RAFAEL SUÁREZ PLÁCIDO, IN MEMORIAM




Hay una isla… -lejos,
más allá de donde suenan
los cuernos de Avalon-
donde nos reunimos
para danzar
los que sabemos de Aklan.

Y así pasamos
las noches y los días,
sin notar del paso del tiempo
más que las distintas maneras
que va tomando la luna.


Últimamente el blog es casi un obituario. La vida va dejando sobre la orilla a sus vástagos. A determinada edad supongo que uno ya ha pasado a convertirse en un superviviente. E così via.
Rafael y José Luis Piquero
Ayer tuve la malísima noticia de la muerte de Rafael Suárez Plácido. Ya me marchaba a cenar cuando una foto suya apareció violenta, terriblemente en mi ordenador como una flor oscura, con un abisal presagio. Y sí, mi intuición no me fallaba. Rafael, decía la nota de Antonio Rivero Taravillo, había fallecido. Aturdido me agarré a la mesa y allí permanecí un rato en silencio, tratando de conjurar tanta confusión, tanta angustia que se me había agarrado al estómago, a los pies, al cuello. Rafael. Rafael. Rafael. Busqué ansiosamente por los muros de los amigos comunes, Eva Vaz, José Luis Piquero, Alejandro Luque, Pisco Lira... Hacía sólo ocho o diez minutos que la nueva de su fallecimiento viajaba a todo trapo por internet. Pasados unos minutos José Luis me confirmó que desde hacía un mes andaba internado en un hospital sevillano, debido a un fulminante cáncer de hígado y otras severas complicaciones. Igual, exactamente igual, que el amigo Lito. Tal vez esta evidencia me dejó aún más indefenso y aturdido. Creí volver a ver el último rostro de Lito en mi despedida en el hospital de Riotinto.

Los mecanismos de la memoria se pusieron a trabajar como si roturaran un tiempo que, como Rafael, ya se ha ido. Lo conocí en Aracena, donde era profesor, en una lectura que Lara Cantizani y Luis Alberto de Cuenca hicieron en el instituto. Me conocía de oídas. Tras la lectura se acercó a mí y estuvimos tomando un par de cervezas. Bien puede hacer de eso 8 años. Lo cierto es que nos hicimos amigos y a partir de entonces conversamos con frecuencia, con mucha frecuencia. Lo visité varias veces en su dacha de las afueras de Aracena y él vino a almorzar o cenar con nosotros en varias ocasiones, pero donde más nos veíamos era en los bares. Era un hombre cordial y tímido. Un hombre bueno, en el mejor sentido de la palabra bueno. Me contó cómo un día, sin venir mucho a cuento, sufrió una agresión por parte de JMA, un poeta tan impresionante como impresionable. La cosa quedó en nada, por fortuna. Me hablaba con insistencia de sus islas. Guardaba recuerdos genealógicos e infantiles de las Canarias. Allí había sido feliz. Algún día volvería para quedarse. Una tarde me mostró un puñado de folios con el título El descubrimiento del Bósforo. En sus páginas, entre sus páginas figuraba una isla donde se bailaba hasta el alba y una mujer enigmática a la que él habría querido. No recuerdo su nombre. Tal vez nunca se lo preguntara. Tal vez nunca se atreviera a revelármelo. Su primer libro es, acaso, la sombra latente  de esa mujer enigmática. Parecía echarla de menos. La echaba de menos. Se notaba en su vida ese vacío. Había como una falla en el horizonte y era esa luz, esa mujer, ese espejismo que se había quedado por los caminos. Akland y las mujeres que bailan, Akland. Hablábamos durante largas horas de música y literatura, mayormente. No recuerdo en él el estrago de la maledicencia. Era un hombre sereno y plácido, muy cordial y deferente. Cabal y bueno.

