JUAN DELGADO, POR UNA POSIBLE SENDA DE SU OBRA


Hoy, el Ayuntamiento de Campofrío ha rendido homenaje a Juan Delgado López, su poeta. Yo traté y admiré a Juan y me cupo el honor de escribir una larga introducción a su obra completa donde revisaba su biografía y comentaba sus libros. El poeta y yo trabajamos durante años aquella obra completa. Fue un trabajo hermoso, distendido, hecho de copas y de largas conversaciones. No fue posible publicarla en vida porque la enfermedad de Juan se nos adelantó, pero al cabo de un año de su fallecimiento y gracias a la Universidad de Huelva y a quien entonces era su rector, Francisco José  Martínez, pudimos ver su sueño editado. Hoy, como homenaje al amigo y al maestro, reproduzco el largo prólogo a aquella edición. 
Hoy hemos tenido la oportunidad de escuchar a Pepe Delgado, su hermano, Antonio García Correa o a José María Franco hablando de su obra, y ver cómo sus paisanos lo homenajearan con su presencia, hemos tenido la sorpresa lírica de asistir a un acto único o al menos de una profunda justicia poética: el viento, prescindiendo de todo protocolo, inauguraba la placa de la biblioteca que desde entonces lleva su nombre. En el momento de la inauguración, una ráfaga de viento alzó la cortina y el nombre de JUAN DELGADO LOPEZ que daba nombre a la biblioteca quedó a la luz. La alcaldesa dijo unas bonitas palabras, pero ya el viento le había usurpado el honor de la inauguración. El autor que escribiera Tiranía del viento,o la cantata Cobre y viento, vio, tuvo que ver, cómo el viento en su nombre inauguraba la biblioteca.





Para Angelita







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JUAN DELGADO:

POR UNA POSIBLE SENDA DE SU OBRA





Palabras previas



El pasado día 9 de mayo falleció en la localidad de Riotinto, Juan Delgado, acaso el poeta más genuino y interesante que ha dado la Cuenca Minera y la Sierra de Huelva hasta la fecha. Su muerte, no por menos anunciada, nos cogió a todos con el paso cambiado. Meses antes, concretamente el 20 de febrero y por mediación del CAL, se le ofrendó en la Biblioteca Pública de Huelva un muy concurrido y emocionante homenaje en el que intervinieron, al margen del poeta homenajeado, Paco Huelva, Manolo Garrido y yo mismo. Fue su último acto público. La despedida. Ya entonces a Juan se lo veía visiblemente cansado, y de su natural fortaleza, quedaba apenas un remedo. Aun así, el poeta, habló de su concepción del arte, de la dignidad, de sus compañeros y maestros de viaje, de los seres más cercanos y también del proyecto de publicación de su obra completa, que fue su última batalla, tal vez su última batalla perdida. Las muy pocas veces que hablamos desde entonces estuvieron presididas por este tema. La última conversación que tuvo en vida, según Ángeles, su esposa, la mantuvo conmigo. Sabiéndose ante la inminente antesala de la muerte, me pidió que tratase de conducir este proyecto a su final. “Aunque sea en papel de estraza”, dijo, en una expresión que tanto por lo que tenía de humildad cuanto de ruego, me conmovió. Esa fue, pues, su última voluntad, a la que ahora, por fin, aunque tarde, hemos dado cumplimiento.

Durante años, él y yo trabajamos codo con codo en este proyecto de libro, que no se llegó a publicar en vida, como era nuestro deseo. Es evidente que entonces no sospechábamos que su vida sólo se prolongaría por corto tiempo. No es este el momento de contar las dificultades, despropósitos y silencios que encontramos por el camino. En su sepelio fue el rector de la Universidad de Huelva, Francisco José Martínez, quien asumió la publicación, extremo que le honra y honra a la institución que rige. En Manuel José de Lara, hijo del poeta José Manuel De Lara, vicerrector de la Universidad de Huelva encontramos también todo el apoyo posible, de manera que no tengo sino que agradecerles el respaldo que ambos brindaron a la obra y a la memoria de un poeta de verdad, que llevó siempre la dignidad como enseña.



*



a José Manuel, Juan Blas y Angelita



Por fin, se dirán algunos, una recopilación completa1 de la obra de nuestro poeta Juan Delgado, tan dispersa y poco divulgada que a veces ni el propio autor disponía de ejemplares de sus libros. Su obra, que ha merecido antologías en Chile o Méjico, que es considerada en Cuba, apenas si ha logrado la atención de nosotros, sus estrictos paisanos. El hecho no es nuevo, pero no deja de ser orientativo y hasta cierto punto escandaloso.

Las páginas que siguen, pretenden ser un simple plano de lecturas. Una obra tan vasta y tan compleja como la de nuestro poeta, precisaría de ojos más cualificados, sensibles y exhaustivos que los míos, acaso deformados por la amistad y la admiración. La obra de Juan es vocacionalmente compleja, poliédrica y, déjenme añadir, arbórea, de manera que uno se siente en ella como cuando de niño, en las siestas de junio, se subía a los cerezos y veía tantas y tantas apetitosas cerezas que nunca se sabía muy bien a qué rama acudir.



Nació Juan Delgado López en Campofrío (Huelva) en el otoño de 1933, en los umbrales de una época difícil, agria y tenebrosa, que va a marcar a varias generaciones de españoles, pero muy en particular a ésa que se ha dado en llamar “la de los niños de la guerra” (o generación del 50), a la que Juan Delgado, por edad, por sensibilidad y por “cultura” pertenece, si bien lo tardío de su obra y su insularidad lo convierten en un poeta enajenado, soltizo, sin un marchamo generacional al que ceñirse (y ya sabemos lo crucial que es quedar al amparo del paraguas taxonómico). Cuando su primer libro, Por la imposible senda de tu boca, “un atormentado libro de amor”, como el propio poeta lo define, salga a la luz en 1971, ya hará casi una década que los nuevos aires de la poesía española han asentado sus reales en el panorama literario hispano, reaccionando contra el realismo imperante y abriendo su experiencia poética hacia ámbitos como el lenguaje y la experimentación, tan denostados por las corrientes del realismo. Estos poetas del lenguaje, entre los que cabría mencionar a Jesús Hilario Tundidor, Manuel Mantero, Diego Jesús Jiménez o Rafael Soto Vergés, que publican sus libros en los primeros años de la década del 60, darán paso a la nueva hornada de poetas antologados por Castellets con la exitosa etiqueta de los novísimos, que supondrá un revulsivo para la lírica española. La poesía de los 70, momento de la irrupción editorial de Juan Delgado, ha pasado de cuestionar el pasado y cargar las armas del futuro, a interesarse por nuevas manifestaciones artísticas (el cine, el pop, la abstracción, la publicidad...), reflexionar sobre el lenguaje, así como incorporar nuevas tradiciones poéticas, generalmente allende las fronteras de la lengua. Grosso modo, con los novísimos se pasa de una poesía en blanco y negro, a la incorporación del color. Desde su primera entrega, el camino de JDL, jalonado por una veintena de títulos, se ha ido construyendo en solitario, serpenteando con indiferencia ante las corrientes de moda en el oscilante panorama lírico español, lo que acaso pudiera motivar que la crítica no haya reparado suficientemente en una obra recia, honda y plena de matices como la de este poeta onubense, que se enfrenta como pocas a lo humano, dialogando críticamente con el tiempo, abrazando esencial, telúricamente el espacio, e interrogándose a sí misma y a su entorno con inmediatez y dignidad, pero sin grandes alharacas.

Es en el paisaje nativo de Campofrío donde JDL vivirá los primeros once años de su vida, y estos años de libertad serán de una importancia decisiva no sólo por el énfasis que sus distintas obras han puesto para iluminar ese periodo, sino también y, sobre todo, porque son años de absorción y de deslumbramiento, en los que la vida ha mostrado al poeta las caras más amables y, al tiempo, amargas de la existencia. Es en estas experiencias primeras del mundo donde realmente se fragua un imaginario que se debate dentro de los polos del conflicto interior y de la contemplación. Sus primeros recuerdos, pues, nos circunscriben a ese paisaje fronterizo que es la localidad natal de Campofrío, asentado en un territorio limítrofe entre la sierra y la mina, o lo que es igual, entre una concepción rural y estática de la existencia, con sus luces y sus sombras, basada en los ciclos de la naturaleza, y otra concepción fabril y dinámica, sustanciada en los procesos sociales de los siglos XIX y XX. Este carácter fronterizo de su territorio vital va a definir también el espectro fronterizo del futuro poeta, que beberá intermitentemente del mundo frondoso y aéreo de la Sierra, que el poeta tenderá a identificar con la pureza y la esencia, así como del mundo subterráneo y de reminiscencias feéricas de la mina, que identificará con un mundo conflictual y sombrío, si bien ambas identificaciones se inviertan con frecuencia en un juego de reflejos del que acaso hablaremos más tarde. El mundo rural, el de la inocencia herida, con su paisaje humano, acotado geográficamente en el territorio de Campofrío, queda recogido en El cedazo, un libro de tibios y dolorosos recuerdos infantiles (con la memoria atormentada de los años de la guerra y de la posguerra), así como en su mucho más reciente Paisajes de la memoria, donde ya esos mismos recuerdos se tamizan, orientados hacia la piedad y al descubrimiento de un mundo complejo, en continua tensión, donde belleza y dolor, descubrimiento y pérdida, (identidad, en definitiva) se imbrican recreando el especial microclima de una infancia “desgajada”, rota por la brutal irrupción de la guerra civil y sus secuelas, que dejarán hondas cicatrices en el poeta. También en Treinta sonetos vegetales (Badajoz, 1996), aparece la infancia, esta vez asociada a la vegetación y por extensión a la Naturaleza. Naturaleza e infancia serán para el poeta un binomio evidente y sin fisuras.

