CHOCOLATE, EL DESTRONADO

Escucho al gran Chocolate en una antológica grabación francesa en el Cirque d'Hiver, junto al guitarrista  Antonio Chacón. El viejo Chocolate (Jerez de la Fra, 1930- 2005 Sevilla). No puedo evitar recordar su figura de caoba en un festival llamado Saltar la tapia, que tuvo lugar en el antiguo manicomio de Miraflores, Sevilla. Pudo ser -fue- en junio del 82, meses antes de que el PSOE rompiera las urnas y concluyera así un primer estadio de la llamada Transición, dando paso al Cambio. Silvio, Lole y Manuel, Storm, Gualberto, Pata negra, Manuel Mairena, Smash... y el gran Chocolate formaban el cartel. Al cantaó jondo lo recuerdo, como un faraón magnífico en el escenario, pero mi recuerdo es mucho más vivo unos momentos después de su actuación, caminando por aquel terreno donde parecía haber puesto huevos la locura y donde los enfermos mentales se cruzaban con los que habíamos llegado hasta aquellos andurriales en busca no sé muy bien si de una equívoca experiencia con la locura o a escuchar a Silvio, el más genial y generoso de los locos. La noche de verano tenía un sabor jondo, espeso, tránsfuga. Eran mis últimos días en Sevilla. Yo andaba algo triste por causa de amores contrarios. Además, sabiéndolo, me despedía de aquella ciudad magnífica y de una etapa auroral en mi vida.

Pero mis recuerdos de aquella noche (que son muchos e intensos), hoy se centran en el macareno. Chocolate había acabado de cantar en una noche, como tantas suyas, memorable. Porque Chocolate cantaba como si cada tercio fuera a ser el último que hiciera en su vida. Ardía en sus actuaciones. Se consumía hasta casi desaparecer. Había algo elegante y rancio en su dicción de fragua. Algo muy digno. Mi tío Urbano me dijo un día que Chocolate se había ganado la vida de chaveíta en el tren de Huelva. Se montaba en Sevilla cantaba unos fandangos de Chacon o del Gloria y se bajaba en la Palma y luego para atrás. Así uno y otro día. Pero digo que Chocolate acababa de de abandonar el escenario. Yo trataba de respirar alejado del "rebulicio". Una actuación como la de este gitano deja poso y cristales machacados en el pecho y hay que tomar aire. Me alejé, pues, hacia el pozo helado de la oscuridad. De pronto, en mitad de la noche, levemente iluminado, apareció ante mí un hombre profundamente desaliñado, como descompuesto, con los zapatos rotos y el rostro descoyuntado. Su cuerpo flaco parecía bailar dentro de una chaqueta prestada. Todo en él parecía prestado, hasta el aliento. Al principio lo tuve por un loco que escapaba hacia la coartada de la noche. Pero no era ningún loco, o al menos no un loco cualquiera. Era Antonio Núñez, El Chocolate, un cantaó de la vieja estirpe, el tipo cuyas soleares seguían retumbando en el alma negra de la noche. Con los Agujetas acaso el último de los cantaores de la fragua (aunque él nunca fuera fragüero, que yo sepa). Tenía la estampa de quien se acabara de romper ahí arriba, en las soleares de Alcalá, en las seguiriyas y en las tonás. Como si acabara de presentar batalla a un enemigo imaginario y una vez más - ¿y cuántas iban ya Antonio Núñez?- hubiera sido derrotado. Su figura alta, desgarbada, curtida y como tallada en un nudo de caoba u olivo, tenía algo de Quijote tras su encuentro con los vizcaínos. Un Quijote calé que todo lo hubiera acabado de perder en aquella escaramuza con la muerte que yo había presenciado como espectador más o manos cómplice e inconsciente. La verdad es que su súbita aparición en medio de la noche me dejó desconcertado. Lo seguí unos metros para percatarme de que efectivamente era él, un faraón destronado, pero al fin y al cabo un faraón en ese momento trágico y alucinado de abandonar el reino. Se perdió en el manto de la noche, camino tal vez de su casa, envuelto en la más profunda soledad, deshuesado, vencido. Lo vi perderse y sentí que acababa de vivir un instante mágico, de súbito despojamiento. Y por un instante no entendí nada del mundo. Sin darme cuenta estaba dando un paso decisivo hacia el mundo negro del flamenco.


He encontrado una crónica de aquel Salta la tapia en El País.

"Los servicios psiquiátricos de la Diputación Provincial han organizado unas jornadas de puertas abiertas en el Hospital de Miraflores, dependiente de esta corporación, bajo el lema Salta la tapia, con el doble objetivo de acercar al ciudadano la realidad de la institución siquiátrica y de dar un paso adelante en el camino de una terapia liberadora, que saque al enfermo mental de la concepción clásica del manicomio y la marginación.Las jornadas, que dieron comienzo el viernes, se iniciaron con una sesión de teatro experimental a cargo de pacientes y terapeutas y han continuado a lo largo de tres días con otras actuaciones de música, baile y espectáculo, destacando la fiesta flamenca, con participación de Chocolate, Manuel Mairena, Naranjito de Triana, Calixto Sánchez, José de la Tomasa y Pepe Suero, entre otros, y el festival de rock (electro-rock) a base de Alameda, Sporm, Gualberto, Pata Negra y Silvio y Luzbel".