En lo literario recuerdo su interés por Vilamatas y Marías, autores que a mí no me interesaron nunca. Recuerdo su interés por Bolaño, por Piquero, por Amis, por Dahl, en cuyo interés ambos coincidíamos. Ayer leí una reseña de JL García Martín sobre Simulacros, su último libro. En ella, el crítico asturiano no era, a mi modo de ver, muy justo con Rafael, al que tildaba poco menos que de emular en el estilo a Piquero. Que su aliento no fuera el de Piquero, no quiere decir que lo emulara. Los rasgos comunes que hay entre ellos son fundamentalmente generacionales, y no tanto personales. La escritura de RSP es muy autobiográfica. Según esa interpretación, todos somos un poco piqueros, o piquero es, pongo por caso, eduardogarcía o Eduardo García moya o Moya suárezplácido. Pero no, supongo que cada cual es cada cual, con sus luces y sus sombras. Aun así, Rafael le escribió dándole las gracias. Este detalle revela su espíritu y su cordialidad. Releyendo estos días Simulacro, su último libro, bajo la nueva perspectiva que da su ausencia, advierto acaso más que en la primera lectura su complejo mundo, su relación desconfiada e incluso porfiada con el presente. Esa apelación continua a un tiempo que se fue y que ya no podía volver -siendo él consciente de ello, el libro es aún más revelador de su angustia- me parece que guarda todo su mundo interior. Leyéndolo pareciera que en el pasado estuviera toda la felicidad posible e inalcanzable ya. Sus poemas viene a ser como esos cajones donde queda todas esas menudencias que son lo nuestro. Elementos que para otros pasaran inadvertidos, son para nosotros brújulas que nos han ido señalando el Norte, cualquier Norte. El de la felicidad y sus apariencias, por ejemplo. La vida de Rafael aparece sin disimulos en sus versos. Uno puede advertir sus vacíos, sus pequeños tesoros, los fetiches que adornaron su existencia. Y a uno le parece que quizás subrayara más de la cuenta todo cuanto tuviera que ver con la ausencia y la melancolía.


Su casa, que estaba a las afueras de Aracena, bajo el influjo del cerro de San Ginés, y a la que se entraba por una oxidada cancela que hubiera hecho las delicias de un escritor neogótico, siempre estaba llena de libros recién editados y estupendos. Olía a tinta fresca por doquier. Era literalmente un devorador de libros. De buenos libros. Y esto, naturalmente, también aparece en sus libros editados.

Después de muchas dudas y frustraciones editoriales, conseguí abrirle paso subrepticiamente en las ediciones de la Dipu a través de Marcos Gualda, que se prestó a servirnos de puente. Consiguió así publicar El descubrimiento del Bósforo, su primer libro al que contribuí con el prólogo. Este prólogo debió traerle problemas con P. Feria, a la sazón directora de publicaciones, quien tenía y acaso seguirá teniendo serios problemas conmigo (de ahí lo de publicar subrepticiamente). Por entonces ambos colaborábamos con Arterial, una revista estupenda que llevaban Rocío y Rey en Aracena y que ha sido una de las revistas más sorprendentes y milagrosas que se han publicado en los últimos años. Una hermosa aventura. También colaboró con reseñas literarias y musicales en un periódico comarcal llamado Viva la Sierra. Le advertí que publicar allí no tenía mucho sentido, pero entonces yo creo que no tenía muchos sitios para editar sus reseñas de libros, cine y música. Alguna vez, como me recuerda un amigo, se metió en algún que otro berenjenal. Allí y en algunas otras partes publicó reseñas de mis libros. Por aquella época comenzó a publicar algunas de sus reseñas en Clarín, la revista asturiana dirigida por José Luis García Martín. 

No mucho después marchó a Sevilla, en uno de cuyos barrios había comprado un pisito. Dio clases en un instituto de las afueras, por Parque Alcosa, no lejos del aeropuerto y allí conoció a Nacho Vallejo, común amigo y poeta tan parco como magnífico. No creo que fuera muy feliz en Sevilla. Yo lo noté en todo caso más apático y algo más desencantado con el mundo. Más aislado. Nos vimos menos a partir de entonces. Creo que fue estando en Sevilla se incorporó a la dirección de Hwebra y sacamos junto a Gerard Illi un último número donde también colabora.