Como hemos dicho, será en El cedazo (Madrid, 1973) y en Paisajes de la memoria (Jabugo, 2002), ambos radicados en Campofrío, donde Juan Delgado haga un repaso memorioso de su infancia, junto a sus hermanos Manuel (poeta también, fallecido en 1958) y José, que tomó los fueros de la pintura. A través de esos dos libros escritos en distintos períodos de su vida, podemos seguir el itinerario de un niño sensible y observador, que a medida que se le van quebrando los pilares de su inocencia, asociada generalmente con la naturaleza, entra a perfilar las primeras pinceladas de la conciencia. Tal proceso, doloroso y lleno de caídas en los infiernos, como se atisba en ambas obras, quedará ya como un sustrato al que el autor volverá a lo largo de distintos periodos de su vida, en busca de explicaciones acerca de su identidad. Poemas atmosféricos como el que da inicio a El cedazo, nos transportan a un mundo misterioso, por conquistar, cuando todo pendía de una idea sincrética y sensorial del mundo, participando todo de un halo mágico y prodigioso que envolvía misteriosamente los objetos e iba revistiéndolos de asombro:



Y luego los cohetes, explotaban

a nuestra misma altura, los vencejos

se alborotaban en fugaz negrura

dando a la tarde agilidad y vida.



Pero si El cedazo comenzaba con una visión de descubierta del mundo, con poemas de calidez emocional como el dedicado a la memoria de María, la niña desconcertada ante la sorpresa de su propia sexualidad, o el de la escuela, o el de su habitación grande y fría, lugar donde el prodigio se envolvía de un aire familiar:



Las volutas de encaje en las cortinas

tamizaban la luz; ¡cuántas docenas

de millares de veces he seguido

con la vista su extraño laberinto

hasta la negación del abandono!



pronto se enseñoreará de sus páginas una luz férrea, aristada, que nos conducirá a la oscuridad, como ya se transluce en el episodio que narra la historia de la yegua de Juanini, donde no podemos evitar un estremecimiento al oír los tiros que preludian los horrores de la guerra, pero donde el niño, perdido hasta entonces en la naturaleza, comienza a tomar conciencia de sí mismo y del mundo, de la oscuridad, de la incertidumbre, aunque los versos parezcan escritos desde la distancia:



Sonaban tiros. Sangre, sangre, sangre,

allí estaba el barranco:

el agua para lavar mi sangre,

la oscuridad para ocultar mi sangre,

el miedo para llorar mi sangre,

el grito denunciando mi sangre,

y los disparos todos en la diana plena de mi sangre.



Poco a poco, los poemas de El cedazo van adentrándonos en los recovecos de una época terrible, donde el fanatismo religioso, la miseria, la crueldad ambiental en la que hasta los niños, por puro sentido imitativo, eran partícipes (es espeluznante el poema en el que los niños juegan, a fusilar y hacer la guerra ante las mujeres enlutadas), dibujan un ambiente irrespirable, apenas atemperado por un paisaje que parece planear benéficamente sobre el olor insoportable del miedo, el hambre, la insidia y la resignación humana. Si a todo este escenario escabroso, se añade la muerte del padre, que trabaja como capataz de carpintería en la mina de Peña del Hierro, hecho que trastoca la vida familiar y que traerá consigo no sólo el dolor y la ausencia sino también el desarraigo, nos haremos una idea bastante clara de la importancia que para el poeta tendrán estos años primerizos, llenos de sobresaltos y angustias personales.

La temprana muerte del padre, que sorprende al niño en su traje de inocencia, es un episodio central en la vida del poeta, no ya por el dolor que el hecho le produce, sino por la “sorpresa” que supone la idea física y definitiva del acabamiento:



Luego se fue mi padre una mañana

sorprendida de octubre;

nos quedamos desnudos

como un árbol al viento del otoño.

No era dolor lo mío, era sorpresa.



En Paisajes de la memoria, libro que viene a ser una especie de “complementario” de El cedazo, extremo que Juan Delgado frecuentará a lo largo de su trayectoria como una forma de volver sobre los mismos temas, nos encontramos con los paisajes (y paisanajes) de su infancia, desde una visión acaso menos “conflictiva” y sí, más melancólica, atenuada por el paso de los años. Por ella pasan los lugares, los sabores y colores de su niñez, convertidos, ya se ha dicho, en una especie de sustrato anímico, vital, enraizado, en el que, obviamente, tampoco falta la visión oscura, la miseria moral y la presencia contumaz del hambre y del oprobio. A través de las páginas de prosa poética que conforman el libro y en las que abundan las evocaciones y los recuerdos, el poeta, más que contarnos episodios de su niñez —que lo hace y lo hace con profusión—, acaso nos esté levantando un mapa de su territorio más íntimo, acotando su geografía más personal, donde se hallan las claves de un mundo que ha ido creciendo y transformándose, sí, pero que permanece intacto en su memoria.



El frío, los sabañones, el hambre, el miedo...; el luto de los hijos de hombres fusilados por el sólo motivo de ser pobre. Todo condicionaba y prohibía nuestro alto derecho a gozar de la infancia. [...] El mundo luminoso de la infancia, traicionado, juzgado y empequeñecido.



Otro de los títulos que de forma nítida rememoran esta etapa, es 30 sonetos vegetales. El libro, compuesto exclusivamente por sonetos, es una visión de la infancia, tamizada, encardinada por los elementos vegetales (y por tanto, fugaces) de la naturaleza. En este libro, la presencia amorosa de la madre, cuidadora del reino en tanto que cuidadora de las plantas, nos llama poderosamente la atención, sobre todo porque la madre, que tan decisiva fue en la formación de JDL, mujer de carácter y llena de determinación, apenas si aparece en una poesía en la que sí tienen su lugar los hermanos y el padre (aunque éste limitado al poema reseñado de su muerte). Pero esta no aparición de la madre puede resultar equívoca, pues su figura está presente de continuo, como una atmósfera, como esa instancia superior y protectora que atenúa los rigores del presente. En este sentido, no deja de ser curiosa la relación que Juan Delgado establece entre el mundo vegetal y el femenino: como si la sombra, siempre protectora e íntima, la belleza y el fruto, fueran arbitrios de lo femenino, y así, ese universo vegetal primigenio, queda bajo la advocación subliminal y envolvente de la madre. En este punto no sería ocioso advertir la clara distinción entre lo femenino y lo masculino que se establece en la poesía de JDL. La guerra, por ejemplo, el mundo terrible de la afrenta y del odio aparece como un bastión exclusivo de los hombres, mientras las mujeres (fijemos nuestra atención en las mujeres calladas, enlutadas y medrosas) parecen presidir el reino de la luz y de la vida. También, cómo no, el de la pena y el luto. Mientras ellos “traen” la guerra y el dolor, como algo que pertenece a su propio instinto, ellas lo “padecen” y ese testimonio, ese cuenco de sufrimiento representado por las mujeres es algo que aparece con claridad en la escritura de carácter memorialístico de Delgado.

Como decíamos, el fallecimiento del padre trastorna las expectativas familiares. La madre, mujer valiente y resolutiva, decide poner rumbo a la vecina localidad de Riotinto, donde Manuel, el hermano mayor, que acaba de cumplir los dieciocho años, encuentra un trabajo con el que poder hacer frente a las necesidades más perentorias. Los primeros años de Riotinto son difíciles tanto para Juan como para José, que se convierten en el blanco de la crueldad de los niños mineros, quienes no hacen más que asumir y reproducir la crueldad que se respira en el ambiente. De este periodo de reaclimatación y de pre-adolescencia no hay apenas vestigios autobiográficos en una obra, que, salvando los tres citados ejemplos, tampoco es que se cebe en la palinodia y en la frecuentación de la memoria. Si acaso podemos citar el soneto inaugural de Sonetos para un mismo amor, en el que Juan Delgado recuerda los primeros escarceos amorosos con Angelita, la que más tarde se convirtiera en su esposa.

Al cumplir los trece, el futuro poeta se coloca como aprendiz en una imprenta local, donde permanece largos años hasta convertirse en maestro cajista. El servicio militar lo arranca de Riotinto y lo hace tomar el camino de Sevilla, donde, aparte de trabajar en otra imprenta con la que se sufraga la estancia, asiste a clases en una academia nocturna. Los años cincuenta representan una tímida evolución del régimen tiránico que, buscando su propia supervivencia, ha de abrirse al exterior, persiguiendo inversiones y el respaldo internacional, lo que trae como consecuencias más inmediatas un dinamismo social desconocido, pero también una sangría demográfica sin precedentes del sur hacia el norte peninsular. A su retorno a la mina, afianzados sus conocimientos y sus inquietudes culturales, Juan Delgado trata de fijar su propio camino, casándose con Ángeles —Angelita—, verdadero contrafuerte de su vida, y encontrando un empleo estable en la Riotinto Patiño, empresa dedicada a la extracción del cobre y que no ha mucho ha recibido el testigo de la presencia inglesa en la cuenca minera onubense, de la que el propio Delgado se ha de convertir en un crítico veraz tanto en su poemario Memoria de la niebla, que ve aquí la luz por vez primera, cuanto en Cuentos del viejo capataz, (1995), libro en el que Delgado expone desde el realismo más acerado episodios de ese dominio despiadado y cruel de la colonización inglesa en Riotinto. Por esta época le nacen los hijos Juan Blas y José Manuel. Son también años de intensa búsqueda personal en un país que no ha acabado de cerrar sus cicatrices, pero que ha puesto rumbo a una industrialización irreversible. La Cuenca Minera, pese a que ya va notando un más que evidente deterioro económico, todavía es una isla de prosperidad en el granero de mano de obra barata que es entonces Andalucía.

Desde su regreso a las Minas, tras la aventura sevillana, Juan Delgado forma parte activa de la Peña Literaria Riotinto que componen, entre otros, los poetas locales José María Fontenla2, Manuel Chaparro Wert3 y Francisco Arranz García4. La importancia de La Peña en la formación de Juan será decisiva, pues gracias a las enseñanzas de los maestros citados se afianzarán los horizontes del joven aprendiz de poeta. Será en estos años cuando obtenga el premio Universidad de la Rábida, con el libro La sangre perseguida, base de lo que luego sería la cantata minera Cobre y viento.

