POSTRIMERIAS






Váldez Leal. Postrimerías.
Cae la tarde. El sol de poniente enciende las nubes. Queda en el ambiente como una leve tristeza. Crecen las plántulas de tilo que sembré hace un par de meses y cuyas semillas recogí en la montaña de Buda. Hace sólo unos días hablaba de una cierta entrevista a Gallardón a causa de su próxima ley del aborto. Hoy leo que los recortes para la dependencia para las personas enfermas y con malformidades serán este año de casi el 50%. Es decir, los seres que nazcan con deformaciones, que se jodan desde ya. Y a las futuras madres, pues eso, que recen, que le pidan a Dios o a sus epíscopes que no les toque a ellas. Por cierto, sobre estos recortes no querrían pronuciarse su ilustrísmas, los obispos, que a ellos sí les harían caso? La vida es sagrada para ellos, la vida y lo que cobran (para ellos no hay recortes) del gobierno. A ver, dónde carajo está ese supuesto voto de probreza y todas sus mulas del nuevo papa? Si pudiera pedir la nacionalidad belga, filipina o uzbeka no lo dudaría. Y agradecería mucho a algún lector me dijera cómo se borra uno de la iglesia. La indignación, lo siento, me supera. Es hermosa la tarde, las casas tienen un blancor casi irreal, los pájaros se esconden en los árboles. Carvoeiro, el puertecito algarvio aparece en mi mente, con su pequeño muelle y sus baretos, medio recostado en el mar.
Váldez Leal. Postrimerías.









Os dejo hoy con un cuento más largo titulado Cerezas. Pertenece al libro Cielo municipal. Este libro, en construcción, tuvo una primera versión con 6 relatos en Cielo municipal (Ayto de Oria). Desde entonces sigo trabajando y llevo ya casi 12 relatos. Falta mucho para llegar a los 30 o 35 que imagino debiera tener.


 
 
 
 
 
 