La vida y sus a veces estados escépticos y depresivos hicieron que en los últimos años nos viéramos no más de cinco o seis veces. Una vez fue en el Picalagartos, otra en el Fnac, la última en La Carbonería, donde yo presentaba Caza mayor. Allí me firmó Simulacro, su último libro, editado por La isla de Siltolá. Después estuvimos animadamente charlando en un bar cercano a Santa Justa, junto a Pilar, Lale,  Ana, Santiago, Pepe Luna Borge, Rafael Cruz-Contarini y Pisco Lira. Fue esa la última vez que estuvimos juntos. Ahora a Rafael ya no le hacen falta esas islas donde hubiera sido feliz. Ahora esa mujer enigmática (Raquel, Yanicia...) vivirá en alguna parte, ajena por completo a la muerte de Rafa. La vida casi siempre resulta injusta. También en las islas y en el amor se  abre paso la ausencia, querido Rafa. Todo es impuro. Sólo el camino, como quería tu admirado Kavafis, es cierto. Y el final de todos los caminos. Tú nos llevaste hasta Akland y su reino dorado donde acaso las mujeres bailen hasta el alba y acaso con un poco de paciencia uno acaba por aprender las formas de la luna. Ahora lo difícil es regresar de allí.

Buenas lecturas, Rafael.



Hoy, buscando entre mis archivos descubro, agazapado, El descubrimiento del Bósforo, su primer libro. Lo doy completo, tal como yo lo guardo. Sigo buscando, pero no encuentro mi prólogo. Otra vez será.







el descubrimiento del Bósforo

Rafael Suárez Plácido



Sólo soy un viajero y tengo una misión:

escuchar voces nuevas,

probar gustos prohibidos,

tocar lo que hace daño.


                   (Vicente Molina Foix)

 


Aklan

para shamra, uno de sus nombres

Hay una isla… -lejos,
más allá de donde suenan
los cuernos de Avalon-
donde nos reunimos
para danzar
los que sabemos de Aklan.

Y así pasamos
las noches y los días,
sin notar del paso del tiempo
más que las distintas maneras
que va tomando la luna.

I

el descubrimiento del Bósforo
 


El sendero de las caracolas

En la noche cerrada
ella, con pelo negro y recién limpio
y oliendo como una mujer
que conocí de niño,
se dispone a cruzar
el estrecho sendero que limitan
aquellas caracolas encendidas.
Conoce bien el juego.
Se mueve con soltura entre las mesas
y las sillas sonriendo.
Me acerco a ella y le digo: Qué bien hueles.
Acabo de ducharme, me responde.
Quedan restos de aceite
dejando huir su aroma a tierra y fuego.
También algún enigma que parece
condenado a quedarse sin respuesta.



El rojo y el verde y el negro

Ella está tumbada en el sofá rojo,
la cabeza de lado
sobre la manta verde
que tanto le gustaba.
Yo alargando la espera
y empeñado en negar lo que ya es cierto,
entré en su habitación
para pedirle el libro
que ayer leímos juntos y escapar.
Ahora estoy sentado a su lado
y le acaricio el cuello, víctima
de una contradicción
que no sé si quiero resolver
ni cuánto va a costarnos. Me pregunta:
Dime cuándo has sido feliz.
Le respondo que ahora.
Y cuándo más infeliz.
También ahora.
Se aparta el pelo negro de la cara,
entonces lo tenía algo más largo,
y me dice:
Pensaba que venías a salvarme.



El descubrimiento del Bósforo

Aquella noche están
juntos por vez primera.
Juntos, libres y solos.
Se miran a los ojos. No sonríen.
Sus ojos son espejos en la noche.
Él explora su cuerpo.
Y aunque lo conocía
ya nunca va a dejar de sorprenderse.
Imagina otros nombres.
Debajo de su cuello encuentra el Bósforo.
Descubre nuevos sitios.

Lo mismo que antes hizo con el mundo.




El mar y el viento

Ella sabe que está cerca la muerte.
Si no con certeza desde el principio,
sí con el agónico transcurrir
del tiempo, con el lento
extinguirse del fuego y de la luz.
Pero no urde, no imagina,
ninguna frase de reproche.
Al contrario, sus últimas palabras
recuerdan las raíces:

Yo soy del mar.
Tú del viento.