La cuenca minera se ha manifestado tradicionalmente como uno de los focos culturales más significativos, influyentes y con un carácter más singular del sur español. La larguísima carga genealógica de dolor, de explotación y de oprobio que la comarca ha venido experimentando, el fuerte sentido cooperativo, educativo, cultural e ideológico ganado a sangre y fuego por los movimientos sociales y sindicales radicados en la zona, la necesidad de buscar apoyaturas vitales y alternativas al incierto infierno que supone la mina, la asunción de la realidad minera como algo que imprime carácter... han creado en torno a las poblaciones de la llamada Cuenca Minera un microclima cultural que ha tendido a crear y fortalecer sus propios patrones, muchas veces al margen de la realidad circundante, de tal modo que no es difícil determinar los rasgos propios que definen a los poetas, plásticos y músicos nacidos o criados en la zona. Pensemos, por ejemplo, en el pintor Daniel Vázquez Díaz, Labrador, Mario León, o en el poeta José María Morón. Tanto Vázquez como Morón pervive una evidente ausencia de color, un sentido arquitectónico del dibujo y del verso, una decidida vocación expresionista en los rasgos, una muy evidente tensión vital, así como una clarísima percepción del hombre como animal social, encadenado (y condenado) a sus iguales por un destino que no se ve tanto como algo personal, sino como ligado a imponderables leyes históricas y sociales; el hombre que parece cobrar vida en la obra de estos dos artistas, es un hombre temporal, que atiende a su trabajo, que se lo ve en sus quehaceres y en sus desconsuelos, pero siempre acompañado de otros, con los que conforma una trama de fuerte vocación coral.

La obra de JD no sólo no escapa a los rasgos característicos que acabo de mencionar, sino que los asume con la naturalidad de una herencia diáfanamente asumida. Tanto Chaparro Wert como Francisco Arranz García son poetas de la estirpe del José María Morón5 de Minero de estrellas (1933), un libro que crea escuela, siendo uno de los primeros —si no el primero— que en la poesía española se inclina por una temática inequívocamente social, donde se exalta el trabajo y el trabajador, al tiempo que se condena la explotación y las insalubres condiciones laborales de los mineros. La creación literaria, feudo tradicional de la burguesía, trataba de soslayar cualquier aspecto social o íntimo que incomodase a sus receptores, de manera que la publicación de Minero de estrellas, viene a constituir la conquista de un territorio apenas hollado. La sangre perseguida, primer libro de Juan Delgado, se orientará, pues, de la mano de los compañeros de tertulia y las lecturas de Morón y Hernández, hacia una temática minera, en la que las preocupaciones de orden social marcarán el tono de unos poemas que, salvo aciertos puntuales, habrá que considerar como de formación. En ellos existe una tensión formal evidente que más tarde, cuando el poeta realmente cuaje en un decir propio, se manifestará en un depurado dominio de las formas clásicas, como el soneto, del que Juan Delgado se ha convertido en un maestro. La sangre perseguida, que como indica su título, pretende ser una visión crítica de la historia minera, de la que el autor se siente parte, está construido con poemas asonantados y canciones, cercanos en su textura al romance, experiencia que le servirá de escuela para libros posteriores, como sus dos cancioneros, los dedicados a los ríos Tinto y Odiel. Tal cual ya hemos referido, La sangre perseguida serviría de base para la cantata minera Cobre y viento publicada en 1987.

Con su segundo libro (el primero editado), Por la imposible senda de tu boca, de clara adscripción hernandiana, Juan Delgado rompe las fronteras locales para iniciar su largo periplo lírico. Con él obtiene el premio Ángaro de poesía en 1971, lo que no sólo le servirá de estímulo para continuar por los caminos ya trazados, sino que lo hará crecer como hombre y como poeta, iniciando así un camino solitario, de grandes dificultades, pero precisamente por eso, coherente y sobrio, de continuo crecimiento. A partir de esa primera edición, las publicaciones se irán sucediendo con regularidad, salvo el período de 1975 a 1988, en el que sólo publica Oficio de vivir y La luz con el tiempo dentro, dos de sus libros de mayor carga existencial y simbólica. Este período sirve al poeta para retomar fuerzas y reemprender desde posiciones estéticas y existenciales mucho más sólidas un rumbo seguro y perfectamente jalonado de publicaciones.

Su presencia real en la poesía onubense, tan discreta como insoslayable, ha crecido a lo largo de los años, siendo uno de sus referentes ineludibles, a pesar de que su distanciamiento de la cultura oficial lo ha mantenido en un terreno de semiclandestinidad. Sin embargo, su caminar solitario y convencido, le ha granjeado premios y ediciones en toda la geografía peninsular y aun fuera de España, como es el caso de su Antología amarilla (Valparaíso, 1994), y reeditada en México en 1996. En la década de los 90 viajó a Chile, dirigió la deliciosa colección de poesía “Pliegos de mineral”, que publicó obra inédita de poetas contrastados como Juan Ramón, Bergamín o García Montero. Como hito personal a una vida entregada a la cultura, Juan Delgado fue nombrado hijo adoptivo de Riotinto en 1995. Con ocasión del acto, publica el que será su único libro de tono estrictamente narrativo, Cuentos del viejo capataz (1995). Él continúa radicado en la calle Cervantes de Riotinto. Viaja con frecuencia por la península y recibe algunos importantes premios. A mediados de la década de los 90 comienza una singular y persistente aventura, que es su espacio radiofónico en Radio Aracena, donde todos los sábados a mediodía daba su peculiar versión de la Sierra. Fruto de este asiduo trabajo será el libro Geografía y amor (2007) el último editado en vida, en el que colabora el pintor José maría Franco. Uno de sus últimos proyectos, si no el último, tiene como compañero de viaje al fotógrafo Manuel Aragón, con quien ya trabajara en Cancionero del Tinto, y trata sobre los niños saharauis de los campamentos de Tinduf : Tinduf, el dolor de la arena, pero no llega a verlo publicado. El 20 de febrero de 2010, se le brinda un homenaje en la Biblioteca Provincial de Huelva, organizado por el CAL, que será a la postre, su última presencia pública. Fallece el 9 de mayo. Los diarios provinciales recogieron encendidos elogios a su persona y a su verbo. El resto está en su obra, aunque acaso sea interesante acabar este apartado biográfico con la propia poética que Juan Delgado leyó en la Biblioteca Pública de Sevilla en febrero de 1961:



Quizás por estas irregularidades [se refiere a la marginación que sufren muchos de los poetas de postguerra, debido, sobre todo, a condicionantes ideológicos o geográficos] lo que digo a continuación aclare un poco las cosas: no me siento ligado a ningún movimiento poético porque siempre he ido por libre, a contrapelo, a salto de mata. No me he dejado llevar por los ismos más o menos de moda, posiblemente porque no he llegado a tiempo a ninguno de ellos. Sé muy poco de teorías literarias y creo que sirven de muy poco. No sé nada o casi nada de retórica y ni falta que me hace. No enciendo los pebeteros de los elogios ni cultivo los jardines de las relaciones públicas. Camino en solitario. Elijo las últimas lecturas apetecidas y estoy fuera de los cenobios oficiales que arropan y promocionan. Por todo esto es un poco anárquica mi producción poética. Si tuviera que decidir los poetas que considero importantes en la poesía actual, posiblemente los nombres elegidos tendrían voces, formas y concepciones poéticas distintas y hasta divergentes. Conviene citar aquí a Eliot que habla de los préstamos poéticos: “El buen poeta, generalmente, toma prestado de autores de tiempos remotos, o de ajeno lenguaje, o diverso interés”. Me interesa todo, como algunos pájaros con los materiales para hacer su nido; pienso que un solo verso puede salvar a un poeta. Mi preocupación al escribir siempre es el hombre, la criatura humana tan pobre y desvalida; su lucha constante para conseguir una brizna de felicidad. Mi punto de partida es la vocación; salí de la cota cero, sin muchas bases culturales; me adentré en lecturas y estudios que me atraían y me ayudaban a formarme; me apoyé en los clásicos, Cervantes, Quevedo, San Juan de la Cruz...etc”.



Desde sus comienzos, la obra de Juan Delgado se viene sustentando en varios temas recurrentes que se entrelazan de manera orgánica y equilibrada, de manera que a veces resulta imposible clasificar alguna de sus obras bajo uno solo de estos temas. Ya en el reducido espacio que imponía la solapilla de Paisajes de la memoria, el libro que publicó la Asociación Literaria Huebra en 2002, traté de resumir su obra bajo los parámetros de memoria, esencialidad, compromiso e identidad, aun a sabiendas de que a un poeta complejo, avalado por una experiencia humana tan rica y una obra tan extensa, poliédrica y zigzagueante, es difícil reducirlo a un puñado de parámetros más o menos rígidos. Pero también es cierto que todo poeta verdadero —y Juan Delgado lo es— se atiene a una serie de recurrencias y a frecuentaciones nodulares sobre las que va estampando su propio ser. Es por ello que a partir de este momento me iré orientando a través de los citados cuatro pilares de forma que podamos observar, siquiera de forma panorámica, su obra.

