HAMSUN: LOS ESCLAVOS DEL AMOR

La tercera entrega de esta antología personal del relato es de, curiosamente, otro premio Nobel, Knut Hamsun (y no me ablandan a mí los Nobel). Más allá de los datos que puedes tomar de la wiki, qué puedo decirte de Hamsun. Quédate con esto: un tipo verdaderamente raro. Durante la primera parte de su vida fue una especie de mendigo por Cristiania (Oslo), cosa que refleja en su novela Hambre, o de aventurero por los bosques noruegos (Pan, La trilogía del vagabundo, La bendición de la tierra...). Hay quien lo considera el padre del subjetivismo e influye a autores como Celine, Kafka y tal vez deudora de Ibsen. Puede ser. Es, en todo caso, un personaje desnudo, contradictorio, muy libre, pero lleno de sombras y de luces. Su gran sombra fue abanderar el nazismo en Noruega y entrevistarse con Hitler.Su gran luz esa literatura de la libertad que él propone.
Acaso el presente cuento no sea característico de los mundos casi friedrichtianos de Hamsun, donde el hombre aparece desnudo y pequeño ante la majestuosa naturaleza, pero a mí me fascina. Es una historia sin grandes pretensiones, pero escrita con mucha sensibilidad. Os va a gustar.
Su traductor es José Lleonard para una vieja edición de 1965 de Círculo de Lectores.



LOS ESCLAVOS DEL AMOR
Knut Hamsun
Trd. José Lleonard

¿Escribo estas líneas para desahogar mi corazón. He perdido mi empleo en el café y mis días de felicidad. Lo he perdido todo.
Cada noche, un joven vestido de gris entraba con dos amigos. él se sentaba a una de mis mesas. Venían muchos señores que me saludaban con una palabra amable. Aquél, no. Era alto y delgado, de pelo suave y negro, y ojos azules que, de vez en cuando, me miraban. Un pequeño bigote empezaba a nacerle sobre el labio.
Aquel hombre debía tener algo contra mí.
Vino a diario durante una semana. Me había acostumbrado a él, y le echaba de menos cuando no venía. Una noche, no apareció. Yo daba vueltas por el café buscándole. Por fin, le encontré junto a una de las grandes columnas de la otra entrada. Estaba sentado con una de las artistas del circo. Ella vestía de amarillo, y sus guantes le llegaban al codo. Era joven, y tenía unos ojos oscuros muy hermosos.
Escuché un momento de qué hablaban. Ella le reprochaba algo. Estaba cansada de é1, y le pedía que se marchase. Yo pensé: " ¡Virgen santa! ¿Por qué no viene a mí?"
A la noche siguiente, vino con sus dos amigos y se sentó junto a una de las cinco mesas que yo atendía. No me acerqué a é1, como solía hacerlo, sino que, sofocada, fingí no haberle visto. Cuando me hizo una seña, me acerqué.
-Ayer no vino usted por aquí -le dije.
-¡Qué esbelta es nuestra camarera! -les dijo a sus amigos.
-¿Cerveza? -les pregunté.
-Sí -contestó él.

Pasaron un par de días.
Me dio una tarjeta, y dijo:
-Llévesela a...
Cogí la tarjeta antes de que hubiese acabado de hablar y se la llevé a la señora del traje amarillo. Por el camino, leí su nombre: Wladimierz.
Al regresar, me miró interrogante.
-Sí, la he llevado -dije.
-Y no hubo contestación?
-No.
Entonces, me dio un marco, y dijo sonriendo:
-No contestar es también una contestación.
Se pasó la noche mirando fijamente a la joven y a sus acompañantes. A las once, se levantó y se dirigió a su mesa. Ella le recibió fríamente. Sus dos amigos, en cambio, hablaron con él, haciéndole preguntas maliciosas y sonriendo. Permaneció allí sólo unos minutos, y cuando volvió, le hice notar que le habían echado , cerveza en un bolsillo del abrigo. Se quitó el abrigo y, volviéndose bruscamente, miró unos instantes hacia la otra mesa. Le sequé el abrigo y me dijo sonriendo:
-Gracias, esclava.
Al ayudarle a ponerse el abrigo, le acaricié la espalda. Él se sentó profundamente pensativo. uno de sus amigos pidió más cerveza y yo cogí su vaso para llenarlo. También quise coger el vaso de T...
-No -dijo él colocando una mano sobre la mía.
Este contacto hizo que dejase caer mi brazo. El debió de notarlo, porque retiró su mano en el acto.
Por la noche, de rodillas ante mi cama, rogué dos veces por é1, y besé llena de alegría la mano que él tocado.