Y al final, poco antes de morir:

No dejaré de esperarte porque sé
que volverás para llevarme
al jardín de la casa de los vientos.



Tiempo de silencio

A partir de entonces sólo el dolor,
sólo el desgarro y la agonía
de tener que vivir.

A partir de entonces tan sólo algunos bares
de los que todavía no me echan,
algunos poetas en los que reconozco
cadencias parecidas a las mías
y algún culo bonito
que pruebo torpemente casi siempre.

El tiempo ya no existe
si no es por un error imperdonable
de la naturaleza.



II


autobiografía


El sentido de la vida

Es cierto, me dijiste,
pasamos la vida entera
buscando a quien mostrar entusiamados
el mundo.
Y si alguna vez —por azar
o por tantas otras razones—
lo encontramos,
descubrimos que ya sólo por eso
nos merece la pena seguir vivos.
Incluso hay quien piensa
que ese es el sentido de la vida.

Claro, pensé,
te refieres a mí.
Sin más acabé el botellín y me marché.

¿Cómo es posible que me conozcas tanto?


Islas

He buscado en tu mirada el idioma
preciso
para explicar el mundo
y la enorme dificultad que tengo
para encajar mi biografía en él.
No sé si lo he encontrado.

Pero si aún fuera posible
rescatar este libro del olvido
se lo dedicaría
a esa parte insular que llevo dentro,
a la que asisto cada día
ensimismado,
cada vez más perplejo, más confuso.


La felicidad

El café sube.
Un perro ladra
y salta cuando llego.
Aún puedo recordar
que tengo un padre y una madre,
y que me quieren
y esperan impacientes
cada viernes la hora del regreso.




Movimiento constante

Era frecuente encontrarnos así.
Los dos sin aparente rumbo fijo
perdidos en las calles
de esa ciudad tan gris que tanto amaban.

El hombre mayor iba acomodando
sus torpes pasos al ritmo frenético
pero inconstante que seguía el niño,

que con cualquier excusa se paraba
para reflexionar mientras miraba
el mundo
y su constante movimiento.

Yo entonces era el hijo,
ahora soy el padre.



Amanecer en el puerto

La brisa se reparte entre nosotros.
Los que estamos a bordo
felices y llorando
y aquellos que han tenido que quedarse
en casa una vez más.

Entre los que han quedado reconozco
la figura de un hombre
que sonríe sin ganas despidiéndose,
tratando de dar ánimos
a esa parte tan suya que se va.
Rubio, con ojos claros y nublados
y una rebeca verde,
mira impaciente su reloj
en un gesto que se va a repetir
tantas veces en los próximos días.
Hasta que pueda ir a reencontrarse
con su familia en aquella isla
que tanto le dio y tanto le quitó.



Enigmas

Hay enigmas profundos como mares.
El afán por lo desmedido.
A dónde va y por qué nos arrastra implacable.
Esa luz escondida que refleja
la luna sobre un gato y una mesa.
Las veces que nos hemos extraviado.
La libertad que siempre atrae con fuerza
a los mejores hombres.
¿Y cómo no? Siempre las mismas islas.
La imagen tan hermosa de ese monte
nevado en tardes claras
desde una playa azul de Gran Canaria,
o desde la ladera de una breña
dividida en la isla de La Palma.
Tantas puestas de sol. Las noches
en la cubierta de un barco
escuchando voces que siempre desentonan.

La inmensa soledad que me persigue.

Sobre todo no alcanzo a comprender
por qué te vas y vienes y te vas…
constantemente.




Cómo susurra el viento

Cada verano volvía a esa isla
a ver a la mujer a la que luego
escribiría
todos los días de su vida.

Desde entonces le queda esa pasión
por las oscuras noches solitarias
a la orilla del mar,

escuchando
cómo susurra el viento.



La dulce incertidumbre

Fueron tantas visitas a las islas,
tantas las despedidas repetidas,
los adioses inciertos y olvidados,
que uno nunca sabía dónde estaba.

Desde entonces me queda
la sensación de andar siempre de paso,
de estar siempre llegando o alejándome,
dejando en manos de un supuesto azar
la dulce incertidumbre de un reencuentro.