Pero antes de comenzar a abordar el paisaje intencional de su poesía, querría dar cuenta de una curiosa característica de la obra del poeta de Campofrío. La concepción artística de Delgado lo lleva a escribir libros, no poemas. Cada uno de sus libros aborda un tema distinto y concreto. En uno será el amor, en otro el peso existencial, la historia minera, su geografía íntima, el viaje, el dolor por su tierra o por la tierra andaluza, o los recuerdos de su infancia... Tal proceder no nos llamaría demasiado la atención, si no fuera porque al cabo del tiempo, cada uno de sus libros vuelve a reescribirse, dando lugar a libros hermanos, contiguos, donde reaparecen esos fantasmas en apariencia apaciguados. Ese es el caso de Seis sonetos para un mismo amor, de 1998 que nos recuerda en su temática amorosa al inaugural Por la imposible senda de tu boca, publicado en 1971 o De cuevas y silencios (1988), una deliciosa entrega que trata del amor, incluso de la carnalidad del amor, pero que se escora hacia un universo telúrico, que tendrá continuidad en obras como Cancionero del Tinto (2006) o Habitante del bosque (2007) en los que la tierra, ese elemento sustancial en Delgado, cobra un protagonismo evidente. Algo parecido ocurre entre El cedazo, de 1973, Treinta sonetos vegetales (1987) y Paisajes de la memoria (2002), libros que comparten la mirada sobre los paisajes inaugurales de la infancia, brutalmente despojados de la inocencia y donde se percibe con rotundidad una voz moral, que resonará a lo largo de toda su ya vasta trayectoria. Otro tanto cabría decir de esos dos libros existenciales y telúricos que ahondan en la cartografía del viento y el silencio, dos alegorías tan caras en la obra de Juan Delgado, Oficio de vivir (1975) y Tiranía del viento (1999), publicados con 25 años de diferencia, aunque parezcan nacer de un mismo impulso; y eso por no hablar de los dos cancioneros, o de la relación existente entre De cuevas y silencios y Julianita. Este fenómeno se da también en los libros inéditos como Al andar o Suite de la Sierra, libro este que, a su manera, entronca con Habitante del bosque y éste con Árbol de bendición, que a su vez, etc... Es la suya, en fin, una obra entretejida de lugares hollados, de pasillos que nos conducen a libros anteriores, algo así como una intrincada red de galerías excavadas en la piedra viva del hombre.



Como ya hemos advertido, la memoria es uno de los pilares donde se asienta la poesía de Juan Delgado. Lo que aquí denominamos memoria trasciende, en todo caso, lo puramente personal para imbricarse en una significación más compleja. Digamos cuanto antes que gran parte de la poesía de Juan Delgado posee un marcado rasgo moral. El hombre, según Delgado, pertenece tanto a la historia como al paisaje y, ante ambos, adquiere un deber ético, un lenguaje, una manera de entender el mundo y de entenderse a sí mismo. La visión telúrica que enraíza en algunos de su libros, y su compromiso moral que aparece en otros, no son tan lejanos como pudiera parecer en un principio, ya que ambos están sustentados en la búsqueda de la identidad, un elemento nodular en su visión poética. Desde luego, Delgado no ha sufrido en primera persona los desdichados hechos acaecidos en febrero de 1888, llamado “Año de los tiros”, pero en la medida en que él se siente imbricado en el paisaje minero, en la medida en que está impregnado por esa realidad y se sabe parte de ella, los hechos no necesariamente vividos de 1888 se encadenan en su propia memoria, son memoria genealógica que tienen para él tanto o más valor que la propia experiencia personal. En este punto debemos sopesar el hecho, ya citado, de la marcada impronta minera, a la que tan sustanciado se siente el poeta, pero tampoco debemos dejar pasar por alto la decisión del hombre que hace suyos el dolor secular de una tierra a la que se siente anclado y con la que se identifica. Desde esta perspectiva es necesario abordar la lectura de La sangre perseguida y la posterior cantata Cobre y viento, sin olvidar, claro es, su reciente Cancionero del Tinto.

La sangre perseguida, el primero de sus libros, permanece inédito como tal, aunque parte de él fue reelaborado para dar forma a su cantata minera Cobre y viento, editada y estrenada con Música del maestro Álvarez de Sotomayor en 1987. Nos hemos referido a él como a un libro primerizo, impregnado de un cierto sabor “moroniano”, en el que el poeta une su voz a la voz de los maltratados mineros, identificándose con su dolor y haciéndose partícipe de su desventura secular. Es evidente que, escrito en plena dictadura franquista, el texto supone un acto de valentía moral y de compromiso crítico, que va más allá del propio correlato minero:



Sangre y amor, sombra y luz: negro arcángel que no puede

paliar el dolor antiguo de la mina y de su gente.

Dolor y angustia del miedo tirano, donde convergen

y se achican los deseos porque la indigencia crece.

Cinco millones de miedos en cada oscuridad mecen

la cuna del niño grande que al miedo sólo obedece.







O más adelante:



En fila,

esperando la mano del Leñador

que, dura y cierta y negra y firme,

amortaje las filas cuadriculadas de la sangre.



Campofrío, foco de El cedazo

La memoria colectiva de sus primeros escarceos, pasa a ser memoria individual en El cedazo (1971), libro amargo, testimonial, sincero, agrio por momentos. Necesario, nos dirá el poeta, para proseguir su andadura. Sin este libro, donde salen a desfilar todos los fantasmas de la infancia, junto al doloroso despertar a una realidad correosa y áspera, quizás Delgado no hubiera podido ahondar en su propio ser, arrancándose todo esa costra de dolor que no lo dejaba respirar. Todo el dolor que le supone este cruel careo con la infancia, lo libera de la carga oscura que ha ido soportando a lo largo de su vida, de manera que el libro opera como un auténtico liberador emocional. De él confiesa el poeta: “es como una ceremonia de purificación en la que se van desnudando de ataduras, los paisajes interiores de la niñez hasta mostrar las más sensibles vísceras del sentimiento”. En él, Delgado nos habla del paraíso perdido de su infancia, cuando cada cosa se convertía en el milagro intocado de un mundo que había que ir descifrando. Claro, que ese mundo inaugural se reveló en toda su amargura en cuanto se escucharon los primeros disparos de la guerra. Este hecho trascendental clausuró y fracturó su infancia sin que esa infancia hubiera tenido tiempo de cuajar. A cambio, se encontró con la violencia, la amargura, la indignidad, el hambre, y, sobre todo, la crueldad y la sinrazón humana.

El Cedazo es un riguroso compromiso con la memoria, en el que se reconstruye trazo a trazo el mosaico solar donde se asentaba su vida, para luego dar paso a un paisaje lunar, lleno de heridas no cicatrizadas: un auténtico aprendizaje de vida. La inocencia vulnerada y la hosquedad del mundo, se convierten en los ejes gravitatorios de ese libro escrito desde las mismas tripas. En él, cobra principal protagonismo el factor humano, con sus luces y sus sombras, así como el paisaje, que juega un papel de contrapunto, acaso de barrera emocional ante el cataclismo que supondrá para un niño la guerra civil, cuya alargada sombra es proyectada constante y amargamente a lo largo de sus páginas. Comienza el referido libro con unos versos que iluminan el resto de la obra, porque contiene ya gran parte de los elementos esenciales de su poética:



Hoy me llegan calientes los recuerdos

llenos de sol de estío, de tardes prietas

en sadismo infantil buscando grillos

por la pradera rumorosa y noble

con sus pozos de antigua arboladura

sembrando de nostalgia la mirada,

y las verdes culebras sobre el limo

verde y mojado de la charca eterna.



El cedazo, bascula entre el canto y el llanto. Son sus páginas la rememoración de un paraíso ya definitiva y trágicamente perdido, visto desde el fondo de ese barranco donde va a parar la yegua de Juanini en una noche donde se desatan, casi al unísono, el aguaje y los tiros. Es desde ese barranco, batido por la lluvia (que más tarde, en Oficio de vivir y en Tiranía, se transformará en viento), pero en verdad encenagado por los lobos inciviles de la discordia, desde donde sitúa su punto de vista Juan Delgado López y al que seguirá siendo fiel entrega tras entrega.



El tema de la memoria reaparece nítidamente en Treinta sonetos vegetales (Badajoz, 1996). Con él retorna Juan Delgado a su Campofrío natal, convertido ahora en esa patria rilkeana, que es la infancia. Reaparecen aquí los muros protectores, las sombras tutelares, la atmósfera femenina, el “ámbito de la madre”, que todo lo ampara. Construido en el riguroso arte del soneto, el poeta vuelve la mirada hacia los paisajes de su niñez a través de esos árboles que sirven de hitos de una memoria (de un tiempo) que el poeta, más sereno y contenido en su decir, acaso más nostálgico, intenta recuperar. Entiendo, pues, que este libro habría que leerse como el reencuentro emocionado de JD con su infancia, con su pueblo y, si me apuran, con el patio de su casa, visto como el centro gravitatorio de una existencia definitivamente perdida, dejada atrás. Juan Delgado se retroalimenta en estos árboles modestos, dadivosos, capaces de atraer las siempre copiosas precipitaciones del recuerdo. Treinta sonetos... es un libro amable, en el sentido de que el poeta no problematiza ni se cuestiona, como hiciera en El Cedazo, las causas de su pérdida del paraíso. Los árboles de sus sonetos, asientan sus raíces sobre el terreno fértil de la memoria, que ahora es gozosa, indagadora, constructiva, teñida, eso sí, de una fina gasa de melancolía y de ternura.