CEREZAS

Para Ginés, que sabe de cerezas
 
 
Su padre, un pobre minero de G*** M*** que perdió un ojo en la mina, lo decía con mucha claridad: Avelino, he visto mucho mundo y los hombres se dividen en dos, los que sí y los que no. A él le había inculcado que fuera de los del sí y él se lo tomaba muy a pecho. Avelino Rivero llevaba sobreviviendo lustros en los límites de la ciudad y de sí mismo, pero no se quejaba ni de lo uno ni de lo otro. Desde que abandonó su casa y su tierra, había llevado una vida difícil, pero qué vida bien mirada no lo es. Desde que se posó en las afueras de la ciudad, llevaba bregando cuarenta años y allí seguía, firme como un palo. Mientras él se había quedado en su casucha, la ciudad se le había ido acercando, pero lo que es él, no había dado un paso atrás. Habían cambiado gobiernos, carreteras, alcaldes, y hasta el clima, pero él seguía allí, en los límites de la ciudad, aguantando mecha. Lo que para él contaba era que sus hijos les hubieran salido todo lo buenos que pueden salir los hijos de un pobre. Lo demás, se decía sí mismo, son cuentos.
Con los cuatro cuartos que se sacaba con el cobre y la paguita de la beneficiencia, Avelino Rivero vivía una segunda juventud. Se levantaba en cuanto salía el sol, se ponía en marcha bicheando las obras y en cuanto llegaba el mediodía cargaba el carro de tubos y de alambres y se ponía en camino del Sernita, que le compraba todo lo que llevaba. Tal vez en lo del Sordo San Juan le pagaran más pero quién se andaba una pila de quilómetros para allá y otros tantos para acá empujando el carro. Eso lo hacía cuando tenía a los niños en la chabola y le sobraban los cojones. Ahora ya tiene bastante con el Sernita. Después de descargar el cobre, nada más doblar la esquina, Avelino se toma una cruzcampo en lo del Juanín el Palanca o como se llame y, si hay tiempo, se deja llevar por las inmediaciones, unas veces a espárragos, otras a tagarninas, en fin, lo que dé el tiempo. La ciudad, lo que se dice la ciudad, le quedaba tan lejos como cuando salió de G*** M***, un porrón de años antes, cuando su padre perdió el ojo y él dijo que por bien que pagaran, las minas no eran para él. Y lo que son las cosas, él que huía del cobre, hacía lo menos diez años que vivía del cobre. Lejos también quedaba la etapa de la gaseosa, cuando se pasaba el día cargando cajas de gaseosa por esos pueblos de Dios y con cuatro bloques y cuatro chapas se fue haciendo la casita. Ahora tenía bastante con ventear el cobre y cargarlo hasta el Sernita; más lejos todavía el tiempo en el que a pique estuvo de perder la cabeza con la desgracia de Santos, su mujer, que un día desapareció sin más ni más y hasta hoy. Para él que a Santos se la mataron, o, probecita, que se la llevaron a quién sabe dónde la gente de la prostitución, pero es como si le hablara al viento, pues hasta sus hijos le dicen que se olvide, que tire para adelante y se olvide. Ellos sabrán. De todo eso hace mucho; tanto, que cuando se acuerda, ya no le hierven los ojos ni siente como que le empieza a picar el corazón.
 Perdida su mano contra la fortuna, lo que de verdad le reconforta ahora, cuando ya son otras cosas las que empiezan a fallarle, es tener unos hijos tan buenos como los que tiene, aunque los pobres no tengan tiempo de venir a verlo. Paca e Ignacio, Ignacio y Paca, eso es, ésos son sus nombres. Parece mentira, se dice, mirando a su alrededor y sintiendo que la vida, bien mirado, no lo ha tratado tan mal. Sus hijos y este cielo que disfruta desde los mismos límites de la ciudad, pueden corroborarlo. Sólo le falta Santos, su mujer, pero a Santos se la llevaron los de los puticlubs y todo eso.
El caso es que hoy Avelino anda cabizbajo, medio roto, y eso que para un hombre que ha vivido como él, hay ciertas cosas del ánimo que parecen más bien lujo, cosa de ricos. No es que haya visto a los de la constructora andando por ahí. No. El hombre anda hoy triste, como si el mundo se le hubiera vuelto del revés. El que se hubiera convertido en el día más feliz del año, le ha salido, cómo decirlo, un poco rana. Rana, sí, eso es, rana. ¿Por qué? Es lo que tratamos de explicar.
Desde hace una semana no sabe qué hacer con los chorlos que se le posan en el cerezo del cimbarón, cuando ya la ciudad definitivamente ha dejado paso al campo campo. A cinco minutos de su casita, todo lo más. Parece que el cimbarón y los alrededores son propiedad de una constructora que con su cartel amarillo anuncia que en esos terrenos se va a construir un barrio para ricos, un hipermercado y no sé qué más, pero el cartel lleva un año ahí y no parece que la cosa sea de hoy para mañana. El cartel, por tanto, no constituye ningún problema para Avelino, pues él calcula que para cuando comiencen a levantar el barrio residencial ese o lo que sea, él ya estará criando malvas en la Soledad y es que setenta y dos abriles alguna ventaja habrían de tener. No, lo que a Avelino le ha tenido en un sin vivir es que los chorlos se le coman las cerezas del cimbarón antes de que sus dos nietos, Javier y Vanessa vengan, como les ha prometido su padre, su hijo, quiero decir, a mediados de junio, en cuantito se acabe la escuela. Es por eso que se ha comprado la escopeta en lo del Sernita, al que él, harto de que si esto que si lo otro, le vende los tubos y los alambres que le van dando en las obras. Nadie se extrañe de que le haya soltado cincuenta euros por una vieja escopeta que sólo sirve para hacer ruido y espantar a los chorlos. Con ese dinero en la ciudad ciudad se hubiera comparado una como dios manda, pero para lo que él la quiere... Por eso, para que sus nietos sepan lo dulces y buenas que son las cerezas corazón de gallo del cimbarón y las vean en las ramas y las disfruten y se suban al cerezo, mientras él, desde abajo, les vaya diciendo, tened cuidado con las ramas, que son muy traicioneras.
Durante días, desde que el sol sale hasta que se acuesta por esas sierras de dios, dejando todo teñido de rojo, Avelino ha estado vigilando las cerezas como el guardia jurado que no ha sido nunca. Durante ocho días las ha visto madurar y ha contado las horas que faltaban para la llegada de sus nietos Javierito y Vanessa, Vanessa y Javierito, cuando por fin se puedan subir al cerezo. Ocho, siete, seis...