III


el placer de engañar



À bout de soufflé

Yo también nací en los Campos Elíseos,

en París, en 1969.

Y las primeras palabras que escuché fueron:

New York, Herald Tibune”.

                        (Michelangelo Antonioni)


Jean Seberg con esos pantalones
tan negros y demasiado ajustados,
vendiendo el Herald Tribune en las calles
de aquel otro París
en blanco y negro.

La recuerdo contando
el final de Las palmeras salvajes,
aquella historia en la que una mujer
luchaba para cambiar su destino
y para ser más libre
y cómo se le fue torciendo todo,
o cuando decidió
nunca entendí por qué
delatar a un cansado Belmondo
que ya no escapó más.

Secuencias de Al final de la escapada,
esa historia que vimos con subtítulos
en un antiguo cine de verano
que ya tampoco existe,

como nosotros
tampoco existíamos entonces.




Palabras sobre el viento

A media tarde paseábamos
entre puestos de especias y naranjas
dejándonos llevar por el olor
a té y a hierbabuena,
por aquellos colores tan intensos
que un desmedido azar
dispuso en los bazares de la plaza,
por aquellas palabras sobre el viento
y el amor tan sugerentes
que oímos poco antes sorprendidos
de que alguien conociera
tanto de nuestras vidas.




El contador de historias

Aquel hombre llega solo a la plaza.
Se para a nuestro lado. Nos sonríe
como disculpándose. Es tímido.
Algunos lo rodean
porque ya lo conocen de otras veces.
El hombre poco a poco va creciendo.
Ofrece sus historias
a un auditorio fiel que reconoce
su vida en cada gesto,
su lado más oscuro,
su voz en cada lágrima.
Comienzo a traducirte lo que dice
pero veo que no es necesario.
Otra pareja de extranjeros,
como nosotros,
se aproxima. Curiosos se preguntan
que nueva maravilla les ofrece
Djamá el Faná.
Miran atentamente a ese hombre
y por primera vez en varios días
disfrutan del aliento verdadero
de la belleza


y escuchan fascinados que algún día
sus vidas cambiarán




El ladrón de palabras

Mi vida persiguiendo una quimera,
una duna perdida
con la forma del verso endecasílabo
que imita una silueta de mujer
recostada de espaldas.
Los sueños me delatan.
La luz que moldea tu cuerpo
cuando estás desnuda esperándome.
La sola soledad.
La luna en tu mirada.
Tus ojos tan tristes y tan negros.
He oído cómo pueblos enteros
mandaban sus ejércitos
a luchar contra el viento
Simún y le vencían,
o creían que le vencían
que viene a ser lo mismo.
He escuchado la música improbable,
clandestina y mestiza,
de Gabriel Yared. He sentido
cómo ocurren las grandes oscilaciones,
el frío y el enorme calor.
Tus manos y las mías,
que ya se han separado tantas veces
antes de unirse.

Mientras tanto continúo
observando una ciudad
asombrosa, aun sin ser puerto de mar,
en la que yo sólo robo palabras
a mi propio silencio.

Aún es pronto para hablar de nosotros.




El mito de Sísifo

De qué sirven ahora
aquellas noches grises que pasamos
diciéndonos mentiras al oído,
mientras que nuestros cuerpos
luchaban por hacerse con un hueco
entre sábanas sucias y páginas
subrayadas, aprendidas de memoria,
de algún gran escritor que murió joven,
no sé bien si francés o si argelino,
que fumó sin cesar
como tú y como yo
o quizás algo menos.

De qué sirven ahora
aquellos días eternos
de luz tan suave y tenue
que levemente se filtraba a ratos
por entre las cortinas,
mientras tú y yo la vida mejorábamos,
mintiéndonos,
sudando poesía,
enterrados en casa,
sumergidos en humo y en alcohol
y yo algunas veces en tu cuerpo.




El ritual de la mentira

No entiendo cómo puede haber quien piense
que este sea el mejor de los mundos posibles,
o que aquí somos todos
iguales,
libres y felices.

Si todo esto es mentira.