Casi treinta años más tarde Juan Delgado retorna al “cedazo” de su infancia, con Paisajes de la memoria (2002), escrito predominantemente en prosa poética. Es el paisaje, en efecto, el catalizador de gran parte de ese mundo interior al que retorna con la turbación de quien ha errado el camino. Como en Treinta sonetos, las prosas de su Paisajes suponen el retorno de Delgado a su patria (a su infancia) a través del paisaje, con la diferencia de que si los sonetos reflejaban un mundo interior, bendecido por las manos femeninas, en Paisajes se vuelve a enfrentar con un mundo exterior, mucho más áspero y problemático, en el que reaparece la crueldad y los peores instintos, pero esta vez la mirada del poeta parece más aquietada, dando paso a la ternura y a la piedad. Muchos son los pasajes de este libro que buscan el reconocimiento a personajes reales que en medio de la negrura, supieron desprenderse de lo mejor de sí mismos, para aliviar la desesperación de los demás. Los paisajes que registra Delgado en este libro son paisajes habitados, humanizados por la memoria, paisajes exteriores, pero también interiores, con habitaciones, despensas, cuartos, albercas, calles, árboles, pozos oscuros, patios umbríos de geranios encendidos, donde transitan mujeres que vuelven de la memoria, cargadas de paciencia y de vida..., un paisaje, en fin, por el que deambulan figuras y rostros, que a fuerza de ser habitado, rememorado, cantado y por qué no, sufrido, adquiere las dimensiones de un teatro íntimo en el que, y ahí estriba el misterio y el milagro de la creación, nos sentimos representados. Paisaje de la memoria opera como una relectura pormenorizada de El cedazo. Muchos de los episodios y personajes que aparecían en este libro, vuelven a retomarse en aquél, creando un evidente sentido especular, si bien, como hemos referido, Paisajes se puede ver no tanto como una necesidad de desenterrar los fantasmas de la infancia, cuanto de reconsiderar la infancia desde los ojos de la reconciliación. Existe el dolor en Paisajes, pero prepondera la ternura, la comprensión, el homenaje a quienes salieron indemnes de aquel trago.



Muy cercano a la memoria, a veces trenzándose con ella, aparece el tema del compromiso. Ya hemos insinuado que Delgado pertenece a una tradición minera donde los valores del compañerismo y el compromiso social han mantenido un peso muy evidente. Por otra parte conviene no olvidar las vicisitudes históricas que han acompañado al poeta a lo largo de su vida. También tenemos que tener en cuenta que los comienzos de su largo camino literario vienen marcados por una tendencia social y realista de la poesía española, si bien tal escuela comienza a presentar signos de esclerosis a principios de la década de los 60, cuando los llamados poetas del lenguaje (Soto Vergés, Jesús Hilario Tundidor, etc...) irrumpen en el mundo poético español, dando paso con posterioridad a los más cacareados novísimos.

El primer libro de Delgado es La sangre perseguida, escrito entre 1969 y 1973 y jamás editado en su forma original. Ya el título delata las intenciones del autor, pero veamos los dos primeros versos, donde Delgado, impostando el tono de “Niño Yuntero” de un Hernández leído a escondidas (influencia decisiva en esa época), se retrata:



¡Ay minero de Riotinto de triste voz enterrada,

con la sangre perseguida, prisionera y lacerada!



Delgado, siguiendo los pasos de Morón y Hernández, traza en este libro la genealogía moral de los mineros de Riotinto, a través de sus ansias y sufrimientos, sin olvidar sus hitos históricos, como aquel infausto 4 de febrero de 1888, llamado de los tiros, en el que fueron masacrados decenas de personas, hecho que Delgado revisitará en ulteriores entregas. La sangre es un libro atrevido y duro, incapaz de franquear las puertas de la censura franquista. En todo caso, moroniano en la concepción y hernandiano y lorquiano en el decir, adolece todavía de un estilo y de un carácter propio.

Con el tiempo, La sangre perseguida será el germen de la cantata Cobre y Viento, editado en Riotinto en1987, en lo que parece un auto-homenaje de la tierra a su propio dolor y a su propia historia. En este libro, concebido como obra musical, Delgado canta a la dura gente de su “tierra de polvo y de esfuerzo”, que ha vivido en condiciones infernales, que ha luchado con dignidad, que ha sabido ganarse el pan con el sudor de su frente. Como refiere en su última canción, el poeta se busca y se funde con su tierra, en ese dolor que llega de las galerías, en la entrega y en el sufrimiento que cada minero lleva en su sangre, como un niño perdido.

Corta Atalaya, Río tinto.
En 1999 Juan Delgado comienza a escribir un libro aún inédito titulado Memoria de la niebla, que ve aquí la luz por vez primera, y que insiste en el compromiso vital que desde hace décadas ha venido sosteniendo con su tierra y con su gente. Memoria... es un libro de desagravio, donde Delgado, que comienza su primer poema relatando la historia tartésica y milenaria de la mina, continúa narrando la terrible “carga de sangre, sudor y sueños” que el inhumano colonialismo británico impuso a esta tierra:



Las mujeres, famélicas, con los pechos vacíos,

ven morir a sus hijos y se arrancan los pelos

de desesperación. Lucharon

más allá de la humana concepción de resistencia,

más allá de la vida y de la muerte, más allá del amor.

Fue el tiempo de la mayor iniquidad,

de la bota pisando la cerviz de la vida...



Memoria de la niebla es un libro valiente, incisivo, pedregoso si cabe, de compromiso vital, en el que su autor, que ya había pergeñado su visión tanto En la sangre perseguida cuanto en la cantata titulada Cobre y viento, al margen de su libro de relatos Cuentos del viejo capataz (1995), nos da cuenta del pasado ignominioso, escandaloso y fúnebre de su tierra. A diferencia de otros autores de la cuenca que han decidido reflejar el período de dominación colonial inglesa como ejemplo de progreso y de armonía intercultural, dejando de lado la dura carga de arbitrariedad, humillaciones, oprobios y crueldades que hubo de sufrir la comarca y sus gentes, Delgado no deja de advertir en estas páginas toda la carga de sufrimiento y de castigo de un pueblo que luchó siempre con dignidad y con conciencia de clase. Hasta el paisaje parece volverse híspido, lleno de costurones y de rabia, en estos versos hirientes, duros, enérgicos como la tierra de la que nacieron:



Los montes calcinados en vómitos oscuros

parecen maquillados para el Juicio Final

que inexorablemente afila sus colmillos.

Prodigiosos abismos jalonan las tinieblas

de fuego del terrible Palacio de la Noche,

y allí, en la fiebre del bárbaro conjunto,



Como vemos, compromiso y memoria, memoria y compromiso se trenzan en la obra de Juan Delgado de tal manera que resulta difícil saber dónde comienza el uno y dónde concluye el otro. Pero el compromiso del poeta radicado en Riotinto no sólo se atiene al rasgo social o histórico que hemos repasado esquemáticamente en esta trilogía, que culmina el impresionante Memoria de la niebla, sino que se escora hacia el lado de la identidad, otro de los referentes axiales en que hemos dividido su obra. Identidad y compromiso, como antes ocurriera con memoria y compromiso, aparecen íntimamente entrelazados, de manera que no siempre es fácil delimitarlos.

Juan Delgado siempre ha sido consciente del tiempo histórico que le ha tocado vivir, pero también del lugar espacial donde ha nacido y transcurrido su existencia. La sierra onubense, especialmente Campofrío, y la cuenca minera, especialmente Ríotinto, han conformado su referente vital, el territorio en el que ha fijado sus raíces. Ya en el libro Memoria de la niebla, nos mostraba con dolor las cicatrices del paisaje roto y esquilmado de la mina: símbolo no sólo de la crueldad humana, sino también de la ceguera y de la insania de los explotadores. Pero su relación con el paisaje no siempre estará marcada por esta sensación de amargura y de sufrimiento que advertimos en la citada obra.

Río Tinto a su paso por Minas de Riotinto, valga la redundancia.
Tres son los libros ya publicados con los que JD nos acerca a su mundo espacial e identitario: Cancionero del Odiel (1991), Cancionero del Tinto (2006), con fotografías de Manuel Aragón y Habitante del bosque (2007). Comencemos por los dos cancioneros. Ya el título de ambos nos sugiere una cierta complicidad, cuando no complementariedad. Media entre ellos la redacción de libros decisivos como son Tiranía del viento, publicado en 1999, o Habitante del bosque (editado en 2007), Memoria de la niebla o El sueño de una noche de ginebra, escritos entre ambos cancioneros. En realidad Cancionero del Odiel y Cancionero del Tinto son, pese a su evidente complementariedad, libros opuestos, no ya en la descripción y concepción del paisaje, solar el uno y lunar el otro, sino en la propia subjetivación de ese paisaje. Tinto y Odiel son los ríos que atraviesan la provincia onubense de norte a sur hasta desembocar en las marismas de Huelva, pero mientras el Odiel, nacido en la Sierra, que discurre vivaracho y cantarín por su infancia de Campofrío, es un río infantil de luz y vida, el Tinto, es un río anciano, de sombras, mineral y telúrico, que parece estar del lado del conflicto y de la muerte. Dos ríos distintos, especulares, que se anudan y reflejan precisamente en la experiencia vital del propio poeta. Mientras el Odiel queda adscrito a la infancia y sus canciones:



UNA hojita sí, una hojita no.

la mariposa a la flor—//

Una hojita sí, una hojita no.

el pájaro a la canción—.//

Una hojita sí, una hojita no.

el chopo en busca de sol—.



el Tinto, más bronco y tenebroso discurre por los territorios que viran hacia la muerte:



Un cadáver lleva el agua

espuma del mineral;

nadie va a su entierro, nadie

llora su muerte.



perseguido siempre por la historia del hombre, y su tragedia:



¿Con qué las limpiaré yo;

las aguas del Río Tinto

con qué las desteñiré

que olviden sangre de siglos?



cuando no por su propio carácter lunar:



El pulso de la mina le clava

estiletes oxidados a la luna.//

La corriente se la lleva, río abajo,

envuelta en sangre, desnuda.



Junto a los dos cancioneros, Juan Delgado no ha dejado de frecuentar creativamente el territorio donde ha transcurrido su vida. Un ejemplo es el inédito, Suite de la Sierra, cercano en su composición a las prosas poéticas de Geografía y amor, publicado con dibujos de José Mª Franco (Sevilla, 2007). Ambos libros hablan de esa intensa relación que Juan establece con su territorio vital y con el de sus ancestros. Tal y como ocurriera con Cancionero del Odiel, en Suite..., Delgado se deja acunar por la lírica popular, de tal manera que los poemas se convierten en cálidas pinceladas, hermosas canciones exentas de conflicto. El mundo que reflejan estos poemas es el de la inocencia, el de la pura oralidad. Tomemos este ejemplo dedicado a Valdelarco:



La memoria de la niebla

viste al pueblo de suspiro.