Una vez me regaló flores, muchas flores. Se las compró a la vendedora en el momento de entrar. Eran rojas y frescas.
Adquirió casi toda la cesta. Las dejó sobre su mesa, y las miró durante mucho tiempo. Ninguno de sus amigos le acompañaba.
Cuando no tenía trabajo, me colocaba detrás de una columna y le miraba pensando: "Se llama Wladimierz.
Pasó una hora. El miró impaciente el reloj.
-¿Espera usted a alguien? -le pregunté.
Me miró, abstraído.
-No -contestó-, no espero a nadie. ¿A quién voy a esperar?
-Pensé que quizás estuviese esperando a alguien -repetí.
-Acérquese -dijo de pronto-. Tome, para usted.
Y me dio las flores. Le di las gracias en un susurro, pues casi no podía hablar.
Una inmensa alegría me embargaba. Llegué sin respiración a la barra del bar.
-¿Qué quiere? -preguntó la encargada.
-¿Qué le parece? -contesté yo.
-¿Que qué me parece? -exclamó ella sorprendida.
-¿Está usted loca?
-Adivine quién me ha dado estas flores -le dije.
El maitre se acercó en aquel momento.
-¿Aún no ha llevado la cerveza al señor de la pierna de
madera? -oí que decía.
-Me las ha dado Wladimierz -dije.
Y me fui a servir la cerveza.
T... no se había marchado. Cuando se levantó para salir, volví a darle las gracias. Él suspiró y dijo:
-En realidad, las había comprado para otra persona.
"Es posible -pensé-. Pero me las ha dado a mí. Fui yo quien las recibió, en lugar de la persona para quien las había comprado. Y también permitió que le diera las gracias. Buenas noches, Wladimierz."

A la mañana siguiente llovía. "¿Qué me pondré hoy? -dije-. ¿El vestido negro o el verde? " El verde era más nuevo. "Sí, me pondré el verde". Estaba muy contenta.
En la parada del tranvía, una señora aguardaba bajo la lluvia.
No llevaba paraguas. Le ofrecí el mío, pero dijo: "No, gracias. "Entonces , cerré el paraguas. Así, la señora no se mojaría sola.
Por la noche, Wladimierz vino al café.
-Gracias por las flores de ayer -dije.
-¿Cómo? -exclamó-. ¡Oh! ¡Deje ya de hablar de esas flores!
-Le estoy muy agradecida -insistí.
Se encogió de hombros y contestó:
-No es a usted a quien amo, esclava.
Bien, tampoco 1o esperaba, y por eso no sentí ninguna decepción. Pero le veía cada noche, se sentaba siempre en una de mis mesas, y era yo quien le servía cerveza. ¡Bien venido seas de nuevo, Wladimierz!
A la noche siguiente, llegó tarde.
-¿Tiene usted mucho dinero, esclava? -me preguntó.
-Desgraciadamente, no -le contesté-. Soy pobre.
Entonces, me miró y añadió sonriendo:
-Creo que me ha entendido usted mal. Necesito dinero para mañana.
-Tengo un poco de dinero en casa. Ciento treinta marcos.
-¿En casa? ¿Aquí, no?
-Acompáñeme a mi casa cuando cerremos, y se los daré.
-Sólo necesito cien marcos -dijo.
Aguardó a que yo terminara el trabajo, y me acompañó a casa.
-Sólo dispongo de una pequeña alcoba -dije cuando nos detuvimos ante mi puerta.
-La esperaré aquí -me respondió.
Cuando bajé, contó el dinero, y dijo:
-Aquí hay más de cien marcos. Le doy diez de propina. Sí, quiero darle diez marcos de propina.
Me entregó el dinero, me dio las buenas noches y se marchó. Al llegar a la esquina se paró y le dio una limosna a la mendiga coja.