La isla de los jacintos cortados

Las notas que acompañan
este libro
que vuelvo a releer con tanto asombro.
Yo era muy ingenuo
y Ariadna un ángel a mi alcance.
Su nombre escrito al margen
con esta vieja pluma que aún uso.
Los días tan extraños que pasamos
alimentando el fuego.

La voz de aquella amiga
en La motora, una tarde de lluvia.
Ten cuidado, Rafa, si la conoces
ya nunca más querrás a nadie.

No he dejado de recitarle
cada noche un capítulo de un libro
que fue nuestro
que iba improvisando.

Las noches que pasamos junto al lago
reinventando la Historia,
reescribiendo la vida.



La realidad y el deseo

Tomando una cerveza en aquel bar
se me acercó un viejo.
Venía tambaleándose —era cojo—,
sosteniéndose en pie a duras penas.
Parecía cansado y había bebido
aunque vestía bien
y era hermoso y divino como Whitman.
Sus manos como palas de molino
eran grandes y fuertes,
trataban de ocultar un ligero temblor,
algún resquicio de debilidad.

Se me acercó y me dijo
que las cosas no son como pensamos
ni como nos parecen.
Las cosas son
como tú las escribes.




En busca del tiempo perdido

Eran los años de la adolescencia.
Recuerdo que la vida parecía
una góndola surcando las calles
de mi ciudad
cuando ya todo se acaba.
Colores y miradas de almas perdidas
buscando su lugar. Olores
ya lejanos que algún día
iban a regresar,
con todo su sabor,
con su condena,
como predijo Proust.

También recuerdo
la lenta biblioteca de mi casa,
los libros agotados por el uso,
los versos recitados por mi padre
y mi hermano,
sobre todo el menor de los Machado.
Mi infancia son recuerdos… y los aires
extraños de las músicas del mundo,
con sus sonidos tan evocadores
como imposibles.

También la luz,
la luz que es tan distinta en Gran Canaria.



El placer de engañar

Recuerdo historias de otros
que buscaban mejorar una vida
ni fácil ni brillante.
Algo gris quizás.

Descubrí el placer de engañar
para que me quisieran.

Sería escritor.




Las palmeras salvajes

Todo empezó con Faulkner,
aquel gran mentiroso que fue Nobel,
también americano,
el cronista de las hordas del Sur.
Mi padre orgulloso sonreía
mientras yo iba haciéndome mayor, o quizá
mejor, leyendo las historias
de aquellos personajes derrotados
varios siglos antes de conocerte.
Aún era muy pronto para saber más.
Pero tanto empeño puse
que terminé por transformarme
en un Harry cualquiera,
un personaje oscuro, acaso el que más,
que encontré en Las palmeras salvajes,
incapaz de renunciar a su destino
por muy triste que fuera bosquejándose.

Allí aprendí que por muy mal
que estén las cosas,
siempre pueden ir a peor.

¡Oh, pobretón, maldito pobretón,
candoroso imbécil!




IV

la fragmentación del mundo


Interior

A estas notas he dado
las íntimas maneras de un diario
o eso procuré,
imitar un cuaderno
de fragmentos,
palabras,
colores y silencios
que acompañen mi vida.


La lealtad

Y sólo reconozco lealtad
a la escritura
prolongada,
a la luna,
a la belleza muda de tus ojos,
al mar,
a algunos recuerdos que aún nos salvan,
al rumor imperceptible del viento.

El viento del Norte

Céfiro. Solo, junto al árbol. Contando
días y noches con palotes.
Intentando no perder la lucidez que me quede,
escribo este diario
para aquellos que pasen por aquí
y recojan mi cuerpo.
Si en alguna vida anterior
respondí a otro nombre o me oculté
bajo otros ropajes, eso ya no lo recuerdo,
tampoco me interesa demasiado.
Hace ya tanto tiempo que permanezco aquí.

Mis límites van de la soledad
a este árbol
que a veces me da de comer. Del lago
que en vano busca reflejar
una imagen que ya no es mía,
a los lentos espejos de tu casa.

Busco alguna evocación en el viento
del norte, en la imagen falseada
que me ofrece este paisaje impostor,
en la sierra verde y rojiza
que rehúye mis manos diferentes.
Intento no perder la lucidez
que me quede y escribo este diario
que alguien recogerá
algún día lejano.