Solo, perdido, encontrado

en la paz de su latido,

Valdelarco borda en oro

de leyendas su apellido

en la almohada serrana

de su nido.



Una obra singular en la trayectoria de Delgado es La luz con el tiempo dentro (1988), cuaderno de título juanramoniano que opera como islote bibliográfico, si bien está relacionado con otro cuaderno, Árbol de bendición. Si éste se centra en el olivo, como símbolo identitario, aquél lo hará en la luz. El referente de La luz... es sin duda Andalucía, la Andalucía callada, doblada en su cerviz, sangrante, pero que ha deslumbrado al mundo con su cultura. El tono armónico y sutil de los poemas, tan lejano al de Memoria de la niebla, hacen de La luz... un libro apacible, lleno de luz, ecuánime y en cierto sentido senequista. Árbol de bendición, dedicado al olivo, que en cierto sentido entronca con Treinta sonetos vegetales, se teje también con los nudos de la identidad, en este caso andaluza. El olivo, árbol de cultura, aparece como personaje mudo y capital del paisaje fundacional y de la historia. Es, más que un elemento del paisaje, un símbolo de plenitud y de cultura.

Habitante del bosque (2007), forma junto a El Cedazo, Oficio de vivir, Tiranía del viento, Memoria de la niebla y el también inédito Sueño de una noche de ginebra, uno de los jalones esenciales en la obra del poeta de Riotinto. Se trata de un libro denso, otoñal, en el que el autor, en la culminación de su panteísmo —no lejano al panteísmo junramoniano de Dios deseado y deseante— , se interroga sobre la vida y hace brotar desde su palabra la naturaleza, pura, vencida si cabe, pero plena de armonía:



Estoy aquí, como un dios caudaloso,

sin voz y con presencia de un estrenado aliento.



En este sentido Habitante del bosque, que es un libro de identidad, pero también de esencialidad, podría considerarse una especie de obra troncal en la obra de Delgado. Es aquí donde vienen a parar todos los caminos, todas esas ramas de que antes hablábamos. Con el pretexto de la mirada otoñal a la Sierra, el poeta se vuelve cáliz y voz. Cáliz porque toda la naturaleza exaltada se derrama en él, va a dar en él, que la recibe alborozado; voz porque es la palabra, su palabra, la que re-crea —vuelve a crear— el espectáculo de la Naturaleza. Comunión, en suma:



Estoy entre los árboles y me encuentro conmigo,

soy uno más, cansado, de los troncos insomnes

que pervierten la luz en esguinces de formas.



O aún más gráficamente en este poema, “Solo” de dos versos rotundos, esclarecedores:



Reina la soledad. El mundo rueda

en la mente de un dios de soledumbre.



En “Sorpresa”, ya la comunión es completa: el hombre se funde con el bosque, el “yo” poético trasciende, convirtiéndose él mismo en bosque:



Estoy en mí. El bosque ahora soy yo:

se ha convertido en un pedazo de mi cuerpo roto

que sólo alienta por mi luz y mi silencio.



Es el propio poeta, en cuanto cáliz y voz, el que se convierte en Dios, en el único ser que puede “vivificar” la Naturaleza, unirse a ella, ser a la vez estrella y lombriz herida:



Aquí, tendido

en la humildad brillante de poseer estrellas,

soy tan alto que puedo

besar la tierra y ser lombriz o mariposa herida.



Habitante del bosque, ya lo hemos dicho, es un libro angular en la trayectoria creativa de Juan Delgado. En él vienen a desaguar y a fraguar todas sus demás entregas. Es un libro prometeico, panteísta, pero también un libro otoñal (y no sólo por la recurrente visión plástica del otoño, de las hojas doradas), donde el autor se despoja de todo para entregarse a la Naturaleza, para fundirse con ella, verdadero propósito del libro. Su posterior El sueño en una noche de ginebra (inédito hasta hoy), ambientado en los mismos parajes de Habitante... y en cierto sentido su continuación, hará hincapié en esta despedida.





La esencialidad es un rasgo que brota lenta y gradualmente en la obra de Juan Delgado. Si sus primeros dos libros manifiestan un afán memorístico, necesario para exorcizar los fantasmas y las deudas contraídas con el pasado, en Oficio de vivir y sus obras posteriores se manifiesta una necesidad de inmanencia y de identificación con las fuerzas y representaciones de la Naturaleza.

Aunque en su primer libro nos ofrece una imagen devastadora de las creencias religiosas y sus instituciones, desde la perspectiva de aliadas de la represión, el odio y el fanatismo fascista, Juan Delgado no deja de ser, a su manera, un escritor “religioso”, si por religión entendemos la necesidad del hombre de trascender los propios límites de su experiencia y de su conocimiento. El poeta no se siente en modo alguno un ser aislado del mundo, sino que vive ligado a todo cuanto le rodea, ligado con el hombre y su historia, sí, pero también con el nodular misterio de la existencia. En efecto, Juan es un poeta de la Naturaleza, un panteísta que, obviamente, no puede ni quiere desligarse de su legado cultural y sanguíneo. Existe en el poeta de Campofrío una visión trascendente que él trata de sorprender una y otra vez en los elementos naturales, donde viene a sentirse como un elemento más. Ríos, regatos, montañas, árboles, cielo, sol, mar, pájaros, hierba..., aparecen de continuo por sus poemas no sólo como una prueba de la inmanencia, sino de liberación. La Naturaleza para Juan Delgado representa ese estadio virgen y paradisíaco donde se celebra la existencia y sólo la presencia omnívora del hombre, ese viento gélido y tenebroso que una y otra vez aparece en su obra, emponzoña esa celebración, esa comunión. No importa repetir que esta dicotomía entre Naturaleza y Hombre constituye acaso el rasgo más capital y persistente en la escritura de Juan Delgado.



Todo está programado. El escenario

en una mente eterna se perfila:

Incandescente rueda por la nada

la pelota perdida que promete

liberar de tinieblas el vacío.



Con estos reveladores versos que nos ponen en el umbral de una cosmogonía, comienza uno de los libros más importantes y significativos en la trayectoria vital y poética de Juan Delgado, Oficio de vivir, que es en realidad un canto al hombre en su terrible condena. La visión del hombre que se muestra en este libro de título pavesiano, es la del dolor, la del quebranto. El hombre ha sido, por mor de su egoísmo, de su impiedad y de su ceguera, expulsado del paraíso (del “teatro eterno”, que dirá significativamente el poeta), enajenado de su propia condición natural y se ve errando sin sentido, a vueltas con la duda, embriagado por la supuesta grandeza de su propia existencia, pero en el fondo huérfano. Según Delgado, el hombre ha roto el pacto con su propio ser, con su raíz, con ese entramado solidario de la naturaleza, y por tal motivo habrá de sufrir hasta el final de sus días. (Por cierto que parecido será el sufrimiento y el exilio que aquejen al Príncipe rebelde de Julianita). Tal sufrimiento es el que aparecerá de una manera crónica en este libro y constituirá un rasgo recurrente en su obra posterior:



Aquí. Desnudo en el Dolor.

Con la recién nacida

idea de soledad.

Víctima del instante

y víctima también del infinito.//

Aquí. Desnudo en el Amor.

Con los ojos clavados en la duda

y las manos cargadas de silencio.

Con la sangre que duele,

y es amarilla, y arde...,

y va gritando al hombre

la angustia de ser hombre.



El poeta, sabedor de la ruptura causada por el hombre, clama una y otra vez por la re-conciliación, por una vuelta a los principios, pero algo crucial se ha roto entre hombre y naturaleza, de modo que la respuesta de ésta no puede ser otra que la del silencio, un silencio abisal, definitivo, que se hace eco de la orfandad humana, pero que también se impone como castigo. Es el silencio de Dios el que sugiere el panteísta Delgado: la ruptura, la grieta surgida entre el hombre y el universo, que él, muchos años más tarde tratará de cerrar en su Habitante del bosque. Ciertamente esta amarga visión parece un calco de la recogida en el Libro del Génesis, cuando Adán y Eva son expulsados del paraíso, tras haber traicionado la confianza de Dios, al comer de la manzana prohibida, pero, como ya se ha sugerido, en Juan Delgado este pensamiento podría venir marcado por indelebles tintes autobiográficos. Delgado es un poeta panteísta, vital, que se sabe parte de un todo armónico en el que, ay, existe un elemento disonante: el hombre, para el que no hay futuro:



y el futuro es un pozo de agua sucia

mal oliente refugio de los sapos

que gestan la invasión y el exterminio.



Oficio de vivir, se teje sobre este nudo, que Delgado no dejará de frecuentar con su angustia existencial. Libros tan espaciados en el tiempo como son Tiranía del viento (1999) o Habitante del bosque (2006), registrarán este insoluble conflicto, aportando, como es obvio, sus evidentes peculiaridades.

Oficio se divide en dos partes. En la primera, vista casi como una cosmogonía, se afrontará la discusión entre Naturaleza y Hombre, en un escenario de sombras y traiciones; los veintitrés sonetos que forman la segunda parte del libro, se anudarán con el significativo título de “Sonetos existenciales” y se rematarán en una no menos significativa “Oración”. En los sonetos se aprecia la influencia de dos poetas a los que Delgado seguirá siendo fiel a lo largo de los años: el alicantino Miguel Hernández y el cántabro José Luís Hidalgo: en el primero encontrará el ejemplo de vida y la intensidad dramática que hace que los versos parezcan escritos en la piedra, así como esa impronta solar que parece impregnar las veintitrés piezas; al autor de Raíz y Los muertos debe ese rasgo de angustia existencial que sobrevuela todo el libro, pero que se hace acaso más intensa en los sonetos.

