CON LA NOCHE A CUESTAS

Manuel Ferrand (Sevilla, 1925-1985 Sevilla) obtuvo un papel importante en la Sevilla de la transición. Escribía por entonces en el ABC, ese periódico con el que jamás he podido porque era (y lo sigue siendo) el periódico con el que desayunaban los señoritos andaluces, ese lastre del que tanto y tan bien hablaba otro abecero caído en el olvido, Manolo Barrios, un autor del que quisiera hablar uno de estos días. Manuel Ferrand comenzó a sonar en el mundillo literario -su nombre está vinculado también a la impagable La Codorniz, donde colaboraba como dibujante- tras publicar su novela El otro bando. Un par de años más tarde, en pleno boom de los narraluces (1968) obtuvo el Planeta con la novela Con la noche a cuestas, la obra que vamos a comentar. Aparte de estas dos novelas, publicó Quebranto y ventura del caballero Gaiferos (1973),  La forastera (1974), Los farsantes (1975), El negocio del siglo (1977) y Los iluminados (1982).
Manuel Ferrand cayó también en la casi inevitable tentación sevillí -¡ay de Sevilla, esa mantis que acaba por decapitar a quien la mira con ojos de enamorado!- y al final de su vida consagró algunas obras más o menos prescindibles a la ciudad donde había nacido y vivido.

Con la noche a cuestas (1968) narra la historia de dos perdedores, dos hombres enterrados en la noche que tratan de sobrevivir a la ciudad y a sí mismos. Castro, un viejo sereno a punto de jubilarse recorre las calles como un Sísifo cansado y bonachón que ha visto de todo y que todo lo olvida, y Tirso, el vigilante nocturno, que acaba de llegar a la ciudad para hacerse vigilante de una obra, lo por de lo peor, trata de acomodarse a su fracaso, huyendo y sucumbiendo a las triviales tentaciones. Lo que más sorprende de esta magnífica novela es su contención dramática y el dibujo solanesco y seco que traza de sus dos coprotagonistas. Sorprende que esta obra aparezca en el mercado el mismo año que Guarnición de silla, la novela donde Grosso comienza su aventura barroca y, de hecho, nos será difícil encontrar dos libros estilísticamente más distantes entre sí. Lo que en el Grosso de Guarnición es quiebro y requiebro, escrito todo hasta el agotamiento, en Ferrand será sobriedad y contención, realismo a ultranza, no exento de cierta poesía y complicidad ante sus dos personajes centrales. Con la noche a cuestas, como queda dicho, descansa en la peripecia casi banal de sus dos protagonistas, que se mueven en un entorno grisáceo y nocturnal, en torno a un nuevo barrio de ricos, donde no todo es lo que parece. Lo curioso es que Ferrand logra lo imposible: el que a pesar de su escueta y sutil trama, el lector quede enganchado a sus páginas como un mejillón a la roca. Yo creo que este fenómeno viene dado por la veracidad que destilan los personajes y por ese fondo sutilísimo de tragedia que se masca desde el principio. Todos sabemos que va a pasar algo gordo -de nuevo la amenaza carvertiana o el presentimiento de la tragedia de los griegos-, pero no podemos imaginar el qué, por lo que se aviva nuestro interés y acabamos por acomodarnos en la miseria atmosférica que destilan las páginas. En el fondo, tanto Crespo como Tirso se arrastran por la oscuridad como sombras de lo que debieron ser, de lo que ya no es posible ser. Ambos han perdido el tren de la vida, uno por la edad, el otro por la falta de ambición y expectativas. La ciudad los observa y hasta parece dispuesta a tragárselos. Sin embargo, más allá de su existencia banal, ambos se manejan con dignidad -más el sereno que el vigilante, todo hay que decirlo, pues éste es preso de ciertas turbulentas tentaciones- en un mundo en transición, complicado y en el que no es oro todo lo que reluce. Lo sorprendente de esta novela es, ya lo hemos adelantado, su contención dramática, el sabio juego de claroscuros, el dibujo de sus personajes, la atmósfera y, cómo no, su trama esquemática y precisa, que podría resumirse en cuatro o cinco líneas. Con la noche a cuestas es fundamente una novela elíptica, en la que lo ausente es tanto o más importante que aquello que su autor nos va mostrando. La novela muestra, por poner un sólo ejemplo, una sociedad degradada éticamente, con evidentes conflictos sociales y morales, y sin embargo, gracias a la radical sutileza del novelista, el lector no parece encontrarse en una novela de corte social, sino existencial. La noche parece sumir y ocultar toda esa realidad que es el trasfondo de la obra. La noche se convierte no ya en escenario, sino en símbolo. La noche parece cuadrarlo todo, pero es en sí misma un sarpullido de ese todo. En fin, una magnífica, una extraordinaria, sorprendente novela, reservada, eso sí, a lectores exigentes,  a buenos catadores de literatura. Una de esas novelas que debieran estar presentes en cualquier taller de narrativa que se precie, porque ella sola es un taller. Apunten, apunten, Con la noche a cuestas, Manuel Ferrand. No les defraudará.


Os dejo con el inicio de la novela, que revela el tono y, por qué no, la maestría de Ferrand en la construcción de atmósferas y personajes.


"Pasó el último autobús, casi vacío, camino del centro. Serían las dos y cuarto y el airecillo norte retorcía, como jugando, la columna de humo a la puerta de la caseta. 
Tirso se asomó y las orejas se le quedaron como atravesadas por agujas. Cuando el autobús se perdió de vista el hombre volvió a meterse en la caseta de madera porque, después de todo, mejor se estaba allí, envuelto en el capote viejo y la manta, que no a la intemperie, junto a lo que quedaba de hoguera.
Las primeras noches fueron más entretenidas porque siempre surgía algún ruido que lo mismo podía ser de ratas que de ladrones y porque se pasaba las horas viendo sombras que se movían por los alrededores de la obra. Al menor ruido ya estaba fuera de la caseta. Entonces, en la penumbra veía moverse algo entre los montones de material o al lado de la hormigonera, o donde los sacos de cemento; se acercaba y no había nadie. Otras veces subía la escalera sin barandas ni enlosado y recorría una por una las plantas del edificio.

[...]

Unas noches en cuanto acababa la televisión y cerraban la cafetería de enfrente, y otras más tarde, caía por allí el sereno de la demarcación. Se llamaba Castro y tenía un defecto en una pierna, por lo que el bastón, además de arma de autoridad, de defensa y ataque, le venía que ni pintado para su cojera.
Era un tipo raro ese castro. Contaba cosas extravagantes que molestaban a Tirso las más de las veces, pero había que soportarlo porque hacía un rato de compañía, y eso se agradece cuando se está de guarda toda la noche".

e così via