Ya hace demasiado tiempo que no oigo
las voces ni los ecos que aprendimos.
Y aquellos versos que nos presagiaban
otros tiempos mejores ya no están.
Desaparecieron sin dejar rastro
como aquel viejo tren
que tanto nos gustaba.

Sólo en este cuaderno
lleno de palabras y silencios
reconozco mi mirada perdida.
Sólo en este cuaderno
no ceso de encontrarme
para no olvidar que hubo un tiempo
en el que mis dedos crecían libres,
libres hacia ti,

y tus ojos negros reconocían

mi voz en estos versos.





La fragmentación del mundo

¿Qué queda de este mundo? ¿Alguien lo sabe?
Yo no lo reconozco.
Si acaso estas notas darían una idea
de cuál es o de cómo sería.
Disperso desde luego,
fragmentado,
cargado de momentos que fueron esenciales
que mi memoria ha ido transformando
a su manera,
hasta el punto de que hoy ya no sé
qué hay de cierto en todo esto.

Tú que ahora me lees eres mi mundo.
Las islas, Aracena, Sevilla.
Una cama revuelta.
Nosotros dos.

Mi mundo es todo aquello que nos hace diferentes.



Raquel

Cómo explico el hechizo que ahora siento
ante tu mirada o tu cuerpo rotundo
que aprendí de memoria,
por el que anduve a ciegas tantas veces.

Qué puedo decir, sin caer en tópicos,
de fragmentos enteros de tu cuerpo
robados a la luna.
Y cómo alivio el dolor,
el secreto, inexplicable dolor,
que va suturando lentamente
mis heridas de mortal.

Hubiera preferido disponer de tiempo,
de más tiempo, para imitar sonidos
que quedaron atrapados en el viento
y nunca más oiré,
o para hablarte de unas islas, de tus islas,
que ya no sé si existen
o si son producto de mi imaginación,
o para escribir el relato de una mujer
que marchó bruscamente de mi lado
buscando algo más de quietud.

Los días van pasando
y no hay más cambios a mi alrededor.
Sólo tú no estás.
Sólo yo soy otro.




Nunca te hablé de Mónica

Nunca te hablé de Mónica.
Es asturiana.
Nos conocimos
tomando una cerveza en Jovellanos.
Vino desde Gijón
a quedarse unos días.
Recuerdo que era abril
y le gustó el sur.
Crecían lilas junto a mi ventana.
Me contaba que cómo se veía
la luna desde casa
nunca la había visto.
Si acaso algunos años antes
cuando aún era niña
en los atardeceres más oscuros
de la cuenca minera.

Vino desde Gijón
pero sentía tanto miedo
las noches de tormenta
que aprendió a no dormir
sin escuchar de cerca mis latidos.
Yo le contaba historias
que iba improvisando
y ella me miraba como una niña
que temiera perderse algo importante.
A veces le caían lágrimas.
Para que no las viera
me abrazaba aun más fuerte.
A veces se dormía
y al día siguiente me preguntaba
el final de la historia.
Yo le mentía.
Le decía que el final de la historia
nunca iba a llegar,
aunque todos sabemos
que el universo tiende a expandirse.
Pero nunca he sentido
el sonido de mi respiración
o mis latidos
como en aquellos años.
Recuerdo que fue entonces
cuando aprendí a amarte
aunque sólo te conocía de vista.
Dime, ¿es de verdad o estoy soñando?

Siempre había buscado su cuerpo
en mujeres que nunca me ofrecieron
su forma de mirar tan inquietante,
en mujeres que no temían
las noches de tormenta.
A veces ella me engañaba y me decía
que oía truenos. Yo sabía
que no era cierto pero le dejaba hacer
y le contaba historias de otras chicas
que también aprendieron a mentir
para que las quisieran.

Supe también que hubo hombres
que se apartaron de ella
cuando sintieron
que nunca iban a ser capaces de entenderla.
Y es que eso, que a otros produce tanto miedo,
para mí, en cambio, lo es todo.

Tal vez sea que necesito
sentir que puedan sorprenderme.