¿Desde cuándo no veía a sus nietos?, se preguntaba en esas hondas tardes de junio frente al cerezo. Cuatro, cinco años o más. Habrá que ver cómo andarán de crecidos. Fijo que cuando los vea no los conozco, se dice. Entonces eran chicos, pero ahora que se bajan del coche, resulta que son igual de altos o más altos que él. Lo mismito, vaya, que su padre, parece que lo está viendo. Sobre todo Javier, que es esmirriado y larguirucho como él, ¿te acuerdas? Y luego, tan tímido y tan reservado, cristo, qué edad. Cuando le ha dicho que por la mañana muy tempranito le esperan las cerezas, no ha dicho, abuelo, esta boca es mía. Se ha sonreído un poco, se ha encogido de hombros, como si dijera ¿me lo dices a mí, abuelo? Tampoco a Vanessa, tan guapa, tan no sé qué, niña ya estás hecha una mujercita, como la Santos, tu abuela, se le ha encendido la cara. Se suceden segundos extraños e infinitos. Qué he dicho, piensa. Es su hijo Ignacio el que acaba de aclarárselo. Mira, papa, los niños no quieren ir a por cerezas, sino al Hipercor. ¿Al Hipercor? ¿Qué se les ha perdido en el Hipercor?, replica confundido. Los críos de ahora son así, dice el hijo abriendo las manos y como aupando los hombros. Pero las cerezas, las cerezas, las cerezas, al viejo le cuesta arrancar, está aturdido, no sabe, le faltan las palabras... Cerezas ya las verán en el Hipercor, y mejores, padre, mucho mejores. Cualquiera sabe lo que le echarán a esas cerezas, replica cabizbajo. Además, padre, qué se las ha perdido a los chiquillos encima de un cerezo. Los chiquillos asienten, se escabullen, como que se alejan. ¿Entonces, las corazón de gallo? Las corazón de gallo, sí, también las corazón de gallo y las picotas y todas las que se les antojen, padre. No me digas que no has ido nunca a un hipermercado. Aquí, dice Avelino, quieren construir uno. ¿Un hipermercado? Eso dice el cartel, afirma Avelino, pero Avelino no sale de su asombro. Parece como si pasara por una de esas arquetas donde todo, de repente es oscuro. Igualitas van a ser, que las cerezas del cimbarón. Igualitas, se dice muy bajo, para escucharse, sólo para escucharse: igual por los cojones.
El hijo, que ya ha notado en su padre una cierta lentitud, como si una nube lo recorriera por dentro, le pregunta por los vecinos, por Rosa, por el viejo legionario, por la mujer aquella, cómo se llamaba, sí, a la que metieron en el talego, por el viejo Palanca y su bujío de mierda, por si ya se sabe algo del nuevo plan urbano y qué harán con las chabolas, si construirán, ese, como se llame, hipermercado, si antes de eso le reconocen la propiedad, si al final le dan o no los papeles o al menos una indemnización. Lo primero que oye Avelino: plan urbano, propiedad, indemnización. ¿Qué propiedad, qué indemnización? ¿Esto no es campo campo? ¿Eso es que nos van a echar de aquí?, pregunta alarmado. Al menos, no todavía, suspira el hijo, que por si acaso piensa pasarse mañana por el ayuntamiento a ver qué hay de las indemnizaciones o si al menos tienen previsto darle un piso en otra parte. Entonces lo de las cerezas... Javier vuelve a su gesto anterior y los niños, entre risas, ya han salido de la casucha. Antes les gustaba, dice. No te hagas sangre, vamos. Estos críos crecen que es un gusto, papá, pero tú no te preocupes, ellos se gobiernan solos, estaban locos por verte y aquí están, ¿no ves lo grandes que se han puesto? Pero entonces, las cerezas, las cerezas... ¿Desde cuándo no vas al centro, padre? ¿Al centro?, ¿qué se me ha perdido a mí en el centro? Mañana cogemos los cuatro y nos vamos al centro: allí comeremos como dios manda. En el Palanca..., comienza a decir. Anda ya, padre, el Palanca es un bujío de mala muerte. Avelino baja los ojos, pero de repente nota el peso de sus setenta y dos años. Mañana será otro día.
Ya al quitarse las botas asume por vez primera ese peso físico que lo tira hacia el suelo, como si fuera, no sé, una comezón de ausencia, un cansancio que se le ha echado de golpe sobre sus huesos, hasta el punto de que ni en la cama consigue enderezar el sueño, él que es un reloj para lo suyo.
Los chicos, claro, han crecido, qué torres, madre, qué torres y vuelta a empezar. Se han ido a dormir a un hotel porque aquí no se cabe y qué se le va a hacer, pero las cerezas... Por eso sabe que están ahí. Dios santo. La casita es chica, muy chica, tendría que haber comprado unos ladrillos y hacerle un cuartito más. Quizás... Durante ocho días seguidos no ha hecho otra cosa que vigilar las cerezas y se ha gastado cincuenta euros para intimidar a los chorlos. Anda como espantado, como si no le cupiera la camisa en el cuerpo. La cosa, vista así, podría ser hasta graciosa, pero para Avelino es más bien dramática. Eso es, dramática, así que en cuanto barrunta el olor de las primeras luces, una hora antes de que se echen sobre la ventana, se escurre de su camita supletoria, toma la escopeta y se marcha siguiendo el mismo camino de los últimos días, hacia el cimbarón del cerezo.
Camina despacio, apesadumbrado, confuso, un poco triste por llevar la escopeta que hoy no le servirá ni siquiera para espantar a los chorlos. Cuando llega a la hondonada, se sienta al lado de una piedra, como ha venido haciendo durante todos, todos los días. Poco a poco comienzan a abrirse grietas de luz aquí y allá y la ciudad, con lentitud, parece despabilarse. Él sabe de eso. Le basta poner la mano sobre la tierra y notar cómo todo se va despertando, cómo la tierra se va emberrechinando por dentro. Al cabo de más de hora y media, los pájaros comienzan a estirar sus cuellos y a tentar el aire con sus vuelos rasantes y nerviosos; el sol, cobrizo, se va erizando en un cielo lechoso e inmóvil. En el cerezo se entreveran las cerezas carnosas y brillantes. El cartel amarillo de la constructora, a sus espaldas, tan quieto, tan indiferente, parece puesto allí desde la eternidad, se dice, vigilándolo a él y a los cerezos. Gira el cuello. ¿Dónde pone lo de las indemnizaciones? Después de mucho rato, los primeros chorlos tratan de acercarse a la masa compacta y verde del cimbarón. Él los observa, dejando que se posen. Al cabo se echa la escopeta a la cara, cierra un ojo y dice muy muy bajito, como para que no se oiga, pum pum, y luego, como cansado del esfuerzo, deja la escopeta en el suelo y restriega indolentemente la bota sobre la tierra. Quisiera echarse a llorar o que ahí, no sé, mirando los diminutos corazones rojos que ahora se comen los chorlos, le llegara por fin el sueño.