Como ya hemos dicho, un rasgo que resulta peculiar en la obra de Delgado es el sentido circular y recurrente de los temas que va tratando, de suerte que hay libros suyos que parecen resucitar al cabo de los años y las publicaciones. Después de Oficio de vivir, libro de fuerte carga existencial, Delgado se escora hacia otros temas, como es la luz —si bien la luz como símbolo de Andalucía— en La luz con el tiempo dentro, o el amor en su De cuevas y silencios, un libro deliberadamente ambiguo que por un lado se nos presenta como un juego de sensualidades y comuniones, y por otro es un canto a la tierra que fecunda y a la vez es fecundada.

No será hasta 1999, cuando nuestro poeta publique el que será uno de sus grandes títulos, Tiranía del Viento, que retomará la brecha abierta de Oficio de vivir. Tiranía... es, en apariencia, un libro de corte paisajístico, pero en él el paisaje no es más que un telón de fondo, una metáfora. El viento terrible que sopla en cada una de sus páginas sacude, sí, los paisajes interiores del poeta, que trata de rebelarse o defenderse, pero el viento del que habla, campa más que en el paisaje, en los dientes y en los huesos del hombre, que es quien lo mancilla y lo hiere. Vuelve a presentarse aquí la dicotomía entre paisaje y hombre de la que hablamos refiriéndonos a Oficio..., con la diferencia de que Tiranía es un libro mucho más hecho, más maduro, más decisivo, si cabe:



Todo es sucio y opaco. Todo quema

los árboles queridos del jardín del ensueño.//

Se interponen brutales los sonidos

del viento negro en la indefensa mente:

checa, purga, tortura, asesinato,

dictador, guerra, horno crematorio,

tiro en la nuca o fusilamiento...;

y los senderos de la luz se pierden

en el pozo sin fin de la impotencia.



El paisaje que aparece en Tiranía es, en palabras del poeta, “un paisaje de ortigas”, donde “todo es [ya] sucio y opaco. Todo quema los árboles queridos del jardín del ensueño”. Es pues un libro interior y desatado donde el poeta examina con dolor, con impotencia su propio áspero mundo. En uno de los más logrados poemas de toda su carrera, que nos recuerda al Rosales de la Casa encendida, Juan Delgado escribe:



Afuera está la vida.

Pero yo estoy aquí, dentro, en la casa cerrada a cal y canto,

en la memoria de las cosas rotas,

donde no llega el alma

de la lluvia y el sol...[...]

Afuera está la vida,

y yo no puedo.



Tiranía del viento, publicado en plena madurez, es un ejercicio titánico en su ejecución, equilibrado y preciso en las formas, donde se transparentan los esfuerzos de nuestro poeta por delimitar los contornos, por precisar este río de turbulentas voces que parecen llegar desde lo primigenio, como destilación de una memoria arrebatada, amorecida, donde emergen aquí y allá, como basáltica argamasa, sombras y presagios. Es la metáfora del viento la que Delgado escoge para este libro arrebatador y angustioso. El viento, como esa presencia oscura que acaba con todo, que va dejando entrever aquí y allá las huellas inmarcesibles de su paso, esparciendo y arrumbando las teselas de la vida, cobrando con aplomo y dolor cada uno de sus débitos y donde a veces, sólo a veces, reaparece, aterida y cursiva la llama de la esperanza. Como en algunas de sus colecciones precedentes, el poeta busca en los entresijos de su infancia una luz húmeda y brillante a la que poder agarrarse, pero aquel niño que fue, aquella mirada que inauguraba el mundo, se ha trocado más reseca, más adusta, más aristada. Será el rostro erosionador y funesto del viento, con sus cargas ancestrales de odios y miserias, el que acabe por convertirlo todo en un escenario de pavesas, donde la impotencia, la sensación de fatalidad, la propia imposibilidad de retornar al viejo paraíso, serán sus ejes gravitatorios. La atmósfera del libro, cargada de angustia y de una densidad inusitada, tiene en la metáfora del viento tiránico y homicida su eje miliar, la presencia en off que justifica y da dimensión al libro, parece estar abriéndose paso, arrancando celosías, retorciendo los barrotes de las rejas, castigando las tablas apuntaladas de la puerta, amenazando en suma ese edificio cada vez más débil y amenazado que es la vida.



La claridad del agua se ha estancado

en las venas, y ahora, maloliente,

no se puede beber; el alma tiene

que buscar en lo hondo, en las entrañas

del tiempo, en el pozo más profundo

de la duda hasta el fin del sacrificio.

Treblinka huele a carne de carroña,

la muerte es humo en cámaras de Auschwitz,

en Dachau gimen los que se salvaron

de la fosa común con cal e indiferencia.



Gruta de Aracena
Tiranía, pues, es una obra compleja, de precisa arquitectura, que avanza sobre dos brazos paralelos y complementarios (los frescos que depara la realidad, las hebras del ensueño) que en ocasiones parecen acercarse y alejarse, como los meandros de un mismo, agotado río.



Hasta ahora hemos tratado de recorrer la obra de Juan Delgado desde los cuatro ejes de la memoria, la esencialidad, el compromiso y la identidad. Cabría añadir, sin embargo, un quinto elemento que, si bien se halla repartido desigualmente (mas nunca ausente) en cada uno de sus libros, tiene en cambio, una esencial importancia en las entregas más hondas del escritor de Campofrío. Me refiero al aspecto de lo telúrico, a esa fuerza instintiva y oscura de la tierra que tira hacia dentro de la memoria caudal y hasta femoral a la que el poeta se siente adherido, como un imán que lo atrae sin quererlo. Creo entender que la coartada de lo telúrico, de lo esencial oscuro, de esa sabiduría del instinto, que da hondura a la obra de nuestro poeta, nace de la propia visión del paisaje de la cuenca minera y no tanto de interacciones arquetípicas, que el autor asumiría de manera previa y fatal. Es cierto que toda obra que se precie mantiene anclajes con una realidad que nos trasciende y que esta realidad tiende a manifestarse según unos patrones más o menos fijos, pero lo que nos interesa de un autor concreto, no es tanto lo que tenga de “identificable con el acervo genérico”, cuanto la respuesta personal a ese acervo. A mi entender, la razón del universo telúrico que ronda a Juan Delgado López, a través de sus distintos libros, tiene más que ver con un asentamiento puntual y próximo, es decir, con la asunción con que el poeta reconstruye en sí mismo su propio paisaje, que queda así dibujado, interiorizado, re-conocido, con esa luz, con esa textura interior que sólo cabe ofrecer a través de la poesía. No olvidemos que en Juan Delgado es también identidad, una manera de entenderse con su propio imaginario.

La vena telúrica, por llamarla de algún modo, está presente en muchos de los libros de Delgado, pero adquiere carta de singularidad en colecciones como Cancionero del Tinto, Tiranía del Viento o muy especialmente en De cuevas y silencios (1988), merecedor del premio Bahía. De cuevas y silencios es, puede ser, una obra amorosa, pero enseguida comprendemos que ese amor transciende la mera carnalidad y el puro deseo para hacerse tierra, mineral, entraña. En su primer poemario publicado, Por la imposible senda de tu boca (1971), que nos recuerda en su impronta y en su ejecución a El rayo que no cesa del poeta de Orihuela, un vitalista Juan Delgado nos da cuenta de su pasión —“tengo la sangre en pie”, escribe— y de sus desvelos amorosos. El referente de ese amor, no nos cabe la menor duda, es la mujer, el cáliz maduro, el centro orbital de una pasión que se trasciende en amor. Desesperación, ausencia, renuncia, duelo, afirmación, placer, búsqueda, dudas, de nuevo ausencia... son jalones en esa comunión que busca el poeta y que encuentra en la amada. Sin embargo en De cuevas y silencios la cartografía del amor busca la raíz, la galería oculta, el pasaje secreto. Lo que ahora abrasa al poeta es la mujer galería, la mujer tierra, la mujer mineral, la mujer pilar, sustentadora de un mundo que no se tiene:



Eres boca de amor silenciosa y ardiente,

espiral que succiona hasta el centro del mundo.



En De cuevas y silencios, el poeta salta sobre sí mismo y se va en busca de la memoria, de su primera memoria, pero también de su destino. Un libro, pues, de introspecciones, donde el poeta, ya en pleno dominio de su voz, se hace esencial, escarbando y proyectándose en los orígenes. Su mirada apunta hacia ese majestuoso teatro interior que es el útero, allá donde nace el mundo, pero también hacia el paisaje interiorizado de Riotinto, horadado, torsionado, fecundado por hondas galerías, por dramáticos costurones de mineral, donde la tierra se muestra desnuda y pletórica. Es a través del amor, de la fecundación, cuando se reencuentra Juan Delgado con el paisaje, que ya no actúa como contrapunto ante el mundo feroz de unos hombres que lo ensucian con su presencia, sino que viene a convertirse en refugio interior, en órgano sexual, fecundante, anterior y posterior al hombre. De Cuevas y silencios podría considerarse a primera vista, un libro atípico en la bibliografía del poeta de Campofrío, pero es, a la vez, el que sostiene sus libros anteriores y posteriores. Del dolor hondo, de raíz existencial, que observábamos en Oficio de vivir, y que más tarde reaparecerá en Tiranía del viento, pasamos a en De cuevas y silencios a la búsqueda de un sentido, de una luz inaugural, de un principio motor, de una causa última y primera. La tierra, palpitante y honda, capaz de autorregenerarse, representa esa causa y ese principio. Si Juan Delgado fuese un poeta metafísico, hubiera buscado y acaso encontrado en Dios las respuestas que demandaba un libro como Oficio de vivir, pero Juan Delgado no es, no quiere ser todavía un poeta metafísico (lo será a su modo en Habitante del bosque), sino telúrico, que va en busca de esas respuestas en las entrañas mismas de la tierra, en ese ser primordial, atávico e instintivo que habita en el fondo de cada uno de nosotros.

(No es este ensayo el lugar más idóneo para examinar la curiosa y equilibrada convergencia que en la obra de Juan Delgado vienen a representar los cuatro elementos de que hablara el griego: agua, tierra, fuego y aire. Sugiero a más sagaces y afortunados comentaristas esta curiosa y apasionante tarea).