Siempre estuvo a mi lado
hasta que lo llenaste tú
con tu mirada.
Ahora sólo escucho tus latidos,
y tu respiración en casa
o en cualquier otro sitio
es la respuesta a todas mis preguntas.
Ahora soy yo quien teme
las solitarias noches de tormenta.













4 comentarios:

Teresa Glez dijo...

in memoria de RAFAEL SUÁREZ PLÁCIDO, se ha ido un poeta, un escritor, un creativo, un libre pensador, un hombre culto de un cultismo muy fino, inteligente, bueno, amable, cordial, con un gran sentido del humor y una de las sonrisas más enigmáticas que he visto nunca, era misterioso, callado y tímido, amaba Aracena y a sus las personas que habitaban allí , le gustaba su paisaje siempre cambiante, miraba más al cielo que al suelo, impulsó la cultura, todavía se puede escuchar sus programas de radio y ojear alguno de los primeros números de la revista arterial, escribió, leyó y amó. Nunca tuvo la necesidad de imitar a nadie, pues su inteligencia era muy superior a la media, rallaba la genialidad, en broma lo llamaba cráneo privilegiado, comparándolo con Valle Inclán. Mi corazón está triste y solo lamento no haber estado más tiempo con él. Vivió la historia de amor más apasionante y maravillosa que cualquier hombre pueda vivir, una mujer muy bonita, de piel clara, licenciada, muy culta y escritora al igual que él, lo quiso más allá de lo humano y ha prometido amarlo hasta que ella muera, fue un amor de los que tienen muy pocas personas, intimo, secreto y clandestino, se conocieron hace más de treinta años y nunca fueron indiferentes el uno del otro. Ella se caso con otro y él se enamoro de otras, se encontraron y vieron durante toda la vida. Así, pues, para ser fiel a la historia de la vida de Rafa tienes que cambiar ese extremo su biografía. RAFA HA SIDO, ES Y SERÁ AMADO, por una sevillana, en un amor clandestino,oculto y consumado in extremis durante los años anteriores, a su muerte, nunca tuvieron un tiempo propio, se amaron a destiempo, en contra de las reglas, pero se amaron. RAFA ES U PEDAZO DE HOMBRE y NO FRACASO EN EL AMOR, TODO LO CONTRARIO. Aprovecho y propongo que todos los días se escriba una línea, un verso una anécdota o cualquier otra cosa sobre Rafa, para que su nombre y sus letras permanezcan vivas durante mucho tiempo en la memoria de sus familiares, amigos, amantes, de quienes lo conocieron y para que lo conozcan nuevas generaciones y aprendan de un excelente profesor, el mejor que hubiese podido tener nadie. Desde aquí, un abrazo muy grande Rafa, cuando mueras te buscaré en el cielo y viviré contigo en AKLAN.

MANUEL MOYA dijo...

Estimada Teresa. Desconocía esos aspectos de la vida de Rafa que tú refieres. Él, un hombre tímido, nunca me contó nada ni yo forcé jamás conversaciones que lo incomodaran. Me refería, sí, sus cuitas amorosas con todo el misterio del mundo, evitando nombres, evitando referencias. En realidad me hablaba de la ausencia, de un amor que le rasgaba por dentro y que no podía superar. Yo no hablo de fracaso, y si he utilizado la palabra -no lo sé- la retiro de inmediato. Hablo creo de vacío, de sima entre su realidad y su deseo, valga decir. Y sí, yo noté eso. Viví eso. En fin, si quieres comentarme cualquier cosa más en privado, puedes hacerlo. un abrazo

Teresa Glez dijo...

Hay que corregir la concordancia de algunas palabras,eso suele pasar cuando se escribe a toda velocidad en el teclado táctil del móvil. Acordaros de Rafa, el amó a esa bella ciudad de la sierra de Huelva, recuperar y reescuchar su programa de radio La isla de Aklan. Rafa no sabes cuanto te echo de menos.In memoria

MANUEL MOYA dijo...

Teresa Glez, eres todo un misterio. Las Palmas, Sevilla, Aracena, en fin, ato cabos y me hago un lío.