2 comentarios:

Ximens dijo...

Entro solo para decirte que te leo con frecuencia. Recuerdo que me educaron en una época en la que los hijos con deformaciones eran un castigo de Dios por los pecados cometidos por los padres. Torquemadas que quieren volver.
Tu relato me ha encantado, además de por estar muy bien escrito por la proximidad. Vivo en Vallekas y conozco algunos casos de esos que narras. Coincidencias, mi tía Avelina y su marido recogían cartones al jubilarse. Los hijos (que ya vivían en Pacifico) se compraron cada uno un coche con la herencia y se paseaba requetechulos por el pueblo.
Un saludo.

MANUEL MOYA dijo...

Gracias, Ximens por tus palabras. Perdona el tono de ayer, pero es que si por un lado se dice que van a volver atrás con el tema del aborto y por otro van a dejar tiradas a las madres que tengan hijos con malformidades, que me digan por dónde carajo escapar. Me hiere la hipocresía moralinolonga de la derecha. Como me hiere la traición de las izquierdas a los códigos de izquierda, ya que estamos. En fin, me gusta que te hayas sentido reconocido en ese relato quasy vallekano. Quiere hablar de la gente que está ahí, en el limbo, con un pie dentro y otro afuera de la sociedad, en el límite se sí mismos. Me producen ternura esta clase de tipos. Me alegro de que hayas captado ese estado de ánimo. Un abrazo valleko-onubense