A la noche siguiente, se lamentó de no poder devolverme el dinero. Declaró abiertamente que lo había derrochado.
-¡Que ya a hacer uno, esclava! -dijo, sonriendo-. Ya sabe. .. Aquella muchacha.. .
-¿Por qué llamas esclava a nuestra camarera -le preguntó uno de sus amigos-, siendo tú más esclavo que ella?
-¿ Cerveza? -dije interrumpiéndoles.
Poco después, entró la joven vestida de amarillo. T... Se levantó y la saludó, inclinándose. Se inclinó tanto que le cayó un mechón de pelo por la cara. Ella pasó por delante y se sentó a una mesa solitaria, pero aproximó dos sillas. T... se acercó a ella inmediatamente, y se sentó en
una de las sillas. Al cabo de dos minutos, se levantó y dijo en voz alta.
-Me voy. No volveré más.
Ella contestó:
-Gracias.
Estaba tan contenta que corrí hacia la barra del bar y dije algo así como que é1 nunca volvería junto a ella. El maitre me regañó con severidad, pero no le hice ningún caso.
A las doce, cuando el local cerró, T... me acompañó hasta la puerta de mi casa.
-Deme cinco de los diez marcos que le di ayer -dijo.
Insistí en darle diez, pero me devolvió cinco, a pesar de mis protestas.
-¡Estoy tan contenta esta noche! -le dije-. Me gustaría invitarle a subir, pero sólo tengo una pequeña alcoba.
-No, no subiré -contestó-. Buenas noches.
Y se marchó.
Pasó por delante de la vieja mendiga, pero olvidó darle una limosna, a pesar de que ella le saludó. Corrí hacia ella, le di unas monedas, y dije:
-De parte del señor vestido de gris que acaba de pasar.
-¿El señor vestido de gris? -preguntó la mujer.
-Aquel del pelo negro. Wladimierz.
-¿Es usted su esposa?
-No. Soy su esclava -contesté.

Durante varias noches, se lamentó de que no podía devolverme el dinero. Le rogué que no me hiciera sufrir tanto. Lo decía tan alto que todos podían oírle, y muchos se reían de é1.
-Soy un sinvergüenza -decía-. He tomado su dinero a préstamo y no puedo devolvérselo. Me cortarla la mano derecha por un billete de cincuenta marcos.
Sus palabras me llenaban de zozobra, y pensé en la forma de proporcionarle el dinero, aunque sabía que me era imposible.
Él continuó:
-Si me pregunta usted cómo va lo demás, le diré que la joven vestida de amarillo se marchó con su circo. Ya la he olvidado.
-Y, sin embargo, hoy volviste a escribirle una carta -dijo uno de sus amigos.
-Era la última -contestó Wladimierz.
Le compré una rosa a la vendedora de flores y se la puse en el ojal. Mientras lo hacía, notaba su aliento en mis manos, y casi no podía colocársela.
-Gracias -me dijo.
Era una cantidad sin importancia.
-Gracias -dijo de nuevo.
Fui feliz toda la noche, hasta que Wladimierz dijo:
-Con estos marcos, esta semana me marcharé fuera. Cuando vuelva, le devolveré su dinero. -Y al notar mi emoción, añadió-: ¡Es a usted a quien amo!
Y me cogió la mano.
Me sentí aturdida al pensar que se marchaba, y sin decirme dónde, a pesar de mis preguntas. Todo me daba vueltas.
-Volveré dentro de una semana -dijo é1, levantándose bruscamente.
Oí que el maitre me decía:
-Tendrá que abandonar su empleo.
"¿Qué me importa? -pensé-. Dentro de una semana habrá vuelto Wladimierz. "
Quise darle las gracias, y me volví. Pero ya se había marchado.

Una semana después, al volver a casa, encontré una carta suya. Me decía que se había marchado en pos de la joven de amarillo, que nunca podría devolverme el dinero y que
estaba muerto de hambre. Luego, se insultaba de nuevo por su conducta, y añadía para terminar: "Soy el esclavo de la muchacha vestida de amarillo."
Me desesperaba noche y día, sin poder hacer nada. Una semana después, perdí mi empleo y empecé a buscar otro.
Durante el día, visitaba cafés y hoteles y llamaba a casas particulares solicitando trabajo. No tuve suerte. Avanzaba la noche, compraba todos los periódicos a mitad de precio y, al llegar a casa leía ansiosamente los anuncio: "Quizás encuentre algo que nos pueda salvar tanto a Wladimierz como a mí"
Anoche, leí su nombre en un periódico. Salí en seguida de casa, anduve por las calles y no regresé hasta esta mañana. No sé si dormí en algún sitio o me senté en alguna parte, muerta de cansancio.
Hoy, he vuelto a leerlo. Pero fue anoche, al volver a casa, cuando lo leí por primera vez. Al principio, junté las manos. Luego, me senté en una silla. Después, me deslicé hasta el suelo, y me apoyé en la silla. Y mientras pensaba, me golpeaba las manos. Quizá no pensaba, sentía que mi cabeza estaba vacía. Me hallaba semiinconsciente. Seguramente debí de levantarme y salir a la calle. Recuerdo que, al llegar a la esquina, le di una limosna a la vieja mendiga:
-De parte de aquel señor vestido de gris. Ya sabe -le dije.
-¿Es usted su novia? -me preguntó.
-No. Soy su viuda... -contesté.
Y anduve por las calles hasta la mañana. Ahora, he vuelto a leerlo. Se llamaba Wladimierz T...