Cercano a De cuevas y silencios es Julianita, poema para un oratorio (2006), basado en una conocida leyenda de Aracena, ya escrita por José Nogales, según la cual el Príncipe de la Luz, al rebelarse contra su padre, el Rey Sol, es condenado a la oscuridad de la Gruta de las Maravillas, donde se lamenta amargamente. Sus lamentos llegan a oídos de una hermosa adolescente, Julianita, que se compadece de él. El amor surge entre el Príncipe y la muchacha y con él la desdicha, pues el encierro del Príncipe concluirá cuando conozca el amor, de manera que al ser privado del amor de Julianita, quien ha decidido dejar el mundo de la luz para vivir en la gruta junto a él, se da muerte y la muchacha se convierte así en un ser errante por las hondas y exultantes galerías de la gruta. La cercanía física entre De cuevas y Julianita, viene dada por las referencias telúricas y amorosas que ambos libros destilan, pero en Julianita, a mi modo de ver, prepondera el sentido de rebelión, sobre lo feérico, por no entrar en ramificaciones sicoanalíticas. Es la pura libertad, la rebeldía contra la ley establecida, la insumisión del hijo contra el padre, lo que precipita la tragedia. El amor es el bálsamo, el cauterio, el milagro que hace soportar la dura condena, el mundo oscuro. ¿Un libro telúrico?, sí, sin duda, pero también un canto a la rebeldía y a la libertad. Al amor.

El amor es también un tema importante en la trayectoria de Juan Delgado López. Su primer libro, Por la senda imposible de tu boca, del que ya hemos hablado, se centraba en el amor, como también Julianita. El amor de Por la imposible... era apasionado, desbocado, en el que la duda y la ausencia, desesperaban al poeta, que quería fundirse totalmente en la amada. En Julianita el amor servía como lenitivo a la condena y era concebido como salvación. Seis sonetos para un mismo amor (1998), un delicioso cuaderno dedicado a Angelita, el amor de su vida, es realmente un homenaje, una ofrenda, un reconocimiento a ese amor que fructificó en la niñez y se ha prolongado a través del tiempo. En los seis sonetos caben todos los estadios del amor; desde las dudas y las sorpresas iniciales, hasta la fecundidad, la ternura, el deseo, la vida doméstica y sosegada.

En este repaso apresurado de la obra del poeta de Riotinto no es posible detenernos como quisiéramos en el viaje. Ya al hablar del compromiso y la identidad, nos hacíamos eco de esos referentes culturales en los que se veía reflejado el poeta y van sustanciando su obra. Dos libros inéditos, Al andar, y Cuaderno de Santa María de Mave, a los que habría que sumar el también inédito Suite de la Sierra, dan cuenta del interés y la curiosidad intelectual del poeta por las cosas que le rodean o las que le salen al camino. Cuaderno de Santa María de Mave, nos recuerda en su plasticidad, pero también en su esencialidad a Habitante del bosque. El cuaderno da cuenta del asombro ante el paisaje castellano, centrado en la sobriedad y en la pureza que el poeta asocia a la religiosidad. La presencia trascendente de Dios parece flotar en cada uno de los poemas. Es, si me lo permiten, un libro donde se une la sobriedad machadiana con el “vuelo” del último Juan Ramón. En este cuaderno Juan Delgado parece dar en sí, encontrarse. Estos paisajes y claustros bendecidos por el silencio y la edad sirven al poeta para meditar sobre el paso del tiempo, pero también sobre la permanencia, la soledad, la relación del hombre consigo mismo. Un libro, pues, de revelación. Al andar, precedente de Suite de la Sierra, y escrito en 20 años de caminar, es un cuaderno de hermosas estampas de viaje, pero en el que se vierte toda la tradición lírica castellana. En él se abrazan el Atlántico de Isla Canela con el Cantábrico de Fuenterrabía, la prolija Meseta castellana con el ardiente sur. Una colección de canciones, impresiones y reflexiones de caminante, escritas con esa ligereza de quien está de paso.

Los días encontrados y otras oraciones (1999) es también un libro extraño en la bibliografía de Delgado. Su extrañeza no deriva de su temática, sino de la propia concepción del libro. No es, como todos lo que conforman su dilatada obra, un libro unitario, sino el resultado de sucesivos estratos en el que se registran varios materiales que no guardan otra conexión entre sí que el estilo personal, inconfundible del poeta. Sus piezas fueron apareciendo en revistas y catálogos sin que, lógicamente, hubiera cuando se concibieron, un criterio unificador. Con todo, alguno de los mejores y más logrados poemas de Delgado se hallan en este libro de poemas, en el que Delgado frecuenta el homenaje emocionado a las personas queridas y compañeros de viaje.

El hasta la fecha último libro de JD es Sueño de una noche de ginebra. Se trata de una reflexión sobre la vida y la muerte, ante ese vaso de ginebra que aquí posee un carácter especular y confesional. El poeta, tal vez “inducido” por la ginebra, “tan redonda en el vaso”, mezclándola con su propia sangre, dialoga consigo mismo, como si esa revelación “lo estuviera esperando desde siempre”, como si hubiera necesitado tan largo camino de vida y esperanza para llegar al punto exacto donde la verdad se revela, donde el ser aparece desnudo ante sí mismo:



Y me miré en su fondo repleto de estaños apagados y destellos fugaces,

y allí estaba un suspiro de medusa

que me creció en los pulsos como una sangre alada

que me alzara triunfante a la aventura ingrávida de conjugar el ser con el no [ser,

a despojarme de todas las oblicuas y opacas complacencias para dejarme [limpio

en la imposible noche de la verdad luciente, de la verdad sonora.



Frente a sus últimas colecciones (léase Habitante..., Memoria...), Sueño... se concibe como un libro abierto, donde el poder de la palabra y de la introspección cobran un inusitado interés. El poeta aquí, desata su lengua, se lanza a ese río especular al que lo invita la ginebra. Y aunque no estemos hablando de recuento o de balance de vida, en este diálogo sin cortapisas entre el autor y su imagen, percibimos que las cartas del tiempo se van poniendo sobre la mesa:



Los fantasmas del tiempo recobrado

van disparando el flash de la memoria,

y en una millonésima de instante

desfilan por la mente los círculos concéntricos

de una vida vivida en reflejos de azogue.



Y que a pesar de esa cordialidad, de entendimiento casi, se advierte ya un fin, un retorno a los orígenes:



es el retorno a casa,

a la casa perdida,

a la casa habitable,

al jardín encendido de los sueños.



Sueño, en efecto, cierra espléndidamente el círculo que comenzara con El cedazo. Habrá sin duda nuevos libros con los que continuar este viaje, pero nosotros hemos acabado aquí nuestro recorrido y llegado a nuestro puerto. De hecho el autor no ha incluido en este libro los libros inéditos: los primerizos Primeros poemas y La mina en la sangre, ambos escritos en la década de 50, Poemas de ausencia, de la década siguiente, el oratorio Poema del Descubrimiento —oratorio— escrito en 1980, Las muñecas de tía Rosario lloran y Enredados, aguja, hilo y dedal, ambos de 2009 o Tinduf, el dolor de la arena (homenaje a los saharauis) también de 2009, así como Sonetos humanales, Y Dios puso la risa de un niño en mi paisaje, o la carpeta Dedicatorias y homenajes, que acaso algún día vean la luz.

Como se ha dicho, no era intención nuestra analizar en profundidad cada una de las vetas y jalones que conforman la bibliografía de Delgado, sino servir de meros guías para una lectura más provechosa de los poemas que siguen. El no habernos conducido por un eje temporal, lo sabemos, presenta notables desventajas, pero dado el dibujo de círculos concéntricos que recrea la obra de Juan Delgado López, hemos preferido abordarla desde una estrategia axial. En cualquier caso, lo que pretendemos es que el lector, tanto el conocedor de la obra como el que se enfrenta a ella por vez primera, se reconozca en cada una de las distintas facetas de este poeta enormemente coherente y a la vez poliédrico a quien seguimos, admiramos y queremos.



Fuenteheridos, 5 de marzo de 2006, 11 de octubre de 2010


1
Sobre la consideración de completa podría haber algún tipo de sensato desacuerdo por parte de sus futuros estudiosos. Digamos que la presente edición es la que Juan Delgado me confió como completa, sin que esto excluyera, paradójicamente, que se quedaran por unos u otros motivos algunos poemas fuera. Esta es, para acabar, “su” poesía completa y a su voluntad nos aferramos.
2
José María Fontenla Granado (Riotinto 1883, Huelva, 1968), considerado como el verdadero impulsor intelectual del grupo, era oficinista en las minas y fue poeta, narrador y colaborador periodístico en diarios onubenses. Entre sus libros recordemos la interesante novela, 4 de febrero de 1888 , inédita, como el resto de su obra..
3
Manuel Chaparro Wert nació en Ríotinto en 1901y murió en la misma localidad en 1970. Fue maestro nacional y facultativo de minas. Publicó Serranía y Poemas del camino (verso), así como Estampas escolares Cartas a Javierín, 11 cuentos y La ciudad enemiga, en prosa.
4
Francisco Arranz García nació en Riotinto en 1899. Fue facultativo de minas y durante un tiempo ejerció su profesión en México. Más tarde se hizo profesor de inglés y se dedicó a la enseñanza. Su obra permanece inédita, salvo Poemas de la mina (1976), y los poemas publicados en revistas y publicaciones locales.
5
Aunque nacido en Puebla de Guzmán en 1897, José María Morón pasó su infancia y juventud en una Nerva convulsionada por los movimientos sindicales. En 1933 obtiene el premio Nacional de Poesía por el libro Minero de estrellas, que combina tradicionalidad formal con una preocupación por los contenidos sociales, teniendo como eje conceptual la dura vida en las minas. Aunque publicó con posterioridad algunos otros libros de expresión vanguardista, se lo recuerda por el citado libro. Falleció en Madrid en 1966.