discos.



GREEN BLACKBIRD

Caso parecido al del malagueño Rockberto es el del sevillano Silvio, un tipo que también fue por libre, ya desde sus comienzos con Smash, el mítico grupo hispalense, pionero entre los pioneros. En realidad los 60 y los 70 dieron este tipo de personajes incómodos, rebeldes, libérrimos y genialoides. Casi todos ellos acabaron como acabaron, pero esa es otra. Este mundo no es para los ángeles. Silvio era un chico bien, un beautiful loser que pudo ser un duque y acabó cantando a los pasos de su ciudad. A su manera, claro está. Su padre era redactor jefe de ABC y siempre vivió en el barrio postinero de Los Remedios. Se casó con una noble inglesa que tenía más dinero que pesaba, se marcharon a vivir a Marbella pero Silvio era pájaro del Parque de los Príncipes y todo acabó como acabó. Su única hermana se suicidó y eso llenó su alma de amargura. Tal vez sea esa amargura la que él trató de superar adentrándose en ese bosque dadaísta en el que se fue a vivir. Alguna vez he dicho que Sevilla suele fagocitar a todo el que osa presentarle cara y tal vez Silvio sea el caso más carismático. Silvio es un personaje surrealista, algo sonado, pero que acabó sucumbiendo al influjo sombrío de la ciudad que lo vio crecer. Tuvo que fracasar para ganarse. Lo que ha quedado de Silvio son cuatro o cinco discos de prodigio que nos queman el alma, porque Silvio no tocaba nada que a la vez no nos hiciera reír y nos quemara el alma. En estado de embriaguez casi perpetua, nunca dejó de ser el norte magnético de los escenarios. Deambulaba por ellos como si fuera por la barra de un bar. Un principe de lo suyo. Su prodigiosa voz -comenzó curiosamente siendo batería de los Smash- conseguía enardecernos. Por él corrían las aguas de la desesperación y de una vida que se agotaba a cada sorbo. Lo suyo fue una especie de suicidio a cámara lenta al que todos teníamos la posibilidad de asistir. No sé si aplaudíamos más su genialidad artística o su genialidad vital, ese quitarse de en medio en directo. El caso es que uno no podía dejar de mirar a aquel hombre elegante que se caía a pedazos, como una de esas viejas mansiones devoradas por los yerbajos. Silvio es un grande, un mirlo verde, el gran mirlo verde de nuestro rock&roll. Su discografía queda muy dispersa entre varios de loas formaciones sevillanas donde fue vocalista. Con Smash no llegó a grabar. Con Luzbel hizo los discos "Al Este del Edén", con Barra Libre "Barra Libre", con Sacramento "Fantasía Occidental", "En Misa y Repicando", y "El Mito", 1995 (álbum recopilatorio de los dos álbumes anteriores). Con Diplomáticos, "A Color, To África from Manchester”. No hace mucho se editó un documental sobre Silvio titulado "A la diestra del padre".

Rockberto y Silvio fueron las cruces de una generación que aspiró tanto a la libertad, se sobre-expuso tanto a ella, que muchos de sus vástagos -acaso los mejores- sucumbieron. Ellos no. Ellos se salvaron. En ello hay polvo de eternidad.
Del cantaó Paco Toronjo hablaré algún día. Otro pájaro libre y abatido.